En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo
En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.
Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.
Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto: “Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges”. CONTINUAR LEYENDO
