sábado, 21 de abril de 2018

Leamos de la mano de papá y mamá. Programa de animación a la lectura en América Latina.


Ternura. Columna de Juan José Millás en el País (20 ABR 2018).

Sé de gente que mataría por llevar razón. Hay otros rasgos de carácter que se pueden corregir a lo largo de la vida, pero quitarse de llevar razón es como quitarse de la heroína: se puede, aunque con mucho sacrificio. Si vienes al mundo con ese declive, mueres con él. Te mueres llevando la razón, te incineran llevando la razón, llegas al infierno llevando la razón. Jamás discutas con personas necesitadas de llevar la razón. No conduce a nada, solo a la infelicidad. En las discusiones políticas es donde mejor se las distingue. Llevar razón constituye un modo de tapar heridas ancestrales, abandonos remotos. Llevar razón es una forma de vengarse. Si llevas razón, tu nacimiento no fue un error, tus padres te quisieron, la infancia triste y la perra juventud valieron la pena. El mundo ya no te debe nada, en fin. Si llevas razón, no necesitas ser sutil ni inteligente ni educado. Llevar razón te coloca por encima del bien y del mal. La frase “hablar cargado de razón”, pese a su naturaleza de lugar común, describe perfectamente esta patología. Para intentar convencerte de sus argumentos, los llevadores de razón subrayan sus discursos con gestos en los que expresan lo absurdo que sería pensar de otro modo. Conozco personas a las que quiero y admiro cuyo único objetivo en la vida es llevar la razón. Siento una terrible ternura por ellas porque me recuerdan épocas de mi vida en las que yo mismo necesitaba llevar razón a toda costa. Me quité de llevar razón porque me hacía daño a la salud, como el tabaco, aunque a veces recaigo y fumo un camelclandestino. Desde entonces, siempre que descubro a alguien llevando la razón me dan ganas de abrazarlo y de hacerle unas caricias al tiempo de decirle que no pasa nada por no llevarla.

viernes, 20 de abril de 2018

El hombrecito vestido de gris. Un cuento de Fernando Alonso

Antes, o después de leer el cuento, es recomendable leer el artículo de Juan Cervera Borrás: La literatura infantil en la construcción de la conciencia del niño. Un  texto muy interesante y en el que hace referencia al cuento citado: 

En realidad se trata de una literatura más desmitificadora que concienciadora, aunque, a veces, sea ésta su intención manifiesta. Se destruye lo que se considera mito e instrumento de alienación, pero en su lugar no se coloca nada, sobre todo cuando se trata de literatura infantil. Así sucede, por ejemplo, en El hombrecito vestido de gris, de Fernando Alonso, duro alegato contra el final feliz”.

EL HOMBRECITO VESTIDO DE GRIS

Había una vez un hombre que siempre iba vestido de gris. 
Tenía un traje gris, tenía un sombrero gris, tenía una corbata gris y un bigotito gris. 
El hombrecito vestido de gris hacía cada día las mismas cosas. 
Se levantaba al son del despertador. 
Al son de la radio, hacía un poco de gimnasia. 
Tomaba una ducha, que siempre estaba bastante fría; tomaba el desayuno, que siempre estaba bastante caliente; tomaba el autobús, que siempre estaba bastante lleno; y leía el periódico, que siempre decía las mismas cosas. 
Y, todos los días, a la misma hora, se sentaba en su mesa de la oficina. 
A la misma hora. 
Ni un minuto más, ni un minuto menos. 
Todos los días, igual. 
El despertador tenía cada mañana el mismo zumbido. 
Y esto le anunciaba que el día que amanecía era exactamente igual que el anterior. 
Por eso, nuestro hombrecito del traje gris, tenía también la mirada de color gris. 
Pero nuestro hombre era gris sólo por fuera. 
Hacia adentro... ¡un verdadero arco iris! 
El hombrecito soñaba con ser cantante de ópera. 
Famoso. 
Entonces, llevaría trajes de color rojo, azul, amarillo... trajes brillantes y luminosos. 
Cuando pensaba aquellas cosas, el hombrecito se emocionaba. 
Se le hinchaba el pecho de notas musicales, parecía que le iba a estallar. 
Tenía que correr a la terraza y... 
-¡Laaa-lala la la la laaa...! 
El canto que llenaba sus pulmones volaba hasta las nubes. 
Pero nadie comprendía a nuestro hombre. 
Nadie apreciaba su arte. 
Los vecinos que regaban las plantas, como sin darse cuenta, le echaban una rociada con la regadera. 
Y el hombrecito vestido de gris entraba en su casa, calado hasta los huesos. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 19 de abril de 2018

La literatura infantil en la construcción de la conciencia del niño. Por Juan Cervera Borrás. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Es un artículo muy interesante en el que el autor va estableciendo las relaciones entre la literatura infantil y la construcción de la conciencia moral del niño. En él se debate entre las tres etapas por las que ha pasado dicha literatura. Destacando el eterno debate entre los cuentos de hadas y la persistencia de unos valores de una determinada época y que no casan con los actuales. Merece la pena leerlo y debatirlo.

La acción de la literatura

Plantear un ensayo para establecer relación entre la Literatura Infantil y la construcción de la conciencia del niño implica, en principio, anunciar las reglas del juego1. Indudablemente este juego puede desarrollarse de varias maneras. Por eso, para que nadie se lleve a engaño, es necesario declarar los modos aquí escogidos para él.
En primer lugar, se parte de la Literatura Infantil como conjunto «de manifestaciones y actividades que tienen como base la palabra con finalidad artística que interesen al niño»2. El rasgo de «interés» suscitado en el niño insiste en el aspecto de libertad, por su parte, en la aceptación voluntaria de elementos que usará libremente también, para la construcción de su propia conciencia, en la línea del constructivismo cognoscitivo. Libertad que, en cualquier caso, no excluye la motivación. Se acepta, no obstante, que el niño construye su peculiar modo de pensar, de conocer, de modo activo, como resultado de la interacción entre sus capacidades innatas y la exploración ambiental que realiza mediante el tratamiento de la información procedente del entorno. En este caso la información del entorno no llega directamente, sino a través de la literatura, que no es canal de comunicación totalmente neutro. La Literatura Infantil intenta poner ante los ojos de los niños algunos retazos de vida, del mundo, de la sociedad, del ambiente inmediato o lejano, de la realidad asequible o inalcanzable, mediante un sistema de representaciones, casi siempre con una llamada a la fantasía. Y todo ello para responder a las necesidades íntimas, inefables, las que el niño padece sin saber siquiera formularlas; y para que el niño juegue con las imágenes de la realidad que se le ofrecen y construya así su propia cosmovisión. Nótese bien que el niño recibe imágenes -literarias, pero imágenes- de la realidad, no la realidad misma.
Si no temiéramos abrir aquí una vía de agua con riesgos de naufragio, tendríamos que inclinarnos ahora ante la necesidad que ha de acuciar al niño de comparar la realidad con sus imágenes servidas. Pero justo es invocar aquí otra regla del juego para no pretender el imposible de seguir dos caminos diferentes a la vez, en lugar de confiar que el niño, en su momento, realice tales comparaciones y saque las conclusiones lógicas.

miércoles, 18 de abril de 2018

EL GATOPATO Y LA PRINCESA MONILDA. Un cuento de María Elena Walsh.


Una vez,en el bosque de Gululu,aparecio un Gatopato. 
¿Como era? 
Bueno,con pico de pato y cola de gato.Con un poco de plumas
y otro poco de pelo.Y tenia cuatro patas,pero en las cuatro calzaba 
zapatones de pato. 
¿Y como hablaba? 
Lunes,miercoles y viernes decia miau. 
Martes,jueves y sabados decia cuac. 
¿Y los domingos? 
Los domingos,el pobre Gatopato se quedaba turulato sin saber qué decir. 
Una mañana calurosa tuvo ganas de darse un baño 
y fue hasta la laguna de Gululu. 
Toda la pateria lo recibio indignada. 
-¿Que es esto?-decian los patos-,¿un pato con cola de gato? 
Y como era lunes,el Gatopato contesto miau. 
¡Imaginense! 
¿Se lo imaginaron? 
Los patos se reunieron en patota y le pidieron amablemente que se marchara, 
porque los gatos suelen dañar a los patitos. 
Y el pobre Gatopato se fue muy callado,porque si protestaba le iba a salir otro miau. 
Camino hasta un rincon del bosque donde los gatos estaban en 
asamblea de ronron,al solecito. 
Y como el Gatopato los saludo diciendo miau,lo dejaron estar un rato con ellos, 
pero sin dejar de mirarlo fijamente y con desconfianza. 
El pobre Gatopato se sintio muy incomodo entre gente tan distinguida. 
Muchos dias paso el pobre completamente turulato y llorando 
a cada rato adentro de un zapato.Hasta que una tarde paso por el bosque 
la princesa Monilda,toda vestida de organdi, 
y lo vio,llorando sin consuelo,a la sombra de un mani. 
-¡Que presioso Gatopato!-dijo la princesa. 
-¿De veras te parezco lindo,Princesa?-pregunto el Gatopato ilusionado. 
-¿Precioso,ya te dije!-contesto la princesa. 
-Sin embargo,aqui en el bosque nadie me quiere-se lamento el Gatopato. 
-Si quieres,yo te puedo querer-le dijo la princesa cariñosa. 
-Si,quiero que me quieras-dijo el Gatopato-,siempre que tu quieras 
que yo quiera que me quieras, Princesa. 
-Yo si que quiero que quieras que yo te quiera-respondio la Princesa. 
-¡Que suerte!-dijo Gatopato. 
-Hacia años que queria tener un Gatopato en mi palacio,.dijo la Princesa. 
Y lo alzo delicadamente,le hizo mimos y se lo llevo al palacio, 
donde el Gatopato jugó,trabajó,estudió y finalmente se casó con una sabia Gatapata. 
La princesa cuidó a toda la familia Gatipatil, dándoles todos los días una rica 
papilla de tapioca con crema Chantilly. 
Y todos vivieron felices hasta la edad de 99 años y pico. 

Y de este modo tan grato 
se acaba el cuento del Gatopato.
 

martes, 17 de abril de 2018

La poesía, al alcance de los niños. Gabriel García Márquez. (El País, 27 de enero de 1981)

Un maestro de literatura le advirtió el año pasado a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre Cien años de soledad. La chica se asustó, con toda la razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves. Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro. Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: ¿qué significa la letra al revés en el título de Cien años de soledad? Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. La chica, por supuesto, no supo qué contestar. Vicente Rojo me dijo cuando se lo conté que tampoco él lo hubiera sabido. Ese mismo año, mi hijo Gonzalo tuvo que contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres para un examen de admisión. Una de las preguntas pretendía establecer cuál era el símbolo del gallo en El coronel no tiene quien le escriba. Gonzalo, que conoce muy bien el estilo de su casa, no pudo resistir la tentación de tomarle el pelo a aquel sabio remoto, y contestó: «Es el gallo de los huevos de oro». Más tarde supimos que quien obtuvo la mejor nota fue el alumno que contestó, como se lo había enseñado el maestro, que el gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. Cuando lo supe me alegré una vez más de mi buena estrella política, pues el final que yo había pensado para ese libro, y que cambié a última hora, era que el coronel le torciera el pescuezo al gallo e hiciera con él una sopa de protesta.

Desde hace años colecciono estas perlas con que los malos maestros de literatura pervierten a los niños. Conozco uno de muy buena fe para quien la abuela desalmada, gorda y voraz, que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda es el símbolo del capitalismo insaciable. Un maestro católico enseñaba que la subida al cielo de Remedios la Bella era una transposición poética de la ascensión en cuerpo y alma de la virgen María. Otro dictó una clase completa sobre Herbert, un personaje de algún cuento mío que le resuelve problemas a todo el mundo y reparte dinero a manos llenas. «Es una hermosa metáfora de Dios», dijo el maestro. Dos críticos de Barcelona me sorprendieron con el descubrimiento de que El otoño del patriarca tenía la misma estructura del tercer concierto de piano de Bela Bartok. Esto me causó una gran alegría por la admiración que le tengo a Bela Bartok, y en especial a ese concierto, pero todavía no he podido entender las analogías de aquellos dos, críticos. Un profesor de literatura de la Escuela de Letras de La Habana destinaba muchas horas al análisis de Cien años de soledad y llegaba a la conclusión -halagadora y deprimente al mismo tiempo- de que no ofrecía ninguna solución. Lo cual terminó de convencerme de que la manía interpretativa termina por ser a la larga una nueva forma de ficción que a veces encalla en el disparate.

Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca he pensado que los novelistas quieran decir más de lo que dicen. Cuando Franz Kafka dice que Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que eso sea el símbolo de nada, y lo único que me ha intrigado siempre es qué clase de animal pudo haber sido. Creo que hubo en realidad un tiempo en que las alfombras volaban y había genios prisioneros dentro de las botellas. Creo que la burra de Ballam habló -como lo dice la Biblia- y lo único lamentable es que no se hubiera grabado su voz, y creo que Josué derribó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y lo único lamentable es que nadie hubiera transcrito su música de demolición. Creo, en fin, que el licenciado Vidriera -de Cervantes- era en realidad de vidrio, como él lo creía en su locura, y creo de veras en la jubilosa verdad de que Gargantúa se orinaba a torrentes sobre las catedrales de París. Más aún: creo que otros prodigios similares siguen ocurriendo, y que si no los vemos es en gran parte porque nos lo impide el racionalismo oscurantista que nos inculcaron los malos profesores de literatura.

Tengo un gran respeto, y sobre todo un gran cariño, por el oficio de maestro, y por eso me duele que ellos también sean víctimas de un sistema de enseñanza que los induce a decir tonterías. Uno de mis seres inolvidables es la maestra que me enseñó a leer a los cinco años. Era una muchacha bella y sabia que no pretendía saber más de lo que podía, y era además tan joven que con el tiempo ha terminado por ser menor que yo. Fue ella quien nos leía en clase los primeros poemas que me pudrieron el seso para siempre. Recuerdo con la misma gratitud al profesor de literatura del bachillerato, un hombre modesto y prudente que nos llevaba por el laberinto de los buenos libros sin interpretaciones rebuscadas. Este método nos permitía a sus alumnos una participación más personal y libre en el prodigio de la poesía. En síntesis, un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas. Cualquier otra pretensión no sirve para nada más que para asustar a los niños. Creo yo, aquí en la trastienda.

Los "20 cuentos 20 de La Casa de Tomasa 2018,

"La Casa de Tomasa" selecciona todos los años 20 cuentos/libros que destacan por diversos factores. Aquí tenéis los de 2018. Puede ser una buena orientación para un regalo. No olvidemos que "El día del libro" está a la vuelta de la esquina.
  1. Las tres pequeñas lechuzas / Martin Waddell; Patrick Benson. Kalandraka, 2017 (3 a 6 años) (Álbum; Rescatando un clásico) 
  2. Sopa de pollo con arroz / Maurice Sendak. Kalandraka, 2017 (3 a 6 años) (Álbum ilustrado; Rescatando un clásico) 
  3. Doctor De Soto. Dentista de animales / William Steig. Blackie Books, 2018 (3 a 8 años) (Álbum ilustrado; Rescatando un clásico) 
  4. Amigos / Eric Carle. Kókinos, 2016 (3 a 8 años) (Álbum ilustrado) 
  5. Montañas / Antonio Ladrillo. Fulgencio Pimentel, 2017 (4 a 8 años) (Álbum ilustrado) 
  6. El libro de los Guarripios / Arnold Lobel. Kalandraka, 2017 (Original de 1983) (4 a 8 años) (Poesía; Limericks; Humor) 
  7. El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza / Werner Holzwarth; Wolf Erlbruch (Il.) Alfaguara, 2016 Premio ALMA 2017 para Wolf Erlbruch (4 a 9 años) (Álbum ilustrado; Libro informativo; Humor) 
  8. Agujeros de la nariz / Genichiro Yagyu. Media Vaca, (Reimp. 2016). El mapa de mi cuerpo (4 a 9 años) (Libro informativo) 
  9. De aquí no pasa nadie! / Isabel Minhós Martins; Il. Bernardo P. Carvalho. Takatuka, 2017 (4 a 99 años) (Álbum ilustrado) 
  10. El libro de Gloria Fuertes para niños y niñas / Jorge Cascante; Il. Marta Altés. Blackie Books, 2017 (6 a 12 años) (Poesía) 
  11. La historia del Doctor Dolittle / Hugh Lofting. Espasa, 2014 (6 a 10 años) (Primeras novelas; Realidad y fantasía) 
  12. Niños raros / Raúl Vacas; Il. Tomás Hijo. SM, 2016 (8/12 años) (Poesía; Humor) 
  13. Tristán encoge / Parry Heide; Edward Gorey (IL.) Blackie Books, 2017 (8 a 99 años) (Rescatando un clásico) 
  14. Los niños de la viruela / María Solar. Anaya, 2017 (12 a 99 años) (Primeras novelas; novela histórica) 
  15. El diario de Anne Frank / Ari Folman; David Polonsky. Random House, 2017 (12 a 99 años) (Cómic; Biografía) 
  16.  Celia en la revolución / Elena Fortún (1886-1952). Renacimiento, 2017 (12 a 99 años) (Historia de España) 
  17. Un policía en La Luna (Mooncop) / Tom Gauld. Salamandra Graphic, 2017 (12 a 99 años) (Cómic; Distopía) 
  18. Sweet Sixteen / Annelise Heurtier. Milenio, 2017 (12 a 99 años) (Primeras novelas. Novela realista. Novela histórica) 
  19. Nunca me abandones / Kazuo Ishiguro. Anagrama, 2017 (14 a 99 años) (Primeras novelas; Distopía) 
  20. Prohibido nacer / Trevor Noah. Blackie Books, 2017 (14 a 99 años) (Autobiografía; Novela realista; Apartheid)