- Los resultados del Informe PISA 2025 con respecto a la comprensión lectora tienen poco que ver con las leyes educativas, de modo que podríamos ahorrarnos el bochorno de la intemperancia y las banalidades de los políticos y sus improvisados corifeos a la hora de responsabilizar del fracaso a las leyes del contrario.
- Pensar que la mera redacción de leyes y normas puede transformar el ejercicio de la lectura en los colegios y los institutos es de ilusos, cuando no de irresponsables.
- Es más que probable que muchos de los que claman estos días contra los malos resultados del Informe PISA ni sean lectores ni les interese lo más mínimo lo que ocurre en los centros escolares. Hacer aspavientos es más fácil que generar pensamientos.
- Nadie tiene, por mucho que lo pregone, una solución infalible y definitiva para el problema de la lectura, por lo que convendría no incurrir en la mala costumbre de presentarse públicamente como redentor del mundo.
- Es muy fácil y confortador achacar a los alumnos toda la culpa de sus déficits intelectivos, y en especial de su capacidad de lectura, como si la sociedad en su conjunto no tuviera nada que ver con el asunto. Los adultos son a menudo tan responsables o más de esas carencias.
- En el aprendizaje de la lectura intervienen múltiples y complejos factores, de manera que resulta estéril centrar las críticas en uno solo de ellos, por lo general el más acorde con los intereses particulares de quienes opinan.
- El aprendizaje de la lectura no es lineal, ni uniforme, ni evidente, por lo que resulta falaz hablar de alumnas o alumnos en general, como si todos vivieran en la misma familia, en los mismos hogares, en los mismos barrios, en la misma cultura.
- No todos los alumnos entran en los centros escolares en las mismas condiciones. El aprendizaje de la lectura no es una trayectoria que todos recorren a la par y al mismo ritmo. Para unos es como correr en una llanura, para otros es como escalar una montaña. Las desigualdades cuentan.
- La familia es un componente fundamental en el aprendizaje y estímulo de la lectura, pero no a todas se les puede pedir el mismo compromiso ni la misma aptitud.
- La ubicación, el funcionamiento, los objetivos y las experiencias de los centros escolares juegan un papel determinante en el aprendizaje y promoción de la lectura. No es solo una cuestión de métodos o voluntades.
- La comprensión lectora no es la consecuencia inmediata de aprender a descifrar. Su dominio es progresivo y constante, y promoverlo es tarea de todos los profesores, sin distinción de especialidades académicas. En cualquier caso, merecería la pena reflexionar qué ocurre (o qué no ocurre) para que a lo largo de los 13 años que dura la enseñanza obligatoria en España haya alumnas y alumnos que no aprendan a leer y escribir como debieran.
- La formación del profesorado en ese campo es muy mejorable, de modo que no podemos dar por sentado que las prácticas docentes en las aulas con respecto a la lectura son todo lo fructíferas que sería de desear.
- Con respecto a la lectura, la nostalgia no ayuda a entender bien el presente, como tampoco la fatalidad. Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, cualquier tiempo futuro no tiene por qué ser necesariamente tenebroso. Ni todos los adolescentes de antes eran brillantes y maduros, ni los de ahora son cretinos y montaraces.
- La lectura es una práctica cultural que no depende únicamente de la escuela, sino que implica al conjunto de la sociedad. No se pueden subestimar las bibliotecas públicas, denigrar públicamente el conocimiento y la razón, hacer de los parlamentos sucedáneos de peleas de gallos, menospreciar a quienes se interesan por la literatura o la danza contemporánea... y luego exigir a los adolescentes altos rendimientos en el campo de la lectura.
- Achacar las carencias de comprensión lectora solo a la omnipresencia de las pantallas es un tanto simplista. No se puede considerar la desatención o el desinterés de los alumnos actuales como una repentina plaga bíblica o una acelerada mutación genética causada por la adicción al móvil. La transformación social y cultural del mundo es tan profunda y acelerada que centrar la causa de los bajos índices de lectura en un hábito reciente dificulta el entendimiento de lo que en realidad está pasando.
- Merecería la pena equiparar la situación que afecta a la infancia y la adolescencia con la que sufren los adultos y de la que apenas se habla. Las tecnologías de la información y el entretenimiento son inventos de los mayores, para uso predominante de los mayores, para recreo de los mayores, para enriquecimiento de los mayores, de modo que resulta un tanto farisaico fijarse solo en las repercusiones en los menores.
- No estaría de más preguntarse qué papel juega en estos resultados la creciente crispación social, la desesperanza de los jóvenes, su precario futuro laboral, las frustrantes promesas de la formación académica, la ansiedad ante el porvenir... Aunque lo parezca, los adolescentes no viven ajenos a las incertidumbres del mundo contemporáneo.
- Todo lo que rodea a niños y adolescentes influye en la percepción del valor de la lectura y el esfuerzo académico. Un vídeo en TikTok prometiendo hacerse rico sin esfuerzo antes de los 18 años puede tener efectos devastadores, puede demoler en unos minutos cientos de horas de esfuerzo docente en favor de los libros y la formación personal.
- Resulta grotesco que mientras las redes sociales y la conversación pública se llenan de insultos, exabruptos, falacias, bulos, odios y demás lacras se les pida a los adolescentes que lean, mantengan la compostura, se muestren atentos y curiosos, amen el estudio, se entusiasmen con el conocimiento.
- La estimación social de la lectura es mínima, roza casi el desdén, lo que no impide sin embargo que se exija a los alumnos excelentes resultados en las pruebas de comprensión lectora. Tal vez las evaluaciones del Informe PISA deberían incluir la hipocresía entre sus variables.
- Convendría no escribir sobre este asunto con brocha gorda de pintor, sino con pincel de calígrafo, y tampoco solo con tinta negra, sino de distintos colores, de ese modo el paisaje quedaría reflejado con mayor precisión.
- A la hora de analizar los resultados, pero sobre todo la realidad, sería bueno tratar de no confundir verdad, fantasía y deseo. Y, por supuesto, no incurrir en la obtusa tentación de pensar que la culpa de esta situación es de los demás.
- El diálogo sereno y confiado de la sociedad en su conjunto es el camino más seguro para resolver este problema acuciante, cuya solución no es fácil, ni rápida, ni inequívoca, ni concluyente.
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
lunes, 14 de septiembre de 2026
"ALGUNOS PENSAMIENTOS A PROPÓSITO DE LA LECTURA Y EL INFORME PISA 2025 (Por si ayudan a la reflexión). Juan Mata Anaya
domingo, 13 de septiembre de 2026
"LA SORPRESA". Un cuento de Stig Dagerman
Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.
La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.
La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.
La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:
—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?
El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día. CONTINUAR LEYENDO
sábado, 12 de septiembre de 2026
"NANA DEL ODIO". Un poema de Francisca Aguirre
Hay pocos desperdicios tan oscuros como el odio,
y también hay pocos desperdicios tan inservibles como el odio.Es uno de esos apestados a los que no se sabe por donde coger.
Mira que le he dado vueltas a esa piltrafa,
con él no hay forma, no hay manera de echarle mano.
Y lo de dormir, eso ni pensarlo.
Es como un mal bicho:
Cuando él se nos acerca ya no hay quien pare.
Y tiene una capacidad, un empuje…
es un desperdicio que mantiene la eterna juventud,
una desapacible juventud que se nutre de la destrucción.
Verdaderamente, toparse con el odio,
mirar de frente a esa alimaña,
me descompone el cuerpo, es decir: el alma.
Pero la música nunca pierde de vista su destino:
hay que encontrar la forma de que el odio se duerma,
hay que encontrar las notas de la nana que logre apaciguar a ese caníbal.
La constancia le puede, el dulce ritmo de la música lo apaga, lo enmudece, lo reduce
a silencio.
No sé cómo explicar lo amargo que es cantarle a un amasijo descompuesto,
pero sé bien que sólo la piedad del canto puede lograr que semejante fiera duerma.
En fin, no hay que hacerse tampoco alegres ilusiones,
con semejante bicho nada está seguro.
Por mucho que le cantes,
aunque dejes tu vida en el empeño,
la experiencia aconseja ser prudentes, permanecer alerta y bien despiertos.
No sé cómo explicar lo amargo que es cantarle a un amasijo descompuesto,
pero sé bien que sólo la piedad del canto puede lograr que semejante fiera duerma.
En fin, no hay que hacerse tampoco alegres ilusiones,
con semejante bicho nada está seguro.
Por mucho que le cantes,
aunque dejes tu vida en el empeño,
la experiencia aconseja ser prudentes, permanecer alerta y bien despiertos.
Y confiar en que la música de la piedad sea contagiosa.
jueves, 10 de septiembre de 2026
"LA LITERATURA DESPUES DEL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001: DEL TRAUMA GLOBAL AL CONFLICTO LOCAL". Adriana Kiczkowski (UNED), Theconversation.com
El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.
En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.
Del espectáculo televisivo al duelo
Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.
En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.
Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.
Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.
La guerra contra el terror, vista desde los márgenes
A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.
En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.
En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.
La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.
Madrid, Londres y París: el miedo se propaga
El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.
En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.
Una violencia que no cesa
Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.
La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.
Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
"EL ORFANATO". Un cuento de Lula Carson McCullers
Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.
Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que Jorge Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Me dijo que si una chica besaba a un chico se convertía en una persona negra y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero solo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.
Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad movediza, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.
—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.
—Si juran que nunca se lo dirán a ningún ser vivo, les enseñaré una cosa.
Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.
—¿Saben qué es esto? —preguntó.
Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:
—¿Qué es?
Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspenso, dijo:
—Es un bebé muerto y escabechado.
El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.
—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.
—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser farmacéutico.
Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:
—¿De quién? ¿El bebé de quién?
—Era huérfano —dijo Hattie.
Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ese, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí… y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle 3.
Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron a la escuela de la calle 17, a la que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.
Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía solo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad, y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.
Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de rayuela dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:
—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.
Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba bombachas marrones de algodón.
FIN
martes, 8 de septiembre de 2026
"INMORTALIDAD DE LA NADA". Un poema de Ángel González
Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.
Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás
—porque te vieron—,jamásse comerá la tierra al fin del todo.
Yo he devorado tú
me has devorado
en un único incendio.
Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.
"LOS LIBROS QUE CAYERON AL PISO". Fanuel Hanán Díaz (Miau, Blog de Literatura, lectura, libros para niños y jóvenes de la Fundación Cuatrogatos)
A las seis y cuatro de la tarde del 24 de junio de 2026 a los venezolanos nos cambió la vida. Durante varios minutos el mundo perdió su estabilidad, mientras el piso comenzó a sacudirse bajo nuestros pies. Las paredes crujieron y los objetos comenzaron a caer, desparramándose y estallando en el piso.
Poco antes de bajar las escaleras en pánico, giré la cabeza y tuve la visión de un caos de vidrios rotos, muebles y libros regados junto a las bibliotecas desplomadas. A los días, cuando empezaron a circular algunas fotos de cómo habían quedado las casas de otros amigos escritores, se repetía la imagen de libros dispersos de forma caótica al lado de travesaños y estanterías patas arriba.
Rearmar una biblioteca es una tarea extraña, paciente, yo diría que espiritual. No consiste únicamente en colocar cada libro en el lugar donde creíamos que estaba. Es, sobre todo, una forma de reencontrarse con una parte de la propia vida. Cada libro trae recuerdos del momento en que llegó a nuestras manos, la ciudad donde lo compramos, el amigo que nos lo regaló, el autor que nos lo dedicó, las conversaciones, los lugares.
Durante varios días, mientras los iba levantando del piso, no estaba simplemente reordenándolos: estaba recorriendo, sin proponérmelo, una biografía hecha de lecturas.
Recuerdo que hace algunos años escribí un artículo sobre el azar en la lectura: “Geografías del azar en la formación de lectores”. Exploraba en ese texto la misteriosa ruta por la que ciertos libros llegan a nosotros exactamente cuando tienen el poder de transformarnos, de tocarnos. Incluso cómo ciertas coincidencias alrededor de los libros han hecho posible la creación de obras inolvidables.
La historia de una biblioteca personal es también la historia de una sucesión de encuentros fortuitos. Un libro puede llegar a nuestras manos durante una visita a una librería de viejo, otros llegan como un regalo de cumpleaños, otros porque los compramos en un viaje o los vamos cargando (y perdiendo) en mudanzas… hasta que terminan acompañándonos durante una vida. Nunca sabemos del todo si somos nosotros quienes elegimos los libros o si, en ciertos momentos, son ellos quienes terminan escogiéndonos.
Ahora que han pasado algunas semanas, pienso de nuevo en esta reflexión sobre el azar. El terremoto no solo cambió el orden de mi biblioteca, sino también el orden de mis recuerdos. Al levantar un libro, aparecía otro que llevaba años sin abrir. Debajo de un tomo empastado resurgía uno que había olvidado o que no recordaba tener. Entre los escombros de papel asomaban títulos que habían permanecido silenciosos durante mucho tiempo y que, de pronto, parecían reclamar mi atención. CONTINUAR LEYENDO
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