lunes, 6 de julio de 2026

"EN LA BIBLIOTECA DE MARTÍN CAPARRÓS: “Tras la ELA, proyecto mis libros en la pared y me siento el rey del mundo”. Vivien Doherty Luduvice,Álvaro de la Rúa,Luis Manuel Rivas, El País


Desde hace un tiempo, la biblioteca de Martín Caparros es una pantalla. En su ordenador portátil selecciona sus lecturas y proyecta las páginas en la pared. Páginas que miden dos metros de ancho por uno de alto, que le permiten recostarse en el sofá y sentirse “el rey del mundo” mientras lee. La enfermedad de ELA que padece ha acelerado la digitalización de toda su biblioteca: “Casi no leo en papel. Tendría que sostener el libro y no puedo”. Ahí están todos sus libros. No los tiene contados, pero con un solo dedo mueve el cursor que navega por un scroll infinito que recorre ensayos, biografías o novelas.

Su vida de trotamundos entrometido —o curioso nada más—, hizo que Caparrós nunca fuera de arrastrar libros de un lugar a otro. “Tuve varias bibliotecas, pero cada vez que me fui de uno de los lugares donde vivía, dejaba la mayoría de los libros porque nunca quise viajar con maletas”, explica desde su luminosa casa en Madrid. Ahora, sin embargo, piensa que ”guardar una biblioteca es imaginarse que uno puede vivir su vida de nuevo ligeramente mejor. Es como una especie de optimismo bobo de que todo está ahí para ser hecho nuevamente".

No todo lo que lee lo proyecta cual estreno de cine en sus muros. A veces le basta con hacerlo en las 24 pulgadas de un ordenador instalado en su salón y adaptado para que pueda utilizarlo fácilmente. Ese nuevo formato digital, además, le proporciona otra ventaja: “La de no abrumar a nadie que me visite con los libros que tengo o con lo leído que soy. Viéndome en el ordenador pueden pensar que estoy jugando un videojuego, cuando en realidad estoy leyendo”, bromea, con su habitual sentido del humor, acentuado por ese bigote revolucionario y sus cejas en parábola.

Todavía guarda un único resquicio para algunos libros físicos, regalados por amigos o que le importaron lo suficiente como para conservarlos. Pero, reconoce, “son muy pocos, están en unas cajas del sótano” y no tiene “contacto con ellos”.

Caparrós contó que padecía la enfermedad como mejor sabe, escribiendo un libro de memorias que empieza con la demoledora frase: “Me dijeron que me voy a morir”. Lo hizo en octubre de 2024, con miedo, le dijo a Paco Cerdá en este diario, de “ser para los demás un moribundo”. “Por lo menos mientras no me sienta uno. No quiero esa piedad, ese disimulado espanto, esa tristeza que, imagino, recogeré cuando cuente que ya estoy condenado. Y además decirlo, imagino, lo hará tanto más real, tanto más cierto“, explicó.

Ya entonces acusaba algunos de los síntomas de la enfermedad degenerativa —las debilidad, los problemas motores, la atrofia muscular...— y la silla que lo ayuda a moverse por la vida llevaba tiempo siendo su inevitable compañera: “Ya me cuesta lavarme la cara o llevarme a la boca la comida, subir a la cama es un deporte olímpico, darme media vuelta en ella un buen recuerdo, pero sigo pudiendo escribir”, dijo en aquel momento.

Pero desde entonces no ha dejado de hablar abiertamente de ella. A veces con testimonios personales, otras respondiendo a las preguntas que no dejan de hacerle en las entrevistas, y otras más a través de su cuerpo que sigue paseándose por eventos o firmas de libros. También, como no podía ser de otra forma, con periodismo: en las columnas que escribe en este diario, o con grandes reportajes, como el que publicó en febrero del año pasado El País Semanal, que también sirve como testimonio, sobre la vivencia de pacientes con la enfermedad —unas 4.000 personas en España— y los sanitarios que los cuidan.

También publicó este año sus dos últimos libros, Todo por la patria y Horror en Buenos Aires (Galaxia Gutenberg) y, además de sus columna habituales en el periódico, mantiene desde el inicio del Mundial una correspondencia con su amigo Juan Villoro, que se publica cada día en estas páginas y donde habla, centrándose en los acontecimientos del torneo, de una de sus grandes pasiones: el fútbol.

sábado, 4 de julio de 2026

"LOS TRES ERMITAÑOS". Un cuento de León Tolstoi

El arzobispo de Arkangelsk navegaba hacia el monasterio de Solovki. En el mismo buque iban varios peregrinos al mismo punto para adorar las santas reliquias que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco se deslizaba sin la menor oscilación.

Algunos peregrinos estaban recostados, otros comían; otros, sentados, formando pequeños grupos, conversaban. El arzobispo también subió sobre el puente a pasearse de un extremo a otro. Al acercarse a la proa vio un pequeño grupo de viajeros, y en el centro a un mujik que hablaba señalando un punto del horizonte. Los otros lo escuchaban con atención.

Detúvose el prelado y miró en la dirección que el mujik señalaba y sólo vio el mar, cuya tersa superficie brillaba a los rayos del sol. Acercóse el arzobispo al grupo y aplicó el oído. Al verle, el mujik se quitó el gorro y enmudeció. Los demás, a su ejemplo, se descubrieron respetuosamente ante el prelado.

-No se violenten, hermanos míos -dijo este último-. He venido para oír también lo que contaba el mujik.

-Pues bien: éste nos contaba la historia de los tres ermitaños -dijo un comerciante menos intimidado que los otros del grupo.

-¡Ah!... ¿Qué es lo que cuenta? -preguntó el arzobispo.

Al decir esto se acercó a la borda y se sentó sobre una caja.

-Habla -añadió dirigiéndose al mujik-, también quiero escucharte... ¿Qué señalabas, hijo mío?

-El islote de allá abajo -repuso el mujik, señalando a su derecha un punto en el horizonte-. Precisamente sobre ese islote es donde los ermitaños trabajan por la salvación de sus almas.

-¿Pero dónde está ese islote? -preguntó el arzobispo.

-Dígnese mirar en la dirección de mi mano... ¿Ve usted aquella nubecilla? Pues bien, un poco más abajo, a la izquierda..., esa especie de faja gris.

El arzobispo miraba atentamente y, como el sol hacía brillar el agua, no veía nada por la falta de costumbre.

-No distingo nada -dijo-. Pero ¿quiénes son esos ermitaños y cómo viven?

-Son hombres de Dios -respondió el campesino-. Hace mucho tiempo que oí hablar de ellos, pero nunca tuve ocasión de verlos hasta el verano último.

El pescador volvió a comenzar su relato. Un día que iba de pesca fue arrastrado por el temporal hacia aquel islote desconocido. Por la mañana caminaba cuando distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella un ermitaño, al que siguieron a poco otros dos. Al ver al mujik le dieron de comer, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron a reparar su barca.

-¿Y cómo son? -preguntó el arzobispo.

-Uno de ellos es pequeño, encorvado y viejísimo. Viste una sotana raída y parece tener más de cien años. Los blancos pelos de su barba empiezan a hacerse verdosos. Es sonriente y sereno como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto, lleva un capote desgarrado, y su larga barba gris tiene reflejos amarillos. Es un hombre tan vigoroso, que volvió mi barca boca abajo como si fuera una cáscara de nuez, sin darme tiempo ni a que lo ayudase. También está siempre contento. El tercero es muy alto: su barba, de la blancura del cisne, le llega hasta las rodillas; es hombre melancólico, tiene las cejas erizadas y sólo lleva para cubrir su desnudez un pedazo de tela hecho de corteza trenzada y sujeto a la cintura. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de julio de 2026

"LOS VENCIDOS". Un poema de Angelina Gatell seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El pasado lunes se cumplían cien años del nacimiento de la poeta Angelina Gatell. Y quería celebrar el centenario con el poema titulado ‘Los vencidos’, incluido en uno de sus libros más representativos, ‘Las claudicaciones’, publicado en 1969. En una entrevista que le hicieron en 2014, tres años antes de su muerte, confesaba que la historia descrita en el poema era real y ocurrió en el pueblo de Vallès, donde pasó la guerra civil junto a su familia. Aquella tragedia y el exilio interior que luego vivió marcarán su obra poética. En esa misma entrevista afirmaba que “la guerra es lo más bestial que existe, porque llega un momento en que es o tú o yo. Es espantoso, pero es así”. Siempre mantuvo una actitud beligerante contra las opresiones y los abusos, defendió ardorosamente la libertad, dejó testimonio apasionado de lo vivido. Recordar en su centenario a una escritora tan excelente como poco reconocida me parecía un acto de justicia. (Andrea Villarrubia Delgado)

LOS VENCIDOS

(…con los pies rotos
entre polvo y piedra,
por el duro camino catalán,
bajo las balas últimas
caminando,
ay, hermanos valientes,
al destierro.)
PABLO NERUDA


Yo estuve allí también.
Era tan sólo
una mínima hoguera donde ardía,
sin que yo lo supiera,
mi esperanza, mi fe, mi dignidad futura.

Todo fue consumiéndose y consumándose
bajo el crepúsculo de enero,
sobre la tierra helada,
allá, en los campos míos,
entre las viñas que mostraban
sus oscuros muñones como indomables puños.

Los vi pasar ‘con los pies rotos
entre polvo y piedra’.
Nunca he visto otros ojos
más arados por el dolor,
más transitados por la pesadumbre.

Bajo la tarde, hambrientos
de pan, de muerte, de soledad,
fueron pasando.

Los pies
calzados con la sangre
que caía
‘por el duro camino catalán’,
condecorando hermosamente
la tierra aquella donde yo nací
y donde
mi corazón se cubre de hojas verdes
todas las primaveras,
como si fuera un árbol,
una vid,
o acaso
una gota pequeña
de aquella sangre
que iluminó mi patria.

Los vi pasar. Llevaban
apagadas las frentes,
las manos señaladas
por la costumbre del fusil;
sus ojos
eran como náufragos en el crepúsculo
que, cómplice, caía
solapadamente, borrando
los últimos caminos.

Uno de aquellos hombres
-casi blanco el cabello-
tocó con un temblor
mis trenzas,
que fueron en sus manos
como un presentimiento
de cadenas futuras,
y dijo,
con una voz que nunca
podré olvidar:

‘Nina, no´m donaries
un tros, solamente un tros
de pa?

Le di mi pan, las rubias
avellanas del huerto,
el agua…

Le di, definitivamente,
un lugar en mi vida;
un pequeño recinto
donde su voz me dura,
donde sus ojos
hallaron estadía,
donde sus labios
alguna vez me hablan
con nuestro dulce acento inolvidable,
con las bellas palabras
que los vencedores quisieron
borrar…

Y aunque la muerte
rondara sus cabellos,
con aquel mismo gesto largo y torpe
con que él rozó los míos,
y no sé dónde yace
su cuerpo desgarrado
por la derrota,
no he podido olvidar su sombra triste
que cruzó mi niñez
y acuñó en ella, para siempre,
la ira y la impotencia.

Desde aquel día
-25 de enero de 1939-
el pan sabe a vergüenza y a cobarde
consentimiento,
y cuando acerco
un pedazo a mis dientes,
en vez de iluminarse se me tiñen
de un rubor infinito.
Y me acude al recuerdo, inevitablemente,
aquel pan y aquel hombre.

Fueron pasando, uno tras otro, los vencidos
por mis ojos de niña
‘bajo las balas últimas’
que partían
de los avellanos,
de los bosques fríos,
de la tarde…

Los vi pasar -eran los míos-
‘caminando,
ay, hermanos valientes, al destierro’.

ANGELINA GATELL

jueves, 2 de julio de 2026

"LO QUE TOY STORY 5 ENSEÑA SOBRE LAS CÁMARAS DE ECO". Violeta Assiego, elDiario.es

Bonnie, en 'Toy Story 5'
De ese método se sirven muchas plataformas digitales y también formaciones políticas, grupos o sujetos que las usan para difundir desinformación, fake news o campañas de desprestigio con finalidades claramente nocivas y peligrosas

No sé cuántos de ustedes han visto Toy Story 5, pero, si no lo han hecho y tienen intención de hacerlo, ya les advierto de que esta columna de opinión contiene algún que otro espóiler. La nueva aventura de Woody, Jessie y Buzz y el resto de los juguetes de Bonnie introduce la presencia de las pantallas en la vida de la pequeña protagonista. La niña, ya casi adolescente, está en esa edad en la que lo que más desea es tener amigas, sentirse aceptada, pertenecer… pero no es fácil porque Bonnie no es una cría al uso (ninguna lo es). Ahí es donde aparece una tablet como llave para socializar con otras niñas a través de una plataforma social. Efectivamente, lo consigue y entra en un universo donde otras chicas (las guays) marcan qué hacer, cómo vestir, qué decir y hasta qué merece la pena desear. Bonnie quiere ser su amiga, tener amigas y parecerse a ellas y ahí es como esa amistad la empieza a exigir que cambie. Va dejando atrás aquello que es importante para ella y también lo que la hacía diferente. En ese grupo de amigas lo importante no es ser ella misma, no la quieren así, la quieren si es como ellas dicen que sea. Por eso, cuando actúa de forma distinta descubre que el precio de salirse del guion que fija el grupo es la burla, el rechazo y hacerla sentirse sola y mal consigo misma, es ridiculizarla.

Toy Story 5 no plantea la dicotomía de pantallas sí o pantallas no, sino que más bien deja al descubierto cómo los espacios de “socialización” de las personas menores de edad y las y los jóvenes que se crean a través de esas nuevas tecnologías pueden llegar a funcionar como cámaras de eco que las anulan y manipulan. Es de sobra conocido que todas y todos necesitamos pertenecer. No hay nada patológico en ello, muy al contrario, ese anhelo forma parte del desarrollo de cualquier persona, especialmente entre quienes están en ese momento evolutivo y emocional de madurar. El conflicto surge cuando el precio de pertenecer a un grupo consiste en dejar de pensar, dejar de ser uno mismo o empezar a creer que solo existe una manera correcta de vivir, de vestir, de hablar o de entender el mundo. Eso es precisamente una cámara de eco y, en las redes sociales, esta dinámica se produce con enorme facilidad gracias a unos algoritmos que potencian contenidos, discursos, ideas y desinformación.

Más allá de los algoritmos, o más bien, aprovechando el impulso de esos algoritmos, esa dinámica de cámara de eco se puede identificar porque crea un entorno en el que las mismas ideas se repiten, se amplifican y terminan percibiéndose como verdades incuestionables porque apenas entran voces discrepantes. Si participas reproduciendo la dinámica ya eres parte del grupo y tienes su reconocimiento y refuerzo, “su amistad”. Por eso, no consiste solo en recibir información afín, sino que esa información rebote constantemente entre las personas que piensan igual, reforzándose una y otra vez. La repetición genera una falsa sensación de verdad y una idea no parecerá cierta porque haya sido contrastada, sino porque el grupo la reproduce a partir de que la haya dicho, sugerido o escrito un influencer o una persona a la que otorgamos autoridad y en la que confiamos. De esa manera, poco a poco las personas de ese entorno cada vez están más aferradas y convencidas de las propias creencias “incuestionables”.

Del método de la “cámara de eco” se sirven muchas plataformas digitales y también formaciones políticas, grupos o sujetos que las usan para difundir desinformación, fake news o campañas de desprestigio con finalidades claramente nocivas y peligrosas. Las cámaras de eco aumentan el sesgo de confirmación y hacen que cualquier opinión distinta se perciba como falsa, absurda, malintencionada o incluso peligrosa. Es un mecanismo extraordinariamente útil para quienes quieren manipular, a modo de ejemplo se puede nombrar la fachosfera que lleva años aprovechándolo, no para convencer a toda la sociedad, sino para radicalizar progresivamente a chicos jóvenes que encuentran en determinados mensajes y en la construcción de enemigos el sentido e identidad que sienten haber perdido o amenazado por las feministas y el feminismo.

La cámara de eco refuerza que esos espacios terminen funcionando como grupos cerrados que convierten el relato del grupo en el único digno de confianza. La polarización está servida, no porque nazca de tener opiniones fuertes, sino porque se ha dejado de escuchar cualquier voz distinta a la autorizada. Cuando eso ocurre, hay un impacto, un daño en las personas de ese entorno, quienes no solo terminan creyendo que solo existe una forma correcta de pensar acaba viviendo porque discrepar, implica ser rechazado, ser expulsado del grupo y quedarse solo. Cuando la espontaneidad, la libertad de pensamiento, la diferencia, la crítica… se sustituye por la obediencia al grupo y la identidad propia por la identidad colectiva, el resultado no suele ser una persona más libre ni más feliz, sino alguien más vulnerable, más dependiente de la aprobación ajena y, paradójicamente, mucho más sola y atormentada. Y esto Toy Story lo cuenta muy bien con la historia de Bonnie, tener amigos es importante, pero no a cualquier precio. Hay grupos a los que es mejor no pertenecer.

miércoles, 1 de julio de 2026

"LA SEÑORITA CORA". Un cuento de Julio Cortázar

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca... CONTINUAR LEYENDO

martes, 30 de junio de 2026

"JUSTO CUANDO EL CALENDARIO EMPIEZA A DECIR VERANO". Un poema de Mary Oliver seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Llega el verano y con él un tiempo para el gozo y las experiencias sensoriales, imprevistas. Con este motivo quiero compartir un poema de la poeta estadounidense Mary Oliver que nos anima a disfrutar de todo lo que ofrece el estío, principalmente durante la infancia, lejos de los deberes escolares y más cerca de los saberes naturales. La poesía de Mary Oliver está impregnada de la contemplación de la belleza y de la observación de la naturaleza, tan unidas. ... Disfrutad del verano, tal y como nos invita Mary Oliver. (Andrea Villarrubia Delgado)

JUSTO CUANDO EL CALENDARIO EMPEZABA A DECIR VERANO

Salí rápida de la escuela
y a través de los jardines y los bosques
y me pasé todo el verano olvidando lo que me habían enseñado;

dos veces dos, y diligencia, y lo demás,
cómo ser modesta y útil, y cómo triunfar y todo eso,
máquinas y aceite y plástico y dinero y esas cosas.

En otoño de algún modo ya me había curado, pero fui convocada de nuevo
a las aulas de tiza y a los pupitres, a sentarme y recordar

la manera en que el río revolvía sus cantos rodados,
el modo en que el chochín salvaje canta aunque no tenga un céntimo en el banco,
el modo en que las flores iban vestidas de luz nada más.

lunes, 29 de junio de 2026

"LA MIGRACIÓN NO ES UN PROBLEMA". Sergio del Molino, El País

Declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad resulta, como poco, canallesco

Un experto en ficciones, Jorge Volpi, acaba de escribir un manifiesto breve y directísimo (Invasión alienígena. El falso problema migratorio) que se puede resumir en esta frase final: “El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. Y es un problema porque hacen pasar sus ficciones por realidades, convenciendo a muchos de que hay una invasión en marcha que urge frenar con campos de concentración como los que aprobó el Europarlamento la semana pasada.

Llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, pero lo digo mal. Con perífrasis, con matices, con datos, con ejemplos, con historias, con metáforas y con alusiones históricas al nomadismo y a la errancia. Volpi me ha convencido de que no merece la pena tanto traje: a este debate hay que salir desnudo y decidido. No, los inmigrantes no incrementan la delincuencia. No, los inmigrantes no desbordan las fronteras. No, los inmigrantes no desplazan a los trabajadores locales. Y sí, los inmigrantes siempre se integran, como cualquiera que construye una nueva vida lejos de donde nació, pero en el proceso también dejan algo de sí mismos en la cultura de acogida: palabras, un acento, una manera de condimentar los platos, quizá alguna costumbre cotidiana… Nada dañino, nada que no pueda leerse como un enriquecimiento y una evolución en el eterno retorno del mestizaje.

Son verdades del barquero fácilmente contrastables. Cualquiera puede comprobarlas con tres clics, pero no importa lo claro que se digan o lo mucho que se repitan. Quienes decidieron que la migración es un problema cerraron las orejas hace tiempo a cualquiera de estos asertos. La gente como Volpi y como yo no predicamos en el desierto —lo cual siempre tiene un prestigio coqueto: ¿a qué escritor no le gusta sentirse incomprendido de vez en cuando?—, sino para una audiencia de convencidos, y eso nos hunde en la frustración de no convencer a nadie.

Si la elocuencia y la verdad de los hechos no bastan para deshacer esta bola de fanatismo y xenofobia, quizá haya que pasar al tono acusatorio: declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad es, como poco, canallesco. Bramar prioridades nacionales ante personas que ni siquiera tienen derecho al sufragio ni a casi ninguno de los recursos que justifican la condición de ciudadano es de un matonismo abominable, y demonizar con un acrónimo administrativo (menas) a los chavales con vidas quebradas que malviven en centros de acogida es, como poco, contrario a toda la caridad de esa cristiandad de la que se presumen estandarte. A ver si así, señalando su miseria, conseguimos lo que con la razón y los datos no logramos.