—Esto es lo único glorioso, lo único heroico, lo único digno que hemos hecho los españoles en toda la puta historia, fijaos en lo que os digo, lo único, esto y la defensa de Madrid, punto final. Todo lo demás, una basura. Acordaos bien cuando os enseñen política en el instituto ese al que vais.
—Adolfo…
—¿Qué?
—Que nosotros no damos política —y Miguel, que le había conocido antes que los demás y era quien tenía más confianza con él, se echaba a reír—. Eso es de tu época, macho…
—¡De mi época, de mi época! —y por un instante, Adolfo dejaba de mirar a Fernanda para volcar sobre nosotros el azul purísimo de sus ojos—. ¿Qué pasa, que no os enseñan la Constitución a vosotros?
—Sí, eso sí —a Miguel no le quedaba más remedio que admitirlo—. Pero no es lo mismo.
—¿Qué no es lo mismo? Hala, vete, chaval, que a cualquier cosa la llaman Constitución después de la del 31, ¡no te jode!
Adolfo, que tenía la edad de mi padre, unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta y pocos años, era el único hombre que venía andando a la Casa de Campo para ver a la reina. El único, porque Basi, un viejecillo inofensivo que andaba tan encorvado como si siempre estuviera buscando algo que se le acabara de caer al suelo, no era un hombre para ellas, y nosotros tampoco, la verdad. Ramón había cumplido diecisiete años en enero, pero Miguel y yo seguíamos teniendo dieciséis y ni siquiera nos dejaban entrar en todos los bares. Menos mal que en la loma donde Adolfo había instalado su observatorio, nadie, ni siquiera la policía municipal, que solía venir de visita un par de veces al día, parecía interesado en pedirnos el carnet, o el horario de esas clases que nos fumábamos para ir a ver a la reina.
—¡Fernanda, guapa!
Adolfo chillaba con todas sus fuerzas y ella, después de abrir la puerta, a punto de entrar en el coche del que nunca sería su último cliente, levantaba la cabeza, nos buscaba con los ojos y sonreía.
—¡Qué buena estás, Fernanda, cojones, pero qué buena estás, joder!
Eso le decía, y se quedaba corto, porque la reina era mucho más que una tía buena, aunque yo tampoco podría explicar muy bien qué era exactamente. Sólo sé que el día que la vi, sentí lo mismo que la primera vez que escuché con atención, con oído de músico y no de pasajero de ascensor, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la misma mezcla de alegría y de asombro y de placer y de inquietud y de soledad y de envidia y de espanto que me inspiró esa música perfecta. Porque Fernanda también era perfecta, y más que eso. Fernanda era música. CONTINUAR LEYENDO






