sábado, 18 de noviembre de 2017

Las travesuras de Naricita. Cuentos de Monteiro Lobato

Monteiro Lobato es el fundador de la literatura infantil brasileña. En 1931 publicó Travesuras de Naricita, el más relevante libro infantil de la literatura brasileña. Sus obras, desde una mirada políticamente correcta, han sido tildadas de racistas. (María Colasanti

Pero si queréis leer el libro sin esa mirda tan correcta políticamente, desde AQUÍ lo podéis descargar.
n 1931 el autor publicó Travesuras de Naricita, el más relevante libro infantil de la literatura brasileña. Sus obras, desde una mirada políticamente correcta, han sido tildadas de racistas.

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Lo insólito. Un artículo de Sergio del Molino (Eñe. 17 Noviembre, 2017)

Tal vez la literatura sí tenga una función social, más allá de su mera existencia: recordar lo inverosímil. Por ejemplo, leo en la muy interesante novela Generación cochebomba, de Martín Roldán que, a principios de los noventa, cuando más dura fue la violencia en Perú, Sendero Luminoso volaba las estaciones eléctricas de las afueras de Lima y dejaba la capital a oscuras. En el apagón, los ciudadanos, aterrorizados, veían cómo en los cerros que rodean la ciudad se formaban hoces y martillos luminosas, compuestas por antorchas y luminarias. Una terrorífica demostración de poder. Lo leo en la novela y, aunque sé que es verdad, no puedo suspender del todo la incredulidad. Por eso necesito comentarlo con mis amigos peruanos, mientras paseo con ellos a medianoche por el distrito limeño de Miraflores, donde ninguna amenaza parece perturbar la alegría de una cena con unas copas. Se lo cuento y me confirman que así era, que ellos lo vivieron, que eran adolescentes o niños en aquella época. Se empezaban a escuchar explosiones, decían, y la ciudad se iba apagando por sectores, hasta quedarse completamente negra. Lima tiene nueve millones de habitantes, es una extensión interminable de calles siempre atascadas y ruidosas que recuerdan a Blade Runner. Ellos hablan de oscuridad y silencio. Y de hoces y martillos luminosos visibles desde muchas ventanas.

Lo insólito se vuelve cotidiano al vivirlo, y la literatura tiene el poder de reubicarlo en lo insólito. Es una defensa elemental: hay que seguir viviendo bajo los apagones y el terror y las bombas. Se trivializa, se sacan las velas con resignación acostumbrada, se hacen chistes, se intenta seguir como si todo eso fuese un fastidio normal, como el tráfico o la lluvia. Es el texto literario el que, a través de su mera enunciación, señala la anormalidad y la barbarie. Porque el texto es la mirada del extranjero, esa mirada imprescindible para cualquier sociedad que quiera verse a sí misma sin chovinismos ni costumbrismos de brasero.

La violencia genera literatura porque es una de las formas que las sociedades tienen de constatar su asombro, de despertar después de un trauma. ¿De verdad pasó todo eso? ¿Cómo lo toleramos? ¿Cómo lo normalizamos? ¿Cómo nos creció esa costra en la piel? ¿A partir de qué muerto dejaron de importarnos los muertos? No se trata sólo de recordar para que no vuelva a suceder. No importa si vuelve o no a suceder porque la literatura no tiene la capacidad de impedir ninguna catástrofe con su insolencia memorística. Se trata de palparse el cuerpo, de sentirse apelado, de reaccionar al ruido cuando ya hay silencio, que es lo que necesitamos para escribir y para leer.

Lo estamos viendo con todos los libros que están surgiendo al albur de la memoria de la violencia de ETA. Lo hemos visto durante décadas con todas las malditas novelas de la guerra civil (a las que Trapiello auguraba una larguísima vida en su imprescindible Las armas y las letras). Lo veo ahora en las librerías de Lima, donde encuentro mesas enteras dedicadas a las novedades que abordan la violencia de Sendero y la represión estatal (unas 30.000 víctimas, la mayoría de ellas entre 1987 y 1992). Tal vez allí encontremos los escritores una verdadera función social e histórica. Tal vez no seamos tan inútiles como algunos nos vindicamos.

Graciela Montes: un universo necesario. Por Sandra Comino en Eterna Cadencia.

"Montes se destaca por su espíritu crítico y por abordar lugares diferentes, cruzando el amor, la identidad, el poder, lo poético, lo cotidiano y la fantasía". Un recorrido por la voluminosa obra para chicos y chicas, y un detalle de sus aportes en edición, traducción y teoría de la LIJ.

Graciela Montes es escritora, editora y traductora. Una de las pensadoras que más teoría le ha aportado a la LIJ ―además de su ficción, claro está―. Los libros de ensayo El corral de la infancia y La frontera indómita analizan problemáticas dentro de la lectura y la escritura de lo que se edita para niños y, como siempre ocurre en la mayoría de sus textos, entrecruzan la historia de la infancia (como estadio determinado culturalmente) y de la literatura. Retoma cuestiones en torno a la construcción del espacio poético, el lenguaje “oficial”, el lenguaje silvestre y la influencia de la cultura en la realidad y la fantasía.

Entre otras cosas, Montes fue directora de la colección Los cuentos del Chiribitil del CEAL, cofundadora de editorial El Quirquincho ―donde trabajó desde 1986 hasta 1992― y una de las fundadoras de la revista La Mancha (1996 - 1998) y de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil). También fundó Gramón-Colihue. Su labor editorial, en suma, es tan amplia como su obra. Tradujo asimismo la reactualización de La literatura para niños y jóvenes.Guía y exploración de sus grandes temas, de Marc Soriano, doctor en Letras que escribió un exhaustivo análisis de obras clásicas, contemporáneas, biografías y temas. Montes aportó a la traducción una mirada y reflexiones sobre autores y temática latinoamericanos.

Como si todo fuera poco, es una de las pioneras en escribir sobre la dictadura cívico militar en Argentina para niños. Fue en su libro El golpe y los chicos, donde aborda los sucesos a partir del golpe de estado de 1976, la historia de las Madres de Plaza de Mayo, el comienzo de la democracia, el juicio a los comandantes, las leyes de Punto final y obediencia de vida y el posterior indulto. El libro incluye un corpus de testimonios de hijos de desaparecidos (entonces niños), que con sus voces reconstruyen qué les ocurrió. También es autora de Una Historia Argentina, escrita en 12 tomos, y una cronología que abarca desde principios del siglo XV hasta 1983. CONTINUAR LEYENDO.

jueves, 16 de noviembre de 2017

LAS OTRAS ISLAS. Un magnífico cuento de Inés Garland sobre "La Guerra de las Malvinas·.


La "Guerra de Las Malvinas" fue todo un despropósito, como lo suelen ser todas las guerras. Una dictadura, la argentina, que vio su salvación en la llamada al sentimiento devorador que es el patriotismo guerrero; y un país, El Reino Unido, que todavía seguía pensando que lo que colonizó fue por encargo de la voluntad divina y que, como tal, había que mantener: "cueste lo que cueste", que decían los carlistas, incluidos los catalanes de aquel tiempo (¿y de ahora?). Y tras esas estupideces, aparecen siempre las víctimas, los mandados, los privados de voz, los ningnos. Son aquellos que con su sangre y con las lágrimas de quienes les lloran llenan las copas del brindis macabro de los y las que mandan: Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher, en aquel tiempo. Este maravilloso cuento de Inés Garland pone el acento en esos olvidados, algo que, paradójimaente, en vez de lograr el olvido, nos hace recordar con mayor claridad la injusticia que hay detrás de todo el belicismo.

LAS OTRAS ISLAS

Para contar esta historia me gustaría volver a tener trece años, volver a esos días en los que no me interesaba la política ni la manera en que estaba dividido el mundo. Mi mundo era nuestra isla en el Delta, cada día de ese verano en el que conocí a Yagu, a Tatú y a Caroline (que, en inglés, se dice Carolain y con una erre distinta). En esos días, los ingleses eran solo Caroline y su papá, nuestros vecinos de la isla, no una nación que queda en otra isla muy lejana con reyes y primeros ministros, habitantes, soldados, y la idea, compartida por muchos, de que hay que apropiarse de partes del mundo que parecen no tener dueño.
Yagu y Tatú llegaron a la isla un jueves de enero, en el medio de nuestras vacaciones de verano. Mis hermanos y el hijo del doctor se bañaban en el río, pero a mí se me habían puesto los labios azules y mamá me había obligado a salir del agua y acostarme al sol. Los perros corrieron ladrando al muelle de los ingleses -le decíamos así porque era el muelle de la casa de Caroline y su papá y yo dejé el calorcito de las maderas y me levanté para ver quién llegaba. La colectiva aminoró la marcha y empezó las maniobras de atraque. Yagu estaba en el techo buscando la valija entre las cajas para el almacén, las bolsas de naranjas que la colectiva llevaba al Tigre y la torre de hueveras de cartón llenas de huevos frescos para el papá de Caroline. Tatú apareció por la popa de la colectiva, subió al muelle y atajó la valija que le tiró Yagu desde el techo. Era una valija verde, grande, pero él ni se tambaleó. La atajó, la bajó y se agachó a acariciar a los perros y a hablarles como si hubiera llegado sólo para visitarlos a ellos.

Todos nos quedamos mirando el desembarco de los recién llegados. Y esto fue lo que vimos, o, mejor dicho, lo que vi yo, porque los varones nunca parecían ver las mismas cosas que yo. Caroline apareció en el muelle en el momento en que Yagu saltaba del techo. Y Yagu aterrizó tan cerca de ella que casi la tocaba. Por un momento se quedaron los dos muy cerca, se miraron, se midieron, se gustaron tanto -vi yo que no se podían mover. Después, Yagu se alejó y se rió y dijo algo que no pude escuchar. Ella ni le sonrió. Era seca Caroline. Esa era la palabra que usaba papá. Seca. Como todos los ingleses, decía papá. El de la colectiva le pasó la torre de huevos a Caroline y la colectiva se alejó con su rugido. Los chicos aprovecharon las olas para tirarse al agua otra vez, pero yo me quedé mirando a esos tres ahí. A Caroline y a Yagu, que parecían hipnotizados, y a Tatú, con los perros; hasta el Negro, el perro más malo, lo saludaba como si se conocieran de toda la vida. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El príncipe Fatal y el príncipe Fortuné. Un cuento de Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont.

Había una vez una reina que tuvo dos hijos. A un hada, buena amiga de la reina, le habían pedido que fuera la madrina de los príncipes y que les hiciera algún don.

-Le concedo al mayor -dijo- todo tipo de desventuras hasta la edad de veinticinco años, y le pongo por nombre Fatal.

Al escuchar esas palabras, la reina lanzó grandes gritos y conjuró al hada a que cambiara aquel don.

-No sabes lo que pides -le dijo el hada a la reina-; si no es desventurado, será perverso.

La reina no se atrevió a decir nada más, pero le rogó al hada que le permitiera elegir un don para su segundo hijo.

-Es posible que lo elijas todo al revés -contestó el hada-; pero no importa, estoy dispuesta a concederte lo que me solicites para él.

-Deseo -dijo la reina -que triunfe siempre en todo cuanto quiera hacer; es la forma de hacerle feliz.

-Bien podrías engañarte, -dijo el hada-; por lo tanto, no le concedo ese don sino hasta los veinticinco años.

Le pusieron nodrizas a los dos pequeños príncipes, pero desde el tercer día, la nodriza del primogénito tuvo fiebre; le pusieron otra que se rompió una pierna al caerse; a una tercera se le retiró la leche tan pronto como el príncipe Fatal empezó a mamar de ella; y como corrió el rumor de que el príncipe le traía mala suerte a todas sus nodrizas, ninguna quiso alimentarlo, ni aproximarse a él. La pobre criatura, hambrienta, gritaba, pero nadie se apiadaba de él. Una robusta campesina, que tenía un número considerable de hijos y muchas dificultades para darles de comer, se ofreció para cuidar de él a condición de que le dieran una fuerte suma de dinero; y como el rey y la reina no querían al príncipe Fatal, le dieron a la nodriza lo que solicitaba, y le dijeron que se llevara el niño a su pueblo. CONTINUAR LEYENDO

Estereotipos

En este vídeo que hemos subtitulado en español veréis cómo nuestros niños y niñas poseen los estereotipos de género muy latentes en sus vidas. Clasifican de manera inconsciente las profesiones como trabajos de hombres o de mujeres. Un experimento de lo más interesante que nos hará reflexionar sobre cómo educamos a nuestros hijos, hijas y alumnado.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Leer en la adolescencia. Un artículo de Gadalupe Jover.

«¡Qué difíciles son las adolescencias!» Cuántas veces no habremos oído -o repetido- esta expresión. Edad difícil para quien la atraviesa y edad difícil también para quien ha de acompañar desde la sombra este delicado tránsito en que niñas y niños -hasta hace poco dóciles, cariñosos y comunicativos- parecen transmutar en otra especie.

Empecemos por reconocer entonces que sí, que la adolescencia es una edad difícil. Que padres y madres no sabemos, a menudo, dónde situarnos. A mitad camino entre ese referente de autoridad al que no podemos renunciar 
y una deliberada complicidad no siempre bien recibida, es difícil acertar. Aceptemos estas dificultades de entrada para no cargarnos de una responsabilidad proclive a teñirse de culpabilidad. Asumamos, por tanto, que nuestro papel como mediadores entre nuestras criaturas y los libros está limitado, ya de partida, a un lugar a menudo secundario. Y asumamos también, qué le vamos a hacer, que a muchos adolescentes no les gusta leer. No les gusta leer. Tampoco a muchos adultos. No desesperemos, pues.

Pero es verdad que muchas niñas y muchos niños han sido lectores voraces en su infancia. La narración oral de cuentos y mitos o la lectura en voz alta antes de dormir, la biblioteca de aula en la escuela, las colecciones y sagas interminables trazaban un itinerario que parecía no había de quebrarse nunca. Y sin embargo, apenas cruzado el umbral de los doce o trece años, a veces parece abrirse el vacío. Es cierto que nuestros adolescentes a menudo están zambullidos en una sopa mediática a la que no son ajenos los libros: películas, juegos de ordenador, series de televisión, páginas web que, antes o después, incorporan el objeto libro en su panoplia: en el momento de escribir estas líneas, ahí figuran El diario de Greg, Canciones para Paula, Los juegos del hambre, y un largo etcétera. Libros que consiguen atrapar a los lectores, pero que en poco -intuimos- contribuyen a su educación literaria. Aunque en esto, es verdad, hay criterios contrapuestos. ¿Se trata de que los adolescentes lean, lo que sea, pero que lean? ¿De que coman, lo que sea, pero que coman? Más allá de posturas apocalípticas o integradas, no debiera ser difícil llegar a puntos de acuerdo en torno a lo que dicta el sentido común. CONTINUAR LEYENDO