lunes, 25 de mayo de 2026

"EL ENFERMO PROFESIONAL". Un cuento de Roberto Arlt

Sí, hay señores empleados que podrían poner en la tarjeta, bajo su nombre, esta leyenda: “enfermo profesional”.

No hay repartición de nuestro gobierno donde no prospere el enfermo profesional, el hombre que trabaja dos meses en el año, y el resto se lo pasa en su casa. Y lo curioso es esto. Que el enfermo profesional es el motivo de que exista el empleado activo, fatalmente activo que realiza el trabajo propio y el del otro, como una compensación natural debida al mecanismo burocrático. Y decimos burocrático, porque estos enfermos profesionales sólo existen en las reparticiones nacionales. Las oficinas particulares ignoran en absoluto la vida de este ente metafísico que no termina de morirse a pesar de todos los pronósticos de los entendidos de la repartición nacional.

Naturalmente, el enfermo profesional jamás tiene veinte años ni ha pasado de los treinta. Se mantiene en la línea equinoccial de la vagancia reglamentaria. Es un hombre joven, adecuado para el papel que representa sin exageración pero con sabiduría.

Generalmente es casado, porque los enfermos con esposa inspiran más confianza y las enfermedades con una media naranja ofrecen más garantías de autenticidad. Un hombre solo y enfermo no es tan respetable como un hombre enfermo y casado. Intervienen allí los factores psicológicos más distintos, las ideas crueles más divertidas, las compasiones más extrañas. Todos piensan en la futura viuda.

Ahora bien, el enfermo profesional suele ser en el noventa y cinco por ciento de los casos un simulador habilísimo, no sólo para engañar a sus jefes, sino también a los médicos, y a los médicos de los hospitales.

Naturalmente, para adoptar la profesión de enfermo siendo empleado de una repartición pública hay que contar con la ayuda del físico.

El enfermo profesional no se hace sino que nace. Nace enfermo (con salud a toda prueba), como otro aparece sobre el mundo aparentemente sano y robusto, con una salud deplorable.

Tiene una suerte, y es la de su físico, un físico de gato mojado y con siete días de ayuno involuntario. Cuerpo largo, endeble, cabeza pequeña, ojos hundidos, la tez amarilla y la parla fatigosa como de hombre que regresa de un largo viaje. Además siempre está cansado y lanza suspiros capaces de partir a un atleta.

El que cuente con un físico de esta naturaleza, dos metros de altura, cuello de escarbadientes y color de vela de sebo, puede comenzar la farsa de la enfermedad (siempre que sea empleado nacional) tosiendo una hora por la mañana en la oficina. Alternará este ejercicio de laringe con el tocarse suavemente la espalda haciendo al mismo tiempo el gestecillo lastimero. Luego toserá dos o tres veces más y, con todo disimulo, evitando que lo vean (para que lo miren) se llevará el pañuelo a la boca y lo ocultará prestamente.

A la semana de efectuar esta farsa, el candidato a enfermo profesional observará que todos sus compañeros se ponen a respetable distancia, al tiempo que le dicen:

–¡Pero vos tenés que descansar un poco! (ya cayó el chivo en el lazo), vos tenés que hacerte ver por el médico. ¿Qué tenés? ¿A ver si tenés fiebre?

Y si el candidato a profesional es hábil, el día que visita al médico de su oficina, muchas horas antes se coloca papel secante bajo las axilas, de modo que al colocarle el termómetro el médico, comprueba que tiene fiebre, y como además el profesional confiesa que tose mucho, y etc., etc. (Nosotros no le regalamos fórmulas para convertirse en enfermo profesional).

Un mes de farsa basta para prepararse un futuro. ¡Y qué futuro! La “enfermedad” alternada con las licencias, y las licencias con la enfermedad.

Con este procedimiento en poco tiempo el profesional se convierte en el enfermo protocolar de la oficina. El médico se aficiona a este cliente que lo visita asiduamente y le habla del temor de dejar a su esposa viuda, el médico acaba por familiarizarse con su enfermo crónico que le hace pequeños regalos y que sigue puntualísimamente sus prescripciones, y al cabo de un tiempo, ya el médico ni lo observa a su enfermo, sino que en cuanto lo ve aparecer por su consultorio le da unas amistosas palmadas en la espalda y extiende la licencia con una serenidad digna de mejor causa.

Pero el profesional no se calma, sino que alega nuevos dolores, y ya está que el estómago se le pone como un “plomo”, ya es la garganta que le duele, y si no son los riñones, el hígado y el páncreas a la vez, o el cerebro y los callos.

El médico, para no alegar ignorancia ante tal eclecticismo de enfermedades, lo deriva todo de la misma causa, y finge con el enfermo hacer análisis que no hace, pues está convencido que el ciudadano muere el día menos pensado.

Y el caso es el siguiente: que todos quedan contentos. Contentos los empleados de la repartición por haberse librado de un compañero “peligroso”, contento el jefe de ver que con la ausencia del enfermo el trabajo no se ha obstaculizado, contento el ministro de no tener que jubilarlo al enfermo porque alega que se enfermó en el desempeño de su trabajo, contento el médico de tener a un paciente tan sumiso y resignado, y contento el enfermo de no estar enfermo, sino de ser uno de los tantísimos de los enfermos crónicos que en las reparticiones nacionales hacen decir al portero:

–Pobre muchacho. Ése no pasa de este año.

Y el pobre muchacho se jubila... se jubila de empleado nacional... y de enfermo crónico aunque con un sueldo sólo por las enfermedades.
FIN

domingo, 24 de mayo de 2026

"AZOGUE". Un poema de Guadalupe Grande

Vivimos de costado
pasamos de puntillas
Gracias a dios nadie quedará para recordar
en nombre de quién
habrá de dirimirse la venganza

Cuando el tiempo se escapa sin rostro de las manos
dejando un polvo amarillo en el azogue
es menester estar atentos.
Cuando los días huyen a hurtadillas
despreciando nuestro estupor
(mientras se pudre el grano en el almiar)
es menester ser precavidos.
Cuando la vida se oculta en los rincones
y no hay perro de caza que pueda hallar su rastro
solícitos acudimos a las puertas del miedo.

El bosque de certezas ardió hace tres noches.
Y yo he venido a pregonar
la escarcha de la duda.

sábado, 23 de mayo de 2026

"QUIÉN DICE LA VERDAD". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Uno de los grandes poemas de amor de García Lorca estremece desde su mismo título: El poeta dice la verdad. Suena como un axioma general —no hay poesía que de un modo u otro no diga la verdad— y todavía más como un aviso, como la declaración personal de alguien que ha decidido prescindir de cualquier simulacro. Otro de los mejores, Percy Bysshe Shelley, escribió que los poetas son los legisladores secretos de la humanidad. Aunque parezca una afirmación excesiva, se vuelve más sobria y precisa si la conectamos con esa determinación insobornable de verdad de García Lorca, y de tantos y tantas poetas en ese trance máximo que Emily Dickinson llamó “a soul in white heat”, un alma al rojo vivo. Cuando Jorge Manrique dice “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir” está enunciando una verdad tan lapidaria como una fórmula química, igual que Miguel Hernández resume un sombrío diagnóstico mental en cuatro versos de un soneto: “Sobre la pena duermo, solo y uno; / pena es mi paz y pena mi batalla, / perro que ni me deja ni se calla / siempre a su dueño fiel, pero importuno”.

Nos hemos acostumbrado a considerar la poesía un arte nebuloso, pero no hay que olvidar que una de las obras maestras de la lengua latina, las Geórgicas de Virgilio, es un manual completo y riguroso de apicultura, agricultura, arboricultura y ganadería, o que la primera descripción plenamente materialista del universo, la vida y la mente humana la hizo Lucrecio en los más de 7.000 versos de su De rerum natura. Y nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos, libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. La imposibilidad física de escuchar con la vista queda abolida cuando al leer nos parece que estamos escuchando la voz del autor en las palabras que escribió hace siglos, como nos pasa sin ir más lejos con ese soneto de Quevedo.

Si el poeta resuelve, cueste lo que cueste, decir solo la verdad, a nosotros lectores y ciudadanos nos corresponde la decisión equivalente de detectar el embuste y pararnos a distinguir las voces de los ecos. Ernest Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones, como esos contadores Geiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral, por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.

La tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la mentira. Durante décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma. Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable, “relatos”, “narrativas” al servicio de intereses de poder, de género, de raza. Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora, sometidos —gozosamente, en muchos casos— a la industria de adoctrinamiento y mentira más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas por la inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias al coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los mataderos del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad la única diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca. Cuando un partido político que se declara progresista recurre a la inteligencia artificial para hacer bromas o dañar al contrario está poniéndose a la altura de los conspiradores contra la verdad.

Y, sin embargo, hay quien sigue diciéndola. Tengo guardada la entrevista de Nuño Domínguez con Michel Mayor, el Premio Nobel de Física que en 1995 descubrió el primer planeta situado fuera de nuestro sistema solar. Michel Mayor es uno de esos octogenarios que no se callan ni debajo del agua porque lo han vivido todo y no tienen tiempo para tonterías ni para vaguedades. Dice Nuño Domínguez que habla con la pasión de un joven: también con la impertinencia y la ironía de alguien que no admite ni el porcentaje más bajo de bullshit. No accede ni a una sola generalidad. Asegura que las misiones Apolo fueron interesantes, pero solo “porque nos dieron información geológica de la Luna, como los isótopos presentes en sus rocas”. En unos tiempos en los que Donald Trump, más Lex Luthor que nunca, ordena la instalación de centrales nucleares en nuestro pobre satélite indefenso, Michel Mayor considera que sería un sueño tener un radiotelescopio en su cara oculta, pero en seguida se contiene: “¿Es una buena idea, teniendo en cuenta el enorme coste que tendrá? No estoy seguro”. Frente a las fantasías de colonizaciones planetarias de los milmillonarios, enfermos de una tardoadolescencia megalómana, Mayor es taxativo. No habrá millones de personas viviendo en Marte el próximo siglo, advierte. “Marte apenas tiene atmósfera. Es imposible terraformarlo para generar tanto oxígeno como sería necesario”. Y tampoco llegaremos nunca a uno de esos exoplanetas que él ha descubierto: “Imagínate que encontramos un planeta gemelo de la Tierra a unos 30 años luz. A escala galáctica, esto es muy cerca. Los astronautas [de Artemis 2] tardaron unos tres días en llegar a la Luna. A esa velocidad, tardaríamos millones de años en llegar a esa segunda Tierra”. Con su barba y su pelo blanco, y una expresión tranquila que no tiene nada de apocalíptica, Michel Mayor calcula nuestra esperanza de supervivencia como especie en un millón de años, “como mucho”. Los seres humanos nos imaginamos eternos, “pero la verdad es que somos animales y vamos a extinguirnos”.

Justo en los días en que Michel Mayor anduvo por España, alguien más estaba diciendo sin miedo la verdad, cortando como de un tajo valiente toda la palabrería. El papa León XIV dijo en voz alta y clara en Camerún: “El mundo está siendo devastado por una pandilla de tiranos… Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, mientras que a menudo no basta toda una vida para reconstruir. Se gastan miles de millones en matar y devastar, mientras que los recursos necesarios para curación, la educación y la reconstrucción no se encuentran en ninguna parte”. En la voz profética de la verdad alza el vuelo la poesía, sea la verdad de la ciencia o la de la denuncia del sufrimiento humano. Fue en los versos finales de otro de sus poemas donde García Lorca resumió el más bello manifiesto político: “Porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra / que da sus frutos para todos”.

miércoles, 20 de mayo de 2026

"EL HOMBRE DE MI PROPIEDAD". Un cuento de Gioivanni Papini

Como hace muchos años he dejado de escribir un Diario, no puedo decir con exactitud cuánto tiempo hace que me encontré el cuerpo y el alma del Amigo Dité. Probablemente, dada mi distracción, no me di cuenta en qué día preciso mi segunda sombra -aquella sólida y relativamente viva- se decidió a entrar en la escena poco iluminada de mi vida.

Una mañana, al salir de casa, me di cuenta de que iba acompañado, a esa respetuosa distancia que no permite hacer preguntas ni dar explicaciones, por un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un largo abrigo azul, alegre y sonriente (pero sin demasiada exageración). No teniendo nada que hacer, y habiendo salido únicamente de casa para no oír los crujidos de la leña en la chimenea, me divertí mirando de reojo a mi acompañante, a pesar de que -ténganlo bien en cuenta- éste no tenía nada de extraordinario. No supuse, ni por un solo momento, que pudiese tratarse de un policía; mi completa falta de valor físico y mi repugnancia por los malos olores me han impedido siempre entregarme a la política militante; y la pereza, unida a mi escasa habilidad manual, me ha salvado de buscar en el delito los medios de subsistencia.

No podía, tampoco, imaginar que el hombre vestido de azul fuese una especie de ladronzuelo de ciudad, decidido a robarme, pues mi decente pobreza era conocida en todo el barrio, y mi modo de vestir, más descuidado que desenvuelto, disociaba de mi persona cualquier idea de bienestar.

A pesar de que yo no tuviese ningún derecho a ser seguido, comencé a pasar y repasar por las calles más tortuosas del centro de la ciudad para asegurarme de que no me equivocaba. El hombre me siguió por todas partes con un aspecto cada vez más satisfecho. Di, de pronto, la vuelta por una ancha calle llena de gente y apresuré el paso, pero la distancia entre el hombre vestido de azul y yo continuó siempre siendo la misma. Entré en un estanco para comprar un sello de tres céntimos, y el desconocido entró en el mismo estanco y compró un sello de tres céntimos; subí a un tranvía y mi sonriente compañero subió al mismo tranvía; cuando descendí, el hombre vestido de azul bajó tras de mí; compré un periódico, y él compró el mismo periódico; me senté en el banco de un jardín, y el otro se sentó en otro banco cercano; saqué del bolsillo un cigarrillo, y él sacó otro y esperó que hubiese encendido el mío para encender el suyo.

Todo esto era al mismo tiempo gracioso y fastidioso. “Tal vez -pensé- se trata de un humorista desocupado que quiere divertirse a mi costa.” Me decidí a resolver la duda por el medio más expeditivo: me planté delante de mi acompañante con intención de preguntarle:

-¿Quién es usted? ¿Qué desea usted de mí?

No tuve necesidad de abrir la boca. El hombre vestido de azul se puso en pie, se quitó el sombrero, sonrió un momento y dijo con precipitación:

-Perdóneme. Se lo explicaré todo, me presentaré inmediatamente: soy el Amigo Dité. No tengo profesión conocida, pero eso no tiene importancia. Tenía muchas cosas que decirle, pero hasta ahora… También deseaba escribirle; le escribí dos o tres veces, pero no tengo la costumbre de enviar las cartas. Por lo demás, soy un hombre vulgarísimo e incluso sano, a lo que parece, alguna vez… CONTINUAR LEYENDO

domingo, 17 de mayo de 2026

"LOS COBARDES". Un poema de Miguel Hernández

Hombres veo que de hombres
sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.

En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.
Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.

Solos se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros, lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.

Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.

sábado, 16 de mayo de 2026

"POR QUÉ SABER ESCUCHAR ES LA HABILIDAD DEMOCRÁTICA MÁS IMPORTANTE EN LA ERA DIGITAL". Sara Kells, IE University. Theconversation.com 7 mayo 2026

En una conversación típica de hoy en día, no es difícil darse cuenta de cuándo alguien ha dejado de escuchar. Su atención se desvía, su respuesta llega demasiado rápido o su mirada se dirige hacia alguna pantalla. La conversación continúa, pero ya se ha perdido algo esencial. Hablamos más que nunca a través de plataformas, dispositivos y espacios digitales, pero ¿nos estamos escuchando realmente unos a otros?

El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Las cuestiones sobre quién puede hablar, qué debe regularse y si la libertad de expresión está amenazada dominan las discusiones sobre la vida digital. Se trata, sin duda, de preocupaciones importantes, pero se basan en una suposición que rara vez examinamos: que ser escuchado es una consecuencia natural de hablar.

El valor para hablar con sinceridad

Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas en igual medida: el derecho a hablar y el valor para hablar con sinceridad.

Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque en el ágora simplemente se daba por sentado: una audiencia dispuesta a recibir genuinamente lo que se decía.

Hablar y escuchar no son preocupaciones rivales. Son dos caras de la misma práctica cívica, y no se puede defender una sin prestar atención a la otra. Hoy en día, hemos invertido una enorme energía en proteger y ampliar el derecho a hablar. Sin embargo, hemos prestado mucha menos atención a lo que ocurre en el lado receptor.

Escuchamos para responder en lugar de para comprender

Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia de hablar, ni equivale a oír palabras a medida que pasan. Escuchar bien es comprometerse con lo que dice otra persona como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.

Los filósofos llaman a esto “asimilación”: la disposición a recibir con precisión lo que alguien ha dicho antes de reaccionar ante ello. En la práctica, esto significa interiorizar un argumento el tiempo suficiente para comprenderlo genuinamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo. Significa distinguir lo que una persona realmente ha afirmado de lo que hemos supuesto que quería decir. Significa tratar a la persona que habla como un participante en un intercambio compartido, no como un obstáculo que hay que superar.

Esto es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder en lugar de para comprender. Buscamos el momento en que podamos rebatir, el punto débil del argumento, la oportunidad para exponer nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Es esperar.

La distinción es de enorme importancia en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se enfrentan a caricaturas de opiniones contrarias en lugar de a las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido. El desacuerdo se convierte en una actuación. La discusión se convierte en teatro. Y la posibilidad de una persuasión genuina, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que otra persona ha dicho, desaparece silenciosamente.

Los entornos digitales dificultan la escucha

Las plataformas que ahora albergan la mayor parte de nuestra conversación pública no se diseñaron pensando en la escucha. Se diseñaron para la participación, que es algo muy diferente.

La participación, tal y como la miden las principales plataformas de redes sociales, significa clics compartidos, reacciones y tiempo dedicado. El contenido que despierta emociones fuertes –especialmente la indignación, la ira y la alarma moral– suele obtener buenos resultados según estas métricas. El contenido que invita a una reflexión cuidadosa, en cambio, no suele hacerlo.

El resultado es un entorno informativo que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para la escucha genuina: rápida, declarativa, cargada de emoción y diseñada para provocar una reacción en lugar de suscitar una respuesta.

A esto se suma la forma en que los algoritmos nos presentan el contenido. Rara vez nos encontramos con argumentos en su forma completa, formulados por las personas que los sostienen, en el contexto en el que se presentaron. En cambio, solemos encontrarnos con fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo seleccionados precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, se nos está entrenando para interactuar con caricaturas. Y las caricaturas no requieren escucha. Solo requieren una reacción.

Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente habla constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una esfera en la que se acumula la frustración, se endurecen las posiciones y cada vez resulta más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. No se trata simplemente de un problema tecnológico. Es un problema cívico. Y exige una respuesta cívica.

Cómo enseñar (y practicar) la escucha

La buena noticia es que la escucha, a diferencia del diseño algorítmico, es algo sobre lo que podemos influir directamente. Es una habilidad, y las habilidades se pueden enseñar.

En el ámbito educativo, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen la comprensión de forma deliberada. Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que se pida a los estudiantes que reformulen el argumento de un compañero hasta que este quede satisfecho antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un entorno en el que la participación equitativa es una expectativa estructural más que una idea de último momento, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para comprender en lugar de para ganar.

La misma lógica se aplica más allá del debate en vivo. Se puede pedir a los estudiantes que escuchen un pódcast, vean un vídeo o lean un artículo con una tarea en mente: ¿puedes explicar su argumento de forma imparcial antes de decidir si estás de acuerdo con él?

No se trata simplemente de ejercicios de clase: son ensayos para la vida democrática.

Estos hábitos también se pueden cultivar fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que nos provoque, hagamos una pausa lo suficientemente larga como para preguntarnos si hemos entendido el argumento real. Antes de criticar una postura, reformulémosla en términos que su defensor reconocería. Separemos lo que una persona ha dicho de nuestras suposiciones sobre por qué lo ha dicho. Se trata de pequeños ajustes, pero si se practican de forma constante, cambian la calidad del intercambio.

Una democracia que únicamente enseña a la gente a hablar libremente solo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario: era un lugar de intercambio. Recuperar ese espíritu, en las aulas, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora habitamos juntos, comienza con la habilidad más silenciosa y exigente de aprender a escuchar de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2026

"MOZART, Y BRAHMS Y CORELLI", Un cuento de Almudena Grandes

 

—Esto es lo único glorioso, lo único heroico, lo único digno que hemos hecho los españoles en toda la puta historia, fijaos en lo que os digo, lo único, esto y la defensa de Madrid, punto final. Todo lo demás, una basura. Acordaos bien cuando os enseñen política en el instituto ese al que vais.

—Adolfo…

—¿Qué?

—Que nosotros no damos política —y Miguel, que le había conocido antes que los demás y era quien tenía más confianza con él, se echaba a reír—. Eso es de tu época, macho…

—¡De mi época, de mi época! —y por un instante, Adolfo dejaba de mirar a Fernanda para volcar sobre nosotros el azul purísimo de sus ojos—. ¿Qué pasa, que no os enseñan la Constitución a vosotros?

—Sí, eso sí —a Miguel no le quedaba más remedio que admitirlo—. Pero no es lo mismo.

—¿Qué no es lo mismo? Hala, vete, chaval, que a cualquier cosa la llaman Constitución después de la del 31, ¡no te jode!

Adolfo, que tenía la edad de mi padre, unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta y pocos años, era el único hombre que venía andando a la Casa de Campo para ver a la reina. El único, porque Basi, un viejecillo inofensivo que andaba tan encorvado como si siempre estuviera buscando algo que se le acabara de caer al suelo, no era un hombre para ellas, y nosotros tampoco, la verdad. Ramón había cumplido diecisiete años en enero, pero Miguel y yo seguíamos teniendo dieciséis y ni siquiera nos dejaban entrar en todos los bares. Menos mal que en la loma donde Adolfo había instalado su observatorio, nadie, ni siquiera la policía municipal, que solía venir de visita un par de veces al día, parecía interesado en pedirnos el carnet, o el horario de esas clases que nos fumábamos para ir a ver a la reina.

—¡Fernanda, guapa!

Adolfo chillaba con todas sus fuerzas y ella, después de abrir la puerta, a punto de entrar en el coche del que nunca sería su último cliente, levantaba la cabeza, nos buscaba con los ojos y sonreía.

—¡Qué buena estás, Fernanda, cojones, pero qué buena estás, joder!

Eso le decía, y se quedaba corto, porque la reina era mucho más que una tía buena, aunque yo tampoco podría explicar muy bien qué era exactamente. Sólo sé que el día que la vi, sentí lo mismo que la primera vez que escuché con atención, con oído de músico y no de pasajero de ascensor, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la misma mezcla de alegría y de asombro y de placer y de inquietud y de soledad y de envidia y de espanto que me inspiró esa música perfecta. Porque Fernanda también era perfecta, y más que eso. Fernanda era música. CONTINUAR LEYENDO