domingo, 19 de abril de 2026

"EDUCAR EN TIEMPOS DE PANTALLAS Y RESPUESTAS INMEDIATAS: CÓMO ACOMPAÑAR A LOS NIÑOS EN LO QUE LOS PADRES AÚN NO CONTROLAMOS". Victoria Gabaldón, elDiario.es

Patricia Bolinches
Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla

Durante mucho tiempo, el acceso al conocimiento ha estado mediado por las personas adultas del entorno cercano. Padres, madres y docentes explicábamos, filtrábamos, traducíamos el mundo. No siempre bien, no siempre completo, pero desde un lugar reconocible. Hoy, ese esquema se ha movido. Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla. Una criatura puede averiguar quién fue Marie Curie, cómo funciona un volcán o qué es la ansiedad con solo teclear una frase o escuchar una voz que responde sin cansancio ni espera.
A esta convivencia con una fuente de información siempre disponible todavía le estamos poniendo nombre. Sabemos que no se trata de demonizar las pantallas —ese discurso está agotado—, pero tampoco sirve el elogio ingenuo del acceso ilimitado al conocimiento. Estamos ante algo más profundo: la pérdida del monopolio parental sobre el relato. La tecnología no solo informa; interpreta. Ordena, prioriza, decide qué aparece primero y qué se pierde tras dos segundos de scroll. Su autoridad no proviene de su verdad, sino de su disponibilidad y velocidad.

Este cambio no siempre se percibe como una transformación tecnológica, sino como una sensación íntima y, a veces, incómoda: la de no llegar a tiempo. La de descubrir que una conversación importante ya ha empezado sin nosotros. No es una pérdida de autoridad en el sentido clásico, sino un desplazamiento más sutil: seguimos ahí, pero entramos más tarde, cuando el proceso ya está en marcha. En muchos casos, la educación digital ocurre sin gesto humano, sin tono de voz ni matiz emocional.

La alfabetización actual ya no se limita a leer y escribir: incluye aprender a orientarse en medio de flujos de información constantes, contradictorios y, a veces, abrumadores. Niños y adolescentes acceden a contenidos complejos —salud mental, relaciones afectivas, sexualidad, consumo— con una rapidez que ninguna conversación doméstica puede igualar. En muchas casas, los deberes ya no son una mesa despejada, un cuaderno y una pregunta lanzada al aire. Son un ordenador encendido, varias pestañas abiertas, un vídeo explicativo, una consulta a la IA. Hay niños que llegan a casa, encienden la tablet y avanzan solos durante un buen rato. No porque no necesiten ayuda, sino porque han aprendido que el primer paso es buscar. La persona adulta entra después, para revisar, para poner orden, para saber si han entendido lo que acaban de hacer. Otras veces no entra. Y no siempre eso es un problema. Para algunas familias, este modo de trabajar alivia: menos dependencia, más autonomía. Para otras, desconcierta: cuesta saber qué se ha aprendido de verdad, qué se ha copiado, qué se ha entendido a medias. La escena no es idéntica en todas las casas, pero el desplazamiento es común: el aprendizaje empieza sin nosotros, aunque no necesariamente termina sin nosotros.

Todo esto obliga a revisar qué entendemos hoy por educar en casa. Si antes consistía, en gran medida, en transmitir lo que una sabía, ahora implica algo distinto: aprender a acompañar lo que una todavía no sabe. La autoridad basada en el conocimiento se debilita, y la basada en el vínculo gana peso. No porque sepamos menos, sino porque ya no somos los únicos que saben.

Aquí aparece un desajuste generacional que no siempre sabemos nombrar. Muchas personas adultas fuimos educadas para producir verdades: saber era poder y equivocarse era fallar. En cambio, nuestras hijas e hijos crecen en un entorno donde las respuestas abundan y el criterio escasea. Pueden encontrar miles de explicaciones; lo difícil es aprender cuáles merecen confianza.

La crianza en la era digital no consiste en controlarlo todo —eso es imposible— ni en mirar hacia otro lado —eso sí tiene consecuencias—. Quizá la única vía posible sea una más frágil y exigente: la conversación. No como sermón, sino como práctica cotidiana. Si un niño aprende a preguntarse quién publica un vídeo, qué interés hay detrás de un clic o de dónde sale un dato, ya está entrenando el músculo que la inteligencia artificial todavía no tiene: la duda reflexiva.

Para llegar ahí hay que aceptar una verdad incómoda: que la tecnología educa con nosotros. No después, no contra, no a pesar. Está disponible cuando nosotros no estamos disponibles. Es paciente cuando vamos justos de tiempo y no exige reciprocidad emocional. Y eso, en el día a día, pesa. A diferencia de un padre, una pantalla no se frustra. A diferencia de una madre, no siente culpa. Es muy fácil confundir esa disponibilidad constante con la autoridad, pero detrás no hay ética ni biografía, sino patrones estadísticos. La tecnología no educa peor; educa sin cuerpo, sin memoria, sin contradicción. Y criar, como vivir, tiene mucho que ver con aprender a convivir con la contradicción.

En ese escenario, la familia conserva, quizá más que nunca, un papel insustituible. No como fuente principal de datos, sino como espacio donde el dato se vuelve experiencia. Un vídeo explica qué es el bullying; un profesor puede contar cómo fue vivirlo o presenciarlo. Una IA describe la depresión; una madre puede hablar de un día en el que levantarse de la cama resultó imposible. Ese traspaso no se encuentra en un tutorial. El reto no es competir con el algoritmo, sino ocupar el terreno que no puede replicar: el de la vulnerabilidad. El de decir «no sé, pero lo vemos juntos». El de sostener el silencio cuando no existe la respuesta inmediata. Pensar más lento, pero más profundo. Compartir contenidos con nuestras hijas e hijos abre el diálogo. Preguntar qué piensan ellos antes de decir qué pensamos nosotros desarma evidencias prefabricadas.

También conviene asumir que la educación tecnológica no se mide solo en minutos. El problema no es cuestión de tiempo de pantalla, sino de lo que ocurre en ese tiempo. Una hora viendo cómo construir un cohete casero no equivale a una hora deslizando contenido diseñado para retener atención. Igual que no evaluamos la alimentación solo por la cantidad, sino por los nutrientes, la tecnología no debería evaluarse únicamente por duración, sino por calidad.

No hay recetas cerradas; como mucho, una orientación clara: más acompañamiento y menos delegación; más conversación y menos instrucción. La tecnología seguirá ahí, cada vez más integrada. El desafío no es expulsarla, sino domesticarla. Convertirla en herramienta y no en tutor.

Quizá nuestros hijos recuerden menos lo que les explicamos y más la manera en que pensamos junto a ellos. No se trata de transmitir certezas, sino de ofrecer un método para sobrevivir al exceso de ellas. Un algoritmo puede responder en un segundo, pero necesita que alguien —un padre, una madre, una maestra, un adulto que le cuide— enseñe a un niño a preguntarse por qué esa respuesta merece ser creída.

sábado, 18 de abril de 2026

"MUCHACHO OBSESIONADO". Un cuento de Lula Carson McCullers

Hugh fue hasta la esquina de la casa en busca de su madre, pero no estaba en el jardín. A veces salía para hacer como que se ocupaba del arriate con las flores de primavera —carraspiques, minutisas, lobelias (los nombres se los había enseñado ella)—, pero hoy el césped con los arriates de flores de muchos colores estaba vacío bajo el delicado sol vespertino de mediados de abril. Hugh corrió de nuevo hacia la casa, seguido por John. Superaron los escalones de la entrada en dos saltos y la puerta de la calle se cerró con fuerza tras ellos. 

—¡Mamá! —llamó Hugh. 

Fue entonces, ante el silencio pertinaz mientras esperaban en el vestíbulo vacío, de suelo encerado, cuando Hugh sintió que pasaba algo raro. No había fuego en la chimenea del cuarto de estar, y como estaba acostumbrado al parpadeo de la lumbre del hogar durante los meses fríos, la habitación, en aquel primer día de primavera, parecía extrañamente desnuda y triste. Hugh se estremeció primero y luego se alegró de que John estuviera con él. El sol brillaba en un trozo rojo de la alfombra floreada. Rojo brillante, rojo oscuro, rojo muerto: a Hugh le enfermó el repentino recuerdo estremecido de «aquella otra vez». El rojo se oscureció hasta convertirse en negro vertiginoso. 

—¿Te pasa algo, Brown? —preguntó John—. Estás muy pálido. Hugh se repuso y se llevó la mano a la frente. 

—Nada. Volvamos a la cocina. 

—No me puedo quedar más que un minuto —dijo John—. Estoy obligado a vender esas entradas. Tengo que merendar y salir corriendo. 

La cocina, con los impecables paños a cuadros y los cacharros limpios, era en aquel momento la mejor habitación de la casa. Y sobre la mesa esmaltada había una tarta de limón hecha por ella. 

Tranquilizado ante la cocina de todos los días y la tarta, Hugh regresó al vestíbulo y alzó la cabeza para llamar escaleras arriba. 

—¡Madre! ¡Mamá, por favor! 

Tampoco ahora obtuvo respuesta. 

—Mi madre ha hecho la tarta —dijo Hugh. Rápidamente encontró un cuchillo y la cortó, para disipar el sentimiento de terror, cada vez más intenso. 

—¿Crees que la debes cortar, Brown? 

—Por supuesto, Laney. 

Aquella primavera se llamaban por el apellido, a no ser que se les olvidara. A Hugh le parecía deportivo y adulto y en cierto modo espléndido. John le gustaba más que ningún otro de sus condiscípulos. Era dos años mayor y, comparados con él, los otros chicos le parecían un estúpido montón de inútiles. John era el mejor alumno de segundo curso, inteligente pero sin ser el favorito de ningún profesor, y el mejor atleta por añadidura. Hugh estaba en primero y no tenía demasiados amigos; en cierto modo se había apartado de los demás porque tenía muchísimo miedo. 

—Mamá siempre me prepara algo apetitoso para cuando vuelvo de clase. —Colocó una generosa porción de la tarta en un plato para John… para Laney. 

—Está buena de verdad. 

—La tapa es de galletas integrales machacadas, en lugar de la masa normal de las tartas —dijo Hugh—, porque la masa da mucho trabajo. A nosotros nos parece que la masa hecha con galletas integrales es igual de buena. Claro que mi madre podría hacer masa corriente si quisiera. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 17 de abril de 2026

"AMOR ES ...". Un poema de Dulce María Loynaz

Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces….
Amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…

Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro…

Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…

Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar …

¡Amor es resucitar!

jueves, 16 de abril de 2026

"ESE OBJETO REPLETO DE PALABRAS". Un artículo de Pilar Adón, Premio Nacional de Narrativa 2023 (El País 23 ABR 2024)

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar el libro en pro de la orgía tecnológica

Una persona que lee libros es una persona sospechosa. Y cuantos más libros lea, más sospechas despertará. Soy consciente de que un texto como este va destinado a incondicionales de la lectura. Simpatizantes y lectores habituales de libros que, como yo, no se sienten sospechosos en su día a día. Pero cambiemos la perspectiva, giremos el punto de vista y centrémonos en la imagen que ofrecemos cuando leemos un libro en el metro, en un avión, por la calle a veces, en una cafetería, rodeados del bullicio habitual, las voces que no paran porque han de anunciarnos la próxima parada, el precio de la consumición, el contenido del audio de WhatsApp que escucha su receptor y de paso todos los que le rodean. ¿No estamos cometiendo un acto de rebeldía que roza la ofensa? ¿No nos estamos declarando habitantes de un mundo aparte? En la conferencia segunda de Elizabeth Costello, de J. M. Coetzee, la protagonista, que es escritora, se embarca en un crucero en el que ha de dar una charla y mezclarse con los pasajeros porque la pagan por eso, y en el transcurso del viaje conoce a otro escritor invitado que explica que cuando alguien empieza a leer ante él es como si levantara un letrero en el que pusiera: “Dejadme en paz. Lo que estoy leyendo es más interesante de lo que puedes ser tú”. Para él el libro actúa como escudo, arma defensiva que, como tal, protege a quien la usa, pero también ataca. Entre otras razones porque el libro es silencio para los demás. Solo le habla a quien lo lee. Y ese momento de intimidad que se produce a plena luz del día, en que un ser humano lector y un objeto repleto de palabras se funden en una única forma, bajo una envoltura invisible que genera una unión que se diría sensual y al tiempo intelectual, sin duda apasionada y profunda, desconcierta por lo inabordable y lo secreto.

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar tal onanismo lector en pro de la orgía tecnológica. Esa evasión en apariencia más directa y espontánea. Más global. Más solidaria y más del ahora, hasta el extremo de que se diría que rejuvenece. Leer es de ancianos; al navegar, en cambio, alzamos el pendón de la eterna juventud. La propia literatura está repleta de ejemplos de lectores aprensivos, decaídos, molestos, cuando no directamente peligrosos. El Casaubon de Middlemarch; Holden Caulfield; la Annie Wilkes, de Misery, por no hablar de nuestro Quijote o del Jorge de Burgos de El nombre de la rosa. En cambio, ahí tenemos esas cándidas imágenes de influencers que brillan, literalmente, mientras nos hablan de lo mucho que viven y disfrutan, animándonos a un deslumbramiento continuo en nuestra libertad de ejercer un scroll infinito.

Sospechosos somos, pues, para los integrados. Pero, manteniendo el tono de ironía, dirijámonos a los apocalípticos y veamos que nada hay nuevo bajo el sol. Leemos en el Eclesiastés: “De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros”. Ninguna de las variadas adicciones atribuidas a los recientes sistemas de captación de atención es novedosa para los lectores de libros. Veamos algunos ejemplos: lo primero que hacemos al levantarnos y lo último que hacemos antes de dormirnos es mirar el móvil, se nos dice, y respondemos: lo mismo que con un libro. La ansiedad que se genera ante lo limitado de nuestra atención frente a tanta información está directamente relacionada con la que nos entra al pensar en la cantidad de libros que hay por leer y la certeza de que no los abarcaremos nunca. La falta de escucha en cenas familiares, encuentros con amigos, cuando se mira el WhatsApp o los privados de Instagram y nos perdemos parte de la conversación ocurre igualmente al comprender de repente alguna trama de la novela que estemos leyendo o escribiendo. Se acusa a los incondicionales de las redes de que lo que acontece en su móvil les resulta más interesante que lo que tienen al lado; nada original, de nuevo: lo que nos cuentan los libros siempre nos ha parecido más fascinante que lo que sucede a diario, e incluso sentimos que conocemos mejor a los personajes clásicos que a muchos de nuestros familiares. Más casos: se advierte del peligro de vivir encerrados en un mundo digital que no es el auténtico y que nos hace perder el contacto con lo que nos rodea. En el caso de los lectores de ficción, podríamos ir incluso más allá: somos conscientes de que los personajes ni siquiera existen. Al menos los titulares con que nos bombardean las redes se refieren a la realidad, están conectados con ella, hablan de seres que no son pura invención. Se nos avisa también del fenómeno de cámara de eco que nos hace encontrar solo contenidos afines a nuestros gustos e ideas, mensajes que nos refuerzan a la vez que nos aíslan gracias al filtro burbuja, que nos sumerge en un bucle de información sesgada, momento en que los lectores de libros pensamos en cómo uno nos lleva a otro y en los muchos que nos perderemos por las tendencias, las apetencias y necesidades del momento, la orientación de los demás.

Ya la propia invención de la imprenta despertó todo tipo de sospechas, por no hablar de ocasiones como la del acceso de las mujeres a una lectura libre sin la supervisión de un hombre que decidiera qué sí y qué no. En cualquier caso, y visto que somos sospechosos desde una perspectiva y desde la contraria, tras este peculiar planteamiento de tesis y antítesis, pasemos a la síntesis: si hay algo que los nuevos sistemas de entretenimiento masivo no pueden ofrecernos es esa facultad del alma, como dice el Diccionario de la Lengua Española, que nos saca de lo inmediato, nos transforma, nos hace empáticos y nos permite realizar las actividades creativas que nos caracterizan como especie: la imaginación. En palabras de Einstein: “La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado y la imaginación da la vuelta al mundo”. Somos seres fabuladores y frente a las imágenes impuestas, que son como la comida rápida, que aplaca el apetito un rato pero no nutre en condiciones, generamos las mentales gracias a una imaginación que se alimenta, como es bien sabido, de lo que hemos leído en los libros. Frente a la tiranía de la inmediatez, el libro aguarda. Frente al entretenimiento digital, que nos cae de arriba abajo, que no pide ni espera nuestra participación, el libro demanda un diálogo constante, una creación mancomunada. Somos los lectores quienes le otorgamos el poder al libro. Así, el autor propone y el lector dispone. El libro es el gran exponente de la tecnología robusta: está hecho para durar, no necesita variaciones, ha demostrado su resistencia frente a todo tipo de modificaciones sociales, políticas, ambientales… No se le puede pedir mayor rendimiento a un dispositivo de tan reducidas dimensiones, que no necesita enchufes ni batería ni pantallas antirreflejantes y que es capaz de trasladarnos a otros universos. Además, goza de autoridad, particularidad nada desdeñable en tiempos de terror a lo falso. Como enunció Pardo Bazán, “queda lo escrito, todo lo demás no queda”.

"SIEMPRE AMANECE (2026)". Un álbum ilustrado (La Maleta Ediciones, León) escrito por Juan Mata e ilustrado por Carolina Luzón



UNA NOCHE, UN CUERPO INDEFENSO,

UNA SOMBRA, UN ABUSO, UN MIEDO,

UN DAÑO IRREPARABLE.

CON GRAN DELICADENA, AUTOR E ILUSTRADORA

PONEN IMÁGENES AL HORROR

DE LA VIOLENCIA SEXUAL

CONTRA LA INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA

miércoles, 15 de abril de 2026

"TORQUEMADA EN LA HOGUERA". Una novela corta de Benito Pérez Galdós

Resumen y sinopsis
Benito Pérez Galdós publicaría en 1889 Torquemada en la hoguera, y entre 1893 y 1895 el resto de la serie: Torquemada en la cruz, Torquemada en el purgatorio y Torquemada y San Pedro.
En Torquemada en la hoguera se hace un dibujo preciso del protagonista de la serie, Francisco Torquemada. Es éste un prestamista que ha logrado amasar un interesante capital a base de prestar dinero con usura, exprimiendo sin piedad a los desgraciados que por necesidad caían en sus manos.
Tacaño hasta llegar a la mezquindad, Torquemada sufrirá el duro golpe de ver enfermar a su hijo, un niño prodigio, genio de las matemáticas. En esa crisis, su naturaleza quedará patente. Aconsejado por amigos, trata de humanizarse y congraciarse con Dios, para rogarle que salve a su hijo. Sin embargo, su espíritu de negociante quiere convertir esa operación en un cambalache por el que compra con buenas obras la vida de su hijo.

domingo, 12 de abril de 2026

"ANTE UN ESPEJO". Un poema de Nancy Morejón selccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

En la poesía de la poeta cubana Nancy Morejón aparece de forma constante la cuestión de la negritud, pues ella misma tiene ascendencia africana. Su maestro fue Nicolás Guillén del que tomará inspiración para ahondar en temas relacionados con las raíces, el mestizaje y la esclavitud desde una mirada de mujer y, especialmente, de una mujer negra. He elegido, sin embargo, para este primer domingo de abril el poema ‘Ante un espejo’, que dedica a su amiga y también escritora Sonia Rivera Valdés, y en el que plantea un asunto que atañe a tantas personas en tantos lugares, también en Cuba, como es el del abandono voluntario de la ciudad y el país donde se ha nacido y se ha vivido en busca de nuevos horizontes, nuevos aires que respirar. Una huida que nunca lo es del todo, pues allá donde se vaya, aunque sea muy lejos, siempre estarán presentes los sonidos, las imágenes, los olores de la geografía que se deja atrás. (Andrea Villarrubia Delgado)

ANTE UN ESPEJO

Si decidieras irte de la ciudad,
de tu ciudad,
en busca de nuevos horizontes,
de fortuna
o tal vez de una pasión sin precedentes,
la ciudad, esta ciudad,
aún inconsciente de sus ruinas,
emprenderá tu acecho
siguiéndote los pasos.
Alguna tarde cálida
(tú sobre los puentes
de algún río caudaloso pero ajeno)
nuestra ciudad sepultará,
bajo un aroma extraño,
los años transcurridos
antes y después de Cristo.
No hay otro país, ni otra ciudad posibles.
Cuando haya amanecer, no habrá crepúsculo.
Si los parques florecen
cundidos de tulipanes firmes,
entonces el bulevar trae los olores
de tus seres queridos
y, sobre todo, de tus muertos.
Si decidieras irte,
el puerto y las bahías
y los Jardines de la Reina
te escoltarán con sus vapores.
Recorrerás los mismos pasadizos,
los barrios arcaicos del estruendo
con la indolencia de sus bares;
no valdrá un solo verso de Blaise Cendrars
y hasta los mismos cuartos de tu casa sellada
te cercarán con la angustiosa cadencia del engaño.
A donde quiera que te muevas
escucharás el mismo pregón de la mañana;
te llevará el mismo barco andando por la misma ruta
de los perennes emigrantes.
Nada podrá depositarte en ningún sitio.
Aunque hayas monteado el mundo entero,
de castillo en castillo,
de mercado en mercado,
ésta será la ciudad de todos tus fantasmas.
Habrás desgastado tu vida inútilmente
y cuando ya estés vieja,
ante un espejo como el de Cenicienta,
sonreirás algo triste
y en tus pupilas secas
habrá dos rocas fieles
y una esquina sonora de tu ciudad.

NANCY MOREJÓN