lunes, 4 de mayo de 2026

"EL GRAN ARQUERO O EL ARQUERO INFALIBLE". Cuento popular

Había una vez un rey que disfrutaba muchísimo de la caza del jabalí. Una vez por semana, en compañía de sus amigos más cercanos y del mejor de sus arqueros, salía de palacio y se internaba en el bosque a la búsqueda de los peligrosos animales que, ciertamente, eran una complicación para todos los granjeros y agricultores del reino. La emoción de la aventura se complementaba así con el servicio que se le prestaba a los súbditos al librarlos de sus peores enemigos, depredadores y asesinos.

Un día, mientras perseguía a un grupo de jabalíes que asolaban la región más occidental de su reino, se internó con sus compañeros en un bosque que nunca había recorrido. No era demasiado diferente de otros bosques excepto por el hecho de que en casi cada árbol del pequeño bosque estaba dibujado un rudimentario blanco de tiro. Tres círculos concéntricos de cal más un relleno y pequeño redondel blanco en el centro. Al rey no le llamaban la atención los círculos pintados en los troncos, pero sí le sorprendió ver que en el mismísimo centro de cada blanco había una flecha clavada.

Treinta o cuarenta troncos daban fe de la certeza de los flechazos, cada árbol con un blanco, cada blanco con una flecha, cada flecha en el centro justo del objetivo. Flechas que siempre lucían los mismos colores en sus plumas. Flechas iguales, disparadas posiblemente por el mismo arquero.

El rey preguntó a alguno de los guías por el autor de esos precisos blancos, pero nadie supo contestar.

– Un arquero así sería la mejor garantía de la seguridad del rey, comentó alguien.

– Con un guardaespaldas capaz de acertar cuarenta sobre cuarenta yo iría a cazar leones con una aguja…, rió otro.

– Ojalá sea solamente uno, dijo el arquero real, porque si no, nos quedaríamos todos sin trabajo.

El rey asintió y, rascándose la barbilla, mandó llamar al jefe de sus sirvientes y le dijo:

– Quiero a ese arquero en mi palacio mañana a la tarde. Convéncelo de que me vea, ordénale que venga, o tráelo con la guardia, ¿está claro?

– Sí, majestad, dijo el otro. Y cogiendo un caballo se dirigió al pueblo a buscar al arquero infalible.

Al día siguiente, un paje golpeó en la puerta de la alcoba real para decirle al soberano que su sirviente había llegado y pedía ver al rey.

El monarca se vistió presuroso y salió entusiasmado al encuentro del visitante.

Al llegar al salón de recepción solamente vio junto a su emisario a un jovencito de unos quince o dieciséis años, que sostenía displicentemente un pequeño arco en la mano.

– ¿Quién es este joven?, preguntó el rey.

– Es el joven que me pediste que trajera, dijo el sirviente, el que disparó las flechas del bosque.

– ¿Es verdad? ¿Tú disparaste esas flechas? Ten cuidado con las mentiras, podrían costarte la cabeza…

El joven bajó la mirada y balbuceando de miedo contestó:

– Sí, es verdad, yo las disparé.

– ¿Todas?, preguntó el rey.

– Cada una de ellas, dijo el joven.

– ¿Quién te enseñó a disparar con el arco?, preguntó el monarca.

– Mi padre, contestó el arquero.

– Y él, ¿dónde está?, preguntó todavía el rey.

– Murió hace seis meses, dijo con dolor el adolescente.

No tenemos al maestro, pero tenemos a su mejor alumno, pensó el rey.

– ¿Cuál es la técnica?, preguntó el rey.

– ¿Técnica?, repitió el joven.

– La manera de conseguir una flecha en el centro exacto de cada blanco, le aclaró el rey.

– Muy fácil, dijo el muchacho, yo disparo la flecha al árbol y, después, pinto los círculos a su alrededor.

"CUENTOS FILOSÓFICOS DEL MUNDO ENTERO". Jean-Claude Carrière

Relatos tradicionales de los cinco continentes, de Camerún a España pasando por India, Japón y el shtetl, contienen respuestas y preguntas para casi todo: también para la política

El emperador estaba preocupado por la cantidad de robos que se producían en el palacio. Sus consejeros le recomendaron elevar la altura de las murallas. En cambio, Nasreddin, nuestro héroe, le aconsejó que las bajara un poco más. Los ladrones ya estaban dentro: había que facilitar su salida. Esta historia es de otro libro, pero encajaría en los maravillosos relatos reunidos por el guionista, novelista y ensayista Jean-Claude Carrière (1931-2021), originalmente titulados El círculo de los mentirosos y reimpresos ahora como Pequeños cuentos filosóficos (en Lumen ambas ocasiones).

Los cuentos, tomados de tradiciones de los cinco continentes, de Camerún a España pasando por India, Japón y el shtetl, contienen respuestas y preguntas para casi todo: también la política. Figura en la colección El ladrón de oro, narrado originalmente por Lie Tseu y protagonizado por un hombre que roba en el mercado delante de todos. Cuando le preguntan por qué ha cometido su delito en público no habla de una sensación de impunidad, sino de que en ese momento solo veía el oro. Otros cuentos casi parecen describir la opinión pública, las predicciones y la falsificación. En El gran arquero, el emperador de Japón viaja a provincias y ve una flecha clavada en el centro de la diana. Quiere conocer al arquero, pero le dicen que es el tonto del pueblo. Le sorprende su puntería “casi divina” y le responden que es sencillo: “Primero tira la flecha y después dibuja la diana a su alrededor”. En El cambio de las aguas una maldición estipula que un día toda el agua de la tierra desaparecerá, y será sustituida por otra que volverá loco a quien la beba. Solo un hombre hace caso a la advertencia y acumula reservas. Cuando llega el día, la tierra se seca y él vive con su agua. Llueve, se llenan los ríos, vuelve con los demás y no entiende nada: han olvidado todo y solo dicen disparates. El hombre intenta convencerles, pero no lo consigue. Finalmente, decide beber el agua que toma el resto: entonces, cuenta el guionista de Valmont, El fantasma de la libertad o El artista y la modelo, “incluso olvidó el lugar donde guardaba su provisión de agua, y los otros lo tuvieron por un loco, que milagrosamente, había recuperado la razón”.

Otra historia que Carrière toma de la tradición china podría recordar la actual excusa para seguir sin presentar los presupuestos. Un hombre camina lentamente bajo la lluvia y un transeúnte apresurado le pregunta por qué no anda más deprisa. “También llueve delante”, contesta el hombre. (Daniel Gascón, El País)

domingo, 3 de mayo de 2026

"RETIRADO EN LA PAZ DE ESTOS DESIERTOS (elogio de la lectura y la imprenta)". Un poema de Francisco de Quevedo

Nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad


Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.
Francisco de Quevedo

sábado, 2 de mayo de 2026

"¿DE VERDAD HOY TODO ES NEURODIVERGENCIA?". Olga Carmona (Psicóloga clínica), El País

Ante el volumen de vídeos en redes sociales que diagnostican desde autismo hasta TDAH en menos de un minuto, conviene recordar que las etiquetas no siempre son inocuas

En los últimos años, la salud mental ha saltado del ámbito clínico a las conversaciones cotidianas y, sobre todo, a las redes sociales. TikTok, Instagram y YouTube se han convertido en una nueva fuente de “evaluación psicológica”, donde los diagnósticos se explican en vídeos de 30 segundos y la palabra neurodivergente aparece como etiqueta bajo miles de contenidos. El fenómeno tiene una cara positiva: la información llega a mucha gente que antes no tenía acceso a ella. Pero también una consecuencia preocupante: el autodiagnóstico indiscriminado y el uso inflacionario de etiquetas psicológicas que han perdido, en algunos casos, su verdadero significado.

Mateo, de 15 años, llegó a una consulta convencido de que tenía TDAH. Había visto varios vídeos donde se describían señales como “cambiar de interés rápido”, “aburrirse en clase” o “tener la cabeza llena de ideas”.

—Lo tengo clarísimo, soy neurodivergente —dijo en la primera sesión.

Tras una evaluación completa, se descubrió que no tenía un trastorno atencional, sino un nivel de ansiedad elevado, presión académica y un ritmo de sueño desordenado. Lo que había interpretado como un diagnóstico era, en realidad, una mezcla de estrés y sobrecarga emocional.

La palabra neurodivergente nació dentro de los movimientos de neurodiversidad para visibilizar a personas con autismo, TDAH, dislexia, discalculia y otros perfiles neurológicos distintos. Hoy, sin embargo, se ha extendido hasta convertirse en un paraguas donde cabe casi todo: “Soy neurodivergente porque soy muy sensible”. “Creo que soy neurodivergente porque me abruman las multitudes”. “Me cuesta concentrarme, seguro que soy TDAH”. En redes sociales, el hashtag #neurodivergente tiene millones de publicaciones. El problema no es el término en sí, sino su uso como etiqueta identitaria sin evaluación ni contexto.

Marina, de 32 años, estaba convencida de que era autista. Había encajado en todos los vídeos que veía: introversión, incomodidad social, gusto por la rutina, dificultad para improvisar. Pero en su historia clínica había algo que no aparecía en los vídeos: una infancia marcada por críticas constantes y un entorno rígido donde mostrar emociones era percibido como debilidad.

La evaluación confirmó que no era autismo, sino ansiedad social y un estilo de personalidad introvertido que durante años había confundido con algo más.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué hoy todo es neurodivergencia? La cara oculta del fenómeno es que se banalizan los diagnósticos complejos. Muchos rasgos descritos como “señales de TDAH” o “indicios de autismo” son, en realidad, experiencias comunes bajo estrés. Por otro lado, también se invisibiliza a quienes sí necesitan apoyos: si toda diferencia se convierte en neurodivergencia, los perfiles que requieren intervención específica quedan diluidos. Todo ello deriva en que se crean unas identidades rígidas porque, mientras para algunas personas, la etiqueta funciona como alivio; para otras, se convierte en una jaula: “No puedo cambiar, es que soy así”. Por último, de esta manera se saturan los servicios educativos y sanitarios. La demanda de “diagnósticos exprés” crece, incluso cuando no corresponden clínicamente.

El hecho de que ocurra especialmente en adolescentes se debe a que son precisamente ellos los que tienen una mayor necesidad de identificarse con algo. Las etiquetas dan pertenencia y sensación de explicación. A ello se suma la exposición constante a contenido psicológico en redes y a un malestar emocional real y poco acompañado. Además, en las redes se cae en contenido que abusa de un lenguaje psicológico superficial, y al contacto con adultos que también se autodiagnostican, reforzando el modelo.

En la actualidad, la frase “creo que soy neurodivergente” es para muchos adolescentes lo que hace décadas era “soy raro” o “soy diferente”. La etiqueta tranquiliza… pero no siempre aclara.


¿Cómo reconducir el discurso sin invalidar la diversidad?
— Enseñar a diferenciar rasgos de diagnósticos: ser sensible, intenso o introvertido no es una condición neurológica.

— Promover valoraciones profesionales completas: una evaluación bien hecha no solo nombra, sino que comprende numerosas historias, contextos y necesidades.

— Recuperar el valor del matiz: no todo lo que duele es un trastorno. No toda diferencia es neurodivergencia.

— Educar en gestión emocional y pensamiento crítico.

— El interés por la neurodiversidad es positivo. Comprendernos es necesario y nombrarnos puede ser útil, pero solo si las palabras mantienen su sentido y no se utilizan como atajos emocionales. La diversidad humana es real, rica y compleja. No cabe en diagnósticos reducidos a vídeos de un minuto.

viernes, 1 de mayo de 2026

"ASNOS ESTÚPIDOS". Un cuento de Isaac Asimov

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa un año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

FIN

jueves, 30 de abril de 2026

"TERRORISTAS". Un poema de Wislawa Szymborska

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.

miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.