viernes, 10 de julio de 2026

"LA PALABRA JUSTA". Juan José Millás, El País

Manuscrito de la 'Divina Comedia' de Dante Alighieri.
Una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la ‘Divina Comedia’

Si lo piensas, resulta asombroso que con tan solo las 27 letras del abecedario se pueda escribir El Quijote. O el manual de usuario del microondas. O el Código de Tráfico y Seguridad Vial. O la Biblia en verso. Todo el lenguaje está cimentado sobre esa materia prima tan escasa, aunque capaz de combinarse de un modo diabólico. Las letras, por sí solas, no son apenas nada, nada. Pero cuando se juntan, se repiten y ordenan de distintas maneras, el número de posibilidades crece de un modo que desafía a la razón. No todas las combinaciones acaban convirtiéndose en palabras, claro. El idioma condena, selecciona, canoniza, glorifica. Aun así, el resultado es un diccionario de unas 100.000 entradas o, lo que es lo mismo, 100.000 pequeñas unidades de sentido, cada una con su peso, su historia, su carácter. Pero es en el salto de las palabras a la frase donde se abre el precipicio. Si tomamos esas 100.000 palabras y las mezclamos en oraciones de tan solo diez términos, el número de proposiciones posible superaría quizá a la cantidad de átomos que hay en el universo observable. La gramática, lejos de limitar ese potencial, lo organiza y lo hace habitable: nos dice qué combinaciones tienen sentido y, al hacerlo, nos hace libres para explorar todo ese territorio, incluso para transgredirlo.

Y luego está el significado, que es donde las matemáticas se rinden. Porque una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la Divina Comedia, dependiendo de quién la diga, a quién, y en qué momento. El contexto altera o multiplica el significado de las palabras de un modo que ninguna fórmula es capaz de capturar del todo. Noam Chomsky llamó a esta capacidad de generar expresiones ilimitadas a partir de medios finitos la infinitud discreta. Veintisiete letras y un número infinito de posibilidades. La sensación persistente, sin embargo, es la de no dar nunca con la palabra justa.

miércoles, 8 de julio de 2026

"UN PACTO CON EL DIABLO". Un cuento de Juan José Arreola

En “Un pacto con el diablo”, cuento de Juan José Arreola publicado en el libro “Confabulario” (1952), un hombre llega tarde al cine y le pide a su vecino que le resuma la película que está viendo. El hombre, muy amablemente accede y pone al día al protagonista sobre la historia que se exhibe en pantalla. Esto sirve de excusa para que entre ambos se entable una conversación que adquiere un tono misterioso y a la vez fascinante: ¿qué haría usted si el diablo intentara comprar su alma? Un relato que nos hace cuestionarnos acerca del valor del dinero y el verdadero sentido de la vida. (lecturia.org)

UN PACTO CON EL DIABLO

AUNQUE me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

—Perdone usted —le dije—, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

—Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

—Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

—Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

—¿Siete nomás?

—El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

—El diablo.

—¿Cómo es eso? —repliqué sorprendido.

—El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

—Entonces el diablo…

—Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

—Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

—Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla, donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos, y dijo sin mirarme:

—Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

—Siendo así…

—En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza. CONTINUAR LEYENDO

martes, 7 de julio de 2026

"EL LOBO Y EL CORDERO". Un cuento en verso de Jean de la Fontaine seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poeta, dramaturgo y fabulista francés Jean de La Fontaine publicó ‘Cuentos y relatos en verso’ en tres entregas, la última en 1698. Poco después la Iglesia Católica los incluyó en el Índice de Libros Prohibidos y así continuó hasta su última edición, en 1948. Quizás sea ese hecho, por ridículo que pueda parecer, una señal de cómo fueron recibidas en su día aquellas fábulas en verso, un retrato mordaz de los comportamientos y los vicios de su época a través de los animales. Lo más sorprendente es quizá la vigencia que conservan. Descorazona comprobar que en el poema de hoy, una fábula de lobos y corderos, de poderosos y débiles, se siga reconociendo tanto a personajes del siglo XVII como a otros del presente. Que cada cual ponga rostro y nombre actuales a esos animales de antaño. (Andrea Villarrubia Delgado)

EL LOBO Y EL CORDERO

Que la razón que triunfa es del potente
en esta historia quedará patente.
Bebía un corderito
en las límpidas aguas de una fuente,
cuando se hace presente
un lobo que corría aquel distrito.
-¿Cómo osas enturbiarme la corriente?
-gruñe el lobo, furente-,
No ha de quedar inulto tu delito.
-Ruego a su señoría no se altere;
antes bien considere
que bebo en el regajo
más de cuarenta pasos por debajo,
y, así, es cosa clara
no poder ser que yo se la enturbiara.
-Tú me la enturbias- díjole el mal bicho-.
Y, además, se me ha dicho
que las pasadas yerbas
diciendo ibas de mí cosas acerbas.
-¿Cómo puedo haber sido
si yo aún no había nacido?
Yo mamo aún -el corderito dijo.
-Si tú no fuiste, las diría tu hermano.
-Aún no tiene mi madre otro hijo
-repuso el inocente al tirano.
-Pues alguno será de tus parientes.
Vosotros, los pastores y los perros
nunca cesáis de cometerme yerros.
Tomaré la venganza con mis dientes.
Al punto al bosque se lo lleva preso,
y allí lo traga, sin mediar proceso.

JEAN DE LA FONTAINE. Traducción de Miguel Requena


lunes, 6 de julio de 2026

"EN LA BIBLIOTECA DE MARTÍN CAPARRÓS: “Tras la ELA, proyecto mis libros en la pared y me siento el rey del mundo”. Vivien Doherty Luduvice,Álvaro de la Rúa,Luis Manuel Rivas, El País


Desde hace un tiempo, la biblioteca de Martín Caparros es una pantalla. En su ordenador portátil selecciona sus lecturas y proyecta las páginas en la pared. Páginas que miden dos metros de ancho por uno de alto, que le permiten recostarse en el sofá y sentirse “el rey del mundo” mientras lee. La enfermedad de ELA que padece ha acelerado la digitalización de toda su biblioteca: “Casi no leo en papel. Tendría que sostener el libro y no puedo”. Ahí están todos sus libros. No los tiene contados, pero con un solo dedo mueve el cursor que navega por un scroll infinito que recorre ensayos, biografías o novelas.

Su vida de trotamundos entrometido —o curioso nada más—, hizo que Caparrós nunca fuera de arrastrar libros de un lugar a otro. “Tuve varias bibliotecas, pero cada vez que me fui de uno de los lugares donde vivía, dejaba la mayoría de los libros porque nunca quise viajar con maletas”, explica desde su luminosa casa en Madrid. Ahora, sin embargo, piensa que ”guardar una biblioteca es imaginarse que uno puede vivir su vida de nuevo ligeramente mejor. Es como una especie de optimismo bobo de que todo está ahí para ser hecho nuevamente".

No todo lo que lee lo proyecta cual estreno de cine en sus muros. A veces le basta con hacerlo en las 24 pulgadas de un ordenador instalado en su salón y adaptado para que pueda utilizarlo fácilmente. Ese nuevo formato digital, además, le proporciona otra ventaja: “La de no abrumar a nadie que me visite con los libros que tengo o con lo leído que soy. Viéndome en el ordenador pueden pensar que estoy jugando un videojuego, cuando en realidad estoy leyendo”, bromea, con su habitual sentido del humor, acentuado por ese bigote revolucionario y sus cejas en parábola.

Todavía guarda un único resquicio para algunos libros físicos, regalados por amigos o que le importaron lo suficiente como para conservarlos. Pero, reconoce, “son muy pocos, están en unas cajas del sótano” y no tiene “contacto con ellos”.

Caparrós contó que padecía la enfermedad como mejor sabe, escribiendo un libro de memorias que empieza con la demoledora frase: “Me dijeron que me voy a morir”. Lo hizo en octubre de 2024, con miedo, le dijo a Paco Cerdá en este diario, de “ser para los demás un moribundo”. “Por lo menos mientras no me sienta uno. No quiero esa piedad, ese disimulado espanto, esa tristeza que, imagino, recogeré cuando cuente que ya estoy condenado. Y además decirlo, imagino, lo hará tanto más real, tanto más cierto“, explicó.

Ya entonces acusaba algunos de los síntomas de la enfermedad degenerativa —las debilidad, los problemas motores, la atrofia muscular...— y la silla que lo ayuda a moverse por la vida llevaba tiempo siendo su inevitable compañera: “Ya me cuesta lavarme la cara o llevarme a la boca la comida, subir a la cama es un deporte olímpico, darme media vuelta en ella un buen recuerdo, pero sigo pudiendo escribir”, dijo en aquel momento.

Pero desde entonces no ha dejado de hablar abiertamente de ella. A veces con testimonios personales, otras respondiendo a las preguntas que no dejan de hacerle en las entrevistas, y otras más a través de su cuerpo que sigue paseándose por eventos o firmas de libros. También, como no podía ser de otra forma, con periodismo: en las columnas que escribe en este diario, o con grandes reportajes, como el que publicó en febrero del año pasado El País Semanal, que también sirve como testimonio, sobre la vivencia de pacientes con la enfermedad —unas 4.000 personas en España— y los sanitarios que los cuidan.

También publicó este año sus dos últimos libros, Todo por la patria y Horror en Buenos Aires (Galaxia Gutenberg) y, además de sus columna habituales en el periódico, mantiene desde el inicio del Mundial una correspondencia con su amigo Juan Villoro, que se publica cada día en estas páginas y donde habla, centrándose en los acontecimientos del torneo, de una de sus grandes pasiones: el fútbol.

sábado, 4 de julio de 2026

"LOS TRES ERMITAÑOS". Un cuento de León Tolstoi

El arzobispo de Arkangelsk navegaba hacia el monasterio de Solovki. En el mismo buque iban varios peregrinos al mismo punto para adorar las santas reliquias que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco se deslizaba sin la menor oscilación.

Algunos peregrinos estaban recostados, otros comían; otros, sentados, formando pequeños grupos, conversaban. El arzobispo también subió sobre el puente a pasearse de un extremo a otro. Al acercarse a la proa vio un pequeño grupo de viajeros, y en el centro a un mujik que hablaba señalando un punto del horizonte. Los otros lo escuchaban con atención.

Detúvose el prelado y miró en la dirección que el mujik señalaba y sólo vio el mar, cuya tersa superficie brillaba a los rayos del sol. Acercóse el arzobispo al grupo y aplicó el oído. Al verle, el mujik se quitó el gorro y enmudeció. Los demás, a su ejemplo, se descubrieron respetuosamente ante el prelado.

-No se violenten, hermanos míos -dijo este último-. He venido para oír también lo que contaba el mujik.

-Pues bien: éste nos contaba la historia de los tres ermitaños -dijo un comerciante menos intimidado que los otros del grupo.

-¡Ah!... ¿Qué es lo que cuenta? -preguntó el arzobispo.

Al decir esto se acercó a la borda y se sentó sobre una caja.

-Habla -añadió dirigiéndose al mujik-, también quiero escucharte... ¿Qué señalabas, hijo mío?

-El islote de allá abajo -repuso el mujik, señalando a su derecha un punto en el horizonte-. Precisamente sobre ese islote es donde los ermitaños trabajan por la salvación de sus almas.

-¿Pero dónde está ese islote? -preguntó el arzobispo.

-Dígnese mirar en la dirección de mi mano... ¿Ve usted aquella nubecilla? Pues bien, un poco más abajo, a la izquierda..., esa especie de faja gris.

El arzobispo miraba atentamente y, como el sol hacía brillar el agua, no veía nada por la falta de costumbre.

-No distingo nada -dijo-. Pero ¿quiénes son esos ermitaños y cómo viven?

-Son hombres de Dios -respondió el campesino-. Hace mucho tiempo que oí hablar de ellos, pero nunca tuve ocasión de verlos hasta el verano último.

El pescador volvió a comenzar su relato. Un día que iba de pesca fue arrastrado por el temporal hacia aquel islote desconocido. Por la mañana caminaba cuando distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella un ermitaño, al que siguieron a poco otros dos. Al ver al mujik le dieron de comer, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron a reparar su barca.

-¿Y cómo son? -preguntó el arzobispo.

-Uno de ellos es pequeño, encorvado y viejísimo. Viste una sotana raída y parece tener más de cien años. Los blancos pelos de su barba empiezan a hacerse verdosos. Es sonriente y sereno como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto, lleva un capote desgarrado, y su larga barba gris tiene reflejos amarillos. Es un hombre tan vigoroso, que volvió mi barca boca abajo como si fuera una cáscara de nuez, sin darme tiempo ni a que lo ayudase. También está siempre contento. El tercero es muy alto: su barba, de la blancura del cisne, le llega hasta las rodillas; es hombre melancólico, tiene las cejas erizadas y sólo lleva para cubrir su desnudez un pedazo de tela hecho de corteza trenzada y sujeto a la cintura. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de julio de 2026

"LOS VENCIDOS". Un poema de Angelina Gatell seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El pasado lunes se cumplían cien años del nacimiento de la poeta Angelina Gatell. Y quería celebrar el centenario con el poema titulado ‘Los vencidos’, incluido en uno de sus libros más representativos, ‘Las claudicaciones’, publicado en 1969. En una entrevista que le hicieron en 2014, tres años antes de su muerte, confesaba que la historia descrita en el poema era real y ocurrió en el pueblo de Vallès, donde pasó la guerra civil junto a su familia. Aquella tragedia y el exilio interior que luego vivió marcarán su obra poética. En esa misma entrevista afirmaba que “la guerra es lo más bestial que existe, porque llega un momento en que es o tú o yo. Es espantoso, pero es así”. Siempre mantuvo una actitud beligerante contra las opresiones y los abusos, defendió ardorosamente la libertad, dejó testimonio apasionado de lo vivido. Recordar en su centenario a una escritora tan excelente como poco reconocida me parecía un acto de justicia. (Andrea Villarrubia Delgado)

LOS VENCIDOS

(…con los pies rotos
entre polvo y piedra,
por el duro camino catalán,
bajo las balas últimas
caminando,
ay, hermanos valientes,
al destierro.)
PABLO NERUDA


Yo estuve allí también.
Era tan sólo
una mínima hoguera donde ardía,
sin que yo lo supiera,
mi esperanza, mi fe, mi dignidad futura.

Todo fue consumiéndose y consumándose
bajo el crepúsculo de enero,
sobre la tierra helada,
allá, en los campos míos,
entre las viñas que mostraban
sus oscuros muñones como indomables puños.

Los vi pasar ‘con los pies rotos
entre polvo y piedra’.
Nunca he visto otros ojos
más arados por el dolor,
más transitados por la pesadumbre.

Bajo la tarde, hambrientos
de pan, de muerte, de soledad,
fueron pasando.

Los pies
calzados con la sangre
que caía
‘por el duro camino catalán’,
condecorando hermosamente
la tierra aquella donde yo nací
y donde
mi corazón se cubre de hojas verdes
todas las primaveras,
como si fuera un árbol,
una vid,
o acaso
una gota pequeña
de aquella sangre
que iluminó mi patria.

Los vi pasar. Llevaban
apagadas las frentes,
las manos señaladas
por la costumbre del fusil;
sus ojos
eran como náufragos en el crepúsculo
que, cómplice, caía
solapadamente, borrando
los últimos caminos.

Uno de aquellos hombres
-casi blanco el cabello-
tocó con un temblor
mis trenzas,
que fueron en sus manos
como un presentimiento
de cadenas futuras,
y dijo,
con una voz que nunca
podré olvidar:

‘Nina, no´m donaries
un tros, solamente un tros
de pa?

Le di mi pan, las rubias
avellanas del huerto,
el agua…

Le di, definitivamente,
un lugar en mi vida;
un pequeño recinto
donde su voz me dura,
donde sus ojos
hallaron estadía,
donde sus labios
alguna vez me hablan
con nuestro dulce acento inolvidable,
con las bellas palabras
que los vencedores quisieron
borrar…

Y aunque la muerte
rondara sus cabellos,
con aquel mismo gesto largo y torpe
con que él rozó los míos,
y no sé dónde yace
su cuerpo desgarrado
por la derrota,
no he podido olvidar su sombra triste
que cruzó mi niñez
y acuñó en ella, para siempre,
la ira y la impotencia.

Desde aquel día
-25 de enero de 1939-
el pan sabe a vergüenza y a cobarde
consentimiento,
y cuando acerco
un pedazo a mis dientes,
en vez de iluminarse se me tiñen
de un rubor infinito.
Y me acude al recuerdo, inevitablemente,
aquel pan y aquel hombre.

Fueron pasando, uno tras otro, los vencidos
por mis ojos de niña
‘bajo las balas últimas’
que partían
de los avellanos,
de los bosques fríos,
de la tarde…

Los vi pasar -eran los míos-
‘caminando,
ay, hermanos valientes, al destierro’.

ANGELINA GATELL

jueves, 2 de julio de 2026

"LO QUE TOY STORY 5 ENSEÑA SOBRE LAS CÁMARAS DE ECO". Violeta Assiego, elDiario.es

Bonnie, en 'Toy Story 5'
De ese método se sirven muchas plataformas digitales y también formaciones políticas, grupos o sujetos que las usan para difundir desinformación, fake news o campañas de desprestigio con finalidades claramente nocivas y peligrosas

No sé cuántos de ustedes han visto Toy Story 5, pero, si no lo han hecho y tienen intención de hacerlo, ya les advierto de que esta columna de opinión contiene algún que otro espóiler. La nueva aventura de Woody, Jessie y Buzz y el resto de los juguetes de Bonnie introduce la presencia de las pantallas en la vida de la pequeña protagonista. La niña, ya casi adolescente, está en esa edad en la que lo que más desea es tener amigas, sentirse aceptada, pertenecer… pero no es fácil porque Bonnie no es una cría al uso (ninguna lo es). Ahí es donde aparece una tablet como llave para socializar con otras niñas a través de una plataforma social. Efectivamente, lo consigue y entra en un universo donde otras chicas (las guays) marcan qué hacer, cómo vestir, qué decir y hasta qué merece la pena desear. Bonnie quiere ser su amiga, tener amigas y parecerse a ellas y ahí es como esa amistad la empieza a exigir que cambie. Va dejando atrás aquello que es importante para ella y también lo que la hacía diferente. En ese grupo de amigas lo importante no es ser ella misma, no la quieren así, la quieren si es como ellas dicen que sea. Por eso, cuando actúa de forma distinta descubre que el precio de salirse del guion que fija el grupo es la burla, el rechazo y hacerla sentirse sola y mal consigo misma, es ridiculizarla.

Toy Story 5 no plantea la dicotomía de pantallas sí o pantallas no, sino que más bien deja al descubierto cómo los espacios de “socialización” de las personas menores de edad y las y los jóvenes que se crean a través de esas nuevas tecnologías pueden llegar a funcionar como cámaras de eco que las anulan y manipulan. Es de sobra conocido que todas y todos necesitamos pertenecer. No hay nada patológico en ello, muy al contrario, ese anhelo forma parte del desarrollo de cualquier persona, especialmente entre quienes están en ese momento evolutivo y emocional de madurar. El conflicto surge cuando el precio de pertenecer a un grupo consiste en dejar de pensar, dejar de ser uno mismo o empezar a creer que solo existe una manera correcta de vivir, de vestir, de hablar o de entender el mundo. Eso es precisamente una cámara de eco y, en las redes sociales, esta dinámica se produce con enorme facilidad gracias a unos algoritmos que potencian contenidos, discursos, ideas y desinformación.

Más allá de los algoritmos, o más bien, aprovechando el impulso de esos algoritmos, esa dinámica de cámara de eco se puede identificar porque crea un entorno en el que las mismas ideas se repiten, se amplifican y terminan percibiéndose como verdades incuestionables porque apenas entran voces discrepantes. Si participas reproduciendo la dinámica ya eres parte del grupo y tienes su reconocimiento y refuerzo, “su amistad”. Por eso, no consiste solo en recibir información afín, sino que esa información rebote constantemente entre las personas que piensan igual, reforzándose una y otra vez. La repetición genera una falsa sensación de verdad y una idea no parecerá cierta porque haya sido contrastada, sino porque el grupo la reproduce a partir de que la haya dicho, sugerido o escrito un influencer o una persona a la que otorgamos autoridad y en la que confiamos. De esa manera, poco a poco las personas de ese entorno cada vez están más aferradas y convencidas de las propias creencias “incuestionables”.

Del método de la “cámara de eco” se sirven muchas plataformas digitales y también formaciones políticas, grupos o sujetos que las usan para difundir desinformación, fake news o campañas de desprestigio con finalidades claramente nocivas y peligrosas. Las cámaras de eco aumentan el sesgo de confirmación y hacen que cualquier opinión distinta se perciba como falsa, absurda, malintencionada o incluso peligrosa. Es un mecanismo extraordinariamente útil para quienes quieren manipular, a modo de ejemplo se puede nombrar la fachosfera que lleva años aprovechándolo, no para convencer a toda la sociedad, sino para radicalizar progresivamente a chicos jóvenes que encuentran en determinados mensajes y en la construcción de enemigos el sentido e identidad que sienten haber perdido o amenazado por las feministas y el feminismo.

La cámara de eco refuerza que esos espacios terminen funcionando como grupos cerrados que convierten el relato del grupo en el único digno de confianza. La polarización está servida, no porque nazca de tener opiniones fuertes, sino porque se ha dejado de escuchar cualquier voz distinta a la autorizada. Cuando eso ocurre, hay un impacto, un daño en las personas de ese entorno, quienes no solo terminan creyendo que solo existe una forma correcta de pensar acaba viviendo porque discrepar, implica ser rechazado, ser expulsado del grupo y quedarse solo. Cuando la espontaneidad, la libertad de pensamiento, la diferencia, la crítica… se sustituye por la obediencia al grupo y la identidad propia por la identidad colectiva, el resultado no suele ser una persona más libre ni más feliz, sino alguien más vulnerable, más dependiente de la aprobación ajena y, paradójicamente, mucho más sola y atormentada. Y esto Toy Story lo cuenta muy bien con la historia de Bonnie, tener amigos es importante, pero no a cualquier precio. Hay grupos a los que es mejor no pertenecer.