viernes, 20 de julio de 2018

Musicograma. Line Rider - Mountain King. Tertulia musical.

El remordimiento. Un poema de Jorge Luis Borges.

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

martes, 17 de julio de 2018

Frit-Flac. Un cuento de Julio Verne.

¡Frit! Es el viento que se desencadena.

¡Flac! Es la lluvia que cae a torrentes.

La ráfaga que resuena arquea los árboles de la costa Volsinia y se estrella contra el costado de las montañas de Crima. A las piedras altas a lo largo del litoral las carcomen las olas del vasto mar Megalócrido.

¡Frit! ¡Flac!

En el fondo del puerto está escondida la pequeña ciudad de Luktrop, con algunos cientos de casas de miradores verduscos, que las protegen medianamente de los vientos fuertes. Cuatro o cinco calles empinadas, más bien barrancos que calles, empedradas y sucias por la escoria que arrojan los conos eruptivos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día la presión interior se libera en forma de vapores sulfurosos. Durante la noche, minuto a minuto, vomita flamas. Como un faro que midiera ciento cincuenta kertses, el Vanglor le señala el puerto de Luktrop a los barcos de cabotaje, y a todas las embarcaciones cuyas rodas cortan las aguas del Megalócrido.

Del otro lado de la ciudad se amontonan algunas ruinas de la época crimeriana. A su lado hay un arrabal de aspecto árabe, como una medina, de muros blancos, de techos redondos y de terrazas que el sol devora. Es como una acumulación de cubos de piedra lanzados al azar. Un verdadero amontonamiento de dados, cuyos puntos se hubieran desvanecido bajo la pátina del tiempo. Entre otros, destaca el Seis-cuatro, nombre dado a una construcción rara con una techumbre cuadrada, que tiene seis aberturas en una cara y cuatro sobre la otra. Un campanario domina la ciudad, el campanario cuadrado de Santa Filfilena, con campanas suspendidas en los huecos de los muros, que el huracán hace oscilar algunas veces. Mala señal. Cuando es así, sus habitantes tiemblan.

Éste es Luktrop. Habitaciones, chozas miserables dispersas en el campo en medio de retamas y brezos, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No sé. ¿En Europa? Lo ignoro.

En todo caso no busques Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.
¡Toc, toc! Alguien toca discretamente a la puerta de la Seis-cuatro, enclavada en el ángulo izquierdo de la calle Messaglière. Es una de las casas más cómodas, si tiene sentido usar esa palabra en Luktrop; es una de las más ricas, si es que ganarse al año algunos miles de fretzers es riqueza.

Al ¡toc! responde uno de esos ladridos salvajes en los que hay aullidos, como si un lobo ladrara. Enseguida se abre una ventana de guillotina sobre la puerta del Seis-cuatro.

—¡Al diablo los inoportunos! —exclama una voz malhumorada y desagradable.

Una chica tiritando bajo la lluvia, envuelta en una capa delgada, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.

—Está y no está, ¡depende!
—Vengo porque mi padre se está muriendo.
—¿Dónde se está muriendo?
—En Val Karniou, a cuatro kertses de aquí.
—¿Y se llama?
—Vort Kartif.
—¿Vort Kartif, el galletero?
—Sí, y si el doctor Trifulgas…
—El doctor Trifulgas no está en casa.

La ventana se cierra de golpe, mientras los frits del viento y los flacs de la lluvia se confunden con un alboroto ensordecedor. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 15 de julio de 2018

En paz. Un poema de Amado Nervo recitado por la gran actriz China Zorrilla.



Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, 
porque nunca me diste ni esperanza fallida, 
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; 

porque veo al final de mi rudo camino 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino; 

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, 
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: 
cuando planté rosales, coseché siempre rosas. 

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: 
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! 

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; 
mas no me prometiste tan sólo noches buenas; 
y en cambio tuve algunas santamente serenas... 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

sábado, 14 de julio de 2018

La capa. Un cuento de Dino Buzzati

Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.

Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad. 

Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás...»

Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado, incluso sonreír parecía que le costaba.

-Pero quítate la capa, criatura -dijo la madre, y lo miraba como un prodigio, hasta el punto de sentirse amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)-. Quítate la capa, tráela acá, ¿no notas el calor? 

Él hizo un brusco movimiento de defensa, instintivo, apretando contra sí la capa, quizá por temor a que se la arrebataran. 

-No, no, deja -respondió, evasivo-, mejor no, es igual, dentro de poco me tengo que ir... 

-¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? -dijo ella desolada al ver de pronto que volvía a empezar, después de tanta alegría, la eterna pena de las madres-. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada? 

-Ya he comido, madre -respondió el muchacho con una sonrisa amable, y miraba en torno, saboreando las amadas sombras-. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros de aquí... 

-Ah, ¿no has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena, quizá? 

-No, no, uno que me encontré por el camino. Está ahí afuera, esperando. 

-¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del camino? 

Se llegó a la ventana y más allá del huerto, más allá del cancel de madera, alcanzó a ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud; estaba embozada por entero y daba sensación de negro. Nació entonces en su ánimo, incomprensible, en medio de los torbellinos de la inmensa alegría, una pena misteriosa y aguda.CONTINUAR LEYENDO