jueves, 9 de abril de 2026

«LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO». Un poema De Antonio Machado musicado por Joan Manuel Serrat

Al fin, una pulmonía
Mató a don Guido, y están
Las campanas todo el día
Doblando por él: ¡din dan!
Murió don Guido, un señor
De mozo muy jaranero,
Muy galán y algo torero;
De viejo, gran rezador.

Dicen que tuvo un serrallo
Este señor de Sevilla;
Que era diestro
En manejar el caballo,
Y un maestro
En refrescar manzanilla.
Cuando mermó su riqueza,
Era su monotonía
Pensar que pensar debía
En asentar la cabeza.

Y asentóla
De una manera española,
Que fue casarse con una
Doncella de gran fortuna;
Y repintar sus blasones,
Hablar de las tradiciones
De su casa,
A escándalos y amoríos
Poner tasa,
Sordina a sus desvaríos.
Gran pagano,
Se hizo hermano
De una santa cofradía;
El Jueves Santo salía,
Llevando un cirio en la mano
-¡Aquel trueno!-,
Vestido de nazareno.

Hoy nos dice la campana
Que han de llevarse mañana
Al buen don Guido, muy serio,
Camino del cementerio.
Buen don Guido, ya eres ido
Y para siempre jamás
Alguien dirá: «¿Qué dejaste?»
Yo pregunto: «¿Qué llevaste
Al mundo donde hoy estás?»

¿Tu amor a los alamares
Y a las sedas y a los oros,
Y a la sangre de los toros
Y al humo de los altares?
Buen don Guido y equipaje,
¡Buen viaje!
El acá
Y el allá,
Caballero,
Se ve en tu rostro marchito,
Lo infinito:
Cero, cero.

¡Oh las enjutas mejillas,
Amarillas,
Y los párpados de cera,
Y la fina calavera
En la almohada del lecho!
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
Sobre el pecho;
Metido en tosco sayal,
Las yertas manos en cruz,
¡Tan formal!
El caballero andaluz.

miércoles, 8 de abril de 2026

"EL ACOSO ESCOLAR NO EMPIEZA EN LA ESCUELA". Kike Esnaola, El País

La sociedad debería preguntarse no solo qué pasa en los colegios, sino qué formas de relación se están normalizando fuera de ellos.

Llevamos varias décadas nombrando, señalando y tratando de abordar el complejo fenómeno del acoso escolar. Campañas de sensibilización, charlas, protocolos de actuación. Sin embargo, cada curso volvemos a ser testigos de historias que muestran que la problemática sigue produciéndose con una intensidad preocupantemente similar. Quizá esto pueda tener que ver con que seguimos abordando el fenómeno desde algunas premisas que generan tranquilidad social, pero que resultan profundamente engañosas.

El acoso escolar no es tan diferente de muchas situaciones de hostigamiento que las personas adultas experimentamos en distintos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo, los grupos de amistad o las relaciones de pareja. La mirada social hacia el acoso escolar sigue estando impregnada de cierto adultocentrismo: tendemos a pensar que “eso del acoso escolar” es algo que ocurre exclusivamente entre niños y adolescentes, sin vincularlo con dinámicas cercanas, familiares e incluso con comportamientos en los que, en determinados momentos, también podemos participar.

Aceptar esta idea resulta incómodo, pero es necesario: las conductas de acoso no pertenecen exclusivamente a una minoría de menores especialmente problemáticos. En determinadas circunstancias, cuando el contexto lo permite o incluso lo premia, las personas podemos participar —de forma activa o pasiva— en dinámicas de exclusión, ridiculización o humillación. A veces ocurre a través de burlas aparentemente inofensivas; otras, mediante silencios que legitiman lo que está sucediendo; y, en ocasiones, mediante la difusión de comentarios o contenidos que refuerzan la estigmatización de alguien en situación de vulnerabilidad.

Sin embargo, nos resulta complicado mirar hacia estos hechos, probablemente porque nos cuesta diferenciar conductas de identidades. Hablamos de “los acosadores” y “las víctimas” como si se tratara de categorías fijas que pertenecen solo a un tipo de personas, cuando en realidad muchas de estas dinámicas son situacionales y relacionales. Esta simplificación nos tranquiliza: si quienes acosan son “otros” —personas claramente diferentes a nosotros o a nuestros hijos—, no necesitamos revisar nuestras propias prácticas ni preguntarnos en qué contextos pueden aparecer determinadas conductas. Sin embargo, reducir el problema a identidades rígidas invisibiliza algo fundamental: una misma persona puede ocupar posiciones distintas en diferentes momentos y grupos, y muchas situaciones de acoso se sostienen precisamente porque quienes participan no se perciben a sí mismos como agresores, sino como parte de una dinámica grupal que consideran normalizada.

No podemos olvidar la dimensión contextual en la que crecen los niños y adolescentes de hoy. En los últimos años estamos asistiendo a la consolidación de estilos de liderazgo político y mediático en los que la humillación pública, la ridiculización o la violencia hacia el adversario se presentan como formas legítimas de relación —un estilo visible, por ejemplo, en figuras como Donald Trump—. Cuando estas formas de interacción se televisan, se viralizan y circulan con escasas consecuencias visibles, el mensaje implícito que reciben quienes están aprendiendo a relacionarse resulta difícil de ignorar. En ese contexto, el acoso escolar deja de ser únicamente un fenómeno que ocurre dentro de la escuela para convertirse también en el reflejo de una cultura relacional más amplia que legitima la dominación simbólica de unas personas sobre otras.

No podemos abordar el acoso en los centros educativos disociando el fenómeno del tejido cultural en el que sucede, olvidando que todas las personas podemos participar en dinámicas abusivas o tratando las conductas como si fueran identidades absolutas. Tampoco deberíamos caer en la trampa de esperar que unas medidas correctivas —sanciones disciplinarias, cambios de grupo, protocolos activados tras el daño— puedan revertir el problema si no se produce un cambio en la forma en que las diferentes partes involucradas nos posicionamos frente a la problemática. Las medidas disciplinarias pueden detener un episodio concreto, pero difícilmente transforman los climas relacionales que lo hacen posible. Reducir el acoso exige algo más incómodo y menos inmediato: revisar los modelos de relación que transmitimos, los mensajes que reforzamos en la vida cotidiana y los espacios en los que, de manera explícita o silenciosa, seguimos enseñando que pertenecer puede depender de señalar a alguien como el que sobra.

Quizá una de las preguntas más necesarias hoy no sea únicamente qué ocurre en los patios escolares, sino qué formas de relación estamos normalizando fuera de ellos. El acoso no empieza el día en que un menor insulta a otro en el aula; empieza mucho antes, en los lugares donde aprendemos quién merece respeto, qué conductas generan reconocimiento y qué silencios permiten que el daño se produzca sin consecuencias.

martes, 7 de abril de 2026

"LOS CISNES SALVAJES". Un cuento de Hans Christian Andersen

Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.

¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.

Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.

A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos.

-¡A volar por el mundo y apáñense por su cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz!

Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.

Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar.

La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y le pareció como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.

Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:

-¿Qué puede haber más hermoso que ustedes?

Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían:

-Elisa es más hermosa.

Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro:

-¿Quién puede ser más piadoso que tú?

-Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.

Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su hija.

Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero:

-Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y su padre no la reconozca.

Y al tercero:

-Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra.

Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, le mandándo entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 6 de abril de 2026

"LOS HOMBRES HUECOS". Un poema de T. S. Eliot

Un penique para el viejo Guy
I
Somos los hombres huecos
somos los hombres rellenos
apoyados uno en otro
la mollera llena de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas, cuando
susurramos juntos
son tranquilas y sin significado
como viento en hierba seca
o patas de ratas sobre cristal roto
en la bodega seca de nuestras provisiones

Figura sin forma, sombra sin color,
fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

los que han cruzado
con los ojos derechos, al otro Reino de la muerte
nos recuerdan —si es que nos recuerdan— no como
perdidas almas violentas, sino sólo
como los hombres huecos
los hombres rellenados.

II

Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños
en el reino de sueño de la muerte
esos ojos no aparecen:
ahí, los ojos son
luz del sol en la columna rota
ahí, hay un árbol meciéndose
y las voces son
en el canto del viento
más lejanas y más solemnes
que una estrella que se apaga.

No me acerque yo más
en el reino de sueño de la muerte
revístame yo también
de tan deliberados disfraces
pelaje de rata, piel de cuervo, palos cruzados
en un campo
comportándome igual que el viento
sin acercarme más…

No ese encuentro final
en el reino crepuscular.

III

Esta es la tierra muerta
esta es tierra de cactus
aquí se elevan las imágenes
de piedra, aquí reciben
la súplica de la mano de un muerto
bajo el titilar de una estrella que se apaga.

Así es
en el otro reino de la muerte
despertar solo
a la hora en que
temblamos de ternura
labios que querrían besar
forman oraciones a piedra rota.

IV

Los ojos no están aquí
no hay ojos aquí
en este valle de estrellas que mueren
en este valle hueco
la quijada rota de nuestros reinos perdidos

en éste, el último de los lugares de encuentro
vamos a tientas juntos
y evitamos hablar
reunidos en esta playa del río hinchado

sin vista, a no ser que
reaparezcan los ojos
como la estrella perpetua
rosa multifoliada
del crepuscular reino de la muerte
la esperanza solamente
de hombres vacíos.

V

Al corro del higo chumbo
al higo chumbo higo chumbo
al corro del higo chumbo
a las cinco de la mañana.


Entre la idea
y la realidad
entre el movimiento
y el acto
cae la Sombra

porque Tuyo es el Reino

Entre la concepción
y la creación
entre la emoción
y la respuesta
cae la Sombra

la Vida es muy larga

Entre el deseo
y el espasmo
entre la potencia
y la existencia
entre la esencia
y el descenso
cae la Sombra

pues Tuyo es el Reino

pues Tuyo es
la Vida es
pues Tuyo es el

Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
No con un estallido sino con un quejido.


T. S. Eliot, 1925

domingo, 5 de abril de 2026

"LAS VIEJAS EN EL CUENTO MARAVILLOSO". Silvia Méndez Anchía, Revista Babar (24/09/2018)

W. Heath Robinson: “Los cisnes salvajes”
La vejez se ha visto como un proceso de dependencia, deterioro, pérdida y enfermedad. Así las cosas, a las personas viejas se las discrimina por su edad y, en el caso particular de las mujeres, experimentan además una marcada invisibilidad social.

Al mismo tiempo, la vejez puede considerarse un proceso de empoderamiento. En esta etapa de la vida, se vuelven muy importantes habilidades asociadas con las mujeres en general, como la interconexión y el cuidado, mientras que los valores del trabajo y la vida pública entran en recesión. Las mujeres viejas dicen sentirse empoderadas, más conscientes de ellas mismas, satisfechas de lo que han logrado, más maduras y confiadas en sus propios recursos personales y con mayor claridad respecto de lo que quieren y lo que desean ser. A un aumento de la seguridad y el aplomo, se suma una mayor participación y poder en varios planos de la vida social. La denominada «hipótesis de la abuela», de Kristen Hawkes, les confiere un lugar de privilegio en la evolución de la especie al apuntar que «las mujeres menopáusicas tienen en todo el mundo el cometido, propio de las abuelas, de sustentar la vida»; la menopausia representa, así, una ventaja evolutiva, pues permite que las mujeres mayores inviertan, en los hijos que ya han procreado y en sus nietos, un saber acumulado que incluye «conocimientos sobre prácticas sanitarias, relaciones familiares y control del estrés […]. También suelen aumentar su control sobre los recursos y su capacidad de influir en los demás».

Acorde con estas dos caras del envejecimiento femenino, en los cuentos maravillosos a las ancianas generalmente se las presenta mediante características negativas, a la vez que aparecen como seres empoderados, con atributos que ponen al servicio de un proceso de aprendizaje que realiza el protagonista. Se trata de mujeres que enseñan a vivir. En ese sentido, la situación que debe enfrentar el protagonista puede leerse como una experiencia de formación en la que cumple un papel fundamental el personaje de la vieja.

Este ensayo toma como base relatos maravillosos de diversas tradiciones: de los hermanos Grimm, «Los tres pelos de oro del diablo», «El diablo y su abuela», «Los zapatos gastados de bailar», «La ondina del estanque», «La pastora de gansos en la fuente» y «Madre Nieve»; de la tradición rusa recopilada por Afanasiev, «El zar del mar y la princesa sabia», «La pluma del hermoso halcón» y «La princesa encantada»; el cuento rumano «La princesa que se casó con un cerdo», «La bella muchacha en lo alto del árbol» (de Marruecos) y «Maliane y la serpiente gigante (un cuento del pueblo basoto de Lesoto)», recopilados por Marita De Sterck; el cuento popular español «La gaita que hacía bailar a todos»; «El silbato encantado», de Alexandre Dumas, y «El yerno serpiente», de la literatura japonesa.


sábado, 4 de abril de 2026

"AMOR DE MADRE". Un cuento de Almudena Grandes

Es ella, ¿no se acuerdan?, mi hija Marianne, la jovencita que está a mi lado en esta diapositiva, la misma… A ver, voy a quitarme de delante para que la vean mejor… Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo pueden ustedes ni figurar, o bueno, a lo mejor sí que se lo figuran, porque si no me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría viniendo yo a estas reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin… Y no saben lo mona que era de pequeña, pero monísima, de verdad, una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente. Cuando era bebé y la sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan sonrosada…, en resumen, tan guapa, todas las señoras se paraban a admirarla, y le acariciaban las manitas, y le hacían cucamonas, y le mandaban besitos en la punta de los dedos, bueno, esa clase de cosas que se le hacen a los niños que se crían tan hermosos como ésta, que parecía un anuncio de Nestlé, eso mismo parecía. De más mayorcita, en el colegio, hacía todos los años de Virgen María en la función de Navidad —pero todos los años, ¿eh?, no uno, ni dos, no se vayan a creer, sino todos, ¡yo me sentía tan orgullosa!—, y por las noches, cuando se quitaba la blusa del uniforme, me encontraba el cuello y los puños igual de limpios que cuando se la había puesto por la mañana, pero lo mismo lo mismo, blanquísimos. Mi Marianne no practicaba deportes violentos, no se revolcaba por el suelo, no se pegaba con sus compañeras, qué va, nada de eso. Era una alumna ejemplar, todas las maestras lo decían, tan simpática, tan abierta, tan sociable que, como suele decirse, se iba con cualquiera. ¡Quién nos iba a decir, a sus maestras y a mí, que con el tiempo, el principal problema de mi hija acabaría siendo precisamente ése, que se larga con cualquiera! CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de abril de 2026

"TLATELOLCO 68 (2 de octubre)". Un poema de Jaime Sabines

Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.

Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

La bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.
Semidesnudos, fríos, agujereados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
“Vaya usted a buscar a otra parte.”

La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el “Metro”
porque el progreso no puede detenerse.

Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que constituye la patria de nuestros sueños.