miércoles, 19 de agosto de 2026

"¿EL PRIMER CUENTO DE KAFKA? Un cuento de Marco Denevi

Entre 1895 y 1901 medió la existencia de la revista literaria Der Wanderer (El viajero), que en idioma alemán se editó en Praga bajo la dirección de Otto Gauss y Andrea Brezina. El número correspondiente a diciembre de 1896 incluye (pág. 7) un cuento titulado “El juez”, cuyo autor oculta o deja entrever su nombre detrás de la inicial K. Por la atmósfera del cuento y por esa letra (que será más tarde el nombre de los protagonistas de El proceso y de El castillo) se me ha ocurrido la idea de que se trata del primer cuento de un Kafka de quince años.

El juez

Cuando fui citado a comparecer -como decía la cédula de notificación- en calidad de testigo, entré por primera vez en el Palacio de Justicia. ¡Cuántas puertas, cuántos corredores! Pregunté dónde estaba el juzgado que me había enviado la citación. Me dijeron: a los fondos, siempre a los fondos. Los pasillos eran fríos y oscuros. Hombres con portafolios bajo el brazo corrían de un lugar para otro y hablaban un lenguaje cifrado en el que a cada rato aparecían palabras como in situ, a quo, ut retro. Todas las puertas eran iguales y, junto a cada puerta, había chapas de bronce cuyas inscripciones, gastadas por el tiempo, ya no podían leerse. Intenté detener a los hombres de los portafolios y pedirles que me orientaran, pero ellos me miraban coléricos, me contestaban: in situ, a quo, ut retro.

Fatigado de vagabundear por aquel laberinto, abrí una puerta y entré. Me atendió un joven con chaqueta de lustrina, muy orgulloso. Soy el testigo, le dije. Me contestó: Tendrá que esperar su turno. Esperé, prudentemente, cinco o seis días. Después me aburrí y, como para distraerme, comencé a ayudar al joven de chaqueta de lustrina. Al poco tiempo ya sabía distinguir los expedientes, que en un principio me habían parecido idénticos unos a otros. Los hombres de los portafolios me conocían, me saludaban cortésmente, algunos me dejaban sobrecitos con dinero.

Fui progresando. Al cabo de un año pasé a desempeñarme en la trastienda de aquella habitación. Allí me senté en un escritorio y empecé a garabatear sentencias. Un día el juez me llamó.

-Joven- me dijo-. Estoy tan satisfecho con usted, que he decidido nombrarlo mi secretario.

Balbuceé palabras de agradecimiento, pero se me antojó que no me escuchaba. Era un hombre gordísimo, miope y tan pálido que la cara solo se le veía en la oscuridad. Tomó la costumbre de hacerme confidencias.

-¿Qué será de mi bella esposa? -suspiraba-. ¿Vivirá aún? ¿ Y mis hijos? El mayor andará ya por los veinte años.

Algún tiempo después este hombre melancólico murió, creo (o, simplemente, desapareció), y yo lo reemplacé. Desde entonces soy el juez. He adquirido prestigio y cultura. Todo el mundo me llama Usía. El joven de saco de lustrina, cada vez que entra a mi despacho, me hace una reverencia. Presumo que no es el mismo que me atendió el primer día, pero se le parece extraordinariamente.

He engordado: la vida sedentaria. Veo poco: la luz artificial, día y noche, fatiga la vista. Pero uno disfruta de otras ventajas: que haga frío o calor, se usa siempre la misma ropa. Así se ahorra. Además, los sobres que me hacen llegar los hombres de los portafolios son más abultados que antes. Un ordenanza me trae la comida, la misma que le traía a mi antecesor: carne, verduras y una manzana. Duermo sobre un sofá. El cuarto de baño es un poco estrecho.

A veces añoro mi casa, mi familia. En ciertas oportunidades (por ejemplo en Navidad) no resulta agradable permanecer dentro del Palacio. Pero, ¿qué he de hacerle? Soy el juez. Ayer, mi secretario (un joven muy meritorio) me hizo firmar una sentencia (las sentencias las redacta él) donde condeno a un testigo renitente. La condena, in absentia, incluye una multa e inhabilitación para servir de testigo de cargo o de descargo. El nombre me parece vagamente conocido. ¿No será el mío? Pero ahora yo soy el juez y firmo las sentencias.

K.
FIN

martes, 18 de agosto de 2026

"VIZNAR". Un poema de José Ángel Valente a la memoria de Ferderico García Lorca y a la de los asesinados por los fascistas.

José Ángel Valente


«DESDE Granada subimos hasta Víznar. Vagamos por el borde sombrío del barranco.

− ¿Dónde?, decíamos. Era el otoño. Las hermanas, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, inciertos, tanteantes. ¿En dónde había sucedido?

– Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a eso que ahora nadie recuerda.

– Él ya no es él – dije. 

Es el nombre que toma la memoria, no inextinguible de todos».

lunes, 17 de agosto de 2026

"LA VERDAD EN LITERATURA". Sara Barquinero, El País

La gran debilidad de la ficción es que uno puede identificar las preguntas que plantea un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas

Sobre la mayoría de los escritores pende una maldición, y es que sus lectores intentan averiguar qué hay de verdad (entendiéndose por verdadero autobiográfico) en aquello que han escrito. Esta maldición afecta especialmente a las mujeres jóvenes que escriben novela realista, y resulta más ajena para escritores maduros de terror o ciencia ficción, aunque incluso en el monstruo puede encontrarse el rastro de un trauma arcano: me imagino sin dificultad a amigos de la infancia, enemigos acérrimos o aspirantes a amantes de ese presunto escritor de ciencia ficción estableciendo relaciones peregrinas entre el susodicho monstruo y, por ejemplo, la mala relación que el autor tenía con su padre, o su tacañería neurótica, o su miedo al compromiso.

En mi caso, como he publicado una novela en la que la protagonista es una chica y que sucede en una universidad madrileña, mucha gente ha asumido que cuento la verdad (esto es, algo autobiográfico) de lo que me ha pasado a mí. Parte de esa mucha gente ha querido adivinar quién era el profesor seductor de alumnas, buscando entre mis profesores universitarios, pero lo cierto es que no me basé en ninguno de ellos. Si acaso, trasladé algunos detalles de una experiencia personal con otro sujeto ajeno a la universidad, al que conocí en una escuela de escritura creativa.

Me acordaba de él este verano, no solo por el cansino quién es quién al que a veces me someten, sino por La grasa de la literatura, el artículo de Bárbara Blasco. En ese artículo, Bárbara retrata cómo la comidilla de la Feria del Libro era un escritor que tenía relaciones complicadas con sus estudiantes, que sobrepasaban los límites lógicos de la relación profesor-alumna de escuela creativa y en las que les aspiraba a sus jóvenes pupilas la energía romántica y creativa cual Dementor (¿en quién pensaría J. K. Rowling cuando creó a los Dementores? Una pregunta para el difunto foro de Pottermore). Los pocos detalles que daba (y el cotilleo que generó) me hicieron pensar que el escritor de Bárbara y mi protagonista parecían la misma persona. Sin embargo, diría que el quién es quién no es tan interesante en sí mismo (que la sociedad adivine la identidad de un malhechor solo tiene sentido si aquello de lo que se le acusa entra en el terreno del derecho, y hasta la fecha ser un sinvergüenza no es materia de juzgado, lo cual probablemente es una buena noticia).

La verdad de la literatura no está en su relación de correspondencia con la realidad, ora para identificar historias y traumas de sus autoras, ora para que se convierta en prueba pública, sino en cómo nos abre perspectivas sobre esa misma realidad. Que la gente sepa de quién estamos hablando no va más allá del cotilleo jugoso al que muchos de mis conocidos se han entregado. La pregunta no debería ser quién es, sino qué vamos a hacer con esto.

¿Qué harías si supieras que sobre un compañero de trabajo penden acusaciones de una ristra de cadáveres emocionales? ¿Qué harías si supieras que la exalumna uno de tus ídolos, trabajadores o amigos piensa que le ha robado las ideas para su última novela? ¿Te comprarías el libro? ¿Hablarías con él? ¿Alertarías a sus posibles alumnas y amantes? ¿Lo pondrías de profesor en tu academia de escritura? ¿Le darías una posición de poder? ¿Una editorial? Esa es quizá la gran debilidad de la ficción: uno puede identificar las preguntas que abre un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas. Puede abominar ciertas conductas en ese mismo libro y luego replicarlas como testigo mudo. O puede que esa sea la virtud de la literatura. Como en todas las preguntas anteriores, ni tengo ni me corresponde a mí sola tener la respuesta.

domingo, 16 de agosto de 2026

"EL ECLIPSE". Un cuento de Augusto Monterroso.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

FIN

viernes, 14 de agosto de 2026

"SI ME LLAMARAS, SÍ ...". Un poema de Pedro Salinas


¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
“No te vayas.”

jueves, 13 de agosto de 2026

"ANDALUCÍA ROJA Y "LA BLANCA PALOMA". Manuel Chaves Nogales (2012), Córdoba, Almuzara


En este volumen se reúnen tres grandes reportajes que Manuel Chaves Nogales realizó en Andalucía para su periódico, Ahora, en distintos momentos de la República: la serie titulada genéricamente «Con los braceros del campo andaluz» (noviembre de 1931), «Semana Santa en Sevilla» (abril del 35), y el que da título al volumen, «Andalucía roja y “la Blanca Paloma”» (junio del 36). Son amplias piezas donde se mezclan las temáticas andaluza, etnográfica, religiosa, socioeconómica y política. El periodista consigue reflejar una evolución gradual de un clima altamente politizado, que pasa del aire prerrevolucionario, en sus jornadas con los trabajadores del campo, al claro clima de preguerra en su particular romería del Rocío, pasando por sus magistrales páginas dedicadas a una Semana Santa totalmente convulsionada en el momento republicano. La inmediatez de la visión periodística no es obstáculo para las cargas de profundidad a la hora de mostrar, por ejemplo, las contradicciones de su amada República, o las de un pueblo andaluz entre la revolución y la devoción. En todas las piezas aquí reunidas, el contexto histórico y de actualidad impone su ley y saca a flote todo tipo de presagios, a veces auténticas realidades de preguerra. La honestidad y maestría periodística, el desencanto por el momento histórico, y el antitotalitarismo de cualquier signo, que manifiesta Chaves Nogales, contrastan con la situación hasta evidenciar el desastroso derrumbe que estaba por venir. Pero sólo una mano maestra como la de Chaves Nogales pudo ser capaz de llenar su trabajo periodístico de un jugo intemporal que hace de su lectura hoy un ejercicio del que no deberíamos prescindir.

miércoles, 12 de agosto de 2026

"LA MAÑANA DESPUÉS DEL INCENDIO". Un cuento de Maeve Brennan

Desde mis cinco años hasta casi los dieciocho, vivimos en una casa pequeña en un barrio de Dublín llamado Ranelagh. En nuestra calle, todas las casas eran de ladrillo rojo y tenían pequeños jardines detrás, parte de cemento y parte de hierba, separados unos de otros por muros de piedra bajos. Cuando nos instalamos, yo no llegaba a ver nada por encima de los muros, pero en los últimos años recuerdo que podía mirar con facilidad, así que supongo que tendrían cinco pies¹ de alto. Todos los jardines tenían un muro común al fondo, que naturalmente era muy largo, pues abarcaba toda la longitud de la calle. A nuestra calle le decían “avenida” porque uno de los extremos, el más lejano para nosotros, no tenía salida. Era una avenida corta, con veintiséis casas a un lado y veintiséis al otro. Nosotros vivíamos en el número 48 y solo a cuatro casas de distancia de la calle principal, Ranelagh, donde circulaban tranvías y autobuses y toda clase de coches, con bastante ruido de tráfico.

Más allá del muro del fondo del jardín se extendía un gran club de tenis, y a veces en verano, especialmente durante los torneos, mi hermana pequeña y yo nos asomábamos a una ventana trasera de la casa y contemplábamos a los jugadores con sus blancas camisas de lino y sus amplios pantalones de franela, y los oíamos vocear los tantos. El club tenía un local, pero no lo veíamos. Nuestra visión quedaba parcialmente obstruida por la gran construcción del garaje, que se apoyaba en el muro del fondo de nuestro jardín y los otros cuatro jardines que nos separaban de la calle Ranelagh. Algunos de los vecinos de nuestro pasaje dejaban el coche en aquel garaje y la gente que venía a jugar al tenis aparcaba los coches allí. Siempre se veía movimiento en aquel garaje y nunca llegué a entrar allí, aunque comprábamos la comida en una tienda contigua. La tienda daba a la calle Ranelagh y tanto la tienda como el garaje eran propiedad de un hombre colorado y larguirucho y de su mujer, gruesa con el pelo rojizo claro; eran los McRory. Las tardes de verano, cuando mi hermana y yo íbamos a la tienda a comprar granizado en vasos de plástico, había algunos jugadores por allí, refrescándose con el hielo y también con botellas de limonada.

Una mañana de verano, muy temprano, cuando aún estaba oscuro, oí la voz de mi padre muy excitada al otro lado de la puerta de mi dormitorio. Yo tendría unos ocho años. Mi hermana pequeña dormía en la misma habitación que yo.

-¡La tienda de McRory está ardiendo! -decía mi padre.

Se había despertado con el resplandor rojo de las llamas contra su ventana. Se puso algo encima y corrió a ver qué pasaba y mi madre nos dejó mirar el incendio desde una ventana de atrás, la misma ventana por la que solíamos mirar los partidos de tenis. Era un fuego con todas las de la ley, con llamas que saltaban y denso humo torrencial, y un fragor constante de destrucción, quebrado por los golpes que daban al caer algunos pedazos del tejado. Mi madre se preguntó en voz alta si habrían podido salvar los coches y eso nos hizo mirar el edificio ardiente con un interés renovado y con el inmenso temor de imaginar grandes coches brillantes devorados por aquel fuego galopante. Era muy emocionante.

Mi madre nos hizo volver al dormitorio, pero incluso allí sentíamos cierta emoción oyendo a los hombres llamarse unos a otros en la calle y cerrando de golpe sus puertas tras ellos para correr fuera a ver el espectáculo. Como había decidido que nuestra casa no corría peligro, mi madre nos arropó en la cama con firmeza, pero yo no podía dormir, y en cuanto se hizo de día me vestí y corrí escaleras abajo. Mi padre tenía muchas cosas que contar. El garaje era una ruina, dijo, pero la tienda se había salvado. Muchos coches se habían destruido. Nadie sabía cómo había empezado el fuego. Algunos de los hombres del garaje habían sido muy valientes, corriendo a rescatar todos los coches que podían. La parte del edificio que daba a nuestro jardín se veía chamuscada, frágil y vacía porque ya no le quedaba tejado y su interior había desaparecido. El aire olía fuertemente a quemado. CONTINUAR LEYENDO