miércoles, 7 de octubre de 2026

"QUIÉN ES QUIÉN EN EL MUNCO MÁGICO". Un libro de Katharine Briggs descargable en PDF

De la mano de Katharine Briggs, una de las mayores autoridades mundiales en la materia, nos adentramos maravillados en el mundo brillante, inquietante e inmensamente poético de las hadas y otros seres mágicos. Un mundo que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y que persiste, de una forma u otra, en el imaginario de todos los pueblos.

La creencia en hadas y otros seres mágicos hunde sus raíces en la noche de los tiempos y el recuerdo de esta creencia persiste en lo más profundo de la psique humana. En toda Europa, el pueblo, y en especial las comunidades rurales, ha conservado hasta hace muy poco tiempo una gran riqueza de tradiciones relativas a estos seres, que adoptan una enorme variedad de formas y que pueden ser buenos o malos, perjudiciales o benéficos, pero a los que en cualquier caso hay que tratar con suma prudencia, pues ofenderlos puede ser muy peligroso. Para protegerse de ellos o para ganarse su favor, había muchos amuletos, gestos rituales, etc., en los que el pueblo confiaba ciegamente. Y es que la relación entre hadas y humanos era compleja, a menudo de mutua dependencia y regida por unos parámetros que no eran los de la vida habitual, ya que el mundo de las hadas tenía sus propias leyes, muy distintas de las nuestras. El increíble mundo de las hadas, los duendes y otras muchas criaturas sobrenaturales se despliega en este libro con todo su poder de fascinación. Katharine Briggs, autora, entre otros muchos libros, del muy importante Diccionario de las Hadas, publicado en esta misma colección, es una autoridad mundial sobre el tema. Su erudición y su familiaridad con el mundo de las hadas garantizan la fiabilidad y el interés de esta obra.

martes, 6 de octubre de 2026

"LA INSIGINIA" Un cuento de Julio Ramón Ribeyro

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo".

Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.

Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.

Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas digresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.

Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.

-Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado.

-Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.

-¿Y quién lo introdujo?

Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.

-Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...

-¿Quién? ¿Martín?

-Sí, Martín.

-¡Ah, es un colaborador nuestro!

-Yo soy un viejo cliente suyo.

-¿Y de qué hablaron?

-Bueno... de Feifer.

-¿Qué le dijo?

-Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía.

-¿No lo sabía?

- No -repliqué con la mayor tranquilidad.

-¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?

-Eso también me lo dijo.

-¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!

-En efecto -confirmé- Fue una pérdida irreparable.

Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención.

-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.

Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.

-¡Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.

Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Más tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un menor en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastros.

De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.

En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas porque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.

Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.

A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.

Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo la llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.

FIN

lunes, 5 de octubre de 2026

"UNA MAÑANA JUNTO AL MAR - ASPIRAR, ESPIRAR". Un poema de Claes Andersson

En la nube que hay fuera de mi ventana veo
una pareja de amantes
Parecen conocidos pero no recuerdo sus nombres
Quizá ya no vivan
Ella está medio tumbada sobre él, tiene un largo jirón blanco
de nube recogido en un moño en la coronilla
Sus labios son gruesos y ávidos mientras él parece
sorprendido por el encuentro
¿No los conocí en alguno de mis viajes?
Ella lo besa por toda la cara en movimientos rítmicos
sus labios penetran en la boca de él y
en los ojos mientras ella misma se desvanece como humo
al viento
¿Es culpa del viento?
Pronto ya no son dos sino uno, en rápida desintegración
La nube y los amantes se han esfumado, el cielo vuelve
a estar claro
Tal vez hay un amor en el que los amantes se funden
mutuamente
y desaparecen en humo

domingo, 4 de octubre de 2026

"LA PALABRA LETRATENIENTE". Martín Caparrós, El País

Una carta de Miguel Hernández custodiada
por la biblioteca nacional de Chile
Un señor que hereda una riqueza por la que no ha hecho nada. Este no había heredado tierras sino letras

Quizás alguien la había inventado antes; si no, podríamos afirmar que la palabra letrateniente fue formulada —pensada, que no dicha— por primera vez el lunes de la Semana Santa de 1979 a eso de las nueve y media de la noche, en aquella fonda tan racial de las afueras de la ciudad de Elche. Y que sólo sería pronunciada en voz alta un par de horas después.

Pino Solanas, el gran director de cine argentino, preparaba una película sobre la vida de Miguel Hernández y yo, jovencito de mí, era su asistente. Estábamos allí para cumplir con el contrato que Solanas había firmado con los herederos de Hernández —la viuda y el hijo— por los derechos de autor de los poemas que la película incluiría: el pago de unos royalties según la cantidad de público y la obligación de mandarles el guion para que lo aprobaran.

La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo atacó las ciudades españolas en los años sesenta: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; detrás de ella, en la pared, un afiche enmarcado reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos corren hacia mí dando saltos / de cierva concebida” —decía, y parecía imposible que la morena de los saltos fuera ella. Yo era tan joven que todavía me sorprendía la crueldad de la vejez. Y más nos sorprendió cuando sacó el guion que le habíamos mandado y seria, seca, nos mostró que había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” —en la ficción, Ángela Molina— y “él” —José Luis Gómez. Solanas no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la cebolla —“En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba…”—, era un macarra de treinta y tantos y pantalón ajustado de terciopelo verde, camisa abierta sobre el pecho, cadena plateada de eslabones gruesos, botas negras con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

—No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar arroz con costra, marejadas de chorizo y huevo, en dicha fonda recia. Durante la cena este Miguel Hernández se quejó mucho de que el mecánico no había terminado de arreglarle el Jaguar y que Cuba no le pagaba los derechos de autor y que les iba a prohibir que siguieran publicando a su papá, malditos rojos. Este hombre vivía de la belleza que había creado un hombre tan distinto, casi opuesto; entonces se me cruzó, para definirlo, la palabra: era un letrateniente. Un señor que hereda una riqueza por la que no ha hecho nada. Este no había heredado tierras sino letras y las administraba como cualquier finca. La injusticia era parecida aunque quizás, en este caso, más flagrante: ¿por qué alguien podía vivir del producto de unas ideas radicalmente contrarias a las suyas?

Desde entonces me dediqué a rastrear letratenientes, su explotación de las palabras. Con frecuencia sus diferencias eran sólo estéticas: María Kodama publicando todos los textos que Borges decidió olvidar. A veces, ni siquiera estéticas: esos sobrinos de Kodama heredando escritos que no habían leído. Casi siempre era eso: la distancia.

Quizá la herencia de unas letras debería tener sus condiciones: alguna relación con el autor, algún trabajo por su difusión, un buen conocimiento de los textos, un término más breve. Hasta la tierra requiere sus trabajos. Y dudo de que ningún escritor piense, mientras teclea, que esas palabras servirán para que un quizá nieto se compre un día la moto más rugiente. Creo que, en términos prácticos, un libro tendría que valer, si acaso, para que su autor pueda vivir y escribir otros; no para cebar vacas improbables.

En un mundo ideal, supongo, los derechos de autor de los grandes autores podrían contribuir, a partir de los tantos años de su muerte, a un fondo para becar a escritores jóvenes: para que sus vientos sigan soplando. Supongo que ideal no va a ser nunca; espero que, con el tiempo y las ganas, consigamos que se parezca un poco.

Y, mientras tanto, ¡abajo los letratenientes!

sábado, 3 de octubre de 2026

"FREAKS". Un cuento de María Fernanda Ampuero

Narra la historia de un niño que sufre el rechazo de su propia familia y decide rescatar a un niño con hidrocefalia explotado en un circo

Mirar el reloj. Ver la manecilla grande girar hasta llegar a las doce. Gritar llegaron las vacaciones. Correr a la camioneta familiar y trepar con cuidado. Esquivar los cocachos de los hermanos. Aguantar que digan marica, mariquita, maricón, maricueco, marinero, mariposa, mariposón, muerdealmohadas, soplanucas, meco, trolo, sopa, badea, puto, desviado, niña, choto, cueco, galleta, loca, hasta que se cansan. Levantar la cara y sentir el viento cambiar, hacerse más puro, más lindo. Oler el mar desde lejos y sonreír. Esquivar nuevos cocachos. Escuchar otra vez lo de por qué eres así, párate como hombre, qué es esa mano. Abrazar a la abuela. Comer el pescado recién muerto con el ojo aún brillante. Correr a la playa. Correr como un perro. Correr y correr con todo lo que dan las piernas. Lanzarse al agua. Dar grititos de alegría. Bañarse en la espuma. Sumergirse a lo más profundo. Aguantar la respiración tanto que parece que el aire ya no es necesario. Bajar y bajar. Tocar las estrellas de mar, los corales, las tortugas marinas que pastan como vaquitas acorazadas. Rogar por un rato más en el agua antes de volver a casa. Resignarse. Secarse. Comer. Hacer la siesta. Despertar colorado de sol y calor. Visitar el pueblo con su circo y su mercado. Entrar a una de las carpas y ver por primera vez al cabezón. Arrugar la nariz del espanto de la mierda. Cubrirse la boca con el pañuelo. Aguantar la náusea que sube el pescado sin digerir hasta el pecho y llena los ojos de lágrimas. Mirar al cabezón, mirarlo bien. Ser mirado por él. Preguntar qué le pasa a ese niño, por qué tienen a ese niño entre los chanchos y la porquería de los chanchos, dónde están los padres de ese niño. Agarrar la mano de mamá con miedo. Bajar los ojos ante la mirada del cabezón. Volver a subirlos para encontrarlo llorando, extendiendo los bracitos a la gente que lo mira. Controlar la arcada cuando un chancho primero olisquea al cabezón y luego se hace caca casi sobre él. Espantar las moscas y los moscardones. Escuchar a mamá decir pobrecito y a papá decir qué bestia y a los hermanos puto asco ese monstruo. Insistir que hay que ayudarlo, llamar a la policía, llevárselo de ahí. Gritar. Entender que nadie, ninguno de los adultos que mira con asco al cabezón y se tapa la nariz con la mano, va a hacer nada. Ocultar las lágrimas al ver que el cabezón, después de llorar y berrear, dormita con su pulgar mugriento metido en la boca. Rabiar por ser demasiado joven para meterse en la porqueriza, levantarlo en brazos, llevárselo primero a bañar y luego a comer. Negarse a irse. Recibir un golpe en el hombro de uno de los hermanos y un empujón del otro. Volver a escuchar durante todo el camino a casa la retahíla que empieza con marica. Soñar que los chanchos se comen al cabezón, que el cabezón muerto le grita que por qué no hizo nada para ayudarlo, que lo persigue por la playa apenas sostenido por esas piernas ridículas al lado del tamaño de su cabeza, un niño cangrejo. Despertar bañado en sudor y temblando. Esquivar a los hermanos que lanzan golpes y preguntan si la niña se asustó por una pesadilla. Verlos hacer una imitación de que ellos creen que es una niña asustada. Callar. Levantarse al amanecer. Ayudar a la abuela con el desayuno. Recoger los huevos a pesar del vendaval de cacareos y plumas de las gallinas. Agradecer las monedas de la abuela. Desayunar mirando a cada uno de los miembros de la familia. Ver el pan desaparecer en segundos en las mandíbulas de sus hermanos. Ver la frente del papá, siempre tan llena de arrugas, detrás del periódico. Ver la forma tan triste con la que mamá sostiene la taza. Devolver la mirada a la abuela que sabe, que entiende, que le dice te quiero sin decir palabra. Correr al pueblo. Buscar al borracho que cuida la entrada del circo. Poner las monedas de la abuela en esa palma mugrienta. Temer a esa sonrisa negra y viciosa, a esa lengua que asoma, a esa mano rápida que lo quiere tocar. Entrar a la porqueriza donde duerme el cabezón. Espantar a los chanchos que se alejan gruñendo. Levantarlo en sus brazos. Sorprenderse de lo que poco que pesa. Acercarlo a su cuerpo. Sonreír. Huir del borracho que le grita que qué hace con el monstruo, que si le quiere hacer alguna cosa tiene que pagar más. Salir otra vez al sol con el cabezón en brazos como una madre orgullosa de su criatura. Alejarse del circo y del borracho que llama a gritos a los otros para que detengan al mariconcito que se está robando al cabezón. Correr hacia el acantilado susurrando que todo va a estar bien, que van a estar bien, que todo eso se va a acabar, lo feo, los chanchos, las miradas asqueadas de la gente, los coscorrones, el miedo. Llegar a la cima con la gente del circo pisándoles los talones, gritando qué haces, maricón estúpido. Mirar al cabezón que sonríe con su boca sin dientes y sus ojitos brillantes de pescado y que le dice sin hablar hermano, hermano. Lanzarse al mar. Sentir que durante la caída las piernas se juntan en una sola y que va creciendo, rápida y violenta, una cola que al chocar con el agua levanta una espuma iridiscente, cegadora de tan hermosa.

FIN

viernes, 2 de octubre de 2026

"EL SILENCIO". Un poema de Claes Andersson

No idealices el silencio
Hablar es oro
En el silencio medran ratas y peste
Mira con qué silencio te devora el tumor
Ahí sobra el diálogo
No creas que el verdugo parlotea con la víctima
No creas que el quiste da los buenos días
No creas que la falta de amor confiesa su carencia
No creas que las balas discuten
¿Crees que la cuerda llora?
¿Crees que los somníferos suspiran?
No creas que el hombre escribe resoluciones
cuando las ratas se le han comido la lengua
¿Crees que las púas de la alambrada sirven como agujas
    de gramófono?
No creas que crece nada en el interior del silencio
excepto el silencio de los silencios


jueves, 1 de octubre de 2026

"LA TUMBA DE ANTÍGONA". Una obra de María Zambrano

Símbolo incuestionable de integridad moral y fuerza vital, Antígona es una de las figuras mitológicas más tratadas en la historia del pensamiento. A ella, escribía María Zambrano (1904-1991) en 1948, «no podemos dejar de oírla», pues «la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida». La pensadora nunca abandonó su interés por esta heroína, cuya trágica historia, narrada por Sófocles en la tragedia homónima, encierra numerosos asuntos que Zambrano trató con hondura a lo largo de su trayectoria intelectual: la estrecha línea fronteriza entre filosofía y literatura, el carácter social y político de la libertad, el uso y abuso del poder, el exilio o el protagonismo de lo femenino.

El interés de María Zambrano por la figura de Antígona acompaña a la autora a lo largo de su trayectoria como escritora. Los motivos del interés de Zambrano por el personaje de Sófocles son diversos, y propia su interpretación de Antígona. En la figura trágica griega ve Zambrano la encarnación de toda una época: la suya propia, reprimida por la guerra civil y el consiguiente exilio. Pero también declara la autora que es esta la tragedia de Sófocles "más cercana a la filosofía", motivo este clave para entender el interés de Zambrano: poesía sí, pero no ajena al conocimiento.

En "La tumba de Antígona" la autora abandona su habitual estilo ensayístico y construye diversas voces para sus personajes de ficción. "La tumba de Antígona" es un texto clave en la trayectoria de Zambrano. Antígona será en esta obra la que hable, pero también la que escuche. Pregunta para saber. Su palabra ilumina, pero también será iluminada en un mundo donde voces y ecos se entrelazan estrechamente.