jueves, 30 de julio de 2026

"DERECHOS DE LAS ADOLESCENTES Y MIEDO AL DISCURSO XENÓFOBO: EL DEBATE QUE DIVIDE EL RAVAL (BARCELONA). Bábara Ayuso, El País

Lluís Morales y Cristina Baldoví, de la asociación Per elles,
en Barcelona
La denuncia de los educadores sobre las restricciones que sufren las adolescentes de origen migrante ha abierto un debate sobre cómo proteger sus derechos sin estigmatizarlas

“Si algún día estoy sola te llamo por teléfono, pero casi nunca lo estoy”, escribe Riya, y borra el Whatsapp. Tiene 17 años, nació en la India y vive en Barcelona desde los tres. No recuerda cuándo empezó a jugar al ping pong con sus compañeros del centro comunitario, pero sí cuando dejó de hacerlo: al venirle la menstruación. “Les dijeron a mis padres que me habían visto jugar con chicos y mi padre dijo que la gente hablaría de mí y me lo prohibió. Mi madre me dejaba, pero al final tuvo que explicarme que es mejor no ir a jugar y ya”, escribe. Y borra. Riya no es su nombre real y Nusrat tampoco se llama Nusrat. Nació en Bangladesh pero se ha criado en las calles del Raval. Cantaba en el coro, tocaba instrumentos, tenía amigos chicos, iba a las colonias del barrio. “Empezó a cambiar cuando llegué a la ESO. Me lo prohibieron todo”, explica, con un hilo de voz al otro lado del teléfono. “Me aislaron. No me dejaban quedar con nadie fuera del instituto y veía cómo mis amigos hacían planes, quedaban por las tardes. En media hora del recreo no te da tiempo a mantener una amistad”. Karima nació en Marruecos y le arrebataron el fútbol al llegar a la pubertad. Hace dos años, su hermano la agredió y la encerró en casa: “Al final, vinieron los Mossos”.

¿Son sus casos representativos de la realidad de las jóvenes de origen migrante en El Raval? ¿Cuántas viven este tipo de situaciones? ¿Les beneficia que se conozcan sus historias o las estigmatiza más? Es un debate complejo, pero en 2023 casos como el de Nusrat, Karima y Riya llamaron la atención de los educadores del Raval, al notar que niñas provenientes de familias originarias Bangladesh, Pakistán y Marruecos desaparecían de las actividades al llegar a la adolescencia. “Solo pueden salir de casa para ir al instituto. En lo que más se nota es en las actividades de piscina, el ratio era de cinco chicas por cada quince chicos”, explica Cristina Baldoví, una de esas educadoras. Llevaron el asunto a la Mesa Joven del Raval, que coordina a las asociaciones y técnicos municipales, y descubrieron que todos tenían casos parecidos. No había datos para dimensionar el problema, así que se pusieron a categorizarlos: “Abrimos un Excel y en menos de un mes teníamos trescientos casos, situaciones que habíamos visto en primera persona”, explica Lluís Morales, psicólogo y educador desde hace veinte años en el Raval. Despliega el documento y en cada celda, una prohibición sin nombre: “Progenitor no deja ir de colonias a su hija, pero sí al hermano mayor”, “Muchacha de 14 años tiene asumido que su familia le elegirá marido a partir de los 18”.

En el documento sí aparece el centro que registra cada caso. “Nos dijeron que era racismo, que era subjetivo, así que en la siguiente reunión de la Mesa se dejaron de anotar, y ya íbamos por novecientos. Pensamos en cómo hacer algo objetivo con lo que estaba pasando, porque miras los registros por género de las actividades y es apabullante la desaparición de las chicas”, explica Morales. Tanto él como Baldoví denuncian “presiones” para que dejaran el tema. Siguieron. El pasado octubre todo cristalizó en Per Elles, un colectivo para luchar contra esta exclusión, y las farolas del barrio amanecieron con carteles que rezaban: “¿Tú también has querido salir con tus amigas o has querido aprender a nadar y tu familia te ha dicho que no? Escríbenos”. A la presentación acudió la escritora Najat El Hachmi, para la que ese Excel era más que un listado de prohibiciones. Eran sus recuerdos: “Lo que están viviendo es muy traumático; yo también lo viví. Mi hermano mellizo podía ir a las colonias y yo no, por ejemplo. Estas chicas viven como en un régimen de libertad vigilada muy estricta”, dice. El Hachmi ahonda en las contradicciones y conflictos de identidad que esto les genera, porque sienten que “el resto de chicas pueden hacer cosas que a ti te prohíben, y te lo lo prohíben a ti por el origen que tienes”.

Precisamente el miedo a la estigmatización de estos colectivos, y el pavor a que las vivencias de estas adolescentes fomenten aún más los discursos xenófobos, ha provocado que la iniciativa de Per elles despierte más que recelos. “Para mí, es como ver una fotografía de un bosque quemado. Tú puedes mirar esos árboles y empezar a hablar de los incendios, pero si abres la panorámica, ves que solo es un trocito de todo el bosque. No es la realidad de todo lo que está pasando”, explica Mercè Amor. Lleva más de dos décadas como integradora y educadora social en el Raval y su labor con mujeres migrantes y refugiadas en Diàlegs de Dona le ha valido la Medalla de honor de Barcelona. “Esos casos son reales, por supuesto que hay chicas que sufren ese control, pero eso es coger todo lo escandaloso de las comunidades y magnificarlo”, denuncia. Amor pone como ejemplo más representativo el proyecto Prometeus, que acompaña a adolescentes a seguir estudiando y acudir a la universidad, en el que dos de cada tres son mujeres, muchas de origen migrante. Chayma Rachdi trabaja en él y comparte con ellas los orígenes de su familia, pero describe su entorno como mucho menos conservador. Y como Amor, considera que los casos de estas chicas no son la norma. Ella misma no vivió esas prohibiciones, pudo estudiar y ahora se dedica también a la divulgación antirracista: “Por supuesto que hay que visibilizar esta problemática porque está afectando a los derechos vulnerados de las niñas, pero sin criminalizar aún más a la comunidad musulmana o las comunidades migrantes”, dice.

Rachdi y Amor coinciden en que las soluciones tienen que venir por mediar con las familias de las adolescentes y hacerlo de forma adecuada. “Hay que intervenir cuando se producen esas situaciones, pero respetando mucho a la familia para que no se cierren en banda. Explicarles que le están haciendo ningún bien a esa niña que le prohíben la natación, y esa mediación la tiene que hacer gente muy preparada”, dice Amor. Detalla varios casos “de éxito” que ha vivido en la asociación. Rachdi, además apunta a la necesidad de que esas intervenciones las realicen profesionales de las propias comunidades: “Muchas personas racializadas no se sienten cómodas en el psicólogo porque consideran que no van a entender su contexto. Por ejemplo, trabajamos en institutos donde hay muchas chicas racializadas de origen diverso, y el hecho de que yo esté en el equipo les ayuda”, explica.

La familia de Nusrat pasó por una mediación hace unos años. Porque después de prohibirle casi cualquier actividad, todo fue a peor. Estaba en 2º de la ESO. “Yo no quería desperdiciar mi juventud e esa forma, yo ansiaba, necesitaba esa libertad. Me rebelaba, así que los abusos dejaron de ser solo psicológicos. Me golpeaban”, cuenta. Ayudada por Cristina, denunció a Servicios Sociales y sus padres empezaron a ir a una trabajadora social semanalmente. “Después todo mejoró bastante. Dejaron de golpearme y empezaron a dejarme salir de casa y quedar con amigas, ir a los casales de verano. No hablábamos de lo que pasaba en esa mediación, pero es verdad que después de las reuniones me sentí bastante aliviada”, explica. Aún así, Nusrat confiesa que sigue sin sentirse “segura” en casa.

Cecilia Eseverri es socióloga y lleva un año haciendo etnografía en el Raval, conoce bien a las familias de estas chicas: “Ese control familiar nace en muchas ocasiones del miedo. Los jóvenes se adaptan naturalmente a Barcelona, adoptan nuevas pautas culturales, pero las madres y los padres quedan aislados en ese proceso. Y lo que perciben es una sociedad sin reglas en cuanto a las relaciones sexuales, la homosexualidad, la transexualidad… No comprenden”. Eseverri ha documentado casos en los que las mediaciones de trabajadores sociales y psicólogos con los padres han logrado revertir el aislamiento de las chicas. “La sociedad de acogida debe también acercarse a ellos. Necesitan mediadores que les traduzcan la realidad. El problema es que en España este tipo de intervención directa en las familias es aún escasa”, dice.

Cuando nació Per elles y las historias de estas chicas salieron a la luz, el Síndic de Greuges abrió una investigación de oficio hace nueve meses, pero a preguntas de este diario explican que aún están recopilando datos y no prevén tener una solución “en breve”. El Ayuntamiento apunta a la dificultad de dimensionar cuántas adolescentes se encuentran en esta situación para realizar una evaluación. “Todo está en una parálisis, no hay voluntad política de hacer nada. Y mientras se discute si esto fomenta más los discursos de la ultraderecha, las chicas siguen desapareciendo de las actividades”, denuncia Lluis Morales. Todo está igual que cuando Nusrat jugaba al ping pong, Karima al fútbol y Riya cantaba en el coro. Pero ya no juegan.

miércoles, 29 de julio de 2026

"VENDRÁN LAS LLUVIAS SUAVES". Un cuento de Raid Bradbury

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. 

Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevó a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón. CONTINUAR LEYENDO

martes, 28 de julio de 2026

"ORACIÓN". Un poema de Luis García Montero contra la guerra (de Irak)


A vosotros,
que cortáis la manzana de la muerte
con el anonimato de las guerras,
os pido caridad.

Por un Dios en el que jamás he creído.
Por una Justicia de la que desconfío.
Por el orden de un Mundo que no respeto.

Para que renunciéis a vuestra guerra,
yo renuncio a mis dudas,
que son parte de mí como la luz amarga
es parte del otoño.

Y digo Dios, Justicia, Mundo,

y os pido caridad,
y os lo suplico.

lunes, 27 de julio de 2026

"UNA PAELLA EN CHINA". Antonio Muñoz Molina, El País

Nos buscamos a nosotros mismos en las figuras del pasado cuando es la distancia que tenemos con ellos la que nos enseña

La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

¿Es más tolerable un pasado horrendo si se borran de él las palabras infames que se aceptaban con la misma naturalidad que la esclavitud o la extrema segregación? La novela que según Ernest Hemingway era la cima de la literatura americana, Huckleberry Finn, es un retrato del racismo en el que la que en Estados Unidos llaman “the N*** word”, nigger, aparece casi en cada página. La dice el narrador en primera persona, el propio Huck; la dice su padre cruento y borracho, y todos los demás personajes, bondadosos o despreciables; la dice también Jim, el esclavo fugitivo a quien Huck ayuda a escapar. La usaba con frecuencia el autor de la novela, Mark Twain, otro ejemplo de esos autores que cometieron el error de pertenecer a su propia época, y no a la nuestra, aunque hiciera algunos esfuerzos meritorios. Antes que el cónsul Roger Casement, y que Joseph Conrad, Twain denunció el genocidio colonial del rey Leopoldo de Bélgica en el Congo, lo cual sería un síntoma de que aun perteneciendo al vago pasado censurable, tenía algún atisbo de nuestra superioridad moral contemporánea. Pero, desdichadamente, sus opiniones sobre los africanos eran de abierta condescendencia, y en su retrato del esclavo Jim hay bastante de la parodia benévola de La cabaña del tío Tom. Así que una de dos: o corregimos las obras de Twain, de modo que pueda pasar la exigente aduana del tiempo presente, o lo dejamos para siempre en el vertedero inmenso del pasado. También queda la posibilidad de convertirlo en un pintoresco contemporáneo o compatriota nuestro, haciéndolo protagonista de una serie de ficción histórica en la que, conservando su bigotazo y su traje blanco de finales del XIX, utilice palabras como “Black” o “African American” y exprese opiniones avanzadas sobre los derechos civiles, la emancipación de las mujeres, el matrimonio igualitario, la separación de la basura en contenedores diferentes.

Lo inaceptable de toda esta gente del pasado —el de hace un siglo, o hace milenios— es que no sea como nosotros. Ponemos nuestra mejor voluntad en comprenderlos, en una tarea casi de piedad retrospectiva, en resaltar méritos o hallazgos que de algún modo los hacen dignos de ser nuestros predecesores, pero no hay manera. Teletransportamos a Caravaggio queriendo hacerlo uno de los nuestros, y en los periódicos se escriben titulares que lo califican, por ejemplo, del Pasolini o el Mapplethorpe del siglo XVII: pero luego resulta que este presunto bohemio radical y pintor insuperable de los cuerpos masculinos desnudos es sobre todo un maestro de la representación humanizada de las escenas evangélicas, y un creyente literal en el pecado y en la redención, en el cielo y en el infierno, en la compasión cristiana como único remedio contra el espanto de la crueldad.

En nuestro presente, un artista ha de ser transgresor, a pesar de la dificultad de seguir transgrediendo después de más de un siglo de promoción oficial y académica de esa tarea. Caravaggio es nuestro en la medida en que parece que fue gay y homicida: que cometiera el error, tan habitual en la gente del pasado, de ser un creyente angustiado por el temor a las llamas nada simbólicas del infierno, es todo un contratiempo, porque nosotros no sabemos imaginar una conciencia artística empapada de fe religiosa; tampoco comprendemos que un pintor de principios del siglo XVII no tenía nada que ver con esa idea romántica, solitaria y genialoide del artista que se impuso a lo largo del siglo XIX, y llegó a sus extremos más bien paródicos en figuras y figurones del XX, y de lo que va del XXI.

“El presente puede ser muy arrogante”, le dice Alejandro Vergara a Javier Rodríguez Marcos en El País Semanal, en una entrevista que uno imagina muy conversada y caminada por las salas del Prado. Alejandro Vergara es uno de esos expertos supremos en un campo del saber que cultivan un conocimiento sin sombra de pedantería ni de jerga, y una abierta disposición de entusiasmo tan afilada como su sentido crítico, y como su sensibilidad puramente estética. Como Rodríguez Marcos, yo he tenido el privilegio de acompañar a Vergara por su reino encantado del museo, y de aprender observando lo que él indicaba, con la sensación de no haberlo visto hasta entonces, y también con la tranquilidad de no ser apabullado por una erudición que no se recrea en sí misma, sino que establece una comunidad cordial entre quien explica y quien aprende.

Como su especialidad mayor es la obra de Rubens, Vergara no sufre la menor tentación de inventar una contemporaneidad tramposa. A El Bosco se le puede justificar con el dudoso mérito de haberse anticipado al surrealismo; a Goya siempre lo tenemos a mano como predecesor de los fotógrafos de guerra y de la pintura expresionista. La quietud contemplativa de algunas obras de Velázquez nos puede recordar a Hopper; un ascético bodegón de Sánchez Cotán se aproxima a Morandi. A Rubens no hay manera de sacarlo del siglo XVII: como máximo, y a través de su influencia sobre Delacroix, lo podemos trasladar al romanticismo historicista y desmelenado del XIX. Lo que seduce a Alejandro Vergara del arte del pasado es justo lo que lo vuelve inaceptable para la pereza mental contemporánea: su distancia hacia nosotros; la diferencia radical entre aquel mundo y el nuestro, entre el modo en que miraron los cuadros las personas para las que fueron pintados y las miradas del porvenir. Dice Vergara: “Uno de los valores del pasado es que no está cerca de nosotros”. Su familiaridad con Rubens es justo lo que le permite apreciar el abismo social que los habría separado. Rubens era un trepador social empeñado en ganar el reconocimiento de aquellos poderosos para los que trabajaba, como pintor y como diplomático, sabiendo que su oficio manual era una lacra insalvable. Habiéndole dedicado una parte grande de su vida, Vergara sabe que Rubens habría despreciado a una persona como él, y ni lo habría visto, le habría lanzado una moneda desdeñosa. La lejanía temporal, como los viajes a países extranjeros, es una escuela en el aprendizaje de la variedad humana, y en la percepción del misterioso fondo común que nos vuelve inteligibles los unos a los otros, gracias a las artes y al estudio de la historia, a lo largo de los siglos. Ir al pasado en busca de los valores del presente, dice Vergara, “es como viajar a China buscando un restaurante español”. Uno se pregunta qué verán en los cuadros del Museo del Prado esos turistas que vienen del otro lado del mundo en busca de un Starbucks, un McDonald’s, un Domino’s Pizza, un Burger King, un Taco Bell, idénticos a los que disfrutarían sin moverse agotadoramente hasta nuestra esquina tórrida de Europa.

sábado, 25 de julio de 2026

"UNA HISTORIA SIN FINAL". Un cuento de Mark Twain.

Teníamos un juego en el barco que era un buen pasatiempo; por lo general sucedía en la noche, en la sala de fumadores, cuando los hombres se desprendían de la monotonía y el aburrimiento de la jornada. Se trataba de completar historias incompletas. Es decir, alguno contaba una historia completa a excepción del final, y entonces los otros trataban de ofrecer un final según su propia invención. Cuando todos habían tenido su oportunidad, el que había presentado la historia revelaba el desenlace original y cada cual daba su opinión. Algunas veces, los nuevos finales resultaban ser mejores que el original. Pero la historia que exigió el más persistente, resuelto y ambicioso esfuerzo fue una que no tenía final, de tal forma que no había nada con qué comparar los desenlaces recién inventados. Aquel que la contó declaró que podía ofrecer todos los detalles sólo hasta cierto punto, pues eso era todo lo que sabía de la historia. La había leído en un volumen de relatos breves hacía veinticinco años, y lo habían interrumpido antes de llegar al final. Le daría cincuenta dólares a cualquiera que pudiera terminar la historia a satisfacción de un jurado elegido por nosotros mismos. Nombramos el jurado y forcejeamos con la trama. Inventamos múltiples finales, pero el jurado los rechazó todos. El jurado tenía razón. Se trataba de una historia cuyo autor tal vez habría podido completar satisfactoriamente, y si en realidad contó con esa buena fortuna me hubiera gustado conocer cuál fue el final. Cualquiera se dará cuenta que la fuerza de la historia radica en su núcleo, y que aparentemente no hay forma de transferir esa fuerza a la conclusión, donde por supuesto debería estar. En esencia, la historia era como sigue:

John Brown, de treinta y un años, bondadoso, gentil, sugestionable y tímido, vivía en un tranquilo pueblo de Missouri. Era superintendente de la escuela dominical presbiteriana. Se trataba de una humilde distinción; aún así, era la única distinción oficial que tenía, se sentía modestamente orgulloso de ella y se entregaba con devoción a su trabajo y sus intereses. Todos reconocían la extrema bondad de su carácter; de hech o, la gente afirmaba que estaba hecho de buenas intenciones y modestia, que siempre se podía contar con su ayuda cuando resultaba necesario, y también con su modestia, tanto si se necesitaba como si no.

Mary Taylor, de veintitrés años, humilde, dulce, agradable y hermosa tanto por su carácter como por su físico, significaba todo para él. Y él también lo era casi todo para ella. Ella se mostraba vacilante, las esperanzas de él eran altas. La madre de ella se había opuesto desde el principio. Pero ella, también, vacilaba; él podía darse cuenta. La había conmovido el interés afectuoso que él mostró por dos protegidas que ella tenía y por las contribuciones que él había hecho para su sustento. Eran dos hermanas desamparadas y ancianas que vivían en una cabaña de troncos, en un rincón solitario cerca de un cruce de caminos a unas cuatro millas de la granja de la señora Taylor. Una de las hermanas estaba loca, y algunas veces era un poco violenta, aunque no muy a menudo.

Pareció por fin que el tiempo se mostraba propicio para un avance definitivo, y Brown hizo acopio de valor para llevarlo a cabo. Llevaría una contribución el doble de lo usual y se ganaría a la madre; con su oposición anulada, el resto de la conquista sería segura y rápida. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 24 de julio de 2026

Diario de la Educación. Leer en voz alta, herramienta para el fomento de la lectura Mejora el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras. Pero también, y fundamentalmente, actúa en aspectos emocionales relacionados con los libros.

Daniel Pennac ya lo decía en su libro Como una novela. Describía muchos momentos en los que la lectura en voz alta, sobre todo con adolescentes, se convertía en un ritual que podían desarrollar las familias, para aumentar su interés por la lectura, por los libros.

Desde el sistema educativo, también desde las familias, se enseña a las criaturas a leer, y cuando han adquirido los rudimentos más básicos de esta difícil tarea, se les deja a su suerte. Ya no se les lee en voz alta porque ya saben leer. La lectura pasa de ser algo que se comparte en grupo, en familia, en un entorno cálido, a convertirse, en exclusiva, en algo privado.

Pero siempre hay excepciones. Son muchas las asociaciones y grupos de personas las que dedican esfuerzos a la lectura en voz alta.

Una de estas entidades está en Granada y se llama Entrelibros. Es una asociación presidida por Juan Mata, en colaboración con Andrea Villarrubia, la vicepresidenta. Contactamos con los dos vía correo para hablar de la importancia de la lectura en voz alta.

“La lectura en voz alta en los primeros años de vida tiene consecuencias emocionales y cognitivas de extraordinaria importancia”, aseguran. En primer lugar, es el primer acercamiento que tienen niñas y niños a los libros, a través de sus familias, cuando les leen cuentos. También en las escuelas infantiles. Esto hace que las criaturas entiendan “ la lectura como una demostración de cariño y protección”.

“Pero, continúan, además de los aspectos emocionales, de los momentos de intimidad y afecto que se crean entre quienes leen y escuchan, la lectura en voz alta también tiene que ver con aspectos cognitivos, como el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras…”.

La lectura en voz alta, en cualquier caso, no solo tiene importantes consecuencias en los primeros años de vida; también más adelante. Aunque diferentes, claro. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de julio de 2026

"COMO UNA GUERRA". Andrés Sobico y Paula Adamo. Ediciones de la Terraza, 2022. Argentina. LIBRE DESCARGA

"Dedicado a todos esos chicos que estuvieron y a los que, de alguna manera, aún están allá». Con esta dedicatoria entramos a Como una guerra, lo que plantea ya una idea de continuidad que es central en la propuesta del álbum y lo mantiene vigente. Y tanto como para hacer (y valorar y difundir) esta nueva edición, de libre descarga, diez años después de la original con Ediciones Del Eclipse.

Dos niños hablan de una guerra. ¿O son dos? Una la imaginan en blanco y negro y tras la pantalla, como para ver en el cine o leer en un libro. La otra la contó el tío de uno de los niños y no parece de mentiras, pero debe serlo porque suena igualita a la otra, la de las pantallas. ¿Cuál será la original y cuál el reflejo? «Me dijo que había humo y niebla y hielo por todos lados, que no se veía nada, que a él le pegó una bala de refilón en el casco, que por suerte no se agujereó, que si no, no contaba el cuento». ¿El tío, contará la verdad?