martes, 11 de junio de 2019

Ciudad cero. Un poema de Ángel González, Tratado de urbanismo (1967)

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años -que eran
la quinta parte de toda mi vida-,
yo había experimentado
 sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de
hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los
cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
-papeles y retratos
en medio de la calle...

Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para
siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

domingo, 9 de junio de 2019

La invención del niño. Digresiones en torno a la historia de la literatura infantil y la historia de la infancia. Una conferencia de de Daniel Goldin*


Leer y escribir antes y después de Babel 

En el principio fue el verbo, por lo menos ésa es la idea que, transmitida durante siglos por la tradición judeocristiana, le dio a la palabra y a todo acto de lenguaje un valor seminal y trascendente que rebasa ciertamente el plano de la mera expresión.

Tal como relata el Génesis, Dios crea el mundo mediante sucesivos actos de lenguaje. “ Y dijo Dios: sea la luz, y fue la luz”, es el primero. Prosigue de manera similar con el agua, la tierra, los vegetales y animales que la pueblan. Tras cada creación, Dios contempla sus obras, ve que son buenas y entonces les da nombre. 

Sólo con el ser humano, su creación final, establece un ritmo diferente. Creado a imagen y semejanza del ser divino, el hombre participa en la creación del mundo, nombrando. 
“Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó animales vivientes, ése es su nombre” (Génesis 4:21). 
Adán asigna un nombre a todos los seres vivos. Estos nombres, a su vez, son una delineación exacta y total de su propia esencia. No cabe ocultación alguna, y mucho menos falsedad. En el lenguaje adánico no hay sombras ni ambivalencias. 
“Ese esperanto adánico –dice George Steiner– era tautológico con respecto a la verdad y al mundo. Es decir, los objetos, las condiciones de percepción y predicación que se encontraban en la realidad, correspondían exactamente, punto por punto, como en una ecuación, a los términos usados para nombrarlos y describirlos”, concluye Steiner (1998: 108). 
Tal vez por esa primordial univocidad del lenguaje, mientras hablaban una sola lengua, los hombres pudieron plantearse construir una torre y rivalizar con el poder divino al acceder a sus alturas, como se puede colegir en el enigmático y breve relato del Génesis. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 7 de junio de 2019

Ya ves qué tonería, un poema de Gloria Fuertes

Ya ves qué tontería, me gusta escribir tu nombre, llenar
papeles con tu nombre, llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre, escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así. Me creo que siempre que
lo digo me oyes. Me creo que da buena suerte:

Voy por las calles tan contenta y no llevo encima nada 
más que tu nombre 


Gloria Fuertes

jueves, 6 de junio de 2019

La lectura. Jorge Luis Borges (entrevista).

Gacela de la muerte oscura, un poema de Federico García Lorca

Quiero dormir el sueño de las manzanas,
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.
No quiero que me repitan
que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme
de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.
Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.
Federico García Lorca


martes, 4 de junio de 2019

El sentido del pensamiento, un gran libro del filósofo Markus Gabriel.

Acabo de leer este libro y he de reconocer que me ha hecho reflexionar en profundidad. Forma parte de una trilogía (Por qué el mundo no existe, Yo no soy micerebro y El sentido del pensamiento) escrita por Markus Gabriel (1980), filósofo alemán defensor del nuevo realismo.

Desde aquí os animo a leerlo bien de forma individual o compartida en forma de tertulia, ya que es un libro que está centrado en los problemas que actualmente enfrenta la humanidad dentro de una gran crisis del pensamiento. Como muestra, os dejo un trozo de su introducción.
Desafortunadamente, en las últimas décadas se ha producido un deterioro parcial de la cultura del debate filosófico público en Alemania. En mi opinión, esto se debe principalmente al naturalismo. El naturalismo proclama que todo conocimiento y progreso real puede reducirse a una combinación de ciencia y dominio tecnológico de las condiciones de supervivencia humana.
Pero se trata de un error fundamental; de hecho, es un peligroso engaño que hoy en día nos ronda en forma de crisis ideológicas: esto se refleja en el retorno de la religión, que nunca desapareció del todo realmente, como un modelo explicativo de la realidad a gran escala; en las tentaciones demagógicas de los llamados “populistas”, que evocan antiguas identidades nacionales que nunca existieron realmente; y en la crisis de lo público propiciada por el nuevo medio de comunicación de Internet. No se puede hacer frente a todas estas crisis desde una perspectiva intelectual sin realizar esfuerzos filosóficos renovados. Porque el progreso en ciencias naturales y tecnológicas no contribuye sistemáticamente a una mejora de la vida sin una reflexión ética subyacente. Más bien, estamos destruyendo nuestro planeta a través de un progreso sin restricciones, lo que debería dar pie a la reflexión y a una corrección de rumbo.
Y como añade más adelante, y lo digo por si alguien considera la filosofía como algo extraño y muy lejano:
Los libros de filosofía tienen la función de estimular a los lectores a una reflexión propia. Aquello que se puede aprender de la filosofía es la reflexión y organización clara de los propios prejuicios que tenemos sobre cuestiones esenciales de la condición humana como ¿qué o quién es realmente el ser humano? ¿qué nos distingue del resto de animales? ¿Tienen los ordenadores la capacidad de pensar?

lunes, 3 de junio de 2019

‘Sonatina’. Prosas profanas y otros poemas, 1896. RUBÉN DARÍO

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? 
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».