He estado enamorada más de una vez,
gracias a Dios. Algunas veces perduró:
activo o no. Algunas veces lo fue todo
aunque efímero, quizá solo una tarde,
pero no por eso menos real.
Se quedan en mi mente esas hermosas personas,
o en todo caso hermosas para mí, que son muchísimas.
Tú y tú y tú, a quienes tuve la fortuna de conocer, o tal vez
me las perdí. Amor, amor, amor, fue el centro de mi vida,
del cual viene, por supuesto, la palabra corazón.
Y he mencionado que algunos fueron hombres
algunas mujeres, y algunos -ahora guarda mi revelación contigo-
fueron árboles. O lugares. O música volando sobre los nombres
de sus creadores. O nubes, o el sol, que fue el primero y el mejor,
el más fiel -ciertamente, quien me miró a los ojos cada mañana
con tanta lealtad. Así me imagino tanto amor del mundo:
su fervor, su brillo, su inocencia, su hambre de darse a sí mismo,
Me imagino que así comenzó.
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
jueves, 23 de abril de 2026
miércoles, 22 de abril de 2026
"LITERATURA CRUEL PARA TIEMPOS CRUELES". José Ovejero, El País
![]() |
| El escritor estadounidense Cormac McCarthy, fotografiado en 1992 en El Paso, Texas |
En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres
Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.
Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.
Pero es posible que también necesitemos lo contrario, una literatura cruel para tiempos crueles, es decir libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres, que produzcan malestar al quitarnos los asideros a los que nos aferramos en el suelo tambaleante del presente. La réplica obvia a esta propuesta solo en apariencia paradójica sería: el mundo ya duele lo suficiente como para, además, adentrarnos en un arte doloroso; déjame respirar, déjame descansar, déjame, al menos, un espacio donde sentir alivio y el calor del grupo.
Resulta llamativo que, al mismo tiempo que buscamos espacios protegidos para nuestras emociones en distintas formas artísticas, asistamos desde hace años a un proceso en el que lo gore —antes un género de nicho—, se ha extendido en la literatura, el cine y las series, de forma que las vísceras, las violaciones, las torturas y los asesinatos más brutales se han ido convirtiendo en ingredientes habituales de nuestras cenas y sobremesas. Pero se trata en general de una violencia conformista que da al consumidor justo lo que espera: por un lado, un cosquilleo en su sistema nervioso que nunca impulsa a acción alguna y que justifica nuestras respuestas primarias hacia amenazas reales o imaginarias. Por otro, indiferencia frente a las víctimas, convertidas en un elemento más de la diversión.
La crueldad que necesitamos en el arte no es ni la del espectáculo desensibilizador ni la del cortejo sumiso de las certezas que arropan los discursos hegemónicos. Lo que necesitamos es un aparente oxímoron: una crueldad ética, capaz de romper los consensos acomodaticios, narrar a contrapelo no ya del poder, también de la buena conciencia de los lectores y lectoras, desmontar narraciones que apuntalan formas aceptadas de violencia, empujar a ver las sombras que preferiríamos ignorar. Su violencia no fluye necesariamente con la sangre vertida en sus páginas, sino que se agolpa como agresión hacia quien lee. En lugar de darle el espectáculo catártico deseado o la justificación que necesita para sus propias agresiones, frustra una y otra vez sus expectativas.
Hay numerosos ejemplos de “literatura cruel”. Uno muy adecuado ahora que está cobrando fuerza el proyecto de fundar una sociedad en la que se enarbola la libertad como disfraz de la brutalización de las relaciones nacionales e internacionales, es Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, novela salvaje que desmantela la épica fundacional de Estados Unidos, presentando la historia como una sucesión de masacres cometidas por cazadores de cabelleras, y al mismo tiempo derriba las coartadas de todas las formas de épica nacional; los héroes a los que honran las patrias son asesinos, podría ser su inquietante conclusión.
También las novelas de Agota Kristof trabajan con la neutralización de toda forma de empatía e incluso de comprensión: nada hay en el mundo de Claus y Lucas que nos permita cerrar el libro con nuestras convicciones reforzadas. No ayudarnos a aprender, sino a desaprender las falsas verdades que hemos dado por buenas es la tarea de la filosofía según el filósofo Clément Rosset y también podría ser la de la literatura.
Habría sido fácil para Kristof convertir esta trilogía en un alegato contra el maltrato y abuso infantil, o contra el nazismo, o contra el estalinismo, temas que aparecen en la obra. Eso habría permitido al lector dejarse arrastrar por una empatía que lo llevara al puerto seguro de la superioridad moral. Pero Kristof se niega a darnos ese gusto y prefiere empujarnos a la incertidumbre.
Por su lado, Elfriede Jelinek destroza la buena conciencia y las buenas maneras de la sociedad austríaca —¿solo la austríaca?—, cuyo amor a la música y al paisaje se nos presenta como una forma de perversión, como exudado de la rapacidad capitalista. Y aunque quisiéramos solidarizarnos con las mujeres oprimidas y violadas de sus novelas, tampoco ellas son solo víctimas ni practican la sororidad, sino que han aprendido a arrumbar la piedad en un rincón de este mundo despiadado. El feminismo necesario de nuestra época se encuentra en Jelinek con una imagen que nos obliga a huir de cómodas simplificaciones.
Libros como estos no son una exhibición de negro pesimismo: más bien descubrimos en ellos el deseo, imprescindible en estos tiempos siniestros, de derribar las ficciones con las que decoramos nuestras culpas y complicidades inconfesables. Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones familiares y sociales, podemos dar pasos para cambiarla. Lo que parece nihilismo quizá sea lo contrario: una manifestación de fe en la capacidad transformadora que habita en nosotros.
martes, 21 de abril de 2026
"LA SUNAMITA". Un cuento de Inés Arredondo
Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.
Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.
El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.
–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…
Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…
–Luisa, ¿eres tú?
Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.
–Aquí estoy, tío.
–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.
–No diga eso, pronto se va aliviar.
Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.
–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.
Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire. CONTINUAR LEYENDO
lunes, 20 de abril de 2026
domingo, 19 de abril de 2026
"EDUCAR EN TIEMPOS DE PANTALLAS Y RESPUESTAS INMEDIATAS: CÓMO ACOMPAÑAR A LOS NIÑOS EN LO QUE LOS PADRES AÚN NO CONTROLAMOS". Victoria Gabaldón, elDiario.es
![]() |
| Patricia Bolinches |
Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla
Durante mucho tiempo, el acceso al conocimiento ha estado mediado por las personas adultas del entorno cercano. Padres, madres y docentes explicábamos, filtrábamos, traducíamos el mundo. No siempre bien, no siempre completo, pero desde un lugar reconocible. Hoy, ese esquema se ha movido. Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla. Una criatura puede averiguar quién fue Marie Curie, cómo funciona un volcán o qué es la ansiedad con solo teclear una frase o escuchar una voz que responde sin cansancio ni espera.
A esta convivencia con una fuente de información siempre disponible todavía le estamos poniendo nombre. Sabemos que no se trata de demonizar las pantallas —ese discurso está agotado—, pero tampoco sirve el elogio ingenuo del acceso ilimitado al conocimiento. Estamos ante algo más profundo: la pérdida del monopolio parental sobre el relato. La tecnología no solo informa; interpreta. Ordena, prioriza, decide qué aparece primero y qué se pierde tras dos segundos de scroll. Su autoridad no proviene de su verdad, sino de su disponibilidad y velocidad.
Este cambio no siempre se percibe como una transformación tecnológica, sino como una sensación íntima y, a veces, incómoda: la de no llegar a tiempo. La de descubrir que una conversación importante ya ha empezado sin nosotros. No es una pérdida de autoridad en el sentido clásico, sino un desplazamiento más sutil: seguimos ahí, pero entramos más tarde, cuando el proceso ya está en marcha. En muchos casos, la educación digital ocurre sin gesto humano, sin tono de voz ni matiz emocional.
La alfabetización actual ya no se limita a leer y escribir: incluye aprender a orientarse en medio de flujos de información constantes, contradictorios y, a veces, abrumadores. Niños y adolescentes acceden a contenidos complejos —salud mental, relaciones afectivas, sexualidad, consumo— con una rapidez que ninguna conversación doméstica puede igualar. En muchas casas, los deberes ya no son una mesa despejada, un cuaderno y una pregunta lanzada al aire. Son un ordenador encendido, varias pestañas abiertas, un vídeo explicativo, una consulta a la IA. Hay niños que llegan a casa, encienden la tablet y avanzan solos durante un buen rato. No porque no necesiten ayuda, sino porque han aprendido que el primer paso es buscar. La persona adulta entra después, para revisar, para poner orden, para saber si han entendido lo que acaban de hacer. Otras veces no entra. Y no siempre eso es un problema. Para algunas familias, este modo de trabajar alivia: menos dependencia, más autonomía. Para otras, desconcierta: cuesta saber qué se ha aprendido de verdad, qué se ha copiado, qué se ha entendido a medias. La escena no es idéntica en todas las casas, pero el desplazamiento es común: el aprendizaje empieza sin nosotros, aunque no necesariamente termina sin nosotros.
Todo esto obliga a revisar qué entendemos hoy por educar en casa. Si antes consistía, en gran medida, en transmitir lo que una sabía, ahora implica algo distinto: aprender a acompañar lo que una todavía no sabe. La autoridad basada en el conocimiento se debilita, y la basada en el vínculo gana peso. No porque sepamos menos, sino porque ya no somos los únicos que saben.
Aquí aparece un desajuste generacional que no siempre sabemos nombrar. Muchas personas adultas fuimos educadas para producir verdades: saber era poder y equivocarse era fallar. En cambio, nuestras hijas e hijos crecen en un entorno donde las respuestas abundan y el criterio escasea. Pueden encontrar miles de explicaciones; lo difícil es aprender cuáles merecen confianza.
La crianza en la era digital no consiste en controlarlo todo —eso es imposible— ni en mirar hacia otro lado —eso sí tiene consecuencias—. Quizá la única vía posible sea una más frágil y exigente: la conversación. No como sermón, sino como práctica cotidiana. Si un niño aprende a preguntarse quién publica un vídeo, qué interés hay detrás de un clic o de dónde sale un dato, ya está entrenando el músculo que la inteligencia artificial todavía no tiene: la duda reflexiva.
Para llegar ahí hay que aceptar una verdad incómoda: que la tecnología educa con nosotros. No después, no contra, no a pesar. Está disponible cuando nosotros no estamos disponibles. Es paciente cuando vamos justos de tiempo y no exige reciprocidad emocional. Y eso, en el día a día, pesa. A diferencia de un padre, una pantalla no se frustra. A diferencia de una madre, no siente culpa. Es muy fácil confundir esa disponibilidad constante con la autoridad, pero detrás no hay ética ni biografía, sino patrones estadísticos. La tecnología no educa peor; educa sin cuerpo, sin memoria, sin contradicción. Y criar, como vivir, tiene mucho que ver con aprender a convivir con la contradicción.
En ese escenario, la familia conserva, quizá más que nunca, un papel insustituible. No como fuente principal de datos, sino como espacio donde el dato se vuelve experiencia. Un vídeo explica qué es el bullying; un profesor puede contar cómo fue vivirlo o presenciarlo. Una IA describe la depresión; una madre puede hablar de un día en el que levantarse de la cama resultó imposible. Ese traspaso no se encuentra en un tutorial. El reto no es competir con el algoritmo, sino ocupar el terreno que no puede replicar: el de la vulnerabilidad. El de decir «no sé, pero lo vemos juntos». El de sostener el silencio cuando no existe la respuesta inmediata. Pensar más lento, pero más profundo. Compartir contenidos con nuestras hijas e hijos abre el diálogo. Preguntar qué piensan ellos antes de decir qué pensamos nosotros desarma evidencias prefabricadas.
También conviene asumir que la educación tecnológica no se mide solo en minutos. El problema no es cuestión de tiempo de pantalla, sino de lo que ocurre en ese tiempo. Una hora viendo cómo construir un cohete casero no equivale a una hora deslizando contenido diseñado para retener atención. Igual que no evaluamos la alimentación solo por la cantidad, sino por los nutrientes, la tecnología no debería evaluarse únicamente por duración, sino por calidad.
No hay recetas cerradas; como mucho, una orientación clara: más acompañamiento y menos delegación; más conversación y menos instrucción. La tecnología seguirá ahí, cada vez más integrada. El desafío no es expulsarla, sino domesticarla. Convertirla en herramienta y no en tutor.
Quizá nuestros hijos recuerden menos lo que les explicamos y más la manera en que pensamos junto a ellos. No se trata de transmitir certezas, sino de ofrecer un método para sobrevivir al exceso de ellas. Un algoritmo puede responder en un segundo, pero necesita que alguien —un padre, una madre, una maestra, un adulto que le cuide— enseñe a un niño a preguntarse por qué esa respuesta merece ser creída.
sábado, 18 de abril de 2026
"MUCHACHO OBSESIONADO". Un cuento de Lula Carson McCullers
Hugh fue hasta la esquina de la casa en busca de su madre, pero no estaba en el jardín. A veces salía para hacer como que se ocupaba del arriate con las flores de primavera —carraspiques, minutisas, lobelias (los nombres se los había enseñado ella)—, pero hoy el césped con los arriates de flores de muchos colores estaba vacío bajo el delicado sol vespertino de mediados de abril. Hugh corrió de nuevo hacia la casa, seguido por John. Superaron los escalones de la entrada en dos saltos y la puerta de la calle se cerró con fuerza tras ellos.
—¡Mamá! —llamó Hugh.
Fue entonces, ante el silencio pertinaz mientras esperaban en el vestíbulo vacío, de suelo encerado, cuando Hugh sintió que pasaba algo raro. No había fuego en la chimenea del cuarto de estar, y como estaba acostumbrado al parpadeo de la lumbre del hogar durante los meses fríos, la habitación, en aquel primer día de primavera, parecía extrañamente desnuda y triste. Hugh se estremeció primero y luego se alegró de que John estuviera con él. El sol brillaba en un trozo rojo de la alfombra floreada. Rojo brillante, rojo oscuro, rojo muerto: a Hugh le enfermó el repentino recuerdo estremecido de «aquella otra vez». El rojo se oscureció hasta convertirse en negro vertiginoso.
—¿Te pasa algo, Brown? —preguntó John—. Estás muy pálido. Hugh se repuso y se llevó la mano a la frente.
—Nada. Volvamos a la cocina.
—No me puedo quedar más que un minuto —dijo John—. Estoy obligado a vender esas entradas. Tengo que merendar y salir corriendo.
La cocina, con los impecables paños a cuadros y los cacharros limpios, era en aquel momento la mejor habitación de la casa. Y sobre la mesa esmaltada había una tarta de limón hecha por ella.
Tranquilizado ante la cocina de todos los días y la tarta, Hugh regresó al vestíbulo y alzó la cabeza para llamar escaleras arriba.
—¡Madre! ¡Mamá, por favor!
Tampoco ahora obtuvo respuesta.
—Mi madre ha hecho la tarta —dijo Hugh. Rápidamente encontró un cuchillo y la cortó, para disipar el sentimiento de terror, cada vez más intenso.
—¿Crees que la debes cortar, Brown?
—Por supuesto, Laney.
Aquella primavera se llamaban por el apellido, a no ser que se les olvidara. A Hugh le parecía deportivo y adulto y en cierto modo espléndido. John le gustaba más que ningún otro de sus condiscípulos. Era dos años mayor y, comparados con él, los otros chicos le parecían un estúpido montón de inútiles. John era el mejor alumno de segundo curso, inteligente pero sin ser el favorito de ningún profesor, y el mejor atleta por añadidura. Hugh estaba en primero y no tenía demasiados amigos; en cierto modo se había apartado de los demás porque tenía muchísimo miedo.
—Mamá siempre me prepara algo apetitoso para cuando vuelvo de clase. —Colocó una generosa porción de la tarta en un plato para John… para Laney.
—Está buena de verdad.
—La tapa es de galletas integrales machacadas, en lugar de la masa normal de las tartas —dijo Hugh—, porque la masa da mucho trabajo. A nosotros nos parece que la masa hecha con galletas integrales es igual de buena. Claro que mi madre podría hacer masa corriente si quisiera. CONTINUAR LEYENDO
viernes, 17 de abril de 2026
"AMOR ES ...". Un poema de Dulce María Loynaz
Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces….
Amar lo amable, no es amor:
Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…
Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro…
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar …
¡Amor es resucitar!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
-
El cuento transcurre en un espacio acotado, un hotel al que suelen concurrir viajantes de comercio. Un lugar de tránsito. Todo hace pensa...
-
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre ...
-
Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio las calandrias llegaban s...
-
MIS HIJOS ME TRAEN FLORES DE PLÁSTICO Os enseñé muy pocas cosas. (Se hacen proyectos..., se imagina..., se sueña... La realidad es difer...
-
Saltó la barda de su casa. Detrás del solar de doña Luz estaba la calle; la otra calle, con sus piedras untadas de sol, que se hacían musica...



