A las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del abrigo subido, comían un bocadillo.
—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.
Al fondo del vasto pasillo, Martin, en lugar de coger la escalera, empujó una puerta de cristales. Como en todos los locales de la Policía Judicial, la luz estaba mezquinamente distribuida. En medio de esta estancia, que era la antesala de la dirección, se daba aires de superioridad un enorme canapé redondo forrado de terciopelo rojo.
Un hombre estaba sentado en él, con abrigo, con el sombrero en la cabeza. A algunos pasos, dos inspectores, de pie, fumaban cigarrillos, mientras que el viejo ujier cenaba en su jaula de cristal.
Martin llenaba su pipa. En un cuarto de hora estaría en su casa, cenando en familia.
Distraídamente acababa de echar una ojeada hacia aquel lado, porque desde hacía dos días no se hablaba de otra cosa.
—¿Qué tal? —preguntó a media voz a uno de los inspectores.
Y este, suspirando, señaló la segunda puerta, la del despacho de Maigret.
—¿Con quién está?
—Sigue con la cuñada…
El hombre, que oía cuchichear, alzó lentamente la cabeza y lanzó a sus compañeros una mirada triste en la que había como un reproche. Era un personaje delgado, de mala apariencia, de unos cuarenta años, tal vez algo menos, de ojos muy ojerosos, de bigotito moreno.
—Está ahí desde la mañana… —susurró el inspector a Martin.
En aquel momento la puerta de Maigret se abrió. El comisario apareció y, como no cerró tras de sí, se vio el despacho lleno de humo y, en un sillón verde, la silueta de una muy joven mujer rubia.
—¡Lucas!… —llamó Maigret buscándolo con los ojos como alguien que no ve el asunto muy claro—. Corre a traerme unos bocadillos… Pasa por la cervecería y haz que suban unos medios…
Martin aprovechó para estrechar la mano de su colega.
—¿Marcha eso?
Y Maigret, congestionado, presentaba unos ojos brillantes. Se hubiera jurado que hubiese dado cualquier cosa por una bocanada de aire fresco.
—Escucha —murmuró bajando la voz—. Te voy a decir algo bueno… Si no acabo esta noche con esta investigación, abandono… No lo comprendes, ¿verdad?… Pues bien, no puedo vivir más tiempo ahí dentro…
El hombre del canapé, que no podía oír sus palabras, esperaba, temblando, pero el comisario volvió a entrar en su despacho, la puerta se cerró, Martin se alejó, mientras la aguja del reloj avanzaba un nuevo minuto y llegaban hasta allí las voces de los periodistas. CONTINUAR LEYENDO

