miércoles, 24 de junio de 2026

"¿NOS DEFINEN LOS LIBROS QUE LEEMOS?: LA IDENTIDAD LECTORA Y LA IDENTIDAD PERSONAL". Alberto Escalante Varona (Universidad de La Rioja), Theconversation.com

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?
Dos identidades

Entonces, ¿"somos lo que leemos"? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?
El autor no es nadie sin el receptor

A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido

del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora

Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto. Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.

domingo, 21 de junio de 2026

"EL SECRETO DEL BARRANCO DE MACARGER". Un cuento de Ambrose Bierce

Al noroeste de Indian Hill, a unas nueve millas en línea recta, se encuentra el barranco de Macarger. No tiene mucho de barranco, pues se trata de una mera depresión entre dos sierras boscosas de una altura considerable. Desde la boca hasta la cabecera, porque los barrancos, como los ríos, tienen una anatomía propia, la distancia no es superior a las dos millas, y la anchura en el fondo sólo rebasa en un punto las doce yardas; durante la mayor parte del recorrido, a ambos lados del pequeño arroyo que fluye por él en invierno y se seca al llegar la primavera, no hay terreno llano. Las escarpadas laderas de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiso, no tienen otra separación que la de la anchura del curso del río. Nadie, a no ser un ocasional cazador intrépido de los contornos, se aventura a meterse en el barranco de Macarger que, cinco millas más adelante, no se sabe ni qué nombre tiene. En esa zona, y en cualquier dirección, hay muchos más accidentes topográficos notables que no tienen nombre y resultaría vano intentar descubrir, preguntando a los lugareños, el origen del nombre de éste.

A medio camino entre la cabecera y la desembocadura del barranco de Macarger, la colina de la derecha según se asciende está surcada por otro barranco, corto y seco, y donde ambos se unen hay un espacio llano de unos dos o tres acres, en el que hace unos cuantos años había un viejo albergue con una sola habitación. Cómo habían sido reunidos los materiales de aquella casa, pocos y simples como eran, en aquel lugar casi inaccesible, es un enigma en cuya solución habría más de satisfacción que de beneficio. Posiblemente el lecho del arroyo sea un camino en desuso. Es seguro que el barranco fue explorado en otra época con bastante minuciosidad por mineros, que debieron de conocer algún medio de entrar, al menos, con animales de carga para transportar las herramientas y los víveres. Al parecer, sus beneficios no fueron suficientes para justificar una inversión considerable y enlazar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado que disfrutara del honor de tener un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí; la mayor parte de ella. Le faltaba la puerta y el marco de una ventana, y la chimenea de barro y piedras se había convertido en un rimero desagradable sobre el que crecía una espesa maleza. El humilde mobiliario que pudiera haber habido y la mayor parte de la baja techumbre de madera había servido como combustible en los fuegos de campamento de los cazadores; cosa que también debió de ocurrirle a la cubierta del viejo pozo que, en la época de la que escribo, se abría allí bajo la forma de un hoyo cercano, no muy profundo pero bastante ancho.

viernes, 19 de junio de 2026

Como tú, un poema de León Felipe musicado por Paco Ibáñez.


COMO TÚ...

Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...

jueves, 18 de junio de 2026

"TIZA, PLÁTANOS Y LIBROS NUEVOS". Najat El Hachmi, El País

No hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas

El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir nada. La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿Que cuándo vuelvo? Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica. Con el cuerpo y los ojos y ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos. Al observar a las niñas me acordé de inmediato del maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor y disciplina, pero respeto y cariño.

En otro colegio me preguntaron si recordaba mi primer día de colegio y al instante me vino el olor de Eugènia, que nos acogió en su aula de primero de EGB a mi mellizo y a mí, yo con el pelo áspero del río salado del que sacábamos el agua y la piel quemada por el sol rifeño, mi hermano con la cabeza rapada como era costumbre en el campo para evitar piojos y demás parásitos. Éramos unos moritos que venían del fin del mundo, pero Eugènia nos abrazó (o eso recuerdo yo), y ahora siempre que pienso en ella en la nariz se me hace presente esa extraña mezcla de tiza y plátano. Y luego el olor de los libros nuevos, indescifrables entonces. Así que no hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas. Son las personas adultas más importantes en la vida de cualquier niño después de los padres, la segunda figura con la que establecemos vínculos sólidos y de confianza. Y que echamos de menos cuando están de baja o se van a otra escuela. También los echamos de menos cuando el sistema no les deja enseñar en condiciones, con aulas hacinadas, burocracia y sueldos bajos. Por todo esto, no es de extrañar que a las manifestaciones de los docentes se unan personas que no lo son. Defender sus derechos es defender los derechos de nuestros hijos y honrar la memoria de los buenos maestros que tuvimos.

lunes, 15 de junio de 2026

"UNA MUJER RESPETABLE". Un cuento de Kate Chopin.

La señora Baroda se molestó un poco al enterarse de que su esposo había invitado a su amigo Gouvernail a pasar una o dos semanas en la plantación. Durante el invierno, habían invitado y recibido a mucha gente y también habían pasado gran parte del tiempo en Nueva Orleáns, sumidos en una variada y suave disipación. Ahora, cuando ya estaba ansiosa por entrar en un periodo de descanso ininterrumpido y en un calmado tête-a-tête con su esposo, él le informaba que Gouvernail vendría a pasar una semana o dos en la plantación.

Era un hombre de quien había oído hablar mucho pero al que nunca había visto. Había sido compañero de universidad de su esposo; ahora era periodista pero no se trataba de ningún modo de un hombre de sociedad ni de un individuo popular, razones, quizás, por las que nunca lo había conocido. Sin embargo, se había formado inconscientemente una imagen de él.

Lo había imaginado alto, delgado y cínico; con anteojos y las manos siempre entre los bolsillos, y esa imagen no le gustó. En realidad, Gouvernail resultó ser un hombre delgado, pero no era alto y no era demasiado cínico; tampoco usaba anteojos ni llevaba las manos metidas en los bolsillos. Y cuando él se presentó por primera vez, a ella le gustó bastante.

Aún así, cuando intentó hacerlo, no pudo explicarse de manera totalmente satisfactoria por qué le había gustado. No consiguió descubrir en él ninguno de aquellos brillantes y prometedores rasgos que Gaston, su esposo, le había asegurado con tanta insistencia que poseía. Por el contrario, Gouvernail permaneció sentado, en silencio y en actitud receptiva hacia la parlanchina ansiedad con la que ella se esforzaba para hacerlo sentir en casa, y la elocuente hospitalidad de Gaston. Los modales de Gouvernail hacia ella resultaron tan corteses como los que podía reclamar la más exigente de las damas, pero no hizo ningún esfuerzo evidente por buscar su aprobación y ni siquiera su estima.

Una vez acomodado en la plantación, a Gouvernail parecía gustarle sentarse en el amplio pórtico sombreado de uno de los grandes pilares corintios, fumando su cigarro sin ningún afán y escuchando con atención el relato de la experiencia de Gastón como plantador de caña de azúcar.

–Esto es lo que yo llamo vida –murmuraba con profunda satisfacción; mientras que el aire que barría el sembrado de caña lo acariciaba con ese roce aterciopelado, cálido y aromático.

También le gustaba tratar con familiaridad a los grandes perros que se le acercaban y se frotaban amistosamente contra sus piernas. No le gustaba ir a pescar y no mostraba ningún afán por salir a cazar pinzones cuando Gastón se lo proponía.

La personalidad de Gouvernail desconcertaba a la señora Baroda, pero aún así le gustaba. En efecto, se trataba de un hombre adorable e inofensivo. Sin embargo, al cabo de varios días, cuando no logró comprenderlo mejor que al principio, dejó de sentirse desconcertada y empezó a estar irritada. Con ese estado de ánimo, dejaba solos, la mayor parte del tiempo, a su esposo y a su invitado. Sin embargo, al ver que Gouvernail no adoptaba ningún comportamiento excepcional frente a sus actos, decidió imponerle su presencia, acompañándolo en sus indolentes paseos hasta el molino y en sus caminatas por la elevada orilla del río. Buscaba con persistencia penetrar la circunspección en la que él se envolvía inconscientemente. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 14 de junio de 2026

"LA SEGUNDA VENIDA / EL SEGUNDO ADVENIMIENTO". Un poema de W. B. Yeats

“La Segunda Venida"

Girando y girando en el creciente círculo
El halcón no puede oír al halconero;
Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es desatada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.

Seguramente alguna revelación está cerca;
Seguramente la Segunda Venida está cerca.
¡La Segunda Venida! Apenas pronunciadas esas palabras
Cuando una vasta imagen del Spiritus Mundi
Inquietó mi vista: en algún lugar en las arenas del desierto
Una forma con cuerpo de león y cabeza de hombre,
Una mirada vacía y despiadada como el sol,
Mueve sus pausados muslos, mientras por doquier
Circundan las sombras de las indignadas aves del desierto.
La oscuridad cae de nuevo; pero ahora sé
Que veinte siglos de un pétreo sueño
Fueron contrariados hasta la pesadilla por el mecer de una cuna,
¿Y qué tosca bestia, cuya hora llega al final,
Cabizbaja camina hacia Belén para nacer?

«El segundo advenimiento»

Dando vueltas y vueltas en la espiral creciente
no puede ya el halcón oír al halconero;
todo se desmorona; el centro cede;
la anarquía se abate sobre el mundo,
se suelta la marea de la sangre, y por doquier
se anega el ritual de la inocencia;
los mejores no tienen convicción, y los peores
rebosan de febril intensidad.

Una revelación se aproxima;
se aproxima el Segundo Advenimiento.
¡El Segundo Advenimiento! Lo digo,
y ya una vasta imagen del Spiritus Mundi
turba mi vista; allá en las arenas del desierto
una figura con cuerpo de león y cabeza de hombre,
una mirada en blanco y despiadada como el sol,
mueve sus lentos muslos, y en rededor planean
sombras de airadas aves del desierto.
Cae la oscuridad de nuevo, mas ahora sé
que a veinte siglos de obstinado sueño
los meció una pesadilla en su cuna,
¿y qué escabrosa bestia, llegada al fin su hora,
se arrastra hasta Belén para nacer?

viernes, 12 de junio de 2026

"LEER Y ESCRIBIR PUEDE REDUCIR EL RIESGO DE DEMENCIA EN CASI UN 40%". Andrew Gregory (editor de salud), The Guardian

Las inversiones públicas que amplían el acceso a entornos
enriquecedores como las bibliotecas podrían contribuir a reducir
la incidencia de la demancia, afirmó el autor del estudio

La salud cognitiva en la edad adulta está "fuertemente influenciada" por la exposición permanente a entornos intelectualmente estimulantes, afirman los investigadores.

Leer, escribir y aprender uno o dos idiomas puede reducir el riesgo de padecer demencia en casi un 40%, según un estudio que sugiere que millones de personas podrían prevenir o retrasar la enfermedad.

La demencia es una de las mayores amenazas para la salud mundial. Se prevé que el número de personas que la padecen se triplique hasta superar los 150 millones a nivel mundial para 2050, y los expertos afirman que representa una amenaza grave y en rápido crecimiento para los futuros sistemas de salud y asistencia social en todas las comunidades, países y continentes.

Investigadores estadounidenses descubrieron que realizar actividades intelectualmente estimulantes a lo largo de la vida, como leer, escribir o aprender un nuevo idioma, estaba asociado con un menor riesgo de padecer Alzheimer, la forma más común de demencia, y un deterioro cognitivo más lento.

La autora del estudio, Andrea Zammit, del Centro Médico de la Universidad Rush en Chicago, dijo que el descubrimiento sugiere que la salud cognitiva en la edad adulta está "fuertemente influenciada" por la exposición durante toda la vida a entornos intelectualmente estimulantes.

Nuestros hallazgos son alentadores, ya que sugieren que participar de forma constante en diversas actividades que estimulen la mente a lo largo de la vida puede marcar la diferencia en la cognición. Las inversiones públicas que amplían el acceso a entornos enriquecedores, como bibliotecas y programas de educación temprana diseñados para fomentar el amor por el aprendizaje a lo largo de la vida, pueden ayudar a reducir la incidencia de la demencia.

Los investigadores dieron seguimiento a 1939 personas con una edad promedio de 80 años que no presentaban demencia al inicio del estudio. Se les realizó un seguimiento promedio de ocho años. Los participantes completaron encuestas sobre actividades cognitivas y recursos de aprendizaje durante tres etapas.

El enriquecimiento temprano, antes de los 18 años, incluía la frecuencia con la que se les leía y se les leían libros, el acceso a periódicos y atlas en el hogar y el aprendizaje de un idioma extranjero durante más de cinco años.

El enriquecimiento en la mediana edad incluía el nivel de ingresos a los 40 años, los recursos del hogar como suscripciones a revistas, diccionarios y tarjetas de biblioteca, y la frecuencia de actividades como visitar un museo o una biblioteca. El enriquecimiento en la tercera edad, a partir de una edad promedio de 80 años, incluía la frecuencia de lectura, escritura y juegos, y los ingresos totales provenientes de la seguridad social, la jubilación y otras fuentes.

En total, 551 participantes desarrollaron la enfermedad de Alzheimer y 719 desarrollaron deterioro cognitivo leve (DCL) durante el estudio, que se publicó en Neurology, la revista médica de la Academia Estadounidense de Neurología.

Los investigadores compararon a quienes presentaban el mayor nivel de enriquecimiento cognitivo (el 10 % superior) con quienes presentaban el nivel más bajo (el 10 % inferior). Entre quienes presentaban el nivel más alto, el 21 % desarrolló Alzheimer. Entre quienes presentaban el nivel más bajo, la cifra fue del 34 %.

Después de ajustar factores como la edad, el sexo y la educación, los investigadores encontraron que las puntuaciones más altas en enriquecimiento de la vida estaban asociadas con un riesgo 38% menor de enfermedad de Alzheimer y un riesgo 36% menor de deterioro cognitivo leve (DCL).

Las personas con el mayor enriquecimiento a lo largo de su vida desarrollaron la enfermedad de Alzheimer a una edad promedio de 94 años, en comparación con los 88 años de quienes tenían el nivel más bajo de enriquecimiento, es decir, un retraso de más de cinco años.

Los investigadores descubrieron que las personas con el mayor enriquecimiento a lo largo de su vida desarrollaron deterioro cognitivo leve a una edad promedio de 85 años, en comparación con los 78 años de quienes tenían el nivel más bajo de enriquecimiento, un retraso de siete años.

Los investigadores también analizaron a los participantes que fallecieron durante el estudio y se les realizó una autopsia. El estudio halló que quienes tenían un mayor enriquecimiento vital tenían mejor memoria y habilidades de pensamiento, así como un deterioro más lento antes de morir.

Una limitación fue que los participantes informaron detalles sobre sus experiencias en la primera infancia y la mediana edad más tarde, por lo que podrían no recordar todo con precisión. El estudio tampoco demostró que el aprendizaje permanente reduzca el riesgo de demencia, ya que solo mostró una asociación.

La Dra. Isolde Radford, directora de políticas de Alzheimer's Research UK, que no participó en el estudio, dijo que los hallazgos resaltaron que la demencia no era una parte inevitable del envejecimiento.

“Esta nueva investigación demuestra que mantenerse mentalmente activo a lo largo de la vida puede reducir el riesgo de padecer Alzheimer en casi un 40%”, afirmó. “Esto refuerza lo que ya sabemos sobre las medidas preventivas que las personas pueden tomar para reducir el riesgo de desarrollar demencia”.