sábado, 26 de septiembre de 2026

"PAPÁ NOEL DUERME EN CASA". Un cuento de Samanta Schweblin

La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

—Se la enviamos a Papá Noel —y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

—Falta el código postal.

—Pero es para Papá Noel —dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo:

—Sin código postal no sale.

—Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal —dijo papá.

—Sin código postal no sale —dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó al mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Por eso yo estaba preocupado ese día, porque no sabía si la carta le había llegado o no a Papá Noel. Además no podíamos contar con mamá desde hacía casi dos meses, y eso también me preocupaba, porque la que siempre estaba en todo era mamá, y las cosas salían bien entonces. Hasta que dejó de preocuparse, así nomás, de un día para el otro. La vieron unos médicos, papá siempre la acompañaba y yo me quedaba en la casa de Marcela, que es nuestra vecina. Pero mamá no mejoró. Dejó de haber ropa limpia, leche y cereales a la mañana, papá llegaba tarde a los lugares a los que debía llevarme, y después llegaba otra vez tarde para pasarme a buscar. Cuando pedí explicaciones papá dijo que mamá no estaba enferma ni tenía cáncer ni se iba a morir. Que bien podría haber pasado algo así pero él no era hombre de tanta suerte. Marcela me explicó que mamá simplemente había dejado de creer en las cosas, que eso era estar “deprimido”, y te quitaba las ganas de todo, y tardaba en irse. Mamá no iba más a trabajar ni se juntaba con amigas ni hablaba por teléfono con la abuela. Se sentaba con su bata frente al televisor, y hacía zapping toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. Yo era el encargado de darle de comer. Marcela dejaba comida hecha en el freezer con las porciones marcadas. Había que combinarlas. No podía, por ejemplo, darle todo el pastel de papas y después toda la tarta de verdura. La descongelaba en el microondas y se la alcanzaba en una bandeja, con el vaso de agua y los cubiertos. Mamá decía:

—Gracias mi amor, no tomes frío —lo decía sin mirarme, sin perder de vista lo que sucedía en el televisor.

A la salida del colegio me agarraba de la mano de la mamá de Augusto, que era hermosa. Eso funcionaba cuando venía a buscarme papá, pero después, cuando empezó a venir Marcela, a ninguna de las dos parecía gustarle eso, así que esperaba solo debajo del árbol de la esquina. Viniera quien viniera a buscarme, siempre llegaban tarde.

Marcela y papá se hicieron muy amigos, y algunas noches papá se quedaba con ella en la casa de al lado, jugando al póquer, y a mamá y a mí nos costaba dormirnos sin él en la casa. Nos cruzábamos en el baño y entonces mamá decía:

—Cuidado mi amor, no tomes frío —y volvía frente al televisor.

Muchas tardes Marcela estaba en casa, eran las tardes en que cocinaba para nosotros y ordenaba un poco. No sé por qué lo hacía. Supongo que papá le pediría ayuda y como ella era su amiga se sentía en la obligación, porque la verdad es que no se la veía muy contenta. Un par de veces le apagó el televisor a mamá, se sentó frente a ella y le dijo:

—Irene, tenemos que hablar, esto no puede seguir así…

Le decía que tenía que cambiar de actitud, que así no llegaría a ningún lado, que ella ya no podía seguir ocupándose de todo, que tenía que reaccionar y tomar una decisión o terminaría por arruinarnos la vida. Pero mamá nunca contestaba. Y al final Marcela terminaba yéndose con un portazo, y esa noche papá pedía pizza porque no había nada para cenar, y a mí la pizza me encanta. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 25 de septiembre de 2026

"AL ATARDECER". Un poema de Constantino Cavafis

De cualquier forma aquellas cosas no hubieran durado mucho.
La experiencia de los años así lo enseña.
Mas qué bruscamente todo cambió.
Corta fue la hermosa vida.
Pero qué poderosos perfumes,
en qué lechos espléndidos caímos,
a qué placeres dimos nuestros cuerpos.

Un eco de aquellos días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
las cenizas del fuego de nuestra juventud;
en mis manos cogí de nuevo la carta,
y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz.

Y melancólicamente salí al balcón,
salí para distraer mis pensamientos mirando
un poco la ciudad que amo,
un poco del bullicio de sus calles y sus tiendas.

jueves, 24 de septiembre de 2026

"Un estudio sobre la lectura dialógica de "La metamorfosis" en personas con psicosis recibe el reconocimiento Editor's Choice de la APA por su impacto en la salud mental". Universidad de Deusto

Liderado por Aitana Fernández Villardón y Rocío García Carrión (equipo eDucaR-UD), ha sido seleccionado por su relevancia e impacto en la comunidad científica

Las personas que conviven con trastornos mentales graves como la psicosis suelen tener dificultades para comprender su propia salud mental. Esta capacidad de reconocer la condición que se padece, la necesidad de seguir un tratamiento y las implicaciones sociales del diagnóstico se conoce como ‘conciencia de enfermedad’ o insight clínico. La falta o limitación de esta conciencia se asocia frecuentemente con el abandono del tratamiento, un mayor riesgo de recaídas e ingresos hospitalarios recurrentes.

Frente al modelo médico tradicional, centrado principalmente en el diagnóstico y la medicación, la investigación “Fostering Insight Among Individuals With Psychosis Through Dialogic Reading”, liderada por las investigadoras del equipo eDucaR de la Universidad de Deusto, aporta un enfoque innovador y humanizador.

Este trabajo se fundamenta en un modelo dialógico que permite a los participantes articular sus propias voces, reflexionar sobre sus vivencias y construir un significado compartido en un ambiente de profundo respeto e igualdad. Este espacio se concreta a través de la lectura dialógica, en el que se ha debatido La metamorfosis de Franz Kafka actuando como catalizador del diálogo. El estudio demuestra que esta metodología ofrece una alternativa no estigmatizante que ayuda a las personas con psicosis a desarrollar un mayor insight y a comprender sus experiencias desde la agencia y el respeto mutuo.

El trabajo, publicado en la revista científica Psychiatric Rehabilitation Journal, ha sido reconocido con la distinción Editor's Choice de la Asociación Americana de Psicología (APA) por su relevancia e impacto en el ámbito de la salud mental.

23 pacientes, 54 sesiones

El estudio reunió a 23 personas (17 hombres y 6 mujeres) ingresadas en unidades de rehabilitación psiquiátrica de larga estancia en un hospital del norte de España. Todas tenían diagnósticos del espectro de la psicosis (como esquizofrenia o trastorno esquizoafectivo), y 17 de ellas presentaban además patología dual, combinando el trastorno mental con un historial prolongado de adicciones (drogas, alcohol o ludopatía).

Durante cinco meses, divididas en tres grupos, participaron semanalmente en una sesión de aproximadamente 45 minutos, centradas en la lectura de La metamorfosis de Franz Kafka. La obra elegida fue acordada con los propios pacientes por ser un texto con una gran carga metafórica sobre la transformación, el aislamiento social, la alteración de la percepción corporal y la pérdida de identidad.

Reflexión sobre la enfermedad y el consumo de sustancias

Los resultados del estudio revelan que ese espacio seguro permitió a los pacientes desarrollar una mayor conciencia de su enfermedad. Al hablar del personaje de Kafka, pudieron verbalizar por primera vez experiencias traumáticas de sus primeros brotes psicóticos, los momentos de aislamiento o el bloqueo emocional, reflexionando sobre su “etiqueta médica” de su verdadera identidad.

Asimismo, la lectura dialógica ayudó a abordar las consecuencias sociales de la enfermedad. Las personas participantes reflexionaron sobre el estigma que sufren en la sociedad y expresaron un profundo arrepentimiento por el dolor causado a sus familias, reconociendo a su vez la importancia de dejarse ayudar por profesionales.

Una de las aportaciones más relevantes del estudio fue la aparición de pensamientos relacionados con las conductas adictivas. Varias personas identificaron que el consumo de drogas o alcohol actuaba inicialmente como un intento desesperado de afrontar la soledad o la tristeza. Del mismo modo, las reflexiones sobre la adicción al juego mostraron cómo la culpa e incluso la “autodestrucción” alimentaban la conducta compulsiva. El grupo permitió identificar desencadenantes y valorar el apoyo social como escudo ante las recaídas.

Protagonistas de su proceso

La valoración de la actividad por parte de los participantes fue sumamente positiva, llegando a describir la lectura dialógica como "una terapia para su cerebro". Destacaron el ambiente de calma que les permitía expresarse sin ansiedad, la escucha activa y la identificación empática con el resto del grupo. Asimismo, remarcaron la recuperación de su propia agencia, subrayando que en estas sesiones se sintieron los “protagonistas” de su propio proceso, a diferencia de su experiencia en otros entornos terapéuticos más convencionales.

En conclusión, la investigación demuestra que incorporar un entorno dialógico en los procesos de rehabilitación psiquiátrica ofrece un espacio no estigmatizante, seguro y eficaz para devolver la voz, la agencia personal y la autoconciencia a las personas con trastornos mentales graves.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

"LA GANGA". Un cuento de Truman Capote

Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 21 de septiembre de 2026

"FE DE ERRATAS". Un poema de Alejadro Pedregosa seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poema que hoy comparto cierra el libro ‘Lo que sé de Whitney Houston’, escrito por Alejandro Pedregosa. La vida de la cantante que da título a ese hermoso e intenso libro enhebra los poemas que contiene, pero por él transitan también historias (en el fondo la misma historia) de personas que desde distintos sufrimientos llegaron al suicido. Es este un libro de amor (o de amores) y de recuerdos, en primer lugar de la cantante estadounidense, a la que toma como referencia de alguien que sucumbió al dolor de vivir, pero también de todos aquellos que decidieron en algún momento no continuar caminando por la vida. Y es que el suicidio sigue siendo un misterio, un estupor, como lo es siempre el amor y sus encarnaciones. El poema compartido se titula ‘Fe de erratas. Epílogo’ y nos recuerda que, como las que afean las páginas de cualquier libro, existen erratas que malogran vidas. Si siempre desgarra la muerte de la persona a la que se ama, se ensancha la herida si ese final es voluntario, inesperado. (Andrea Villarrubia Delgado)
FE DE ERRATAS
(Epílogo)

Si alguna vez los versos de este libro
alcanzan una vida en tinta y celulosa,
si alguna vez los ojos de un ajeno
se paran a leer con lentitud
las cosas que he pensado tras tu muerte,
conviene se corrijan previamente
unas cuantas erratas que -espinas
en el tallo del rosal-
andan diseminadas por el texto.

Donde dice Newark, por ejemplo,
bien se puede poner Navacerrada,
Pamplona, Panticosa o cualquier sitio
donde sepa una niña con coletas
enterrar sus fantasmas bajo un manto de nieve.
Y, en los versos que tengan la palabra “bañera”,
lo correcto sería escribir “balcón”,
porque ¿quiénes de aquellos que estuvimos
a dos palmos de ti podemos hoy
asomarnos a ese abismo
sin que el vértigo nos tumbe?

Nunca dormiste, claro está,
en el Hotel Beverly Hilton de Los Ángeles,
pero te amé y me amaste en un piso pequeño,
de protección oficial, que daba a la avenida
de las Artes, con el sol declinando
en las últimas tardes de septiembre.

No encontraste el infierno, como Whitney,
en las drogas que batieron la sangre
de nuestra generación
-cocaína y speed, principalmente-,
así que lo correcto sería consignar
en estos versos tu afición al vino tinto
y, en los malos momentos, que los hubo,
su mezcla con maría y Orfidal.

Es verdad que no viste cantar al azulillo,
pero te complacía el trino
meridiano de los mirlos. Y es por eso
que los mirlos se parecen a tu alma:
¿de qué si no su pico anaranjado,
el color de tus labios en los míos?

Y poca cosa más. El resto de detalles
-imprecisiones, mentiras y dudas
ortográficas- queden para los críticos
en boga y correctores de estilo.
Nosotros ya hemos hecho en esta vida
cuanto estuvo en nuestras manos
por ser fieles al hecho de vivir.
Si al cabo no acertamos en las formas,
es porque fuimos en el fondo libres
-libérrimos a veces- y, en lo que toca al amor,
enamorados.

ALEJANDRO PEDREGOSA

domingo, 20 de septiembre de 2026

"LA ÚLTIMA FOTO: LA CAMPAÑA PARA SACAR EL SUICIDIO DEL ARMARIO". Eleonora Giovio, El País

“Yo no lo vi venir a pesar de mirar a mi hijo con el alma”, una madre que perdió a un hijo por suicidio impulsa la iniciativa para reivindicar la importancia de hablar de lo “incómodo y difícil” porque puede salvar vidas


Vicky Nieto tiene 63 años y perdió a su hijo de 24 por suicidio el 13 de enero de 2025. Desde entonces, relata, vive un dolor “devastador, que te atraviesa y es tan terrible que te produce sensaciones físicas que nunca había tenido”, y que ella ha utilizado, asegura, para “convertirlo en algo útil” y para “atravesar” su duelo. Ha creado y buscado ayuda para financiar una campaña de sensibilización que ayude a los demás en sus duelos y que “saque el suicidio del armario”. Se llama La última foto y se presentará este jueves, día mundial de la prevención del suicidio, enfrente del Congreso.

Está protagonizada por personas reales: hombres, mujeres, jóvenes, adultos que se quitaron la vida y recopila sus últimas fotos antes de morir por suicidio. Se les ve sonrientes, serenos, aparentemente normales, bromeando, disfrutando de la cotidianidad. Igual que hacía el hijo de Vicky. “Como madre sientes que tu responsabilidad es cuidar de tus hijos. Para mí la tragedia es pensar que el suicidio es una realidad en tu vida sin que tú lo hayas visto venir. Es el punto en el que me anclo y que más me ha impulsado para hacer esto. Y no, no lo vi venir porque no hubo señales, estaba en el ángulo muerto: como cuando vas en el coche y de pronto aparece una moto y dices ‘Pero ¿dónde estaba? Si no la he visto’. Hay una pregunta horrible que te hace mucha gente desde el cariño, pero con torpeza emocional: ¿Pero tú no viste nada? Y te quieres morir”, cuenta.

Y añade: “No vi nada, no, pese a mirarle con el alma. La realidad a la que te tienes que enfrentar es que tu hijo, lo que más querías en el mundo, dormía en la habitación de al lado, cenabas con él todos los días, le dabas un abrazo por las mañanas y por las noches y le mirabas a los ojos y no lo viste… Ahí estaba él pasando en silencio ese dolor que le llevó a tomar esa decisión y tú no lo viste...”.

Por eso ha invertido todo su tiempo y energía en montar la campaña La última foto. “Para demostrar que no es fácil ver las señales, hay datos que lo demuestran. La mayoría no sabría tampoco reconocer las señales. Hay casos con enfermedades mentales diagnosticadas, claro, pero cuando hablamos de personas que toman esa decisión por un sufrimiento emocional es que hay un problema: así como sabemos detectar el sufrimiento físico, no estamos preparados para identificar el sufrimiento emocional. Alguien puede estar roto por dentro y, sin embargo, seguir sonriendo, estudiando, conduciendo y hasta seguir amando”, explica.

La versión británica de la campaña en Reino Unido, celebra Vicky, tuvo mucha repercusión. Y ella, publicista durante 30 años, les pidió consejos sobre cómo hacer una parecida. En ella se puede leer: “Estas son las últimas imágenes de personas que murieron por suicidio. El suicidio no siempre da señales. El silencio mata. Hablar salva”.

El suicidio es, según la OMS, un problema de salud pública que no depende de una sola causa, sino en el que influyen múltiples factores: sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. La persona que se suicida no quiere acabar con su vida, sino con el sufrimiento que padece. Se estima que hay más de 720.000 suicidios al año en todo el mundo y, según la OMS, por cada suicidio se producen otros 20 intentos que afectan directamente a una media de seis personas del entorno. En España, murieron por suicidio 3.954 personas en 2024 (últimos datos del INE disponibles) son casi once al día. Comunicar ese sufrimiento, coinciden los especialistas, no es fácil. Y, sin embargo, cuando una persona puede hablar de lo que le ocurre sin miedo a ser juzgada o estigmatizada, siente alivio.

Dar el paso no es fácil. Lo corrobora Vicky. “Mi hijo tenía soporte, apoyo, sabía que en casa y con la familia se podía hablar de todo y, sin embargo, decidió ocultar ese sufrimiento de manera premeditada porque una parte de ese sufrimiento tiene que ver con sentirse culpable. Y contarlo agudiza esa culpabilidad. No quieren hacerte preocupar porque piensan que eso va a ser como soltar una bomba atómica en casa. Y ahí entran en ese túnel oscuro que llaman los especialistas, en el que cada vez estás más solo y en el que solo quieres dejar de sufrir”.

Por eso, repite Vicky “hablar salva”. Por eso, insiste, hay que hablar del suicidio, sacarlo del armario. “Los sobrevivientes de suicidio te dicen que pedir ayuda o verbalizar lo que sienten se les hace una montaña. Por eso tenemos que romper ese silencio. Tenemos que aprender a tener conversaciones incómodas, tenemos que aprender también los que estamos al otro lado a tener esas conversaciones y aprender a acompañar hasta que lo incómodo se haga cómodo. No vamos a terminar con el problema del suicidio, claro que no, pero hay un porcentaje de muertes que son evitables. Y para evitarlas tiene que ser más fácil hablar de ello”.

Y subraya: “El otro tema de la campaña es justo ese: quitemosle la carga a la conversación. Consigamos que se pueda hablar de ello”. Lo incómodo, dice, es recibir una llamada en la que te dicen que tu hijo, pareja, hermano se ha suicidado.

La campaña, dirigida por el cineasta Santiago Zannou, ha contado con la ayuda de creativos publicitarios y agencias que se han ido sumando. “Pregunté a Sanidad dónde estaban las campañas de sensibilización de las que el Plan de Prevención del Suicidio 2025-27 destacaba la necesidad [en el artículo 2.1 establece como medida hacer una campaña anual]. Nunca tuve respuesta. Esta que presentamos es la campaña que tendría que haber hecho el Gobierno. La hemos hecho una serie de personas con cero medios y cero presupuesto para demostrar que si se quiere, se puede”. Pues aquí estamos demostrando que si se quiere, se puede".
Si necesita ayuda, tiene pensamientos o ideaciones suicidas puede llamar al 024; al teléfono de la Esperanza (717 003 717) o escribir por WhatsApp al 666 640 665. También ofrece asistencia la Fundación ANAR (900 20 20 10).

sábado, 19 de septiembre de 2026

"DE CÓMO EL DR. JOB PAUPERSUM LE TRAJO ROSAS A SU HIJA". Un cuento de Gustav Meyrink

En el famoso café de lujo “Stefanie” de Munich, y en altas horas de la noche, se hallaba sentado, rígido, con la mirada perdida, un anciano de aspecto por demás singular. La corbata deshilachada y dejada en absoluta libertad, más la frente poderosa que casi le llegaba hasta la nuca, revelaba al hombre docto, al académico de relevancia. Aparte de una barba plateada y rala que parecía escapada de una pléyade de chinches, cuyo extremo inferior cubría aquella parte central del chaleco donde a los grandes pensadores les suele faltar un botón, el anciano caballero poseía muy poco que valiera la pena mencionarse en cuanto a bienes terrenales. Para decirlo con absoluta precisión: nada.

Tanto más vivificante le resultó, por consiguiente, que ese parroquiano de vestimenta tan mundana y lustroso bigote negro que hasta ese momento estuviera sentado junto a la mesa del rincón de enfrente llevándose a la boca de tanto en tanto un trozo de pescado frío, haciendo gala de un delicado manejo del cuchillo (momentos en los cuales resaltaban aún más los destellos que despedía el brillante del tamaño de una guinda que lucía en el meñique elegantemente estirado), y que entre bocado y bocado lo obsequiara con miradas asaz observadoras, se levantara limpiándose a boca, cruzara el local casi vacío, se inclinara cortésmente ante él y preguntara:

-¿Gustaría el caballero jugar una partida de ajedrez?… ¿Digamos, por un marco la partida?

Fantasmagóricas escenas a todo color, referidas al derroche y la opulencia, se fueron sucediendo rápidamente ante los ojos mentales del académico, y mientras su corazón maravillado murmuraba: “A este bruto me lo manda Dios”, sus labios ya le estaban ordenando al camarero que justamente se había acercado para ocasionar, como era su costumbre, una serie de complicadas perturbaciones en el funcionamiento de las bombillas de luz:

-¡Julián, un tablero de ajedrez!

-Si no me equivoco, tengo el honor de conversar con el Dr. Paupersum, ¿no es así? -retomó el diálogo el hombre de mundo.

-Job… este, hm, sí… Job Paupersum -le confirmó distraídamente el académico, pues estaba como hechizado por la monumental esmeralda que bajo el aspecto de una lucecilla de automóvil, pero cumpliendo la función de un alfiler de corbata, adornaba el cuello de su interlocutor.

Fue con la llegada del tablero de ajedrez que se quebró el embrujo y pudo actuar nuevamente con entera libertad; colocó las piezas, fijó con saliva la cabeza de un caballo que estaba floja y reemplazó la torre que faltaba con una cerilla convenientemente doblada, todo en un abrir y cerrar de ojos. A partir de la tercera jugada el hombre de mundo se desprendió de sus binóculos, adoptó una pose por demás pedante y se sumió en hondas cavilaciones CONTINUAR LEYENDO