martes, 21 de agosto de 2018

El aguador de Bagdad. Un cuento de Las mil y una noches.

Hace muchas, muchas lunas, tantas, que resulta difícil contarlas todas, moraba en la bella ciudad de Bagdad un humilde aguador, tan pobre, que más de un día no tenía ni siquiera un pedazo de pan que llevarse a la boca, y debido a su extrema pobreza, huelga decir que por las noches descansaba donde buenamente encontraba cobijo, y que, desde luego, carecía de esposa al no poder ni mantenerse el mismo de una forma aceptable, pero Omar, que así se llamaba nuestro aguador, tenía depositada una fe ciega en su destino ya que
de niño, cierto adivino ambulante de esos que en los mercados te profetizan el porvenir a cambio de una moneda, y aquel día al padre de Omar, aguador con más suerte que su hijo, le sobraba, le había augurado que en el futuro lejano, cuando hubiese cumplido los veinte años, llegaría a alcanzar la máxima riqueza que puede encontrarse en este mundo y a la que aspira todo ser humano.

-O sea que -pensaba el pobre aguador-, yo seré rico, el ciudadano más rico y por ello respetado, de Bagdad, y todos cuantos en el presente se apartan de mi lado por causa de mi extrema miseria, se me acercarán deseosos de que yo les de el título de amigo...

Como puede apreciarse, soñar no cuesta nada, sobre todo cuando uno no tiene donde caerse muerto.

Y así iban transcurriendo los días, las semanas y los meses, sin que la vida del aguador, cada vez más andrajoso y con menos clientela, conociera el atisbo de un cambio.

Mas hete aquí que Omar, aun siendo pobre de solemnidad, como no tenía mal corazón ni envidiaba la buena fortuna de otros más afortunados, y siempre iba con una sonrisa en los labios a pesar de sus miserias y estrecheces, atrajo sin pretenderlo el interés de alguien y no precisamente de este mundo, sino del invisible y sutil de los espíritus, el mundo de los djins, los genios, esos que a veces, si se portan mal, son encerrados por tres veces mil años, en botellas lacradas con el sello de Soleyman ben Daud. Y como los genios se hallan divididos en dos géneros, el masculino y el femenino igual que nosotros, fue una bella djina la que reparó en Omar cierta calurosa tarde en la que el aguador daba de beber a un perro sediento. Sorprendida por su gesto, ya que no es frecuente que el que vive de un negocio pequeño o grande, y en este caso ruinoso, regale el producto de su mercancía sin esperar nada a cambio, la genio, de nombre Farizada, y que deambulaba por las calles transformada en vieja mendiga para observar el comportamiento de las gentes, no pudo menos que detenerse y dirigiéndose a Omar, le interpeló con las siguientes palabras:

-Dime, ¡oh, aguador!, ¿por qué das de beber a ese perro sin amo, gastando de este modo tu preciosa agua, cuando ello no te reporta beneficio alguno? CONTINUAR LEYENDO

lunes, 20 de agosto de 2018

"El relato íntimo es la puerta grande para entender lo que ha significado el terrorismo". Entrevista en eldiario.es a Luisa Etxenike, autora de "Absoluta presencia", un libro inmerso en la vivencia del terror de ETA.

No hace mucho que leí este libro y he de decir que, además de gustarme, me dejó con el deseo de volverlo a leer con más tiempo. Y es que los textos de Luisa Etxenike, dado el mimo y el cuidado que pone en ellos, son para degustarlos, para saborearlos lentamente. Más adelante tuve la oportunidad de asistir a la presentación del libro por parte de la autora en un acto organizado por la Fundación Fernando Buesa, de la que tengo el honor de ser patrono. En ese acto pude descubrir nuevas claves del texto. Algo que ahondó en mis deseos de su relectura. Además, como todo buen libro, es muy recomendable para hacer una lectura compartida del mismo, bien a través de una Tertulia Literaria Dialógica o de un Club de Lectura.

Hace dos días, aparecía en el diario.es una entrevista con la autora que me ha recordado aquella presentación. Merece la pena leerla y saborear, no solo sus comentarios sobre la novela, sino las reflexiones que con ellas hace sobre la literatura, sobre el lenguaje poético y narrativo.

Así comienza la entrevista:

La última novela de Luisa Etxenike, Absoluta presencia (Ediciones El Gallo de Oro), transcurre en París, aunque sus principales protagonistas son vascos, una familia donostiarra que se exilió en los años de plomo, cuando ETA impuso la “socialización del sufrimiento”, un eufemismo más de los que han surgido en estos años, cuando “se fundía el hierro del lenguaje para darle otra forma”, como se sugiere en el relato.


Es verdad que ha habido obras literarias y cinematográficas anteriores al cese de ETA y a su disolución y es cierto que ahora parece que hay un boom, que yo no lo atribuiría al fenómeno Patria, porque al mismo tiempo se estaban escribiendo otras novelas que han salido cercanas en el tiempo. Ahora bien, creo que no ha hecho nada más que empezar el tratamiento de la literatura de lo acontecido en estos años de violencia terrorista. Porque la literatura lo que hace es colocar las experiencias y las dinámicas sociales en el foco. Es lo que identifica a todas estas obras, o a muchas, que están apareciendo: esa mirada muy cercana a la intimidad de las personas, al impacto que ETA tenía en esa intimidad y en el entorno social cercano. En ese sentido, mi novela se sitúa ahí.


[...] La literatura convierte en experiencia lo que a veces tenemos como información de lo sucedido. Y a través de esa experiencia, puede convertirse en conciencia, en conciencia muy profunda de lo que aconteció. Además, una novela es organización, es estructura, y en ese sentido también pone a la experiencia pasada una estructura, la que sea, pero que es una estructura coherente a lo largo de la obra. Pero diría algo más, la literatura se construye con personajes, sí, pero también buscando y encontrando detalles, detalles expresivos, elocuentes. Yo creo que la memoria son detalles. Se ha hablado del relato de lo sucedido, a mí me gustaría hablar de los detalles de lo sucedido porque creo que en esos momentos, en esos gestos precisos se encuentra mucha elocuencia y mucha cercanía.

[...] Efectivamente, creo que aquí hemos vivido esa situación y lo he lamentado y he escrito sobre esa falta de fiabilidad, de confianza en las palabras, porque eran utilizadas mal, con indigencia. Se ha utilizado el lenguaje por inercia, llegó un momento en que todo el mundo llamaba a las cosas de la misma manera y así se instalaron hábitos de lenguaje. Pero también las apropiaciones indebidas cuando los victimarios parecían las víctimas, los perseguidos. O los eufemismos que ocultaban la absoluta realidad de los crímenes, en lugar de llamar a las cosas por su nombre. Esa manera de encubrir, de retorcer, de disimular, incluso de descuidar, porque muchas veces ha sido descuido, nos ha llevado a que el lenguaje no fuera un aliado del conocimiento de lo que estaba pasando, sino un enemigo del conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Para la literatura, el lenguaje es esencial. En la medida en que se cuidan las palabras, la devolución de la calidad del lenguaje a lo narrado será también la devolución de la calidad a la experiencia, a la conciencia. En el arte no hay eufemismos. Las palabras están desnudas en toda su riqueza. Decía Rulfo que él quería escribir novelas con palabras de adobe. Yo también quiero escribir novelas con la verdadera materia prima del lenguaje. Ahora que está de moda el pan, yo quiero escribir novelas con la masa madre del lenguaje, con limpieza, calidad, que no excluye la metáfora, la imagen, pero con toda la grandeza del lenguaje.

domingo, 19 de agosto de 2018

“El Crimen fue en Granada”. Un poema de Antonio Machado sobre el asesinato de Federico García Lorca

1. El crimen

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.


El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
… Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

2. El poeta y la muerte

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

3.

Se le vio caminar…
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!


Imágenes de ambos poetas, sus lugares predilectos, sus obras... Contiene un extracto de Campos de Soria recitado por D. Joaquín Sánchez-Cervera, así como una canción de Leonard Cohen inspirada en la poesía de Lorca. El video fue proyectado el 23 de febrero de 2007 en un evento organizado por la empresa Interlinco (www.interlinco.com). Realización: familia García Sánchez-Cervera.

Lo que la ciencia sabe sobre cómo y por qué nos engancha una novela, por Rocío P. Benavente.(www.jotdown.es)

Como todo lo que está por hacer, una página en blanco no es nada pero tiene el potencial de serlo todo, y eso es una responsabilidad tremenda para el escritor. ¿Qué hacer? ¿Qué escribir? El abanico de opciones es abrumador, y las posibilidades de estrellarse lo son más aún. Además, si en el momento de ponernos a ello nos vienen a la cabeza todos los principios brillantes que nosotros no escribimos, como el lugar de la Mancha de nombre nunca recordado, el coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento o la verdad universalmente conocida de los solteros con fortuna, es posible que la página en blanco, tan prístina ella, tan inocente que parecía, nos gane la batalla por KO antes de empezar.

Pero que no cunda el pánico porque la ciencia viene al rescate. Sí, la ciencia, algo en apariencia tan alejado de la literatura, la ficción y la novela, pero que en realidad no lo está tanto, ni siquiera un poco. Científicos y escritores conviven en el mismo medio, la palabra escrita, y a veces hasta en los mismos cuerpos, pues hay muchos ejemplos de científicos literatos o escritores de alma investigadora.

Pero no estamos hoy aquí para hablar de ellos, sino de otros, de los científicos que han analizado qué nos hace leer y también seguir leyendo, cómo las historias que leemos nos entran por los ojos y llegan a través del nervio óptico hasta nuestro cerebro para desde ahí expandirse bajo nuestra piel por todo el cuerpo. Esto no es (solo) una metáfora, resulta que ocurre de verdad. Pero a eso llegaremos más tarde.
[...] Los autores del estudio analizaron también la readability, o facilidad de lectura, entendida como el uso de frases sencillas y verbos simples, esperando encontrar que, a mayor facilidad de lectura, mayor éxito tendría una novela. Pero su algoritmo no pareció coincidir con esta suposición, y de hecho resultó ser al contrario: cuanto mayor era el uso de frases y verbos sencillos, menor era el éxito del libro. «Por supuesto, nuestro descubrimiento solo muestra una correlación, que no debe ser confundida con una causalidad, entre facilidad de lectura y éxito literario. Nuestra suposición es que la complejidad conceptual del trabajo literario de éxito requiere de una complejidad sintáctica acorde que va en contra de esa facilidad de lectura».

[...] Es decir, que de alguna forma nuestro cerebro no distingue del todo entre leer una acción o vivirla directamente, y en ambos casos reacciona de forma parecida. Según Keith Oatley, profesor emérito de Psicología Cognitiva de la Universidad de Toronto, leer es una vívida simulación de la realidad que «se ejecuta en la mente del lector, igual que las simulaciones informáticas se ejecutan en los ordenadores».

[...] Y esa cosa es una idea clara de qué está ocurriendo en el argumento y cómo eso afecta internamente al protagonista. Así de fácil, y así de complicado a la vez, dice ella.
«Lo que engancha y retiene al lector es el conflicto interno, no el drama externo», explica Cron, que se basa también en la idea de que las historias son simulaciones. «Podemos pensar en ellas como en la primera realidad virtual: tú estás allí, experimentando lo mismo por lo que está pasando el protagonista». Por eso la cosa no va de lo que alguien hace, sino de por qué lo hace.

[...] Desde el punto de vista de contar una historia, la atención también está relacionada con la tensión, esta vez con la narrativa. Si la tensión consigue atraer nuestra atención el tiempo suficiente, ahí es cuando entra en juego la empatía: empezamos a sentir las emociones que muestra el protagonista de la historia, aunque sepamos que es un personaje de ficción que no existe. La empatía es una herramienta que nos permite conectar emocionalmente con muchos más individuos de nuestra especie, incluidos los ficticios, de lo que ninguna otra especie es capaz de conseguir.


sábado, 18 de agosto de 2018

“Soneto del amor oscuro”. Un poema de Federico García Lorca

Quiero llorar mi pena y te lo digo
para que tú me quieras y me llores
en un anochecer de ruiseñores,
con un puñal, con besos y contigo.

Quiero matar al único testigo
para el asesinato de mis flores
y convertir mi llanto y mis sudores
en eterno montón de duro trigo.

Que no se acabe nunca la madeja
del te quiero me quieres, siempre ardida
con decrépito sol y luna vieja.

Que lo que no me des y no te pida
será para la muerte, que no deja
ni sombra por la carne estremecida.

Un poema de Ijeoma Umebinyuo

Ijeoma Umebinyuo (Nigeria) es una mujer que desafía la palabra. Defensora de los derechos reproductivos de las mujeres, de las mujeres en la política y de las mujeres siendo dueñas de su propia narrativa, Ijeoma se considera una feminista que busca con su poesía mover el alma de los lectores.








Perdí culturas.

Perdí todo el lenguaje.

Perdí mi religión.

He perdido todo en el fuego

que es la colonización.

Así que no voy a disculparme

por poseer cada pedazo de mí

que ellos no pudieron coger, quebrar

y reclamar como suyo.


viernes, 17 de agosto de 2018

Infierno grande. Un cuento del argentino Guillermo Martínez, ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento 2014

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.

Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.

Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.

La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el peto se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.

No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa. CONTINUAR LEYENDO