domingo, 31 de mayo de 2026

"LA ESPERANZA". Un cuento de Villiers de L'Isle Adam

Si anteriormente puse el relato de Dostoievski: "El Gran Inquisidor", ahora le toca al turno a Villiers de L'Isle Adam con un estremecedor cuento: "La esperanza", en el que la Inquisición y sus prácticas siguen siendo las protagonistas.

LA ESPERANZA. 

"Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, "duro como su piel", había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:

-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse... pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos... ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme."  CONTINUAR LEYENDO

sábado, 30 de mayo de 2026

"BURGUESES". Un poema de Nicolás Guillén

No me dan pena los burgueses vencidos.

Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.

—No pase, por favor. Esto es un club.
—La nómina está llena.
—No hay pieza en el hotel.
—El señor ha salido.
—Se busca una muchacha.
—Fraude en las elecciones.
—Gran baile para ciegos.
—Cayó el Premio Mayor en Santa Clara.
—Tómbola para huérfanos.
—El caballero está en París.
—La señora marquesa no recibe.

En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero, además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.

viernes, 29 de mayo de 2026

"ESE LIBRO QUE NO ES SUYO; ESE LIBRO QUE ES USTED". José Luis Sastre, El País

Lo que leemos, todos los textos que hemos tenido y tendremos entre manos, nos hace como somos

Ese libro que heredó. Ese libro que no es suyo pero guarda algo de quien lo tuvo. Guarda un olor, o una huella. Quizá una nota al final o un tique del día en que lo compró. A lo mejor una firma. Eso: una firma y una fecha manuscrita en la última página, con muescas en los bordes. Ese libro que no es suyo, pero que usted se quedó furtivamente. Se lo quedó porque, cada vez que lo ve, se acuerda del día en que lo robó, y sonríe. Ese libro que no devuelve porque hay libros rebeldes, y se rebelan.

Ese libro que usted sabe que le deben y que, de vez en vez, reclama. Reclama aunque no le haga falta. Reclama porque lo quiere, consciente de que no volverá. Ese libro de cronopios y de famas. Ese libro de ciencia ficción que ya es real. Ese libro de risa que ya da miedo.

Ese libro cuya primera frase no olvidará nunca. Ese libro del que no hay vuelta atrás. Ese libro que compró sin saber por qué: por la portada, que le llamó la atención. Porque se lo recomendaron. Porque iba a ser para regalar y al final se quedó en casa. Ese libro que compró por impulso, como se compra un suéter o un dulce. Ese libro que compró aunque supiera que no lo iba a leer: ese libro que compró porque no podría leerlo. Somos los libros que hemos leído y los libros que dejamos a medias. Somos también los libros que nos quedarán por leer.

Ese libro que no deja de recomendar o que le han recomendado tanto que ya no quiere leer, porque el gozo está en la expectativa. Ocurre a menudo: que el rigor de la realidad estropea los deseos. Ese libro que subrayó con una fiebre extraña, que no parecía suya. Ese libro que por supuesto subrayó: no se escriben frases memorables para que nadie las destaque por encima de las demás.

Ese libro de ficción con el que se entiende la actualidad. Esa novela que describe las tensiones políticas mejor que los tratados. Ese libro que no pudo dejar de leer o que leyó a escondidas. Ese libro que le hizo ver las cosas de otra manera, o que le indignó sin remedio. Ese libro que regaló a sus hijos para que despertasen a la conciencia del compromiso. Ese libro que le dejaron sus padres o los parientes que le quisieron igual que quieren los padres. Ese libro que cerró con una satisfacción que no se puede comparar con nada.

Ese libro que le escribieron, porque a veces los libros están escritos para nosotros por personas que nunca sabrán de nosotros. Ese libro con el que echó a reír. Con el que viajó. Ese libro que no olvidará. Ese libro que relee. Ese libro que le define. Ese libro que perdió y que extraña: porque se puede echar de menos un libro. Ese libro que siempre quiso escribir. Ese libro, en fin. Ese libro que no es suyo: ese libro que es usted.

jueves, 28 de mayo de 2026

"LA CONDENADA". Un cuento de Vicente Blasco Ibáñez

Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo, cruzado por hierros; y del suelo de ocho pasos, apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándose en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose como animado cadáver en aquel ataúd de argamasa, deseando como un mal momentáneo, que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo, barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba parar ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarles como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.

No querían en aquella sepultura otra vida que la suya. Un día, ¡cómo lo recordaba Rafael!, un gorrión asomó a la reja cual chiquillo travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y flaco, estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos pañuelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceñido a los riñones. Debió de asustarle aquella cara angustiosa y pálida, con una blancura de papel mascado; le causó miedo la extraña vestidura de piel roja, y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El único rumor de la vida era el de los compañeros de cárcel que paseaban por el patio. Aquellos, al menos, veían cielo libre sobre sus cabezas, no tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas libres y no les faltaba con quien hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael. Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las más apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban libertad; y los que a aquellas horas transitaban por las calles, tal vez no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe cuántas cosas!... ¡Tan buena que es la libertad!... Merecían estar presos. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 27 de mayo de 2026

"EL ODIO". Un poema de Wislawa Szymborska

Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa.
No es como los otros sentimientos.
Más viejo y, a la vez, más joven.
Por sí mismo genera la causa
de su despertar a la vida.
Duerme a veces, pero jamás con un sueño eterno.
Y el insomnio no le resta fuerzas, se las da.
Buenas son las religiones,
con tal de estar en la línea de salida.
Buenas son las patrias,
con tal de lanzarse a la carrera.
Al principio, incluso la justicia funciona.
Después correrá solo.
El odio. El odio.
La faz se le retuerce en una mueca
de amoroso éxtasis.
¡Qué anemia y apatía
la de los otros sentimientos!
¿Desde cuándo la fraternidad
arrastra multitudes?
¿Ha llegado alguna vez la compasión
primera a la meta?
¿A cuántos voluntarios seduce la duda?
El odio sí seduce, ¡y cómo!, es perro viejo.
Avispado, listo, trabajador.
¡Cuántos cantares ha compuesto!
¡Cuántas páginas de la historia ha numerado!
¡Cuántas alfombras humanas ha desplegado,
en cuántas plazas, en cuántos estadios!
No nos engañemos:
sabe crear belleza.
Espléndidos son sus incendios en la negra noche.
Soberbias las humaredas de sus explosiones al alba.
Imposible negar el patetismo de sus ruinas
ni el humor chabacano
de la única columna que queda en pie.
Es maestro del contraste
entre silencio y estruendo,
entre sangre roja y nieve blanca.
Y nunca jamás se cansa
del leitmotiv del verdugo pulcro
sobre la inmunda víctima.
Siempre dispuesto a nuevas tareas.
Si es necesario esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene los ojos de lince del francotirador
y mira el futuro con denuedo.
Él, sólo él.

martes, 26 de mayo de 2026

"PANTALLAS PARA LOS POBRES". Diego S. Garrocho, El País

Una colección de empresarios voraces y políticos ignorantes ha consentido que las aulas de los colegios públicos se llenaran de tabletas con la coartada tecnófila

No hace falta leer a Bourdieu para saber que, desde antiguo, la cultura ha funcionado como un marcador de clase. Con dinero puedes comprar un reloj Richard Mille como el que llevan los futbolistas o una mansión en Marbella. Sin embargo, pocas cosas exhiben más estatus que tener una librería alicatada hasta el techo con libros de La Pléiade. La propia noción de alta cultura funcionó durante cerca de tres siglos como una frontera invisible y el acceso a los tesoros de la literatura o de la música se administró, no pocas veces, con mano desleal.

González Férriz escribió la semana pasada una columna importante en El Confidencial. En ella advertía cómo las clases pudientes (él hablaría abiertamente de “los pijos”) están retomando su interés por las humanidades. Haber fatigado los versos de Emily Dickinson o conocer de memoria algún terceto de la Divina Comedia es, además de un ornamento, un alimento provechoso para el espíritu. En un tiempo en el que no sabemos cuáles serán los trabajos de éxito del futuro, educar a los niños en las habilidades propias de las antiguas artes liberales se está volviendo a poner de moda.

Lo inquietante no es que los pijos vuelvan a estudiar a los clásicos. Quienes nos dedicamos a las humanidades sabemos que a los millonarios sensibles les gusta invitar a sus reuniones de vez en cuando a algún filósofo, que es algo así como sentar a un pobre a la mesa por Navidad o convocar a un bufón velazqueño. Lo verdaderamente novedoso de nuestra época es la traición sostenida para desposeer a la gente vulnerable de los instrumentos de acceso a la alta cultura.

Una colección de empresarios voraces y políticos ignorantes ha consentido que las aulas de los colegios públicos se llenaran de pantallas con la coartada tecnófila. Al mismo tiempo, se impugnó la distinción entre alta y baja cultura apelando a una supuesta emancipación. Aunque el verdadero objetivo inconfesado era arrebatar a los más vulnerables un criterio con el que poder distinguir qué es valioso y qué es superfluo, desactivando así la democratización de la cultura.

Mientras a los pobres se les despacha con tabletas digitales, sucedáneos educativos y con leyes cada vez menos exigentes y más delirantes (revisen la sintaxis de la LOMLOE), las clases privilegiadas protegen a sus hijos proveyéndoles de recursos humanísticos. Alguien creyó que era conservador seguir leyendo a Petrarca. Pero lo verdaderamente revolucionario sería conseguir que lean el Canzoniere los niños de Orcasitas.

lunes, 25 de mayo de 2026

"EL ENFERMO PROFESIONAL". Un cuento de Roberto Arlt

Sí, hay señores empleados que podrían poner en la tarjeta, bajo su nombre, esta leyenda: “enfermo profesional”.

No hay repartición de nuestro gobierno donde no prospere el enfermo profesional, el hombre que trabaja dos meses en el año, y el resto se lo pasa en su casa. Y lo curioso es esto. Que el enfermo profesional es el motivo de que exista el empleado activo, fatalmente activo que realiza el trabajo propio y el del otro, como una compensación natural debida al mecanismo burocrático. Y decimos burocrático, porque estos enfermos profesionales sólo existen en las reparticiones nacionales. Las oficinas particulares ignoran en absoluto la vida de este ente metafísico que no termina de morirse a pesar de todos los pronósticos de los entendidos de la repartición nacional.

Naturalmente, el enfermo profesional jamás tiene veinte años ni ha pasado de los treinta. Se mantiene en la línea equinoccial de la vagancia reglamentaria. Es un hombre joven, adecuado para el papel que representa sin exageración pero con sabiduría.

Generalmente es casado, porque los enfermos con esposa inspiran más confianza y las enfermedades con una media naranja ofrecen más garantías de autenticidad. Un hombre solo y enfermo no es tan respetable como un hombre enfermo y casado. Intervienen allí los factores psicológicos más distintos, las ideas crueles más divertidas, las compasiones más extrañas. Todos piensan en la futura viuda.

Ahora bien, el enfermo profesional suele ser en el noventa y cinco por ciento de los casos un simulador habilísimo, no sólo para engañar a sus jefes, sino también a los médicos, y a los médicos de los hospitales.

Naturalmente, para adoptar la profesión de enfermo siendo empleado de una repartición pública hay que contar con la ayuda del físico.

El enfermo profesional no se hace sino que nace. Nace enfermo (con salud a toda prueba), como otro aparece sobre el mundo aparentemente sano y robusto, con una salud deplorable.

Tiene una suerte, y es la de su físico, un físico de gato mojado y con siete días de ayuno involuntario. Cuerpo largo, endeble, cabeza pequeña, ojos hundidos, la tez amarilla y la parla fatigosa como de hombre que regresa de un largo viaje. Además siempre está cansado y lanza suspiros capaces de partir a un atleta.

El que cuente con un físico de esta naturaleza, dos metros de altura, cuello de escarbadientes y color de vela de sebo, puede comenzar la farsa de la enfermedad (siempre que sea empleado nacional) tosiendo una hora por la mañana en la oficina. Alternará este ejercicio de laringe con el tocarse suavemente la espalda haciendo al mismo tiempo el gestecillo lastimero. Luego toserá dos o tres veces más y, con todo disimulo, evitando que lo vean (para que lo miren) se llevará el pañuelo a la boca y lo ocultará prestamente.

A la semana de efectuar esta farsa, el candidato a enfermo profesional observará que todos sus compañeros se ponen a respetable distancia, al tiempo que le dicen:

–¡Pero vos tenés que descansar un poco! (ya cayó el chivo en el lazo), vos tenés que hacerte ver por el médico. ¿Qué tenés? ¿A ver si tenés fiebre?

Y si el candidato a profesional es hábil, el día que visita al médico de su oficina, muchas horas antes se coloca papel secante bajo las axilas, de modo que al colocarle el termómetro el médico, comprueba que tiene fiebre, y como además el profesional confiesa que tose mucho, y etc., etc. (Nosotros no le regalamos fórmulas para convertirse en enfermo profesional).

Un mes de farsa basta para prepararse un futuro. ¡Y qué futuro! La “enfermedad” alternada con las licencias, y las licencias con la enfermedad.

Con este procedimiento en poco tiempo el profesional se convierte en el enfermo protocolar de la oficina. El médico se aficiona a este cliente que lo visita asiduamente y le habla del temor de dejar a su esposa viuda, el médico acaba por familiarizarse con su enfermo crónico que le hace pequeños regalos y que sigue puntualísimamente sus prescripciones, y al cabo de un tiempo, ya el médico ni lo observa a su enfermo, sino que en cuanto lo ve aparecer por su consultorio le da unas amistosas palmadas en la espalda y extiende la licencia con una serenidad digna de mejor causa.

Pero el profesional no se calma, sino que alega nuevos dolores, y ya está que el estómago se le pone como un “plomo”, ya es la garganta que le duele, y si no son los riñones, el hígado y el páncreas a la vez, o el cerebro y los callos.

El médico, para no alegar ignorancia ante tal eclecticismo de enfermedades, lo deriva todo de la misma causa, y finge con el enfermo hacer análisis que no hace, pues está convencido que el ciudadano muere el día menos pensado.

Y el caso es el siguiente: que todos quedan contentos. Contentos los empleados de la repartición por haberse librado de un compañero “peligroso”, contento el jefe de ver que con la ausencia del enfermo el trabajo no se ha obstaculizado, contento el ministro de no tener que jubilarlo al enfermo porque alega que se enfermó en el desempeño de su trabajo, contento el médico de tener a un paciente tan sumiso y resignado, y contento el enfermo de no estar enfermo, sino de ser uno de los tantísimos de los enfermos crónicos que en las reparticiones nacionales hacen decir al portero:

–Pobre muchacho. Ése no pasa de este año.

Y el pobre muchacho se jubila... se jubila de empleado nacional... y de enfermo crónico aunque con un sueldo sólo por las enfermedades.
FIN

domingo, 24 de mayo de 2026

"AZOGUE". Un poema de Guadalupe Grande

Vivimos de costado
pasamos de puntillas
Gracias a dios nadie quedará para recordar
en nombre de quién
habrá de dirimirse la venganza

Cuando el tiempo se escapa sin rostro de las manos
dejando un polvo amarillo en el azogue
es menester estar atentos.
Cuando los días huyen a hurtadillas
despreciando nuestro estupor
(mientras se pudre el grano en el almiar)
es menester ser precavidos.
Cuando la vida se oculta en los rincones
y no hay perro de caza que pueda hallar su rastro
solícitos acudimos a las puertas del miedo.

El bosque de certezas ardió hace tres noches.
Y yo he venido a pregonar
la escarcha de la duda.

sábado, 23 de mayo de 2026

"QUIÉN DICE LA VERDAD". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Uno de los grandes poemas de amor de García Lorca estremece desde su mismo título: El poeta dice la verdad. Suena como un axioma general —no hay poesía que de un modo u otro no diga la verdad— y todavía más como un aviso, como la declaración personal de alguien que ha decidido prescindir de cualquier simulacro. Otro de los mejores, Percy Bysshe Shelley, escribió que los poetas son los legisladores secretos de la humanidad. Aunque parezca una afirmación excesiva, se vuelve más sobria y precisa si la conectamos con esa determinación insobornable de verdad de García Lorca, y de tantos y tantas poetas en ese trance máximo que Emily Dickinson llamó “a soul in white heat”, un alma al rojo vivo. Cuando Jorge Manrique dice “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir” está enunciando una verdad tan lapidaria como una fórmula química, igual que Miguel Hernández resume un sombrío diagnóstico mental en cuatro versos de un soneto: “Sobre la pena duermo, solo y uno; / pena es mi paz y pena mi batalla, / perro que ni me deja ni se calla / siempre a su dueño fiel, pero importuno”.

Nos hemos acostumbrado a considerar la poesía un arte nebuloso, pero no hay que olvidar que una de las obras maestras de la lengua latina, las Geórgicas de Virgilio, es un manual completo y riguroso de apicultura, agricultura, arboricultura y ganadería, o que la primera descripción plenamente materialista del universo, la vida y la mente humana la hizo Lucrecio en los más de 7.000 versos de su De rerum natura. Y nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos, libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. La imposibilidad física de escuchar con la vista queda abolida cuando al leer nos parece que estamos escuchando la voz del autor en las palabras que escribió hace siglos, como nos pasa sin ir más lejos con ese soneto de Quevedo.

Si el poeta resuelve, cueste lo que cueste, decir solo la verdad, a nosotros lectores y ciudadanos nos corresponde la decisión equivalente de detectar el embuste y pararnos a distinguir las voces de los ecos. Ernest Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones, como esos contadores Geiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral, por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.

La tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la mentira. Durante décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma. Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable, “relatos”, “narrativas” al servicio de intereses de poder, de género, de raza. Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora, sometidos —gozosamente, en muchos casos— a la industria de adoctrinamiento y mentira más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas por la inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias al coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los mataderos del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad la única diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca. Cuando un partido político que se declara progresista recurre a la inteligencia artificial para hacer bromas o dañar al contrario está poniéndose a la altura de los conspiradores contra la verdad.

Y, sin embargo, hay quien sigue diciéndola. Tengo guardada la entrevista de Nuño Domínguez con Michel Mayor, el Premio Nobel de Física que en 1995 descubrió el primer planeta situado fuera de nuestro sistema solar. Michel Mayor es uno de esos octogenarios que no se callan ni debajo del agua porque lo han vivido todo y no tienen tiempo para tonterías ni para vaguedades. Dice Nuño Domínguez que habla con la pasión de un joven: también con la impertinencia y la ironía de alguien que no admite ni el porcentaje más bajo de bullshit. No accede ni a una sola generalidad. Asegura que las misiones Apolo fueron interesantes, pero solo “porque nos dieron información geológica de la Luna, como los isótopos presentes en sus rocas”. En unos tiempos en los que Donald Trump, más Lex Luthor que nunca, ordena la instalación de centrales nucleares en nuestro pobre satélite indefenso, Michel Mayor considera que sería un sueño tener un radiotelescopio en su cara oculta, pero en seguida se contiene: “¿Es una buena idea, teniendo en cuenta el enorme coste que tendrá? No estoy seguro”. Frente a las fantasías de colonizaciones planetarias de los milmillonarios, enfermos de una tardoadolescencia megalómana, Mayor es taxativo. No habrá millones de personas viviendo en Marte el próximo siglo, advierte. “Marte apenas tiene atmósfera. Es imposible terraformarlo para generar tanto oxígeno como sería necesario”. Y tampoco llegaremos nunca a uno de esos exoplanetas que él ha descubierto: “Imagínate que encontramos un planeta gemelo de la Tierra a unos 30 años luz. A escala galáctica, esto es muy cerca. Los astronautas [de Artemis 2] tardaron unos tres días en llegar a la Luna. A esa velocidad, tardaríamos millones de años en llegar a esa segunda Tierra”. Con su barba y su pelo blanco, y una expresión tranquila que no tiene nada de apocalíptica, Michel Mayor calcula nuestra esperanza de supervivencia como especie en un millón de años, “como mucho”. Los seres humanos nos imaginamos eternos, “pero la verdad es que somos animales y vamos a extinguirnos”.

Justo en los días en que Michel Mayor anduvo por España, alguien más estaba diciendo sin miedo la verdad, cortando como de un tajo valiente toda la palabrería. El papa León XIV dijo en voz alta y clara en Camerún: “El mundo está siendo devastado por una pandilla de tiranos… Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, mientras que a menudo no basta toda una vida para reconstruir. Se gastan miles de millones en matar y devastar, mientras que los recursos necesarios para curación, la educación y la reconstrucción no se encuentran en ninguna parte”. En la voz profética de la verdad alza el vuelo la poesía, sea la verdad de la ciencia o la de la denuncia del sufrimiento humano. Fue en los versos finales de otro de sus poemas donde García Lorca resumió el más bello manifiesto político: “Porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra / que da sus frutos para todos”.

miércoles, 20 de mayo de 2026

"EL HOMBRE DE MI PROPIEDAD". Un cuento de Gioivanni Papini

Como hace muchos años he dejado de escribir un Diario, no puedo decir con exactitud cuánto tiempo hace que me encontré el cuerpo y el alma del Amigo Dité. Probablemente, dada mi distracción, no me di cuenta en qué día preciso mi segunda sombra -aquella sólida y relativamente viva- se decidió a entrar en la escena poco iluminada de mi vida.

Una mañana, al salir de casa, me di cuenta de que iba acompañado, a esa respetuosa distancia que no permite hacer preguntas ni dar explicaciones, por un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un largo abrigo azul, alegre y sonriente (pero sin demasiada exageración). No teniendo nada que hacer, y habiendo salido únicamente de casa para no oír los crujidos de la leña en la chimenea, me divertí mirando de reojo a mi acompañante, a pesar de que -ténganlo bien en cuenta- éste no tenía nada de extraordinario. No supuse, ni por un solo momento, que pudiese tratarse de un policía; mi completa falta de valor físico y mi repugnancia por los malos olores me han impedido siempre entregarme a la política militante; y la pereza, unida a mi escasa habilidad manual, me ha salvado de buscar en el delito los medios de subsistencia.

No podía, tampoco, imaginar que el hombre vestido de azul fuese una especie de ladronzuelo de ciudad, decidido a robarme, pues mi decente pobreza era conocida en todo el barrio, y mi modo de vestir, más descuidado que desenvuelto, disociaba de mi persona cualquier idea de bienestar.

A pesar de que yo no tuviese ningún derecho a ser seguido, comencé a pasar y repasar por las calles más tortuosas del centro de la ciudad para asegurarme de que no me equivocaba. El hombre me siguió por todas partes con un aspecto cada vez más satisfecho. Di, de pronto, la vuelta por una ancha calle llena de gente y apresuré el paso, pero la distancia entre el hombre vestido de azul y yo continuó siempre siendo la misma. Entré en un estanco para comprar un sello de tres céntimos, y el desconocido entró en el mismo estanco y compró un sello de tres céntimos; subí a un tranvía y mi sonriente compañero subió al mismo tranvía; cuando descendí, el hombre vestido de azul bajó tras de mí; compré un periódico, y él compró el mismo periódico; me senté en el banco de un jardín, y el otro se sentó en otro banco cercano; saqué del bolsillo un cigarrillo, y él sacó otro y esperó que hubiese encendido el mío para encender el suyo.

Todo esto era al mismo tiempo gracioso y fastidioso. “Tal vez -pensé- se trata de un humorista desocupado que quiere divertirse a mi costa.” Me decidí a resolver la duda por el medio más expeditivo: me planté delante de mi acompañante con intención de preguntarle:

-¿Quién es usted? ¿Qué desea usted de mí?

No tuve necesidad de abrir la boca. El hombre vestido de azul se puso en pie, se quitó el sombrero, sonrió un momento y dijo con precipitación:

-Perdóneme. Se lo explicaré todo, me presentaré inmediatamente: soy el Amigo Dité. No tengo profesión conocida, pero eso no tiene importancia. Tenía muchas cosas que decirle, pero hasta ahora… También deseaba escribirle; le escribí dos o tres veces, pero no tengo la costumbre de enviar las cartas. Por lo demás, soy un hombre vulgarísimo e incluso sano, a lo que parece, alguna vez… CONTINUAR LEYENDO

domingo, 17 de mayo de 2026

"LOS COBARDES". Un poema de Miguel Hernández

Hombres veo que de hombres
sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.

En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.
Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.

Solos se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros, lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.

Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.

sábado, 16 de mayo de 2026

"POR QUÉ SABER ESCUCHAR ES LA HABILIDAD DEMOCRÁTICA MÁS IMPORTANTE EN LA ERA DIGITAL". Sara Kells, IE University. Theconversation.com 7 mayo 2026

En una conversación típica de hoy en día, no es difícil darse cuenta de cuándo alguien ha dejado de escuchar. Su atención se desvía, su respuesta llega demasiado rápido o su mirada se dirige hacia alguna pantalla. La conversación continúa, pero ya se ha perdido algo esencial. Hablamos más que nunca a través de plataformas, dispositivos y espacios digitales, pero ¿nos estamos escuchando realmente unos a otros?

El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Las cuestiones sobre quién puede hablar, qué debe regularse y si la libertad de expresión está amenazada dominan las discusiones sobre la vida digital. Se trata, sin duda, de preocupaciones importantes, pero se basan en una suposición que rara vez examinamos: que ser escuchado es una consecuencia natural de hablar.

El valor para hablar con sinceridad

Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas en igual medida: el derecho a hablar y el valor para hablar con sinceridad.

Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque en el ágora simplemente se daba por sentado: una audiencia dispuesta a recibir genuinamente lo que se decía.

Hablar y escuchar no son preocupaciones rivales. Son dos caras de la misma práctica cívica, y no se puede defender una sin prestar atención a la otra. Hoy en día, hemos invertido una enorme energía en proteger y ampliar el derecho a hablar. Sin embargo, hemos prestado mucha menos atención a lo que ocurre en el lado receptor.

Escuchamos para responder en lugar de para comprender

Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia de hablar, ni equivale a oír palabras a medida que pasan. Escuchar bien es comprometerse con lo que dice otra persona como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.

Los filósofos llaman a esto “asimilación”: la disposición a recibir con precisión lo que alguien ha dicho antes de reaccionar ante ello. En la práctica, esto significa interiorizar un argumento el tiempo suficiente para comprenderlo genuinamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo. Significa distinguir lo que una persona realmente ha afirmado de lo que hemos supuesto que quería decir. Significa tratar a la persona que habla como un participante en un intercambio compartido, no como un obstáculo que hay que superar.

Esto es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder en lugar de para comprender. Buscamos el momento en que podamos rebatir, el punto débil del argumento, la oportunidad para exponer nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Es esperar.

La distinción es de enorme importancia en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se enfrentan a caricaturas de opiniones contrarias en lugar de a las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido. El desacuerdo se convierte en una actuación. La discusión se convierte en teatro. Y la posibilidad de una persuasión genuina, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que otra persona ha dicho, desaparece silenciosamente.

Los entornos digitales dificultan la escucha

Las plataformas que ahora albergan la mayor parte de nuestra conversación pública no se diseñaron pensando en la escucha. Se diseñaron para la participación, que es algo muy diferente.

La participación, tal y como la miden las principales plataformas de redes sociales, significa clics compartidos, reacciones y tiempo dedicado. El contenido que despierta emociones fuertes –especialmente la indignación, la ira y la alarma moral– suele obtener buenos resultados según estas métricas. El contenido que invita a una reflexión cuidadosa, en cambio, no suele hacerlo.

El resultado es un entorno informativo que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para la escucha genuina: rápida, declarativa, cargada de emoción y diseñada para provocar una reacción en lugar de suscitar una respuesta.

A esto se suma la forma en que los algoritmos nos presentan el contenido. Rara vez nos encontramos con argumentos en su forma completa, formulados por las personas que los sostienen, en el contexto en el que se presentaron. En cambio, solemos encontrarnos con fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo seleccionados precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, se nos está entrenando para interactuar con caricaturas. Y las caricaturas no requieren escucha. Solo requieren una reacción.

Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente habla constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una esfera en la que se acumula la frustración, se endurecen las posiciones y cada vez resulta más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. No se trata simplemente de un problema tecnológico. Es un problema cívico. Y exige una respuesta cívica.

Cómo enseñar (y practicar) la escucha

La buena noticia es que la escucha, a diferencia del diseño algorítmico, es algo sobre lo que podemos influir directamente. Es una habilidad, y las habilidades se pueden enseñar.

En el ámbito educativo, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen la comprensión de forma deliberada. Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que se pida a los estudiantes que reformulen el argumento de un compañero hasta que este quede satisfecho antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un entorno en el que la participación equitativa es una expectativa estructural más que una idea de último momento, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para comprender en lugar de para ganar.

La misma lógica se aplica más allá del debate en vivo. Se puede pedir a los estudiantes que escuchen un pódcast, vean un vídeo o lean un artículo con una tarea en mente: ¿puedes explicar su argumento de forma imparcial antes de decidir si estás de acuerdo con él?

No se trata simplemente de ejercicios de clase: son ensayos para la vida democrática.

Estos hábitos también se pueden cultivar fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que nos provoque, hagamos una pausa lo suficientemente larga como para preguntarnos si hemos entendido el argumento real. Antes de criticar una postura, reformulémosla en términos que su defensor reconocería. Separemos lo que una persona ha dicho de nuestras suposiciones sobre por qué lo ha dicho. Se trata de pequeños ajustes, pero si se practican de forma constante, cambian la calidad del intercambio.

Una democracia que únicamente enseña a la gente a hablar libremente solo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario: era un lugar de intercambio. Recuperar ese espíritu, en las aulas, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora habitamos juntos, comienza con la habilidad más silenciosa y exigente de aprender a escuchar de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2026

"MOZART, Y BRAHMS Y CORELLI", Un cuento de Almudena Grandes

 

—Esto es lo único glorioso, lo único heroico, lo único digno que hemos hecho los españoles en toda la puta historia, fijaos en lo que os digo, lo único, esto y la defensa de Madrid, punto final. Todo lo demás, una basura. Acordaos bien cuando os enseñen política en el instituto ese al que vais.

—Adolfo…

—¿Qué?

—Que nosotros no damos política —y Miguel, que le había conocido antes que los demás y era quien tenía más confianza con él, se echaba a reír—. Eso es de tu época, macho…

—¡De mi época, de mi época! —y por un instante, Adolfo dejaba de mirar a Fernanda para volcar sobre nosotros el azul purísimo de sus ojos—. ¿Qué pasa, que no os enseñan la Constitución a vosotros?

—Sí, eso sí —a Miguel no le quedaba más remedio que admitirlo—. Pero no es lo mismo.

—¿Qué no es lo mismo? Hala, vete, chaval, que a cualquier cosa la llaman Constitución después de la del 31, ¡no te jode!

Adolfo, que tenía la edad de mi padre, unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta y pocos años, era el único hombre que venía andando a la Casa de Campo para ver a la reina. El único, porque Basi, un viejecillo inofensivo que andaba tan encorvado como si siempre estuviera buscando algo que se le acabara de caer al suelo, no era un hombre para ellas, y nosotros tampoco, la verdad. Ramón había cumplido diecisiete años en enero, pero Miguel y yo seguíamos teniendo dieciséis y ni siquiera nos dejaban entrar en todos los bares. Menos mal que en la loma donde Adolfo había instalado su observatorio, nadie, ni siquiera la policía municipal, que solía venir de visita un par de veces al día, parecía interesado en pedirnos el carnet, o el horario de esas clases que nos fumábamos para ir a ver a la reina.

—¡Fernanda, guapa!

Adolfo chillaba con todas sus fuerzas y ella, después de abrir la puerta, a punto de entrar en el coche del que nunca sería su último cliente, levantaba la cabeza, nos buscaba con los ojos y sonreía.

—¡Qué buena estás, Fernanda, cojones, pero qué buena estás, joder!

Eso le decía, y se quedaba corto, porque la reina era mucho más que una tía buena, aunque yo tampoco podría explicar muy bien qué era exactamente. Sólo sé que el día que la vi, sentí lo mismo que la primera vez que escuché con atención, con oído de músico y no de pasajero de ascensor, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la misma mezcla de alegría y de asombro y de placer y de inquietud y de soledad y de envidia y de espanto que me inspiró esa música perfecta. Porque Fernanda también era perfecta, y más que eso. Fernanda era música. CONTINUAR LEYENDO

"EN SUIZA" Un poema de Manuel Altolaguirre seleccionado y comentado por Andrea Villrrubia Delgado

Manuel Altolaguirre y Concha Méndez
La trayectoria del poeta Manuel Altolaguirre va unida a su vocación inicial como impresor y editor. Junto al también poeta Emilio Prados, ambos oriundos de la ciudad de Málaga, fundaron en 1925 la imprenta Sur y poco después, en el año 1926 (se cumple este año el centenario) la revista ‘Litoral’, en la que aparecieron poemas de la mayor parte de los miembros de la Generación del 27, en la que se encuadran ambos poetas. Quiero recordar unas palabras de Manuel Altolaguirre sobre la imprenta que tanto quería: “Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marinas, caja de galletas y vino para los naufragios”. El poema que hoy comparto se titula ‘En Suiza’ y está dedicado a la que era su mujer en aquellos momentos, la poeta Concha Méndez, y que pertenece al libro ‘Soledades juntas’ publicado en el año 1931. Un poema de amor en el que el blanco paisaje que se extiende ante su vista le trae a la memoria los hermosos ojos de la persona amada y ausente, con el deseo latente de ser él también el centro de un recuerdo formado lejos de allí, frente a otro paisaje más cálido y luminoso. (Andrea Villarrubia Delgado)

EN SUIZA

A C.M.

Si estuvieses aquí,
frente a este mundo
de silencio y blancura,
después de recorrer con la mirada
las bajas nubes y las altas nieves,
el resumen gozoso del paisaje
encontraría en tus ojos.

Pero tu ausencia es ciega.
Los ojos que recuerdo al recordarte
a otros lugares miran.
Ni presienten ni ven esta hermosura.
Los hondos ríos, el lago, las montañas,
el clarísimo frío de mi frente,
distintos son del fuego de tus labios,
de tus ojos, del mar, de tus llanuras.

Si yo pudiera a tu recuerdo darle
vida, o si pudiera, al menos,
convertirme en un recuerdo tuyo,
viviendo sólo donde tú me pienses.
Si fuera el cuerpo lo invisible
y el alma lo real,
me verías siempre,
y esta luz, este cielo, estos declives,
serían un blanco sueño.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"QUÉ SON LAS EVIDENCIAS CIENTÍFICAS EN EDUCACIÓN (Y POR QUÉ NO SON RECETAS UNIVERSALES). Diego Ardura y Arturo Galán (UNED), Theconversation.com

Durante casi 1 500 años, la ciencia, con honrosas excepciones, dio por hecho que el universo se organizaba en torno al planeta Tierra. La razón, más allá de dogmas, fue que el modelo geocéntrico funcionaba para explicar fenómenos naturales como los eclipses o las estaciones. Descubrimientos posteriores demostraron la falsedad de este modelo y la necesidad de proponer otro.

Este no es más que un ejemplo de que la ciencia no es un conjunto de verdades absolutas, sino una sucesión de modelos provisionales que nos ayudan a entender la naturaleza con las observaciones empíricas disponibles en cada momento.

Estos modelos surgen de lo que llamamos evidencias científicas, que se pueden entender como datos, pruebas o resultados, obtenidos mediante investigación, observación y experimentación, que apoyan o refutan una hipótesis.
Las evidencias en educación

Aunque la provisionalidad de los conocimientos científicos afecta a todas las ciencias, la dimensión y alcance de las evidencias que se generan mediante la aplicación del método científico dependen fuertemente del área de conocimiento. Para que la educación basada en evidencias no se convierta en una moda más, conviene aprender a utilizarla.

A priori, debemos tener en cuenta dos cuestiones esenciales a la hora de interpretar los resultados que se derivan de la investigación educativa: su naturaleza probabilística y su dependencia contextual.

En primer lugar, en el contexto de las ciencias sociales y, en concreto de la educación, las evidencias científicas se enmarcan en una aproximación probabilística en lugar de determinista. Esto quiere decir que podemos establecer la probabilidad de que se produzca un fenómeno o una relación, pero no afirmar rotundamente su ocurrencia en todos los casos.
Cuestiones de probabilidad, no certeza

Por ejemplo, según el sistema estatal de indicadores de la educación en España (2023), la titulación de la madre afecta se asocia a la probabilidad de que sus hijos e hijas abandonen sus estudios. Según este informe, la probabilidad de abandono prematuro de los estudios es diez veces mayor en el caso de jóvenes cuya madre tiene estudios primarios o inferiores, que en aquellos cuyas madres tienen una titulación superior.

Esto no implica que una niña cuya madre tiene estudios primarios acabe abandonando prematuramente el sistema educativo, sino que tendrá una probabilidad mayor de hacerlo. Es interesante detenerse en este ejemplo, pues también nos da una idea de la provisionalidad de los resultados de la investigación que comentábamos anteriormente, ya que, aunque este efecto persiste, se ha visto atenuado en los últimos años en comparación con décadas anteriores.
Dependencia del contexto

Además de su naturaleza probabilística, las evidencias educativas presentan otra característica clave: su fuerte dependencia del contexto. De ahí que no sea posible el establecimiento de reglas generales más allá de las tendencias que se observan en los estudios que se realizan: lo que se demuestra que funciona en un contexto determinado, puede no funcionar en otro.

Por esta razón, cuando leemos evidencias científicas en educación, es crucial comprender la descripción del contexto en el que se realiza la investigación de modo que podamos interpretar el alcance de las evidencias que genera.
Estudios primarios y metanálisis

La investigación empírica en educación se recoge principalmente en lo que llamamos estudios primarios. Estos, por lo general, presentan evidencias que, como indicábamos antes, se circunscriben a un determinado contexto. Por ejemplo, una investigación puede realizarse con alumnado universitario y esto limitará el horizonte de aplicación de sus resultados a estudiantes de esta etapa. Por tanto, no podríamos extrapolar las conclusiones de este estudio a alumnado de etapas educativas anteriores.

Complementariamente a los estudios primarios, se realizan trabajos de síntesis. Entre ellos, los estudios llamados de metanálisis son particularmente relevantes. Estos trabajos buscan la agregación de los resultados obtenidos en investigaciones sobre un mismo tema. La idea es encontrar promedios de los efectos reportados en los estudios primarios y la consecuencia es que aumenta la robustez de las conclusiones, ya que estas dependen de un conjunto de trabajos y no solo de uno.

Este tipo de trabajos permite, además, evaluar críticamente los estudios primarios. Por ejemplo, en un metanálisis del profesor Samuel Parra se concluye que para obtener resultados generalizables sobre los efectos del método Montessori es necesario abordar estudios con mayor rigor metodológico que los que hay publicados hasta la fecha.
Traer las evidencias a la práctica

En la comunidad científica, existe cada vez más un esfuerzo deliberado en la producción de estudios metanalíticos como los referidos anteriormente, que permitan generar evidencias sólidas que las personas que están en la práctica educativa puedan tener en cuenta para diseñar la enseñanza. Aunque hay muchos ejemplos, podríamos destacar los trabajos del profesor Samuel Parra o la profesora Marta Ferrero.

También cada vez más docentes de distintas etapas se interesan por el uso de evidencias en educación. Algunos ejemplos destacados son Albert Reverter, maestro e impulsor del blog El McGuffin Educativo, o Héctor Ruiz Martín, que trabajan para tender puentes entre las evidencias científicas y la práctica docente

En definitiva, en un contexto educativo cada vez más complejo, la educación basada en evidencias no consiste en buscar recetas universales, sino en tomar decisiones informadas, críticas y contextualizadas. Las evidencias no sustituyen al juicio profesional docente, pero sí pueden hacerlo más sólido.

martes, 12 de mayo de 2026

"LA SEÑORA M.". Un cuento del noruego Kjell Askildsen

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del departamento y deja la compra en la entrada; es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.

Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el sofá. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que solo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena; solo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina.

-Por si la necesita -dijo-. Y se marchó.

Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije:

-Qué buena persona es usted.

-Bueno, bueno -dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda.

-Esto le irá bien -dijo, y añadió-: Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad.

Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.

La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije:

-Ahora estoy bien, gracias a usted.

-Bueno, no se ponga solemne -me interrumpió-, todo ha ido perfectamente.

En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo.

-Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera -contestó-, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo.

Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir:

-Me temo que piensa demasiado bien de mí.

-Oh, no -contestó-, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo.

Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije:

-Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?

-Ah, sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla.

A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también.

-Supongo que usted también es así -dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano.

Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y djo:

-Justo lo que me figuraba: debería usted haber muerto hace mucho tiempo.

FIN

lunes, 11 de mayo de 2026

"UMBRÍO POR LA PENA, CASI BRUNO". Un poema de Miguel Hernández

 

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

domingo, 10 de mayo de 2026

"LIBROS QUE NO VENDEN Y 'LITERATURA EN POTITOS': EL DILEMA DE LA CABEZA VACÍA". Azahara Palomeque, Publico.es

Hace unos días, un estudio de CEGAL, el gremio de libreros, revolucionó el mundo de la cultura con dos estadísticas estremecedoras: por una parte, casi el 50% de los títulos disponibles en las librerías de nuestro país no se vende absolutamente nada; por otra –y esto es aún más alarmante–, la mitad de los hogares tiene menos de 50 volúmenes en sus anaqueles. Se trata de dos fenómenos diferentes que, sin embargo, se encuentran profundamente imbricados por cuanto revelan sobre la era contemporánea: el poco peso de un tejido libresco que, en caso de llegar a las casas, lo hace concentrado en grandes grupos editoriales, a menudo desgajado de complejidad y en bestsellers cuyos autores suelen ser influencers. No se da tanto un descalabro de este sector empresarial en general como un arrollamiento del mercado que frecuentemente ensalza lo mismo y, para más inri, destierra a buena parte de la población, alfabetizada en lo funcional, pero privada del goce de la palabra, pues su artefacto por excelencia, el libro, ha perdido el halo de legitimidad que detentó en otras épocas. La tristeza implícita en este hecho sólo la entenderá, me temo, quien haya leído algo más que el manual de la lavadora.

Paseemos imaginariamente por cualquier feria del libro de una ciudad de provincias: veremos la modesta cola generada por autores de esos que llaman "literarios" (¿de qué otra pasta serán los demás?), junto a la inmensa fila de fieles que esperan pacientemente la firma de algún famoso con decenas de miles de seguidores en redes. En ocasiones puntuales, ambas figuras confluyen en una sola persona; pero la tónica habitual es el brillo de perfiles atractivos que cuentan ya una legión de admiradores a sus espaldas, porque, como Gabriel Rufián, han priorizado llenar TikToks sobre bibliotecas. Que un político de izquierdas efectúe esas declaraciones nos habla de la espectacularización de una función de servicio público subyugada a la captura de votos en vídeos de 7 segundos –método desgraciadamente efectivo–, pero que ese mismo sometimiento a las pantallas se aplique a los escritores, simplemente para poder existir, condensa otra serie de problemas; entre ellos, la degradación de la literatura mediante su presentación efectista, facilitada, normalmente, por una redacción apresurada y desbrozada de originalidad. Por decirlo de otro modo: entre el piso sin libros y la gira del influencer media la preponderancia del entretenimiento sobre formas de cultura que impliquen cualquier esfuerzo cognitivo.

A esto podemos llamarlo contrailustración o idiotización premeditada, por ejemplo. Podemos denominarlo un mundo sin palabras donde el raciocinio encoge como el menú infantil de un restaurante. De hecho, a los ejemplares que surgen de estos fogones yo los he calificado en alguna ocasión como "literatura en potitos": triturada, volverá a nuestros dientes inservibles. Como autora, he intentado siempre no producir estas papillas ya mascadas hechas a base de vocabulario reducido y frases cortas en las cuales, con suerte, aparece algún verbo. Cuando, en ciertas entrevistas, me han preguntado por qué empleo términos singulares, he respondido con otra interrogación: ¿por qué los arquitectos de la Alhambra añadieron la filigrana deslumbrante de su yesería o a qué obedece la selva de arcos bicolores de la Mezquita de Córdoba? Quizá a encumbrar los saberes humanos y dignificar la belleza de su patrimonio. Esa sería, tal vez, la comparación más vistosa para explicar un deterioro intelectual que esconde graves consecuencias: si un joven no lee, o incluso si lee pero el mismo tipo de textos facilones reiteradamente –exponen mis amigos docentes–, tiende a creer que su vida representa el paradigma de lo universal; es decir, que no es un sujeto más dentro de una historia cambiante en la cual se han conquistado y perdido derechos, se ha arrasado con la estabilidad climática y se han enunciado múltiples idiomas, sino un ejemplo vivo, el único, extrapolable a cualquier tiempo y espacio.

¡Qué tragedia haber alcanzado tanta ignorancia! ¡Cuánto narcisismo, aunque ocurra de manera inconsciente! Y si una advierte de lo evidente, no faltarán voces que acusen de elitismo a quien se preocupa por el abandono de una herramienta fundamental en la riqueza mental y el placer estético de los pueblos. Quizá habría que recordar la popularidad de las novelas en folletín que compraban los anarquistas a principios del siglo XX para sentir y organizarse políticamente; las lecturas en voz alta efectuadas en las fábricas por parte de obreros alfabetizados dedicados a educar a sus compañeros; o la cantidad de volúmenes clandestinos que circularon entre la oposición al franquismo a lo largo de décadas. Hoy en día, esa gente que entregó la vida por la palabra escrita tal vez se abriría un Tiktok, bañaría sus millones de visualizaciones en potitos y, quién sabe si, al ir a ofrecérselos a sus hinchas, la mitad de ellos espetaría: ¡no los queremos!, ¡aquí somos famélicos declarados! Pero ya lo decía Antonio Machado: no culpemos al estómago, "el vacío es más bien en la cabez


sábado, 9 de mayo de 2026

"GRITO HACIA ROMA". Un poema de Federico García Lorca

El poema es una dura crítica a la corrupción y la falta de empatía de la jerarquía eclesiástica en Roma, en contraste con el sufrimiento de los pobres.

Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
Peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren
Y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.

Porque ya no hay quien reparte el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elegantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.

Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.

Pero el viejo de las manos traslucidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los
directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

viernes, 8 de mayo de 2026

"UN SILENCIO LLENO DE MURMULLOS". Gioconda Belli (2026), Barcelona, Seix Barral


Valeria hizo grandes sacrificios como protagonista activa de los cambios políticos de su país, Nicaragua. Tras su muerte en Madrid, en plena soledad, le corresponde a su hija Penélope viajar a España y ocuparse de sus bienes materiales. Rodeada de las pertenencias de una madre que siempre sintió ausente, Penélope resolverá incógnitas inesperadas y conocerá la apasionante vida de una mujer marcada por triunfos y derrotas, la clandestinidad y las vicisitudes del amor.

Un silencio lleno de murmullos es una emocionante novela sobre la zozobra de los secretos familiares y sobre los costes personales del compromiso político para una madre y su hija.

Exiliada en Madrid desde 2022, Belli ha escrito esta novela desde su propia experiencia como madre y como militante que ha vivido el auge y la caída del sueño revolucionario.

«Los hijos de quienes nos involucramos en la revolución sufrían una suerte de abandono. El de los padres se aceptaba. Otra cosa pasaba con las madres. Esa ausencia materna cargaba a ambas partes con un nivel de reproche y culpabilidad muy doloroso. He pensado en mis hijas escribiendo esta novela», Gioconda Belli.

AQUÍ RESALTO ALGUNOS PÁRRAFOS QUE ME HAN CAUTIVADO

Me asombra la impavidez con que uno asiste al espectáculo de la desgracia ajena, por mucha conmiseración que sienta. Se me ocurre que existe una química cerebral que nos provee de mecanismos de defensa que permiten a tantos existir al margen de los males de otros. Solo cuando uno está en medio de desgracias, lamenta la indiferencia del mundo. Página 29

La vejez es como una guerra de baja intensidad donde el ejército enemigo que es el tiempo va conquistando áreas del cuerpo. Página 78

La piel absorbe el miedo. Éste se queda a vivir bajo los poros como una alergia latente que despierta al rozarse con cualquier otro miedo. Página 92

Por andar protegida te perdés de la vida, hija, de la rabia, la euforia, el amor imposible o el que dura dos días pero te deja memorias para meses o para toda la vida. No solo se aprende de lo que sale bien; se aprende también de lo que sale mal, de las metidas de pata, de la melancolía y del mal de amores.» Página 102

Este cuaderno es el resultado de mi vida después de Alberto. Su muerte me dejó desolada. No hay sentimiento más terrible que ése, vivir porque sí, porque aún se respira y el corazón late: porque el tiempo sigue su curso sin importarle que las horas se queden vacías. Página 124

La idea de la revolución necesitaba una revolución interior, personal, que no se dio. A fin de cuentas, éramos hijos de una dictadura, llevábamos esa herencia en la sangre y fue apareciendo. En la lucha salió lo mejor de nosotros, pero el poder corroe las buenas intenciones. Página 147

Agradecimientos
Dedico también esta historia a los soñadores, los Sísifos que han visto cómo la roca que han subido se ha desplomado una y otra vez. Los animo a no dejar de soñar. Esas rocas seguirán desplomándose, pero no por eso es menos válido el esfuerzo por seguir intentando llegar a la cima. Página 242

"LOS DOS SASTRES". Cuento anónimo europeo

Dos sastres trabajaban el uno frente al otro desde hacía muchos años. Cortaban y cosían incansablemente, hablando de vez en cuando de distintas cosas.

Uno dijo al otro:

-¿Irás de vacaciones este año?

-No -contestó el segundo tras un momento de reflexión.

Regresaron a su silencio. Más tarde, el segundo sastre dijo de repente:

-Fui de vacaciones hace veinte años.

-¿Fuiste de vacaciones hace veinte años? -preguntó el primero, muy sorprendido.

-Sí.

Entonces el primer sastre, que no recordaba ninguna ausencia de su compañero, le dijo:

-¿Y adónde fuiste?

-A la India.

-¿A la India?

-Sí. Fui a cazar el tigre de Bengala.

-¿Fuiste a cazar el tigre de Bengala? ¿Tú?

Los dos hombres habían dejado de trabajar y se miraban. El segundo sastre, que parecía muy tranquilo, retomó la palabra para contar lo siguiente:

-Partí al alba sobre un magnífico elefante que un gran príncipe me había prestado. Armado con cuatro fusiles de culatas de plata y acompañado por una escolta de ojeadores, me aventuré en una montaña solitaria. De repente un tigre enorme se levantó rugiendo frente a mi montura, el tigre más grande que nunca se había visto en aquella región de Bengala. Mi elefante, asustado, se tiró para atrás, me caí en unos matorrales espinosos y el tigre se me echó encima y me devoró.

-¿Te devoró? -preguntó el primer sastre, que había estado escuchando estupefacto.

-Me devoró… por completo, hasta el último pedazo de carne.

-Pero bueno, ¿qué me cuentas? ¡Ningún tigre te devoró! ¡Sigues vivo!

Entonces el segundo sastre retomó el hilo, retomó la aguja y le dijo al primero:

-¿A esto le llamas vida?

FIN

jueves, 7 de mayo de 2026

"ATRÉVETE Y SUCEDERÁ". Un poema de Ana Rossetti, seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Ana Rossetti

El poema que hoy comparto, ‘Atrévete y sucederá’, escrito por la poeta Ana Rossetti, lo leí el pasado jueves en un encuentro con jóvenes en el IES Salduba de San Pedro de Alcántara, instituto en el que pasé seis maravillosos años de mi vida profesional y personal. Todos los años realizo allí una lectura de poemas que siempre suscitan conversaciones muy serias sobre asuntos que a los adolescentes les preocupan. Estos encuentros me gustan mucho porque corroboran su necesidad de hablar con adultos que sepan escucharlos y acoger sus pensamientos y sus emociones. Leí el poema de Ana Rossetti por comprobar cómo podía ser recibido por jóvenes antes de publicarlo hoy. Y funcionó muy bien, lo que confirma que la mejor poesía contemporánea puede llegar hasta ellos e interpelarlos. Se trata, como pide el poema, de alentar su imaginación, a la par que la nuestra, para idear mundos mejores, en los que prevalezcan la justicia, la esperanza y la bondad. (Andrea Villarrubia Delgado)

ATRÉVETE Y SUCEDERÁ

Imagina la oscuridad.
El horror dispara sus minutos a la velocidad de la metralla.
Las sirenas crecen como aullidos de chacales,
los gemidos retumban entre los escombros, clavan sus esquirlas.
Imagina tus lágrimas como bayonetas,
desahuciadas de todo consuelo, de toda piedad.
Refugios rebosando de miedo, temblando de miedo
mientras los cadáveres elevan sus montañas,
mientras los bombarderos gotean constelaciones en las aceras.
Imagina el aire entrándote, invadiéndote de muerte.
Se pulverizan árboles y bibliotecas;
se desgarran cuerpos y muros,
se mutilan recuerdos y palabras;
se siembran minas, terrores y esqueletos de pájaros.
Imagina la orfandad de las cosas. El llanto de las cosas.
Imagina cómo los héroes se envuelven en capas escarlatas.
Cómo los verdugos despliegan alfombras escarlatas.
Cómo las víctimas se ahogan en manantiales escarlatas.
Y cómo el espanto, la venganza y el odio
ganan batallas en tu corazón sobrecogido.
Estás en medio del recinto inexpugnable del pánico.
Y eres tú quien orquesta los crímenes.
Porque has sido tú.
Tú, que eres capaz de imaginar,
de sentir todo lo que imaginas,
de fabricar todo lo que sientes,
de construir realidades con los sueños
quién ha dado vida al horror.
Por eso, atrévete a cambiar la estructura
del mundo
y donde dices temor di esperanza
porque las lágrimas también son de alegría.
Porque la sangre también es nacimiento.
Porque la belleza también es sobrecogedora
y el amor un potente estallido.
Por eso, atrévete.
Apacigua tu mente,
ilumina tus ojos,
imagina justicia.
Imagina consuelo.
Imagina bondad.

ANA ROSSETTI