Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces….
Amar lo amable, no es amor:
Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…
Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro…
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar …
¡Amor es resucitar!
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
domingo, 12 de abril de 2026
"AMOR ES ...". Un poema de Dulce María Loynaz
"ANTE UN ESPEJO". Un poema de Nancy Morejón selccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado
En la poesía de la poeta cubana Nancy Morejón aparece de forma constante la cuestión de la negritud, pues ella misma tiene ascendencia africana. Su maestro fue Nicolás Guillén del que tomará inspiración para ahondar en temas relacionados con las raíces, el mestizaje y la esclavitud desde una mirada de mujer y, especialmente, de una mujer negra. He elegido, sin embargo, para este primer domingo de abril el poema ‘Ante un espejo’, que dedica a su amiga y también escritora Sonia Rivera Valdés, y en el que plantea un asunto que atañe a tantas personas en tantos lugares, también en Cuba, como es el del abandono voluntario de la ciudad y el país donde se ha nacido y se ha vivido en busca de nuevos horizontes, nuevos aires que respirar. Una huida que nunca lo es del todo, pues allá donde se vaya, aunque sea muy lejos, siempre estarán presentes los sonidos, las imágenes, los olores de la geografía que se deja atrás. (Andrea Villarrubia Delgado)
ANTE UN ESPEJO
Si decidieras irte de la ciudad,de tu ciudad,en busca de nuevos horizontes,de fortunao tal vez de una pasión sin precedentes,la ciudad, esta ciudad,aún inconsciente de sus ruinas,emprenderá tu acechosiguiéndote los pasos.Alguna tarde cálida(tú sobre los puentesde algún río caudaloso pero ajeno)nuestra ciudad sepultará,bajo un aroma extraño,los años transcurridosantes y después de Cristo.No hay otro país, ni otra ciudad posibles.Cuando haya amanecer, no habrá crepúsculo.Si los parques florecencundidos de tulipanes firmes,entonces el bulevar trae los oloresde tus seres queridosy, sobre todo, de tus muertos.Si decidieras irte,el puerto y las bahíasy los Jardines de la Reinate escoltarán con sus vapores.Recorrerás los mismos pasadizos,los barrios arcaicos del estruendocon la indolencia de sus bares;no valdrá un solo verso de Blaise Cendrarsy hasta los mismos cuartos de tu casa selladate cercarán con la angustiosa cadencia del engaño.A donde quiera que te muevasescucharás el mismo pregón de la mañana;te llevará el mismo barco andando por la misma rutade los perennes emigrantes.Nada podrá depositarte en ningún sitio.Aunque hayas monteado el mundo entero,de castillo en castillo,de mercado en mercado,ésta será la ciudad de todos tus fantasmas.Habrás desgastado tu vida inútilmentey cuando ya estés vieja,ante un espejo como el de Cenicienta,sonreirás algo tristey en tus pupilas secashabrá dos rocas fielesy una esquina sonora de tu ciudad.
NANCY MOREJÓN
sábado, 11 de abril de 2026
"SABER MIRAR". Luis García Montero, El País
Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando
Mientras paseaba por la ciudad y por sus rencores, Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando. Mirarse mirar, pedir explicaciones a nuestras miradas, un buen consejo en tiempo apremiantes que nos invitan a olvidarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando defendemos ideas que pensamos propias. Es la paradoja de la crispación que pasa de la política a la amistad y del amor a las relaciones sociales. El deseo se convierte en batalla violenta cuando deja de hacerse preguntas. Así que parece oportuno seguir defendiendo la poesía como raíz cultural entre personas que necesitan mirar y mirarse. El corazón y las razones pasan por los ojos, y los ojos nos preguntan quién eres tú mientras nos vemos, qué recuerdas y hasta dónde quieres llegar. Pienso en la poesía como vacuna contra la cursilería irresponsable de los dogmas y el utilitarismo inhumano de las multiplicaciones tecnológicas. Resulta que somos personas.
Acabo de oír el timbre de la calle. Dejo sobre la mesa el libro que estoy leyendo, me acerco a la ventana y descorro un poco la cortina para mirar hacia abajo. Junto a los coches que cruzan, los árboles invernales y la iluminación de los escaparates, veo en el portal a un hombre muy parecido a mí que espera nervioso a que le abran la puerta con un libro en las manos. Parece que quiere entrar en mi casa. De pronto sube los ojos hacia arriba, examina las ventanas de la fachada, y soy yo el que ve la silueta del hombre que mira desde lo alto, detrás de una cortina. El libro que lleva en la mano es el mismo que está sobre la mesa: Duermevela (Pie de página, 2026), un libro de poemas de Abelardo Linares. Editor, librero de viejo, bibliófilo, polemista, pero sobre todo poeta. En tiempo confusos, agradezco la poesía como una invitación a mirarnos mientras estamos mirando. No nos olvidemos de nosotros mismos mientras discutimos con el mundo.
viernes, 10 de abril de 2026
"HALID MAJID EL ACHICHARRADO". Un cuento de Roberto Arlt
Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de este:
Enriqueta Dogson era una chiflada.
A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas rojas, pantalones amarillos, una especie de abullonada faldacorsé de color verde y el renegrido cabello suelto sobre los hombros, como los de una mujer desesperada. Su salida fue un éxito. Los perros le ladraban alarmados, y todos los granujillas de las fortificaciones del zoco la seguían en manifestación entusiasta. Los cordeleros, sastrecillos y tintoreros abandonaban estupefactos su trabajo para verla pasar.
El Capitán Silver, que embadurnaba telas de un modo abominable, hizo un retrato de Enriqueta Dogson en esta facha, y para agravar su crimen, situó tras ella dos forajidos ventrudos, cara de luna de betún y labios como rajas de sandía. Semejantes sujetos, vestidos al modo bizantino, podían ser eunucos, verdugos, o sabe Alá qué. Imposible establecer quién era más loco, si el pintor Silver o la millonaria disfrazada.
Enriqueta Dogson envió el retrato al bufete de su padre, en Nueva York. El viejo Dogson, un hombre razonable, se echó a reír a carcajadas al descubrir a su hija empastelada al modo islámico, y dirigiéndose al doctor Fancy le dijo:
-¿De dónde habrá sacado semejante disfraz esta muchacha? Le juro, mi querido doctor, que ni registrando con una linterna todos los países musulmanes descubriremos una sola mujer que se eche a cuestas tal traje. Es absurdo.
Dicho esto, el viejo Dogson meneó la cabeza estupefacto, al tiempo que risueñamente se decía que el disfraz de su hija podía provocar un conflicto internacional. Luego se encogió de hombros. Los hijos servían quizá para eso. Para divertirle a uno con las burradas que perpetraban.
El que no se encogió de hombros fue el anciano Faraj el Bint Abdalla.
Faraj el Bint Abdalla estaba amostazado.
En Tánger no se hacía otra cosa que murmurar el enamoramiento de su hijo Dais con esta extranjera fantasiosa.
Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental. Enriqueta Dogson era consecuente con este punto de vista. Se podían ver fotografías de ella en compañía de Dais el Bint Abdalla. En la orilla del Mediterráneo, sobre las murallas, recostada a lo largo de los antiguos cañones portugueses, con Dais el Bint Abdalla sentado melancólicamente a su lado. También aparecía Enriqueta en el palacio del ex sultán, con el joven Dais a su lado; a la entrada de la mezquita, con el joven Dais sentado a sus pies; en una grada del pórtico, en el zoco, con el joven Dais ofreciéndole un ramo de rosas; bajo un grupo de palmeras, más allá de la “Puerta del Castigo”. Aquello era sencillamente delicioso.
Realmente, al viejo Faraj el Bint Abdalla no le faltaban razones para andar amostazado.
El joven Dais el Bint Abdalla se había ido enamorando. Secretamente pensaba renunciar a la religión musulmana, en cambiar la chilaba, las babuchas y el fez por un correcto traje europeo y un hongo discreto, y abandonar a su familia para ir en seguimiento de Enriqueta Dogson. Tales disparates pensaba muy secretamente y con temor oscuro, porque no había podido olvidar ciertos versículos del Corán que en su infancia le habían valido buenas tandas de palos en la planta de los pies, y el Corán estaba incrustado en su vida, y no dejaba de comprender que estaba acercando su vida a una peligrosa playa ignorada.CONTINUAR LEYENDO
jueves, 9 de abril de 2026
«LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO». Un poema De Antonio Machado musicado por Joan Manuel Serrat
Al fin, una pulmoníaMató a don Guido, y están
Las campanas todo el día
Doblando por él: ¡din dan!
Murió don Guido, un señor
De mozo muy jaranero,
Muy galán y algo torero;
De viejo, gran rezador.
Dicen que tuvo un serrallo
Este señor de Sevilla;
Que era diestro
En manejar el caballo,
Y un maestro
En refrescar manzanilla.
Cuando mermó su riqueza,
Era su monotonía
Pensar que pensar debía
En asentar la cabeza.
Y asentóla
De una manera española,
Que fue casarse con una
Doncella de gran fortuna;
Y repintar sus blasones,
Hablar de las tradiciones
De su casa,
A escándalos y amoríos
Poner tasa,
Sordina a sus desvaríos.
Gran pagano,
Se hizo hermano
De una santa cofradía;
El Jueves Santo salía,
Llevando un cirio en la mano
-¡Aquel trueno!-,
Vestido de nazareno.
Hoy nos dice la campana
Que han de llevarse mañana
Al buen don Guido, muy serio,
Camino del cementerio.
Buen don Guido, ya eres ido
Y para siempre jamás
Alguien dirá: «¿Qué dejaste?»
Yo pregunto: «¿Qué llevaste
Al mundo donde hoy estás?»
¿Tu amor a los alamares
Y a las sedas y a los oros,
Y a la sangre de los toros
Y al humo de los altares?
Buen don Guido y equipaje,
¡Buen viaje!
El acá
Y el allá,
Caballero,
Se ve en tu rostro marchito,
Lo infinito:
Cero, cero.
¡Oh las enjutas mejillas,
Amarillas,
Y los párpados de cera,
Y la fina calavera
En la almohada del lecho!
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
Sobre el pecho;
Metido en tosco sayal,
Las yertas manos en cruz,
¡Tan formal!
El caballero andaluz.
miércoles, 8 de abril de 2026
"EL ACOSO ESCOLAR NO EMPIEZA EN LA ESCUELA". Kike Esnaola, El País
La sociedad debería preguntarse no solo qué pasa en los colegios, sino qué formas de relación se están normalizando fuera de ellos.
Llevamos varias décadas nombrando, señalando y tratando de abordar el complejo fenómeno del acoso escolar. Campañas de sensibilización, charlas, protocolos de actuación. Sin embargo, cada curso volvemos a ser testigos de historias que muestran que la problemática sigue produciéndose con una intensidad preocupantemente similar. Quizá esto pueda tener que ver con que seguimos abordando el fenómeno desde algunas premisas que generan tranquilidad social, pero que resultan profundamente engañosas.
El acoso escolar no es tan diferente de muchas situaciones de hostigamiento que las personas adultas experimentamos en distintos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo, los grupos de amistad o las relaciones de pareja. La mirada social hacia el acoso escolar sigue estando impregnada de cierto adultocentrismo: tendemos a pensar que “eso del acoso escolar” es algo que ocurre exclusivamente entre niños y adolescentes, sin vincularlo con dinámicas cercanas, familiares e incluso con comportamientos en los que, en determinados momentos, también podemos participar.
Aceptar esta idea resulta incómodo, pero es necesario: las conductas de acoso no pertenecen exclusivamente a una minoría de menores especialmente problemáticos. En determinadas circunstancias, cuando el contexto lo permite o incluso lo premia, las personas podemos participar —de forma activa o pasiva— en dinámicas de exclusión, ridiculización o humillación. A veces ocurre a través de burlas aparentemente inofensivas; otras, mediante silencios que legitiman lo que está sucediendo; y, en ocasiones, mediante la difusión de comentarios o contenidos que refuerzan la estigmatización de alguien en situación de vulnerabilidad.
Sin embargo, nos resulta complicado mirar hacia estos hechos, probablemente porque nos cuesta diferenciar conductas de identidades. Hablamos de “los acosadores” y “las víctimas” como si se tratara de categorías fijas que pertenecen solo a un tipo de personas, cuando en realidad muchas de estas dinámicas son situacionales y relacionales. Esta simplificación nos tranquiliza: si quienes acosan son “otros” —personas claramente diferentes a nosotros o a nuestros hijos—, no necesitamos revisar nuestras propias prácticas ni preguntarnos en qué contextos pueden aparecer determinadas conductas. Sin embargo, reducir el problema a identidades rígidas invisibiliza algo fundamental: una misma persona puede ocupar posiciones distintas en diferentes momentos y grupos, y muchas situaciones de acoso se sostienen precisamente porque quienes participan no se perciben a sí mismos como agresores, sino como parte de una dinámica grupal que consideran normalizada.
No podemos olvidar la dimensión contextual en la que crecen los niños y adolescentes de hoy. En los últimos años estamos asistiendo a la consolidación de estilos de liderazgo político y mediático en los que la humillación pública, la ridiculización o la violencia hacia el adversario se presentan como formas legítimas de relación —un estilo visible, por ejemplo, en figuras como Donald Trump—. Cuando estas formas de interacción se televisan, se viralizan y circulan con escasas consecuencias visibles, el mensaje implícito que reciben quienes están aprendiendo a relacionarse resulta difícil de ignorar. En ese contexto, el acoso escolar deja de ser únicamente un fenómeno que ocurre dentro de la escuela para convertirse también en el reflejo de una cultura relacional más amplia que legitima la dominación simbólica de unas personas sobre otras.
No podemos abordar el acoso en los centros educativos disociando el fenómeno del tejido cultural en el que sucede, olvidando que todas las personas podemos participar en dinámicas abusivas o tratando las conductas como si fueran identidades absolutas. Tampoco deberíamos caer en la trampa de esperar que unas medidas correctivas —sanciones disciplinarias, cambios de grupo, protocolos activados tras el daño— puedan revertir el problema si no se produce un cambio en la forma en que las diferentes partes involucradas nos posicionamos frente a la problemática. Las medidas disciplinarias pueden detener un episodio concreto, pero difícilmente transforman los climas relacionales que lo hacen posible. Reducir el acoso exige algo más incómodo y menos inmediato: revisar los modelos de relación que transmitimos, los mensajes que reforzamos en la vida cotidiana y los espacios en los que, de manera explícita o silenciosa, seguimos enseñando que pertenecer puede depender de señalar a alguien como el que sobra.
Quizá una de las preguntas más necesarias hoy no sea únicamente qué ocurre en los patios escolares, sino qué formas de relación estamos normalizando fuera de ellos. El acoso no empieza el día en que un menor insulta a otro en el aula; empieza mucho antes, en los lugares donde aprendemos quién merece respeto, qué conductas generan reconocimiento y qué silencios permiten que el daño se produzca sin consecuencias.
martes, 7 de abril de 2026
"LOS CISNES SALVAJES". Un cuento de Hans Christian Andersen
Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.
¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.
Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.
A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos.
-¡A volar por el mundo y apáñense por su cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz!
Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.
Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar.
La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y le pareció como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.
Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:
-¿Qué puede haber más hermoso que ustedes?
Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían:
-Elisa es más hermosa.
Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro:
-¿Quién puede ser más piadoso que tú?
-Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.
Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su hija.
Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero:
-Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y su padre no la reconozca.
Y al tercero:
-Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra.
Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, le mandándo entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella. CONTINUAR LEYENDO
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
-
El cuento transcurre en un espacio acotado, un hotel al que suelen concurrir viajantes de comercio. Un lugar de tránsito. Todo hace pensa...
-
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre ...
-
Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio las calandrias llegaban s...
-
MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO Os enseñé muy pocas cosas. (Se hacen proyectos..., se imagina..., se sueña... La realidad es difer...
-
Saltó la barda de su casa. Detrás del solar de doña Luz estaba la calle; la otra calle, con sus piedras untadas de sol, que se hacían musica...




