En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
otra vez de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
Por eso vive triste, porque te busca siempre,
sin encontrarte nunca.
COMPARTIENDO LECTURAS, PALABRAS Y SENTIMIENTOS
-"No es posible crecer en la intolerancia. El educador coherentemente progresista sabe que estar demasiado seguro de sus certezas puede conducirlo a considerar que fuera de ellas no hay salvación. El intolerante es autoritario y mesiánico. Por eso mismo en nada ayuda al desarrollo de la democracia." (Paulo Freire). - "Las razones no se transmiten, se engendran, por cooperación, en el diálogo." (Antonio Machado). - “La ética no se dice, la ética se muestra”. (Wittgenstein)
sábado, 5 de septiembre de 2026
"EN LOS ECOS DEL ÓRGANO, O EN EL RUMOR DEL VIENTO". Un poema de Rosalía de Castro
viernes, 4 de septiembre de 2026
"HABLEMOS DE MÍ". Diego S. Garrocho, El País
Suponer que nuestras vidas y traumas pueden explicar el mundo es otra prueba de cómo se alían la ignorancia y la soberbia
Hablemos de mí. Tal parece ser la premisa transversal sobre la que se sostiene gran parte de nuestra producción cultural. Tras diagnosticarse en vano la muerte del autor —qué mal envejecen algunos fetiches de los sesenta y los setenta—, el narcisismo de nuestra época ha cristalizado en creadores obsesivamente concentrados en hablarnos de sí mismos. O de sí mismas. La biografía tiene, por supuesto, algún valor. Cosa distinta es que la carne propia se haya convertido en el sujeto, el objeto y hasta el trasfondo de todo lo que se cuenta.
La autoficción fue una expresión sublimada del fenómeno. Cada vez con menos disimulo, uno se topa con textos en los que la forma en que Pablito superó sus anginas o lo mal que lo pasó la tía Chon sacándose las oposiciones se plantean como categorías universales. Es verdad que de lo particular se llega a lo general, pero la obsesión por la primera persona, por el perímetro de la intimidad y por considerar que la autobiografía puede proyectarse como un canon desde el que medir todo cuanto ocurre constituye, además de un riesgo literario, un extraño signo de vanidad.
Esa fijación por lo propio se expresa tanto en la manera en que compartimos una ecografía en redes sociales como en los patrones que rigen buena parte de nuestra creación literaria. El ensimismamiento de quienes escribimos nos ha llevado, incluso, a traspasar la barrera de la ficción para construir ensayos o textos filosóficos basados exclusivamente en lo que nos ha pasado. Para combatir el individualismo, nada mejor que hablar de uno.
Sócrates, o al menos el Sócrates que se inventó Platón, nos enseñó que la filosofía acontecía en el momento en que dejábamos de discutir sobre lo que a cada uno le parece bueno, bello o justo, para emprender la búsqueda del bien, la belleza o la justicia en sí. Esa intuición, con todos los matices que queramos, construyó una manera de interrogar el mundo capaz de generar formas de conocimiento abstractas y generales, como las que hoy inspiran nuestras leyes o sostienen nuestros paradigmas científicos.
El contacto con la historia propia y con nuestra circunstancia es, sin duda, una clave que pauta no solo cómo hablamos, sino desde dónde hablamos. Pero convertir el lugar de enunciación en una monomanía, o suponer que nuestros traumas y cicatrices pueden explicar el mundo, es una prueba más de cómo la ignorancia y la soberbia suelen aliarse. Ricardo Strafacce, malvado él, lo resolvió con una sola frase: “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”.
jueves, 3 de septiembre de 2026
"CUENTO DE HORROR". Un cuento de Marco Denevi.
La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
–Thaddeus, voy a matarte.
–Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
–¿Cuándo he bromeado yo?
–Nunca, es verdad.
–¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
–¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
–Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sisema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.
FIN
martes, 1 de septiembre de 2026
"CONTIGO". Un poema de Luis Cernuda
¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?
Luis Cernuda
lunes, 31 de agosto de 2026
"FÁBULAS DE VERANO". Pilar Mera, El País
Necesitamos relatos que nos vuelvan a explicar que la desigualdad no es inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado
El verano es un buen momento para contar historias. Tan bueno como el otoño, el invierno o la primavera, pero con una ventaja extra: el tiempo rescatado de las urgencias cotidianas. Noches más largas y mañanas con menos prisas dan aire a mi niña interior, aventurera y fantasiosa, para que se pierda en una marea de historias. Historias para mí, de los libros que esperaban pacientes esta tregua y, cada vez más, historias compartidas. Compartir historias implica menos tiempo sólo mío, pero más universos desbordantes que alimentan mi corazón y mis ideas. Gracias a eso, este verano de Mundial y eclipses, de incendios y temperaturas desbocadas, de crisis humanitarias y discursos más incendiarios que el fuego, de áticos millonarios de ida y vuelta, de periódicos y televisiones repitiendo bulos con afán desestabilizador y cero sonrojos, también es un verano de fábulas y fantasía. De cuentos contados millones de veces y otros inventados sobre la marcha, al calor de la urgencia y de los intereses de quien me mira curiosa y me inspira.
Los cuentos son una herramienta clave para el desarrollo del cerebro infantil. Estimulan la conectividad neuronal, potencian el lenguaje y refuerzan el vínculo afectivo entre niños y adultos. Fomentan la capacidad de concentración, aportan calma y ayudan a gestionar las emociones, identificar sentimientos, abordar miedos, entender valores o explicar el mundo. Lo dicen especialistas, como el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, y lo han sabido las sociedades desde que llegó el lenguaje. Los relatos son pegamento social, ordenan el caos, explican el entorno, transmiten normas, crean identidad y fomentan la cooperación y la confianza entre desconocidos.
Leyendo los últimos datos sobre el brote de ébola de la República Democrática del Congo (más de 2.500 muertos, más de 5.300 contagios) y lo que viene por la falta de fondos de cooperación internacional, pienso qué historias necesitamos para entender que los recortes matan y tienen consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo que podríamos evitar. ¿Qué fábulas pueden explicarnos de nuevo, en tiempos de desafección, que la desigualdad no es una elección ni algo inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado, explicables, casuales o arbitrarias, de inercias y factores que no escogemos, como el momento, el país o la familia donde nacemos? Para que entendamos otra vez la importancia de apostar no ya por el asistencialismo, sino por la justicia social. Para defender con convicción la utilidad de los impuestos y su necesidad para cimentar una sociedad justa y vivible para todos.
domingo, 30 de agosto de 2026
"LA CASA DE MUÑECAS". Un cuento de Katherine Mansfield
Cuando la querida anciana señora Hay volvió a la ciudad, después de pasar una temporada con los Burnell, les envió a las niñas una casa de muñecas. Era tan grande que el carretero y Pat la descargaron en el patio, y allí se quedó, encima de dos cajones de madera, al lado de la puerta de la despensa. No podía pasarle nada; era verano. Y quizá se le habría ido el olor a pintura cuando tuvieran que meterla en casa. Porque la verdad es que el olor a pintura que despedía aquella casa de muñecas (“Un buen detalle, por supuesto, de la anciana señora Hay, tan amable y generosa”)…, pero aquel olor a pintura, según la opinión de la tía Beryl, bastaba para poner enfermo a cualquiera. Incluso antes de quitarle el envoltorio. Y aún después de quitárselo…
Allí estaba la casa de muñecas, de un oscuro y aceitoso verde espinaca, animado con toques amarillo chillón. Sus dos sólidas pequeñas chimeneas, pegadas al tejado, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, reluciente de barniz amarillo, parecía un trocito de caramelo. Las cuatro ventanas, verdaderas ventanas, estaban divididas en paneles por una ancha banda verde. Tenía también un porche diminuto, pintado de amarillo, con grandes goterones de pintura seca que colgaban por los bordes.
¡Pero era perfecta, perfecta la casita! ¿A quién podría importarle el olor? Era parte de la gracia, parte de la novedad.
-¡Rápido, que alguien la abra!
El gancho del lateral estaba agarrado fuertemente. Pat lo apalancó con su cortaplumas, y de pronto se abrió toda la fachada de la casa, y… allí estabas mirando al mismo tiempo el salón y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esta es la manera de abrirse una casa! ¿Por qué no se abren así todas las casas? ¡Cuánto más emocionante que escudriñar por el resquicio de una puerta el interior de un vestíbulo pequeñajo con un perchero y dos paraguas! Esto es, ¿no es cierto?, lo que uno quiere ver de una casa en cuanto pone la mano en la aldaba. Quizá sea así cómo Dios abre las casas en la alta noche cuando pasea tranquilamente con un ángel…
-¡Oh, oh!-. Las niñas Burnell estaban deslumbradas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca habían visto nada parecido en su vida. Todas las habitaciones estaban empapeladas. Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, con auténticos marcos dorados. Una alfombra roja cubría todos los suelos, menos el de la cocina; había sillas de felpa roja en el salón; verdes en el comedor; mesas, camas con ropa de verdad, una cuna, una estufa, un aparador con platitos y una gran jarra. Pero lo que le gustaba más a Kezia, lo que le gustaba enormemente, era la lámpara. Estaba colocada, en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lamparita color ámbar con un globo blanco. Incluso estaba preparada para ser encendida, aunque, por supuesto, no podías encenderla. Pero había algo dentro que parecía petróleo y que se movía cuando la agitabas.
Los muñecos papá y mamá, que estaban tendidos en el salón, muy tiesos, como si se hubieran desmayado, y sus dos niños pequeños que dormían arriba, eran realmente demasiado grandes para la casa de muñecas. Se diría que no pertenecían a ella. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia y decirle: “Yo vivo aquí.” La lámpara era real. CONTINUAR LEYENDO
jueves, 27 de agosto de 2026
"SONETO". Un poema de Francisco de Aldana (1537 o 1540 - 1578)
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| Francisco de Aldana |
-¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies, y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?
-Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte
que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.
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