domingo, 20 de marzo de 2016

Entrevista de Marguerite Duras a una obrera que no sabía leer y que vivía en Romainville, suburbio de París.

Ser una persona que no sabe leer no es nada fácil en nuestra sociedad letrada. Conozco y he conocido -porque dejaron de serlo- a personas que no es que no hubiesen aprendido, sino que no les habían enseñado a leer. En la entrevista de la gran escritora de Marguerite Duras se desvela, por una parte, el drama de estas personas y, por otra, su gran inteligencia para sobrevivir en una sociedad letrada. Estas personas no tienen ningún déficit, en todo caso el déficit estará en una sociedad que ha sido incapaz de enseñarles. Me viene a la cabeza una mujer gitana con la que comparto una Tertulia Literaria. Ella reconoce resignada que no sabe leer. Comenta que ha estado en un centro de personas adultas durante más de un año y que lo único que ha aprendido es la palabra OSO. Y, claro, ha llegado a creer que si no aprende es porque su cabeza no le da para más. ¡Cómo le habrán hecho creer algo tan falso! NO, mi buena amiga. No es tu cabeza. Eres una persona terriblemente inteligente. Tanto, que has conseguido -y no ha sido nada fácil- sacar adelante a tu familia, a tus hijos, y ahora a tus nietos. Por eso tengo la seguridad de que lo conseguirás.

Entrevista de Marguerite Duras a una obrera que no sabía leer y que vivía en Romainville, suburbio de París.
 
¿Hay palabras que reconoce usted sin saber leer?
Hay tres palabras: las de las estaciones del metro que tomo todos los días: Lilas y Chatelet, y mi nombre de soltera.

¿Podría usted reconocerlas entre otras muchas?

Creo que las reconocería entre unas veinte palabras.

¿Cómo las ve usted? ¿Como dibujos?

Si usted quiere, como dibujos. La palabra Lilas es casi tan alta como ancha, es muy linda. La palabra Chatelet es demasiado alargada, me parece que es menos bonita. Es muy diferente de la palabra Lilas.

Cuando ha intentado usted aprender a leer, ¿le ha parecido difícil?

Usted no sabe como es eso. Es algo terrible. No sé exactamente. Tal vez porque eso… las letras, es tan pequeño. Perdóneme, tampoco sé expresarme.

¿Le resulta muy difícil vivir en París, verdad? ¿Cómo hace para desplazarse?

Teniendo lengua se puede ir a Roma.

¿Cómo se las arregla usted?

Hay que preguntar mucho y reflexionar. Pero, ¿sabe?, una reconoce todo muy pronto, más rápido que los demás. Somos como los ciegos, hay esquinas que una reconoce. Luego se pregunta.

¿Mucho?

Diez veces, más o menos, para dar una vuelta por París cuando salgo de Romainville. Están los nombres de los “metros”; una se equivoca y tiene que regresar y volver a preguntar. Luego, los nombres de las calles, de las tiendas, y los números.

¿Los números?

Sí, no sé leerlos. Sé contarlos en mi cabeza y muy bien cuando se trata de mi salario y mis compras, pero no sé leerlos.

¿Jamás confiesa usted que no sabe leer?

Jamás. Siempre digo lo mismo, que me he olvidado las gafas.

¿Se ve obligada a veces a confesarlo?

A veces, sí, cuando tengo que firmar, en la fábrica o en el municipio. Pero ya ve usted: siempre me ruborizo cuando tengo que decirlo. Si usted estuviera en mi caso lo comprendería.

¿ Y en su trabajo?

Cuando me contratan, no lo digo. Cada vez tiento mi suerte. En general, la cosa marcha bien, excepto cuando hay fichas de horarios o formularios que llenar. Si no ocurre nada de eso, lo disimulo bien.

¿En todas partes?

En todas: en el trabajo, en los almacenes; aparento mirar los balances y las etiquetas. También tengo miedo de que me roben, de que me engañen; desconfío siempre.

¿Le molesta eso en su propio trabajo?

No. Trabajo bien. Tengo que prestar más atención que los demás. Reflexiono, debo tener mucho cuidado. Todo va bien.

¿ Y cuando hace compras para su casa?

Conozco todos los colores de todas las marcas de los productos que utilizo. Cuando quiero cambiar de marca me acompaña una amiga. Luego me acuerdo de los colores de la nueva marca. Nosotros tenemos buena memoria.

¿Cuáles son sus distracciones? ¿El cine?

No. El cine no lo comprendo. Va demasiado rápido, no comprendo lo que dicen. Y, sobre todo, hay demasiados letreros que bajan. La gente lee las letras y ahí los tiene usted conmovidos o contentos, mientras que yo no comprendo nada. Yo voy al teatro.

¿Por qué al teatro?


Hay tiempo de escuchar. La gente dice todo lo que hace. No hay nada escrito. Hablan despacio. Comprendo un poco.

¿Ya más de eso?

Me gusta el campo, ver los deportes. No soy más tonta que otra pero cuando no se sabe leer se es como un niño.

¿Olvida usted a veces que no sabe leer?

No, pienso constantemente en ello en cuanto salgo de casa. Es fatigoso y hace perder mucho tiempo. Con tal de que no se den cuenta, eso es lo que una está siempre pensando. Siempre se tiene miedo.

Marzo de 1958

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