domingo, 26 de abril de 2026

"ARMENIA 1915 (MEMORIA)". Un poema de Raúl Quinto sobre el genocicio armenio seleccionaodo y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Genocidio de Dersim. Crédito: Armenian Genocide Museum-Institute

Cada 24 de abril se conmemora en todo el mundo el Día del genocidio armenio, una de las masacres más terribles y olvidadas del siglo XX, llevada a cabo por el gobierno otomano en 1915 contra los armenios cristianos de su territorio, que sufrieron deportaciones forzadas y un exterminio sistemático de la población hasta alcanzar cifras escalofriantes: casi un millón y medio de víctimas. En la antología ‘Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026’ del poeta Raúl Quinto, publicada hace unos meses, hay un poema dedicado a ese trágico suceso, ‘Armenia 1915 (Memoria)’, que hoy quiero compartir. Con imágenes poderosas, con conmovedora belleza, Raúl Quinto describe el horror, la acumulación de ruinas, el espanto de los supervivientes, la desaparición de la lengua, inútil de pronto para contar lo sucedido. He aquí una de las misiones de la poesía: poner palabras al silencio. (Andrea Villarrubia Delgado)

ARMENIA 1915 (MEMORIA)

Respirar el desierto. Comprobar
de qué manera el cuerpo es una máquina
hecha para el dolor. Escribir
la mirada de Armenia
perdida en el vacío,
la turbia partitura del silencio
arañando sus párpados,
cuando llega la noche
y se abren las compuertas del incendio:
palabras que no dicen, que no son.

Pensar los templos arrasados
en la oración de las cenizas,
el nombre que los ata
deshilvanándose en los labios,
la conciencia del tacto
en las manos
del que abraza la llama;
pensar como en un grito
la palidez de la tormenta,
y dejarse arrastrar
por la fiebre de los hombres

o morir lentamente
del otro lado de esta sangre.
Palabras que no son, que no dicen.

el infierno: San Juan escribe en Patmos
el color de unos ojos reflejados
en la hoja de un cuchillo: el silencio.

El exterminio es una danza hermosa
ofreciendo sus labios.

Amanece.

Los que quedan se miran a los ojos:
otro río de azufre
cruzando el interior de los escombros.
Lo que aún permanece:
la obscena memoria de avanzar
demolición adentro,
lo que persiste entre la sombra:
el camino de hueso: el latido del pozo:
palabras que no dicen, que no son.

RAÚL QUINTO

sábado, 25 de abril de 2026

"LEER ES UN PASATIEMPO... ¿O MUCHO MÁS?". VVAA, Theconversation.com

Hay quienes disfrutan leyendo y quienes prefieren ver series o jugar a videojuegos. Pero ¿es realmente la lectura una alternativa de ocio como otra cualquiera, especialmente cuando pensamos en el ocio juvenil y adolescente? Desde la perspectiva de la neurociencia, la respuesta es clara: leer es mucho más.

No se trata solo de entretenimiento. La lectura destaca por activar procesos cognitivos específicos que, especialmente cuando el cerebro se está desarrollando, pueden marcar diferencias importantes en la edad adulta.

Leer: un reto para el cerebro en construcción

Una de las claves para entender la importancia de la lectura durante la adolescencia es que el cerebro aún está en pleno desarrollo. A lo largo de esta etapa se produce una intensa reorganización de las redes neuronales destinadas a fortalecer el razonamiento, la planificación y el control de la conducta. Una de las estructuras cerebrales clave en este proceso es la corteza prefrontal, una región asociada a las llamadas funciones ejecutivas, responsables de mantener la atención, inhibir las distracciones y controlar el procesamiento de la información. Algunas experiencias durante esta etapa pueden actuar como un catalizador del desarrollo cognitivo, favoreciendo la consolidación de estas capacidades.

Comprender un texto largo exige poner en marcha muchos de los procesos mentales que el cerebro adolescente está afinando: mantener la atención durante un tiempo prolongado, recordar información previa, establecer relaciones entre ideas, realizar predicciones, detectar inconsistencias y construir activamente el significado de la historia. Lejos de ser una actividad pasiva, la lectura implica un esfuerzo cognitivo considerable.

Precisamente por esta exigencia cognitiva, leer no siempre genera un enganche inmediato comparable al de otras actividades más pasivas. Muchas actividades de ocio digital ofrecen recompensas rápidas y cambios constantes de estímulo, mientras que la lectura exige un periodo inicial de concentración e implicación antes de que aparezca la recompensa narrativa.

Lograr el ‘flow’ en la lectura

Sin embargo, cuando la práctica lectora se consolida, ocurre algo interesante: leer empieza a fluir. A medida que se automatizan los procesos de decodificación de palabras, el acceso a su significado y la integración de información necesaria para comprender el texto, disminuye el esfuerzo cognitivo y aumenta la inmersión en la historia. La atención deja entonces de centrarse en descifrar frases y se dirige a la comprensión del mundo narrativo y de los personajes. Es en ese momento cuando aparece lo que muchos lectores describen como el placer de la lectura.

Cuando la lectura es una actividad frecuente, no solo aporta disfrute: también impulsa el desarrollo cognitivo. De hecho, su asociación con el progreso en la adolescencia es especialmente relevante, ya que supera incluso a factores como el nivel educativo de los padres.

Además somos más capaces de comprender los pensamientos y los estados emocionales ajenos y de entender y analizar nuestros propios procesos mentales, evaluar la información y distinguir, por ejemplo, entre argumentos sólidos y débiles. Nuestra capacidad crítica se fortalece, algo que nos protege ante bulos y desinformación.

No todas las formas de ocio activan estos procesos con la misma profundidad.

¿Vale leer cualquier cosa?

La ficción literaria, como las novelas u otros relatos con personajes poco predecibles y situaciones ambiguas, favorece especialmente la comprensión de los estados mentales y emocionales de los demás, al implicar al lector en mundos sociales complejos. Otros textos informativos o de divulgación contribuyen más al desarrollo del razonamiento.

Lo ideal es leer lo que a uno más le guste, aunque cuanta mayor sea la variedad y calidad de los textos, más habilidades diferentes estaremos desarrollando.

Qué hacer si no nos gusta leer

Aun así, la lectura no es algo que resulte igual de apetecible o atractivo a todo el mundo. La investigación en psicología sugiere que, en actividades exigentes, la práctica temprana y frecuente puede ser clave para que termine siendo gratificante. La lectura no es una excepción. Si hemos tenido contacto con la lectura a edades tempranas, es probable que experimentemos sentimientos positivos hacia los libros, mientras que si las experiencias tempranas han sido negativas (hemos leído por obligación cosas que no nos interesaban, o hemos sufrido y nos hemos aburrido leyendo) nuestra motivación será mucho menor.

Por eso es tan importante que en los centros educativos, en las aulas y en los hogares tengamos acceso a todo tipo de libros y podamos elegir qué leer, compartir momentos de lectura o encontrar historias que conecten con nuestros intereses y preocupaciones.

Para quienes sienten que “leer no es lo suyo”, es importante tener en cuenta que la dificultad inicial no indica falta de capacidad, sino que forma parte del proceso. Con la experiencia, la comprensión se vuelve más ágil y la lectura menos exigente, por lo que conviene no abandonar antes de que empiece a resultar atractiva. De hecho, incluso quienes presentan más dificultades lectoras pueden beneficiarse de la lectura.

¿Y si no leemos, no pasa nada?

En última instancia, las trayectorias lectoras, como las propias trayectorias vitales, son diversas, y las habilidades pueden desarrollarse de múltiples formas con el tiempo. Pero no conviene perder de vista lo que está en juego.

Especialmente en la adolescencia, leer no es solo una práctica cultural necesaria, sino también una forma de ejercitar la atención, la imaginación, el razonamiento y el pensamiento complejo en una etapa en la que el cerebro está en plena construcción.

Si no leemos, no solo perdemos un pasatiempo: renunciamos también a una poderosa herramienta para el desarrollo cognitivo y para una formación cultural, crítica y ciudadana plenas.

viernes, 24 de abril de 2026

"LA MUERTE DEL RECUERDO". Un cuento de Carmen de Burgos, Colombine (1867-1932)

Sentado cerca de la lumbre, perezosamente envuelto en su pelliza, el viejo senador contemplaba cómo caía la nieve en el jardín.

Los delicados cristalinos prismáticos venían, en una lluvia de pétalos de jazmín, á cubrir con su blancura la desolada tristeza de loa desnudos troncos, empavesados por la nieve, como si les envolviesen guirnaldas de misteriosas flores nacidas en el aire.

Un criado anunció desde la puerta:

—El señor está servido.

Al mismo tiempo los cristales y el pavimento retemblaban con el rodar silencioso de las ruedas de un coche en el patio.

Perezosamente se rodeó el anciano al cuello la bufanda de piel forrada en seda; se abotonó el

abrigo de arriba á abajo; introdujo en el bolsillo la tabaquera; afianzó sobre la nariz las gafas que ocultaban los hundidos ojos, y después de calarse reposadamente los guantes de piel, tomó el bastón y el sombrero, que le sostenía el ayuda de" cámara, y salió tapándose la boca con el pañuelo, tardo el paso, como si le costase trabajo dejar su gabinete en aquel día de frío.

Un secretario alto, rubio, atildado, de patillas simétricas é irreprochable traje, se inclinó á su paso ceremoniosamente, esperando que el señor se dignase dirigirle la palabra; pero don Juan pasó sin mirarlo.

—¿Deja mandado algo el señor?—preguntó con timidez.

—Nada.

Ya el lacayo sujetaba abierta la portezuela del coche... El secretario volvió á inclinarse con esa rigidez de los aduladores, que parecen tener una articulación más en su espina dorsal para doblar servilmente el cuerpo, y el carruaje partió con el cadencioso trotar de su tronco normando.

Encendió un cigarro don Juan y se arrellanó sobre los almohadones azules, mientras el coche

cruzaba las calles del Caballero de Gracia, de Peligros y Alcalá, para salir al Prado.

Allí lucía con toda su hermosura la nieve. Grupos de chiquillos y mozalbetes corrían sobre ella, ensuciando con los pies su transparencia, contentos y satisfechos los pulmones de respirar aquel aire puro y sereno, cuya ligereza centuplicaba la actividad. Perseguíanse unos á otros arrojándose puñados de nieve, que se deshacía en espuma blanca; rodaban algunos esas enormes bolas, consagradas como imagen de la murmuración y de la calumnia, porque según corren engruesan y se enlodan. Varios artistas improvisados se entretenían en modelar con aquel mármol blando estatuas y caricaturas, con tanto esmero como si algunas horas más tarde su obra no hubiera de convertirse en agua sucia.

Se respiraba la poesía de la blancura de la nieve, cuyo gran encanto consiste en su misma fragilidad, en lo inestable, en lo fantástico, lo ideal de su vida corta… símbolo de lo irrealizable, de lo soñado, de todas las ilusiones que no pueden detenerse.

Había un rayo de envidia en los apagados ojos del viejo senador viendo á los muchachos correr, azotarse, caer y revolcarse sobre aquella alfombra, que se hundía a su peso como mullido vellón de lana, con crujido de cristalinos que se quiebran.

Recordaba en su abrigado coche la época feliz de la infancia, de la adolescencia, cuando medio desnudo y hambriento jugaba entre los copos de nieve en el Retiro o la Moncloa.

¡Cuán lejos estaba aquel tiempo] ¡Era una existencia pasada!

Se recordaba con tristeza: no había nada de común entre él, don Juan, y aquel Juanillo de los primeros años de su vida. ¡Juanillo había muerto! Ni una molécula del cuerpo joven, fuerte, gracioso, quedaba en su pobre, achacosa y vieja armadura. Sólo escasas reminiscencias de la voluntad, de los afectos que el otro sintió vivían aún en éste. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de abril de 2026

"HE ESTADO ENAMORADA MÁS DE UNA VEZ". Un poema de Mary Oliver

He estado enamorada más de una vez,
gracias a Dios. Algunas veces perduró:
activo o no. Algunas veces lo fue todo
aunque efímero, quizá solo una tarde,
pero no por eso menos real.
Se quedan en mi mente esas hermosas personas,
o en todo caso hermosas para mí, que son muchísimas.
Tú y tú y tú, a quienes tuve la fortuna de conocer, o tal vez
me las perdí. Amor, amor, amor, fue el centro de mi vida,
del cual viene, por supuesto, la palabra corazón.
Y he mencionado que algunos fueron hombres
algunas mujeres, y algunos -ahora guarda mi revelación contigo-
fueron árboles. O lugares. O música volando sobre los nombres
de sus creadores. O nubes, o el sol, que fue el primero y el mejor,
el más fiel -ciertamente, quien me miró a los ojos cada mañana
con tanta lealtad. Así me imagino tanto amor del mundo:
su fervor, su brillo, su inocencia, su hambre de darse a sí mismo,
Me imagino que así comenzó.

miércoles, 22 de abril de 2026

"LITERATURA CRUEL PARA TIEMPOS CRUELES". José Ovejero, El País

El escritor estadounidense Cormac McCarthy,
fotografiado en 1992 en El Paso, Texas

En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres

Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.

Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.

Pero es posible que también necesitemos lo contrario, una literatura cruel para tiempos crueles, es decir libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres, que produzcan malestar al quitarnos los asideros a los que nos aferramos en el suelo tambaleante del presente. La réplica obvia a esta propuesta solo en apariencia paradójica sería: el mundo ya duele lo suficiente como para, además, adentrarnos en un arte doloroso; déjame respirar, déjame descansar, déjame, al menos, un espacio donde sentir alivio y el calor del grupo.

Resulta llamativo que, al mismo tiempo que buscamos espacios protegidos para nuestras emociones en distintas formas artísticas, asistamos desde hace años a un proceso en el que lo gore —antes un género de nicho—, se ha extendido en la literatura, el cine y las series, de forma que las vísceras, las violaciones, las torturas y los asesinatos más brutales se han ido convirtiendo en ingredientes habituales de nuestras cenas y sobremesas. Pero se trata en general de una violencia conformista que da al consumidor justo lo que espera: por un lado, un cosquilleo en su sistema nervioso que nunca impulsa a acción alguna y que justifica nuestras respuestas primarias hacia amenazas reales o imaginarias. Por otro, indiferencia frente a las víctimas, convertidas en un elemento más de la diversión.

La crueldad que necesitamos en el arte no es ni la del espectáculo desensibilizador ni la del cortejo sumiso de las certezas que arropan los discursos hegemónicos. Lo que necesitamos es un aparente oxímoron: una crueldad ética, capaz de romper los consensos acomodaticios, narrar a contrapelo no ya del poder, también de la buena conciencia de los lectores y lectoras, desmontar narraciones que apuntalan formas aceptadas de violencia, empujar a ver las sombras que preferiríamos ignorar. Su violencia no fluye necesariamente con la sangre vertida en sus páginas, sino que se agolpa como agresión hacia quien lee. En lugar de darle el espectáculo catártico deseado o la justificación que necesita para sus propias agresiones, frustra una y otra vez sus expectativas.

Hay numerosos ejemplos de “literatura cruel”. Uno muy adecuado ahora que está cobrando fuerza el proyecto de fundar una sociedad en la que se enarbola la libertad como disfraz de la brutalización de las relaciones nacionales e internacionales, es Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, novela salvaje que desmantela la épica fundacional de Estados Unidos, presentando la historia como una sucesión de masacres cometidas por cazadores de cabelleras, y al mismo tiempo derriba las coartadas de todas las formas de épica nacional; los héroes a los que honran las patrias son asesinos, podría ser su inquietante conclusión.

También las novelas de Agota Kristof trabajan con la neutralización de toda forma de empatía e incluso de comprensión: nada hay en el mundo de Claus y Lucas que nos permita cerrar el libro con nuestras convicciones reforzadas. No ayudarnos a aprender, sino a desaprender las falsas verdades que hemos dado por buenas es la tarea de la filosofía según el filósofo Clément Rosset y también podría ser la de la literatura.

Habría sido fácil para Kristof convertir esta trilogía en un alegato contra el maltrato y abuso infantil, o contra el nazismo, o contra el estalinismo, temas que aparecen en la obra. Eso habría permitido al lector dejarse arrastrar por una empatía que lo llevara al puerto seguro de la superioridad moral. Pero Kristof se niega a darnos ese gusto y prefiere empujarnos a la incertidumbre.

Por su lado, Elfriede Jelinek destroza la buena conciencia y las buenas maneras de la sociedad austríaca —¿solo la austríaca?—, cuyo amor a la música y al paisaje se nos presenta como una forma de perversión, como exudado de la rapacidad capitalista. Y aunque quisiéramos solidarizarnos con las mujeres oprimidas y violadas de sus novelas, tampoco ellas son solo víctimas ni practican la sororidad, sino que han aprendido a arrumbar la piedad en un rincón de este mundo despiadado. El feminismo necesario de nuestra época se encuentra en Jelinek con una imagen que nos obliga a huir de cómodas simplificaciones.

Libros como estos no son una exhibición de negro pesimismo: más bien descubrimos en ellos el deseo, imprescindible en estos tiempos siniestros, de derribar las ficciones con las que decoramos nuestras culpas y complicidades inconfesables. Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones familiares y sociales, podemos dar pasos para cambiarla. Lo que parece nihilismo quizá sea lo contrario: una manifestación de fe en la capacidad transformadora que habita en nosotros.

martes, 21 de abril de 2026

"LA SUNAMITA". Un cuento de Inés Arredondo

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.

Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.

Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.

Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.

El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.

–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…

Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…

–Luisa, ¿eres tú?

Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.

–Aquí estoy, tío.

–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.

–No diga eso, pronto se va aliviar.

Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.

–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.

Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire. CONTINUAR LEYENDO