En este volumen se reúnen tres grandes reportajes que Manuel Chaves Nogales realizó en Andalucía para su periódico, Ahora, en distintos momentos de la República: la serie titulada genéricamente «Con los braceros del campo andaluz» (noviembre de 1931), «Semana Santa en Sevilla» (abril del 35), y el que da título al volumen, «Andalucía roja y la Blanca Paloma» (junio del 36). Son amplias piezas donde se mezclan las temáticas andaluza, etnográfica, religiosa, socioeconómica y política. El periodista consigue reflejar una evolución gradual de un clima altamente politizado, que pasa del aire prerrevolucionario, en sus jornadas con los trabajadores del campo, al claro clima de preguerra en su particular romería del Rocío, pasando por sus magistrales páginas dedicadas a una Semana Santa totalmente convulsionada en el momento republicano. La inmediatez de la visión periodística no es obstáculo para las cargas de profundidad a la hora de mostrar, por ejemplo, las contradicciones de su amada República, o las de un pueblo andaluz entre la revolución y la devoción. En todas las piezas aquí reunidas, el contexto histórico y de actualidad impone su ley y saca a flote todo tipo de presagios, a veces auténticas realidades de preguerra. La honestidad y maestría periodística, el desencanto por el momento histórico, y el antitotalitarismo de cualquier signo, que manifiesta Chaves Nogales, contrastan con la situación hasta evidenciar el desastroso derrumbe que estaba por venir. Pero sólo una mano maestra como la de Chaves Nogales pudo ser capaz de llenar su trabajo periodístico de un jugo intemporal que hace de su lectura hoy un ejercicio del que no deberíamos prescindir.
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
jueves, 13 de agosto de 2026
miércoles, 12 de agosto de 2026
"LA MAÑANA DESPUÉS DEL INCENDIO". Un cuento de Maeve Brennan
Desde mis cinco años hasta casi los dieciocho, vivimos en una casa pequeña en un barrio de Dublín llamado Ranelagh. En nuestra calle, todas las casas eran de ladrillo rojo y tenían pequeños jardines detrás, parte de cemento y parte de hierba, separados unos de otros por muros de piedra bajos. Cuando nos instalamos, yo no llegaba a ver nada por encima de los muros, pero en los últimos años recuerdo que podía mirar con facilidad, así que supongo que tendrían cinco pies¹ de alto. Todos los jardines tenían un muro común al fondo, que naturalmente era muy largo, pues abarcaba toda la longitud de la calle. A nuestra calle le decían “avenida” porque uno de los extremos, el más lejano para nosotros, no tenía salida. Era una avenida corta, con veintiséis casas a un lado y veintiséis al otro. Nosotros vivíamos en el número 48 y solo a cuatro casas de distancia de la calle principal, Ranelagh, donde circulaban tranvías y autobuses y toda clase de coches, con bastante ruido de tráfico.
Más allá del muro del fondo del jardín se extendía un gran club de tenis, y a veces en verano, especialmente durante los torneos, mi hermana pequeña y yo nos asomábamos a una ventana trasera de la casa y contemplábamos a los jugadores con sus blancas camisas de lino y sus amplios pantalones de franela, y los oíamos vocear los tantos. El club tenía un local, pero no lo veíamos. Nuestra visión quedaba parcialmente obstruida por la gran construcción del garaje, que se apoyaba en el muro del fondo de nuestro jardín y los otros cuatro jardines que nos separaban de la calle Ranelagh. Algunos de los vecinos de nuestro pasaje dejaban el coche en aquel garaje y la gente que venía a jugar al tenis aparcaba los coches allí. Siempre se veía movimiento en aquel garaje y nunca llegué a entrar allí, aunque comprábamos la comida en una tienda contigua. La tienda daba a la calle Ranelagh y tanto la tienda como el garaje eran propiedad de un hombre colorado y larguirucho y de su mujer, gruesa con el pelo rojizo claro; eran los McRory. Las tardes de verano, cuando mi hermana y yo íbamos a la tienda a comprar granizado en vasos de plástico, había algunos jugadores por allí, refrescándose con el hielo y también con botellas de limonada.
Una mañana de verano, muy temprano, cuando aún estaba oscuro, oí la voz de mi padre muy excitada al otro lado de la puerta de mi dormitorio. Yo tendría unos ocho años. Mi hermana pequeña dormía en la misma habitación que yo.
-¡La tienda de McRory está ardiendo! -decía mi padre.
Se había despertado con el resplandor rojo de las llamas contra su ventana. Se puso algo encima y corrió a ver qué pasaba y mi madre nos dejó mirar el incendio desde una ventana de atrás, la misma ventana por la que solíamos mirar los partidos de tenis. Era un fuego con todas las de la ley, con llamas que saltaban y denso humo torrencial, y un fragor constante de destrucción, quebrado por los golpes que daban al caer algunos pedazos del tejado. Mi madre se preguntó en voz alta si habrían podido salvar los coches y eso nos hizo mirar el edificio ardiente con un interés renovado y con el inmenso temor de imaginar grandes coches brillantes devorados por aquel fuego galopante. Era muy emocionante.
Mi madre nos hizo volver al dormitorio, pero incluso allí sentíamos cierta emoción oyendo a los hombres llamarse unos a otros en la calle y cerrando de golpe sus puertas tras ellos para correr fuera a ver el espectáculo. Como había decidido que nuestra casa no corría peligro, mi madre nos arropó en la cama con firmeza, pero yo no podía dormir, y en cuanto se hizo de día me vestí y corrí escaleras abajo. Mi padre tenía muchas cosas que contar. El garaje era una ruina, dijo, pero la tienda se había salvado. Muchos coches se habían destruido. Nadie sabía cómo había empezado el fuego. Algunos de los hombres del garaje habían sido muy valientes, corriendo a rescatar todos los coches que podían. La parte del edificio que daba a nuestro jardín se veía chamuscada, frágil y vacía porque ya no le quedaba tejado y su interior había desaparecido. El aire olía fuertemente a quemado. CONTINUAR LEYENDO
martes, 11 de agosto de 2026
"LOS NUEVE MONSTRUOS". Un poema César Vallejo
Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora, voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.
Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tanta cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.
Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rosseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.
El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás, de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más).
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardido!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.
3 de noviembre de 1937
lunes, 10 de agosto de 2026
"CARTA A MI HIJO CON DISCAPACIDAD: EL VALOR DE UNA VIDA NUNCA DEPENDE DE SU UTILIDAD". Álvaro Villanueva, El País
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| La experiencia compartida inspira esta reflexión sobre la dignidad de las personas con discapacidad |
El día en que una sociedad deje de conmoverse ante el dolor concreto de los más frágiles habrá empezado también a perder lo mejor de sí misma. Cuidar de esas pocas vidas es defender la dignidad de todos
Querido Alvarete:
Hoy permíteme que me desahogue contigo. Que me sirvas de sparring para liberar todos mis pensamientos. De verdad que lo necesito. El otro día, hablando con un potencial donante, surgió una pregunta que llevo años escuchando: ¿por qué destinar tantos recursos a causas que, por su propia naturaleza, siempre ayudarán a relativamente pocas personas cuando, con ese mismo dinero, podrían impulsarse proyectos de mayor alcance? La pregunta estaba formulada con toda la buena fe del mundo y no tiene nada de indigna, porque nace de la razón, pero hay verdades que la razón, por sí sola, no basta para comprender.
Durante unos segundos pensé incluso que quizá tenían razón. Que tal vez nosotros también deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a otras causas donde estos pudieran ayudar a más personas. Pero enseguida empecé a pensar en ti. En que, si alguien se limitara a analizar tu vida solo desde una hoja de cálculo, sin tener nada más en consideración, probablemente nunca le saldrían las cuentas. Y, sin embargo, pocas personas conozco que hayan cambiado tanto a quienes lo rodean.
Muchos sostendrán que es más inteligente destinar el dinero allí donde produzca un mayor “rendimiento” humano. Hablarán de eficacia, de alcance, de impacto. Y no les faltará parte de razón. También dirán que el buen gobernante debe pensar en el bien común y administrar con prudencia los recursos limitados, intentando maximizar su alcance, y tampoco les faltará razón.
Pero existe un peligro oculto en esa lógica cuando se convierte en una ley absoluta. Porque el día en que una sociedad empiece a decidir quién merece ayuda en función de su “rentabilidad”, habrá comenzado también a decidir qué vidas poseen menos valor.
Las personas más frágiles siempre serán ineficientes: el anciano dependiente, el niño gravemente enfermo, la persona con gran discapacidad, el que nunca producirá riqueza ni devolverá a la sociedad aquello que consume… Si el criterio supremo fuese únicamente la maximización del resultado, todos ellos quedarían lentamente apartados de la mesa común.
No de golpe, no con una crueldad manifiesta, sino poco a poco, basándonos en argumentos razonables. Así empiezan las peores decadencias morales: cuando el corazón se reviste de matemáticas para justificar su indiferencia.
Una civilización no se define por cómo trata a las mayorías fuertes, sino por cómo protege a quienes no pueden devolver nada a cambio. Ahí es donde un pueblo revela su verdadera estatura moral.
Tú nunca me has dado las gracias por cuidarte, al menos no de la manera en que la gente suele darlas. Lo has hecho de muchas otras formas, pero tampoco las necesitaba, o eso quiero pensar. Ya que hace mucho que comprendí que quien ama de verdad no espera ser recompensado, porque el propio amor ya es su recompensa. Quizá por eso me cuesta tanto entender un mundo que solo sabe medir el valor de las cosas por lo que pueden devolver.
Hay, además, otra verdad que los calculadores del mundo olvidan con frecuencia: el bien jamás termina donde creemos. Un centro que cuida a 300 personas quizá sostiene también a 300 familias. Y esas familias educan a hijos distintos. Y esos hijos crecerán mirando la fragilidad humana no con miedo ni desprecio, sino con compasión. Y esa compasión transformará decisiones futuras, leyes futuras, sociedades futuras. El bien auténtico posee raíces invisibles.
Quien solo ama a la humanidad en abstracto suele terminar olvidando a los hombres reales. Por eso desconfío de quienes hablan constantemente de salvar al mundo, pero son incapaces de detenerse primero ante el sufrimiento del que tienen delante de sus ojos. El verdadero deber moral siempre comienza en casa.
Teresa de Calcuta entendió algo que la gente olvida con frecuencia: cuando una persona encuentra a alguien que sufre, deja de preguntarse cuántos podría haber ayudado y empieza, sencillamente, a cuidar de quien tiene delante.
No te avergüences, por tanto, de luchar por una causa pequeña a los ojos del resto. A menudo son precisamente esas causas las que preservan la mayor grandeza. Porque cuando una sociedad decide que incluso el más vulnerable merece belleza, cuidado, descanso y dignidad, está proclamando algo extraordinario: que la vida humana tiene valor por sí misma y no por su utilidad.
Y esa idea, querido Alvarete, sostiene el mundo mucho más de lo que creemos. Los hombres prácticos te dirán que hay batallas más eficientes. Quizá tengan razón. Pero el alma humana no sobrevive solo de eficiencia. También necesita símbolos. Necesita lugares que nos recuerden que el valor de una vida nunca depende de su utilidad; lugares donde los más frágiles no sean una carga que administrar, sino personas a las que cuidar. No porque vayan a cambiar todas las estadísticas del sufrimiento humano, sino porque impiden que nos acostumbremos a mirar hacia otro lado. Ese es, en el fondo, el sueño de la Casa AVA (centro pionero de ocio y respiro familiar para personas con discapacidad intelectual): no cambiar el mundo entero, sino impedir que una sola familia se sienta olvidada por él. Porque el día en que una sociedad deje de conmoverse ante el dolor concreto de los más frágiles, habrá empezado también a perder lo mejor de sí misma.
Cuida, pues, de esas pocas vidas como si fueran el centro del mundo. Porque para quienes habitan en ellas, lo son.
Te quiero,
Papá
domingo, 9 de agosto de 2026
"MISA DEL GALLO". Un cuento de J. M. Machado de Assís
Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.
La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de esta, me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres.
A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.
¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.
Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 ó 1862. Yo debía de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.
-Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? -me preguntó la madre de Concepción.
-Leer, doña Ignacia.
Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción. CONTINUAR LEYENDO
viernes, 7 de agosto de 2026
"ÍTACA". Un poema de Francisca Aguirre
¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,Francisca Aguirre
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.
jueves, 6 de agosto de 2026
"LA LECTURA COMO REBELIÓN". Juan Gabriel Vásquez El País
Me pregunto si no habrá una relación entre la expulsión de la literatura y el deterioro de nuestras democracias
Durante dos meses con algunos días, de finales de febrero a comienzos de mayo, di dos cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Sciences Po, en París. Terminadas las clases, la universidad me pidió que hiciera una breve reflexión pública sobre esa actividad que me sigue pareciendo todo menos normal: la de asistir, a través de las palabras de los otros, al misterio de vidas inventadas.
La petición no me sorprendió, pues recientemente me he dado cuenta de que la misma pregunta que llevo décadas haciéndome —¿por qué leemos ficción?— agobia a muchos por estos días: profesores, gestores culturales, políticos buenos y no tan buenos. En el mundo en que me muevo, la única pregunta más frecuente es la que nos estamos haciendo sobre la salud de nuestras democracias. Y, como yo creo a veces que el lugar de la lectura en nuestras sociedades está cambiando drásticamente, como creo a veces que la lectura de ficción exige de nosotros cosas que ya no estamos dispuestos a darle, como creo a veces que asistimos hoy al cierre de toda una forma de entender el mundo que nació hace cuatro o cinco siglos con cuatro o cinco libros que hoy llamamos novelas, también me pregunto si no habrá una relación entre la lenta expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia y el deterioro de nuestras democracias: de nuestra conversación ciudadana, nuestra vida política y todo aquello de lo que hablamos cuando hablamos de libertad.
Me explico. El lector de ficciones, tal como yo lo entiendo, es un constante insatisfecho. Esta insatisfacción es íntima, pero es también profundamente política. Es íntima porque detrás del vicio de la lectura hay una razón que todo lector serio reconoce desde sus comienzos: la frustración que nos causa tener una sola vida, en el sentido de que la vida se acabe —salvo que uno tenga las consolaciones de la fe, que no es mi caso— con la muerte biológica; pero también por tener una sola vida en el sentido de estar fatalmente encerrados en una sola identidad. Para bien o para mal, algunos no nos resignamos a esta camisa de fuerza; nuestra sed de experiencia, nuestra curiosidad inagotable por lo que son los otros, no se apaga en el curso tacaño de una sola vida: queremos tener más vidas, ser otras personas, y la ficción es, como decía George Eliot, the nearest thing to life, lo más cercano a la vida. No asesinamos como Raskolnikov ni tenemos que lidiar después con la culpa; pero casi. No morimos con el gusto del arsénico en la lengua, como Madame Bovary; pero casi. Y en ese casi se juega todo. Lo que tiene lugar en ese casi es un ensanchamiento de nuestra noción de lo humano, un descubrimiento persistente de todo lo que el ser humano puede contener, de la diversidad vertiginosa y a veces aterradora de lo que somos: lo que somos capaces de pensar y lo que somos capaces de hacer. Los lectores de ficción nos asomamos a los recodos más siniestros de los otros; y, si no nos llenamos de espanto, es porque la lectura nos ha enseñado que en nosotros existen también esos recodos siniestros.
Y la insatisfacción es política porque el lector de ficciones es un rebelde y un disidente, siempre consciente —a veces de maneras dolorosas— de que los ciudadanos vivimos a merced de potentes fuerzas narrativas: fuerzas que son políticas, sí, pero también religiosas o tecnológicas o una mezcla de las tres, y que intentan siempre imponernos su versión de nuestro pasado y nuestro presente de manera que nos puedan conducir hacia su versión preferida de futuro. La literatura es incómoda porque crea disonancias en las verdades oficiales, rompe la unanimidad y provoca grietas en el conformismo, y eso resulta con frecuencia intolerable para los poderes que controlan nuestras sociedades. En otras palabras: si el poder político es la capacidad de imponer un relato a una sociedad en un momento dado, la ficción, que es amoral y revoltosa, que tiene la mala costumbre de proponer otro relato o de cuestionar los valores del relato ortodoxo, acaba siempre por abrir espacios que sólo puedo llamar de resistencia. Y esto es en nuestros días más importante que nunca, pues asistimos, de unos años para acá, a nuevo tipo de autoritarismo que amenaza nuestras libertades de maneras imprevisibles, un autoritarismo difícil de ver y por lo tanto de combatir, pero extremadamente peligroso.
Ustedes imaginan ya a qué me refiero. El éxito económico de las plataformas tecnológicas se basa en su capacidad para secuestrar la atención del usuario y no soltarla, y para ello mienten, manipulan, explotan el odio y el resentimiento y el miedo, todo mediante mecanismos que se inspiran deliberadamente de la ludopatía o la adicción a las drogas. Pues bien, la atención que requiere la lectura de una novela y las condiciones en las que leemos (silencio, lentitud, concentración, la terca voluntad de imaginar al otro) encajan mal con las características dominantes de las nuevas tecnologías: el ruido, la rapidez, la atención fragmentada, la desconfianza narcisista en lo que el otro representa. En el mundo de las nuevas tecnologías, los valores de la lectura de ficción no son sólo rebeldes: son subversivos. En este mundo que nos pide reducir al otro a su identidad fabricada por algoritmos, es subversivo dedicar 20 horas a penetrar hasta los pliegues más profundos de su conciencia; en este mundo que juzga y condena con tanto entusiasmo en los tribunales digitales, es subversivo el intento por comprender las acciones de otro hasta sus últimas ambigüedades, hasta sus últimas contradicciones. A propósito de esto recuerdo a menudo a Milan Kundera cuando habla de la novela como “territorio donde se suspende el juicio moral”. La moral de la novela, dice Kundera, se opone a “la indestructible práctica humana de juzgar de inmediato, sin cesar y a todo al mundo”. El ensayo se escribió en 1993, pero no he encontrado en estos 20 años una mejor definición de lo que son las redes sociales.
Decía Theodor Adorno que el fascismo surge cuando hay una falta de introspección. Dicho de otro modo: es mucho más difícil para un movimiento autoritario seducir a una persona que mira hacia adentro. Pues bien, las nuevas plataformas pretenden privarnos incluso de nuestra vida interior, colonizar nuestra conciencia las 24 horas del día y, por esa vía, avanzar en el proyecto político más pernicioso de nuestro tiempo: el control total del ciudadano, su vigilancia constante y su reducción a una media-voluntad crédula, dependiente, engañada y desorientada, incapaz de distinguir la verdad de la mentira e infinitamente vulnerable a las manipulaciones más grotescas. Contra este proyecto, que tiene el apoyo sin resquicios de fuerzas políticas muy poderosas, ¿qué podemos hacer los individuos?
Como mínimo, conservar la soberanía sobre nuestra atención, que es el patrimonio más precioso del que disponemos: tan precioso, que todos los días se invierten millones de dólares en el intento por dominarla. Leer un libro sin que el libro nos lea a nosotros: he aquí un pequeño —y enorme— acto de resistencia. En esta guerra que se libra por dominar la conciencia de los ciudadanos, en esta guerra invisible que tantos menosprecian o desdeñan porque no ocurre en ninguna parte y no parece tener víctimas, un lector de novelas de papel ejerce un mínimo acto de libertad que también es un acto de insumisión y aun de rebeldía: es, como quería Camus, un hombre que dice no. Y yo creo que nuestras democracias lo necesitan más que nunca.
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