domingo, 3 de mayo de 2026

"RETIRADO EN LA PAZ DE ESTOS DESIERTOS (elogio de la lectura y la imprenta)". Un poema de Francisco de Quevedo

Nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad


Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.
Francisco de Quevedo

sábado, 2 de mayo de 2026

"¿DE VERDAD HOY TODO ES NEURODIVERGENCIA?". Olga Carmona (Psicóloga clínica), El País

Ante el volumen de vídeos en redes sociales que diagnostican desde autismo hasta TDAH en menos de un minuto, conviene recordar que las etiquetas no siempre son inocuas

En los últimos años, la salud mental ha saltado del ámbito clínico a las conversaciones cotidianas y, sobre todo, a las redes sociales. TikTok, Instagram y YouTube se han convertido en una nueva fuente de “evaluación psicológica”, donde los diagnósticos se explican en vídeos de 30 segundos y la palabra neurodivergente aparece como etiqueta bajo miles de contenidos. El fenómeno tiene una cara positiva: la información llega a mucha gente que antes no tenía acceso a ella. Pero también una consecuencia preocupante: el autodiagnóstico indiscriminado y el uso inflacionario de etiquetas psicológicas que han perdido, en algunos casos, su verdadero significado.

Mateo, de 15 años, llegó a una consulta convencido de que tenía TDAH. Había visto varios vídeos donde se describían señales como “cambiar de interés rápido”, “aburrirse en clase” o “tener la cabeza llena de ideas”.

—Lo tengo clarísimo, soy neurodivergente —dijo en la primera sesión.

Tras una evaluación completa, se descubrió que no tenía un trastorno atencional, sino un nivel de ansiedad elevado, presión académica y un ritmo de sueño desordenado. Lo que había interpretado como un diagnóstico era, en realidad, una mezcla de estrés y sobrecarga emocional.

La palabra neurodivergente nació dentro de los movimientos de neurodiversidad para visibilizar a personas con autismo, TDAH, dislexia, discalculia y otros perfiles neurológicos distintos. Hoy, sin embargo, se ha extendido hasta convertirse en un paraguas donde cabe casi todo: “Soy neurodivergente porque soy muy sensible”. “Creo que soy neurodivergente porque me abruman las multitudes”. “Me cuesta concentrarme, seguro que soy TDAH”. En redes sociales, el hashtag #neurodivergente tiene millones de publicaciones. El problema no es el término en sí, sino su uso como etiqueta identitaria sin evaluación ni contexto.

Marina, de 32 años, estaba convencida de que era autista. Había encajado en todos los vídeos que veía: introversión, incomodidad social, gusto por la rutina, dificultad para improvisar. Pero en su historia clínica había algo que no aparecía en los vídeos: una infancia marcada por críticas constantes y un entorno rígido donde mostrar emociones era percibido como debilidad.

La evaluación confirmó que no era autismo, sino ansiedad social y un estilo de personalidad introvertido que durante años había confundido con algo más.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué hoy todo es neurodivergencia? La cara oculta del fenómeno es que se banalizan los diagnósticos complejos. Muchos rasgos descritos como “señales de TDAH” o “indicios de autismo” son, en realidad, experiencias comunes bajo estrés. Por otro lado, también se invisibiliza a quienes sí necesitan apoyos: si toda diferencia se convierte en neurodivergencia, los perfiles que requieren intervención específica quedan diluidos. Todo ello deriva en que se crean unas identidades rígidas porque, mientras para algunas personas, la etiqueta funciona como alivio; para otras, se convierte en una jaula: “No puedo cambiar, es que soy así”. Por último, de esta manera se saturan los servicios educativos y sanitarios. La demanda de “diagnósticos exprés” crece, incluso cuando no corresponden clínicamente.

El hecho de que ocurra especialmente en adolescentes se debe a que son precisamente ellos los que tienen una mayor necesidad de identificarse con algo. Las etiquetas dan pertenencia y sensación de explicación. A ello se suma la exposición constante a contenido psicológico en redes y a un malestar emocional real y poco acompañado. Además, en las redes se cae en contenido que abusa de un lenguaje psicológico superficial, y al contacto con adultos que también se autodiagnostican, reforzando el modelo.

En la actualidad, la frase “creo que soy neurodivergente” es para muchos adolescentes lo que hace décadas era “soy raro” o “soy diferente”. La etiqueta tranquiliza… pero no siempre aclara.


¿Cómo reconducir el discurso sin invalidar la diversidad?
— Enseñar a diferenciar rasgos de diagnósticos: ser sensible, intenso o introvertido no es una condición neurológica.

— Promover valoraciones profesionales completas: una evaluación bien hecha no solo nombra, sino que comprende numerosas historias, contextos y necesidades.

— Recuperar el valor del matiz: no todo lo que duele es un trastorno. No toda diferencia es neurodivergencia.

— Educar en gestión emocional y pensamiento crítico.

— El interés por la neurodiversidad es positivo. Comprendernos es necesario y nombrarnos puede ser útil, pero solo si las palabras mantienen su sentido y no se utilizan como atajos emocionales. La diversidad humana es real, rica y compleja. No cabe en diagnósticos reducidos a vídeos de un minuto.

viernes, 1 de mayo de 2026

"ASNOS ESTÚPIDOS". Un cuento de Isaac Asimov

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa un año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

FIN

jueves, 30 de abril de 2026

"TERRORISTAS". Un poema de Wislawa Szymborska

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.

miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.

lunes, 27 de abril de 2026

"LOS HUMANOS PRIMERO". Un cuento de Íñigo Domínguez (El País) que refleja de manera satírica la cuestión de la "Prioridad Nacional"

Tras una invasión marciana, los terrícolas tendrían problemas para explicar qué es un país y por qué algunos son mejores que otros

Un día llegaron los marcianos y dominaron el mundo en cuestión de días. Antes habían estado observándonos para conocer nuestras costumbres y que el primer contacto no fuera problemático. Así que usaron la ley del más fuerte, que les pareció una forma estupenda de arreglar las cosas. No obstante, hubo objeciones y uno de los gobernantes indígenas más llamativos, porque era grandón, naranja y con el pelo rubio, así como los de otros países que decían ser más importantes, por ser más ricos, alegaron que debían respetarse los derechos humanos. Los marcianos se quedaron perplejos. Habían oído hablar de ello, pero desde fuera les había parecido una cuestión menor. Se podía matar a un montón de gente sin mayor problema o incluso hacer desaparecer en una noche una civilización. Además, ellos no eran humanos, no se sentían obligados. Normal que un humano sí, pero ellos no. Entonces estos terrícolas que se habían erigido en portavoces de la humanidad cambiaron de estrategia, precisaron que ellos merecían cierta prioridad, aunque los marcianos no entendían por qué. Los humanos les parecían todos iguales, pero por lo visto entre ellos se distinguían. Contaron que había países y que los suyos en concreto eran distintos y mejores. ¿Países? Es que hemos dividido el suelo con rayas, les explicaron. Los marcianos sacaron sus imágenes de la Tierra captadas desde el espacio profundo, pero no veían nada, y cuando les explicaron que eran líneas imaginarias, no reales, entendieron todavía menos.

Como insistieron tanto, les hicieron caso. Les confiaron las tareas más urgentes, como limpiar los retretes de sus inmensas naves espaciales. “América primero”, dijeron. “Españoles primero”, argumentaron. Pero hubo una fuerte discusión y se replantearon estrategias. Surgieron movimientos contrarios: “América última”, “Españoles al final”. Un nacionalismo al revés. Se indicó la posibilidad de hacerlo por orden alfabético, pero Alemania protestó y se apostó también por el orden alfabético inverso: “Zimbabue primero”. Fue el lema de moda ese verano en Europa y Estados Unidos, con grandes manifestaciones de la ultraderecha.

Los extraterrestres estaban confusos y tras la visita de una delegación de Junts se les acabó la paciencia con los humanos. Decidieron mezclarlos. Si alguien decía: “Es que yo soy austrohúngaro”, le ponían el primero, por pesado. Así que la gente dejó de decirlo. Dejó de haber prioridad nacional, sobre todo desde que las autoridades marcianas les quitaron a todos, no tanto el pasaporte, como la tarjeta de crédito. Habían concluido que ese era el auténtico documento de identidad, pues quien lo tenía viajaba a cualquier país sin problema, era bien recibido y hasta les daban la nacionalidad y se compraban pisos. Es más, hicieron el experimento de coger a un español, un alemán y un francés, como en ciertos relatos orales que habían estudiado, dejarlos caer en el Sáhara y no hubo ninguna diferencia con sus congéneres: los tres se afanaron por salir de allí y llegar como fuera a lugares más agradables.

La población terrestre se vio así ante la evidencia de que eran todos iguales. Surgieron movimientos nacionalistas, pero a escala planetaria: “Prioridad terrícola”, “Humanos primero”. Al cabo de un tiempo los marcianos empezaron a aburrirse. En realidad habían ido de visita, sin pensar en aportar nada a la economía local, ni arraigarse ni nada. Total, que un día se fueron como habían venido, y los humanos volvieron a sus cosas. Bielorrusos, andorranos, todo el mundo corrió a recuperar sus pasaportes. Por fin se restablecieron las prioridades.

domingo, 26 de abril de 2026

"ARMENIA 1915 (MEMORIA)". Un poema de Raúl Quinto sobre el genocicio armenio seleccionaodo y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Genocidio de Dersim. Crédito: Armenian Genocide Museum-Institute

Cada 24 de abril se conmemora en todo el mundo el Día del genocidio armenio, una de las masacres más terribles y olvidadas del siglo XX, llevada a cabo por el gobierno otomano en 1915 contra los armenios cristianos de su territorio, que sufrieron deportaciones forzadas y un exterminio sistemático de la población hasta alcanzar cifras escalofriantes: casi un millón y medio de víctimas. En la antología ‘Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026’ del poeta Raúl Quinto, publicada hace unos meses, hay un poema dedicado a ese trágico suceso, ‘Armenia 1915 (Memoria)’, que hoy quiero compartir. Con imágenes poderosas, con conmovedora belleza, Raúl Quinto describe el horror, la acumulación de ruinas, el espanto de los supervivientes, la desaparición de la lengua, inútil de pronto para contar lo sucedido. He aquí una de las misiones de la poesía: poner palabras al silencio. (Andrea Villarrubia Delgado)

ARMENIA 1915 (MEMORIA)

Respirar el desierto. Comprobar
de qué manera el cuerpo es una máquina
hecha para el dolor. Escribir
la mirada de Armenia
perdida en el vacío,
la turbia partitura del silencio
arañando sus párpados,
cuando llega la noche
y se abren las compuertas del incendio:
palabras que no dicen, que no son.

Pensar los templos arrasados
en la oración de las cenizas,
el nombre que los ata
deshilvanándose en los labios,
la conciencia del tacto
en las manos
del que abraza la llama;
pensar como en un grito
la palidez de la tormenta,
y dejarse arrastrar
por la fiebre de los hombres

o morir lentamente
del otro lado de esta sangre.
Palabras que no son, que no dicen.

el infierno: San Juan escribe en Patmos
el color de unos ojos reflejados
en la hoja de un cuchillo: el silencio.

El exterminio es una danza hermosa
ofreciendo sus labios.

Amanece.

Los que quedan se miran a los ojos:
otro río de azufre
cruzando el interior de los escombros.
Lo que aún permanece:
la obscena memoria de avanzar
demolición adentro,
lo que persiste entre la sombra:
el camino de hueso: el latido del pozo:
palabras que no dicen, que no son.

RAÚL QUINTO