lunes, 12 de octubre de 2026

"EL CUARTO HOMBRE". Un cuento de Agatha Christie

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 11 de octubre de 2026

"DOMINGO EN EL PARQUE". Un poema de Susana Oviedo seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Susana Oviedo
Susana Oviedo nació en Córdoba, Argentina, aunque lleva muchos años residiendo en España. Ha dedicado gran parte de su vida a poner su hermosa voz al servicio de poemas de otros poetas. Hemos disfrutado mucho escuchándola. Como era previsible, decidió un día escribir sus propios versos, agrupados finalmente en el libro ‘Carta astral’, bellamente editado con ilustraciones del pintor Mario Simpson. Me llegó su libro por correo, inesperadamente, sin ruido, modesto. Y enlacé el recuerdo de su autora con los pensamientos que en él desgrana, con la pasión por la vida que expone, con la certeza de que no hay lucha social sin amor ni amor que no empuje a luchar contra las injusticias. En el poema que hoy comparto, un momento de plenitud sensorial en el parque trae a su memoria un tiempo pasado, sin papeles, incierto, semejante al de otros que ahora, pese a sus esfuerzos, no lo logran. La felicidad personal, parece decirnos, también se nutre de fatigas ajenas, de esperanzas compartidas. (Andrea Villarrubia Delgado)

DOMINGO EN EL PARQUE

Es verano todavía.
Tendida en la hierba escribo y sudo al sol.
No esperaba la mansedumbre
de estas lágrimas
y las dejo caer y caer
acompañándome.
Desde las cimas de los árboles
se escucha el parloteo de las cotorras
argentinas invasoras e indocumentadas.
Sonrío.
Más allá, las urracas, indefensos gorriones,
torpes palomas antes alabadas
rebuscan migas y semillas.
Esta tarde no hay familias merendando.
Un paseante solitario
camina hacia la fuente del Ángel Caído,
el bello desterrado
por querer saber.
Suspiro.
Privilegiada me sé
entre millones de almas
arrastradas por el río de la vida.
Cuerpos de dioses sangrantes,
encallados en las piedras,
sumergidos o humillados
en el barro de la orilla,
cuerpos que resisten
contra un destino
que es mentira que esté escrito.

Si aprendiéramos que todos
giramos en la misma rueda
no serían tan tristes
los domingos.

SUSANA OVIEDO

sábado, 10 de octubre de 2026

"EN UN MUNDO DISPERSO, LA LECTURA ES UN ACTO DE REBELDÍA". Nazareth Castellanos, El País

Leer no es una capacidad innata del ser humano: requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta. En un momento de constante agitación, detiene la vida unos instantes

Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros, del escritor Stefan Zweig. Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.

El ser humano nace con la capacidad innata del habla, pero no con la de la lectura. Y ese ha sido precisamente uno de los enigmas más interesantes de la neurociencia, comprender cómo se las arregla el cerebro para que aprendamos a leer. En el siglo XIX se propuso la teoría de Wernicke-Geschwind según la cual las áreas visuales del cerebro, situadas en la parte posterior, reconocen la palabra como una imagen. Posteriormente, el lóbulo parietal asigna un significado a dicha imagen. De esta forma se establece una equivalencia secuencial entre lo visual, lo auditivo y lo semántico. Pero la llegada de la neuroimagen revolucionó esta teoría. Concretamente fue el profesor francés Stanislas Dehaene. Según su teoría, vigente hoy, el aprendizaje de la lectura supone la creación de dos rutas de procesamiento de la información: una léxica y otra no-léxica. Por una parte, aquellas palabras que conocemos se buscan en “el almacén de la memoria”, como lo llamó Dehaene. Y las palabras desconocidas activan una ruta fonológica, podemos leer algo sin saber lo que significa. Pero eso no es lectura. Esto supone que aprender a leer reorganiza el cerebro, ya que se generan rutas nuevas. Pero como decíamos, leer no es innato, es una capacidad que adquiere el cerebro. Y lo hace mediante un proceso denominado “reciclaje neuronal”, también propuesto por Dehaene. El cerebro se vale de redes neuronales ya existentes, que “recicla” para dedicarlas a la lectura. Así se generan las áreas de formación de palabras visuales, o popularmente “cajas de letras”, situadas en la corteza temporal visual del hemisferio izquierdo. Las palabras son tratadas como una imagen que debe interpretarse, una imagen que se vincula al lenguaje. Por ejemplo, si vemos escrita la palabra “flor” el cerebro visualiza esa imagen formada por cuatro símbolos (f, l, o, r), inmediatamente reconoce su significado y verbaliza, en silencio o usando la voz, el fonema “flor”. Por así decirlo, cuando leemos asignamos un sonido a la imagen.

Pero leer es mucho más. Leer es un proceso de atención. Mendel, el de los libros, saboreaba los misterios de la concentración absoluta. Como dice Zweig en su relato, la concentración es el eterno secreto de cualquier perfección. Cuando Mendel leía nadie podía molestarle en un instante como aquel, igual que a un verdadero creyente durante la oración. Sí, leer tiene algo de ceremonial. La atención es un ejercicio de rebeldía, como decía Simone Weil. Al tomar un libro en las manos, el cuerpo se prepara para sumergirse en otra realidad, un viaje donde queda atrás lo que somos. Comienza la supresión de la propia identidad y del contexto, que se realiza inhibiendo la actividad de las ínsulas, situadas en las regiones medias del cerebro, y que son las zonas encargadas de recordarnos quiénes somos y dónde estamos. Leer detiene nuestro mundo por unos instantes, y reconozcamos que eso es, a veces, delicioso. Al leer nos convertimos en otros personajes, aprendemos de ellos, pero también aprendemos a escuchar, a ser espectadores, a encontrar palabras que jamás hubiéramos utilizado. Leer nos ayuda a ser mejores relatores, en lo propio y en lo ajeno. La lectura amplía nuestro vocabulario y esto favorece la comunicación con los demás, y la comprensión de nuestra experiencia. La sutil diferencia entre dos palabras puede ser inmensa y a la vez aclaratoria. Pero sobre todo leer cultiva la atención. Esas páginas repletas de palabras generan ondas gamma en la corteza frontal, creando coreografías neuronales de una exquisita precisión. Así se entrenan las neuronas, que se acostumbran a estar al servicio de la atención. La lectura entrena al cerebro a concentrar su foco en lo elegido, y por tanto a apartar lo demás. La atención también es un proceso de olvido de aquello que no es relevante en este momento. Ante un libro nos entregamos al mundo de sus personajes, y esto nos convierte en seres con mayor empatía y comprensión de la complejidad humana. Nadie lo ha dicho mejor que Stefan Zweig: los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

viernes, 9 de octubre de 2026

"UN HOMBRE SIN SUERTE". Un cuento de Samanta Schweblin

El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.

–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

–Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:

–¡Sacate la puta bombacha! Y yo me la saqué. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 8 de octubre de 2026

"TIERRA DE NADIE". Un poema de Cristina Peri Rossi

Ahora que todas las regiones
quieren ser naciones
yo busco la tierra de nadie
un lugar sin nombre
que nadie reclame
un lugar de paso
transitorio como la vida misma
sin patria
sin banderas
sin fronteras
sin lengua identitaria
más que la lengua de la poesía.
Territorio de los sueños
donde todo está por empezar
donde todo está por explorar.

miércoles, 7 de octubre de 2026

"QUIÉN ES QUIÉN EN EL MUNCO MÁGICO". Un libro de Katharine Briggs descargable en PDF

De la mano de Katharine Briggs, una de las mayores autoridades mundiales en la materia, nos adentramos maravillados en el mundo brillante, inquietante e inmensamente poético de las hadas y otros seres mágicos. Un mundo que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y que persiste, de una forma u otra, en el imaginario de todos los pueblos.

La creencia en hadas y otros seres mágicos hunde sus raíces en la noche de los tiempos y el recuerdo de esta creencia persiste en lo más profundo de la psique humana. En toda Europa, el pueblo, y en especial las comunidades rurales, ha conservado hasta hace muy poco tiempo una gran riqueza de tradiciones relativas a estos seres, que adoptan una enorme variedad de formas y que pueden ser buenos o malos, perjudiciales o benéficos, pero a los que en cualquier caso hay que tratar con suma prudencia, pues ofenderlos puede ser muy peligroso. Para protegerse de ellos o para ganarse su favor, había muchos amuletos, gestos rituales, etc., en los que el pueblo confiaba ciegamente. Y es que la relación entre hadas y humanos era compleja, a menudo de mutua dependencia y regida por unos parámetros que no eran los de la vida habitual, ya que el mundo de las hadas tenía sus propias leyes, muy distintas de las nuestras. El increíble mundo de las hadas, los duendes y otras muchas criaturas sobrenaturales se despliega en este libro con todo su poder de fascinación. Katharine Briggs, autora, entre otros muchos libros, del muy importante Diccionario de las Hadas, publicado en esta misma colección, es una autoridad mundial sobre el tema. Su erudición y su familiaridad con el mundo de las hadas garantizan la fiabilidad y el interés de esta obra.

martes, 6 de octubre de 2026

"LA INSIGINIA" Un cuento de Julio Ramón Ribeyro

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo".

Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.

Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: "Aquí tenemos libros de Feifer". Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: "Feifer estuvo en Pilsen". Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: "Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga". Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.

Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas digresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.

Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.

-Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado.

-Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.

-¿Y quién lo introdujo?

Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.

-Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...

-¿Quién? ¿Martín?

-Sí, Martín.

-¡Ah, es un colaborador nuestro!

-Yo soy un viejo cliente suyo.

-¿Y de qué hablaron?

-Bueno... de Feifer.

-¿Qué le dijo?

-Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía.

-¿No lo sabía?

- No -repliqué con la mayor tranquilidad.

-¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?

-Eso también me lo dijo.

-¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!

-En efecto -confirmé- Fue una pérdida irreparable.

Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención.

-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.

Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.

-¡Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.

Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Más tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un menor en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastros.

De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.

En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas porque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.

Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.

A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.

Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo la llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.

FIN