lunes, 9 de marzo de 2026

"LAS DESNUDAS". Un cuento de Emillia Pardo Bazán

Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies, recuerdo que, predispuestos a la melancolía y a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino, bueno o malo, que en esto precisamente estriba la libertad. -Pertenece mi historia -añadió- a un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve a piedad y a horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla, descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resultado del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y hasta loable.

Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia -supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes; al oír su nombre, persignábanse las mujeres y rompían a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado.

Si en alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su formidable palabra al general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en el frente al Manco yéndole a los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando a su gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el Manco, amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; encontró el medio de no faltar a su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas a través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido e injuriado mármol, el Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con risa bestial: «Ahora ya pueden volverse a su madriguera estas carcundas».

Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos a un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de conducta intachable, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados a la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas a la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del Manco, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban “Las desnudadas", y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos ojos impuros. Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse a la ventana ni siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año…

-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri, interrumpiéndolo-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptan un género de vida absolutamente idéntico.

-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el Manco. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir a los enfermos y amparar a los niños abandonados.

Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí a medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada. En cuanto a la otra…

-¿Murio también? -preguntamos.

-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma.

-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?

-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo a sus trabajos domésticos ya sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes… Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción de Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz.

domingo, 8 de marzo de 2026

"TÚ ME QUIERES BLANCA". Un poema de Alfonsina Storni

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada

Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.

"PASAPORTE". Un poema de Rosario Castellanos seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

He compartido en alguna otra ocasión un poema de la poeta mexicana Rosario Castellanos, pero hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, la quiero recordar de nuevo con el poema ‘Pasaporte’, incluido en su ‘Obra poética 1948-1971’, publicada en 1972. La osadía de tantas mujeres en el mundo a lo largo de los siglos no las ha convertido en heroínas ni les ha permitido inscribir sus nombres en los libros de historia. Las ha conducido las más de las veces al infierno del silencio y el olvido. Pero fueron libres, dignas y valientes. Sirvan los versos de hoy para recordarlas, para agradecer su lucha por mejorar las condiciones de vida y trabajo de las mujeres, por exigir sus derechos, más aún en un momento en que sus conquistas se están poniendo en cuestión, como si se quisiera revivir las servidumbres de antaño. (Andrea Villarrubia Delgado)

PASAPORTE

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.
Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco.
Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.
Pero sí de palabras,
muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.

Pero si es necesaria una definición
para el papel de identidad, apunte
que soy mujer de buenas intenciones
que he pavimentado
un camino directo y fácil al infierno.

ROSARIO CASTELLANOS

sábado, 7 de marzo de 2026

"MALALA YOUSAFZAI: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Patricia R. Blanco, El País.

La activista paquistaní visita España en el marco de una campaña internacional para lograr que el “borrado sistemático” de mujeres en Afganistán sea reconocido como crimen de lesa humanidad

Malala no necesita apellido. Basta decir su nombre sin pronunciar Yousafzai para activar imágenes reconocibles: es la niña que desafió a los talibanes en su Pakistán natal, la activista que consagró su vida a la educación de las niñas y que, con 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Es una “heroína”, una “inspiración”, una persona “predestinada a la grandeza”. Son las etiquetas que enumera con distancia la propia Malala y que describen las expectativas que otros depositaron sobre ella cuando, con 15 años, un talibán le disparó en la cabeza. Lo cuenta en su último libro, Finding My Way (Encontrando mi camino), publicado en octubre. “No puedo escapar de la sensación de que una mano gigante me sacó de una historia y me dejó caer en otra completamente nueva. A los 15 años, no había tenido tiempo de descubrir quién quería ser cuando, de repente, todo el mundo quería decirme quién era”, escribe.

Acaba de visitar Madrid, donde se cumple el guion de esa segunda parte de la historia. No pasará más de 12 horas en España. La agenda es quirúrgica: reuniones institucionales con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y con el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, sin apenas tiempo para los medios de comunicación. La acompaña Sahar Halaimzai, directora ejecutiva de Malala Fund, que interviene cuando la conversación se adentra en los vericuetos del derecho internacional.

El objetivo del viaje de Malala es muy concreto: impulsar un movimiento mundial para que el borrado sistemático de las mujeres en Afganistán sea reconocido y tipificado como “apartheid de género”. El momento es clave, porque Naciones Unidas negocia un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad y codificar “el borrado de las mujeres de la vida pública” permitiría cerrar el vacío legal que hoy deja esos abusos sin una herramienta específica para perseguirlos.

En persona, Malala habla pausadamente y mide cada palabra. Sabe —lo reconoce en el libro— cómo esquivar preguntas que podrían convertir su nombre en un arma arrojadiza. También asume que no puede escapar de las cuestiones sobre su atentado, una parte de su vida que siente “muy lejana” —ahora tiene 28 años— pero que “llena el aire” cada vez que entra en una sala. No evita la política, pero la reconduce y la devuelve siempre a un eje: la educación como fundamento de la igualdad.


viernes, 6 de marzo de 2026

"FELICIDAD". Un cuento de Antonio Ortuño

“Conocí a la mujer de mi vida antes de que nacieras. Tu hermano era pequeño entonces”. Eso dijo mi padre. Contuvo sin garbo la tos y engulló la saliva que obstruía su gañote. “Apenas cruzamos palabra el primer día. Pero nos encariñamos luego hasta el punto de enfermarnos si nos alejábamos”.

“¿Y qué sucedió?”, pregunté con más compasión que interés, acomodándole la cabeza en los almohadones y ayudándolo a enderezarse en el lecho hospitalario. “Tu madre lo notó enseguida y me desanimó. La gente con hijos no debe divorciarse, me dijo. Tenía razón. Las felicidades se baten a duelo y una de ellas debe morir. En mi caso, el matrimonio y la paternidad aniquilaron la felicidad que ofrecía la mujer de mi vida: le hice caso a tu madre y nunca volví a verla”.

Dijo esto y se abandonó a la inconsciencia. Estaba pálido y mal rasurado. Me aseguré de que el suero fluyera a sus arterías y el oxígeno a sus pulmones y salí de la habitación. No me enamoran los hospitales. Tampoco acostumbro dedicar pensamientos a palabras como felicidad.

Mi madre merodeaba por la cafetería. Levantó las cejas al verme, preguntándome por la salud del marido, aunque sin vocalizarlo. Eso jamás. “Me contó lo de la mujer de su vida. Al menos esa historia no la había oído antes”, le dije. Ante ella, solía escenificar un papel de fastidio permanente por todo lo que tuviera que ver con mi padre. Esa farsa me había evitado las largas charlas de desengaño dedicadas a mi hermano. Reconocí desde pequeño que mi padre era la mierda más repulsiva del planeta. ¿Para qué rebatir una idea tan útil a la convivencia familiar?

Mi hermano vino a relevarme por la noche, en cuanto lo dejaron salir del trabajo. Llegó preparado para una velada de amor filial: un libro, ropa cómoda, revistas viejas para tener a mano si nuestro padre era atacado por el insomnio. “Pasó un día pésimo. Me contó tres veces la misma historia y no me reconoció durante parte de la mañana. Deberías pedir que lo seden”, recomendé, aunque sabía que no aceptaría mi consejo. Esperaba beberle palabras de sabiduría incluso en el lecho de muerte. Su elusiva muerte, hay que decir. “No pasarán más de quince días”, había pronosticado el médico cuando ordenó la hospitalización. Pero tres semanas habían llegado y marchado sin que los pulmones de mi padre dejaran de cumplir su labor.

Desayuné con mi madre en la cafetería del hospital antes de relevar a mi hermano. Parecía irritada. No puso atención a lo que narré mientras tomaba el pan con café —anécdotas sin interés sobre enfermeras y médicos—. “Ahora es irreversible y debería decirles todo”, dijo, repentina, cuando apuraba el cigarro final. “Lo de tu padre entonces. Y lo mío entonces. Sobre todo lo mío”.

Presentí confesiones. Pero ya había desperdiciado mis vacaciones encerrado allí y no deseaba convertirme ahora en recipiente de su culpa. “Habla con Pablo. Le diré que baje. Estoy retrasado y querrá desayunar”, pretexté antes de meterme al elevador y evadirme de los blancos dedos de mi madre, que me llamaban.

A mi hermano le ordené que la viera en la cafetería. Le costó trabajo soltarle la mano a nuestro padre, que resollaba como un tren expreso. “Cuídalo”, susurró mientras recogía sus revistas. Revisé las cánulas del suero y el oxígeno y me eché a dormir. Y lo hice hasta que alguien me despertó sin delicadeza. Una enfermera de pechos grandes como panes. “Su madre tuvo un colapso. Debe ir a urgencias”.

Apenas entendí la noticia mientras nos abríamos paso hacia allá. Eludimos mujeres con pañales adultos bajo las batas y ancianos cerúleos y frágiles que aparecían por decenas a nuestro paso, como un ballet decadente y espantoso. Mi hermano lloraba, agazapado en la entrada de un quirófano. Una enfermera lo reconfortaba ofreciéndole una píldora calmante.

“Estaba mal desde que mi padre fue desahuciado”. Eso expliqué al director del hospital, en su oficina, mientras firmábamos los papeles que autorizaban cremar los restos.

No era el momento para preguntar a mi hermano si había llegado a confesarle algo antes de morir. La mesera de la cafetería, cuando me servía el desayuno del día siguiente, refirió que mi madre, instalada en una mesa del rincón desde nuestra llegada al hospital, gastaba el día en murmurar y fumar, corroída por alguna idea perversa, recurrente. Omití otras indagaciones.

Mi padre murió días después. Fue sepultado junto a mi madre, en la cripta familiar. Su lápida decía: “Fueron felices y dieron felicidad”. Pienso que mi hermano la compró escrita. Espero que a buen precio.

jueves, 5 de marzo de 2026

"REFUGIADOS". Un poema de Adam Zagajewski.

Encorvados por una carga
que a veces es visible, otras no,
avanzan por el barro, o arena del desierto,
inclinados, hambrientos,

hombres taciturnos con gruesos caftanes,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas con caras llenas de arrugas
llevando algo, que puede ser un bebé, una lámpara
(familiar), o quizá la última hogaza.

Esto puede ser Bosnia, hoy,
Polonia en septiembre del 39, Francia
(ocho meses después), Turingia en el 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.

Siempre hay un carro, o como mínimo un carretón
repleto de tesoros (colchas, tazas de plata,
y el aroma de casa que se evapora rápidamente),
un coche sin gasolina, abandonado en la cuneta,
un caballo (será traicionado), nieve, mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,
y esta inclinación tan característica,
como hacia otro planeta mejor, un planeta
que tiene generales con menos ambición,
menos cañones, menos nieve, menos viento,
menos Historia (este planeta, por desgracia,
no existe, sólo existe la inclinación).

Arrastrando las piernas
van despacio, muy despacio
al país de Ningún Sitio,
a la ciudad Nadie
en la orilla del río Nunca.

miércoles, 4 de marzo de 2026

"MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA PADRES EN LA ERA DIGITAL". Dra. Beatriz Martínez (2026), Madrid, Espasa

Nuestros hijos crecen rodeados de pantallas, notificaciones y algoritmos. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria para aprender y conectar, pero también un riesgo para su atención, su autoestima y sus relaciones. ¿Cómo acompañarlos sin caer en el alarmismo ni en el «todo vale»?

Desde una mirada clínica —como psiquiatra infantil y de la adolescencia—, y también desde su experiencia personal como madre, la Dra. Beatriz Martínez ayuda a entender cómo el entorno digital influye en el desarrollo cerebral, emocional y social. Con ejemplos reales, evidencia actualizada y herramientas prácticas, aborda temas clave: el uso temprano de pantallas y su efecto en la atención, el papel de las redes sociales en la construcción de la identidad y la imagen corporal, la influencia en la autoestima y los riesgos emergentes como la desinformación, la pornografía, el sexting o el ciberacoso. También analiza fenómenos propios de esta época, como el FOMO, la inmediatez y la desconexión afectiva en hogares hiperconectados. Finalmente, ofrece estrategias realistas para introducir el móvil y establecer límites sin convertirlo en una batalla diaria.

Sin demonizar la tecnología, este libro enseña a poner límites con cariño, fomentar el pensamiento crítico y criar con presencia, conexión y calma en un mundo acelerado y digitalizado.