Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua que corre transparente
no has de beber mis aguas rojas.
Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte —agua y fuego— hermanadas
van socavando nuestra roca.
Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!
Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura
con tus dos manos como copa.
Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.
No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.
Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar,
«que es el morir», dicen las coplas.
No has venido a poner orden, dique. Has venido
a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo («Mi Obra», dices), olvidas
que vida y muerte son tu obra.
Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.
José Hierro
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
lunes, 24 de agosto de 2026
"PARA UN ESTETA". Un poema de José Hierro
domingo, 23 de agosto de 2026
"LAS RESURECCIONES DE FEDERICO GARCÍA LORCA". María Isabel Calle Romero (Universitat Rovira i Virgili), Theconversation.com
Federico García Lorca continúa generando nuevas lecturas casi noventa años después de su asesinato. Así lo demuestran la exposición organizada a partir de nuevos documentos del archivo de la Fundación Federico García Lorca; las imágenes inéditas difundidas por RTVE; la publicación del epistolario No te olvides de escribir. La familia García Lorca en sus cartas, editado por Víctor Fernández, y la película premiada en Cannes La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi.
La explicación no reside únicamente en la extraordinaria calidad de su obra. Lorca pertenece al canon, sí, pero también al imaginario colectivo. Su figura ha experimentado un proceso constante de resemantización: cada época ha seleccionado un Lorca diferente y lo ha incorporado a su propia idiosincrasia.
El primer Lorca: construcción de una leyenda
El mito no nació en 1936. Cuando fue asesinado, Lorca ya era una celebridad. El éxito del Romancero gitano, sus obras teatrales, La Barraca y su extraordinaria capacidad como comunicador habían creado alrededor del escritor una poderosa imagen pública. El propio poeta contribuyó a su “mitologización biográfica”. Su carácter, sus recitales, sus interpretaciones al piano y los testimonios de amigos como Cernuda, Buñuel, Dalí o Alberti contribuyeron a proyectar la imagen de un artista magnético.
Pero Lorca participó también conscientemente en esa autofiguración, creando su propia “aura o máscara legendaria”. A ella se superpusieron pronto otras imágenes: el Lorca del folclore y el duende, el “icono andaluz”, el poeta identificado con una determinada idea de España y, gracias a sus viajes y vínculos americanos, una figura de dimensión panhispánica. Su faceta musical resulta especialmente reveladora: había estudiado piano y recopiló y armonizó canciones tradicionales que en 1931 grabó en 1931 con La Argentinita. Esa dimensión musical tendría después una importancia inesperada en la pervivencia de su figura.
Su fusilamiento en agosto de 1936 convirtió la fama en leyenda. Lorca pasó a encarnar al intelectual víctima de la Guerra Civil y, fuera de España, exiliados, hispanistas y compañías teatrales mantuvieron viva su obra. Su teatro recorrió escenarios hispanoamericanos, franceses y británicos mientras dentro del país permanecía mudo.
En la década de 1960 este silencio comenzó a resquebrajarse: volvieron a los escenarios españoles Yerma y La zapatera prodigiosa; en 1962, Bodas de sangre, y, en 1964, La casa de Bernarda Alba. Era el comienzo de una recuperación que también parecía un intento de convertir a Lorca en elemento cohesionador de las “dos Españas”. La música participó de ese proceso. En 1964, Los Pekenikes llevaron al lenguaje del pop “Los cuatro muleros”, una canción tradicional que Lorca había recogido y armonizado décadas antes.
Y llegó 1966. El 6 de noviembre, el periódico ABC publicó un número homenaje en el que participaron, entre otros, José María Pemán, Edgar Neville, José Luis Cano, Gregorio Prieto, Guillermo Díaz-Plaja y un joven Ian Gibson.
Dentro del país comenzaba una particular recuperación. Edgar Neville definió la obra lorquiana –no la figura– como un “bien nacional”, situándolo por encima de partidos y disensiones. Un intento de incorporar a Lorca al patrimonio literario español mediante un discurso conciliador, algo que estudios posteriores han interpretado como una despolitización de su muerte. Los años sesenta muestran el comienzo de su recuperación pública y de su integración en el canon literario dentro de la propia España franquista.
El tercer Lorca: la consagración de un mito
La democracia permitió completar esa recuperación. Tras la muerte de Franco, el mito adquirió una dimensión abiertamente reivindicativa. El 5 de junio de 1976, entre 6.000 y 10.000 personas se reunieron en Fuente Vaqueros en el primer gran homenaje popular a Lorca, conocido como El cinco a las cinco. Organizado por la Comisión de los 33 –con la presencia de una sola mujer, la escritora e investigadora Antonina Rodrigo–, el acto fue autorizado con fuertes restricciones y limitado inicialmente a treinta minutos. Reivindicar a Lorca significaba entonces algo más que recuperar a un escritor: su figura se convirtió en emblema de las libertades democráticas y de la memoria de quienes habían sido silenciados por la dictadura.
El gran momento llegó en 1986, cincuenta años después de su asesinato. El cincuentenario produjo exposiciones, congresos, publicaciones, recitales y espectáculos dentro y fuera de España y, el 29 de julio, abre al público, por primera vez, la Casa Natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros.
El teatro volvió a resultar decisivo. Núria Espert recuperó en Madrid la Yerma que Víctor García había dirigido quince años antes; Lluís Pasqual estrenó Los caminos de Federico en el María Guerrero; y 5 Lorcas 5 reunió montajes de cinco directores. En Londres, Glenda Jackson interpretó a Bernarda Alba bajo la dirección de Espert. Y El público, la obra más rupturista de Lorca, se estrenó con lleno absoluto en el Piccolo Teatro de Milán antes de llegar triunfalmente a Madrid. 1986 supone el pleno reconocimiento de Lorca como clásico y la consolidación definitiva del mito.
De poeta español a icono universal
La internacionalización añadió nuevas capas. Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba forman parte del repertorio teatral mundial, mientras Poeta en Nueva York continúa traduciéndose y reinterpretándose.
También la música amplificó esa universalidad. Lorca está presente en artistas tan distintos como Camarón o el punk británico: The Clash evocó al poeta asesinado en “Spanish Bombs”, y Leonard Cohen, convirtió “Pequeño vals vienés” en “Take This Waltz” (1988). Más adelante, proyectos como De Granada a la Luna reunieron a músicos como Enrique Morente, Santiago Auserón, María del Mar Bonet o Amancio Prada en nuevas recreaciones del universo lorquiano.
A ello se han añadido las lecturas queer, especialmente relevantes en el ámbito anglosajón, que han recuperado el deseo y la homosexualidad como dimensiones sustanciales para comprender tanto determinados textos como la propia construcción cultural de la figura de Lorca.
Pero toda mitificación genera también su reverso. Junto a la reivindicación aparecieron voces disidentes que separan al hombre del símbolo. Investigaciones sobre su asesinato y libros como El caso Lorca, de Manuel Ayllón, muestran las tensiones que produce una biografía convertida en relato colectivo.
Ayllón cuestiona algunos relatos establecidos y sostiene que los restos del poeta pudieron ser exhumados y trasladados hasta Láchar. Su propuesta, basada en archivos y testimonios, pero formulada en un libro que combina novela, reportaje y ensayo, ha resultado controvertida: el propio autor advierte que “no es un ensayo histórico”, sino “el desarrollo de una conjetura”.
Siglo XXI: la voz que no se apaga
Aunque no conservamos ninguna grabación de la voz de Federico García Lorca, pocas voces siguen gritando más que la suya.
Los nuevos documentos del archivo, el epistolario familiar, las imágenes recuperadas por Manuel Menchón o una película como La bola negra no sustituyen al Lorca anterior: añaden nuevas capas. Nos permiten pasar del mártir al hombre, del icono al escritor y del personaje público a su intimidad y su deseo.
Los clásicos ingresan en el canon, solo algunos se convierten además en símbolos cuya interpretación permanece abierta. Lorca pertenece a esa categoría excepcional.
sábado, 22 de agosto de 2026
"CON MEDALLAS, CON GOULASH, CON UN ATENUADO CLAMOR DE ALAS". Un cuento de Liliana Heker
Irene vestía unas agraciadas babuchas de seda y caminaba por Glencairn Street dentro de un aura de irrealidad. No era una sensación infrecuente: podía mirar cualquier día desde su balcón y descubrir una cúpula como recién brotada de la tierra o entrar en el subte e ir advirtiendo en sus circunstanciales compañeros de vagón una comicidad de pesadilla. El mundo en general le resultaba un lugar bastante raro y estar en una ciudad desconocida agravaba las cosas. Sin contar con que, además, esta vez no tenía una idea muy clara de a dónde iba. Eliseo Kasap le había anotado la dirección en un papelito pero no le había dicho, o ella no le había prestado la suficiente atención, para qué debía ir a esa casa, si es que se trataba de una casa.
Desde la llegada de Irene a Toronto, tres días atrás, Eliseo había puesto verdadero empeño en hacer de ella un ser sociable y de alto interés público, la había acarreado de acá para allá, le había presentado a personas al parecer primordiales para su porvenir y la había instruido sobre cómo-comportarse-en-Acaecimientos-Internacionales, de modo que, si él le había recalcado que de ninguna manera debía faltar a este suceso en Gleincarn Street… Ahí estaba ella, aterrada pero obediente, ataviada con sedas y oropéndolas y mirando una por una las fachadas con la esperanza de que el número anotado no existiera y entonces no le quedase más remedio que errar hasta la muerte bajo esos árboles rojos sin necesidad de andar diciéndole a todo el mundo que se sentía very glad of meeting you, cosa que de ninguna manera era cierta ya que meeting gente en general implicaba para Irene un esfuerzo pocas veces justificado, y ni hablar de cuando el incidente sucedía en inglés, ahí a duras penas conseguía hacerse entender, y la expresión “hacerse entender” era excesiva ya que eso que a veces (en su casa y a solas) sospechaba que la constituía —eso al parecer so wonderful que alguien o algo había tomado la decisión de arrearla desde el lejano sur y alojarla en una habitación ungida de oro y perlas solo para que, encaramada a un escenario desmesurado, leyera una paginita en lengua salvaje (oh, how beatiful it sounds) dejándole la tarea de leer el cuento completo a su empecinado traductor Eliseo, sociable, encantador, convencido de que esto que a ella le pasaba era lo más natural, qué menos, Irene, pero que ahora no estaba, ay mamá, la había dejado solita su alma rastreando en esta hermosa calle arbolada una casa que deseaba fervorosamente no encontrar—, eso que a veces (pero no ahora) ella creía que la constituía, de ningún modo habría podido hacerlo entender en un idioma que siempre le había resultado brutalmente no familiar. CONTINUAR LEYENDO
viernes, 21 de agosto de 2026
"ODIO". Un poema de José Emilio Pacheco.
Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra.
No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todoexcepto contra el odio. En los edificios, vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no
pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.
El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos
El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos
artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.
O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan.
O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan.
La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro
cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.
jueves, 20 de agosto de 2026
"LORCA SON TODAS". Pilar Mera, El País
| "A derradeira lección do mestre" (La última lección del maestro) |
El del poeta asesinado hace 90 años es el nombre más conocido de los miles de víctimas del franquismo que deben ser recordadas
El 18 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado en Granada. ¿Su crimen? “Lorca ha hecho más daño con la pluma que otros con la pistola”, afirmó Ramón Ruiz Alonso, el fascista responsable de su detención y fusilamiento. Con su pluma, Lorca defendió a los desfavorecidos, apoyó al Frente Popular y firmó manifiestos contra el nazismo o las dictaduras de su tiempo. Que 90 años después alguien califique a Lorca de apolítico y diluya su muerte en el ambiguo sintagma “rencillas locales y familiares” sólo puede entenderse como un alarde de desfachatez, blanqueamiento o ignorancia. Frente al redoble de tambores es necesario responder con claridad firme. La mentira no se convierte en realidad de tanto repetirla, pero si el único eco es el silencio, el error se amplifica y demasiados se lo acaban creyendo.
El de Lorca es el nombre más conocido de las 115.000 víctimas de la dictadura franquista que aún permanecen en cunetas y fosas comunes. Las cifras de la represión estremecen, sobre todo si tras ellas logramos ver los rostros, las historias, las vidas quebradas. Esta semana repleta de tristes aniversarios es un buen momento para recordarlas. Historias como la de Juana Capdevielle, intelectual, bibliotecaria y republicana, asesinada también el 18 de agosto de 1936, detenida y encarcelada sin orden judicial al preguntar por su marido, gobernador civil de A Coruña. Según algunas versiones sufrió un aborto en prisión. Según otras, seguía embarazada cuando la mataron de varios disparos y tiraron su cuerpo en el monte da Gándara, kilómetro 526 de la Nacional VI. O la de Carmen Pesqueira Domínguez, A Capirota, lavandera que tras defender a un hombre al que golpeaba un grupo de falangistas fue secuestrada por ellos. Torturada y asesinada también el 18, sus asesinos pasearon su cuerpo por Marín como aviso a navegantes. O la de María Vázquez, maestra de Miño, renovadora pedagógica, socialista y feminista, asesinada el día 19. O la de Alexandre Bóveda, intelectual y político galleguista, padre del Estatuto del 36, fusilado el 17 en el monte de A Caeira. Su amigo Castelao inmortalizó el asesinato en A derradeira lección do mestre, cuadro de profunda carga simbólica y, junto a los compañeros del exilio bonaerense escogió el día de su muerte como Día da Galiza Mártir para honrar y reivindicar a Bóveda y a todas las víctimas gallegas del franquismo.
“Lorca eran todos”, reza un monolito erigido en 2002 en el barranco de Víznar en recuerdo también de todas las víctimas. Pero ¿por qué recordarlas? Porque sus muertes y sobre todo sus vidas son semilla de nuestra democracia.
miércoles, 19 de agosto de 2026
"¿EL PRIMER CUENTO DE KAFKA? Un cuento de Marco Denevi
Entre 1895 y 1901 medió la existencia de la revista literaria Der Wanderer (El viajero), que en idioma alemán se editó en Praga bajo la dirección de Otto Gauss y Andrea Brezina. El número correspondiente a diciembre de 1896 incluye (pág. 7) un cuento titulado “El juez”, cuyo autor oculta o deja entrever su nombre detrás de la inicial K. Por la atmósfera del cuento y por esa letra (que será más tarde el nombre de los protagonistas de El proceso y de El castillo) se me ha ocurrido la idea de que se trata del primer cuento de un Kafka de quince años.
El juez
Cuando fui citado a comparecer -como decía la cédula de notificación- en calidad de testigo, entré por primera vez en el Palacio de Justicia. ¡Cuántas puertas, cuántos corredores! Pregunté dónde estaba el juzgado que me había enviado la citación. Me dijeron: a los fondos, siempre a los fondos. Los pasillos eran fríos y oscuros. Hombres con portafolios bajo el brazo corrían de un lugar para otro y hablaban un lenguaje cifrado en el que a cada rato aparecían palabras como in situ, a quo, ut retro. Todas las puertas eran iguales y, junto a cada puerta, había chapas de bronce cuyas inscripciones, gastadas por el tiempo, ya no podían leerse. Intenté detener a los hombres de los portafolios y pedirles que me orientaran, pero ellos me miraban coléricos, me contestaban: in situ, a quo, ut retro.
Fatigado de vagabundear por aquel laberinto, abrí una puerta y entré. Me atendió un joven con chaqueta de lustrina, muy orgulloso. Soy el testigo, le dije. Me contestó: Tendrá que esperar su turno. Esperé, prudentemente, cinco o seis días. Después me aburrí y, como para distraerme, comencé a ayudar al joven de chaqueta de lustrina. Al poco tiempo ya sabía distinguir los expedientes, que en un principio me habían parecido idénticos unos a otros. Los hombres de los portafolios me conocían, me saludaban cortésmente, algunos me dejaban sobrecitos con dinero.
Fui progresando. Al cabo de un año pasé a desempeñarme en la trastienda de aquella habitación. Allí me senté en un escritorio y empecé a garabatear sentencias. Un día el juez me llamó.
-Joven- me dijo-. Estoy tan satisfecho con usted, que he decidido nombrarlo mi secretario.
Balbuceé palabras de agradecimiento, pero se me antojó que no me escuchaba. Era un hombre gordísimo, miope y tan pálido que la cara solo se le veía en la oscuridad. Tomó la costumbre de hacerme confidencias.
-¿Qué será de mi bella esposa? -suspiraba-. ¿Vivirá aún? ¿ Y mis hijos? El mayor andará ya por los veinte años.
Algún tiempo después este hombre melancólico murió, creo (o, simplemente, desapareció), y yo lo reemplacé. Desde entonces soy el juez. He adquirido prestigio y cultura. Todo el mundo me llama Usía. El joven de saco de lustrina, cada vez que entra a mi despacho, me hace una reverencia. Presumo que no es el mismo que me atendió el primer día, pero se le parece extraordinariamente.
He engordado: la vida sedentaria. Veo poco: la luz artificial, día y noche, fatiga la vista. Pero uno disfruta de otras ventajas: que haga frío o calor, se usa siempre la misma ropa. Así se ahorra. Además, los sobres que me hacen llegar los hombres de los portafolios son más abultados que antes. Un ordenanza me trae la comida, la misma que le traía a mi antecesor: carne, verduras y una manzana. Duermo sobre un sofá. El cuarto de baño es un poco estrecho.
A veces añoro mi casa, mi familia. En ciertas oportunidades (por ejemplo en Navidad) no resulta agradable permanecer dentro del Palacio. Pero, ¿qué he de hacerle? Soy el juez. Ayer, mi secretario (un joven muy meritorio) me hizo firmar una sentencia (las sentencias las redacta él) donde condeno a un testigo renitente. La condena, in absentia, incluye una multa e inhabilitación para servir de testigo de cargo o de descargo. El nombre me parece vagamente conocido. ¿No será el mío? Pero ahora yo soy el juez y firmo las sentencias.
K.
FIN
martes, 18 de agosto de 2026
"VIZNAR". Un poema de José Ángel Valente a la memoria de Ferderico García Lorca y a la de los asesinados por los fascistas.
| José Ángel Valente |
− ¿Dónde?, decíamos. Era el otoño. Las hermanas, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, inciertos, tanteantes. ¿En dónde había sucedido?
– Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a eso que ahora nadie recuerda.
– Él ya no es él – dije.
Es el nombre que toma la memoria, no inextinguible de todos».
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