viernes, 30 de octubre de 2026

"A IMAGEN Y SEMEJANZA". Un cuento de Mario Benedetti.

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

 FIN

jueves, 29 de octubre de 2026

"TRANSFORMACIÓN" Un poema de Adam Zagajewski

No he escrito un solo poema
en meses.
He vivido humildemente, leyendo el diario,
reflexionando sobre el enigma del poder
y los motivos para la obediencia.
He visto puestas de sol
(carmesí, ansiosa),
he escuchado a los pájaros volverse silentes
y al mutismo de la noche.
He visto girasoles balanceando
sus cabezas al atardecer, como si un verdugo descuidado
hubiera salido a caminar por los jardines.
El dulce polvo de septiembre reunido
en las ventanas y lagartijas
escondidas en los dobleces del muro.
He dado grandes caminatas
anhelando una cosa solamente,
luz,
transformación:
tú.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL RENCOR Y LA SOBERBIA". Luis García Montero, infoLibre.es

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo

Los buenos poetas aprenden que para escribir conviene conocer el carácter de las palabras. Así es, porque las palabras son seres vivos que se mueven por la realidad sin someterse a un significado establecido. Van de un sitio para otro. No se debe nunca, desde luego, olvidar el significado original de las palabras. Al utilizarlas, nombramos el mar, el amor, la tierra, la salud, la escuela, los hijos, los abuelos, el trabajo, el día o la noche…, y en ese ámbito humano podemos entendernos para caminar por las orillas, abrir la ventana, comprender el estado de la luz y cuidar a la familia. Pero a la hora de escribir también resulta necesario elegir con cuidado el uso de las palabras, meditar sobre lo que resulta oportuno elegir o borrar, los matices y las prisas, porque las palabras son seres vivos y pueden enfermar, podemos enfermar, en el interior de la conciencia.

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo. Quizá no resulta pertinente utilizarla en esta ocasión, pero el deseo insiste, se enfada, grita, aquí estoy yo, nos recuerda lo importante que fue en otros poemas, el papel que jugó, el valor que tiene, su convencimiento de ser indispensable en la retórica de la vida y en las relaciones nacionales o internacionales del vocabulario. Así que la palabra deseo se pone insoportable y exige estar, porque necesita ser, y quiere ser para estar y estar para ser. Nada más y nada menos. Muy rencorosa la palabra deseo si uno piensa que en este momento ya no hace falta contar con ella.

Pero otras veces el problema no es el rencor. Algunos desplazamientos internos son significativos porque las sílabas se desnudan para hacer presente su soberbia. Debajo de los rencores suelen esconderse las soberbias. Uno dice que está bien, que ya vale, que va a utilizar la palabra deseo y le busca cabida en el poema para mantener un diálogo sensato entre la realidad y el deseo. Pero entonces el deseo se crece, pasa del orgullo a la soberbia y se pone a mirar desde las alturas a todos los verbos y a todas las adjetivaciones, da codazos a cualquier sustantivo, salta por los complementos directos hacia los complementos indirectos. Acaba por imponerse como la única palabra, yo y el deseo, yo y nada más, en un ejercicio de extrema soberbia.

La escritura del poema siente así el terremoto de las soberbias y los rencores, las palabras pierden su sentido original. Puede desaparecer la intención original de la escritura, por ejemplo, la mirada sobre un mundo habitado por abuelas, amantes, padre e hijos, gente que necesita amarse, cuidarse, defender la educación y la salud, los derechos laborales y la dignidad personal. Entonces parece necesario llegar a un acuerdo, cuidar los significados originales y la intención primera de los versos, pedirle a la palabra deseo que tenga en cuenta el contexto, que no se pase, que no sacrifique a sus rencores y a su soberbia el contenido original de la escritura, esa escritura que nos permite habitar una casa digna y repartir de manera justa las propiedades.

Resulta lastimoso el fracaso de las palabras que se convierten en enemigas de su significado original. En vez de ampliar matices, llegar a acuerdos amplios, se llega a confundir el amor con el odio, la ilusión con el desprecio y el compromiso con los infiernos egoístas. Escribir exige entonces una voluntad amplia y una frente activa para saber elegir. No sólo defenderse de los enemigos externos, sino también de los rencores y las soberbias de los falsos amigos que acaban aliándose con el bando contrario. Corregir es un ejercicio imprescindible en la escritura, aprender a borrar, comprender lo que sobra. Sólo así se consigue defender el sentido original de las ilusiones.

martes, 27 de octubre de 2026

"EL ESPEJO Y LA MÁSCARA". Un cuento de Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 26 de octubre de 2026

"EL CORAZÓN QUE RÍE". Un poema de Charles Bukowski

tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas

hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la oscuridad

mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas

no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá

tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas

tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en ti.

domingo, 25 de octubre de 2026

"PUERTAS CERRADAS, PUERTAS ABIERTAS". Andrea Marcolongo, El País

MIKEL JASO
La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros

Desde el primero de septiembre, cada mañana atravieso la plaza del Panteón y bajo hacia el Sena, en dirección al bulevar Saint-Michel, acompañando a mi hija de tres años a la escuela. Ella va en su pequeña bici; a veces viene también el perro. Acaba de empezar la educación infantil. Está descubriendo un lugar donde aprende cosas que por la tarde me contará orgullosa, como quien trae en los bolsillos un tesoro. Pasamos junto a Henri-IV y Louis-le-Grand, los liceos más prestigiosos de París. Desde antes de que naciera, sueño con que algún día pueda estudiar allí.

Hace unas semanas que nuestro camino atraviesa las concentraciones de los alumnos que se movilizan en Francia. Mi hija ha descubierto que los mayores pueden reunirse delante de una escuela, levantar pancartas, ocupar una calle y cantar Bella ciao. A sus ojos, aquello se parece a una fiesta. Avanza haciendo eses entre los estudiantes: para llegar a su aula hay que atravesar las voces de quienes han salido de las suyas.

En este otoño de 2026 contemplo así una escena que no consigo olvidar: una niña al principio de su escolaridad pasa junto a jóvenes que se acercan al final de la enseñanza secundaria. Para ella se abre la infancia; para ellos, la vida adulta. Los reúne la escuela pública.

Apenas unos metros separan esas edades. Entre ellas caben los años necesarios para aprender a leer y después a interpretar, levantar la mano para pedir permiso y después para formular una objeción. Educar contiene esa dificultad hermosa: acompañar a quienes un día podrán discutir lo que les hemos enseñado. La transmisión necesita dejar espacio para una respuesta que todavía desconocemos.

Conozco esos liceos parisinos también como profesora. He sido testigo de la curiosidad de sus alumnos, de sus preguntas, de su inteligencia y de su vulnerabilidad que olvidamos cuando hablamos de “la juventud” como de una categoría uniforme, a veces con la condescendencia reservada a quienes suponemos demasiado protegidos para tener motivos de queja.

No es nada fácil ser joven hoy. Antes de explorar sus capacidades, muchos sienten que deben justificar sus elecciones, anticipar su utilidad, demostrar que merecen un lugar. Les hablamos del futuro como de una oportunidad y se lo presentamos como una selección. Algunos pueden llegar a sentir que ha sido repartido antes de su llegada, que aquello que llamamos porvenir pertenece ya al pasado de otros.

Las movilizaciones nacen de dificultades concretas: profesores que faltan, aulas sobrecargadas, horarios agotadores, edificios deteriorados. Incluso alumnos de colegios favorecidos se movilizan por compañeros menos afortunados. Hay algo educativo en ese gesto: comprender que lo que sucede al otro nos concierne, aunque ninguna carencia altere nuestra jornada.

Una escuela donde se aprende a argumentar debería ayudarnos también a reconocer cuándo una ventaja propia descansa sobre una desigualdad compartida. El éxito de Nous aussi de Anne Godard, una novela sobre la burguesía parisina y sus privilegios, invita a preguntarnos a quién incluye ese “nosotros”. La solidaridad empieza cuando esa palabra abarca también a quienes han recibido menos oportunidades.

¿Qué prometemos a un niño cuando lo llevamos por primera vez a la escuela? ¿Aprender a leer, obtener un diploma, encontrar trabajo? Todo eso importa. Pero hay una promesa anterior: que su nacimiento no decidirá por completo su destino. Que encontrará personas, conocimientos y experiencias capaces de abrir posibilidades que su entorno inmediato quizá no podía ofrecerle.

La igualdad de oportunidades empieza ahí. Solemos invocarla como si bastara con abrir la misma puerta a todos. Pero cada niño llega a la escuela con una historia: una casa donde estudiar, libros, tiempo, seguridad, o la falta de todo ello. Algunos tienen adultos que conocen las reglas escolares; otros deben descubrirlas solos. La puerta abierta importa. También importan las distancias recorridas para alcanzarla y las fuerzas que quedan para seguir adelante.

En París, la búsqueda de una buena escuela puede convertirse en una obsesión. Se comparan direcciones, se calculan zonas de escolarización, se cambia de barrio para asegurar una plaza. Yo también he hecho cuanto estaba a mi alcance para ofrecer a mi hija esa posibilidad: mi propia dirección está ligada a su escuela. No escribo desde fuera de esa inquietud: la conozco y la comparto. Pero saber cuáles son las mejores escuelas significa conocer también la existencia de otras donde las condiciones son peores. Mi deseo de proteger a mi hija no borra esa realidad, al revés me obliga a mirarla.

Sería injusto reprochar a las familias que busquen lo mejor para sus hijos. La pregunta es qué ocurre cuando esa búsqueda exige recursos que otras familias no tienen: la libertad de elegir puede convertirse en otra forma de heredar una ventaja.

Hay desigualdades que ningún examen mide: sentirse autorizado a entrar en una biblioteca, imaginarse en una universidad, preguntar sin vergüenza, aspirar a una vida distinta. Un profesor puede ensanchar ese horizonte al prestar atención a un alumno que había aprendido a hacerse invisible. Educar puede conseguir que un niño deje de confundir el lugar donde nació con el lugar que le corresponde.

Al comienzo del libro octavo de la Política, Aristóteles propone que la educación sea una responsabilidad común de toda la ciudad. Su mundo excluía a muchos de quienes hoy reconocemos como iguales, pero su reflexión nos alcanza: ¿qué sucede cuando cada familia se ocupa únicamente de sus hijos? La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros.

Ese vínculo atraviesa el tiempo. Cuando confiamos un niño a una escuela, dejamos algo nuestro en manos ajenas y aceptamos que otras voces participen en su crecimiento. También nosotros debemos aprender a compartirlo. La educación comienza con esa separación pequeña y cotidiana, cuyo sentido más profundo es hacer sitio a los demás en una vida.

Esa responsabilidad hoy se debilita bajo la desconfianza. Los padres dudan de los profesores; los profesores se sienten cuestionados por los padres. Los niños crecen entre esas reservas y perciben la inquietud de los adultos antes de comprender sus razones. Necesitamos poder discrepar sin convertir cada conversación en una defensa.

La confianza requiere condiciones concretas: tiempo para enseñar, familias escuchadas, alumnos cuya experiencia importe. Hemos querido enseñarles a pensar y participar. Ahora que los jóvenes toman la palabra, nos corresponde escuchar lo que ese aprendizaje les permite decir.

Escucharlos no significa concederles siempre la razón. Significa reconocer que su edad no invalida su experiencia. Conocen algo que los adultos tendemos a olvidar: habitar un mundo sobre el que apenas han podido decidir. Muchas de sus incertidumbres nacen de decisiones tomadas cuando ellos todavía no tenían voz.

Durante estas semanas, en nuestro camino a la escuela, mi hija ha aprendido la palabra manif y a cantar Bella ciao. Soy italiana: mi abuela, que fue resistente, me la cantaba cuando era pequeña. Ahora reconozco aquellos versos en la voz de mi hija, después de haberlos escuchado entre adolescentes franceses.

Espero que la escuela le dé palabras para comprender el mundo y reconocer lo que considere injusto. Que algún día, si lo cree necesario, ella también pueda salir a la calle con otros compañeros y pedir un futuro mejor. Y que sepa pedirlo también para quienes tuvieron menos oportunidades que ella.

Por ahora mi hija pedalea y canta. La acompaño hacia una puerta que se abre, pensando en todas las puertas que deberán seguir abiertas para ella y los demás.

sábado, 24 de octubre de 2026

"INMORTALIDAD". Un cuento de Yasunari Kawabata

Un viejo y una muchacha caminaban juntos.

Había una serie de cosas extrañas respecto de ellos. Se aproximaban como amantes, como si no sintieran los sesenta años de diferencia en su edad. Al viejo le costaba oír. No entendía la mayor parte de lo que la muchacha decía. La joven vestía unos pantalones rojo oscuro con un kimono púrpura y blanco con fino diseño de flechas. Las mangas eran bastante largas. El viejo vestía el tipo de ropa apropiada para mujeres que sacaran maleza de un arrozal, solo que en su caso sin sobrecalzas. Las mangas estrechas y pantalones ajustados en los tobillos parecían de mujer. La ropa le quedaba floja en las caderas.

Caminaban por el césped. Un alambrado se cruzaba en su marcha. Los amantes no parecieron notar que, de continuar avanzando, quedarían atrapados en él. No se detuvieron; en cambio, lo atravesaron como una brisa primaveral.

Después de cruzar, fue ella quien se dio cuenta del alambrado.

—Shintaro, ¿tú también pudiste pasar por la red?

El viejo no la oía, pero tomó la red de alambre.

—Porquería, porquería —decía mientras la agitaba. La sacudió con demasiada violencia, y en un momento dado la enorme red lo arrastró. El viejo se tambaleó y cayó.

—Shintaro, ¿qué pasó? —la joven lo rodeó con sus brazos para sostenerlo—. Alejémonos de la red… Oh, has perdido mucho peso —dijo la muchacha.

Por fin el viejo pudo ponerse de pie. Jadeante, le daba las gracias. Volvió a tomar la red, pero esta vez con más suavidad, con una sola mano. Luego en voz alta, como hablan los sordos, dijo:

—Solía recoger las pelotas que cruzaban los alambrados día tras día. Durante diecisiete largos años.

—¿Diecisiete años es mucho? Es poco.

—Lanzaban las pelotas como se les ocurría. Hacían un ruido feo al golpear en el alambrado. Antes de acostumbrarme, me acobardaba. Es por el ruido de esas pelotas que me volví sordo.

Era una red de metal para proteger a los muchachos que recogían pelotas en el campo de golf. Tenía unas ruedas que permitían moverla hacia adelante y hacia atrás y a derecha e izquierda. El campo de golf estaba separado por algunos árboles. Originariamente había una arboleda muy poblada, pero la habían ido cortando y solo quedaba una hilera irregular.

Siguieron caminando, con el alambrado a sus espaldas.

—Qué recuerdos tan placenteros trae oír el sonido del océano.

Como quería que el viejo oyera esas palabras, la muchacha acercó la boca a su oreja:

—Puedo oír el sonido del océano.

—¿Cómo? —el viejo cerró los ojos—. Ah, Misako. Es tu dulce aliento. Igual que hace tantos años.

—¿Puedes oír el océano tan amado?

—El océano… ¿Hablas del océano? ¿Amado? ¿Cómo el océano, donde te ahogaste, podría serme querido?

—Yo lo amo tanto. Es la primera vez que vuelvo a mi pueblo natal en cincuenta y cinco años. Y tú has vuelto también. Esto me trae recuerdos queridos.

El viejo no podía oírla, pero ella continuó:

—Me alegro de haberme ahogado. De ese modo puedo pensar en ti por siempre, tal como lo hacía en el momento en que me ahogaba. Además, los únicos recuerdos y reminiscencias que conservo son las de mis dieciocho años. Tú eres eternamente joven para mí. Lo mismo te sucede a ti. Si yo no me hubiera ahogado y tú vinieras al pueblo a verme, yo sería una anciana. Qué horrible. No lo soportaría.

El viejo hablaba. Era el monólogo de un hombre sordo:

—Fui a Tokio y fracasé. Y ahora, decrépito con la edad, he regresado al pueblo. Había una muchacha que lamentaba que tuviéramos que separarnos. Se arrojó al mar, y por eso busqué un trabajo en un campo de golf que mirara al océano. Les rogué que me dieran el puesto… aunque solo fuera por piedad.

—¿Esa zona por donde caminamos era la de los bosques que pertenecieron a tu familia?

—No podía hacer otra cosa más que recoger pelotas. Me lesioné la columna por agacharme todo el tiempo… Pero hubo una muchacha que se mató por mí. El acantilado está precisamente de este lado, de modo que podría saltar, incluso tambaleante. Y es lo que pienso hacer.

—No, debes seguir viviendo. Si murieras, no quedaría nadie en la Tierra que me recordara. Y yo moriría por completo.

La muchacha se colgó de él. El viejo no podía oír, pero la abrazó.

—Eso es. Vamos a morir juntos. Esta vez… Viniste a buscarme, ¿no?

—¿Los dos? Pero tú debes vivir. Vivir por mí, Shintaro.

Ella se quedaba sin aliento mientras miraba sobre su hombro.

—Oh, esos grandes árboles están todavía allí. Los tres… como hace tanto tiempo.

La muchacha los señaló y el viejo dirigió su mirada hacia los árboles.

—Los golfistas se quejan de ellos. Siempre insisten en que los corten. Cuando lanzan una pelota, dicen que se curva hacia la derecha como succionada por la magia de esos árboles.

—Esos golfistas morirán a su debido tiempo, mucho antes que estos árboles. Son ejemplares centenarios. Los golfistas dicen eso, pero sin comprender la duración de la vida de un hombre —aseguró ella.

—Estos son árboles que mis ancestros cuidaron por cientos de años, y yo obtuve del comprador, al venderle el terreno, la promesa de que no los cortaría.

—Vamos —la joven tiró de la mano del viejo. Y a punto de caer el viejo marchó con ella hacia los árboles.

La muchacha se deslizó sin dificultad a través del tronco. Y también el viejo.

—¿Cómo? —ella se quedó mirando maravillada al viejo—. ¿Estás muerto tú también, Shintaro? ¿Cuándo moriste?

Él no respondió.

—Has muerto. ¿Es así? Qué extraño no haberte encontrado en el mundo de los muertos. Bueno, intenta atravesar este tronco una vez más para verificar si estás muerto o vivo. Si estás muerto podremos entrar en el árbol y quedarnos allí.

Desaparecieron dentro del árbol. Ni el viejo ni la muchacha volvieron a aparecer.

El color de la noche empezaba a flotar sobre los retoños que estaban detrás de los grandes árboles. El cielo a lo lejos se tiñó de un pálido rojo allí donde rugía el océano.

FIN