miércoles, 1 de julio de 2026

"LA SEÑORITA CORA". Un cuento de Julio Cortázar

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca... CONTINUAR LEYENDO

martes, 30 de junio de 2026

"JUSTO CUANDO EL CALENDARIO EMPIEZA A DECIR VERANO". Un poema de Mary Oliver seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Llega el verano y con él un tiempo para el gozo y las experiencias sensoriales, imprevistas. Con este motivo quiero compartir un poema de la poeta estadounidense Mary Oliver que nos anima a disfrutar de todo lo que ofrece el estío, principalmente durante la infancia, lejos de los deberes escolares y más cerca de los saberes naturales. La poesía de Mary Oliver está impregnada de la contemplación de la belleza y de la observación de la naturaleza, tan unidas. ... Disfrutad del verano, tal y como nos invita Mary Oliver. (Andrea Villarrubia Delgado)

JUSTO CUANDO EL CALENDARIO EMPEZABA A DECIR VERANO

Salí rápida de la escuela
y a través de los jardines y los bosques
y me pasé todo el verano olvidando lo que me habían enseñado;

dos veces dos, y diligencia, y lo demás,
cómo ser modesta y útil, y cómo triunfar y todo eso,
máquinas y aceite y plástico y dinero y esas cosas.

En otoño de algún modo ya me había curado, pero fui convocada de nuevo
a las aulas de tiza y a los pupitres, a sentarme y recordar

la manera en que el río revolvía sus cantos rodados,
el modo en que el chochín salvaje canta aunque no tenga un céntimo en el banco,
el modo en que las flores iban vestidas de luz nada más.

lunes, 29 de junio de 2026

"LA MIGRACIÓN NO ES UN PROBLEMA". Sergio del Molino, El País

Declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad resulta, como poco, canallesco

Un experto en ficciones, Jorge Volpi, acaba de escribir un manifiesto breve y directísimo (Invasión alienígena. El falso problema migratorio) que se puede resumir en esta frase final: “El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. Y es un problema porque hacen pasar sus ficciones por realidades, convenciendo a muchos de que hay una invasión en marcha que urge frenar con campos de concentración como los que aprobó el Europarlamento la semana pasada.

Llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, pero lo digo mal. Con perífrasis, con matices, con datos, con ejemplos, con historias, con metáforas y con alusiones históricas al nomadismo y a la errancia. Volpi me ha convencido de que no merece la pena tanto traje: a este debate hay que salir desnudo y decidido. No, los inmigrantes no incrementan la delincuencia. No, los inmigrantes no desbordan las fronteras. No, los inmigrantes no desplazan a los trabajadores locales. Y sí, los inmigrantes siempre se integran, como cualquiera que construye una nueva vida lejos de donde nació, pero en el proceso también dejan algo de sí mismos en la cultura de acogida: palabras, un acento, una manera de condimentar los platos, quizá alguna costumbre cotidiana… Nada dañino, nada que no pueda leerse como un enriquecimiento y una evolución en el eterno retorno del mestizaje.

Son verdades del barquero fácilmente contrastables. Cualquiera puede comprobarlas con tres clics, pero no importa lo claro que se digan o lo mucho que se repitan. Quienes decidieron que la migración es un problema cerraron las orejas hace tiempo a cualquiera de estos asertos. La gente como Volpi y como yo no predicamos en el desierto —lo cual siempre tiene un prestigio coqueto: ¿a qué escritor no le gusta sentirse incomprendido de vez en cuando?—, sino para una audiencia de convencidos, y eso nos hunde en la frustración de no convencer a nadie.

Si la elocuencia y la verdad de los hechos no bastan para deshacer esta bola de fanatismo y xenofobia, quizá haya que pasar al tono acusatorio: declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad es, como poco, canallesco. Bramar prioridades nacionales ante personas que ni siquiera tienen derecho al sufragio ni a casi ninguno de los recursos que justifican la condición de ciudadano es de un matonismo abominable, y demonizar con un acrónimo administrativo (menas) a los chavales con vidas quebradas que malviven en centros de acogida es, como poco, contrario a toda la caridad de esa cristiandad de la que se presumen estandarte. A ver si así, señalando su miseria, conseguimos lo que con la razón y los datos no logramos.

domingo, 28 de junio de 2026

"PRIMERA LEY". Un cuento de Isaac Asimov

Sinopsis: «Primera ley» (First Law) es un cuento de Isaac Asimov publicado en octubre de 1956 en la revista Fantastic Universe. La historia sigue a Mike Donovan, un veterano en robótica, quien relata una insólita situación ocurrida en Titán, una de las lunas de Saturno. Allí, durante una misión minera, un modelo experimental de robot de la serie MA muestra un comportamiento inesperado que parece contradecir la Primera Ley de la robótica: «Un robot no puede dañar a un ser humano ni permitir, por inacción, que un ser humano sufra daño». La historia plantea una situación intrigante que desafía los principios fundamentales de la inteligencia artificial. (lecturia.org)

PRIMERA LEY

Mike Donovan contempló su vacía jarra de cerveza, se sintió aburrido, y decidió que ya había escuchado lo suficiente. Dijo en voz alta:

—Si tenemos que hablar acerca de robots poco habituales, yo conocí una vez a uno que desobedeció la Primera Ley.

Y, puesto que aquello era algo completamente imposible, todo el mundo dejó de hablar y se volvió para mirar a Donovan.

Donovan maldijo inmediatamente su bocaza y cambió de tema.

—Ayer me contaron uno muy bueno —dijo en tono conversacional— acerca de…

MacFarlane, en la silla contigua a la de Donovan, dijo:

—¿Quieres decir que sabes de un robot que causó daño a un ser humano?

Eso era lo que significaba la desobediencia a la Primera Ley, por supuesto.

—En cierto sentido —dijo Donovan—. Digo que me contaron uno acerca de…

—Cuéntanos eso del robot —ordenó MacFarlane.

Algunos de los otros hicieron resonar sus jarras sobre la mesa.

Donovan intentó sacarle el mejor partido al asunto.

—Ocurrió en Titán, hará unos diez años —dijo, pensando rápidamente—. Sí, fue en el veinticinco. Acabábamos de recibir cargamento de tres nuevos modelos de robots, diseñados especialmente para Titán. Eran los primeros de los modelos MA. Los llamados Emma Uno, Dos y Tres. —Hizo chasquear los dedos pidiendo otra cerveza, y miró intensamente al camarero—. Veamos, ¿qué viene a continuación?

—He estado metido en robótica toda mi vida, Mike —dijo MacFarlane—. Nunca he oído hablar de ninguna serie MA.

—Eso se debe a que retiraron todos los MA de las cadenas de montaje inmediatamente después…, inmediatamente después de lo que voy a contaros. ¿No lo recordáis?

—No.

Apresuradamente, Donovan continuó:

—Pusimos inmediatamente a los robots a trabajar. Entendedlo, hasta entonces, la base era completamente inutilizable durante la estación de las tormentas, que dura el ochenta por ciento del período de revolución de Titán en torno a Saturno. Durante las terribles nevadas, no puedes encontrar la base ni siquiera aunque estés tan sólo a cien metros de ella. Las brújulas no sirven para nada, puesto que Titán no posee campo magnético.

»La virtud de esos robots MA, sin embargo, era que estaban equipados con vibrodetectores de un nuevo diseño, de modo que podían trazar una línea recta hasta la base a través de cualquier cosa, y eso significaba que los trabajos de minería podían proseguir durante todo el período de revolución. Y no digas una palabra, Mac. Los vibrodetectores fueron retirados también del mercado, y es por eso por lo que ninguno de vosotros ha oído hablar de ellos. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 27 de junio de 2026

"ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ (XIV)". Un poema de César Vallejo

Niños del mundo,
si cae España —digo, es un decir—
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae —digo, es un decir— si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!…

Cesar Vallejo

miércoles, 24 de junio de 2026

"¿NOS DEFINEN LOS LIBROS QUE LEEMOS?: LA IDENTIDAD LECTORA Y LA IDENTIDAD PERSONAL". Alberto Escalante Varona (Universidad de La Rioja), Theconversation.com

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?
Dos identidades

Entonces, ¿"somos lo que leemos"? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?
El autor no es nadie sin el receptor

A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido

del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora

Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto. Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.

domingo, 21 de junio de 2026

"EL SECRETO DEL BARRANCO DE MACARGER". Un cuento de Ambrose Bierce

Al noroeste de Indian Hill, a unas nueve millas en línea recta, se encuentra el barranco de Macarger. No tiene mucho de barranco, pues se trata de una mera depresión entre dos sierras boscosas de una altura considerable. Desde la boca hasta la cabecera, porque los barrancos, como los ríos, tienen una anatomía propia, la distancia no es superior a las dos millas, y la anchura en el fondo sólo rebasa en un punto las doce yardas; durante la mayor parte del recorrido, a ambos lados del pequeño arroyo que fluye por él en invierno y se seca al llegar la primavera, no hay terreno llano. Las escarpadas laderas de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiso, no tienen otra separación que la de la anchura del curso del río. Nadie, a no ser un ocasional cazador intrépido de los contornos, se aventura a meterse en el barranco de Macarger que, cinco millas más adelante, no se sabe ni qué nombre tiene. En esa zona, y en cualquier dirección, hay muchos más accidentes topográficos notables que no tienen nombre y resultaría vano intentar descubrir, preguntando a los lugareños, el origen del nombre de éste.

A medio camino entre la cabecera y la desembocadura del barranco de Macarger, la colina de la derecha según se asciende está surcada por otro barranco, corto y seco, y donde ambos se unen hay un espacio llano de unos dos o tres acres, en el que hace unos cuantos años había un viejo albergue con una sola habitación. Cómo habían sido reunidos los materiales de aquella casa, pocos y simples como eran, en aquel lugar casi inaccesible, es un enigma en cuya solución habría más de satisfacción que de beneficio. Posiblemente el lecho del arroyo sea un camino en desuso. Es seguro que el barranco fue explorado en otra época con bastante minuciosidad por mineros, que debieron de conocer algún medio de entrar, al menos, con animales de carga para transportar las herramientas y los víveres. Al parecer, sus beneficios no fueron suficientes para justificar una inversión considerable y enlazar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado que disfrutara del honor de tener un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí; la mayor parte de ella. Le faltaba la puerta y el marco de una ventana, y la chimenea de barro y piedras se había convertido en un rimero desagradable sobre el que crecía una espesa maleza. El humilde mobiliario que pudiera haber habido y la mayor parte de la baja techumbre de madera había servido como combustible en los fuegos de campamento de los cazadores; cosa que también debió de ocurrirle a la cubierta del viejo pozo que, en la época de la que escribo, se abría allí bajo la forma de un hoyo cercano, no muy profundo pero bastante ancho.