viernes, 27 de marzo de 2026

"MALDITO IDIOMA". Luis García Montero, infoLibre.es

Después de la descalificación del idioma español que ha hecho Donald Trump, conviene llamar la atención sobre algunas cosas.

En primer lugar, me parece importante valorar la lengua inglesa, su importancia internacional y la calidad literaria que nos ha regalado a los lectores. Los admiradores de Shakespeare hemos encontrado en sus palabras una manera decisiva de preguntarnos, de sentir el amor, la injusticia, el miedo a la muerte y la realidad de los matices humanos a la hora de convivir con los héroes y con nosotros mismos, con la perfección y con las carencias. La historia es una suma, un sigue, que no puede olvidarse de las restas y las divisiones. ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? Eso se preguntó García Lorca en su Oda a Walt Whitman, cuando buscaba un modo poético de denunciar en Poeta en Nueva York las consecuencias económicas y políticas del capitalismo norteamericano. Fue un maestro para Federico el poeta que había paseado y escrito en inglés por las calles de Brooklyn, como Eliot y Auden fueron maestros imprescindibles para la mejor poesía española de posguerra. La literatura inglesa es una maravilla, aunque se olviden de ella los que sólo aprenden inglés para situar negocios multinacionales y poco humanos en las ambiciones de la speculation.

En segundo lugar, las críticas al idioma español de Donald Trump no son un ataque a España, o a México, o a Colombia, porque el español es un idioma propio de los EEUU. Según los informes del Instituto Cervantes, hay más de 60 millones de ciudadanos americanos de origen hispánico, de los cuales más de 40 millones mantienen el español como lengua materna. Así que cuando Trump desprecia el español, el idioma "maldito", y lo borra de la página web de la Casa Blanca, y promueve políticas de desprestigio en las escuelas, ataca sobre todo la diversidad de su ciudadanía en nombre de una identidad cerrada. El ataque al español en EEUU es el ejemplo más claro de la deriva neoliberal hacia el autoritarismo ideológico, confundiendo la libertad con la ley del más fuerte.

En tercer lugar, llama la atención que muchos hablantes hispanos, que aprendieron a amar a su familia y pedir pan en su idioma materno, muestren simpatías y apoyos a quien desprestigia el español. Coinciden en esa traición íntima representantes de la derecha española del PP y Vox, personajes como Milei y Bukele, cubanos identificados con Miami y protagonistas hispanos del capitalismo internacional. Traicionar a Castilla, al castellano, al español, a La Rioja, a Silos, a sus orígenes, a los puertos andaluces que miraron hacia América, a los procesos justos de independencia defendidos en español, no es ningún problema para los tradicionalistas, como tampoco parece problema bombardear hospitales, romper la justicia internacional, matar personas y violar los derechos humanos. El derecho a la propia lengua es uno de esos derechos.

En cuarto lugar, es necesario recordar que Donald Trump sabe lo que hace cuando desprecia el español. Si en su propio país se trata de una identidad importante, que se opone al deseo homogeneizador de su autoritarismo, en el mundo exterior el español es el segundo idioma del mundo junto al hindi, después del chino mandarín. Y cumple un papel decisivo de puente entre Europa y Latinoamérica. Reconocer y respetar el español supone respetar el multiculturalismo y pensar en un mundo que busque en la diversidad de una ilusión común el camino para la paz y la convivencia. El valor del español implica al mismo tiempo que Latinoamérica no debe ser un patio trasero de EEUU y que Europa tiene un valor decisivo a la hora de defender las ilusiones de una democracia social que no confunda el progreso con la avaricia tecnológica de las élites.

En quinto lugar, es bueno no olvidar el calado reaccionario, agresivo, dictatorial, beligerante y genocida que tienen las declaraciones despreciativas contra un idioma, aunque las diga alguien disfrazado de payaso populista. Y en sexto lugar, considero un orgullo que sea España quien le haya plantado cara, con voz en español, al peligro totalitario y bélico que hoy representan los invasores norteamericanos, sus redes sociales y sus armas de destrucción masiva.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"ABRAHAM E ISAAC". Un cuento de Woody Allen

 Y Abraham se despertó en mitad de la noche y dijo a su único hijo Isaac:

– He tenido un sueño en el que la voz del Señor me ha ordenado que sacrifique a mi único hijo, así que ponte los pantalones.

E Isaac tembló y repuso:

– ¿Y qué has dicho tú? Me refiero después de que Él te presentase la papeleta.

– ¿Y qué iba a decir? -contestó Abraham-. Estaba allí de pie a las dos de la madrugada y en ropa interior ante el Creador del Universo. ¿Qué querías que dijera?

– Bueno, ¿Por qué desea que me sacrifiques? -preguntó Isaac a su padre.

Pero Abraham replicó:

– El creyente no hace preguntas. Vamos pues, que mañana me espera un día muy ajetreado.

Y Sarah, al escuchar los planes de Abraham, se irritó y dijo:

– ¿Cómo sabes que era el Señor y no, pongo por caso, ese amigo tuyo al que le gustan las bromas pesadas? Porque el Señor detesta las bromas pesadas y todo aquel que gaste una será entregado a sus enemigos, puedan éstos pagar los gastos de reembolso o no.

Y Abraham respondió:

– Porque yo sé que era el Señor. Era una voz profunda, resonante, bien modulada, y nadie en el desierto es capaz de retumbar de esta forma.

Y Sarah insistió:

– ¿Y pretendes consumar ese acto insensato?

Pero Abraham repuso:

– Francamente, sí, porque poner en duda la palabra del Señor es una de las cosas peores que puede hacer un hombre, sobre todo estando como está la economía.

Y así llevó a Isaac a un cierto lugar y se dispuso a sacrificarle, pero en el último momento el Señor detuvo la mano de Abraham y dijo:

– ¿Cómo puedes hacer semejante barbaridad?

Y Abraham protestó:

– Pero Tú dijiste…

– No importa lo que Yo dijera -tronó el Señor-. ¿Prestas oído a todas las ideas absurdas que se te ofrecen?

Y Abraham se sintió avergonzado.

– Ejem… no realmente… no.

– Te sugiero en broma que sacrifiques a Isaac y te falta tiempo para poner manos a la obra.

Y Abraham cayó de rodillas:

– Mira, nunca sé cuándo hablas en broma.

Y el Señor estalló:

– No tienes sentido del humor. No puedo creerlo.

– Pero, ¿no prueba eso que te amo, que estaba dispuesto a entregarte a mi único hijo según tu capricho?

Y el Señor contestó:

– Eso prueba que algunos hombres obedecen cualquier orden por cretina que sea, mientras la formule una voz resonante y bien modulada.

Y con esto, el Señor ordenó a Abraham que se fuera a descansar y que volviese a despachar con Él al día siguiente.

martes, 24 de marzo de 2026

"LA NOCHE". Un poema de Alejandra Pizarnik

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

lunes, 23 de marzo de 2026

"TODO, EN UN PARPADEO". Juan José Millás, El País

La poeta estadounidense Emily Dickinson

Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Emily Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no adhesión sino disponibilidad

Hay poetas que saben esperarte. Emily Dickinson llevaba lustros aguardándome. Hay obras que descubres cuando habías perdido la esperanza de entenderlas. Antes, nos rozan, se insinúan, se dejan ver de forma delicada. Después, un miércoles cualquiera, nos llaman por nuestro nombre. “Ya es la hora”, nos dicen, “léeme”. Durante años supe que Dickinson estaba ahí, en ese lugar geográfico de mi biblioteca, con una respiración tan baja que parecía no existir. Conocía algunos de sus versos (“el para siempre está hecho de ahoras”, por ejemplo), citados sin amor. Dickinson estaba bien, pero no era para mí. O yo no era todavía para ella. Faltaban derrotas, faltaban silencios, faltaba una cierta domesticación del asombro. Hay lecturas que exigen una edad moral, no biológica. Dickinson no pide entusiasmo sino atención; no pide adhesión sino disponibilidad. Sus poemas no avanzan: se detienen. No explican: interrumpen. Uno entra en ellos como quien entra en una habitación oscura, confiado en que algo se manifestará si logra que los ojos se acostumbren a la ausencia de luz.

Cuando por fin llegó a mí ―o cuando yo llegué a ella― no hubo estruendo. Sucedió sin anuncio. Un verso breve, casi insignificante (“El alma tiene momentos vendados”), me obligó a cerrar el libro. No por su carga emotiva, sino por su precisión. Ahí entendí la espera: no era la suya, era la mía.

Leerla ahora es una forma de conversación tardía. Ella habla desde un lugar sin tiempo, y yo desde un cuerpo cansado de explicarse. Nos encontramos en el punto exacto donde ya no hace falta convencerse de nada. Sus mayúsculas no subrayan: iluminan un segundo y se apagan, como en un parpadeo. Todo ocurre en ese abrir y cerrar de ojos. Algunos autores nos esperan. Saben que tenemos una cita y que no es más que una cuestión de tiempo. Llegaremos cuando deje de llover. Y entonces, por fin, nos dirán lo que no habíamos sido capaces de escuchar durante lustros.

domingo, 22 de marzo de 2026

"EL CAMINO ES ASÍ". Un cuento de Alfredo Bryce Echenique

Todo era un día cualquiera de clases, cuando el hermano Tomás decidió hacer el anuncio: «El sábado haremos una excursión en bicicleta, a Chaclacayo». Más de treinta voces lo interrumpieron, gritando: «Rah». «¡Silencio! Aún no he terminado de hablar: dormiremos en nuestra residencia de Chaclacayo, y el domingo regresaremos a Lima. Habrá un ómnibus del colegio, para los que prefieran regresar en él. ¡Silencio! Los que quieran participar, pueden inscribirse hasta el día jueves». Era lunes. Lunes por la tarde, y no se hace un anuncio tan importante en plena clase de geografía. «¡Silencio!, continúo dictando, la meseta del Collao es… ¡Silencio!».

Era martes, y alumnos de trece años venían al colegio con el permiso para ir al paseo, o sin el permiso para ir al paseo. Algunos llegaban muy nerviosos: «Mi padre dice que si mejoro en inglés, iré. Si no, no». «Eso es chantaje». El hermano Tomás se paseaba con la lista en el bolsillo, y la sacaba cada vez que un alumno se le acercaba para decirle: «Hermano, tengo permiso. Tengo permiso, hermano».

Miércoles. «Mañana se cierran las inscripciones». El amigo con permiso empieza a inquietarse por el amigo sin permiso. Era uno de esos momentos en que se escapan los pequeños secretos: «Mi madre dice que ella va a hablar con mi papá, pero ella también le tiene miedo. Si mi papá está de buen humor… Todo depende del humor de mi papá». (Es preciso ampliar, e imaginarse toda una educación que dependa «del humor de papá»). Miércoles por la tarde. El enemigo con permiso empieza a mirar burlonamente al enemigo sin permiso: «Yo iré. Él no». Y la mirada burlona y triunfal. Miércoles por la noche: la última oportunidad. Alumnos de trece años han descubierto el teléfono: sirve para comunicar la angustia, la alegría, la tristeza, el miedo, la amistad. El colegio en la línea telefónica. El colegio fuera del colegio. Después del colegio. El colegio en todas partes. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 21 de marzo de 2026

"PERMITID, SEÑOR". Un poema de Juan Bernier seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poeta Juan Bernier fue miembro fundador junto con los poetas Pablo García Baena, Ricardo Molina, Julio Aumente y Mario López de la revista de poesía ‘Cántico’ en Córdoba en el año 1947. La revista dio nombre al grupo poético que tuvo un papel fundamental en la poesía de la posguerra española (cuánto me gusta, dicho sea de paso, que la Biblioteca Pública de Córdoba lleve el nombre del grupo y que en esa ciudad haya una plaza dedicada al poeta). La poesía de Juan Bernier es quizá una de las más atormentadas de todo el grupo. Su juventud estuvo marcada por su homosexualidad, atrozmente perseguida en aquellos años crueles y amenazantes. La poesía fue su modo íntimo de explicarse a sí mismo frente a la repulsa y la intolerancia que percibía a su alrededor. Esas oscuras miradas le hicieron decir en su libro ‘Diario’ «únicamente en mí mismo encuentro comprensión». El poema que hoy comparto pertenece al libro ‘Poesía en seis tiempos’ en la sección ‘Tiempo de deseo’ publicado en el año 1977. Cuánta angustia y cuántas pasiones reprimidas acumulan la poesía de todos los tiempos. (Andrea Villarrubia Delgado)

PERMITID, SEÑOR

Permitid, Señor, un poco de lujuria en este mundo.
Permitid que el roce de los labios sea caliente levadura,
permitid que las pupilas de luto del deseo se hundan en el pozo de otros ojos,
permitid que la mano del osado amante palpe la sangre ajena estremecida.

Dejad hervir la entraña de los machos sobre la piel desnuda,
dejad el juego de los adolescentes labios bucear en los senos de los lirios,
dejad las vírgenes con su secreto fuego ardiendo en piras escondidas,
dejad los muslos de los verdes tallos mezclarse en llamas
de tacto, en apretadas lianas de caricias.

Que el rubor se desnude enteramente y la escultura
surja de tactos y torrentes,
que los zumos de ojos exprimidos y de brazos
manen de fuentes secretas y de labios.

Permitidlo, Señor, que ya sufrieron sus penas los humanos,
que ya, bastante, la carga duró sobre los hombros.

JUAN BERNIER

viernes, 20 de marzo de 2026

"LEER A SOLAS EN UNA HABITACIÓN". Antonio Muñoz Molina, El País

Mientras decenas de millones de niñas no pueden ir a la escuela, en nuestro mundo de desganado cinismo aprender se ve como algo superfluo

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.