martes, 20 de febrero de 2018

Te deseo tiempo. Un poema de Elli Michler.

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte,
si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.


Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar
no solo para ti mismo/a sino también para dedicárselo a los demás.
Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas
sino para que siempre estés contenta/o.

Te deseo tiempo, no solo para que transcurra,
sino para que te quede:
tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza
y no solo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas
y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.
Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar,
no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo misma/o,
para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.
También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.
Te deseo de corazón que tengas tiempo,
tiempo para la vida y para tu vida.

En la biblioteca del azar. Un artículo de Antonio Muñoz Molina.

El azar te saca de quicio y cambia el rumbo de las lecturas, actuando de antídoto contra las obsesiones y las inercias, contra lo que se lleva

El azar es un eficiente bibliotecario ciego. A mí no para de regalarme novedades sorprendentes a las que nunca habría llegado a través del tosco algoritmo de las recomendaciones de Amazon. Amazon me llama de tú y por mi nombre de pila, pero no sabe a qué atenerse conmigo. Me propone atropelladamente lecturas de acuerdo con mis últimas búsquedas, pero como mi curiosidad es variada y caprichosa, el algoritmo célebre acaba confundiéndolo todo, y ya se ve que se rinde y me ofrece cualquier cosa, con una mezcla de sobreabundancia y de monotonía que es una receta segura para el aburrimiento lector.

El azar no se equivoca nunca. Es un bibliotecario anárquico que ignora las coacciones de la moda y de la actualidad. Sus aliados frecuentes son los vendedores de los puestos callejeros y los de las librerías de segunda mano. Una parte de mis mejores lecturas de los últimos 14 o 15 años solía encontrarla en los tenderetes de las aceras de Broadway, en el Upper West Side de Manhattan y más arriba, en Morningside Heights, en las cercanías de la Universidad de Columbia. Los estudiantes de Columbia iban por la calle ensimismados en sus móviles y ni siquiera reparaban en aquellos tesoros en venta por unos pocos dólares, pero había siempre haraganes sin graduación que pasaban el rato rebuscando libros y charlando con los vendedores, muchos de ellos personajes más estrambóticos que los de las novelas que ofrecían. No había clásico de la literatura universal ni obra maestra contemporánea que no pudiera encontrarse en uno de aquellos mostradores de aglomerado por un máximo de cinco dólares.

Uno cambia de continente y de ciudad, pero no “de vida y costumbres”, como dice el Buscón de Quevedo. Hace un par de semanas, en un puesto de esa feria de libros usados que se instala cada sábado a espaldas de la librería Bertrand, en Lisboa, al solecillo suave del invierno, encontré una antología de textos breves de Henri Michaux, en una de esas ediciones refinadas y austeras de Gallimard, la tipografía negra y roja sobre el fondo crema. Yo no tenía la menor urgencia y ni siquiera la menor intención de leer a Henri Michaux en este momento, pero el libro llegó a mis manos y se ha instalado ante mí con una apelación imperiosa, y ahora lo llevo conmigo, lo abro al azar y lo leo a rachas, y esta prosa inesperada agrega su tonalidad particular a la atmósfera de los días. CONTINUAR LEYENDO
Fuente: elpais.com

lunes, 19 de febrero de 2018

Tertulia en la prisión: LA LIBERTAD DE LEER ENTRE REJAS. Un reportaje a doble página realizado por Martín Ibarrola que se publicó ayer domingo 18 de febrero en el diario El Correo.


 Hace dos jueves, concretamente el 8 de febrero, acudió a nuestra Tertulia Martín Ibarrola, un periodista del diario El Correo. Desde que se enteró, allá por el mes de agosto, de que existía una Tertulia Literaria en la prisión le interesó la actividad y llevaba varios meses gestionando en Madrid el permiso correspondiente para asistir a nuestra Tertulia. Al finaL lo consiguió y el jueves estuvo con nosotros. El texto que elegimos para ese día fue el de un cuento literario o de autor, concretamente el de Mario Benedetti, Pacto de sangre. Normalmente leemos libros que vamos desgranando en diferenteS sesiones, pero esta vez lo hicimos así para que él pudiera participar como tertuliano. Aunque la verdad es que no habló mucho. Eso sí, no hacía más que tomar notas, siendo apreciable la cara de agradable sorpresa que se le iba poniendo. Al final le preguntaron a ver qué le había parecido. La contestación fue: ¡¡¡BRUTAL!!! Después habló distendidamente con algunos tertulianos, despidiéndose con la promesa de enviarnos unas pastas (promesa cumplida), que es el tributo que tienen que abonar los foráneos que nos visitan. Aunque esto, lo de las visitas, desde que llegó el PP al Gobierno, se ha reducido considerablemente, por no decir que ha desaparecido. 

DESDE ESTOS DOS ENLACES PODÉIS ACCEDER Y DESCARGAR LAS DOS PÁGINAS DEL REPORTAJE


domingo, 18 de febrero de 2018

Emma Zunz. Un cuento de Jorge Luis Borges.

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. 

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 14 de febrero de 2018

Mereces un amor. Un poema de Frida Kalho.


“Mereces un amor que te quiera despeinada, 
con todo y las razones que te levantan de prisa, 
con todo y los demonios que no te dejan dormir.

Mereces un amor que te haga sentir segura,
que pueda comerse al mundo si camina de tu mano, 
que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel.

Mereces un amor que quiera bailar contigo,
que visite el paraíso cada vez que mira tus ojos,
y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.

Mereces un amor que te escuche cuando cantas,
que te apoye en tus ridículos,
que respete que eres libre,
que te acompañe en tu vuelo, que no le asuste caer.

Mereces un amor que se lleve las mentiras,
que te traiga la ilusión,
el café y la poesía.”


"Por cuatro esquinitas de nada". Un cuento de Jérôme Ruillier.




martes, 13 de febrero de 2018

Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”

Tiene algo de exótico un catedrático (emérito) de Filología Griega en un mundo que le ha vuelto la espalda a los saberes clásicos. Por eso mismo, dice Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) hace falta “ir a las barricadas”, para seguir peleando por que a las humanidades les quede al menos un rincón. Escritor, crítico, ha recibido dos veces el Premio Nacional por algunas de sus muchas traducciones. Dirige la colección Biblioteca Clásica Gredos. Por dar noticia de la variedad de sus intereses, basta con citar algunos de sus libros: Epicuro, La secta del perro, Diccionario de mitos, Las primeras novelas, Sirenas: seducciones y metamorfosis o el último, La muerte de los héroes. Hace poco fue elegido para ocupar el sillón J de la Real Academia Española. De dónde viene, cómo fue su historia, qué España le tocó vivir: de eso tratamos en su casa de Madrid para averiguar cómo terminó convirtiéndose en un hombre sabio, un título que le otorgan sin la menor discusión cuantos lo conocen y lo han leído.

Empieza ya entonces a leer. Mi abuelo tenía una biblioteca bastante grande y muy bien ordenada, a diferencia de la mía. La suya debía de tener 4.000 o 5.000 ejemplares y se pasó la vida ocupándose de ella. Era un hombre muy disciplinado, se levantaba a las ocho de la mañana y se acostaba a las doce de la noche después de escuchar Radio París. Siempre hacía lo mismo. Poseía unas libretas donde tenía catalogados todos sus ­libros. Tuve también un tío que escribía en los periódicos. Mi abuelo no. Se sabía poesías de memoria. Le gustaban mucho Amado Nervo, Rubén Darío y, un poco menos, Unamuno. Tenía toda la obra de Blasco Ibáñez, al que yo nunca leí por prejuicios.

[...] ¿Cómo era el Madrid de aquellos años? Me gustó mucho. Fui del mismo curso que Manuel Gutiérrez Aragón, Carlos Piera, Jesús Muñárriz, Lourdes Ortiz... Era una universidad muy politizada, aunque no todo el mundo lo estuviera. Algunos de mis amigos pertenecían al partido comunista. Participe en la manifestación de 1965. Me detuvieron, pero durante poco tiempo. Más adelante conocí a García Calvo y a Tovar. Entonces se leía mucho, fuera de los textos obligatorios. Era la época del existencialismo, de Sartre y Camus, a quienes se los conocía bien. Los más finos leían a Guillén o a Aleixandre. Era un mundo donde no había televisión, donde no había pantallas, y el cine español tenía cosas interesantes, no solo las comedias de Landa. Tuvo mucho éxito en aquella época la novela Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Todo eso ha ido desapareciendo. Ahora los alumnos leen muy poco. Fuera de lo que es obligatorio, no saben nada. Pasan mucho tiempo dedicados al móvil y no les queda casi nada para leer.

[..] Eso le debe parecer un horror, ¿no? Soy sobre todo lector y todo lo que he escrito tiene que ver más con mis lecturas y menos con mis experiencias personales. Para mí, leer es entrar en un mundo de horizontes casi diría que infinitos. Y donde hay figuras dramáticas y situaciones y épocas que son mucho más interesantes que mi propio contexto. Quien no lee está limitado a sus circunstancias más próximas: los vecinos, la tele, los juegos. Para mí, la lectura es como un campo de ­correrías. Siempre he leído y he escrito lo que me ha gustado. Seguramente por eso soy mal ejemplo para filólogos. Decía Martín de Riquer en una entrevista, aunque no es del todo exacto: “Yo no he trabajado nunca. Todo lo he hecho por placer”. Yo creo que no es incompatible lo uno con lo otro, pero a mí me pasa lo mismo: todo lo he hecho por placer. Cuando llegue al más allá no haré reclamaciones.

[...] ¿Cómo ve las cosas ahora? Hay un prejuicio funesto que es el de la rentabilidad. Obtener algo de inmediato, que la gente estudie para colocarse. Conocer unas cuantas materias y un poco de inglés. Creo que todo eso es un empobrecimiento. El ser humano tiene unas capacidades imaginativas, y de memoria y de entendimiento, que se abren con la cultura. Pero eso a los Gobiernos de ahora no les interesa. No es rentable para ellos como políticos y, piensan, tampoco es rentable para los que tienen que colocarse. Pero reducir la vida a eso es un poco triste. Hay tiempo para todo: se puede ser un buen lector y un buen ingeniero. Esta es una batalla, la batalla de las humanidades, perdida. En grandes líneas. Pero puede haber focos de resistencia. Hay que volver a las barricadas, individuales y de pequeños grupos. El lector seguirá existiendo, aunque sea en este mundo hostil. Serán minoría, pero existirán. La lectura está unida a la crítica y a los grandes horizontes. La gente que no lee es gente de mentalidad muy reducida: viven en la prisión del presente.

¿Hay alguna salida? Es difícil. La vulgaridad tiene siempre a su favor la facilidad. Es muy fácil ser vulgar, ser como todos, el mínimo común denominador. Es lo que hay.

Fuente: elpais.com