viernes, 6 de noviembre de 2026

Ignatius Farray y el teatro: "Es el espacio que la humanidad ha creado para encontrar la verdad". Enrique Aparicio, Publico.es

Ignatius Farray en un espectáculo en 2022

Figura creativa y mediática difícil de clasificar, el canario aspira a trascender su acercamiento a la comedia bajo el influjo del dramaturgo Juan Mayorga

Hay pasiones que nos acompañan desde siempre, y otras que parecen esperarnos para cruzarse con nosotros en el momento indicado. Cuando el cómico Ignatius Farray se dejó caer por el teatro María Guerrero de Madrid para ver la obra El golem, firmada por Juan Mayorga, no sabía hasta qué punto esa función iba a transformarle. Probablemente lo sospechaba el segundo día que acudió. Lo reconfirmaría el tercero. Lo terminó de comprender el cuarto. Y, en el quinto, se fusionó con lo que allí contemplaba. "Al final el acomodador me decía cuando me veía aparecer: bienvenido de nuevo, Míster Gole", recuerda entre risas.

La trayectoria del autor del grito sordo más famoso de España modificó su rumbo tras su devota asistencia a esta obra, que define como "una gran reflexión sobre el lenguaje, sobre qué hacemos con las palabras y qué nos hacen las palabras a nosotros". En una de estas ocasiones, se encontró con Juan Mayorga. "Fue muy amable conmigo, intercambiamos los teléfonos y me comentó que dirigía un máster sobre creación teatral en la Universidad Carlos III, al que me acabé matriculando". Ahí la órbita de su creación terminaría de desgajarse de su rumbo anterior.

La inquietud del canario le ha llevado a escribir libros, crear series de televisión, presentar formatos audiovisuales y subirse a mil y un escenarios. Con una experiencia de un cuarto de siglo frente al público, formarse en teoría y práctica teatral le ha proporcionado "un horizonte. No sé si seré capaz de integrar todo lo aprendido, pero sí tengo un horizonte al que mirar levantando la cabeza. Muchas veces los artistas nos perdemos, no sabemos qué hacer, por dónde seguir, no se nos ocurren ideas… De hecho, como artista la mayoría del tiempo estás perdido. Y todas estas reflexiones me sirven para apuntar a una utopía, sea capaz o no de avanzar hacia ella".

Del máster, recuerda especialmente una clase dedicada al proscenio, el espacio añadido al escenario durante el barroco para el momento del soliloquio. "A diferencia del monólogo, que es el momento en que un personaje acapara la palabra, el soliloquio se genera cuando el personaje atraviesa algo que le conmueve tan profundamente que no es suficiente con dirigirse al resto de personajes. Es un instante trascendente que solo se puede compartir con el público. Es el momento de 'ser o no ser' o 'la vida es sueño' el momento en que te la estás jugando". Él lleva toda una vida encaramándose a ese espacio.

Para el cómico, el teatro es "el espacio que la humanidad ha creado para encontrar la verdad. En el teatro no se habla por hablar, no se dicen las cosas por decir. Cuando uno dice una verdad, cada palabra escogida te pone en riesgo, porque puede ser malentendida. Te la juegas, por eso es tan importante que lo dices". No cuesta imaginar cómo esta profundización en la esencia del teatro ha tocado a una persona que se entrega en cada actuación.

Y eso que Ignatius Farray no aspiraba a subirse a un escenario, más bien se topó con él. "Soy una persona con un conflicto interno grande, como todos. El mío es que soy muy correcto, muy amable, todo el mundo me lo dice", desarrolla. "Y no es que eso sea falso, pero parte de esa amabilidad es pura cobardía. Yo no me atrevo a vacilarte en la vida normal, no soporto que puedas pensar que te estoy mirando por encima del hombro. Esa corrección en la que me refugiaba venía del puro miedo, y es la que me hace llegar al escenario".

Su historia no es la de alguien que fantaseaba con la luz de los focos y el aplauso del público, sino que acabó sobre las tablas "por pura necesidad. Descubrí que en ese espacio sí se me permitía ser obsceno. Es curioso porque obsceno etimológicamente significa lo que ocurre fuera del escenario, lo que los otros no pueden ver. Esa obscenidad genera un vínculo muy estrecho entre las personas, por eso salimos conmocionados tras ver un espectáculo".

Una obscenidad que en sus espectáculos se siente, se palpa, se ve y hasta se lame. "Mucha gente me dice que debería dejar de chupar pezones o de enseñar la p*lla. Me dicen: se te ve un tío inteligente, no tienes necesidad de hacerlo". Lo que suele responder es que, si se atreve a "compartir alguna reflexión filosófica o comentario social en mis espectáculos, es porque sé que después me voy a sacar la p*lla. Si no lo hiciera, me sentiría muy pedante. La p*lla genera el equilibro", ríe.

Con la p*lla fuera o no, los estudios que realizó con Juan Mayorga ya han tenido impacto en su trabajo. "En el máster también me interesé por la danza, que nunca pensé que podía tener tanto que ver con lo que hago en un escenario. Fruto de ese interés me he unido a la bailarina Poliana Lima, con la que estoy creando un show, que nace de la última Feria del Libro de Madrid". Al canario le ofrecieron "montar una performance, y lo que hicimos fue deconstruir mi show de comedia en forma de pequeñas poesías, y en los silencios entre una y otra Poliana entraba bailando. Yo la acompañaba, de repente la gente se animaba y entraba también…".

El show comenzó con Ignatius a voz en grito, porque pidió que no hubiera microfonía para asemejarse lo más posible "a un juglar que llega a un pueblo. Eso generó un espacio muy interesante con el público. La gente se contagió y empezaron a participar, hasta el punto de que la actuación terminó celebrando mi propio funeral". Un espectáculo más abstracto que quiere seguir investigando: "Me inspira mucho el Niño de Elche, que viniendo del flamenco ha acabado haciendo unas performances muy teatrales. De una manera humilde, me gustaría llegar con la comedia a esa deconstrucción que él ha hecho con el flamenco".

Pero antes, ocupará el verano a disfrutar con la familia en su Tenerife natal, y en La Palma con su mujer, la también cómica Petite Lorena. Después, además de continuar avanzando en la performance, por primera vez plantea organizar una gira con todas las letras. "Llevo 25 años actuando en los sitios según me van llamando, y me hace ilusión montar una gira de verdad, ahora que todavía tengo empuje y fuerza". A sus 52 años ya está "viajando con medias de compresión", así que tiene "que aprovechar mientras tenga fuerzas y ganas". Y como el show tiene mucho que ver con la actualidad política, ya tiene el título idóneo: Fascismo del bueno. Si acuden a verlo y en algún momento Ignatius se acerca al proscenio, ya saben de dónde viene la inspiración.

jueves, 5 de noviembre de 2026

"AUSENCIA". Un cuento de Cristina Fernández Cubas, Premio Cervantes 2026

Te sientes a gusto aquí. Estás en un café antiguo, de veladores de mármol y camareros decrépitos, apurando un helado, viendo pasar a la gente a través del cristal de la ventana, mirando de vez en cuando el vetusto reloj de pared. Las once menos cuarto, las once, las once y diez. Hasta que de pronto -y no puedes explicarte cómo ha podido ocurrir- sólo sabes que estás en un café antiguo, apurando un helado, viendo pasar a la gente a través de los cristales y mirando de vez en cuando hacia el reloj de pared. «¿Qué hago yo aquí?», te sorprendes pensando. Pero un sudor frío te hace notar que la pregunta es absurda, encubridora, falsa. Porque lo que menos importa en este momento es recordar lo que estás haciendo allí, sino algo mucho más sencillo. Saber quién eres tú.

Tú eres una mujer. De eso estás segura. Lo sabes antes de ladearte ligeramente y contemplar tu imagen reflejada en la luna desgastada de un espejo con el anuncio de un coñac francés. El rostro no te resulta ajeno, tampoco familiar. Es un rostro que te mira asombrado, confuso, pero también un rostro obediente, dispuesto a parpadear, a fruncir el ceño, a dejarse acariciar las mejillas con sólo que tú frunzas el ceño, parpadees o te pases, no muy segura aún, una mano por la mejilla. Recuperas tu posición erguida junto al velador de mármol y abres el bolso. Pero ¿se trata de tu bolso? Miras a tu alrededor. Habrá sólo unas cuatro o cinco mesas ocupadas que un par de camareros atiende con una mezcla de ceremonia y desgana. El café, de pronto, te recuerda un vagón restaurante de un expreso, pero no te paras a pensar qué puedes saber tú de vagones restaurantes o de expresos. Vuelves al bolso. El color del cuero hace juego con los zapatos. Luego, es tuyo. Y la gabardina, que reposa en la silla de al lado, también, en buena lógica, debe de ser tuya. Un papel arrugado, junto a la copa del helado y en el que se leen unos números borrosos, te indica que ya has abonado la consumición. El detalle te tranquiliza. Hurgas en el bolso y das con un neceser en el que se apiñan lápices de labios, colorete, un cigarrillo deshecho... «Soy desordenada», te dices. Abres un estuche plateado y te empolvas la nariz. Ahora tu rostro, desde el minúsculo espejo, aparece más relajado, pero, curiosamente, te has quedado detenida en la expresión «empolvarse la nariz». Te suena ridícula, anticuada, absurda. Cierras el neceser y te haces con la cartera. Ha llegado el momento definitivo, y a punto estás de llamar al camarero y pedirle un trago fuerte. Pero no te atreves. ¿Hablarán tu idioma? O mejor: ¿cuál es tu idioma? ¿Cómo podrías afirmar que la luna del espejo en que te has mirado por primera vez anuncia un coñac francés? Algo, dentro de ti, te avisa de que estás equivocando el camino. No debes preguntarte más que lo esencial. Estás en un café -no importa averiguar ahora cómo sabes que esto es un café-, has tomado un helado, el reloj marca las once y diez, y no tienes la menor idea de quién puedas ser tú. En estos casos -porque de repente te parece como si estuvieras preparada para «estos casos»- lo mejor, decides, es no perder la calma. Aspiras profundamente y abres la cartera.

Lo primero que encuentras es una tarjeta de crédito a nombre de Elena Vila Gastón. El nombre no te resulta extraño, tampoco familiar. Después un carnet de identidad con una foto que se te parece. El documento ha sido expedido en el 87 y caduca diez años más tarde. ¿Qué edad tendrás tú? Y también: ¿en qué año estamos? ¿Qué día es hoy? En uno de los ángulos del café observas unas estanterías con periódicos y allí te diriges decidida. Hay diarios en varios idiomas. Sin hacerte demasiadas preguntas escoges dos al azar. El día varía, pero no el año. 1993. Regresas a tu velador junto a la ventana, cotejas fechas y calculas. «Nacida en el 56. Luego, treinta y siete años.» De nuevo una voz te pregunta cómo es que sabes contar y no te has olvidado de los números. Pero no le prestas atención ―no debes hacerlo― y sigues buscando. En la cartera hay además algún dinero y otro carnet con el número de socia de un club de gimnasia, de nuevo una dirección y un teléfono. Al principio no caes en la cuenta de la importancia que significa tener tu propio número de teléfono. Te has quedado sorprendida de que te guste la gimnasia y también con la extraña sensación de que a este nombre que aparece por tercera vez, Elena Vila Gastón, le falta algo. «Helena», piensas, «sí, me gustaría mucho más llamarme Helena.» Y entonces recuerdas ―pero no te detienes a meditar si «recordar» es el término adecuado― un juego, un entretenimiento, una habilidad antigua. De pequeña solías ver las palabras, los nombres, las frases. Las palabras tenían color. Unas brillaban más que otras, algunas, muy pocas, aparecían adornadas con ribetes, con orlas. Elena era de un color claro, luminoso. Pero Helena brillaba todavía más y tenía ribetes. Como Ausencia. De pronto ves escrita la palabra «ausencia». La letra es picuda y está ligeramente inclinada hacia la derecha. «Ausencia», te dices. «Eso es lo que me está ocurriendo. Sufro una ausencia.» Y por un buen rato sigues con el juego. Café es marrón, Amalia, rojo, Alfonso, gris-­‐‐plomo, mesa, entre beige y amarillo. Intentas recordarte a ti, de pequeña, pero sólo alcanzas a ver la palabra «pequeña», muy al fondo, en colores desvaídos y letras borrosas. Repites Amalia, Alfonso... Y, por un instante, crees que estos nombres significan algo.  CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 4 de noviembre de 2026

"LA DICHA". Un poema de Jorge Luis Borges

El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.

martes, 3 de noviembre de 2026

"LA ESCUELA DESPUÉS DEL FRACASO". Nacho Meneses, El País

Dos alumnos del ciclo de FP Básica en Mantenimiento de Vehículos
La Formación Profesional de Grado Básico demuestra que otra forma de enseñar puede cambiar la trayectoria de muchos jóvenes que habían roto con el sistema educativo

Algunos adolescentes llegan a la Formación Profesional de Grado Básico después de haber aprendido a ocupar siempre el mismo lugar: el del alumno que suspende, falta a clase o acaba convencido de que estudiar no es para él (o ella). Otros llegan desde mucho más lejos: han cruzado fronteras, apenas hablan español y todavía intentan encontrar su sitio en un país nuevo. A primera vista tienen poco en común, y sin embargo, muchos comparten una misma sensación: la de no sentirse parte de la escuela.

En España son ya más de 84.000 los alumnos que la cursan. Jóvenes que no llegan únicamente con lagunas académicas, sino que también cargan con una relación rota con el aprendizaje. Algunos han pasado años escuchando que no se esfuerzan lo suficiente. Otros simplemente dejaron de entender qué sentido tenía seguir entrando cada mañana en un aula donde solo acumulaban derrotas. Cuando aparecen por primera vez en un ciclo de Grado Básico, el reto ya no consiste solo en enseñarles un oficio o ayudarles a aprobar unas asignaturas. Antes hay una tarea mucho más difícil: conseguir que vuelvan a creer que ese lugar también puede ser para ellos. Esa batalla, coinciden docentes, directores e investigadores, empieza reconstruyendo el vínculo con la escuela.

Eso explica por qué algunos centros están obteniendo resultados que hace apenas unos años parecían improbables. En un contexto en el que poco más de la mitad del alumnado logra completar la FP de Grado Básico (56% entre los estudiantes españoles y 42% entre los inmigrantes), hay institutos que contra todo pronóstico consiguen que muchos continúen hasta titular y den el salto a un grado medio. La pregunta no es qué tienen de extraordinarios esos alumnos.... sino qué hacen de distinto esos centros cuando los reciben.

En el CIFP Tony Gallardo, en Las Palmas de Gran Canaria, la respuesta empezó con una autocrítica. Porque, durante años, habían intentado ayudar a un alumnado que llegaba tras haber fracasado en la ESO... utilizando, en el fondo, las mismas reglas del juego. “Seguíamos haciendo lo que el sistema educativo hacía de manera tradicional”, resume Agar García, su directora. Así que el equipo directivo decidió que el cambio debía empezar por ellos mismos.

Para Mónica Moso, responsable del Centro de Conocimiento e Innovación de CaixaBank Dualiza, ahí está precisamente una de las cuestiones más interesantes: cuando centros con alumnado de perfiles muy similares obtienen resultados tan diferentes, la explicación no puede buscarse únicamente en las características de los estudiantes, sino también en cómo se organiza la respuesta educativa. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 2 de noviembre de 2026

"EL GUARDAVÍAS". Un cuento de Charles Dickens

-¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!

Cuando oyó la voz que así lo llamaba se encontraba de pie en la puerta de su caseta, empuñando una bandera, enrollada a un corto palo. Cualquiera hubiera pensado, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no cabía duda alguna sobre la procedencia de la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, hacia donde yo me encontraba, sobre un escarpado terraplén situado casi directamente encima de su cabeza, el hombre se volvió y miró hacia la vía. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, pero, aunque me hubiera ido en ello la vida, no habría sabido explicar en qué consistía, mas sé que fue lo bastante especial como para llamarme la atención, a pesar de que su figura se veía empequeñecida y en sombras, allá abajo en la profunda zanja, y de que yo estaba muy por encima de él, tan deslumbrado por el resplandor del rojo crepúsculo que sólo tras cubrirme los ojos con las manos, logré verlo.

-¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!

Dejó entonces de mirar a la vía, se volvió nuevamente y, alzando los ojos, vio mi silueta muy por encima de él.

-¿Hay algún camino para bajar y hablar con usted?

Él me miró sin replicar y yo le devolví la mirada sin agobiarle con una repetición demasiado precipitada de mi ociosa pregunta. Justo en ese instante el aire y la tierra se vieron estremecidos por una vaga vibración transformada rápidamente en la violenta sacudida de un tren que pasaba a toda máquina y que me sobresaltó hasta el punto de hacerme saltar hacia atrás, como si quisiera arrastrarme tras él. Cuando todo el vapor que consiguió llegar a mi altura hubo pasado y se diluía ya en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y lo vi volviendo a enrollar la bandera que había agitado al paso del tren. Repetí la pregunta. Tras una pausa, en la que pareció estudiarme con suma atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unas dos o tres yardas de distancia. «Muy bien», le grité, y me dirigí hacia aquel lugar. Allí, a base de mirar atentamente a mi alrededor, encontré un tosco y zigzagueante camino de bajada excavado en la roca y lo seguí.

El terraplén era extremadamente profundo y anormalmente escarpado. Estaba hecho en una roca pegajosa, que se volvía más húmeda y rezumante a medida que descendía. Por dicha razón, me encontré con que el camino era lo bastante largo como para permitirme recordar el extraño ademán de indecisión o coacción con que me había señalado el sendero.

Cuando hube descendido lo suficiente para volverlo a ver, observé que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en actitud de estar esperándome. Tenía la mano izquierda bajo la barbilla y el codo descansando en la derecha, que mantenía cruzada sobre el pecho. Su actitud denotaba tal expectación y ansiedad que por un instante me detuve, asombrado. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 1 de noviembre de 2026

"SILLÓN VACÍO". Un poema de Juan Carlos Friebe seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poema que hoy comparto pertenece al libro ‘La esteva’, escrito por quien fuera el poeta Juan Carlos Friebe. La esteva es la pieza trasera del arado tradicional con la que el labrador podía dirigir la reja hincada en la tierra. Que ese instrumento dé título al libro es una señal de sus intenciones: introducir el lenguaje a modo de reja en la propia memoria a fin de abrir surcos y removerla. Es fatigoso ese ejercicio, como lo es arar la tierra. Del libro he escogido el poema ‘Sillón vacío’, recuerdo sentido del padre muerto, cuyos gestos y sentimientos reproduce en los mismos espacios que habitó, lamentando su ausencia, echando en falta una conversación en la que padre e hijo se abrazaran entre las ruinas de uno de esos muros que tantas veces aíslan y tanto tardan en derrumbarse, un encuentro antes de que naciera, o renaciera, la poeta Carla Friebe. (Andrea Villarrubia Delgado)

SILLÓN VACÍO
Juan Carlos Friebe

Está llorando en su sillón vacío.

A veces, cuando paso por allí, frente al televisor, le sigo viendo.

Solloza como un niño emocionado por un regalo que sueña y no espera recibir: y se merece.

Está llorando en su sillón vacío.

Está llorando solo en su solo salón.

Tanto tiempo después, hoy he mirado hacia el sillón donde él solía estar sentado, taciturno, a veces hosco

Y como si temiera despertarle de su profundo sueño a él me acerco con pasos quedos en la alfombra hojaldre;

y como si temiera herirle pongo con cuidado mis manos en sus hombros, pidiéndole perdón, como él hacía:

y como si temiera abandonarle para siempre y perderle, de nuevo, otra vez

estoy llorando en su sillón vacío, estoy llorando solo en su solo salón abrazado a su cáncer y a sus lágrimas mientras vemos caer en ruina el Muro que levantamos juntos

y

juntos

derribamos.

sábado, 31 de octubre de 2026

"EL INCORDIO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ". Laia Arcusa, infoLibre.es

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez,
recién casados
Zenobia Camprubi espiga aquí y allá en sus diarios los momentos de cólera, desesperación, resistencia y tormenta con la auténtica nota discordante (y esencial) de su vida, el propio Juan Ramón

“Pero nada es suficiente cuando sé que, para conseguirlo, rogué”. Zenobia Camprubí nunca escribió esta frase, que pertenece a una de las últimas canciones de Olivia Rodrigo. Sin embargo, sí que dejó escrito en la entrada de su diario el 3 de mayo de 1938: “Todas estas cosas que yo hubiera aceptado con agradecimiento de habérsele ocurrido a él originalmente, solo las puedo tomar ahora con una sonrisa forzada, después de catorce meses de vivir reprimida y como premio para consuelo del perdedor”. (I: 198)

El último de los trabajos de Zenobia Camprubí fue el más difícil y comprometido de todos, como recogen los tres tomos de sus diarios escritos entre 1937, al inicio del exilio al que parte junto a Juan Ramón, y 1956, año en que su escritura se detiene solo un mes antes de fallecer. Entre las innumerables visitas al dentista y el exhaustivo archivo de conocidos a los que ha escrito alguna carta, entre visitas al sastre y citas para desayunar o cenar con este o aquel, no deja de sonar una y otra vez en sus diarios la misma nota discordante: Juan Ramón Jiménez.

Es innegable que Juan Ramón apagó la vida social de Zenobia, y la suya propia, y del mismo modo, es indudable que revivió su escritura. Consigue que la mujer que asegura escribir los diarios “sin intención de expresar lo mío” pronuncie una confesión, aunque a medias, del verdadero desafío que fue su matrimonio. Ningún crítico ni académico se atreverá a cuestionar que Zenobia y Juan Ramón se quisieron durante más de 40 años, pero si incluso el mismo escritor le reconocía a Zenobia: “¡Y cómo te merecí / yo no puedo comprenderlo!”, quizá es momento de subrayar lo que ninguno de los dos pudo esconder en su escritura: su amor fue también un tormento.

Para Zenobia, ella y Juan Ramón eran verdaderamente dos ríos que iban al mismo mar, las dos personas sobre la faz de la tierra más opuestas en carácter, temperamento y formas de entender la vida transformándose en una sola por amor. El carácter sociable, activo, curioso, irrefrenable de Zenobia, contenido por el mínimo gesto de lamento de Juan Ramón, aquejado por sus manías y rarezas, nostálgico de su hogar, meditabundo y testarudo. Todo aquello que lo distingue de ella le hace quererlo y al mismo tiempo aborrecerlo en silencio: la incurable obsesión con la utilidad que presenta Zenobia en una lucha constante con la ociosidad intratable que consumía a Juan Ramón en las épocas más tristes de su enfermedad. El inicio de una “dependencia espantosa” de la que nunca pudieron liberarse.
Sacrificio y sacrificados

Juan Ramón era Zenobia y Zenobia era Juan Ramón. Zenobia no solo trabajaba con el poeta o para él, lo que ha quedado más que probado en la historia, Zenobia pensaba por Juan Ramón. Es ella quien llevaba el peso de la vida familiar, social y profesional de ambos: se ocupaba de conseguir nuevos contratos y oportunidades editoriales, se preocupaba por mantener los lazos con amigos y colegas literarios cuando Juan Ramón no podía, o no quería, y asumía la responsabilidad de gestionar la economía de la pareja para poder subsistir. Y, por otro lado, la vida en su significado más amplio: era Zenobia quien pensaba en el futuro y tomaba las decisiones del presente. En estos diarios los papeles se han repartido claramente: Zenobia es quien se sacrifica en todos los actos, Juan Ramón quien aplaude en todos los descansos, y la relación de ambos es en muchos casos lo sacrificado: “Si sacrifico algo con un fin –escribe el 20 de mayo de 1938–, estoy muy poco satisfecha de desperdiciar la oportunidad, ahora que no tengo nada que hacer aquí, de hacer algunas cosas que he querido hacer en los EEUU desde hace tanto, solo para que Juan Ramón malgaste el tiempo hablando hora tras hora con toda esta gente aburrida del hotel”.

La sensación de renuncia es continua en los tres tomos, e incluso llega a significar priorizar la salud del ser querido a la propia. Se comprenden mejor las entradas del 26 y del 27 de diciembre de 1937 si se leen de forma conjunta: “el primer deseo y el más ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia. Si no pesaran sobre mí tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona”. Aunque al día siguiente sabe que “nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca. Por otra parte, si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera. A veces estoy harta de todo, y creo que ya que vivimos solo una vez es demasiado no poder vivir la propia vida”.

La propia vida se deshace para poder construir con las ruinas la del otro. Sumida en este rol de cuidadora, Zenobia trazó una serie de engaños y amenazas con la única intención de despertar el ánimo de Juan Ramón, de provocar una reacción de alarma en él. Un portazo que lejos de ser el adiós definitivo era un grito de auxilio, el recordatorio de que seguía allí, con él. De que siempre lo estaba, o casi siempre. El 8 de abril de 1955 Zenobia va al límite “porque me ha prometido por teléfono antes de mi regreso, que estaba de acuerdo con los tres puntos de mi carta, porque ha tenido una reacción muy fuerte al enterarse por mi carta que yo me había ido y que solo volvería si él aceptaba mis condiciones”. O el 14 de febrero de 1956 inventa nuevas estrategias: “Se dejó pelar gracias a mi método duro que inauguré esta semana. Le aseguré que haríamos una vida completamente independiente, que él haría lo que le diera la gana y yo también”.

Un empezar y dejar a medias las maletas, interrumpir la vida constantemente porque estaba convencida de que, si ella “estuviera ausente más tiempo, sería mejor”. Y, en consecuencia, cuando los mil intentos se acababan vistiendo de fracaso, una y otra vez, la culpa: “Yo tengo la culpa de que no vaya bien siempre, porque no domino mi paz interior y no puedo esparcir paz a mi alrededor cuando no la tengo dentro”. Zenobia, como Juan Ramón, no era la culpable, pero se sabía responsable y no pretendía disimularlo en sus diarios: “Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis grandes cóleras, llena de justa indignación y le dije que me iba a visitar a mi familia indefinidamente”.
Rayos y truenos

Los años, en lugar de templarles, como suspiraba ocasionalmente en el segundo tomo de su diario, volvieron las pausas entre los relámpagos todavía más cortas. Si Juan Ramón era el rayo: “Sus salidas intempestivas sin explicación. Yo acababa de conseguir que se dejara pelar la cabeza y barba por primera vez en un mes [...] no sin que antes montara en cólera y me estrujase con rabia un brazo”, Zenobia era el trueno: “Un día durísimo con que he perdido los estribos porque J.R. consiguió hacerme saltar los nervios, con lo que di un golpe tan formidable en la mesa que se ha volcado mi vaso de leche y se ha regado hasta por el suelo. Estaba arrepentida hasta ver el buen efecto que había tenido en J.R.”.

Y a veces, la calma o el perdón, como el 28 de agosto de 1955: “Parece estarle dando vueltas a lo desgraciada que me ha hecho con sus enfermedades, las analiza y las sitúa”, en el fondo porque “el pobre es tan bueno que, en medio de su ansiedad extrema, me pide perdón por las molestias y las inquietudes que me causa”. Y entonces, en la eterna partida de ajedrez le toca el turno a Zenobia: “y luego estoy tan triste por haberle hablado fuerte delante de la gente. Él siempre tan dulce que no contesta mal nunca, y yo me destrozo porque lo quiero más que a nada en el mundo”. Por eso a veces todo se soluciona hablando “mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro”, sabiendo que “solo se perdieron el camino” y que solo importa en realidad estar “juntos en cualquier parte”, sobre todo cuando “uno se da cuenta de que le va ya quedando poco de estar juntos”.

Quizá no pueda decirse que Zenobia fue “estropeada por un mal matrimonio”, como ella señalaba de otras mujeres, pero tampoco puede sostenerse que era “dueña de su propia vida”, no al menos completamente, no mientras vivía inmersa en “la atmósfera de lucha con J.R.” que le “perturbaba la vida entera”. Tal vez si ella no encontró nunca el “sentido” que tenía “permitirle acabar con su existencia”, sea una pregunta que merece memoria y no respuesta.

Es fácil imaginar a Zenobia leyendo estas líneas con expresión molesta, un periódico menos que almacenar en la pequeña habitación del hotel en Cuba. Quizá incluso las leería en alto para Juan Ramón. ¿Y nosotros? Nosotros leemos atrapados en esos viejos cuadernos “la relación de los dos”, que es como lo dice Zenobia Camprubí.