jueves, 15 de octubre de 2026

"LO QUE PUEDEN NUESTRAS MANOS". Lidia Jorge, El País

EVA VÁZQUEZ
Luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos

Una pluma de ganso puso fin a la muerte que había puesto fin a las conversaciones (Dylan Thomas)

1. Siempre tuve la idea de que entre la mano y el cerebro había una relación misteriosa, aunque al principio no supiera cómo enunciar semejante premisa. Pero recuerdo cómo se me quedó grabada la cuestión desde muy pequeña. Fue durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar. Yo era una niña, alumna de primaria, con mis nueve años, y ya sabía leer y escribir con la corrección exigida para mi edad, cuando, un día, empezaron a aparecer adultos analfabetos a media tarde, que acudían al colegio por primera vez. Fue todo un acontecimiento. Se trataba de una campaña de alfabetización, muy necesaria en Portugal, pero no se habían asignado recursos para llevarla a cabo. La maestra, docente de Primaria, sin ninguna preparación ni método, era la encargada de instruir a estos alumnos suplentes que venían a aprender las primeras letras. A aquella mujer, agobiada por la tarea que había recaído sobre sus espaldas, se le ocurrió una idea: bajo su supervisión, recurriría a los alumnos más aventajados en lectura y escritura para que enseñaran a los adultos. Así fue como me reclutaron para la difícil tarea. La crueldad de los niños es proverbial. Los tres que fuimos seleccionados mirábamos a nuestros vecinos adultos con la superioridad de reyes. Abríamos la cartilla con presunción y les enseñábamos a reconocer las letras, gritando mucho e imitando los gestos de la maestra con nosotros. Y ellos aprendían a reconocer las letras y a formar palabras. Lo peor era la escritura. Poníamos nuestras manitas sobre las suyas para guiar así los movimientos circulares de las letras mayúsculas y minúsculas, pero resultaba muy difícil que las copiaran en línea recta. Las letras saltaban del margen, se invertían, se esparcían por la página; una dificultad poco habitual. Algunos se rindieron, otros lograron firmar con su nombre, y fueron pocos los que terminaron su instrucción forzada logrando escribir un mensaje.

2. Pero lo que me desconcertaba era por qué razón las encajeras, que manejaban la aguja de ganchillo con extraordinaria destreza, eran incapaces de dibujar una b o una f. El carpintero, que tallaba ranuras rectas en tablones de madera y dibujaba la cerradura de la llave con precisión milimétrica, era incapaz de escribir la G mayúscula de su nombre con los trazos correctos. La bordadora, con la ayuda de la máquina de coser Singer, transformaba hilos de diversos colores en mariposas y flores multicolores, pero era incapaz, en una hoja en blanco, de escribir la M y la N de forma distinta. En mi cabeza infantil, pensaba que esas personas pertenecían a otra especie. Estar alfabetizado o no estarlo dividía a la especie humana. Y un día oí a un campesino que quería aprender a leer y escribir, pero no podía, preguntarle a la maestra: “Saber leer y escribir ¿vale tanto como los 500.000 escudos que tengo?“. Se trata de una escena arcaica, es obvio. Pero vale la pena revisar escenas arcaicas cuando nos aportan evidencias que nos ayudan a comprender el presente e imaginar el futuro.

3. No merece la pena discurrir en exceso sobre lo que ocurre con la lectura entre los jóvenes; es de sobra conocido. Todos los días aparecen textos con las debidas dosis de alarma para quienes se interesan por el asunto. Pero dado que lo que proviene de los Estados Unidos de América siempre llega cargado de un estatuto científico que ilumina incluso a los europeos más iluminados, y entre ellos a quienes previeron sabiamente hace mucho la anunciada capitulación, merece la pena leer el extenso artículo que Rose Horowitch publicó en The Atlantic el mes pasado, titulado The end of Reading is here. Quizá la catástrofe, escrita en inglés, consiga parecer más dramática y la advertencia resulte más convincente.

Además, en esos mismos días, en relación con el Informe PISA 2025, que citaba la pandemia como causa del descenso del rendimiento escolar en Europa, también se vinculó la relación entre la cultura digital y la hiperconectividad con la pérdida de la capacidad lectora, así como con bajos niveles de razonamiento deductivo y una capacidad de cálculo matemático deficiente. Y, por último, también se hizo mención a que la incapacidad para leer libros y comprender textos complejos, o para descifrar el significado metafórico de una oración, está estrechamente relacionada con la pérdida de la habilidad para escribir a mano. Casualmente, en medio de la controversia, apareció en las librerías Escrever à Mão (Escribir a mano), obra del neurólogo Alexandre Castro Caldas, especialista en neurociencia cognitiva, que explica con diáfana claridad la relación entre la habilidad para dibujar letras con las que formar palabras y las capacidades de reacción y rendimiento del cerebro.

4. A lo largo de 200 páginas, se detalla la demostración científica con una buena base histórica y filosófica, pero yo diría, en resumen, que lo que queda bastante claro es que las capacidades operativas del cerebro aumentan con la práctica de la escritura manual y disminuyen con su reducción. Lo que Castro Caldas plantea es la inminente pérdida de los gestos fundadores que nos hicieron humanos modernos, en esta violenta fase de cambio de paradigma a través del surgimiento de novísimos instrumentos cuyo poder parece ilimitado para el usuario, transformando a quien debería ser un sujeto activo en un patético ser pasivo. El autor nunca se deja llevar por el dramatismo, comprende el rumbo del cambio, pero aun así anuncia que nos enfrentamos a un cambio estructural en la naturaleza de nuestra especie.

En su voz se oyen campanas que doblan por un tiempo que tal vez esté en vías de desaparición. Sin embargo, como verdadero humanista, sabe que, naturalmente, una nueva era llegará por sí sola. Lo que no le impide llamar a la resistencia. Cita a Anaxágoras: “El hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos”. Por lo tanto, luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos, iluminado ahora por la luz cegadora y totalitaria de la inteligencia artificial. El autor escribe en un momento dado: “No podemos permitir que nuestras mentes se conviertan en esclavas de un sistema artificial, que viene de quién sabe dónde”. Con todo, una de las mayores sorpresas que me deparó este libro fue encontrar en él la explicación a las dudas que me habían acompañado desde que fui una maestra niña para mis vecinos adultos.

5. Castro Caldas está especializado en el funcionamiento cerebral del adulto analfabeto en contraste con el del alfabetizado. Lo que cualquiera de nosotros imagina de forma empírica queda demostrado mediante la experimentación. Resulta conmovedor darse cuenta de cómo la falta del aprendizaje de la escritura durante la primera infancia obstaculiza el mecanismo neurológico que permite el almacenamiento de datos y condiciona el desempeño mental del analfabeto a lo largo de la vida, reduciendo su capacidad de desciframiento silogístico. Lo que está en juego hoy, con el progresivo distanciamiento del uso de la mano como ayuda para el cerebro, es la amenaza de un retroceso en la capacidad de imaginación, expresión, determinación y en el ejercicio del derecho a la libertad. Pronto comprenderemos hacia dónde nos dirigimos. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos decisivos en los que el progreso exige detenerse y perder significa ganar. Ojalá que los jóvenes de hoy, que serán adultos en un futuro próximo, no tengan que volver a aprender a juntar letras y a deletrear palabras para salvar su propia humanidad.

lunes, 12 de octubre de 2026

"EL CUARTO HOMBRE". Un cuento de Agatha Christie

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 11 de octubre de 2026

"DOMINGO EN EL PARQUE". Un poema de Susana Oviedo seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Susana Oviedo
Susana Oviedo nació en Córdoba, Argentina, aunque lleva muchos años residiendo en España. Ha dedicado gran parte de su vida a poner su hermosa voz al servicio de poemas de otros poetas. Hemos disfrutado mucho escuchándola. Como era previsible, decidió un día escribir sus propios versos, agrupados finalmente en el libro ‘Carta astral’, bellamente editado con ilustraciones del pintor Mario Simpson. Me llegó su libro por correo, inesperadamente, sin ruido, modesto. Y enlacé el recuerdo de su autora con los pensamientos que en él desgrana, con la pasión por la vida que expone, con la certeza de que no hay lucha social sin amor ni amor que no empuje a luchar contra las injusticias. En el poema que hoy comparto, un momento de plenitud sensorial en el parque trae a su memoria un tiempo pasado, sin papeles, incierto, semejante al de otros que ahora, pese a sus esfuerzos, no lo logran. La felicidad personal, parece decirnos, también se nutre de fatigas ajenas, de esperanzas compartidas. (Andrea Villarrubia Delgado)

DOMINGO EN EL PARQUE

Es verano todavía.
Tendida en la hierba escribo y sudo al sol.
No esperaba la mansedumbre
de estas lágrimas
y las dejo caer y caer
acompañándome.
Desde las cimas de los árboles
se escucha el parloteo de las cotorras
argentinas invasoras e indocumentadas.
Sonrío.
Más allá, las urracas, indefensos gorriones,
torpes palomas antes alabadas
rebuscan migas y semillas.
Esta tarde no hay familias merendando.
Un paseante solitario
camina hacia la fuente del Ángel Caído,
el bello desterrado
por querer saber.
Suspiro.
Privilegiada me sé
entre millones de almas
arrastradas por el río de la vida.
Cuerpos de dioses sangrantes,
encallados en las piedras,
sumergidos o humillados
en el barro de la orilla,
cuerpos que resisten
contra un destino
que es mentira que esté escrito.

Si aprendiéramos que todos
giramos en la misma rueda
no serían tan tristes
los domingos.

SUSANA OVIEDO

sábado, 10 de octubre de 2026

"EN UN MUNDO DISPERSO, LA LECTURA ES UN ACTO DE REBELDÍA". Nazareth Castellanos, El País

Leer no es una capacidad innata del ser humano: requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta. En un momento de constante agitación, detiene la vida unos instantes

Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros, del escritor Stefan Zweig. Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.

El ser humano nace con la capacidad innata del habla, pero no con la de la lectura. Y ese ha sido precisamente uno de los enigmas más interesantes de la neurociencia, comprender cómo se las arregla el cerebro para que aprendamos a leer. En el siglo XIX se propuso la teoría de Wernicke-Geschwind según la cual las áreas visuales del cerebro, situadas en la parte posterior, reconocen la palabra como una imagen. Posteriormente, el lóbulo parietal asigna un significado a dicha imagen. De esta forma se establece una equivalencia secuencial entre lo visual, lo auditivo y lo semántico. Pero la llegada de la neuroimagen revolucionó esta teoría. Concretamente fue el profesor francés Stanislas Dehaene. Según su teoría, vigente hoy, el aprendizaje de la lectura supone la creación de dos rutas de procesamiento de la información: una léxica y otra no-léxica. Por una parte, aquellas palabras que conocemos se buscan en “el almacén de la memoria”, como lo llamó Dehaene. Y las palabras desconocidas activan una ruta fonológica, podemos leer algo sin saber lo que significa. Pero eso no es lectura. Esto supone que aprender a leer reorganiza el cerebro, ya que se generan rutas nuevas. Pero como decíamos, leer no es innato, es una capacidad que adquiere el cerebro. Y lo hace mediante un proceso denominado “reciclaje neuronal”, también propuesto por Dehaene. El cerebro se vale de redes neuronales ya existentes, que “recicla” para dedicarlas a la lectura. Así se generan las áreas de formación de palabras visuales, o popularmente “cajas de letras”, situadas en la corteza temporal visual del hemisferio izquierdo. Las palabras son tratadas como una imagen que debe interpretarse, una imagen que se vincula al lenguaje. Por ejemplo, si vemos escrita la palabra “flor” el cerebro visualiza esa imagen formada por cuatro símbolos (f, l, o, r), inmediatamente reconoce su significado y verbaliza, en silencio o usando la voz, el fonema “flor”. Por así decirlo, cuando leemos asignamos un sonido a la imagen.

Pero leer es mucho más. Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

viernes, 9 de octubre de 2026

"UN HOMBRE SIN SUERTE". Un cuento de Samanta Schweblin

El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha! Y yo me la saqué. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 8 de octubre de 2026

"TIERRA DE NADIE". Un poema de Cristina Peri Rossi

Ahora que todas las regiones
quieren ser naciones
yo busco la tierra de nadie
un lugar sin nombre
que nadie reclame
un lugar de paso
transitorio como la vida misma
sin patria
sin banderas
sin fronteras
sin lengua identitaria
más que la lengua de la poesía.
Territorio de los sueños
donde todo está por empezar
donde todo está por explorar.

miércoles, 7 de octubre de 2026

"QUIÉN ES QUIÉN EN EL MUNCO MÁGICO". Un libro de Katharine Briggs descargable en PDF

De la mano de Katharine Briggs, una de las mayores autoridades mundiales en la materia, nos adentramos maravillados en el mundo brillante, inquietante e inmensamente poético de las hadas y otros seres mágicos. Un mundo que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y que persiste, de una forma u otra, en el imaginario de todos los pueblos.

La creencia en hadas y otros seres mágicos hunde sus raíces en la noche de los tiempos y el recuerdo de esta creencia persiste en lo más profundo de la psique humana. En toda Europa, el pueblo, y en especial las comunidades rurales, ha conservado hasta hace muy poco tiempo una gran riqueza de tradiciones relativas a estos seres, que adoptan una enorme variedad de formas y que pueden ser buenos o malos, perjudiciales o benéficos, pero a los que en cualquier caso hay que tratar con suma prudencia, pues ofenderlos puede ser muy peligroso. Para protegerse de ellos o para ganarse su favor, había muchos amuletos, gestos rituales, etc., en los que el pueblo confiaba ciegamente. Y es que la relación entre hadas y humanos era compleja, a menudo de mutua dependencia y regida por unos parámetros que no eran los de la vida habitual, ya que el mundo de las hadas tenía sus propias leyes, muy distintas de las nuestras. El increíble mundo de las hadas, los duendes y otras muchas criaturas sobrenaturales se despliega en este libro con todo su poder de fascinación. Katharine Briggs, autora, entre otros muchos libros, del muy importante Diccionario de las Hadas, publicado en esta misma colección, es una autoridad mundial sobre el tema. Su erudición y su familiaridad con el mundo de las hadas garantizan la fiabilidad y el interés de esta obra.