lunes, 27 de julio de 2026

"UNA PAELLA EN CHINA". Antonio Muñoz Molina, El País

Nos buscamos a nosotros mismos en las figuras del pasado cuando es la distancia que tenemos con ellos la que nos enseña

La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

¿Es más tolerable un pasado horrendo si se borran de él las palabras infames que se aceptaban con la misma naturalidad que la esclavitud o la extrema segregación? La novela que según Ernest Hemingway era la cima de la literatura americana, Huckleberry Finn, es un retrato del racismo en el que la que en Estados Unidos llaman “the N*** word”, nigger, aparece casi en cada página. La dice el narrador en primera persona, el propio Huck; la dice su padre cruento y borracho, y todos los demás personajes, bondadosos o despreciables; la dice también Jim, el esclavo fugitivo a quien Huck ayuda a escapar. La usaba con frecuencia el autor de la novela, Mark Twain, otro ejemplo de esos autores que cometieron el error de pertenecer a su propia época, y no a la nuestra, aunque hiciera algunos esfuerzos meritorios. Antes que el cónsul Roger Casement, y que Joseph Conrad, Twain denunció el genocidio colonial del rey Leopoldo de Bélgica en el Congo, lo cual sería un síntoma de que aun perteneciendo al vago pasado censurable, tenía algún atisbo de nuestra superioridad moral contemporánea. Pero, desdichadamente, sus opiniones sobre los africanos eran de abierta condescendencia, y en su retrato del esclavo Jim hay bastante de la parodia benévola de La cabaña del tío Tom. Así que una de dos: o corregimos las obras de Twain, de modo que pueda pasar la exigente aduana del tiempo presente, o lo dejamos para siempre en el vertedero inmenso del pasado. También queda la posibilidad de convertirlo en un pintoresco contemporáneo o compatriota nuestro, haciéndolo protagonista de una serie de ficción histórica en la que, conservando su bigotazo y su traje blanco de finales del XIX, utilice palabras como “Black” o “African American” y exprese opiniones avanzadas sobre los derechos civiles, la emancipación de las mujeres, el matrimonio igualitario, la separación de la basura en contenedores diferentes.

Lo inaceptable de toda esta gente del pasado —el de hace un siglo, o hace milenios— es que no sea como nosotros. Ponemos nuestra mejor voluntad en comprenderlos, en una tarea casi de piedad retrospectiva, en resaltar méritos o hallazgos que de algún modo los hacen dignos de ser nuestros predecesores, pero no hay manera. Teletransportamos a Caravaggio queriendo hacerlo uno de los nuestros, y en los periódicos se escriben titulares que lo califican, por ejemplo, del Pasolini o el Mapplethorpe del siglo XVII: pero luego resulta que este presunto bohemio radical y pintor insuperable de los cuerpos masculinos desnudos es sobre todo un maestro de la representación humanizada de las escenas evangélicas, y un creyente literal en el pecado y en la redención, en el cielo y en el infierno, en la compasión cristiana como único remedio contra el espanto de la crueldad.

En nuestro presente, un artista ha de ser transgresor, a pesar de la dificultad de seguir transgrediendo después de más de un siglo de promoción oficial y académica de esa tarea. Caravaggio es nuestro en la medida en que parece que fue gay y homicida: que cometiera el error, tan habitual en la gente del pasado, de ser un creyente angustiado por el temor a las llamas nada simbólicas del infierno, es todo un contratiempo, porque nosotros no sabemos imaginar una conciencia artística empapada de fe religiosa; tampoco comprendemos que un pintor de principios del siglo XVII no tenía nada que ver con esa idea romántica, solitaria y genialoide del artista que se impuso a lo largo del siglo XIX, y llegó a sus extremos más bien paródicos en figuras y figurones del XX, y de lo que va del XXI.

“El presente puede ser muy arrogante”, le dice Alejandro Vergara a Javier Rodríguez Marcos en El País Semanal, en una entrevista que uno imagina muy conversada y caminada por las salas del Prado. Alejandro Vergara es uno de esos expertos supremos en un campo del saber que cultivan un conocimiento sin sombra de pedantería ni de jerga, y una abierta disposición de entusiasmo tan afilada como su sentido crítico, y como su sensibilidad puramente estética. Como Rodríguez Marcos, yo he tenido el privilegio de acompañar a Vergara por su reino encantado del museo, y de aprender observando lo que él indicaba, con la sensación de no haberlo visto hasta entonces, y también con la tranquilidad de no ser apabullado por una erudición que no se recrea en sí misma, sino que establece una comunidad cordial entre quien explica y quien aprende.

Como su especialidad mayor es la obra de Rubens, Vergara no sufre la menor tentación de inventar una contemporaneidad tramposa. A El Bosco se le puede justificar con el dudoso mérito de haberse anticipado al surrealismo; a Goya siempre lo tenemos a mano como predecesor de los fotógrafos de guerra y de la pintura expresionista. La quietud contemplativa de algunas obras de Velázquez nos puede recordar a Hopper; un ascético bodegón de Sánchez Cotán se aproxima a Morandi. A Rubens no hay manera de sacarlo del siglo XVII: como máximo, y a través de su influencia sobre Delacroix, lo podemos trasladar al romanticismo historicista y desmelenado del XIX. Lo que seduce a Alejandro Vergara del arte del pasado es justo lo que lo vuelve inaceptable para la pereza mental contemporánea: su distancia hacia nosotros; la diferencia radical entre aquel mundo y el nuestro, entre el modo en que miraron los cuadros las personas para las que fueron pintados y las miradas del porvenir. Dice Vergara: “Uno de los valores del pasado es que no está cerca de nosotros”. Su familiaridad con Rubens es justo lo que le permite apreciar el abismo social que los habría separado. Rubens era un trepador social empeñado en ganar el reconocimiento de aquellos poderosos para los que trabajaba, como pintor y como diplomático, sabiendo que su oficio manual era una lacra insalvable. Habiéndole dedicado una parte grande de su vida, Vergara sabe que Rubens habría despreciado a una persona como él, y ni lo habría visto, le habría lanzado una moneda desdeñosa. La lejanía temporal, como los viajes a países extranjeros, es una escuela en el aprendizaje de la variedad humana, y en la percepción del misterioso fondo común que nos vuelve inteligibles los unos a los otros, gracias a las artes y al estudio de la historia, a lo largo de los siglos. Ir al pasado en busca de los valores del presente, dice Vergara, “es como viajar a China buscando un restaurante español”. Uno se pregunta qué verán en los cuadros del Museo del Prado esos turistas que vienen del otro lado del mundo en busca de un Starbucks, un McDonald’s, un Domino’s Pizza, un Burger King, un Taco Bell, idénticos a los que disfrutarían sin moverse agotadoramente hasta nuestra esquina tórrida de Europa.

sábado, 25 de julio de 2026

"UNA HISTORIA SIN FINAL". Un cuento de Mark Twain.

Teníamos un juego en el barco que era un buen pasatiempo; por lo general sucedía en la noche, en la sala de fumadores, cuando los hombres se desprendían de la monotonía y el aburrimiento de la jornada. Se trataba de completar historias incompletas. Es decir, alguno contaba una historia completa a excepción del final, y entonces los otros trataban de ofrecer un final según su propia invención. Cuando todos habían tenido su oportunidad, el que había presentado la historia revelaba el desenlace original y cada cual daba su opinión. Algunas veces, los nuevos finales resultaban ser mejores que el original. Pero la historia que exigió el más persistente, resuelto y ambicioso esfuerzo fue una que no tenía final, de tal forma que no había nada con qué comparar los desenlaces recién inventados. Aquel que la contó declaró que podía ofrecer todos los detalles sólo hasta cierto punto, pues eso era todo lo que sabía de la historia. La había leído en un volumen de relatos breves hacía veinticinco años, y lo habían interrumpido antes de llegar al final. Le daría cincuenta dólares a cualquiera que pudiera terminar la historia a satisfacción de un jurado elegido por nosotros mismos. Nombramos el jurado y forcejeamos con la trama. Inventamos múltiples finales, pero el jurado los rechazó todos. El jurado tenía razón. Se trataba de una historia cuyo autor tal vez habría podido completar satisfactoriamente, y si en realidad contó con esa buena fortuna me hubiera gustado conocer cuál fue el final. Cualquiera se dará cuenta que la fuerza de la historia radica en su núcleo, y que aparentemente no hay forma de transferir esa fuerza a la conclusión, donde por supuesto debería estar. En esencia, la historia era como sigue:

John Brown, de treinta y un años, bondadoso, gentil, sugestionable y tímido, vivía en un tranquilo pueblo de Missouri. Era superintendente de la escuela dominical presbiteriana. Se trataba de una humilde distinción; aún así, era la única distinción oficial que tenía, se sentía modestamente orgulloso de ella y se entregaba con devoción a su trabajo y sus intereses. Todos reconocían la extrema bondad de su carácter; de hech o, la gente afirmaba que estaba hecho de buenas intenciones y modestia, que siempre se podía contar con su ayuda cuando resultaba necesario, y también con su modestia, tanto si se necesitaba como si no.

Mary Taylor, de veintitrés años, humilde, dulce, agradable y hermosa tanto por su carácter como por su físico, significaba todo para él. Y él también lo era casi todo para ella. Ella se mostraba vacilante, las esperanzas de él eran altas. La madre de ella se había opuesto desde el principio. Pero ella, también, vacilaba; él podía darse cuenta. La había conmovido el interés afectuoso que él mostró por dos protegidas que ella tenía y por las contribuciones que él había hecho para su sustento. Eran dos hermanas desamparadas y ancianas que vivían en una cabaña de troncos, en un rincón solitario cerca de un cruce de caminos a unas cuatro millas de la granja de la señora Taylor. Una de las hermanas estaba loca, y algunas veces era un poco violenta, aunque no muy a menudo.

Pareció por fin que el tiempo se mostraba propicio para un avance definitivo, y Brown hizo acopio de valor para llevarlo a cabo. Llevaría una contribución el doble de lo usual y se ganaría a la madre; con su oposición anulada, el resto de la conquista sería segura y rápida. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 24 de julio de 2026

Diario de la Educación. Leer en voz alta, herramienta para el fomento de la lectura Mejora el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras. Pero también, y fundamentalmente, actúa en aspectos emocionales relacionados con los libros.

Daniel Pennac ya lo decía en su libro Como una novela. Describía muchos momentos en los que la lectura en voz alta, sobre todo con adolescentes, se convertía en un ritual que podían desarrollar las familias, para aumentar su interés por la lectura, por los libros.

Desde el sistema educativo, también desde las familias, se enseña a las criaturas a leer, y cuando han adquirido los rudimentos más básicos de esta difícil tarea, se les deja a su suerte. Ya no se les lee en voz alta porque ya saben leer. La lectura pasa de ser algo que se comparte en grupo, en familia, en un entorno cálido, a convertirse, en exclusiva, en algo privado.

Pero siempre hay excepciones. Son muchas las asociaciones y grupos de personas las que dedican esfuerzos a la lectura en voz alta.

Una de estas entidades está en Granada y se llama Entrelibros. Es una asociación presidida por Juan Mata, en colaboración con Andrea Villarrubia, la vicepresidenta. Contactamos con los dos vía correo para hablar de la importancia de la lectura en voz alta.

“La lectura en voz alta en los primeros años de vida tiene consecuencias emocionales y cognitivas de extraordinaria importancia”, aseguran. En primer lugar, es el primer acercamiento que tienen niñas y niños a los libros, a través de sus familias, cuando les leen cuentos. También en las escuelas infantiles. Esto hace que las criaturas entiendan “ la lectura como una demostración de cariño y protección”.

“Pero, continúan, además de los aspectos emocionales, de los momentos de intimidad y afecto que se crean entre quienes leen y escuchan, la lectura en voz alta también tiene que ver con aspectos cognitivos, como el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras…”.

La lectura en voz alta, en cualquier caso, no solo tiene importantes consecuencias en los primeros años de vida; también más adelante. Aunque diferentes, claro. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de julio de 2026

"COMO UNA GUERRA". Andrés Sobico y Paula Adamo. Ediciones de la Terraza, 2022. Argentina. LIBRE DESCARGA

"Dedicado a todos esos chicos que estuvieron y a los que, de alguna manera, aún están allá». Con esta dedicatoria entramos a Como una guerra, lo que plantea ya una idea de continuidad que es central en la propuesta del álbum y lo mantiene vigente. Y tanto como para hacer (y valorar y difundir) esta nueva edición, de libre descarga, diez años después de la original con Ediciones Del Eclipse.

Dos niños hablan de una guerra. ¿O son dos? Una la imaginan en blanco y negro y tras la pantalla, como para ver en el cine o leer en un libro. La otra la contó el tío de uno de los niños y no parece de mentiras, pero debe serlo porque suena igualita a la otra, la de las pantallas. ¿Cuál será la original y cuál el reflejo? «Me dijo que había humo y niebla y hielo por todos lados, que no se veía nada, que a él le pegó una bala de refilón en el casco, que por suerte no se agujereó, que si no, no contaba el cuento». ¿El tío, contará la verdad?


miércoles, 22 de julio de 2026

"EL ARTE". Un poema de Elizabeth Bishop

El arte de perder no es difícil adquirirlo.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse, que su pérdida no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta 
el tumulto
de llaves de puertas perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es 
difícil adquirirlo.

Practica entonces perder más aún, 
y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se 
suponía
que viajarías. Nada de esto será 
un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- 
la última, o
penúltima de tres casas que amaba 
se fue.
El arte de perder no es difícil 
adquirirlo.

Perdí dos ciudades, ambas 
adorables. Y, más ampliamente,
algunos sitios de los que era dueña, 
dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue 
un desastre.

-Hasta al perderte a ti (la voz 
bromista, un gesto
de amor) no habré mentido. Es 
evidente que
el arte de perder no es 
demasiado difícil de adquirir
aunque parezca por momentos 
(¡Escríbelo!) un desastre.

martes, 21 de julio de 2026

"LA ESCUELA DONDE LA CONFIANZA CAMBIÓ LAS REGLAS". Nacho Meneses, El País

Una madre inmigrante y su hijo durante una actividad de lectura en familia,
en el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza
El CEIP Ramiro Solans, Premio Escuela del Año 2024, transformó un antiguo colegio gueto después de cambiar una pregunta: dejó de decir a las familias qué necesitaban y empezó a preguntarles qué podía hacer por ellas

En el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza resulta difícil saber dónde termina la escuela y dónde empieza la comunidad. Mientras los niños entran en clase, varias madres magrebíes cruzan el patio para asistir a las clases de español. En otra sala, un grupo de profesoras jubiladas prepara el material con el que enseñan a leer y escribir a mujeres que nunca tuvieron esa oportunidad, ni siquiera en su país ni en su propio idioma. Y unas puertas más allá, las integrantes de Hilvana, el taller de costura alojado en el centro, empiezan la jornada alrededor de sus máquinas de coser. Todo sucede al mismo tiempo y nada parece ajeno a la vida del colegio.

En una de las aulas de Primero, madres y padres comparten una sesión de lectura con sus hijos. Mientras la actividad continúa, Diego Escartín, tutor del curso, señala discretamente a uno de los pocos hombres en el aula. Es el padre de Fátima, de Gambia. Trabaja de noche y, antes incluso de irse a dormir, ha pasado por el colegio para participar en esta actividad con su hija. “Se trata de compartir espacio de aula con las familias y que entren en el aula, que para nosotros es algo fundamental. Aquí ese vínculo es muy importante porque esa confianza es la que ha conseguido que entiendan cada vez más la importancia de la educación para sus hijos e hijas”, explica.

Ese modo de entender la escuela es, precisamente, el que ha llevado al Ramiro Solans a recibir el Premio Escuela del Año 2024 de la Fundación Princesa de Girona. El reconocimiento distingue una transformación educativa y social que ha convertido a un antiguo colegio gueto en un referente para la escuela pública. Pero recorrer sus pasillos durante una mañana invita a pensar que el verdadero cambio no empezó en las aulas, sino en la relación que el centro fue capaz de construir con las familias y con un barrio que durante demasiado tiempo vivió de espaldas a la escuela.

Hace dos décadas, las cifras contaban otra historia. Cuando Rosa Llorente, hoy directora, llegó al Ramiro Solans como orientadora, el fracaso escolar rondaba el 95 %, y los niños, mayoritariamente de etnia gitana, procedían de entornos donde nadie estaba incorporado al mundo laboral: vivían principalmente de las ayudas que recibían, de la recogida de chatarra y de la venta ambulante. Dos décadas después, el colegio acredita tasas de éxito educativo de entre el 70 y el 80 %, el absentismo ha caído del 40 al 4 % y la conflictividad se ha reducido del 45 al 3 %: “Lo fácil era resignarse y buscar justificaciones en el contexto”, recuerda. “Pero nosotros aprendimos a elevar expectativas, a soñar en grande y a creer que era posible”. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 19 de julio de 2026

"EL CASO DEL BOULEVARD BEAUMARCHAIS". Georges Simenon

A las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del abrigo subido, comían un bocadillo.

—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.

Al fondo del vasto pasillo, Martin, en lugar de coger la escalera, empujó una puerta de cristales. Como en todos los locales de la Policía Judicial, la luz estaba mezquinamente distribuida. En medio de esta estancia, que era la antesala de la dirección, se daba aires de superioridad un enorme canapé redondo forrado de terciopelo rojo.

Un hombre estaba sentado en él, con abrigo, con el sombrero en la cabeza. A algunos pasos, dos inspectores, de pie, fumaban cigarrillos, mientras que el viejo ujier cenaba en su jaula de cristal.
Martin llenaba su pipa. En un cuarto de hora estaría en su casa, cenando en familia.

Distraídamente acababa de echar una ojeada hacia aquel lado, porque desde hacía dos días no se hablaba de otra cosa.

—¿Qué tal? —preguntó a media voz a uno de los inspectores.

Y este, suspirando, señaló la segunda puerta, la del despacho de Maigret.

—¿Con quién está?

—Sigue con la cuñada…

El hombre, que oía cuchichear, alzó lentamente la cabeza y lanzó a sus compañeros una mirada triste en la que había como un reproche. Era un personaje delgado, de mala apariencia, de unos cuarenta años, tal vez algo menos, de ojos muy ojerosos, de bigotito moreno.

—Está ahí desde la mañana… —susurró el inspector a Martin.

En aquel momento la puerta de Maigret se abrió. El comisario apareció y, como no cerró tras de sí, se vio el despacho lleno de humo y, en un sillón verde, la silueta de una muy joven mujer rubia.

—¡Lucas!… —llamó Maigret buscándolo con los ojos como alguien que no ve el asunto muy claro—. Corre a traerme unos bocadillos… Pasa por la cervecería y haz que suban unos medios…

Martin aprovechó para estrechar la mano de su colega.

—¿Marcha eso?

Y Maigret, congestionado, presentaba unos ojos brillantes. Se hubiera jurado que hubiese dado cualquier cosa por una bocanada de aire fresco.

—Escucha —murmuró bajando la voz—. Te voy a decir algo bueno… Si no acabo esta noche con esta investigación, abandono… No lo comprendes, ¿verdad?… Pues bien, no puedo vivir más tiempo ahí dentro…

El hombre del canapé, que no podía oír sus palabras, esperaba, temblando, pero el comisario volvió a entrar en su despacho, la puerta se cerró, Martin se alejó, mientras la aguja del reloj avanzaba un nuevo minuto y llegaban hasta allí las voces de los periodistas. CONTINUAR LEYENDO