viernes, 21 de agosto de 2026

"ODIO". Un poema de José Emilio Pacheco.

Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra.

No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todo 
excepto contra el odio. En los edificios, vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no 
pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.

El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos 
artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.

O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan. 
La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro
cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.

jueves, 20 de agosto de 2026

"LORCA SON TODAS". Pilar Mera, El País

"A derradeira lección do mestre"
(La última lección del maestro)

El del poeta asesinado hace 90 años es el nombre más conocido de los miles de víctimas del franquismo que deben ser recordadas

El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada. ¿Su crimen? “Lorca ha hecho más daño con la pluma que otros con la pistola”, afirmó Ramón Ruiz Alonso, el fascista responsable de su detención y fusilamiento. Con su pluma, Lorca defendió a los desfavorecidos, apoyó al Frente Popular y firmó manifiestos contra el nazismo o las dictaduras de su tiempo. Que 90 años después alguien califique a Lorca de apolítico y diluya su muerte en el ambiguo sintagma “rencillas locales y familiares” sólo puede entenderse como un alarde de desfachatez, blanqueamiento o ignorancia. Frente al redoble de tambores es necesario responder con claridad firme. La mentira no se convierte en realidad de tanto repetirla, pero si el único eco es el silencio, el error se amplifica y demasiados se lo acaban creyendo.

El de Lorca es el nombre más conocido de las 115.000 víctimas de la dictadura franquista que aún permanecen en cunetas y fosas comunes. Las cifras de la represión estremecen, sobre todo si tras ellas logramos ver los rostros, las historias, las vidas quebradas. Esta semana repleta de tristes aniversarios es un buen momento para recordarlas. Historias como la de Juana Capdevielle, intelectual, bibliotecaria y republicana, asesinada también el 18 de agosto de 1936, detenida y encarcelada sin orden judicial al preguntar por su marido, gobernador civil de A Coruña. Según algunas versiones sufrió un aborto en prisión. Según otras, seguía embarazada cuando la mataron de varios disparos y tiraron su cuerpo en el monte da Gándara, kilómetro 526 de la Nacional VI. O la de Carmen Pesqueira Domínguez, A Capirota, lavandera que tras defender a un hombre al que golpeaba un grupo de falangistas fue secuestrada por ellos. Torturada y asesinada también el 18, sus asesinos pasearon su cuerpo por Marín como aviso a navegantes. O la de María Vázquez, maestra de Miño, renovadora pedagógica, socialista y feminista, asesinada el día 19. O la de Alexandre Bóveda, intelectual y político galleguista, padre del Estatuto del 36, fusilado el 17 en el monte de A Caeira. Su amigo Castelao inmortalizó el asesinato en A derradeira lección do mestre, cuadro de profunda carga simbólica y, junto a los compañeros del exilio bonaerense escogió el día de su muerte como Día da Galiza Mártir para honrar y reivindicar a Bóveda y a todas las víctimas gallegas del franquismo.

“Lorca eran todos”, reza un monolito erigido en 2002 en el barranco de Víznar en recuerdo también de todas las víctimas. Pero ¿por qué recordarlas? Porque sus muertes y sobre todo sus vidas son semilla de nuestra democracia.

miércoles, 19 de agosto de 2026

"¿EL PRIMER CUENTO DE KAFKA? Un cuento de Marco Denevi

Entre 1895 y 1901 medió la existencia de la revista literaria Der Wanderer (El viajero), que en idioma alemán se editó en Praga bajo la dirección de Otto Gauss y Andrea Brezina. El número correspondiente a diciembre de 1896 incluye (pág. 7) un cuento titulado “El juez”, cuyo autor oculta o deja entrever su nombre detrás de la inicial K. Por la atmósfera del cuento y por esa letra (que será más tarde el nombre de los protagonistas de El proceso y de El castillo) se me ha ocurrido la idea de que se trata del primer cuento de un Kafka de quince años.

El juez

Cuando fui citado a comparecer -como decía la cédula de notificación- en calidad de testigo, entré por primera vez en el Palacio de Justicia. ¡Cuántas puertas, cuántos corredores! Pregunté dónde estaba el juzgado que me había enviado la citación. Me dijeron: a los fondos, siempre a los fondos. Los pasillos eran fríos y oscuros. Hombres con portafolios bajo el brazo corrían de un lugar para otro y hablaban un lenguaje cifrado en el que a cada rato aparecían palabras como in situ, a quo, ut retro. Todas las puertas eran iguales y, junto a cada puerta, había chapas de bronce cuyas inscripciones, gastadas por el tiempo, ya no podían leerse. Intenté detener a los hombres de los portafolios y pedirles que me orientaran, pero ellos me miraban coléricos, me contestaban: in situ, a quo, ut retro.

Fatigado de vagabundear por aquel laberinto, abrí una puerta y entré. Me atendió un joven con chaqueta de lustrina, muy orgulloso. Soy el testigo, le dije. Me contestó: Tendrá que esperar su turno. Esperé, prudentemente, cinco o seis días. Después me aburrí y, como para distraerme, comencé a ayudar al joven de chaqueta de lustrina. Al poco tiempo ya sabía distinguir los expedientes, que en un principio me habían parecido idénticos unos a otros. Los hombres de los portafolios me conocían, me saludaban cortésmente, algunos me dejaban sobrecitos con dinero.

Fui progresando. Al cabo de un año pasé a desempeñarme en la trastienda de aquella habitación. Allí me senté en un escritorio y empecé a garabatear sentencias. Un día el juez me llamó.

-Joven- me dijo-. Estoy tan satisfecho con usted, que he decidido nombrarlo mi secretario.

Balbuceé palabras de agradecimiento, pero se me antojó que no me escuchaba. Era un hombre gordísimo, miope y tan pálido que la cara solo se le veía en la oscuridad. Tomó la costumbre de hacerme confidencias.

-¿Qué será de mi bella esposa? -suspiraba-. ¿Vivirá aún? ¿ Y mis hijos? El mayor andará ya por los veinte años.

Algún tiempo después este hombre melancólico murió, creo (o, simplemente, desapareció), y yo lo reemplacé. Desde entonces soy el juez. He adquirido prestigio y cultura. Todo el mundo me llama Usía. El joven de saco de lustrina, cada vez que entra a mi despacho, me hace una reverencia. Presumo que no es el mismo que me atendió el primer día, pero se le parece extraordinariamente.

He engordado: la vida sedentaria. Veo poco: la luz artificial, día y noche, fatiga la vista. Pero uno disfruta de otras ventajas: que haga frío o calor, se usa siempre la misma ropa. Así se ahorra. Además, los sobres que me hacen llegar los hombres de los portafolios son más abultados que antes. Un ordenanza me trae la comida, la misma que le traía a mi antecesor: carne, verduras y una manzana. Duermo sobre un sofá. El cuarto de baño es un poco estrecho.

A veces añoro mi casa, mi familia. En ciertas oportunidades (por ejemplo en Navidad) no resulta agradable permanecer dentro del Palacio. Pero, ¿qué he de hacerle? Soy el juez. Ayer, mi secretario (un joven muy meritorio) me hizo firmar una sentencia (las sentencias las redacta él) donde condeno a un testigo renitente. La condena, in absentia, incluye una multa e inhabilitación para servir de testigo de cargo o de descargo. El nombre me parece vagamente conocido. ¿No será el mío? Pero ahora yo soy el juez y firmo las sentencias.

K.
FIN

martes, 18 de agosto de 2026

"VIZNAR". Un poema de José Ángel Valente a la memoria de Ferderico García Lorca y a la de los asesinados por los fascistas.

José Ángel Valente


«DESDE Granada subimos hasta Víznar. Vagamos por el borde sombrío del barranco.

− ¿Dónde?, decíamos. Era el otoño. Las hermanas, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, inciertos, tanteantes. ¿En dónde había sucedido?

– Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a eso que ahora nadie recuerda.

– Él ya no es él – dije. 

Es el nombre que toma la memoria, no inextinguible de todos».

lunes, 17 de agosto de 2026

"LA VERDAD EN LITERATURA". Sara Barquinero, El País

La gran debilidad de la ficción es que uno puede identificar las preguntas que plantea un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas

Sobre la mayoría de los escritores pende una maldición, y es que sus lectores intentan averiguar qué hay de verdad (entendiéndose por verdadero autobiográfico) en aquello que han escrito. Esta maldición afecta especialmente a las mujeres jóvenes que escriben novela realista, y resulta más ajena para escritores maduros de terror o ciencia ficción, aunque incluso en el monstruo puede encontrarse el rastro de un trauma arcano: me imagino sin dificultad a amigos de la infancia, enemigos acérrimos o aspirantes a amantes de ese presunto escritor de ciencia ficción estableciendo relaciones peregrinas entre el susodicho monstruo y, por ejemplo, la mala relación que el autor tenía con su padre, o su tacañería neurótica, o su miedo al compromiso.

En mi caso, como he publicado una novela en la que la protagonista es una chica y que sucede en una universidad madrileña, mucha gente ha asumido que cuento la verdad (esto es, algo autobiográfico) de lo que me ha pasado a mí. Parte de esa mucha gente ha querido adivinar quién era el profesor seductor de alumnas, buscando entre mis profesores universitarios, pero lo cierto es que no me basé en ninguno de ellos. Si acaso, trasladé algunos detalles de una experiencia personal con otro sujeto ajeno a la universidad, al que conocí en una escuela de escritura creativa.

Me acordaba de él este verano, no solo por el cansino quién es quién al que a veces me someten, sino por La grasa de la literatura, el artículo de Bárbara Blasco. En ese artículo, Bárbara retrata cómo la comidilla de la Feria del Libro era un escritor que tenía relaciones complicadas con sus estudiantes, que sobrepasaban los límites lógicos de la relación profesor-alumna de escuela creativa y en las que les aspiraba a sus jóvenes pupilas la energía romántica y creativa cual Dementor (¿en quién pensaría J. K. Rowling cuando creó a los Dementores? Una pregunta para el difunto foro de Pottermore). Los pocos detalles que daba (y el cotilleo que generó) me hicieron pensar que el escritor de Bárbara y mi protagonista parecían la misma persona. Sin embargo, diría que el quién es quién no es tan interesante en sí mismo (que la sociedad adivine la identidad de un malhechor solo tiene sentido si aquello de lo que se le acusa entra en el terreno del derecho, y hasta la fecha ser un sinvergüenza no es materia de juzgado, lo cual probablemente es una buena noticia).

La verdad de la literatura no está en su relación de correspondencia con la realidad, ora para identificar historias y traumas de sus autoras, ora para que se convierta en prueba pública, sino en cómo nos abre perspectivas sobre esa misma realidad. Que la gente sepa de quién estamos hablando no va más allá del cotilleo jugoso al que muchos de mis conocidos se han entregado. La pregunta no debería ser quién es, sino qué vamos a hacer con esto.

¿Qué harías si supieras que sobre un compañero de trabajo penden acusaciones de una ristra de cadáveres emocionales? ¿Qué harías si supieras que la exalumna uno de tus ídolos, trabajadores o amigos piensa que le ha robado las ideas para su última novela? ¿Te comprarías el libro? ¿Hablarías con él? ¿Alertarías a sus posibles alumnas y amantes? ¿Lo pondrías de profesor en tu academia de escritura? ¿Le darías una posición de poder? ¿Una editorial? Esa es quizá la gran debilidad de la ficción: uno puede identificar las preguntas que abre un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas. Puede abominar ciertas conductas en ese mismo libro y luego replicarlas como testigo mudo. O puede que esa sea la virtud de la literatura. Como en todas las preguntas anteriores, ni tengo ni me corresponde a mí sola tener la respuesta.

domingo, 16 de agosto de 2026

"EL ECLIPSE". Un cuento de Augusto Monterroso.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

FIN

viernes, 14 de agosto de 2026

"SI ME LLAMARAS, SÍ ...". Un poema de Pedro Salinas


¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
“No te vayas.”