sábado, 31 de octubre de 2026

"EL INCORDIO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ". Laia Arcusa, infoLibre.es

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez,
recién casados
Zenobia Camprubi espiga aquí y allá en sus diarios los momentos de cólera, desesperación, resistencia y tormenta con la auténtica nota discordante (y esencial) de su vida, el propio Juan Ramón

“Pero nada es suficiente cuando sé que, para conseguirlo, rogué”. Zenobia Camprubí nunca escribió esta frase, que pertenece a una de las últimas canciones de Olivia Rodrigo. Sin embargo, sí que dejó escrito en la entrada de su diario el 3 de mayo de 1938: “Todas estas cosas que yo hubiera aceptado con agradecimiento de habérsele ocurrido a él originalmente, solo las puedo tomar ahora con una sonrisa forzada, después de catorce meses de vivir reprimida y como premio para consuelo del perdedor”. (I: 198)

El último de los trabajos de Zenobia Camprubí fue el más difícil y comprometido de todos, como recogen los tres tomos de sus diarios escritos entre 1937, al inicio del exilio al que parte junto a Juan Ramón, y 1956, año en que su escritura se detiene solo un mes antes de fallecer. Entre las innumerables visitas al dentista y el exhaustivo archivo de conocidos a los que ha escrito alguna carta, entre visitas al sastre y citas para desayunar o cenar con este o aquel, no deja de sonar una y otra vez en sus diarios la misma nota discordante: Juan Ramón Jiménez.

Es innegable que Juan Ramón apagó la vida social de Zenobia, y la suya propia, y del mismo modo, es indudable que revivió su escritura. Consigue que la mujer que asegura escribir los diarios “sin intención de expresar lo mío” pronuncie una confesión, aunque a medias, del verdadero desafío que fue su matrimonio. Ningún crítico ni académico se atreverá a cuestionar que Zenobia y Juan Ramón se quisieron durante más de 40 años, pero si incluso el mismo escritor le reconocía a Zenobia: “¡Y cómo te merecí / yo no puedo comprenderlo!”, quizá es momento de subrayar lo que ninguno de los dos pudo esconder en su escritura: su amor fue también un tormento.

Para Zenobia, ella y Juan Ramón eran verdaderamente dos ríos que iban al mismo mar, las dos personas sobre la faz de la tierra más opuestas en carácter, temperamento y formas de entender la vida transformándose en una sola por amor. El carácter sociable, activo, curioso, irrefrenable de Zenobia, contenido por el mínimo gesto de lamento de Juan Ramón, aquejado por sus manías y rarezas, nostálgico de su hogar, meditabundo y testarudo. Todo aquello que lo distingue de ella le hace quererlo y al mismo tiempo aborrecerlo en silencio: la incurable obsesión con la utilidad que presenta Zenobia en una lucha constante con la ociosidad intratable que consumía a Juan Ramón en las épocas más tristes de su enfermedad. El inicio de una “dependencia espantosa” de la que nunca pudieron liberarse.
Sacrificio y sacrificados

Juan Ramón era Zenobia y Zenobia era Juan Ramón. Zenobia no solo trabajaba con el poeta o para él, lo que ha quedado más que probado en la historia, Zenobia pensaba por Juan Ramón. Es ella quien llevaba el peso de la vida familiar, social y profesional de ambos: se ocupaba de conseguir nuevos contratos y oportunidades editoriales, se preocupaba por mantener los lazos con amigos y colegas literarios cuando Juan Ramón no podía, o no quería, y asumía la responsabilidad de gestionar la economía de la pareja para poder subsistir. Y, por otro lado, la vida en su significado más amplio: era Zenobia quien pensaba en el futuro y tomaba las decisiones del presente. En estos diarios los papeles se han repartido claramente: Zenobia es quien se sacrifica en todos los actos, Juan Ramón quien aplaude en todos los descansos, y la relación de ambos es en muchos casos lo sacrificado: “Si sacrifico algo con un fin –escribe el 20 de mayo de 1938–, estoy muy poco satisfecha de desperdiciar la oportunidad, ahora que no tengo nada que hacer aquí, de hacer algunas cosas que he querido hacer en los EEUU desde hace tanto, solo para que Juan Ramón malgaste el tiempo hablando hora tras hora con toda esta gente aburrida del hotel”.

La sensación de renuncia es continua en los tres tomos, e incluso llega a significar priorizar la salud del ser querido a la propia. Se comprenden mejor las entradas del 26 y del 27 de diciembre de 1937 si se leen de forma conjunta: “el primer deseo y el más ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia. Si no pesaran sobre mí tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona”. Aunque al día siguiente sabe que “nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca. Por otra parte, si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera. A veces estoy harta de todo, y creo que ya que vivimos solo una vez es demasiado no poder vivir la propia vida”.

La propia vida se deshace para poder construir con las ruinas la del otro. Sumida en este rol de cuidadora, Zenobia trazó una serie de engaños y amenazas con la única intención de despertar el ánimo de Juan Ramón, de provocar una reacción de alarma en él. Un portazo que lejos de ser el adiós definitivo era un grito de auxilio, el recordatorio de que seguía allí, con él. De que siempre lo estaba, o casi siempre. El 8 de abril de 1955 Zenobia va al límite “porque me ha prometido por teléfono antes de mi regreso, que estaba de acuerdo con los tres puntos de mi carta, porque ha tenido una reacción muy fuerte al enterarse por mi carta que yo me había ido y que solo volvería si él aceptaba mis condiciones”. O el 14 de febrero de 1956 inventa nuevas estrategias: “Se dejó pelar gracias a mi método duro que inauguré esta semana. Le aseguré que haríamos una vida completamente independiente, que él haría lo que le diera la gana y yo también”.

Un empezar y dejar a medias las maletas, interrumpir la vida constantemente porque estaba convencida de que, si ella “estuviera ausente más tiempo, sería mejor”. Y, en consecuencia, cuando los mil intentos se acababan vistiendo de fracaso, una y otra vez, la culpa: “Yo tengo la culpa de que no vaya bien siempre, porque no domino mi paz interior y no puedo esparcir paz a mi alrededor cuando no la tengo dentro”. Zenobia, como Juan Ramón, no era la culpable, pero se sabía responsable y no pretendía disimularlo en sus diarios: “Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis grandes cóleras, llena de justa indignación y le dije que me iba a visitar a mi familia indefinidamente”.
Rayos y truenos

Los años, en lugar de templarles, como suspiraba ocasionalmente en el segundo tomo de su diario, volvieron las pausas entre los relámpagos todavía más cortas. Si Juan Ramón era el rayo: “Sus salidas intempestivas sin explicación. Yo acababa de conseguir que se dejara pelar la cabeza y barba por primera vez en un mes [...] no sin que antes montara en cólera y me estrujase con rabia un brazo”, Zenobia era el trueno: “Un día durísimo con que he perdido los estribos porque J.R. consiguió hacerme saltar los nervios, con lo que di un golpe tan formidable en la mesa que se ha volcado mi vaso de leche y se ha regado hasta por el suelo. Estaba arrepentida hasta ver el buen efecto que había tenido en J.R.”.

Y a veces, la calma o el perdón, como el 28 de agosto de 1955: “Parece estarle dando vueltas a lo desgraciada que me ha hecho con sus enfermedades, las analiza y las sitúa”, en el fondo porque “el pobre es tan bueno que, en medio de su ansiedad extrema, me pide perdón por las molestias y las inquietudes que me causa”. Y entonces, en la eterna partida de ajedrez le toca el turno a Zenobia: “y luego estoy tan triste por haberle hablado fuerte delante de la gente. Él siempre tan dulce que no contesta mal nunca, y yo me destrozo porque lo quiero más que a nada en el mundo”. Por eso a veces todo se soluciona hablando “mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro”, sabiendo que “solo se perdieron el camino” y que solo importa en realidad estar “juntos en cualquier parte”, sobre todo cuando “uno se da cuenta de que le va ya quedando poco de estar juntos”.

Quizá no pueda decirse que Zenobia fue “estropeada por un mal matrimonio”, como ella señalaba de otras mujeres, pero tampoco puede sostenerse que era “dueña de su propia vida”, no al menos completamente, no mientras vivía inmersa en “la atmósfera de lucha con J.R.” que le “perturbaba la vida entera”. Tal vez si ella no encontró nunca el “sentido” que tenía “permitirle acabar con su existencia”, sea una pregunta que merece memoria y no respuesta.

Es fácil imaginar a Zenobia leyendo estas líneas con expresión molesta, un periódico menos que almacenar en la pequeña habitación del hotel en Cuba. Quizá incluso las leería en alto para Juan Ramón. ¿Y nosotros? Nosotros leemos atrapados en esos viejos cuadernos “la relación de los dos”, que es como lo dice Zenobia Camprubí.

viernes, 30 de octubre de 2026

"A IMAGEN Y SEMEJANZA". Un cuento de Mario Benedetti.

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

 FIN

jueves, 29 de octubre de 2026

"TRANSFORMACIÓN" Un poema de Adam Zagajewski

No he escrito un solo poema
en meses.
He vivido humildemente, leyendo el diario,
reflexionando sobre el enigma del poder
y los motivos para la obediencia.
He visto puestas de sol
(carmesí, ansiosa),
he escuchado a los pájaros volverse silentes
y al mutismo de la noche.
He visto girasoles balanceando
sus cabezas al atardecer, como si un verdugo descuidado
hubiera salido a caminar por los jardines.
El dulce polvo de septiembre reunido
en las ventanas y lagartijas
escondidas en los dobleces del muro.
He dado grandes caminatas
anhelando una cosa solamente,
luz,
transformación:
tú.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL RENCOR Y LA SOBERBIA". Luis García Montero, infoLibre.es

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo

Los buenos poetas aprenden que para escribir conviene conocer el carácter de las palabras. Así es, porque las palabras son seres vivos que se mueven por la realidad sin someterse a un significado establecido. Van de un sitio para otro. No se debe nunca, desde luego, olvidar el significado original de las palabras. Al utilizarlas, nombramos el mar, el amor, la tierra, la salud, la escuela, los hijos, los abuelos, el trabajo, el día o la noche…, y en ese ámbito humano podemos entendernos para caminar por las orillas, abrir la ventana, comprender el estado de la luz y cuidar a la familia. Pero a la hora de escribir también resulta necesario elegir con cuidado el uso de las palabras, meditar sobre lo que resulta oportuno elegir o borrar, los matices y las prisas, porque las palabras son seres vivos y pueden enfermar, podemos enfermar, en el interior de la conciencia.

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo. Quizá no resulta pertinente utilizarla en esta ocasión, pero el deseo insiste, se enfada, grita, aquí estoy yo, nos recuerda lo importante que fue en otros poemas, el papel que jugó, el valor que tiene, su convencimiento de ser indispensable en la retórica de la vida y en las relaciones nacionales o internacionales del vocabulario. Así que la palabra deseo se pone insoportable y exige estar, porque necesita ser, y quiere ser para estar y estar para ser. Nada más y nada menos. Muy rencorosa la palabra deseo si uno piensa que en este momento ya no hace falta contar con ella.

Pero otras veces el problema no es el rencor. Algunos desplazamientos internos son significativos porque las sílabas se desnudan para hacer presente su soberbia. Debajo de los rencores suelen esconderse las soberbias. Uno dice que está bien, que ya vale, que va a utilizar la palabra deseo y le busca cabida en el poema para mantener un diálogo sensato entre la realidad y el deseo. Pero entonces el deseo se crece, pasa del orgullo a la soberbia y se pone a mirar desde las alturas a todos los verbos y a todas las adjetivaciones, da codazos a cualquier sustantivo, salta por los complementos directos hacia los complementos indirectos. Acaba por imponerse como la única palabra, yo y el deseo, yo y nada más, en un ejercicio de extrema soberbia.

La escritura del poema siente así el terremoto de las soberbias y los rencores, las palabras pierden su sentido original. Puede desaparecer la intención original de la escritura, por ejemplo, la mirada sobre un mundo habitado por abuelas, amantes, padre e hijos, gente que necesita amarse, cuidarse, defender la educación y la salud, los derechos laborales y la dignidad personal. Entonces parece necesario llegar a un acuerdo, cuidar los significados originales y la intención primera de los versos, pedirle a la palabra deseo que tenga en cuenta el contexto, que no se pase, que no sacrifique a sus rencores y a su soberbia el contenido original de la escritura, esa escritura que nos permite habitar una casa digna y repartir de manera justa las propiedades.

Resulta lastimoso el fracaso de las palabras que se convierten en enemigas de su significado original. En vez de ampliar matices, llegar a acuerdos amplios, se llega a confundir el amor con el odio, la ilusión con el desprecio y el compromiso con los infiernos egoístas. Escribir exige entonces una voluntad amplia y una frente activa para saber elegir. No sólo defenderse de los enemigos externos, sino también de los rencores y las soberbias de los falsos amigos que acaban aliándose con el bando contrario. Corregir es un ejercicio imprescindible en la escritura, aprender a borrar, comprender lo que sobra. Sólo así se consigue defender el sentido original de las ilusiones.

martes, 27 de octubre de 2026

"EL ESPEJO Y LA MÁSCARA". Un cuento de Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 26 de octubre de 2026

"EL CORAZÓN QUE RÍE". Un poema de Charles Bukowski

tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas

hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la oscuridad

mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas

no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá

tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas

tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en ti.

domingo, 25 de octubre de 2026

"PUERTAS CERRADAS, PUERTAS ABIERTAS". Andrea Marcolongo, El País

MIKEL JASO
La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros

Desde el primero de septiembre, cada mañana atravieso la plaza del Panteón y bajo hacia el Sena, en dirección al bulevar Saint-Michel, acompañando a mi hija de tres años a la escuela. Ella va en su pequeña bici; a veces viene también el perro. Acaba de empezar la educación infantil. Está descubriendo un lugar donde aprende cosas que por la tarde me contará orgullosa, como quien trae en los bolsillos un tesoro. Pasamos junto a Henri-IV y Louis-le-Grand, los liceos más prestigiosos de París. Desde antes de que naciera, sueño con que algún día pueda estudiar allí.

Hace unas semanas que nuestro camino atraviesa las concentraciones de los alumnos que se movilizan en Francia. Mi hija ha descubierto que los mayores pueden reunirse delante de una escuela, levantar pancartas, ocupar una calle y cantar Bella ciao. A sus ojos, aquello se parece a una fiesta. Avanza haciendo eses entre los estudiantes: para llegar a su aula hay que atravesar las voces de quienes han salido de las suyas.

En este otoño de 2026 contemplo así una escena que no consigo olvidar: una niña al principio de su escolaridad pasa junto a jóvenes que se acercan al final de la enseñanza secundaria. Para ella se abre la infancia; para ellos, la vida adulta. Los reúne la escuela pública.

Apenas unos metros separan esas edades. Entre ellas caben los años necesarios para aprender a leer y después a interpretar, levantar la mano para pedir permiso y después para formular una objeción. Educar contiene esa dificultad hermosa: acompañar a quienes un día podrán discutir lo que les hemos enseñado. La transmisión necesita dejar espacio para una respuesta que todavía desconocemos.

Conozco esos liceos parisinos también como profesora. He sido testigo de la curiosidad de sus alumnos, de sus preguntas, de su inteligencia y de su vulnerabilidad que olvidamos cuando hablamos de “la juventud” como de una categoría uniforme, a veces con la condescendencia reservada a quienes suponemos demasiado protegidos para tener motivos de queja.

No es nada fácil ser joven hoy. Antes de explorar sus capacidades, muchos sienten que deben justificar sus elecciones, anticipar su utilidad, demostrar que merecen un lugar. Les hablamos del futuro como de una oportunidad y se lo presentamos como una selección. Algunos pueden llegar a sentir que ha sido repartido antes de su llegada, que aquello que llamamos porvenir pertenece ya al pasado de otros.

Las movilizaciones nacen de dificultades concretas: profesores que faltan, aulas sobrecargadas, horarios agotadores, edificios deteriorados. Incluso alumnos de colegios favorecidos se movilizan por compañeros menos afortunados. Hay algo educativo en ese gesto: comprender que lo que sucede al otro nos concierne, aunque ninguna carencia altere nuestra jornada.

Una escuela donde se aprende a argumentar debería ayudarnos también a reconocer cuándo una ventaja propia descansa sobre una desigualdad compartida. El éxito de Nous aussi de Anne Godard, una novela sobre la burguesía parisina y sus privilegios, invita a preguntarnos a quién incluye ese “nosotros”. La solidaridad empieza cuando esa palabra abarca también a quienes han recibido menos oportunidades.

¿Qué prometemos a un niño cuando lo llevamos por primera vez a la escuela? ¿Aprender a leer, obtener un diploma, encontrar trabajo? Todo eso importa. Pero hay una promesa anterior: que su nacimiento no decidirá por completo su destino. Que encontrará personas, conocimientos y experiencias capaces de abrir posibilidades que su entorno inmediato quizá no podía ofrecerle.

La igualdad de oportunidades empieza ahí. Solemos invocarla como si bastara con abrir la misma puerta a todos. Pero cada niño llega a la escuela con una historia: una casa donde estudiar, libros, tiempo, seguridad, o la falta de todo ello. Algunos tienen adultos que conocen las reglas escolares; otros deben descubrirlas solos. La puerta abierta importa. También importan las distancias recorridas para alcanzarla y las fuerzas que quedan para seguir adelante.

En París, la búsqueda de una buena escuela puede convertirse en una obsesión. Se comparan direcciones, se calculan zonas de escolarización, se cambia de barrio para asegurar una plaza. Yo también he hecho cuanto estaba a mi alcance para ofrecer a mi hija esa posibilidad: mi propia dirección está ligada a su escuela. No escribo desde fuera de esa inquietud: la conozco y la comparto. Pero saber cuáles son las mejores escuelas significa conocer también la existencia de otras donde las condiciones son peores. Mi deseo de proteger a mi hija no borra esa realidad, al revés me obliga a mirarla.

Sería injusto reprochar a las familias que busquen lo mejor para sus hijos. La pregunta es qué ocurre cuando esa búsqueda exige recursos que otras familias no tienen: la libertad de elegir puede convertirse en otra forma de heredar una ventaja.

Hay desigualdades que ningún examen mide: sentirse autorizado a entrar en una biblioteca, imaginarse en una universidad, preguntar sin vergüenza, aspirar a una vida distinta. Un profesor puede ensanchar ese horizonte al prestar atención a un alumno que había aprendido a hacerse invisible. Educar puede conseguir que un niño deje de confundir el lugar donde nació con el lugar que le corresponde.

Al comienzo del libro octavo de la Política, Aristóteles propone que la educación sea una responsabilidad común de toda la ciudad. Su mundo excluía a muchos de quienes hoy reconocemos como iguales, pero su reflexión nos alcanza: ¿qué sucede cuando cada familia se ocupa únicamente de sus hijos? La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros.

Ese vínculo atraviesa el tiempo. Cuando confiamos un niño a una escuela, dejamos algo nuestro en manos ajenas y aceptamos que otras voces participen en su crecimiento. También nosotros debemos aprender a compartirlo. La educación comienza con esa separación pequeña y cotidiana, cuyo sentido más profundo es hacer sitio a los demás en una vida.

Esa responsabilidad hoy se debilita bajo la desconfianza. Los padres dudan de los profesores; los profesores se sienten cuestionados por los padres. Los niños crecen entre esas reservas y perciben la inquietud de los adultos antes de comprender sus razones. Necesitamos poder discrepar sin convertir cada conversación en una defensa.

La confianza requiere condiciones concretas: tiempo para enseñar, familias escuchadas, alumnos cuya experiencia importe. Hemos querido enseñarles a pensar y participar. Ahora que los jóvenes toman la palabra, nos corresponde escuchar lo que ese aprendizaje les permite decir.

Escucharlos no significa concederles siempre la razón. Significa reconocer que su edad no invalida su experiencia. Conocen algo que los adultos tendemos a olvidar: habitar un mundo sobre el que apenas han podido decidir. Muchas de sus incertidumbres nacen de decisiones tomadas cuando ellos todavía no tenían voz.

Durante estas semanas, en nuestro camino a la escuela, mi hija ha aprendido la palabra manif y a cantar Bella ciao. Soy italiana: mi abuela, que fue resistente, me la cantaba cuando era pequeña. Ahora reconozco aquellos versos en la voz de mi hija, después de haberlos escuchado entre adolescentes franceses.

Espero que la escuela le dé palabras para comprender el mundo y reconocer lo que considere injusto. Que algún día, si lo cree necesario, ella también pueda salir a la calle con otros compañeros y pedir un futuro mejor. Y que sepa pedirlo también para quienes tuvieron menos oportunidades que ella.

Por ahora mi hija pedalea y canta. La acompaño hacia una puerta que se abre, pensando en todas las puertas que deberán seguir abiertas para ella y los demás.