viernes, 7 de agosto de 2026

"ÍTACA". Un poema de Francisca Aguirre

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.
Francisca Aguirre

jueves, 6 de agosto de 2026

"LA LECTURA COMO REBELIÓN". Juan Gabriel Vásquez El País

Me pregunto si no habrá una relación entre la expulsión de la literatura y el deterioro de nuestras democracias
 
Durante dos meses con algunos días, de finales de febrero a comienzos de mayo, di dos cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Sciences Po, en París. Terminadas las clases, la universidad me pidió que hiciera una breve reflexión pública sobre esa actividad que me sigue pareciendo todo menos normal: la de asistir, a través de las palabras de los otros, al misterio de vidas inventadas.

La petición no me sorprendió, pues recientemente me he dado cuenta de que la misma pregunta que llevo décadas haciéndome —¿por qué leemos ficción?— agobia a muchos por estos días: profesores, gestores culturales, políticos buenos y no tan buenos. En el mundo en que me muevo, la única pregunta más frecuente es la que nos estamos haciendo sobre la salud de nuestras democracias. Y, como yo creo a veces que el lugar de la lectura en nuestras sociedades está cambiando drásticamente, como creo a veces que la lectura de ficción exige de nosotros cosas que ya no estamos dispuestos a darle, como creo a veces que asistimos hoy al cierre de toda una forma de entender el mundo que nació hace cuatro o cinco siglos con cuatro o cinco libros que hoy llamamos novelas, también me pregunto si no habrá una relación entre la lenta expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia y el deterioro de nuestras democracias: de nuestra conversación ciudadana, nuestra vida política y todo aquello de lo que hablamos cuando hablamos de libertad.

Me explico. El lector de ficciones, tal como yo lo entiendo, es un constante insatisfecho. Esta insatisfacción es íntima, pero es también profundamente política. Es íntima porque detrás del vicio de la lectura hay una razón que todo lector serio reconoce desde sus comienzos: la frustración que nos causa tener una sola vida, en el sentido de que la vida se acabe —salvo que uno tenga las consolaciones de la fe, que no es mi caso— con la muerte biológica; pero también por tener una sola vida en el sentido de estar fatalmente encerrados en una sola identidad. Para bien o para mal, algunos no nos resignamos a esta camisa de fuerza; nuestra sed de experiencia, nuestra curiosidad inagotable por lo que son los otros, no se apaga en el curso tacaño de una sola vida: queremos tener más vidas, ser otras personas, y la ficción es, como decía George Eliot, the nearest thing to life, lo más cercano a la vida. No asesinamos como Raskolnikov ni tenemos que lidiar después con la culpa; pero casi. No morimos con el gusto del arsénico en la lengua, como Madame Bovary; pero casi. Y en ese casi se juega todo. Lo que tiene lugar en ese casi es un ensanchamiento de nuestra noción de lo humano, un descubrimiento persistente de todo lo que el ser humano puede contener, de la diversidad vertiginosa y a veces aterradora de lo que somos: lo que somos capaces de pensar y lo que somos capaces de hacer. Los lectores de ficción nos asomamos a los recodos más siniestros de los otros; y, si no nos llenamos de espanto, es porque la lectura nos ha enseñado que en nosotros existen también esos recodos siniestros.

Y la insatisfacción es política porque el lector de ficciones es un rebelde y un disidente, siempre consciente —a veces de maneras dolorosas— de que los ciudadanos vivimos a merced de potentes fuerzas narrativas: fuerzas que son políticas, sí, pero también religiosas o tecnológicas o una mezcla de las tres, y que intentan siempre imponernos su versión de nuestro pasado y nuestro presente de manera que nos puedan conducir hacia su versión preferida de futuro. La literatura es incómoda porque crea disonancias en las verdades oficiales, rompe la unanimidad y provoca grietas en el conformismo, y eso resulta con frecuencia intolerable para los poderes que controlan nuestras sociedades. En otras palabras: si el poder político es la capacidad de imponer un relato a una sociedad en un momento dado, la ficción, que es amoral y revoltosa, que tiene la mala costumbre de proponer otro relato o de cuestionar los valores del relato ortodoxo, acaba siempre por abrir espacios que sólo puedo llamar de resistencia. Y esto es en nuestros días más importante que nunca, pues asistimos, de unos años para acá, a nuevo tipo de autoritarismo que amenaza nuestras libertades de maneras imprevisibles, un autoritarismo difícil de ver y por lo tanto de combatir, pero extremadamente peligroso.

Ustedes imaginan ya a qué me refiero. El éxito económico de las plataformas tecnológicas se basa en su capacidad para secuestrar la atención del usuario y no soltarla, y para ello mienten, manipulan, explotan el odio y el resentimiento y el miedo, todo mediante mecanismos que se inspiran deliberadamente de la ludopatía o la adicción a las drogas. Pues bien, la atención que requiere la lectura de una novela y las condiciones en las que leemos (silencio, lentitud, concentración, la terca voluntad de imaginar al otro) encajan mal con las características dominantes de las nuevas tecnologías: el ruido, la rapidez, la atención fragmentada, la desconfianza narcisista en lo que el otro representa. En el mundo de las nuevas tecnologías, los valores de la lectura de ficción no son sólo rebeldes: son subversivos. En este mundo que nos pide reducir al otro a su identidad fabricada por algoritmos, es subversivo dedicar 20 horas a penetrar hasta los pliegues más profundos de su conciencia; en este mundo que juzga y condena con tanto entusiasmo en los tribunales digitales, es subversivo el intento por comprender las acciones de otro hasta sus últimas ambigüedades, hasta sus últimas contradicciones. A propósito de esto recuerdo a menudo a Milan Kundera cuando habla de la novela como “territorio donde se suspende el juicio moral”. La moral de la novela, dice Kundera, se opone a “la indestructible práctica humana de juzgar de inmediato, sin cesar y a todo al mundo”. El ensayo se escribió en 1993, pero no he encontrado en estos 20 años una mejor definición de lo que son las redes sociales.

Decía Theodor Adorno que el fascismo surge cuando hay una falta de introspección. Dicho de otro modo: es mucho más difícil para un movimiento autoritario seducir a una persona que mira hacia adentro. Pues bien, las nuevas plataformas pretenden privarnos incluso de nuestra vida interior, colonizar nuestra conciencia las 24 horas del día y, por esa vía, avanzar en el proyecto político más pernicioso de nuestro tiempo: el control total del ciudadano, su vigilancia constante y su reducción a una media-voluntad crédula, dependiente, engañada y desorientada, incapaz de distinguir la verdad de la mentira e infinitamente vulnerable a las manipulaciones más grotescas. Contra este proyecto, que tiene el apoyo sin resquicios de fuerzas políticas muy poderosas, ¿qué podemos hacer los individuos?

Como mínimo, conservar la soberanía sobre nuestra atención, que es el patrimonio más precioso del que disponemos: tan precioso, que todos los días se invierten millones de dólares en el intento por dominarla. Leer un libro sin que el libro nos lea a nosotros: he aquí un pequeño —y enorme— acto de resistencia. En esta guerra que se libra por dominar la conciencia de los ciudadanos, en esta guerra invisible que tantos menosprecian o desdeñan porque no ocurre en ninguna parte y no parece tener víctimas, un lector de novelas de papel ejerce un mínimo acto de libertad que también es un acto de insumisión y aun de rebeldía: es, como quería Camus, un hombre que dice no. Y yo creo que nuestras democracias lo necesitan más que nunca.

domingo, 2 de agosto de 2026

"LA PRUEBA DE AMOR". Un cuento de Mary Sheelly

Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.

Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.

Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.

Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 1 de agosto de 2026

"CUESTA DE ATOCHA". Un poema de Joan Margarit

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

jueves, 30 de julio de 2026

"DERECHOS DE LAS ADOLESCENTES Y MIEDO AL DISCURSO XENÓFOBO: EL DEBATE QUE DIVIDE EL RAVAL (BARCELONA). Bábara Ayuso, El País

Lluís Morales y Cristina Baldoví, de la asociación Per elles,
en Barcelona
La denuncia de los educadores sobre las restricciones que sufren las adolescentes de origen migrante ha abierto un debate sobre cómo proteger sus derechos sin estigmatizarlas

“Si algún día estoy sola te llamo por teléfono, pero casi nunca lo estoy”, escribe Riya, y borra el Whatsapp. Tiene 17 años, nació en la India y vive en Barcelona desde los tres. No recuerda cuándo empezó a jugar al ping pong con sus compañeros del centro comunitario, pero sí cuando dejó de hacerlo: al venirle la menstruación. “Les dijeron a mis padres que me habían visto jugar con chicos y mi padre dijo que la gente hablaría de mí y me lo prohibió. Mi madre me dejaba, pero al final tuvo que explicarme que es mejor no ir a jugar y ya”, escribe. Y borra. Riya no es su nombre real y Nusrat tampoco se llama Nusrat. Nació en Bangladesh pero se ha criado en las calles del Raval. Cantaba en el coro, tocaba instrumentos, tenía amigos chicos, iba a las colonias del barrio. “Empezó a cambiar cuando llegué a la ESO. Me lo prohibieron todo”, explica, con un hilo de voz al otro lado del teléfono. “Me aislaron. No me dejaban quedar con nadie fuera del instituto y veía cómo mis amigos hacían planes, quedaban por las tardes. En media hora del recreo no te da tiempo a mantener una amistad”. Karima nació en Marruecos y le arrebataron el fútbol al llegar a la pubertad. Hace dos años, su hermano la agredió y la encerró en casa: “Al final, vinieron los Mossos”.

¿Son sus casos representativos de la realidad de las jóvenes de origen migrante en El Raval? ¿Cuántas viven este tipo de situaciones? ¿Les beneficia que se conozcan sus historias o las estigmatiza más? Es un debate complejo, pero en 2023 casos como el de Nusrat, Karima y Riya llamaron la atención de los educadores del Raval, al notar que niñas provenientes de familias originarias Bangladesh, Pakistán y Marruecos desaparecían de las actividades al llegar a la adolescencia. “Solo pueden salir de casa para ir al instituto. En lo que más se nota es en las actividades de piscina, el ratio era de cinco chicas por cada quince chicos”, explica Cristina Baldoví, una de esas educadoras. Llevaron el asunto a la Mesa Joven del Raval, que coordina a las asociaciones y técnicos municipales, y descubrieron que todos tenían casos parecidos. No había datos para dimensionar el problema, así que se pusieron a categorizarlos: “Abrimos un Excel y en menos de un mes teníamos trescientos casos, situaciones que habíamos visto en primera persona”, explica Lluís Morales, psicólogo y educador desde hace veinte años en el Raval. Despliega el documento y en cada celda, una prohibición sin nombre: “Progenitor no deja ir de colonias a su hija, pero sí al hermano mayor”, “Muchacha de 14 años tiene asumido que su familia le elegirá marido a partir de los 18”.

En el documento sí aparece el centro que registra cada caso. “Nos dijeron que era racismo, que era subjetivo, así que en la siguiente reunión de la Mesa se dejaron de anotar, y ya íbamos por novecientos. Pensamos en cómo hacer algo objetivo con lo que estaba pasando, porque miras los registros por género de las actividades y es apabullante la desaparición de las chicas”, explica Morales. Tanto él como Baldoví denuncian “presiones” para que dejaran el tema. Siguieron. El pasado octubre todo cristalizó en Per Elles, un colectivo para luchar contra esta exclusión, y las farolas del barrio amanecieron con carteles que rezaban: “¿Tú también has querido salir con tus amigas o has querido aprender a nadar y tu familia te ha dicho que no? Escríbenos”. A la presentación acudió la escritora Najat El Hachmi, para la que ese Excel era más que un listado de prohibiciones. Eran sus recuerdos: “Lo que están viviendo es muy traumático; yo también lo viví. Mi hermano mellizo podía ir a las colonias y yo no, por ejemplo. Estas chicas viven como en un régimen de libertad vigilada muy estricta”, dice. El Hachmi ahonda en las contradicciones y conflictos de identidad que esto les genera, porque sienten que “el resto de chicas pueden hacer cosas que a ti te prohíben, y te lo lo prohíben a ti por el origen que tienes”.

Precisamente el miedo a la estigmatización de estos colectivos, y el pavor a que las vivencias de estas adolescentes fomenten aún más los discursos xenófobos, ha provocado que la iniciativa de Per elles despierte más que recelos. “Para mí, es como ver una fotografía de un bosque quemado. Tú puedes mirar esos árboles y empezar a hablar de los incendios, pero si abres la panorámica, ves que solo es un trocito de todo el bosque. No es la realidad de todo lo que está pasando”, explica Mercè Amor. Lleva más de dos décadas como integradora y educadora social en el Raval y su labor con mujeres migrantes y refugiadas en Diàlegs de Dona le ha valido la Medalla de honor de Barcelona. “Esos casos son reales, por supuesto que hay chicas que sufren ese control, pero eso es coger todo lo escandaloso de las comunidades y magnificarlo”, denuncia. Amor pone como ejemplo más representativo el proyecto Prometeus, que acompaña a adolescentes a seguir estudiando y acudir a la universidad, en el que dos de cada tres son mujeres, muchas de origen migrante. Chayma Rachdi trabaja en él y comparte con ellas los orígenes de su familia, pero describe su entorno como mucho menos conservador. Y como Amor, considera que los casos de estas chicas no son la norma. Ella misma no vivió esas prohibiciones, pudo estudiar y ahora se dedica también a la divulgación antirracista: “Por supuesto que hay que visibilizar esta problemática porque está afectando a los derechos vulnerados de las niñas, pero sin criminalizar aún más a la comunidad musulmana o las comunidades migrantes”, dice.

Rachdi y Amor coinciden en que las soluciones tienen que venir por mediar con las familias de las adolescentes y hacerlo de forma adecuada. “Hay que intervenir cuando se producen esas situaciones, pero respetando mucho a la familia para que no se cierren en banda. Explicarles que le están haciendo ningún bien a esa niña que le prohíben la natación, y esa mediación la tiene que hacer gente muy preparada”, dice Amor. Detalla varios casos “de éxito” que ha vivido en la asociación. Rachdi, además apunta a la necesidad de que esas intervenciones las realicen profesionales de las propias comunidades: “Muchas personas racializadas no se sienten cómodas en el psicólogo porque consideran que no van a entender su contexto. Por ejemplo, trabajamos en institutos donde hay muchas chicas racializadas de origen diverso, y el hecho de que yo esté en el equipo les ayuda”, explica.

La familia de Nusrat pasó por una mediación hace unos años. Porque después de prohibirle casi cualquier actividad, todo fue a peor. Estaba en 2º de la ESO. “Yo no quería desperdiciar mi juventud e esa forma, yo ansiaba, necesitaba esa libertad. Me rebelaba, así que los abusos dejaron de ser solo psicológicos. Me golpeaban”, cuenta. Ayudada por Cristina, denunció a Servicios Sociales y sus padres empezaron a ir a una trabajadora social semanalmente. “Después todo mejoró bastante. Dejaron de golpearme y empezaron a dejarme salir de casa y quedar con amigas, ir a los casales de verano. No hablábamos de lo que pasaba en esa mediación, pero es verdad que después de las reuniones me sentí bastante aliviada”, explica. Aún así, Nusrat confiesa que sigue sin sentirse “segura” en casa.

Cecilia Eseverri es socióloga y lleva un año haciendo etnografía en el Raval, conoce bien a las familias de estas chicas: “Ese control familiar nace en muchas ocasiones del miedo. Los jóvenes se adaptan naturalmente a Barcelona, adoptan nuevas pautas culturales, pero las madres y los padres quedan aislados en ese proceso. Y lo que perciben es una sociedad sin reglas en cuanto a las relaciones sexuales, la homosexualidad, la transexualidad… No comprenden”. Eseverri ha documentado casos en los que las mediaciones de trabajadores sociales y psicólogos con los padres han logrado revertir el aislamiento de las chicas. “La sociedad de acogida debe también acercarse a ellos. Necesitan mediadores que les traduzcan la realidad. El problema es que en España este tipo de intervención directa en las familias es aún escasa”, dice.

Cuando nació Per elles y las historias de estas chicas salieron a la luz, el Síndic de Greuges abrió una investigación de oficio hace nueve meses, pero a preguntas de este diario explican que aún están recopilando datos y no prevén tener una solución “en breve”. El Ayuntamiento apunta a la dificultad de dimensionar cuántas adolescentes se encuentran en esta situación para realizar una evaluación. “Todo está en una parálisis, no hay voluntad política de hacer nada. Y mientras se discute si esto fomenta más los discursos de la ultraderecha, las chicas siguen desapareciendo de las actividades”, denuncia Lluis Morales. Todo está igual que cuando Nusrat jugaba al ping pong, Karima al fútbol y Riya cantaba en el coro. Pero ya no juegan.

miércoles, 29 de julio de 2026

"VENDRÁN LAS LLUVIAS SUAVES". Un cuento de Raid Bradbury

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. 

Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevó a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón. CONTINUAR LEYENDO

martes, 28 de julio de 2026

"ORACIÓN". Un poema de Luis García Montero contra la guerra (de Irak)


A vosotros,
que cortáis la manzana de la muerte
con el anonimato de las guerras,
os pido caridad.

Por un Dios en el que jamás he creído.
Por una Justicia de la que desconfío.
Por el orden de un Mundo que no respeto.

Para que renunciéis a vuestra guerra,
yo renuncio a mis dudas,
que son parte de mí como la luz amarga
es parte del otoño.

Y digo Dios, Justicia, Mundo,

y os pido caridad,
y os lo suplico.