sábado, 30 de mayo de 2026

"BURGUESES". Un poema de Nicolás Guillén

No me dan pena los burgueses vencidos.

Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.

—No pase, por favor. Esto es un club.
—La nómina está llena.
—No hay pieza en el hotel.
—El señor ha salido.
—Se busca una muchacha.
—Fraude en las elecciones.
—Gran baile para ciegos.
—Cayó el Premio Mayor en Santa Clara.
—Tómbola para huérfanos.
—El caballero está en París.
—La señora marquesa no recibe.

En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero, además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.

viernes, 29 de mayo de 2026

"ESE LIBRO QUE NO ES SUYO; ESE LIBRO QUE ES USTED". José Luis Sastre, El País

Lo que leemos, todos los textos que hemos tenido y tendremos entre manos, nos hace como somos

Ese libro que heredó. Ese libro que no es suyo pero guarda algo de quien lo tuvo. Guarda un olor, o una huella. Quizá una nota al final o un tique del día en que lo compró. A lo mejor una firma. Eso: una firma y una fecha manuscrita en la última página, con muescas en los bordes. Ese libro que no es suyo, pero que usted se quedó furtivamente. Se lo quedó porque, cada vez que lo ve, se acuerda del día en que lo robó, y sonríe. Ese libro que no devuelve porque hay libros rebeldes, y se rebelan.

Ese libro que usted sabe que le deben y que, de vez en vez, reclama. Reclama aunque no le haga falta. Reclama porque lo quiere, consciente de que no volverá. Ese libro de cronopios y de famas. Ese libro de ciencia ficción que ya es real. Ese libro de risa que ya da miedo.

Ese libro cuya primera frase no olvidará nunca. Ese libro del que no hay vuelta atrás. Ese libro que compró sin saber por qué: por la portada, que le llamó la atención. Porque se lo recomendaron. Porque iba a ser para regalar y al final se quedó en casa. Ese libro que compró por impulso, como se compra un suéter o un dulce. Ese libro que compró aunque supiera que no lo iba a leer: ese libro que compró porque no podría leerlo. Somos los libros que hemos leído y los libros que dejamos a medias. Somos también los libros que nos quedarán por leer.

Ese libro que no deja de recomendar o que le han recomendado tanto que ya no quiere leer, porque el gozo está en la expectativa. Ocurre a menudo: que el rigor de la realidad estropea los deseos. Ese libro que subrayó con una fiebre extraña, que no parecía suya. Ese libro que por supuesto subrayó: no se escriben frases memorables para que nadie las destaque por encima de las demás.

Ese libro de ficción con el que se entiende la actualidad. Esa novela que describe las tensiones políticas mejor que los tratados. Ese libro que no pudo dejar de leer o que leyó a escondidas. Ese libro que le hizo ver las cosas de otra manera, o que le indignó sin remedio. Ese libro que regaló a sus hijos para que despertasen a la conciencia del compromiso. Ese libro que le dejaron sus padres o los parientes que le quisieron igual que quieren los padres. Ese libro que cerró con una satisfacción que no se puede comparar con nada.

Ese libro que le escribieron, porque a veces los libros están escritos para nosotros por personas que nunca sabrán de nosotros. Ese libro con el que echó a reír. Con el que viajó. Ese libro que no olvidará. Ese libro que relee. Ese libro que le define. Ese libro que perdió y que extraña: porque se puede echar de menos un libro. Ese libro que siempre quiso escribir. Ese libro, en fin. Ese libro que no es suyo: ese libro que es usted.

jueves, 28 de mayo de 2026

"LA CONDENADA". Un cuento de Vicente Blasco Ibáñez

Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo, cruzado por hierros; y del suelo de ocho pasos, apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándose en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose como animado cadáver en aquel ataúd de argamasa, deseando como un mal momentáneo, que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo, barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba parar ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarles como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.

No querían en aquella sepultura otra vida que la suya. Un día, ¡cómo lo recordaba Rafael!, un gorrión asomó a la reja cual chiquillo travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y flaco, estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos pañuelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceñido a los riñones. Debió de asustarle aquella cara angustiosa y pálida, con una blancura de papel mascado; le causó miedo la extraña vestidura de piel roja, y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El único rumor de la vida era el de los compañeros de cárcel que paseaban por el patio. Aquellos, al menos, veían cielo libre sobre sus cabezas, no tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas libres y no les faltaba con quien hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael. Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las más apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban libertad; y los que a aquellas horas transitaban por las calles, tal vez no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe cuántas cosas!... ¡Tan buena que es la libertad!... Merecían estar presos. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 27 de mayo de 2026

"EL ODIO". Un poema de Wislawa Szymborska

Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa.
No es como los otros sentimientos.
Más viejo y, a la vez, más joven.
Por sí mismo genera la causa
de su despertar a la vida.
Duerme a veces, pero jamás con un sueño eterno.
Y el insomnio no le resta fuerzas, se las da.
Buenas son las religiones,
con tal de estar en la línea de salida.
Buenas son las patrias,
con tal de lanzarse a la carrera.
Al principio, incluso la justicia funciona.
Después correrá solo.
El odio. El odio.
La faz se le retuerce en una mueca
de amoroso éxtasis.
¡Qué anemia y apatía
la de los otros sentimientos!
¿Desde cuándo la fraternidad
arrastra multitudes?
¿Ha llegado alguna vez la compasión
primera a la meta?
¿A cuántos voluntarios seduce la duda?
El odio sí seduce, ¡y cómo!, es perro viejo.
Avispado, listo, trabajador.
¡Cuántos cantares ha compuesto!
¡Cuántas páginas de la historia ha numerado!
¡Cuántas alfombras humanas ha desplegado,
en cuántas plazas, en cuántos estadios!
No nos engañemos:
sabe crear belleza.
Espléndidos son sus incendios en la negra noche.
Soberbias las humaredas de sus explosiones al alba.
Imposible negar el patetismo de sus ruinas
ni el humor chabacano
de la única columna que queda en pie.
Es maestro del contraste
entre silencio y estruendo,
entre sangre roja y nieve blanca.
Y nunca jamás se cansa
del leitmotiv del verdugo pulcro
sobre la inmunda víctima.
Siempre dispuesto a nuevas tareas.
Si es necesario esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene los ojos de lince del francotirador
y mira el futuro con denuedo.
Él, sólo él.

martes, 26 de mayo de 2026

"PANTALLAS PARA LOS POBRES". Diego S. Garrocho, El País

Una colección de empresarios voraces y políticos ignorantes ha consentido que las aulas de los colegios públicos se llenaran de tabletas con la coartada tecnófila

No hace falta leer a Bourdieu para saber que, desde antiguo, la cultura ha funcionado como un marcador de clase. Con dinero puedes comprar un reloj Richard Mille como el que llevan los futbolistas o una mansión en Marbella. Sin embargo, pocas cosas exhiben más estatus que tener una librería alicatada hasta el techo con libros de La Pléiade. La propia noción de alta cultura funcionó durante cerca de tres siglos como una frontera invisible y el acceso a los tesoros de la literatura o de la música se administró, no pocas veces, con mano desleal.

González Férriz escribió la semana pasada una columna importante en El Confidencial. En ella advertía cómo las clases pudientes (él hablaría abiertamente de “los pijos”) están retomando su interés por las humanidades. Haber fatigado los versos de Emily Dickinson o conocer de memoria algún terceto de la Divina Comedia es, además de un ornamento, un alimento provechoso para el espíritu. En un tiempo en el que no sabemos cuáles serán los trabajos de éxito del futuro, educar a los niños en las habilidades propias de las antiguas artes liberales se está volviendo a poner de moda.

Lo inquietante no es que los pijos vuelvan a estudiar a los clásicos. Quienes nos dedicamos a las humanidades sabemos que a los millonarios sensibles les gusta invitar a sus reuniones de vez en cuando a algún filósofo, que es algo así como sentar a un pobre a la mesa por Navidad o convocar a un bufón velazqueño. Lo verdaderamente novedoso de nuestra época es la traición sostenida para desposeer a la gente vulnerable de los instrumentos de acceso a la alta cultura.

Una colección de empresarios voraces y políticos ignorantes ha consentido que las aulas de los colegios públicos se llenaran de pantallas con la coartada tecnófila. Al mismo tiempo, se impugnó la distinción entre alta y baja cultura apelando a una supuesta emancipación. Aunque el verdadero objetivo inconfesado era arrebatar a los más vulnerables un criterio con el que poder distinguir qué es valioso y qué es superfluo, desactivando así la democratización de la cultura.

Mientras a los pobres se les despacha con tabletas digitales, sucedáneos educativos y con leyes cada vez menos exigentes y más delirantes (revisen la sintaxis de la LOMLOE), las clases privilegiadas protegen a sus hijos proveyéndoles de recursos humanísticos. Alguien creyó que era conservador seguir leyendo a Petrarca. Pero lo verdaderamente revolucionario sería conseguir que lean el Canzoniere los niños de Orcasitas.

lunes, 25 de mayo de 2026

"EL ENFERMO PROFESIONAL". Un cuento de Roberto Arlt

Sí, hay señores empleados que podrían poner en la tarjeta, bajo su nombre, esta leyenda: “enfermo profesional”.

No hay repartición de nuestro gobierno donde no prospere el enfermo profesional, el hombre que trabaja dos meses en el año, y el resto se lo pasa en su casa. Y lo curioso es esto. Que el enfermo profesional es el motivo de que exista el empleado activo, fatalmente activo que realiza el trabajo propio y el del otro, como una compensación natural debida al mecanismo burocrático. Y decimos burocrático, porque estos enfermos profesionales sólo existen en las reparticiones nacionales. Las oficinas particulares ignoran en absoluto la vida de este ente metafísico que no termina de morirse a pesar de todos los pronósticos de los entendidos de la repartición nacional.

Naturalmente, el enfermo profesional jamás tiene veinte años ni ha pasado de los treinta. Se mantiene en la línea equinoccial de la vagancia reglamentaria. Es un hombre joven, adecuado para el papel que representa sin exageración pero con sabiduría.

Generalmente es casado, porque los enfermos con esposa inspiran más confianza y las enfermedades con una media naranja ofrecen más garantías de autenticidad. Un hombre solo y enfermo no es tan respetable como un hombre enfermo y casado. Intervienen allí los factores psicológicos más distintos, las ideas crueles más divertidas, las compasiones más extrañas. Todos piensan en la futura viuda.

Ahora bien, el enfermo profesional suele ser en el noventa y cinco por ciento de los casos un simulador habilísimo, no sólo para engañar a sus jefes, sino también a los médicos, y a los médicos de los hospitales.

Naturalmente, para adoptar la profesión de enfermo siendo empleado de una repartición pública hay que contar con la ayuda del físico.

El enfermo profesional no se hace sino que nace. Nace enfermo (con salud a toda prueba), como otro aparece sobre el mundo aparentemente sano y robusto, con una salud deplorable.

Tiene una suerte, y es la de su físico, un físico de gato mojado y con siete días de ayuno involuntario. Cuerpo largo, endeble, cabeza pequeña, ojos hundidos, la tez amarilla y la parla fatigosa como de hombre que regresa de un largo viaje. Además siempre está cansado y lanza suspiros capaces de partir a un atleta.

El que cuente con un físico de esta naturaleza, dos metros de altura, cuello de escarbadientes y color de vela de sebo, puede comenzar la farsa de la enfermedad (siempre que sea empleado nacional) tosiendo una hora por la mañana en la oficina. Alternará este ejercicio de laringe con el tocarse suavemente la espalda haciendo al mismo tiempo el gestecillo lastimero. Luego toserá dos o tres veces más y, con todo disimulo, evitando que lo vean (para que lo miren) se llevará el pañuelo a la boca y lo ocultará prestamente.

A la semana de efectuar esta farsa, el candidato a enfermo profesional observará que todos sus compañeros se ponen a respetable distancia, al tiempo que le dicen:

–¡Pero vos tenés que descansar un poco! (ya cayó el chivo en el lazo), vos tenés que hacerte ver por el médico. ¿Qué tenés? ¿A ver si tenés fiebre?

Y si el candidato a profesional es hábil, el día que visita al médico de su oficina, muchas horas antes se coloca papel secante bajo las axilas, de modo que al colocarle el termómetro el médico, comprueba que tiene fiebre, y como además el profesional confiesa que tose mucho, y etc., etc. (Nosotros no le regalamos fórmulas para convertirse en enfermo profesional).

Un mes de farsa basta para prepararse un futuro. ¡Y qué futuro! La “enfermedad” alternada con las licencias, y las licencias con la enfermedad.

Con este procedimiento en poco tiempo el profesional se convierte en el enfermo protocolar de la oficina. El médico se aficiona a este cliente que lo visita asiduamente y le habla del temor de dejar a su esposa viuda, el médico acaba por familiarizarse con su enfermo crónico que le hace pequeños regalos y que sigue puntualísimamente sus prescripciones, y al cabo de un tiempo, ya el médico ni lo observa a su enfermo, sino que en cuanto lo ve aparecer por su consultorio le da unas amistosas palmadas en la espalda y extiende la licencia con una serenidad digna de mejor causa.

Pero el profesional no se calma, sino que alega nuevos dolores, y ya está que el estómago se le pone como un “plomo”, ya es la garganta que le duele, y si no son los riñones, el hígado y el páncreas a la vez, o el cerebro y los callos.

El médico, para no alegar ignorancia ante tal eclecticismo de enfermedades, lo deriva todo de la misma causa, y finge con el enfermo hacer análisis que no hace, pues está convencido que el ciudadano muere el día menos pensado.

Y el caso es el siguiente: que todos quedan contentos. Contentos los empleados de la repartición por haberse librado de un compañero “peligroso”, contento el jefe de ver que con la ausencia del enfermo el trabajo no se ha obstaculizado, contento el ministro de no tener que jubilarlo al enfermo porque alega que se enfermó en el desempeño de su trabajo, contento el médico de tener a un paciente tan sumiso y resignado, y contento el enfermo de no estar enfermo, sino de ser uno de los tantísimos de los enfermos crónicos que en las reparticiones nacionales hacen decir al portero:

–Pobre muchacho. Ése no pasa de este año.

Y el pobre muchacho se jubila... se jubila de empleado nacional... y de enfermo crónico aunque con un sueldo sólo por las enfermedades.
FIN

domingo, 24 de mayo de 2026

"AZOGUE". Un poema de Guadalupe Grande

Vivimos de costado
pasamos de puntillas
Gracias a dios nadie quedará para recordar
en nombre de quién
habrá de dirimirse la venganza

Cuando el tiempo se escapa sin rostro de las manos
dejando un polvo amarillo en el azogue
es menester estar atentos.
Cuando los días huyen a hurtadillas
despreciando nuestro estupor
(mientras se pudre el grano en el almiar)
es menester ser precavidos.
Cuando la vida se oculta en los rincones
y no hay perro de caza que pueda hallar su rastro
solícitos acudimos a las puertas del miedo.

El bosque de certezas ardió hace tres noches.
Y yo he venido a pregonar
la escarcha de la duda.