martes, 1 de septiembre de 2026

"CONTIGO". Un poema de Luis Cernuda


¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

Luis Cernuda

lunes, 31 de agosto de 2026

"FÁBULAS DE VERANO". Pilar Mera, El País

Necesitamos relatos que nos vuelvan a explicar que la desigualdad no es inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado

El verano es un buen momento para contar historias. Tan bueno como el otoño, el invierno o la primavera, pero con una ventaja extra: el tiempo rescatado de las urgencias cotidianas. Noches más largas y mañanas con menos prisas dan aire a mi niña interior, aventurera y fantasiosa, para que se pierda en una marea de historias. Historias para mí, de los libros que esperaban pacientes esta tregua y, cada vez más, historias compartidas. Compartir historias implica menos tiempo sólo mío, pero más universos desbordantes que alimentan mi corazón y mis ideas. Gracias a eso, este verano de Mundial y eclipses, de incendios y temperaturas desbocadas, de crisis humanitarias y discursos más incendiarios que el fuego, de áticos millonarios de ida y vuelta, de periódicos y televisiones repitiendo bulos con afán desestabilizador y cero sonrojos, también es un verano de fábulas y fantasía. De cuentos contados millones de veces y otros inventados sobre la marcha, al calor de la urgencia y de los intereses de quien me mira curiosa y me inspira.

Los cuentos son una herramienta clave para el desarrollo del cerebro infantil. Estimulan la conectividad neuronal, potencian el lenguaje y refuerzan el vínculo afectivo entre niños y adultos. Fomentan la capacidad de concentración, aportan calma y ayudan a gestionar las emociones, identificar sentimientos, abordar miedos, entender valores o explicar el mundo. Lo dicen especialistas, como el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, y lo han sabido las sociedades desde que llegó el lenguaje. Los relatos son pegamento social, ordenan el caos, explican el entorno, transmiten normas, crean identidad y fomentan la cooperación y la confianza entre desconocidos.

Leyendo los últimos datos sobre el brote de ébola de la República Democrática del Congo (más de 2.500 muertos, más de 5.300 contagios) y lo que viene por la falta de fondos de cooperación internacional, pienso qué historias necesitamos para entender que los recortes matan y tienen consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo que podríamos evitar. ¿Qué fábulas pueden explicarnos de nuevo, en tiempos de desafección, que la desigualdad no es una elección ni algo inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado, explicables, casuales o arbitrarias, de inercias y factores que no escogemos, como el momento, el país o la familia donde nacemos? Para que entendamos otra vez la importancia de apostar no ya por el asistencialismo, sino por la justicia social. Para defender con convicción la utilidad de los impuestos y su necesidad para cimentar una sociedad justa y vivible para todos.

domingo, 30 de agosto de 2026

"LA CASA DE MUÑECAS". Un cuento de Katherine Mansfield

Cuando la querida anciana señora Hay volvió a la ciudad, después de pasar una temporada con los Burnell, les envió a las niñas una casa de muñecas. Era tan grande que el carretero y Pat la descargaron en el patio, y allí se quedó, encima de dos cajones de madera, al lado de la puerta de la despensa. No podía pasarle nada; era verano. Y quizá se le habría ido el olor a pintura cuando tuvieran que meterla en casa. Porque la verdad es que el olor a pintura que despedía aquella casa de muñecas (“Un buen detalle, por supuesto, de la anciana señora Hay, tan amable y generosa”)…, pero aquel olor a pintura, según la opinión de la tía Beryl, bastaba para poner enfermo a cualquiera. Incluso antes de quitarle el envoltorio. Y aún después de quitárselo…

Allí estaba la casa de muñecas, de un oscuro y aceitoso verde espinaca, animado con toques amarillo chillón. Sus dos sólidas pequeñas chimeneas, pegadas al tejado, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, reluciente de barniz amarillo, parecía un trocito de caramelo. Las cuatro ventanas, verdaderas ventanas, estaban divididas en paneles por una ancha banda verde. Tenía también un porche diminuto, pintado de amarillo, con grandes goterones de pintura seca que colgaban por los bordes.

¡Pero era perfecta, perfecta la casita! ¿A quién podría importarle el olor? Era parte de la gracia, parte de la novedad.

-¡Rápido, que alguien la abra!

El gancho del lateral estaba agarrado fuertemente. Pat lo apalancó con su cortaplumas, y de pronto se abrió toda la fachada de la casa, y… allí estabas mirando al mismo tiempo el salón y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esta es la manera de abrirse una casa! ¿Por qué no se abren así todas las casas? ¡Cuánto más emocionante que escudriñar por el resquicio de una puerta el interior de un vestíbulo pequeñajo con un perchero y dos paraguas! Esto es, ¿no es cierto?, lo que uno quiere ver de una casa en cuanto pone la mano en la aldaba. Quizá sea así cómo Dios abre las casas en la alta noche cuando pasea tranquilamente con un ángel…

-¡Oh, oh!-. Las niñas Burnell estaban deslumbradas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca habían visto nada parecido en su vida. Todas las habitaciones estaban empapeladas. Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, con auténticos marcos dorados. Una alfombra roja cubría todos los suelos, menos el de la cocina; había sillas de felpa roja en el salón; verdes en el comedor; mesas, camas con ropa de verdad, una cuna, una estufa, un aparador con platitos y una gran jarra. Pero lo que le gustaba más a Kezia, lo que le gustaba enormemente, era la lámpara. Estaba colocada, en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lamparita color ámbar con un globo blanco. Incluso estaba preparada para ser encendida, aunque, por supuesto, no podías encenderla. Pero había algo dentro que parecía petróleo y que se movía cuando la agitabas.

Los muñecos papá y mamá, que estaban tendidos en el salón, muy tiesos, como si se hubieran desmayado, y sus dos niños pequeños que dormían arriba, eran realmente demasiado grandes para la casa de muñecas. Se diría que no pertenecían a ella. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia y decirle: “Yo vivo aquí.” La lámpara era real. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 27 de agosto de 2026

"SONETO". Un poema de Francisco de Aldana (1537 o 1540 - 1578)

Francisco de Aldana

 

-¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies, y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?

-Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.

miércoles, 26 de agosto de 2026

"POR QUÉ SEGUIMOS COMPRANDO LIBROS QUE NO LEEMOS... Y POR QUÉ NOS HACE TANTA ILUSIÓN". Michelle Spear (University of Bristol) Theconversation.com

En las épocas de mucho ajetreo, me doy cuenta de que, sencillamente, no puedo leer tanto como me gustaría. La vida tiene la costumbre de llenar cada hora libre con trabajo, reuniones, correos electrónicos, tareas domésticas, recados y plazos. Cuando estoy en uno de mis hábitats naturales –una librería–, resulta frustrante ver tantas cosas que me gustaría leer sabiendo que no tengo tiempo.

Mi consuelo habitual es comprar el libro de todos modos y dejar que se vaya acumulando en un pequeño montón, con la esperanza de que llegue un tiempo más tranquilo en el que por fin pueda abrirlos. Es extrañamente satisfactorio. Algunos podrían llamarlo desorden. Los japoneses tienen una palabra mucho más elegante para ello: tsundoku.

El término describe el hábito de adquirir libros y dejar que se acumulen sin leer. Combina la idea de apilar cosas (tsunde), dejar algo para más tarde (oku) y leer (doku). El resultado es un concepto que captura el optimismo silencioso de una pila de libros.

Lejos de ser un signo de falta de tiempo o de disciplina, el tsundoku puede revelar algo sorprendentemente importante sobre cómo responde el cerebro a la anticipación.
La dopamina de las expectativas

Cuando nos encontramos con algo que promete disfrute o descubrimiento, el sistema de recompensa del cerebro se pone en marcha. Una de sus vías recorre el área tegmental ventral –una región del mesencéfalo, el cerebro medio, que produce dopamina y está implicada en la motivación– hasta el núcleo accumbens, una estructura que ayuda a generar sensaciones de recompensa.

La dopamina se describe a menudo como la sustancia química del placer, pero eso es demasiado simplista. Una de sus funciones clave es ayudar al cerebro a identificar oportunidades que merezca la pena perseguir. En lugar de recompensarnos solo después de que haya ocurrido algo beneficioso, el cerebro a menudo nos recompensa por adelantado, fomentando comportamientos que probablemente resulten valiosos.

Desde una perspectiva evolutiva, esto tiene sentido. Nuestros antepasados se beneficiaban de buscar comida antes de tener hambre, refugio antes de que llegara una tormenta y conocimientos útiles antes de necesitarlos. Un cerebro capaz de anticipar recompensas futuras tenía una clara ventaja sobre uno que solo respondía a las necesidades inmediatas.

Esto significa que la dopamina responde no solo a las recompensas en sí mismas, sino también a su expectativa. La anticipación de una experiencia placentera puede activar las vías de recompensa mucho antes de que esta tenga lugar.

El disfrute futuro

Un libro sin leer es un buen ejemplo. Puede permanecer cerrado durante semanas o meses, pero el cerebro ya ha reconocido su valor potencial, disfrutando de la perspectiva antes incluso de haber pasado de la primera página.

El hipocampo, una estructura situada en lo más profundo del cerebro y conocida sobre todo por su papel en la memoria, también desempeña un papel importante. Aunque a menudo pensamos que el hipocampo nos ayuda a recordar, es igualmente importante para imaginar. El mismo mecanismo neuronal que nos permite reconstruir experiencias pasadas nos ayuda a construir las futuras.

Cuando nos visualizamos leyendo por fin ese libro durante unas vacaciones de verano, en un largo viaje en tren o acurrucados en el sofá en una tarde lluviosa, el hipocampo comienza a armar esa experiencia futura. Une fragmentos de experiencias anteriores almacenadas en todo el cerebro –el calor de los rayos del sol, el olor a café, el sonido de las páginas al pasar, la comodidad de nuestro sillón favorito– para crear una escena mental coherente.

En efecto, el cerebro utiliza los recuerdos del pasado para ensayar placeres que aún están por llegar.

Contribuir al bienestar

Esta capacidad puede ser más importante de lo que creemos. Los psicólogos reconocen cada vez más que la anticipación positiva contribuye al bienestar. Esperar con ilusión experiencias agradables puede mejorar el estado de ánimo, aumentar la motivación y servir de amortiguador frente al estrés cotidiano. En algunas circunstancias, la anticipación de un acontecimiento puede ser casi tan gratificante como el propio acontecimiento.

Esto puede explicar por qué una pila de libros sin leer se percibe de forma tan diferente a una pila de correos electrónicos sin responder. Ambos representan cosas que esperan ser hechas, pero la diferencia radica en cómo los interpreta el cerebro. Los correos electrónicos sin responder son obligaciones futuras, mientras que los libros sin leer son recompensas futuras.

Quizá no sea una coincidencia que este comportamiento se perciba con mayor intensidad en las librerías que en internet. Hojear los libros en persona involucra al cerebro de forma más completa, recurriendo a los sistemas sensoriales, espaciales y de recompensa que hacen que el descubrimiento resulte más enriquecedor y memorable. Por ejemplo, el aroma característico y ligeramente dulce del papel y la tinta es detectado por el sistema olfativo y se transmite directamente a las regiones implicadas en la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala.

Mucho antes de que se lea un libro, la experiencia de encontrarlo ya se asocia con el placer. Así que quizá el tsundoku refleje una de las capacidades más notables del cerebro: la de disfrutar con experiencias que aún no han tenido lugar.

martes, 25 de agosto de 2026

"EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA". Un cuento de amor verdadero de Charles Dickens

«El auxiliar de la parroquia», cuento de Charles Dickens, narra la historia de Nathaniel Pipkin, un humilde maestro de parroquia enamorado de Maria Lobbs, la hermosa hija del hombre más acaudalado del pueblo. La trama se desarrolla en torno a los esfuerzos de Pipkin por ganar el amor de Maria, a pesar de las evidentes diferencias que existen entre ellos.

Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de la Calle High, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero.

Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un pilluelo desobediente- y éstos se posaron, inesperadamente, en el radiante rostro de María Lobbs, la única hija del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero que vivía enfrente. Lo cierto es que los ojos del señor Pipkin se habían posado antes, y con mucha frecuencia, en el bonito semblante de María Lobbs, en la iglesia y en otros lugares; pero los ojos de María Lobbs nunca le habían parecido tan brillantes, ni las mejillas de María Lobbs tan sonrosadas como en aquella ocasión. No es de extrañar, pues, que Nathaniel Pipkin fuera incapaz de apartar su mirada del rostro de la señorita Lobbs; no es de extrañar que la señorita Lobbs, al ver los ojos del joven clavados en ella, retirara su cabeza de la ventana donde estaba asomada, la cerrara y bajase la persiana; no es de extrañar que, inmediatamente después, Nathaniel Pipkin se abalanzara sobre el pequeño granuja que antes le había molestado y le diera algún coscorrón y alguna bofetada para desahogarse. Todo eso fue muy natural, y no hay nada en ello digno de asombro. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 24 de agosto de 2026

"PARA UN ESTETA". Un poema de José Hierro

Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.

José Hierro