miércoles, 21 de octubre de 2026

"MISS UNIVERSO DE OJOS DE COLOR VERDE-VENUS". Un cuento de Gianni Rodari

Delfina, ¿quién es? Es la parienta pobre de doña Eulalia Borgetti, que tiene una lavandería en seco en Módena, en Canal Grande. Las hijas de la viuda Borgetti, Sofronia y Bibiana, se avergüenzan un poco de una prima tan pobre, siempre vestida con una bata gris, siempre en la lavandería ajetreada con las máquinas, limpiando chaquetas de reno, planchando pantalones y camisas. Entre ellas dos la llaman «esa tipa». Saben que su madre la tiene por caridad, por compasión, y porque rinde como dos obreras y no cuesta un chavo de impuestos. Pero a veces también ellas se conmueven y la llevan al cine, donde la mandan al gallinero, mientras ellas van a butaca.

-Tienen un corazón muy grande, mis crías -dice doña Eulalia, muy pendiente de que Delfina no se sirva una segunda loncha de cerdo.

Pero Delfina no se la sirve. Y bebe agua. Y al postre come manzanas, no clementinas. Y lava los platos, mientras Sofronia y Bibiana comen bombones. Y hasta va a misa, porque alguien de la familia tiene que ir.

No va al gran baile de la elección de presidente de la República de Venus. Van su tía y sus primas, en la astronave de la Cámara de Comercio. Va media Módena, va media Europa. Mirando al cielo se ven cientos de cohetes con colas de fuego, como muchas estrellas que cayeran hacia arriba, en vez de hacia abajo. Dicen que los bailes de Venus son una maravilla. Llegan allá jóvenes y muchachas de todos los rincones de la Vía Láctea. Naranjada a chorros, chupa-chups gratis para todos.

Delfina suspira y entra en la tienda. Tiene que acabar de planchar el traje de la señora Foglietti, que se lo pondrá mañana por la noche para ir a la ópera, donde echan la Cenicienta del maestro Rossini. Un traje precioso, todo negro, bordado en oro y plata: parece una noche estrellada. Para el baile de Venus la señora Foglietti no puede ponérselo, porque lo llevó ya hace dos meses a la elección de otro presidente. Allá arriba nombran tantos presidentes para poder dar muchos bailes.

Delfina piensa (erróneamente, pero ella no puede saberlo) que no sucederá nada, ni bueno ni malo, si se prueba ese lindo vestido. Y en efecto, se lo prueba, y le sienta de maravilla, como dice el espejo, guiñándole un ojo. Delfina da dos o tres pasos de danza, llega a la puerta de la lavandería y, como la calle está desierta, sale al exterior bailando de una acera a otra. De repente oye voces, un rumor de pasos. Dios mío, tiene que esconderse. Justamente hay una astronave de tipo familiar aparcada allí al lado. Se llama Hada II, pero eso no le impide tener la portezuela abierta. Delfina se cuela dentro, se hunde en el asiento posterior. ¡Ah, qué hermoso sería partir, así, irse de paseo entre las estrellas, sin meta, sin deberes, sin tías adustas, sin primas cotillas, sin clientes pelmas!

Los pasos y las voces se acercan, están aquí. La portezuela anterior del misil se abre. A Delfina le da tiempo de reconocer a la pareja que entra, y se deja caer al suelo, para poder fingir que no está allí:

-¡Madre mía! ¡La propia señora Foglietti! Si me ve con su traje…

-Pero que no se nos haga tarde -está diciendo la señora Foglietti a su marido, el caballero Foglietti, propietario de una fábrica de accesorios para abrelatas-. A las doce en punto nos venimos, porque mañana quiero ir a Campogalliano a comprar huevos frescos.

El señor Foglietti farfulla una respuesta con firma ilegible. Rasca una cerilla para encenderse el cigarrillo; simultáneamente aprieta la tecla de la puesta en marcha. El cohete da un salto a la velocidad de la luz (más dos centímetros al segundo inmuto) y, antes de que se apague la cerilla, ya han llegado tan ricamente al planeta Venus.

Delfina espera a que el señor y la señora Foglietti desciendan a tierra y se alejen; después dice: «Bueno, ya que estoy aquí, voy también yo a echar un vistazo a la fiesta. Habrá tanta gente que seguramente la señora Foglietti no me verá, ni a mí ni a su traje».

El palacio de la presidencia está allí a dos pasos. Tiene un millón de ventanas iluminadas. En la sala de baile hay setecientos cincuenta mil bailarines que están aprendiendo la nueva danza, llamada Saturno. El sitio ideal para bailar de incógnito. CONTINUAR LEYENDO 

"LA CARGA DEL HOMBRE BLANCO". Un poema de Ruyard Kipling

Hace ya más de cien años que el escritor británico Rudyard Kipling escribió su famoso poema "La carga del hombre blanco", en el que describió la ardua e ingrata tarea de civilizar a los salvajes pueblos conquistados. Los tiempos han cambiado desde la época de Kipling y la colonización ya se ve como cosa del pasado. Sin embargo, parece que la idea etnocéntrica en virtud de la cual los europeos se autoproclaman guardianes globales del progreso y la moralidad sigue con igual vigor.

Llevad la carga del Hombre Blanco.
Enviad adelante a los mejores de entre vosotros;
vamos, atad a vuestros hijos al exilio
para servir a las necesidades de vuestros cautivos;
para servir, con equipo de combate,
a naciones tumultuosas y salvajes;
vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,
mitad demonios y mitad niños.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
con paciencia para sufrir,
para ocultar la amenaza del terror
y poner a prueba el orgullo que se ostenta;
por medio de un discurso abierto y simple,
cien veces purificado,
buscar la ganancia de otros
y trabajar en provecho de otros.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
las salvajes guerras por la paz,
llenad la boca del Hambre,
y ordenad el cese de la enfermedad;
y cuando vuestro objetivo esté más cerca
en pro de los demás,
contemplad a la pereza e ignorancia salvaje
llevar toda vuestra esperanza hacia la nada.

Llevad la carga del Hombre Blanco.
No el gobierno de hierro de los reyes,
sino el trabajo del siervo y el barrendero,
el relato de cosas comunes.
las puertas por las que vosotros no entraréis,
los caminos por los que vosotros no transitaréis,
vamos, hacedlos con vuestra vida
y marcadlos con vuestra muerte.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
y cosechad su vieja recompensa
la reprobación de vuestros superiores
el odio de aquellos que protegéis,
el llanto de las huestes que conducís
(¡Tan laboriosamente!) hacia la luz:
“Oh amada noche egipcia,
¿por qué nos librasteis de la esclavitud?,

Llevad la carga del Hombre Blanco,
no oséis rebajaros,
ni clamar ruidosamente por la Libertad,
para encubrir vuestro cansancio.
por todo lo que gritáis o susurráis,
por todo lo que hagáis o dejéis de hacer,
los silenciosos y descontentos pueblos
os juzgarán a vuestro Dios y a vosotros.

Llevad la carga del Hombre Blanco,
olvidad esos tiempos de la infancia,
los laureles ligeramente concedidos,
la fama fácil y sin fundamento;
venid ahora, a buscar vuestra hombría,
a través de todos los años ingratos,
frutos, aguzados con la costosa sabiduría,
el juicio de vuestros compañeros.

lunes, 19 de octubre de 2026

"LEER EN TIEMPOS DE ALGORITMOS: DIAGNÓSTICO DE UNA BRECHA ANUNCIADA". Daniel Turienzo y Emilio M. García Carlos, El País

Si queremos jóvenes capaces de orientarse en el siglo XXI, necesitamos que chicos y chicas lean con profundidad, disfruten y se reconozcan en los libros

Miguel de Cervantes escribió que «quien lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho». Por su parte, Emilia Pardo Bazán afirmó que «cada libro que se lee es un paso adelante», lo que establece una relación directa entre la lectura y cualquier tipo de avance, ya sea físico o metafísico. Reflexiones de este tipo encierran una verdad: leer no es un adorno cultural, es una herramienta de poder. Leer ya no puede reducirse a la mera decodificación de signos; implica inferir, contrastar fuentes, evaluar argumentos y sostener la atención en entornos de alta dispersión cognitiva. La escuela, la estructura social y la experiencia íntima convierten la actividad lectora en la infraestructura básica sobre la que se construyen el resto de los aprendizajes, en una condición indispensable para la participación informada y en un indicador crítico de equidad.

Sin embargo, la competencia lectora atraviesa hoy una paradoja histórica: nunca se había tenido tanto acceso a la información y jamás había sido tan evidente la fragilidad de nuestra capacidad para comprenderla. La expansión de la inteligencia artificial generativa ha intensificado este diagnóstico; cuando la producción textual automatizada se vuelve ubicua, el valor diferencial reside en la capacidad humana para interpretar críticamente, discernir y aprender de manera autónoma.

En este contexto, las evaluaciones internacionales trazan un patrón persistente: las chicas superan sistemáticamente a los chicos en competencia lectora. Paradójicamente, en los países más igualitarios la diferencia suele ser todavía más amplia. Además, de la brecha (inversa) de género, aparece otra asociada a las variables socioeconómicas, pues el alumnado más desfavorecido acumula desventajas en vocabulario, exposición a textos y prácticas letradas familiares. En el caso español, el programa PIRLS, que evalúa al alumnado en cuarto de Primaria, muestra una diferencia estadísticamente significativa pero contenida. Nada dramático ni irreversible. No obstante, al mirar a los 15 años en los resultados de PISA, la distancia se ensancha y llega a superar los 30 puntos a favor de las chicas. La pregunta no es solo cuánto difieren, sino por qué la diferencia crece.

Si el origen fuera estrictamente biológico, cabría esperar una brecha estable, constante en el tiempo y homogénea entre países. Pero su magnitud varía según contextos culturales, políticas educativas y climas escolares. Esa variabilidad demuestra que, aunque existen patrones de desarrollo diferenciados, el entorno y las políticas educativas importan. Desde la sociología se plantea que esta distancia está vinculada a factores no cognitivos como la disciplina, la persistencia, la autorregulación y las actitudes hacia la escuela. En promedio, las niñas desarrollan antes ciertas habilidades lingüísticas, estimuladas por una socialización de género que desde la infancia fomenta más el lenguaje, la comunicación y el hábito lector en el hogar, donde además tienen más probabilidades de ver a la madre como modelo de lectura. Una cuestión que el sistema escolar recompensa. El capital cultural familiar transmite actitudes y recursos que favorecen de distinta manera a cada género. La educación ha sido para muchas mujeres una vía de movilidad social y autonomía económica, por lo que no estudiar no es una opción. En cambio, en el caso de los chicos existen alternativas laborales menos dependientes de la trayectoria académica.

Lo que empieza como una pequeña diferencia de maduración lingüística temprana puede interactuar con los procesos de socialización y convertirse en la adolescencia en una notable acumulación de desventajas. Las chicas, de media, leen más por placer y dedican más tiempo a ello fuera del colegio. Por el contrario, la influencia del grupo de iguales y la presión de los compañeros suele desincentivar la lectura entre los varones si esta no aporta prestigio social. El esfuerzo académico está mejor aceptado entre ellas, mientras que en algunos grupos de chicos la construcción de la masculinidad y sus ideales pueden chocar con el interés por los libros o el buen rendimiento escolar, algo que puede generar que la lectura se perciba como una actividad alineada con los estereotipos femeninos. A esto contribuyen las diferencias en los hábitos de ocio, orientados en los chicos a actividades que implican menos lectura prolongada, y una posible feminización de la escuela, donde la elevada presencia de mujeres en la docencia (especialmente en etapas iniciales) y ciertas dinámicas escolares pueden asociar inconscientemente los libros al mundo femenino.

Incluso, las expectativas del profesorado pueden reforzar estas diferencias de rendimiento de forma inconsciente. Existe también un debate abierto sobre si los materiales escolares y las lecturas obligatorias conectan mejor con los intereses medios de las alumnas que con los de sus compañeros. Al final, si la evaluación se centra prioritariamente en resultados estandarizados sin atender al punto de partida y al progreso individual, se consolidan sesgos que afectan a quienes ya se encuentran en situación de vulnerabilidad.

Ahora bien, el perfil del estudiante resiliente ofrece un diagnóstico claro: alta autoconfianza lectora, hábitos tempranos y apoyo familiar inicial. Nada mágico ni imposible. Por su parte, las prácticas pedagógicas y las expectativas docentes pueden mitigar la brecha si se evita una naturalización de la idea de que las alumnas «leen mejor» y los alumnos «leen menos», previniendo así una profecía autocumplida que daña la motivación y el compromiso lector.

La brecha de género en lectura en España es modificable. Pero cuidado: no se trata de desplazar recursos de unas para dárselos a otros. Las chicas no «van demasiado bien»; lo que ocurre es que muchos chicos están infraenganchados a la cultura escrita. La solución no pasa por bajar el listón ni por romantizar la desafección masculina, sino por intervenir donde la evidencia señala.

Frente a este escenario, la respuesta de la administración y los centros debe ser operativa y huir de la retórica. Esto pasa por implementar intervenciones sistemáticas en los primeros años de escolarización con énfasis en la conciencia fonológica, el desarrollo del vocabulario y estrategias explícitas de comprensión para detectar precozmente las dificultades y proporcionar apoyo específico. Paralelamente, resulta vital incentivar la lectura por placer desde edades tempranas, impulsando el compromiso de las familias, ya que el ejemplo lector en casa y el fomento de hábitos tempranos tienen efectos duraderos y reducen las desigualdades. Asimismo, los colegios e institutos deben diversificar su oferta y ofrecer una mayor variedad de libros para conectar con la diversidad de intereses del alumnado, y procurar la presencia de modelos masculinos que lean activamente, como padres o profesores para contrarrestar los estereotipos.

En el plano estructural, la universalidad de la educación debe complementarse con una focalización inteligente de recursos hacia los centros con más dificultades, con la finalidad de reforzar el cuidado de las bibliotecas escolares, el desarrollo de tutorías personalizadas y la formación docente específica en didáctica de la lectura. Además, la reducción de la repetición de curso debe acompañarse necesariamente de mecanismos de apoyo intensivo y seguimiento individualizado antes de que las brechas se cronifiquen.

Permitir que una parte significativa de nuestros adolescentes llegue a los 15 años con una menor competencia lectora supone hipotecar su autonomía. La brecha no es solo un problema de igualdad entre sexos; es un problema de capital humano y cultural, de cohesión social y de democracia. Es horizonte simbólico. Si queremos jóvenes capaces de orientarse en el océano informativo del siglo XXI, necesitamos que todos —chicos y chicas— lean con profundidad, disfruten leyendo y se reconozcan en los libros. La desigualdad en sus hábitos, referentes y legitimaciones no es una anécdota estadística, sino un síntoma cultural. La lectura, en definitiva, refleja un conjunto de decisiones familiares, escolares y sociales que podemos revisar. La cuestión es si estamos dispuestos a actuar antes de que esos cinco puntos en Educación Primaria se conviertan, otra vez, en treinta en Educación Secundaria. Ahí se juega algo más que una estadística. Se juega el derecho de cada joven a «leer mucho y andar mucho, ver mucho y saber mucho».

domingo, 18 de octubre de 2026

"EL RELOJ DE BAGDAD". Un cuento de Cristina Fernández Cubas

Nunca las temí ni nada hicieron ellas por amedrentarme. Estaban ahí, junto a los fogones, confundidas con el crujir de la leña, el sabor a bollos recién horneados, el vaivén de los faldones de las viejas. Nunca las temí, tal vez porque las soñaba pálidas y hermosas, pendientes como nosotros de historias sucedidas en aldeas sin nombre, aguardando el instante oportuno para dejarse oír, para susurrarnos sin palabras: «Estamos aquí, como cada noche». O bien, refugiarse en el silencio denso que anunciaba: «Todo lo que estáis escuchando es cierto. Trágica, dolorosa, dulcemente cierto». Podía ocurrir en cualquier momento. El rumor de las olas tras el temporal, el paso del último mercancías, el trepidar de la loza en la alacena, o la inconfundible voz de Olvido, encerrada en su alquimia de cacerolas y pucheros: Son las ánimas, niña, son las ánimas. Más de una vez, con los ojos entornados, creí en ellas.

¿Cuántos años tendría Olvido en aquel tiempo? Siempre que le preguntaba por su edad la anciana se encogía de hombros, miraba con el rabillo del ojo a Matilde y seguía impasible, desgranando guisantes, zurciendo calcetines, disponiendo las lenteja en pequeños montones, o recordaba, de pronto, la inaplazable necesidad de bajar al sótano a por leña y alimentar la salamandra del último piso. Un día intenté sonsacar a Matilde. «Todos los del mundo», me dijo riendo.

La edad de Matilde, en cambio, jamás despertó mi curiosidad. Era vieja también, andaba encorvada, y los cabellos canos, amarilleados por el agua de colonia, se divertían ribeteando un pequeño moño, apretado como una bola, por el que asomaban horquillas y pasadores. Tenía una pierna renqueante que sabía predecir el tiempo y unas cuantas habilidades más que, con el paso de los años, no logro recordar tan bien como quisiera. Pero, al lado de Olvido, Matilde me parecía muy joven, algo menos sabia y mucho más inexperta, a pesar de que su voz sonara dulce cuando nos mostraba los cristales empañados y nos hacía creer que afuera no estaba el mar, ni la playa, ni la vía del tren, ni tan siquiera el Paseo, sino montes inaccesibles y escarpados por los que correteaban manadas de lobos enfurecidos y hambrientos. Sabíamos -Matilde nos lo había contado muchas veces- que ningún hombre temeroso de Dios debía, en noches como aquéllas, abandonar el calor de su casa. Porque ¿quién, sino un alma pecadora, condenada a vagar entre nosotros, podía atreverse a desafiar tal oscuridad, semejante frío, tan espantosos gemidos procedentes de las entrañas de la tierra? Y entonces Olvido tomaba la palabra. Pausada, segura, sabedora de que a partir de aquel momento nos hacía suyos, que muy pronto la luz del quinqué se concentraría en su rostro y sus arrugas de anciana dejarían paso a la tez sonrosada de una niña, a la temible faz de un sepulturero atormentado por sus recuerdos, a un fraile visionario, tal vez a una monja milagrera... Hasta que unos pasos decididos, o un fino taconeo, anunciaran la llegada de incómodos intrusos. O que ellas, nuestras amigas, indicaran por boca de Olvido que había llegado la hora de descansar, de tomarnos la sopa de sémola o de apagar la luz.

Sí, Matilde, además de su pierna adivina, poseía el don de la dulzura. Pero en aquellos tiempos de entregas sin fisuras yo había tomado el partido de Olvido, u Olvido, quizá, no me había dejado otra opción. «Cuando seas mayor y te cases, me iré a vivir contigo.» Y yo, cobijada en el regazo de mi protectora, no conseguía imaginar cómo sería esa tercera persona dispuesta a compartir nuestras vidas, ni veía motivo suficiente para separarme de mi familia o abandonar, algún día, la casa junto a la playa. Pero Olvido decidía siempre por mí. «El piso será soleado y pequeño, sin escaleras, sótano ni azotea.» Y no me quedaba otro remedio que ensoñado así, con una amplia cocina en la que Olvido trajinara a gusto y una gran mesa de madera con tres sillas, tres vasos y tres platos de porcelana... O, mejor, dos. La compañía del extraño que las previsiones de Olvido me adjudicaban no acababa de encajar en mi nueva cocina. «El cenará más tarde», pensé. Y le saqué la silla a un hipotético comedor que mi fantasía no tenía interés alguno en representarse.

Pero en aquel caluroso domingo de diciembre, en que los niños danzaban en torno al bulto recién llegado, me fijé con detenimiento en el rostro de Olvido y me pareció que no quedaba espacio para una nueva arruga. Se hallaba extrañamente rígida, desatenta a las peticiones de tijeras y cuchillos, ajena al jolgorio que el inesperado regalo había levantado en la antesala. «Todos los años del mundo», recordé, y, por un momento, me invadió la certeza de que la silla que tan ligeramente había desplazado al comedor no era la del supuesto, futuro y desdibujado marido. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 16 de octubre de 2026

"EN LA PLAZA". Un poema de Vicente Aleixandre

A LOS ACAMPADOS EN MUCHAS PLAZAS DE ESPAÑA EN DEFENSA DEL DERECHO A LA VIVIENDA

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

jueves, 15 de octubre de 2026

"LO QUE PUEDEN NUESTRAS MANOS". Lidia Jorge, El País

EVA VÁZQUEZ
Luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos

Una pluma de ganso puso fin a la muerte que había puesto fin a las conversaciones (Dylan Thomas)

1. Siempre tuve la idea de que entre la mano y el cerebro había una relación misteriosa, aunque al principio no supiera cómo enunciar semejante premisa. Pero recuerdo cómo se me quedó grabada la cuestión desde muy pequeña. Fue durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar. Yo era una niña, alumna de primaria, con mis nueve años, y ya sabía leer y escribir con la corrección exigida para mi edad, cuando, un día, empezaron a aparecer adultos analfabetos a media tarde, que acudían al colegio por primera vez. Fue todo un acontecimiento. Se trataba de una campaña de alfabetización, muy necesaria en Portugal, pero no se habían asignado recursos para llevarla a cabo. La maestra, docente de Primaria, sin ninguna preparación ni método, era la encargada de instruir a estos alumnos suplentes que venían a aprender las primeras letras. A aquella mujer, agobiada por la tarea que había recaído sobre sus espaldas, se le ocurrió una idea: bajo su supervisión, recurriría a los alumnos más aventajados en lectura y escritura para que enseñaran a los adultos. Así fue como me reclutaron para la difícil tarea. La crueldad de los niños es proverbial. Los tres que fuimos seleccionados mirábamos a nuestros vecinos adultos con la superioridad de reyes. Abríamos la cartilla con presunción y les enseñábamos a reconocer las letras, gritando mucho e imitando los gestos de la maestra con nosotros. Y ellos aprendían a reconocer las letras y a formar palabras. Lo peor era la escritura. Poníamos nuestras manitas sobre las suyas para guiar así los movimientos circulares de las letras mayúsculas y minúsculas, pero resultaba muy difícil que las copiaran en línea recta. Las letras saltaban del margen, se invertían, se esparcían por la página; una dificultad poco habitual. Algunos se rindieron, otros lograron firmar con su nombre, y fueron pocos los que terminaron su instrucción forzada logrando escribir un mensaje.

2. Pero lo que me desconcertaba era por qué razón las encajeras, que manejaban la aguja de ganchillo con extraordinaria destreza, eran incapaces de dibujar una b o una f. El carpintero, que tallaba ranuras rectas en tablones de madera y dibujaba la cerradura de la llave con precisión milimétrica, era incapaz de escribir la G mayúscula de su nombre con los trazos correctos. La bordadora, con la ayuda de la máquina de coser Singer, transformaba hilos de diversos colores en mariposas y flores multicolores, pero era incapaz, en una hoja en blanco, de escribir la M y la N de forma distinta. En mi cabeza infantil, pensaba que esas personas pertenecían a otra especie. Estar alfabetizado o no estarlo dividía a la especie humana. Y un día oí a un campesino que quería aprender a leer y escribir, pero no podía, preguntarle a la maestra: “Saber leer y escribir ¿vale tanto como los 500.000 escudos que tengo?“. Se trata de una escena arcaica, es obvio. Pero vale la pena revisar escenas arcaicas cuando nos aportan evidencias que nos ayudan a comprender el presente e imaginar el futuro.

3. No merece la pena discurrir en exceso sobre lo que ocurre con la lectura entre los jóvenes; es de sobra conocido. Todos los días aparecen textos con las debidas dosis de alarma para quienes se interesan por el asunto. Pero dado que lo que proviene de los Estados Unidos de América siempre llega cargado de un estatuto científico que ilumina incluso a los europeos más iluminados, y entre ellos a quienes previeron sabiamente hace mucho la anunciada capitulación, merece la pena leer el extenso artículo que Rose Horowitch publicó en The Atlantic el mes pasado, titulado The end of Reading is here. Quizá la catástrofe, escrita en inglés, consiga parecer más dramática y la advertencia resulte más convincente.

Además, en esos mismos días, en relación con el Informe PISA 2025, que citaba la pandemia como causa del descenso del rendimiento escolar en Europa, también se vinculó la relación entre la cultura digital y la hiperconectividad con la pérdida de la capacidad lectora, así como con bajos niveles de razonamiento deductivo y una capacidad de cálculo matemático deficiente. Y, por último, también se hizo mención a que la incapacidad para leer libros y comprender textos complejos, o para descifrar el significado metafórico de una oración, está estrechamente relacionada con la pérdida de la habilidad para escribir a mano. Casualmente, en medio de la controversia, apareció en las librerías Escrever à Mão (Escribir a mano), obra del neurólogo Alexandre Castro Caldas, especialista en neurociencia cognitiva, que explica con diáfana claridad la relación entre la habilidad para dibujar letras con las que formar palabras y las capacidades de reacción y rendimiento del cerebro.

4. A lo largo de 200 páginas, se detalla la demostración científica con una buena base histórica y filosófica, pero yo diría, en resumen, que lo que queda bastante claro es que las capacidades operativas del cerebro aumentan con la práctica de la escritura manual y disminuyen con su reducción. Lo que Castro Caldas plantea es la inminente pérdida de los gestos fundadores que nos hicieron humanos modernos, en esta violenta fase de cambio de paradigma a través del surgimiento de novísimos instrumentos cuyo poder parece ilimitado para el usuario, transformando a quien debería ser un sujeto activo en un patético ser pasivo. El autor nunca se deja llevar por el dramatismo, comprende el rumbo del cambio, pero aun así anuncia que nos enfrentamos a un cambio estructural en la naturaleza de nuestra especie.

En su voz se oyen campanas que doblan por un tiempo que tal vez esté en vías de desaparición. Sin embargo, como verdadero humanista, sabe que, naturalmente, una nueva era llegará por sí sola. Lo que no le impide llamar a la resistencia. Cita a Anaxágoras: “El hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos”. Por lo tanto, luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos, iluminado ahora por la luz cegadora y totalitaria de la inteligencia artificial. El autor escribe en un momento dado: “No podemos permitir que nuestras mentes se conviertan en esclavas de un sistema artificial, que viene de quién sabe dónde”. Con todo, una de las mayores sorpresas que me deparó este libro fue encontrar en él la explicación a las dudas que me habían acompañado desde que fui una maestra niña para mis vecinos adultos.

5. Castro Caldas está especializado en el funcionamiento cerebral del adulto analfabeto en contraste con el del alfabetizado. Lo que cualquiera de nosotros imagina de forma empírica queda demostrado mediante la experimentación. Resulta conmovedor darse cuenta de cómo la falta del aprendizaje de la escritura durante la primera infancia obstaculiza el mecanismo neurológico que permite el almacenamiento de datos y condiciona el desempeño mental del analfabeto a lo largo de la vida, reduciendo su capacidad de desciframiento silogístico. Lo que está en juego hoy, con el progresivo distanciamiento del uso de la mano como ayuda para el cerebro, es la amenaza de un retroceso en la capacidad de imaginación, expresión, determinación y en el ejercicio del derecho a la libertad. Pronto comprenderemos hacia dónde nos dirigimos. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos decisivos en los que el progreso exige detenerse y perder significa ganar. Ojalá que los jóvenes de hoy, que serán adultos en un futuro próximo, no tengan que volver a aprender a juntar letras y a deletrear palabras para salvar su propia humanidad.

lunes, 12 de octubre de 2026

"EL CUARTO HOMBRE". Un cuento de Agatha Christie

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse. CONTINUAR LEYENDO