sábado, 19 de septiembre de 2026

"DE CÓMO EL DR. JOB PAUPERSUM LE TRAJO ROSAS A SU HIJA". Un cuento de Gustav Meyrink

En el famoso café de lujo “Stefanie” de Munich, y en altas horas de la noche, se hallaba sentado, rígido, con la mirada perdida, un anciano de aspecto por demás singular. La corbata deshilachada y dejada en absoluta libertad, más la frente poderosa que casi le llegaba hasta la nuca, revelaba al hombre docto, al académico de relevancia. Aparte de una barba plateada y rala que parecía escapada de una pléyade de chinches, cuyo extremo inferior cubría aquella parte central del chaleco donde a los grandes pensadores les suele faltar un botón, el anciano caballero poseía muy poco que valiera la pena mencionarse en cuanto a bienes terrenales. Para decirlo con absoluta precisión: nada.

Tanto más vivificante le resultó, por consiguiente, que ese parroquiano de vestimenta tan mundana y lustroso bigote negro que hasta ese momento estuviera sentado junto a la mesa del rincón de enfrente llevándose a la boca de tanto en tanto un trozo de pescado frío, haciendo gala de un delicado manejo del cuchillo (momentos en los cuales resaltaban aún más los destellos que despedía el brillante del tamaño de una guinda que lucía en el meñique elegantemente estirado), y que entre bocado y bocado lo obsequiara con miradas asaz observadoras, se levantara limpiándose a boca, cruzara el local casi vacío, se inclinara cortésmente ante él y preguntara:

-¿Gustaría el caballero jugar una partida de ajedrez?… ¿Digamos, por un marco la partida?

Fantasmagóricas escenas a todo color, referidas al derroche y la opulencia, se fueron sucediendo rápidamente ante los ojos mentales del académico, y mientras su corazón maravillado murmuraba: “A este bruto me lo manda Dios”, sus labios ya le estaban ordenando al camarero que justamente se había acercado para ocasionar, como era su costumbre, una serie de complicadas perturbaciones en el funcionamiento de las bombillas de luz:

-¡Julián, un tablero de ajedrez!

-Si no me equivoco, tengo el honor de conversar con el Dr. Paupersum, ¿no es así? -retomó el diálogo el hombre de mundo.

-Job… este, hm, sí… Job Paupersum -le confirmó distraídamente el académico, pues estaba como hechizado por la monumental esmeralda que bajo el aspecto de una lucecilla de automóvil, pero cumpliendo la función de un alfiler de corbata, adornaba el cuello de su interlocutor.

Fue con la llegada del tablero de ajedrez que se quebró el embrujo y pudo actuar nuevamente con entera libertad; colocó las piezas, fijó con saliva la cabeza de un caballo que estaba floja y reemplazó la torre que faltaba con una cerilla convenientemente doblada, todo en un abrir y cerrar de ojos. A partir de la tercera jugada el hombre de mundo se desprendió de sus binóculos, adoptó una pose por demás pedante y se sumió en hondas cavilaciones CONTINUAR LEYENDO

viernes, 18 de septiembre de 2026

"SOY PLATEADA Y EXACTA. NO TENGO PREJUICIOS ..." Un poema de Sylvia Plath

Soy plateada y exacta. No tengo prejuicios.
Todo lo que veo lo trago de inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.
La mayor parte del tiempo lo paso meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré que 
me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión su verdadero ser.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y el reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y va.
Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.
En mi, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.

jueves, 17 de septiembre de 2026

"DALE MEDIO PAN Y UN LIBRO". Elvira Lindo, El País

De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, ante las amenazas criminales de la IA

Cada vez que algún creador, sea escritor, pintor, cineasta, músico o qué sé yo, declara ante un público, cautivo por la admiración, que los temores que suscita la tecnología de los tecnooligarcas son idénticos a los que provocó en su momento el nacimiento de la imprenta, una estrellita del cielo, ay, pierde su luz. No lo hacen por tranquilizarnos, lo que desean es no ser tildados de vejestorios, y aunque en el fondo de su ser sepan que están diciendo una gran idiotez muy manida, prefieren soltarla a quedar como un hombre o una mujer de otro tiempo. Si se les habla de las pérdidas de trabajos, apelan a la revolución industrial, como si esto no fuera más que otra revolución industrial; si se les enfrenta a la idea de que el hombre podrá ser desterrado de contar historias, actividad esencial que lo distingue, dirán que la IA solo reproducirá las obras imitables por su mediocridad haciendo una criba que solo permitirá crear a los genios. Entiendo que quien defiende esta idea se tiene a sí mismo o a sí misma por uno de esos genios que se salvarán de la hoguera. Si se defiende el pulso del ilustrador o el buen arte del traductor, afirmarán que tanto da si es que el ojo y el oído no reparan en la diferencia. Si se les avisa de que las plataformas ya nos están vendiendo música artificial, responderán con una sonrisa que solo deberemos intranquilizarnos cuando la máquina sepa crear un Bob Dylan. Y a los demás, que les zurzan.

Esta tolerancia sarcástica con el nuevo tsunami se adorna a menudo con palabras de Sócrates, porque se entiende que el rechazo a lo novedoso viene de antiguo. El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse. De nada ha servido que hubiera quien alertara de que la mente humana se volverá perezosa (ahí está el resultado escolar de nuestra infancia) y de que necesitamos la actividad artística aunque no sea para pasar a la historia del arte. García Lorca lo dijo mejor que nadie: “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”. No estoy tan segura de que lo pidamos a gritos como de que lo necesitemos para no convertirnos en esclavos.
Escribía yo el pasado domingo sobre el revelador artículo de Timothy Garton Ash sobre las amenazas criminales de la IA. Esta semana un joven extrabajador de Anthropic ha dimitido alertando de que una acción no regulada de la IA puede acabar con la humanidad antes de 2030. Hay quien cuenta que antes los empollones de Silicon Valley se marchaban con una carta de despedida en la que agradecían la experiencia. El cuento ha cambiado, ahora afirman haber visto el lado oscuro y, asustados, se retiran a la naturaleza y a escribir poesía hasta el fin de los tiempos, atormentados por el monstruo que han contribuido a crear. De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, desprendiéndose de todo rastro de cinismo. Ellos, los poderosos que nos han tomado como rehenes, están preparándose para el fin del mundo. “En un giro extraño del cuento del Viejo Testamento”, avisa Naomi Klein, “estos oligarcas que se han arrogado el papel de Dios, no contentos con construirse el arca, están haciendo lo imposible por provocar el diluvio”.

No, esto no es la irrupción de la imprenta, ni una revolución industrial como aquella. Antes que nada, resistámonos, no adaptemos nuestra mente a la pereza. Si has tenido un hijo, no les entregues su cabeza: pierde el tiempo contándole un cuento. Crea un lector, un soñador, contribuye a crear una sociedad donde no todo esté destinado a ser rentable. Dale medio pan, y un libro. Esa idea simple y subversiva es la que contribuyó a que Lorca fuera tan amado como odiado.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

"CAPERUCITA ROJA EN UNA VERSIÓN POLÍTICAMENTE CORRECTA". Por James Finn Garner, de su libro "Cuentos infantiles políticamente correctos", Barcelona, Circe, 2017

Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta frescay agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era. 

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. 

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta. 

—Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió. 
—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques. 
Respondió Caperucita: 
—Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino. 

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho. 

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo: 

—Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca. 
—Acércate más, criatura, para que pueda verte —dijo suavemente el lobo desde el lecho. 
—¡Oh! —repuso Caperucita— Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! 
—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida. 
—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva. 
—Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida. 
—Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes! 
Respondió el lobo: 
—Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla. 

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal. 

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar enla cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente. 

—¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita. 

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios. 

—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre? 

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

FIN

martes, 15 de septiembre de 2026

"HOGAR DE ANCIANAS". Un poema de Sylvia Plath

Fragmentadas en negro, como escarabajos,
frágiles como loza antigua ,
un soplo podría romperse en pedazos,
las ancianas se arrastran aquí
para tomar el sol en las rocas o apoyarse
contra la pared
cuyas piedras mantienen un poco de calor.
Las agujas se tejen en un contrapunto de pico de pájaro
a sus voces:
Hijos, hijas, hijas e hijos,
Distantes y fríos como fotos,
Nietos que nadie conoce.
La edad viste el mejor tejido negro,
rojo óxido o verde como los líquenes.

El canto de la lechuza, los viejos fantasmas acuden
para sacarlos del césped.
Desde las camas encajonadas como ataúdes,
las señoras con gorro sonríen.
Y la Muerte, ese buitre calvo,
se cala en los pasillos donde la mecha de la lámpara se
acorta con cada respiración.

lunes, 14 de septiembre de 2026

"ALGUNOS PENSAMIENTOS A PROPÓSITO DE LA LECTURA Y EL INFORME PISA 2025 (Por si ayudan a la reflexión). Juan Mata Anaya

  • Los resultados del Informe PISA 2025 con respecto a la comprensión lectora tienen poco que ver con las leyes educativas, de modo que podríamos ahorrarnos el bochorno de la intemperancia y las banalidades de los políticos y sus improvisados corifeos a la hora de responsabilizar del fracaso a las leyes del contrario.
  • Pensar que la mera redacción de leyes y normas puede transformar el ejercicio de la lectura en los colegios y los institutos es de ilusos, cuando no de irresponsables.
  • Es más que probable que muchos de los que claman estos días contra los malos resultados del Informe PISA ni sean lectores ni les interese lo más mínimo lo que ocurre en los centros escolares. Hacer aspavientos es más fácil que generar pensamientos.
  • Nadie tiene, por mucho que lo pregone, una solución infalible y definitiva para el problema de la lectura, por lo que convendría no incurrir en la mala costumbre de presentarse públicamente como redentor del mundo.
  • Es muy fácil y confortador achacar a los alumnos toda la culpa de sus déficits intelectivos, y en especial de su capacidad de lectura, como si la sociedad en su conjunto no tuviera nada que ver con el asunto. Los adultos son a menudo tan responsables o más de esas carencias.
  • En el aprendizaje de la lectura intervienen múltiples y complejos factores, de manera que resulta estéril centrar las críticas en uno solo de ellos, por lo general el más acorde con los intereses particulares de quienes opinan.
  • El aprendizaje de la lectura no es lineal, ni uniforme, ni evidente, por lo que resulta falaz hablar de alumnas o alumnos en general, como si todos vivieran en la misma familia, en los mismos hogares, en los mismos barrios, en la misma cultura.
  • No todos los alumnos entran en los centros escolares en las mismas condiciones. El aprendizaje de la lectura no es una trayectoria que todos recorren a la par y al mismo ritmo. Para unos es como correr en una llanura, para otros es como escalar una montaña. Las desigualdades cuentan.
  • La familia es un componente fundamental en el aprendizaje y estímulo de la lectura, pero no a todas se les puede pedir el mismo compromiso ni la misma aptitud.
  • La ubicación, el funcionamiento, los objetivos y las experiencias de los centros escolares juegan un papel determinante en el aprendizaje y promoción de la lectura. No es solo una cuestión de métodos o voluntades.
  • La comprensión lectora no es la consecuencia inmediata de aprender a descifrar. Su dominio es progresivo y constante, y promoverlo es tarea de todos los profesores, sin distinción de especialidades académicas. En cualquier caso, merecería la pena reflexionar qué ocurre (o qué no ocurre) para que a lo largo de los 13 años que dura la enseñanza obligatoria en España haya alumnas y alumnos que no aprendan a leer y escribir como debieran.
  • La formación del profesorado en ese campo es muy mejorable, de modo que no podemos dar por sentado que las prácticas docentes en las aulas con respecto a la lectura son todo lo fructíferas que sería de desear.
  • Con respecto a la lectura, la nostalgia no ayuda a entender bien el presente, como tampoco la fatalidad. Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, cualquier tiempo futuro no tiene por qué ser necesariamente tenebroso. Ni todos los adolescentes de antes eran brillantes y maduros, ni los de ahora son cretinos y montaraces.
  • La lectura es una práctica cultural que no depende únicamente de la escuela, sino que implica al conjunto de la sociedad. No se pueden subestimar las bibliotecas públicas, denigrar públicamente el conocimiento y la razón, hacer de los parlamentos sucedáneos de peleas de gallos, menospreciar a quienes se interesan por la literatura o la danza contemporánea... y luego exigir a los adolescentes altos rendimientos en el campo de la lectura.
  • Achacar las carencias de comprensión lectora solo a la omnipresencia de las pantallas es un tanto simplista. No se puede considerar la desatención o el desinterés de los alumnos actuales como una repentina plaga bíblica o una acelerada mutación genética causada por la adicción al móvil. La transformación social y cultural del mundo es tan profunda y acelerada que centrar la causa de los bajos índices de lectura en un hábito reciente dificulta el entendimiento de lo que en realidad está pasando.
  • Merecería la pena equiparar la situación que afecta a la infancia y la adolescencia con la que sufren los adultos y de la que apenas se habla. Las tecnologías de la información y el entretenimiento son inventos de los mayores, para uso predominante de los mayores, para recreo de los mayores, para enriquecimiento de los mayores, de modo que resulta un tanto farisaico fijarse solo en las repercusiones en los menores.
  • No estaría de más preguntarse qué papel juega en estos resultados la creciente crispación social, la desesperanza de los jóvenes, su precario futuro laboral, las frustrantes promesas de la formación académica, la ansiedad ante el porvenir... Aunque lo parezca, los adolescentes no viven ajenos a las incertidumbres del mundo contemporáneo.
  • Todo lo que rodea a niños y adolescentes influye en la percepción del valor de la lectura y el esfuerzo académico. Un vídeo en TikTok prometiendo hacerse rico sin esfuerzo antes de los 18 años puede tener efectos devastadores, puede demoler en unos minutos cientos de horas de esfuerzo docente en favor de los libros y la formación personal.
  • Resulta grotesco que mientras las redes sociales y la conversación pública se llenan de insultos, exabruptos, falacias, bulos, odios y demás lacras se les pida a los adolescentes que lean, mantengan la compostura, se muestren atentos y curiosos, amen el estudio, se entusiasmen con el conocimiento.
  • La estimación social de la lectura es mínima, roza casi el desdén, lo que no impide sin embargo que se exija a los alumnos excelentes resultados en las pruebas de comprensión lectora. Tal vez las evaluaciones del Informe PISA deberían incluir la hipocresía entre sus variables.
  • Convendría no escribir sobre este asunto con brocha gorda de pintor, sino con pincel de calígrafo, y tampoco solo con tinta negra, sino de distintos colores, de ese modo el paisaje quedaría reflejado con mayor precisión.
  • A la hora de analizar los resultados, pero sobre todo la realidad, sería bueno tratar de no confundir verdad, fantasía y deseo. Y, por supuesto, no incurrir en la obtusa tentación de pensar que la culpa de esta situación es de los demás.
  • El diálogo sereno y confiado de la sociedad en su conjunto es el camino más seguro para resolver este problema acuciante, cuya solución no es fácil, ni rápida, ni inequívoca, ni concluyente.

domingo, 13 de septiembre de 2026

"LA SORPRESA". Un cuento de Stig Dagerman

 

Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.

La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.

La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.

La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:

—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?

El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día. CONTINUAR LEYENDO