sábado, 10 de octubre de 2026

"EN UN MUNDO DISPERSO, LA LECTURA ES UN ACTO DE REBELDÍA". Nazareth Castellanos, El País

Leer no es una capacidad innata del ser humano: requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta. En un momento de constante agitación, detiene la vida unos instantes

Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros, del escritor Stefan Zweig. Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.

El ser humano nace con la capacidad innata del habla, pero no con la de la lectura. Y ese ha sido precisamente uno de los enigmas más interesantes de la neurociencia, comprender cómo se las arregla el cerebro para que aprendamos a leer. En el siglo XIX se propuso la teoría de Wernicke-Geschwind según la cual las áreas visuales del cerebro, situadas en la parte posterior, reconocen la palabra como una imagen. Posteriormente, el lóbulo parietal asigna un significado a dicha imagen. De esta forma se establece una equivalencia secuencial entre lo visual, lo auditivo y lo semántico. Pero la llegada de la neuroimagen revolucionó esta teoría. Concretamente fue el profesor francés Stanislas Dehaene. Según su teoría, vigente hoy, el aprendizaje de la lectura supone la creación de dos rutas de procesamiento de la información: una léxica y otra no-léxica. Por una parte, aquellas palabras que conocemos se buscan en “el almacén de la memoria”, como lo llamó Dehaene. Y las palabras desconocidas activan una ruta fonológica, podemos leer algo sin saber lo que significa. Pero eso no es lectura. Esto supone que aprender a leer reorganiza el cerebro, ya que se generan rutas nuevas. Pero como decíamos, leer no es innato, es una capacidad que adquiere el cerebro. Y lo hace mediante un proceso denominado “reciclaje neuronal”, también propuesto por Dehaene. El cerebro se vale de redes neuronales ya existentes, que “recicla” para dedicarlas a la lectura. Así se generan las áreas de formación de palabras visuales, o popularmente “cajas de letras”, situadas en la corteza temporal visual del hemisferio izquierdo. Las palabras son tratadas como una imagen que debe interpretarse, una imagen que se vincula al lenguaje. Por ejemplo, si vemos escrita la palabra “flor” el cerebro visualiza esa imagen formada por cuatro símbolos (f, l, o, r), inmediatamente reconoce su significado y verbaliza, en silencio o usando la voz, el fonema “flor”. Por así decirlo, cuando leemos asignamos un sonido a la imagen.

Pero leer es mucho más. Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

viernes, 9 de octubre de 2026

"UN HOMBRE SIN SUERTE". Un cuento de Samanta Schweblin

El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha! Y yo me la saqué. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 8 de octubre de 2026

"TIERRA DE NADIE". Un poema de Cristina Peri Rossi

Ahora que todas las regiones
quieren ser naciones
yo busco la tierra de nadie
un lugar sin nombre
que nadie reclame
un lugar de paso
transitorio como la vida misma
sin patria
sin banderas
sin fronteras
sin lengua identitaria
más que la lengua de la poesía.
Territorio de los sueños
donde todo está por empezar
donde todo está por explorar.

miércoles, 7 de octubre de 2026

"QUIÉN ES QUIÉN EN EL MUNCO MÁGICO". Un libro de Katharine Briggs descargable en PDF

De la mano de Katharine Briggs, una de las mayores autoridades mundiales en la materia, nos adentramos maravillados en el mundo brillante, inquietante e inmensamente poético de las hadas y otros seres mágicos. Un mundo que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y que persiste, de una forma u otra, en el imaginario de todos los pueblos.

La creencia en hadas y otros seres mágicos hunde sus raíces en la noche de los tiempos y el recuerdo de esta creencia persiste en lo más profundo de la psique humana. En toda Europa, el pueblo, y en especial las comunidades rurales, ha conservado hasta hace muy poco tiempo una gran riqueza de tradiciones relativas a estos seres, que adoptan una enorme variedad de formas y que pueden ser buenos o malos, perjudiciales o benéficos, pero a los que en cualquier caso hay que tratar con suma prudencia, pues ofenderlos puede ser muy peligroso. Para protegerse de ellos o para ganarse su favor, había muchos amuletos, gestos rituales, etc., en los que el pueblo confiaba ciegamente. Y es que la relación entre hadas y humanos era compleja, a menudo de mutua dependencia y regida por unos parámetros que no eran los de la vida habitual, ya que el mundo de las hadas tenía sus propias leyes, muy distintas de las nuestras. El increíble mundo de las hadas, los duendes y otras muchas criaturas sobrenaturales se despliega en este libro con todo su poder de fascinación. Katharine Briggs, autora, entre otros muchos libros, del muy importante Diccionario de las Hadas, publicado en esta misma colección, es una autoridad mundial sobre el tema. Su erudición y su familiaridad con el mundo de las hadas garantizan la fiabilidad y el interés de esta obra.

martes, 6 de octubre de 2026

"LA INSIGINIA" Un cuento de Julio Ramón Ribeyro

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo".

Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.

Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.

Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas digresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.

Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.

-Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado.

-Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.

-¿Y quién lo introdujo?

Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.

-Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...

-¿Quién? ¿Martín?

-Sí, Martín.

-¡Ah, es un colaborador nuestro!

-Yo soy un viejo cliente suyo.

-¿Y de qué hablaron?

-Bueno... de Feifer.

-¿Qué le dijo?

-Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía.

-¿No lo sabía?

- No -repliqué con la mayor tranquilidad.

-¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?

-Eso también me lo dijo.

-¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!

-En efecto -confirmé- Fue una pérdida irreparable.

Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención.

-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.

Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.

-¡Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.

Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Más tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un menor en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastros.

De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.

En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas porque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.

Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.

A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.

Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo la llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.

FIN

lunes, 5 de octubre de 2026

"UNA MAÑANA JUNTO AL MAR - ASPIRAR, ESPIRAR". Un poema de Claes Andersson

En la nube que hay fuera de mi ventana veo
una pareja de amantes
Parecen conocidos pero no recuerdo sus nombres
Quizá ya no vivan
Ella está medio tumbada sobre él, tiene un largo jirón blanco
de nube recogido en un moño en la coronilla
Sus labios son gruesos y ávidos mientras él parece
sorprendido por el encuentro
¿No los conocí en alguno de mis viajes?
Ella lo besa por toda la cara en movimientos rítmicos
sus labios penetran en la boca de él y
en los ojos mientras ella misma se desvanece como humo
al viento
¿Es culpa del viento?
Pronto ya no son dos sino uno, en rápida desintegración
La nube y los amantes se han esfumado, el cielo vuelve
a estar claro
Tal vez hay un amor en el que los amantes se funden
mutuamente
y desaparecen en humo

domingo, 4 de octubre de 2026

"LA PALABRA LETRATENIENTE". Martín Caparrós, El País

Una carta de Miguel Hernández custodiada
por la biblioteca nacional de Chile
Un señor que hereda una riqueza por la que no ha hecho nada. Este no había heredado tierras sino letras

Quizás alguien la había inventado antes; si no, podríamos afirmar que la palabra letrateniente fue formulada —pensada, que no dicha— por primera vez el lunes de la Semana Santa de 1979 a eso de las nueve y media de la noche, en aquella fonda tan racial de las afueras de la ciudad de Elche. Y que sólo sería pronunciada en voz alta un par de horas después.

Pino Solanas, el gran director de cine argentino, preparaba una película sobre la vida de Miguel Hernández y yo, jovencito de mí, era su asistente. Estábamos allí para cumplir con el contrato que Solanas había firmado con los herederos de Hernández —la viuda y el hijo— por los derechos de autor de los poemas que la película incluiría: el pago de unos royalties según la cantidad de público y la obligación de mandarles el guion para que lo aprobaran.

La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo atacó las ciudades españolas en los años sesenta: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; detrás de ella, en la pared, un afiche enmarcado reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos corren hacia mí dando saltos / de cierva concebida” —decía, y parecía imposible que la morena de los saltos fuera ella. Yo era tan joven que todavía me sorprendía la crueldad de la vejez. Y más nos sorprendió cuando sacó el guion que le habíamos mandado y seria, seca, nos mostró que había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” —en la ficción, Ángela Molina— y “él” —José Luis Gómez. Solanas no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.

Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la cebolla —“En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba…”—, era un macarra de treinta y tantos y pantalón ajustado de terciopelo verde, camisa abierta sobre el pecho, cadena plateada de eslabones gruesos, botas negras con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.

—No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…

Dijo, y después nos invitó a cenar arroz con costra, marejadas de chorizo y huevo, en dicha fonda recia. Durante la cena este Miguel Hernández se quejó mucho de que el mecánico no había terminado de arreglarle el Jaguar y que Cuba no le pagaba los derechos de autor y que les iba a prohibir que siguieran publicando a su papá, malditos rojos. Este hombre vivía de la belleza que había creado un hombre tan distinto, casi opuesto; entonces se me cruzó, para definirlo, la palabra: era un letrateniente. Un señor que hereda una riqueza por la que no ha hecho nada. Este no había heredado tierras sino letras y las administraba como cualquier finca. La injusticia era parecida aunque quizás, en este caso, más flagrante: ¿por qué alguien podía vivir del producto de unas ideas radicalmente contrarias a las suyas?

Desde entonces me dediqué a rastrear letratenientes, su explotación de las palabras. Con frecuencia sus diferencias eran sólo estéticas: María Kodama publicando todos los textos que Borges decidió olvidar. A veces, ni siquiera estéticas: esos sobrinos de Kodama heredando escritos que no habían leído. Casi siempre era eso: la distancia.

Quizá la herencia de unas letras debería tener sus condiciones: alguna relación con el autor, algún trabajo por su difusión, un buen conocimiento de los textos, un término más breve. Hasta la tierra requiere sus trabajos. Y dudo de que ningún escritor piense, mientras teclea, que esas palabras servirán para que un quizá nieto se compre un día la moto más rugiente. Creo que, en términos prácticos, un libro tendría que valer, si acaso, para que su autor pueda vivir y escribir otros; no para cebar vacas improbables.

En un mundo ideal, supongo, los derechos de autor de los grandes autores podrían contribuir, a partir de los tantos años de su muerte, a un fondo para becar a escritores jóvenes: para que sus vientos sigan soplando. Supongo que ideal no va a ser nunca; espero que, con el tiempo y las ganas, consigamos que se parezca un poco.

Y, mientras tanto, ¡abajo los letratenientes!