viernes, 13 de marzo de 2026

"EL MONO QUE QUISO SER ESCRITOR SATÍRICO". Una fábula de Augusto Monterroso

En la Selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba  nvariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada. Entonces un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso en ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios auxiliares en realidad de su arte adulatorio lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus 
cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba  estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacía más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.

FIN

jueves, 12 de marzo de 2026

"MIS OJOS, SIN TUS OJOS, NO SON OJOS". Un poema de Miguel Hernández

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos.

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"VÍVERES". Luis García Montero, El País

La literatura es parte de las provisiones imprescindibles para afrontar un invierno tan duro como este

La sabiduría de almacenar provisiones supone un modo de luchar por la vida. Como los inviernos y sus fríos pueden endurecer la caza diaria, nos conviene un respaldo de vituallas en la cocina. Luis Landero sabe que la literatura es una buena provisión. Cuando uno de nuestros inviernos provocó una nevada arrogante a la que llamamos Filomena, Landero recordó que Boccaccio, en el siglo XIV, había salvado de la peste bubónica a unos jóvenes de Florencia. El Decamerón salió de la despensa literaria para dar pie al Coloquio de invierno (Tusquets, 2026), libro que reúne en un hotel rural a siete personajes dispuestos a sobrevivir. Las historias de sus vidas son tan importantes como los víveres de los hoteleros para darle sentido a la experiencia. Contar, escuchar, conocer, reconocer, nos hace humanos más allá de la animalidad de la caza diaria y de las agitaciones de la naturaleza.

Landero es un maestro en el arte de crear personajes. Sabe que la literatura forma parte de nuestros víveres. El temporal de hoy se llama individualismo, prisa, móviles, desinformación, distancia. Todas las nuevas estrategias de comunicación nos conducen al aislamiento, borran las conversaciones familiares, las citas tranquilas, los encuentros que no sean aluviones de tratos fugaces. Como creador de personajes, Landero sabe que, si queremos reconocernos, además de buscar nuestros ojos en el espejo, necesitamos escuchar a los demás, formar parte del coloquio cervantino de los perros, comprender la vida que ladra o murmura en cada palabra. Contar nuestra vida nos hace dueños de nosotros mismos, sobre todo cuando comprendemos que alguien nos oye, porque nosotros también necesitamos oír a los demás. Historias laborales, amorosas, recuerdos de familia, naufragios y deseos se apoyan en la mesa y pronuncian nuestro nombre. La literatura forma parte imprescindible de nuestros víveres en este invierno duro que quiere congelarnos.

lunes, 9 de marzo de 2026

"LAS DESNUDAS". Un cuento de Emillia Pardo Bazán

Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies, recuerdo que, predispuestos a la melancolía y a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino, bueno o malo, que en esto precisamente estriba la libertad. -Pertenece mi historia -añadió- a un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve a piedad y a horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla, descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resultado del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y hasta loable.

Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia -supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes; al oír su nombre, persignábanse las mujeres y rompían a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado.

Si en alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su formidable palabra al general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en el frente al Manco yéndole a los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando a su gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el Manco, amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; encontró el medio de no faltar a su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas a través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido e injuriado mármol, el Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con risa bestial: «Ahora ya pueden volverse a su madriguera estas carcundas».

Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos a un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de conducta intachable, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados a la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas a la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del Manco, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban “Las desnudadas", y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos ojos impuros. Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse a la ventana ni siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año…

-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri, interrumpiéndolo-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptan un género de vida absolutamente idéntico.

-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el Manco. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir a los enfermos y amparar a los niños abandonados.

Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí a medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada. En cuanto a la otra…

-¿Murio también? -preguntamos.

-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma.

-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?

-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo a sus trabajos domésticos ya sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes… Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción de Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz.

domingo, 8 de marzo de 2026

"TÚ ME QUIERES BLANCA". Un poema de Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

"PASAPORTE". Un poema de Rosario Castellanos seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

He compartido en alguna otra ocasión un poema de la poeta mexicana Rosario Castellanos, pero hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, la quiero recordar de nuevo con el poema ‘Pasaporte’, incluido en su ‘Obra poética 1948-1971’, publicada en 1972. La osadía de tantas mujeres en el mundo a lo largo de los siglos no las ha convertido en heroínas ni les ha permitido inscribir sus nombres en los libros de historia. Las ha conducido las más de las veces al infierno del silencio y el olvido. Pero fueron libres, dignas y valientes. Sirvan los versos de hoy para recordarlas, para agradecer su lucha por mejorar las condiciones de vida y trabajo de las mujeres, por exigir sus derechos, más aún en un momento en que sus conquistas se están poniendo en cuestión, como si se quisiera revivir las servidumbres de antaño. (Andrea Villarrubia Delgado)

PASAPORTE

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.
Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco.
Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.
Pero sí de palabras,
muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.

Pero si es necesaria una definición
para el papel de identidad, apunte
que soy mujer de buenas intenciones
que he pavimentado
un camino directo y fácil al infierno.

ROSARIO CASTELLANOS

sábado, 7 de marzo de 2026

"MALALA YOUSAFZAI: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Patricia R. Blanco, El País.

La activista paquistaní visita España en el marco de una campaña internacional para lograr que el “borrado sistemático” de mujeres en Afganistán sea reconocido como crimen de lesa humanidad

Malala no necesita apellido. Basta decir su nombre sin pronunciar Yousafzai para activar imágenes reconocibles: es la niña que desafió a los talibanes en su Pakistán natal, la activista que consagró su vida a la educación de las niñas y que, con 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Es una “heroína”, una “inspiración”, una persona “predestinada a la grandeza”. Son las etiquetas que enumera con distancia la propia Malala y que describen las expectativas que otros depositaron sobre ella cuando, con 15 años, un talibán le disparó en la cabeza. Lo cuenta en su último libro, Finding My Way (Encontrando mi camino), publicado en octubre. “No puedo escapar de la sensación de que una mano gigante me sacó de una historia y me dejó caer en otra completamente nueva. A los 15 años, no había tenido tiempo de descubrir quién quería ser cuando, de repente, todo el mundo quería decirme quién era”, escribe.

Acaba de visitar Madrid, donde se cumple el guion de esa segunda parte de la historia. No pasará más de 12 horas en España. La agenda es quirúrgica: reuniones institucionales con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y con el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, sin apenas tiempo para los medios de comunicación. La acompaña Sahar Halaimzai, directora ejecutiva de Malala Fund, que interviene cuando la conversación se adentra en los vericuetos del derecho internacional.

El objetivo del viaje de Malala es muy concreto: impulsar un movimiento mundial para que el borrado sistemático de las mujeres en Afganistán sea reconocido y tipificado como “apartheid de género”. El momento es clave, porque Naciones Unidas negocia un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad y codificar “el borrado de las mujeres de la vida pública” permitiría cerrar el vacío legal que hoy deja esos abusos sin una herramienta específica para perseguirlos.

En persona, Malala habla pausadamente y mide cada palabra. Sabe —lo reconoce en el libro— cómo esquivar preguntas que podrían convertir su nombre en un arma arrojadiza. También asume que no puede escapar de las cuestiones sobre su atentado, una parte de su vida que siente “muy lejana” —ahora tiene 28 años— pero que “llena el aire” cada vez que entra en una sala. No evita la política, pero la reconduce y la devuelve siempre a un eje: la educación como fundamento de la igualdad.