domingo, 15 de febrero de 2026

"¿POR QUÉ NO SE CONSIDERA A LOS PROFESORES (Y MENOS A LAS MAESTRAS) EXPERTOS EDUCATIVOS?". Paula Sánchez y -Daniel Turienzo, El País

Para los docentes de escuelas e institutos, la investigación suele presentarse como algo ajeno: participan, cuando lo hacen, como objetos de estudio

Cuando nos sentamos a una mesa —familiar, entre amigos o en un contexto laboral— es inevitable que, entre anécdotas personales, la conversación derive hacia lo profesional, porque en gran medida aquello a lo que nos dedicamos nos define. En este contexto es habitual que, si se habla de coches, se escuche al mecánico; si la conversación deriva hacia la medicina, se pida la opinión del médico. Sin embargo, cuando el tema es la educación, la maestra no siempre es escuchada con la misma atención, o ni siquiera se le concede la palabra como experta. Y esto ocurre por varias razones.

Por una parte, todos tenemos una experiencia escolar más o menos prolongada. Hemos pasado años en aulas, hemos tenido buenos y malos docentes, recordamos métodos, exámenes y conflictos. Esa vivencia común, junto con el hecho de que la educación es un asunto social que interpela a toda la ciudadanía, nos hace sentir autorizados a opinar sobre educación desde lo práctico, relegando a un segundo plano el conocimiento técnico tan valorado en otras disciplinas.

Pero hay algo más profundo. La cultura profesional docente ha contribuido históricamente a que el enseñante no sea concebido como un agente técnico e intelectual —y también político—, sino como un ejecutor de decisiones ajenas. Cuesta reconocer en el profesorado un saber experto y autónomo, construido desde la práctica, la reflexión y el conocimiento pedagógico. Esta desvalorización no es neutra y se intensifica, además, por factores como el género. De hecho, a medida que avanzamos en el sistema educativo, aumenta el estatus de los profesionales de la educación, y la proporción de hombres que la ejercen.

Basta observar quién ocupa los espacios de debate educativo. En congresos de educación es relativamente raro encontrar a maestras o a profesorado de secundaria, ya no como ponentes, sino incluso como asistentes. Lo mismo sucede en las mesas sobre políticas educativas o en los medios de comunicación: los grandes referentes educativos rara vez son docentes. Resulta difícil imaginar un congreso de cardiología sin cardiólogos clínicos; o una mesa sobre feminismo sin mujeres. En educación, en cambio, esa ausencia parece normalizada.

Nadie cuestiona –ni debería hacerlo- la legitimidad de expertos de otras disciplinas para hablar de educación. Economía, sociología, psicología o neurociencia tienen mucho que aportar. El problema no es la pluralidad de voces, sino que no se echen en falta las esenciales: las de quienes enseñan cada día y sostienen el sistema educativo en condiciones complejas.

Entre la escuela y la academia existe un puente que todavía no hemos cruzado. Esta distancia genera disfuncionalidades en ambas orillas. Para el profesorado que desempeña su labor en escuelas e institutos, la investigación educativa suele presentarse como algo ajeno: estos docentes participan, cuando lo hacen, como meros objetos de estudio, sin que sus miradas y saberes profesionales sean incorporados de forma significativa. Esta desafección dificulta que la evidencia disponible influya en su toma de decisiones en las aulas, y abre la puerta, en ocasiones, a discursos simplificadores o abiertamente anticientíficos.

Desde la academia, el riesgo es inverso: producir una investigación desconectada de la acción didáctica y de la política educativa. La lógica de la carrera académica impone un sistema de producción científica en ocasiones poco útil para la sociedad y para la propia construcción del conocimiento. Estudios rigurosos pero irrelevantes para quienes enseñan, poco transferibles por su temática, formato o canales de difusión. Se consolida así un divorcio entre quienes producen evidencia, quienes diseñan políticas públicas y quienes lo aplican, donde ni a la academia se le reconoce la importancia de escuchar y atender las demandas de la escuela, ni al profesorado se le incentiva a investigar. No es extraño que en los centros no se lea lo que en la academia se escribe, ni que la academia produzca lo que las escuelas necesitan, con honrosas —aunque insuficientes— excepciones.

Para quienes proceden de las aulas, el camino hacia la investigación tampoco está pavimentado con incentivos. El tiempo de formación y escritura académica no se reconoce dentro del horario lectivo ni es una prioridad de las administraciones públicas. Las convocatorias de proyectos suelen estar pensadas para estructuras universitarias consolidadas, no para equipos que nacen en un colegio público o en una escuela infantil. Y, con frecuencia, los docentes solo conocen la ciencia educativa desde fuera: participan en estudios como sujetos de observación, no como coautores de hipótesis o lectores de los resultados. Se les invita a abrir la puerta de sus clases, pero muy pocas veces a sentarse en la mesa donde se interpretan los datos que se obtienen de sus prácticas. Nadie puede entusiasmarse con aquello que le es ajeno, y esa desconexión es, paradójicamente, contraria a los principios pedagógicos que tanto valor tienen en todas las instituciones.

No es solo una cuestión de funciones, sino de reconocimiento. La identidad profesional docente se ha definido más por la vocación y la entrega que por la capacidad de construir teoría o generar evidencia. Muchas maestras ni siquiera se imaginan investigando porque nadie les ha invitado a hacerlo y cuando lo hacen, la reacción suele ser de sorpresa, incluso dentro del propio claustro.

Capacidad de transformación

Superar esta brecha no consiste en exigir que cada docente sea investigador, ni en someter la práctica a la teoría sin crítica. Se trata de producir conocimiento con los docentes y desde la práctica, articulando espacios compartidos de reflexión, investigación y toma de decisiones. Solo así la evidencia puede adquirir legitimidad pedagógica, sentido profesional y capacidad real de transformación, evitando una investigación desconectada de la acción didáctica y unas prácticas escolares aisladas del pensamiento crítico y del debate científico.

Algunas experiencias ya apuntan caminos posibles: modelos de investigación-acción, espacios estables de colaboración entre escuela y universidad con autorías compartidas, facilitadores o knowledge brokers, redes de debate pedagógico sin jerarquías, profesorado asociado y canales de difusión accesibles. Pero quizá el paso decisivo sea reconocer institucionalmente la investigación como parte del trabajo docente, vinculándola a la carrera profesional —en tiempos, formación y evaluación—. No se trata solo de trasladar la ciencia a las aulas, sino de construirla conjuntamente, abriendo espacios reales de interlocución con impacto didáctico y sentido social.

Las reflexiones que atraviesan este debate convergen en una idea esperanzadora: la política educativa y la producción científica sólo tendrán sentido si se construyen con el profesorado, no sobre él. Estos puentes no se levantan de golpe, sino con cada maestra que formula una pregunta distinta sobre su práctica, con cada investigadora que entra en el aula dispuesta a escuchar, con cada espacio compartido que se reconoce como lugar común. En una educación fundamentada en evidencias, ese encuentro no es una opción: es una urgencia compartida.
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Paula Sánchez es maestra de Educación Primaria en la escuela pública. Daniel Turienzo es maestro de Educación Infantil en la red educativa en el exterior. Sus opiniones no representan necesariamente la postura de las instituciones u organizaciones con las que los autores mantienen o han mantenido vínculo profesional.

sábado, 14 de febrero de 2026

"EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE". Un cuento de Gabriel García Márquez

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. 

Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.

Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento: 

-Merde! Allez-vous-en!  CONTINUAR LEYENDO

viernes, 13 de febrero de 2026

"CÓMO AMAN LOS POBRES (CON LAS MANOS/ESKUEKIN)". Un poema de Gata Cattana recitado por ella y la adpatación de Olatz Salvador en su canción "Eskuekin"

«No aman de igual forma
los ricos y los pobres.

Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con
todo en su contra.

Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten
mes a mes
a quemarropa.

El amor de los pobres
no sale por la ventana
aunque el dinero entre
por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).

Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse malalimentados
malvestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).

Los pobres han aprendido a aprovechar
los vis a vis, entre jornada y jornada
de trabajo,
(aunque no haya trabajo)
y saben darse placeres nunca tasados
de valor incalculable
y han aprendido a disfrutar las circunstancias
y la sopa de sobre,
el viejo colchón y la cuesta de enero.

Y parece que su amor se yergue
indestructible a pesar de,
a pesar de las miles de plagas,
de los sueños frustrados y fracasos andantes,
de las crisis cíclicas y de hambrunas y de guerras,
más valiente que Heracles,
más Odiseo que Odiseo
Y parece que su amor se extiende y se multiplica
al ritmo que se multiplican los pobres,
al ritmo que se multiplican los infortunios
y los desastres naturales que golpean
siempre en las casas de los pobres.

Y ese amor está a la altura de Urano,
a la altura de Urano y de Gea juntos,
y es la única arma
que tienen los pobres
para defenderse.

Por eso han aprendido a cultivar flores
y a cantar bien sus penas
y han inventado las mejores obras
y los mejores instrumentos.
Por eso entienden de arte y saben
encontrarlo donde lo haya,
aunque no lo haya,
(que siempre lo hay).
Y han aprendido a aprovechar el carisma
y la jerga,
y a escribir poemas inmortales
sobre amores complicados,
y saben de cosquillas,
y saben de boleros
y saben de desnudos
y de darlo todo,
que no es más que lo puesto,
las manos y la lengua
la forma de otear al horizonte
y los cánticos en contra del patrón.

Yo siempre he amado de esta manera».

 

Olatz Salvador toma este poema titulado "Con las manos" y hace la canción "Eskuekin". Olatz homenajea a Gata y versiona y traduce su poema en el disco "Aho Uhal" (2021)

miércoles, 11 de febrero de 2026

"UNA SENDA ESCONDIDA". Antonio Muñoz Molina, El País

En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad

Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.

Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.

A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.

En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.

Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.

En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.

Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.

martes, 10 de febrero de 2026

"ESTADO DE SITIO". Un cuento de Elena Poniatowska

Camino por las grandes avenidas, las anchas superficies negras, las banquetas en las que caben todos y nadie me ve, nadie voltea, nadie me mira, ni uno solo de ellos. Ninguno da la menor señal de reconocimiento. Insisto. Ámenme. Ayúdenme. Sí, todos. Ustedes. Los veo. Trato de imantarlos; nada los retiene, su mirada resbala encima de mí, me borra, soy invisible. Sus ojos evitan detenerse en algo, en cualquier cosa, y yo los miro a todos tan intensamente, los estampo en mi alma, en mi frente; sus rostros me horadan, me acompañan; los pienso, los recreo, los acaricio. Nosotras las mujeres atesoramos los rostros; de hecho, en un momento dado, la vida se convierte en un solo rostro al que podemos tocar con los labios. Ámenme, véanme, aquí estoy. Alerto todas las fuerzas de la vida; quiero traspasar los vidrios de la ventanilla, decir: “Señor, señora, soy yo”, pero nadie, nadie vuelve la cabeza, soy tan lisa como esta pared de enfrente. Debería gritarles: “Su sociedad sin mí sería incompleta, nadie camina como yo, nadie tiene mi risa, mi manera de fruncir la nariz al sonreír, jamás verán a una mujer acodarse en la mesa como lo hago, nadie esconde su rostro dentro de su hombro…señores, señoras, niños, perros, gatos, pobladores del mundo entero, créanme, es la verdad, les hago falta.”

Me gustaría pensar que me oyen pero sé que no es cierto. Nadie me espera. Sin embargo, todos los días tercamente emprendo el camino, salgo a las anchas avenidas, a ese gran desierto íntimo tan parecido al que tengo adentro. Necesito tocarlo, ver con los ojos lo que he perdido, necesito mirar esta negra extensión de chapopote, necesito ver mi muerte.

FIN

De noche vienes, México, Grijalbo, 1979.

lunes, 9 de febrero de 2026

Un poema del libro "Penar ocono" de José Heredia Maya seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

En este mes de febrero se conmemora el cincuentenario de la representación del espectáculo ‘Camelamos Naquerar. Propuesta para una danza de arcángeles morenos’, con textos y guion del poeta José Heredia Maya y dirección coreográfica de Mario Maya. El 20 de febrero de 1976, unos meses después de la muerte de Franco y con la dictadura todavía presente, se estrenó en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada una obra que aunaba de manera muy innovadora el teatro y el flamenco. Su impacto artístico y social fue enorme, no solo por la deslumbrante puesta en escena sino por la fuerza reivindicativa de sus textos, que desgranaban la historia de racismo y persecución contra el pueblo gitano en España. De hecho, la obra empieza con una pragmática de los Reyes Católicos en la que se plantea el exterminio de los gitanos. Como recuerdo y homenaje a aquel excepcional espectáculo he elegido el primer poema, que, con ligeras modificaciones, formaba parte del libro ‘Penar ocono’, publicado en 1973 por José Heredia. Han pasado 50 años de aquel grito de denuncia de la situación de injusticia y exclusión que el pueblo gitano ha vivido durante siglos, pero lamentablemente sigue vigente, extensible ahora a tantos colectivos perseguidos y amenazados. (Andrea Villarrubia Delgado)

Y sin saber por qué, llegó el destierro…
Héjira desde siempre
por todos los caminos,
proscrito,
apátrida
de todas las coronas,
acosado
por toda la jauría,
vejado,
fustigado
por decretos
cincelados a punta de desprecio.

Sembrada al paso de tu fusta
feroz, furiosa, furibunda,
quedó visible,
              desde la India acaso,
una larga cadena de horizontes.

¿Quién aceptó la calentura, la pasión
de una moral extraña convertida en
borrico
bronce
vara
cante, escarnio sobre todo?
Ni Dios mantuvo su postura entonces
ni ese católico ademán de católicos reyes españoles
y de papas,
             que fingen desde púlpitos sus secuaces todavía,
sirvió para empapar este sudor
de pasos milenariamente sembrados de injusticia.
Yo no recuerdo tan siquiera el leve
apretón de otra mano fatigada.
                                                    Sólo el látigo
oh, la espuma en los belfos,
pretendiendo enseñarme extraños ritmos.

JOSÉ HEREDIA MAYA

"UNA HISTOIRA DE AMOR, LIBROS Y VIDA". Tomada del Blog de la Asociación Entrelibros.

El otro día leí esta entrada del blog de la Asociación Entrelibros en la que Andrea nos cuenta su vivencia mediada por un cuento con un niño y su familia en el transcurso de su enfermedad. Aquí os la dejo. Merece la pena leerla para volver a emocionarse con la magia de la que es portadora la lectura en voz alta, y que no es otro que el del encuentro humanizante.
Hace unos días hice un viaje muy especial a un pueblo de la provincia de Granada. Fui al encuentro de la madre de Álvaro, un niño al que durante casi dos años estuve leyendo en la sección de Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Granada. Por respeto al dolor de la madre, Pilar, he postergado la narración de esta historia. Ahora, después de la visita al pueblo de Álvaro y de la larga conversación con su madre, puedo contarla. Ella me ha autorizado a hacerlo. No es fácil, sin embargo, escribir esta historia de amor, libros y vida.
Desde que entró por primera vez en el hospital, con seis años, hasta su fallecimiento, en julio del año pasado, estuve leyendo a Álvaro siempre que estuvo ingresado. Había muchas tardes en que debido al tratamiento no tenía muchas ganas de que le leyera, pero al final casi siempre sucumbía ante las historias que le ofrecía. Hubo muchas tardes de conversación y mucha complicidad entre él, su madre y yo. Tardes en las que, cuando llegaba y estaba dormido, su madre me pedía que entrase y hablásemos un rato. O, por mejor decir, yo simplemente escuchaba a una madre desahogar su estupor y su tristeza ante una enfermedad que no entendía por qué había afectado a su hijo. Sé que el consuelo de tener a alguien con quien compartir el dolor forma parte de nuestra actividad como lectores de la Asociación Entrelibros, especialmente en Oncología, pero con la madre de Álvaro mantuve una relación muy estrecha. CONTINUAR LEYENDO