domingo, 1 de noviembre de 2026

"SILLÓN VACÍO". Un poema de Juan Carlos Friebe seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poema que hoy comparto pertenece al libro ‘La esteva’, escrito por quien fuera el poeta Juan Carlos Friebe. La esteva es la pieza trasera del arado tradicional con la que el labrador podía dirigir la reja hincada en la tierra. Que ese instrumento dé título al libro es una señal de sus intenciones: introducir el lenguaje a modo de reja en la propia memoria a fin de abrir surcos y removerla. Es fatigoso ese ejercicio, como lo es arar la tierra. Del libro he escogido el poema ‘Sillón vacío’, recuerdo sentido del padre muerto, cuyos gestos y sentimientos reproduce en los mismos espacios que habitó, lamentando su ausencia, echando en falta una conversación en la que padre e hijo se abrazaran entre las ruinas de uno de esos muros que tantas veces aíslan y tanto tardan en derrumbarse, un encuentro antes de que naciera, o renaciera, la poeta Carla Friebe. (Andrea Villarrubia Delgado)

SILLÓN VACÍO
Juan Carlos Friebe

Está llorando en su sillón vacío.

A veces, cuando paso por allí, frente al televisor, le sigo viendo.

Solloza como un niño emocionado por un regalo que sueña y no espera recibir: y se merece.

Está llorando en su sillón vacío.

Está llorando solo en su solo salón.

Tanto tiempo después, hoy he mirado hacia el sillón donde él solía estar sentado, taciturno, a veces hosco

Y como si temiera despertarle de su profundo sueño a él me acerco con pasos quedos en la alfombra hojaldre;

y como si temiera herirle pongo con cuidado mis manos en sus hombros, pidiéndole perdón, como él hacía:

y como si temiera abandonarle para siempre y perderle, de nuevo, otra vez

estoy llorando en su sillón vacío, estoy llorando solo en su solo salón abrazado a su cáncer y a sus lágrimas mientras vemos caer en ruina el Muro que levantamos juntos

y

juntos

derribamos.

sábado, 31 de octubre de 2026

"EL INCORDIO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ". Laia Arcusa, infoLibre.es

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez,
recién casados
Zenobia Camprubi espiga aquí y allá en sus diarios los momentos de cólera, desesperación, resistencia y tormenta con la auténtica nota discordante (y esencial) de su vida, el propio Juan Ramón

“Pero nada es suficiente cuando sé que, para conseguirlo, rogué”. Zenobia Camprubí nunca escribió esta frase, que pertenece a una de las últimas canciones de Olivia Rodrigo. Sin embargo, sí que dejó escrito en la entrada de su diario el 3 de mayo de 1938: “Todas estas cosas que yo hubiera aceptado con agradecimiento de habérsele ocurrido a él originalmente, solo las puedo tomar ahora con una sonrisa forzada, después de catorce meses de vivir reprimida y como premio para consuelo del perdedor”. (I: 198)

El último de los trabajos de Zenobia Camprubí fue el más difícil y comprometido de todos, como recogen los tres tomos de sus diarios escritos entre 1937, al inicio del exilio al que parte junto a Juan Ramón, y 1956, año en que su escritura se detiene solo un mes antes de fallecer. Entre las innumerables visitas al dentista y el exhaustivo archivo de conocidos a los que ha escrito alguna carta, entre visitas al sastre y citas para desayunar o cenar con este o aquel, no deja de sonar una y otra vez en sus diarios la misma nota discordante: Juan Ramón Jiménez.

Es innegable que Juan Ramón apagó la vida social de Zenobia, y la suya propia, y del mismo modo, es indudable que revivió su escritura. Consigue que la mujer que asegura escribir los diarios “sin intención de expresar lo mío” pronuncie una confesión, aunque a medias, del verdadero desafío que fue su matrimonio. Ningún crítico ni académico se atreverá a cuestionar que Zenobia y Juan Ramón se quisieron durante más de 40 años, pero si incluso el mismo escritor le reconocía a Zenobia: “¡Y cómo te merecí / yo no puedo comprenderlo!”, quizá es momento de subrayar lo que ninguno de los dos pudo esconder en su escritura: su amor fue también un tormento.

Para Zenobia, ella y Juan Ramón eran verdaderamente dos ríos que iban al mismo mar, las dos personas sobre la faz de la tierra más opuestas en carácter, temperamento y formas de entender la vida transformándose en una sola por amor. El carácter sociable, activo, curioso, irrefrenable de Zenobia, contenido por el mínimo gesto de lamento de Juan Ramón, aquejado por sus manías y rarezas, nostálgico de su hogar, meditabundo y testarudo. Todo aquello que lo distingue de ella le hace quererlo y al mismo tiempo aborrecerlo en silencio: la incurable obsesión con la utilidad que presenta Zenobia en una lucha constante con la ociosidad intratable que consumía a Juan Ramón en las épocas más tristes de su enfermedad. El inicio de una “dependencia espantosa” de la que nunca pudieron liberarse.
Sacrificio y sacrificados

Juan Ramón era Zenobia y Zenobia era Juan Ramón. Zenobia no solo trabajaba con el poeta o para él, lo que ha quedado más que probado en la historia, Zenobia pensaba por Juan Ramón. Es ella quien llevaba el peso de la vida familiar, social y profesional de ambos: se ocupaba de conseguir nuevos contratos y oportunidades editoriales, se preocupaba por mantener los lazos con amigos y colegas literarios cuando Juan Ramón no podía, o no quería, y asumía la responsabilidad de gestionar la economía de la pareja para poder subsistir. Y, por otro lado, la vida en su significado más amplio: era Zenobia quien pensaba en el futuro y tomaba las decisiones del presente. En estos diarios los papeles se han repartido claramente: Zenobia es quien se sacrifica en todos los actos, Juan Ramón quien aplaude en todos los descansos, y la relación de ambos es en muchos casos lo sacrificado: “Si sacrifico algo con un fin –escribe el 20 de mayo de 1938–, estoy muy poco satisfecha de desperdiciar la oportunidad, ahora que no tengo nada que hacer aquí, de hacer algunas cosas que he querido hacer en los EEUU desde hace tanto, solo para que Juan Ramón malgaste el tiempo hablando hora tras hora con toda esta gente aburrida del hotel”.

La sensación de renuncia es continua en los tres tomos, e incluso llega a significar priorizar la salud del ser querido a la propia. Se comprenden mejor las entradas del 26 y del 27 de diciembre de 1937 si se leen de forma conjunta: “el primer deseo y el más ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia. Si no pesaran sobre mí tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona”. Aunque al día siguiente sabe que “nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca. Por otra parte, si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera. A veces estoy harta de todo, y creo que ya que vivimos solo una vez es demasiado no poder vivir la propia vida”.

La propia vida se deshace para poder construir con las ruinas la del otro. Sumida en este rol de cuidadora, Zenobia trazó una serie de engaños y amenazas con la única intención de despertar el ánimo de Juan Ramón, de provocar una reacción de alarma en él. Un portazo que lejos de ser el adiós definitivo era un grito de auxilio, el recordatorio de que seguía allí, con él. De que siempre lo estaba, o casi siempre. El 8 de abril de 1955 Zenobia va al límite “porque me ha prometido por teléfono antes de mi regreso, que estaba de acuerdo con los tres puntos de mi carta, porque ha tenido una reacción muy fuerte al enterarse por mi carta que yo me había ido y que solo volvería si él aceptaba mis condiciones”. O el 14 de febrero de 1956 inventa nuevas estrategias: “Se dejó pelar gracias a mi método duro que inauguré esta semana. Le aseguré que haríamos una vida completamente independiente, que él haría lo que le diera la gana y yo también”.

Un empezar y dejar a medias las maletas, interrumpir la vida constantemente porque estaba convencida de que, si ella “estuviera ausente más tiempo, sería mejor”. Y, en consecuencia, cuando los mil intentos se acababan vistiendo de fracaso, una y otra vez, la culpa: “Yo tengo la culpa de que no vaya bien siempre, porque no domino mi paz interior y no puedo esparcir paz a mi alrededor cuando no la tengo dentro”. Zenobia, como Juan Ramón, no era la culpable, pero se sabía responsable y no pretendía disimularlo en sus diarios: “Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis grandes cóleras, llena de justa indignación y le dije que me iba a visitar a mi familia indefinidamente”.
Rayos y truenos

Los años, en lugar de templarles, como suspiraba ocasionalmente en el segundo tomo de su diario, volvieron las pausas entre los relámpagos todavía más cortas. Si Juan Ramón era el rayo: “Sus salidas intempestivas sin explicación. Yo acababa de conseguir que se dejara pelar la cabeza y barba por primera vez en un mes [...] no sin que antes montara en cólera y me estrujase con rabia un brazo”, Zenobia era el trueno: “Un día durísimo con que he perdido los estribos porque J.R. consiguió hacerme saltar los nervios, con lo que di un golpe tan formidable en la mesa que se ha volcado mi vaso de leche y se ha regado hasta por el suelo. Estaba arrepentida hasta ver el buen efecto que había tenido en J.R.”.

Y a veces, la calma o el perdón, como el 28 de agosto de 1955: “Parece estarle dando vueltas a lo desgraciada que me ha hecho con sus enfermedades, las analiza y las sitúa”, en el fondo porque “el pobre es tan bueno que, en medio de su ansiedad extrema, me pide perdón por las molestias y las inquietudes que me causa”. Y entonces, en la eterna partida de ajedrez le toca el turno a Zenobia: “y luego estoy tan triste por haberle hablado fuerte delante de la gente. Él siempre tan dulce que no contesta mal nunca, y yo me destrozo porque lo quiero más que a nada en el mundo”. Por eso a veces todo se soluciona hablando “mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro”, sabiendo que “solo se perdieron el camino” y que solo importa en realidad estar “juntos en cualquier parte”, sobre todo cuando “uno se da cuenta de que le va ya quedando poco de estar juntos”.

Quizá no pueda decirse que Zenobia fue “estropeada por un mal matrimonio”, como ella señalaba de otras mujeres, pero tampoco puede sostenerse que era “dueña de su propia vida”, no al menos completamente, no mientras vivía inmersa en “la atmósfera de lucha con J.R.” que le “perturbaba la vida entera”. Tal vez si ella no encontró nunca el “sentido” que tenía “permitirle acabar con su existencia”, sea una pregunta que merece memoria y no respuesta.

Es fácil imaginar a Zenobia leyendo estas líneas con expresión molesta, un periódico menos que almacenar en la pequeña habitación del hotel en Cuba. Quizá incluso las leería en alto para Juan Ramón. ¿Y nosotros? Nosotros leemos atrapados en esos viejos cuadernos “la relación de los dos”, que es como lo dice Zenobia Camprubí.

viernes, 30 de octubre de 2026

"A IMAGEN Y SEMEJANZA". Un cuento de Mario Benedetti.

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

 FIN

jueves, 29 de octubre de 2026

"TRANSFORMACIÓN" Un poema de Adam Zagajewski

No he escrito un solo poema
en meses.
He vivido humildemente, leyendo el diario,
reflexionando sobre el enigma del poder
y los motivos para la obediencia.
He visto puestas de sol
(carmesí, ansiosa),
he escuchado a los pájaros volverse silentes
y al mutismo de la noche.
He visto girasoles balanceando
sus cabezas al atardecer, como si un verdugo descuidado
hubiera salido a caminar por los jardines.
El dulce polvo de septiembre reunido
en las ventanas y lagartijas
escondidas en los dobleces del muro.
He dado grandes caminatas
anhelando una cosa solamente,
luz,
transformación:
tú.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL RENCOR Y LA SOBERBIA". Luis García Montero, infoLibre.es

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo

Los buenos poetas aprenden que para escribir conviene conocer el carácter de las palabras. Así es, porque las palabras son seres vivos que se mueven por la realidad sin someterse a un significado establecido. Van de un sitio para otro. No se debe nunca, desde luego, olvidar el significado original de las palabras. Al utilizarlas, nombramos el mar, el amor, la tierra, la salud, la escuela, los hijos, los abuelos, el trabajo, el día o la noche…, y en ese ámbito humano podemos entendernos para caminar por las orillas, abrir la ventana, comprender el estado de la luz y cuidar a la familia. Pero a la hora de escribir también resulta necesario elegir con cuidado el uso de las palabras, meditar sobre lo que resulta oportuno elegir o borrar, los matices y las prisas, porque las palabras son seres vivos y pueden enfermar, podemos enfermar, en el interior de la conciencia.

Uno se pone a escribir de forma ilusionada un poema de amor y de pronto empieza a dar vueltas la palabra deseo. Quizá no resulta pertinente utilizarla en esta ocasión, pero el deseo insiste, se enfada, grita, aquí estoy yo, nos recuerda lo importante que fue en otros poemas, el papel que jugó, el valor que tiene, su convencimiento de ser indispensable en la retórica de la vida y en las relaciones nacionales o internacionales del vocabulario. Así que la palabra deseo se pone insoportable y exige estar, porque necesita ser, y quiere ser para estar y estar para ser. Nada más y nada menos. Muy rencorosa la palabra deseo si uno piensa que en este momento ya no hace falta contar con ella.

Pero otras veces el problema no es el rencor. Algunos desplazamientos internos son significativos porque las sílabas se desnudan para hacer presente su soberbia. Debajo de los rencores suelen esconderse las soberbias. Uno dice que está bien, que ya vale, que va a utilizar la palabra deseo y le busca cabida en el poema para mantener un diálogo sensato entre la realidad y el deseo. Pero entonces el deseo se crece, pasa del orgullo a la soberbia y se pone a mirar desde las alturas a todos los verbos y a todas las adjetivaciones, da codazos a cualquier sustantivo, salta por los complementos directos hacia los complementos indirectos. Acaba por imponerse como la única palabra, yo y el deseo, yo y nada más, en un ejercicio de extrema soberbia.

La escritura del poema siente así el terremoto de las soberbias y los rencores, las palabras pierden su sentido original. Puede desaparecer la intención original de la escritura, por ejemplo, la mirada sobre un mundo habitado por abuelas, amantes, padre e hijos, gente que necesita amarse, cuidarse, defender la educación y la salud, los derechos laborales y la dignidad personal. Entonces parece necesario llegar a un acuerdo, cuidar los significados originales y la intención primera de los versos, pedirle a la palabra deseo que tenga en cuenta el contexto, que no se pase, que no sacrifique a sus rencores y a su soberbia el contenido original de la escritura, esa escritura que nos permite habitar una casa digna y repartir de manera justa las propiedades.

Resulta lastimoso el fracaso de las palabras que se convierten en enemigas de su significado original. En vez de ampliar matices, llegar a acuerdos amplios, se llega a confundir el amor con el odio, la ilusión con el desprecio y el compromiso con los infiernos egoístas. Escribir exige entonces una voluntad amplia y una frente activa para saber elegir. No sólo defenderse de los enemigos externos, sino también de los rencores y las soberbias de los falsos amigos que acaban aliándose con el bando contrario. Corregir es un ejercicio imprescindible en la escritura, aprender a borrar, comprender lo que sobra. Sólo así se consigue defender el sentido original de las ilusiones.

martes, 27 de octubre de 2026

"EL ESPEJO Y LA MÁSCARA". Un cuento de Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:

—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?

—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.

El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:

—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.

—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.

Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.

Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 26 de octubre de 2026

"EL CORAZÓN QUE RÍE". Un poema de Charles Bukowski

tu vida es tu vida
no dejes que sea golpeada contra la húmeda sumisión
mantente alerta
hay salidas

hay una luz en algún lugar
puede que no sea mucha luz pero
vence a la oscuridad

mantente alerta
los dioses te ofrecerán oportunidades
conócelas
tómalas

no puedes vencer a la muerte pero
puedes vencer a la muerte en la vida, a veces
y mientras más a menudo aprendas a hacerlo
más luz habrá

tu vida es tu vida
conócela mientras la tengas

tú eres maravilloso
los dioses esperan para deleitarse
en ti.