lunes, 17 de agosto de 2026

"LA VERDAD EN LITERATURA". Sara Barquinero, El País

La gran debilidad de la ficción es que uno puede identificar las preguntas que plantea un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas

Sobre la mayoría de los escritores pende una maldición, y es que sus lectores intentan averiguar qué hay de verdad (entendiéndose por verdadero autobiográfico) en aquello que han escrito. Esta maldición afecta especialmente a las mujeres jóvenes que escriben novela realista, y resulta más ajena para escritores maduros de terror o ciencia ficción, aunque incluso en el monstruo puede encontrarse el rastro de un trauma arcano: me imagino sin dificultad a amigos de la infancia, enemigos acérrimos o aspirantes a amantes de ese presunto escritor de ciencia ficción estableciendo relaciones peregrinas entre el susodicho monstruo y, por ejemplo, la mala relación que el autor tenía con su padre, o su tacañería neurótica, o su miedo al compromiso.

En mi caso, como he publicado una novela en la que la protagonista es una chica y que sucede en una universidad madrileña, mucha gente ha asumido que cuento la verdad (esto es, algo autobiográfico) de lo que me ha pasado a mí. Parte de esa mucha gente ha querido adivinar quién era el profesor seductor de alumnas, buscando entre mis profesores universitarios, pero lo cierto es que no me basé en ninguno de ellos. Si acaso, trasladé algunos detalles de una experiencia personal con otro sujeto ajeno a la universidad, al que conocí en una escuela de escritura creativa.

Me acordaba de él este verano, no solo por el cansino quién es quién al que a veces me someten, sino por La grasa de la literatura, el artículo de Bárbara Blasco. En ese artículo, Bárbara retrata cómo la comidilla de la Feria del Libro era un escritor que tenía relaciones complicadas con sus estudiantes, que sobrepasaban los límites lógicos de la relación profesor-alumna de escuela creativa y en las que les aspiraba a sus jóvenes pupilas la energía romántica y creativa cual Dementor (¿en quién pensaría J. K. Rowling cuando creó a los Dementores? Una pregunta para el difunto foro de Pottermore). Los pocos detalles que daba (y el cotilleo que generó) me hicieron pensar que el escritor de Bárbara y mi protagonista parecían la misma persona. Sin embargo, diría que el quién es quién no es tan interesante en sí mismo (que la sociedad adivine la identidad de un malhechor solo tiene sentido si aquello de lo que se le acusa entra en el terreno del derecho, y hasta la fecha ser un sinvergüenza no es materia de juzgado, lo cual probablemente es una buena noticia).

La verdad de la literatura no está en su relación de correspondencia con la realidad, ora para identificar historias y traumas de sus autoras, ora para que se convierta en prueba pública, sino en cómo nos abre perspectivas sobre esa misma realidad. Que la gente sepa de quién estamos hablando no va más allá del cotilleo jugoso al que muchos de mis conocidos se han entregado. La pregunta no debería ser quién es, sino qué vamos a hacer con esto.

¿Qué harías si supieras que sobre un compañero de trabajo penden acusaciones de una ristra de cadáveres emocionales? ¿Qué harías si supieras que la exalumna uno de tus ídolos, trabajadores o amigos piensa que le ha robado las ideas para su última novela? ¿Te comprarías el libro? ¿Hablarías con él? ¿Alertarías a sus posibles alumnas y amantes? ¿Lo pondrías de profesor en tu academia de escritura? ¿Le darías una posición de poder? ¿Una editorial? Esa es quizá la gran debilidad de la ficción: uno puede identificar las preguntas que abre un libro y no quererlas responder fuera de sus páginas. Puede abominar ciertas conductas en ese mismo libro y luego replicarlas como testigo mudo. O puede que esa sea la virtud de la literatura. Como en todas las preguntas anteriores, ni tengo ni me corresponde a mí sola tener la respuesta.

domingo, 16 de agosto de 2026

"EL ECLIPSE". Un cuento de Augusto Monterroso.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

FIN

viernes, 14 de agosto de 2026

"SI ME LLAMARAS, SÍ ...". Un poema de Pedro Salinas


¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice:
“No te vayas.”

jueves, 13 de agosto de 2026

"ANDALUCÍA ROJA Y "LA BLANCA PALOMA". Manuel Chaves Nogales (2012), Córdoba, Almuzara


En este volumen se reúnen tres grandes reportajes que Manuel Chaves Nogales realizó en Andalucía para su periódico, Ahora, en distintos momentos de la República: la serie titulada genéricamente «Con los braceros del campo andaluz» (noviembre de 1931), «Semana Santa en Sevilla» (abril del 35), y el que da título al volumen, «Andalucía roja y “la Blanca Paloma”» (junio del 36). Son amplias piezas donde se mezclan las temáticas andaluza, etnográfica, religiosa, socioeconómica y política. El periodista consigue reflejar una evolución gradual de un clima altamente politizado, que pasa del aire prerrevolucionario, en sus jornadas con los trabajadores del campo, al claro clima de preguerra en su particular romería del Rocío, pasando por sus magistrales páginas dedicadas a una Semana Santa totalmente convulsionada en el momento republicano. La inmediatez de la visión periodística no es obstáculo para las cargas de profundidad a la hora de mostrar, por ejemplo, las contradicciones de su amada República, o las de un pueblo andaluz entre la revolución y la devoción. En todas las piezas aquí reunidas, el contexto histórico y de actualidad impone su ley y saca a flote todo tipo de presagios, a veces auténticas realidades de preguerra. La honestidad y maestría periodística, el desencanto por el momento histórico, y el antitotalitarismo de cualquier signo, que manifiesta Chaves Nogales, contrastan con la situación hasta evidenciar el desastroso derrumbe que estaba por venir. Pero sólo una mano maestra como la de Chaves Nogales pudo ser capaz de llenar su trabajo periodístico de un jugo intemporal que hace de su lectura hoy un ejercicio del que no deberíamos prescindir.

miércoles, 12 de agosto de 2026

"LA MAÑANA DESPUÉS DEL INCENDIO". Un cuento de Maeve Brennan

Desde mis cinco años hasta casi los dieciocho, vivimos en una casa pequeña en un barrio de Dublín llamado Ranelagh. En nuestra calle, todas las casas eran de ladrillo rojo y tenían pequeños jardines detrás, parte de cemento y parte de hierba, separados unos de otros por muros de piedra bajos. Cuando nos instalamos, yo no llegaba a ver nada por encima de los muros, pero en los últimos años recuerdo que podía mirar con facilidad, así que supongo que tendrían cinco pies¹ de alto. Todos los jardines tenían un muro común al fondo, que naturalmente era muy largo, pues abarcaba toda la longitud de la calle. A nuestra calle le decían “avenida” porque uno de los extremos, el más lejano para nosotros, no tenía salida. Era una avenida corta, con veintiséis casas a un lado y veintiséis al otro. Nosotros vivíamos en el número 48 y solo a cuatro casas de distancia de la calle principal, Ranelagh, donde circulaban tranvías y autobuses y toda clase de coches, con bastante ruido de tráfico.

Más allá del muro del fondo del jardín se extendía un gran club de tenis, y a veces en verano, especialmente durante los torneos, mi hermana pequeña y yo nos asomábamos a una ventana trasera de la casa y contemplábamos a los jugadores con sus blancas camisas de lino y sus amplios pantalones de franela, y los oíamos vocear los tantos. El club tenía un local, pero no lo veíamos. Nuestra visión quedaba parcialmente obstruida por la gran construcción del garaje, que se apoyaba en el muro del fondo de nuestro jardín y los otros cuatro jardines que nos separaban de la calle Ranelagh. Algunos de los vecinos de nuestro pasaje dejaban el coche en aquel garaje y la gente que venía a jugar al tenis aparcaba los coches allí. Siempre se veía movimiento en aquel garaje y nunca llegué a entrar allí, aunque comprábamos la comida en una tienda contigua. La tienda daba a la calle Ranelagh y tanto la tienda como el garaje eran propiedad de un hombre colorado y larguirucho y de su mujer, gruesa con el pelo rojizo claro; eran los McRory. Las tardes de verano, cuando mi hermana y yo íbamos a la tienda a comprar granizado en vasos de plástico, había algunos jugadores por allí, refrescándose con el hielo y también con botellas de limonada.

Una mañana de verano, muy temprano, cuando aún estaba oscuro, oí la voz de mi padre muy excitada al otro lado de la puerta de mi dormitorio. Yo tendría unos ocho años. Mi hermana pequeña dormía en la misma habitación que yo.

-¡La tienda de McRory está ardiendo! -decía mi padre.

Se había despertado con el resplandor rojo de las llamas contra su ventana. Se puso algo encima y corrió a ver qué pasaba y mi madre nos dejó mirar el incendio desde una ventana de atrás, la misma ventana por la que solíamos mirar los partidos de tenis. Era un fuego con todas las de la ley, con llamas que saltaban y denso humo torrencial, y un fragor constante de destrucción, quebrado por los golpes que daban al caer algunos pedazos del tejado. Mi madre se preguntó en voz alta si habrían podido salvar los coches y eso nos hizo mirar el edificio ardiente con un interés renovado y con el inmenso temor de imaginar grandes coches brillantes devorados por aquel fuego galopante. Era muy emocionante.

Mi madre nos hizo volver al dormitorio, pero incluso allí sentíamos cierta emoción oyendo a los hombres llamarse unos a otros en la calle y cerrando de golpe sus puertas tras ellos para correr fuera a ver el espectáculo. Como había decidido que nuestra casa no corría peligro, mi madre nos arropó en la cama con firmeza, pero yo no podía dormir, y en cuanto se hizo de día me vestí y corrí escaleras abajo. Mi padre tenía muchas cosas que contar. El garaje era una ruina, dijo, pero la tienda se había salvado. Muchos coches se habían destruido. Nadie sabía cómo había empezado el fuego. Algunos de los hombres del garaje habían sido muy valientes, corriendo a rescatar todos los coches que podían. La parte del edificio que daba a nuestro jardín se veía chamuscada, frágil y vacía porque ya no le quedaba tejado y su interior había desaparecido. El aire olía fuertemente a quemado. CONTINUAR LEYENDO

martes, 11 de agosto de 2026

"LOS NUEVE MONSTRUOS". Un poema César Vallejo

Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora, voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.

Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tanta cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.

Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rosseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.

El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás, de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más).
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardido!

¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.

3 de noviembre de 1937

lunes, 10 de agosto de 2026

"CARTA A MI HIJO CON DISCAPACIDAD: EL VALOR DE UNA VIDA NUNCA DEPENDE DE SU UTILIDAD". Álvaro Villanueva, El País

La experiencia compartida inspira esta reflexión
sobre la dignidad de las personas con discapacidad
El día en que una sociedad deje de conmoverse ante el dolor concreto de los más frágiles habrá empezado también a perder lo mejor de sí misma. Cuidar de esas pocas vidas es defender la dignidad de todos

Querido Alvarete:

Hoy permíteme que me desahogue contigo. Que me sirvas de sparring para liberar todos mis pensamientos. De verdad que lo necesito. El otro día, hablando con un potencial donante, surgió una pregunta que llevo años escuchando: ¿por qué destinar tantos recursos a causas que, por su propia naturaleza, siempre ayudarán a relativamente pocas personas cuando, con ese mismo dinero, podrían impulsarse proyectos de mayor alcance? La pregunta estaba formulada con toda la buena fe del mundo y no tiene nada de indigna, porque nace de la razón, pero hay verdades que la razón, por sí sola, no basta para comprender.

Durante unos segundos pensé incluso que quizá tenían razón. Que tal vez nosotros también deberíamos dedicar nuestros esfuerzos a otras causas donde estos pudieran ayudar a más personas. Pero enseguida empecé a pensar en ti. En que, si alguien se limitara a analizar tu vida solo desde una hoja de cálculo, sin tener nada más en consideración, probablemente nunca le saldrían las cuentas. Y, sin embargo, pocas personas conozco que hayan cambiado tanto a quienes lo rodean.

Muchos sostendrán que es más inteligente destinar el dinero allí donde produzca un mayor “rendimiento” humano. Hablarán de eficacia, de alcance, de impacto. Y no les faltará parte de razón. También dirán que el buen gobernante debe pensar en el bien común y administrar con prudencia los recursos limitados, intentando maximizar su alcance, y tampoco les faltará razón.

Pero existe un peligro oculto en esa lógica cuando se convierte en una ley absoluta. Porque el día en que una sociedad empiece a decidir quién merece ayuda en función de su “rentabilidad”, habrá comenzado también a decidir qué vidas poseen menos valor.

Las personas más frágiles siempre serán ineficientes: el anciano dependiente, el niño gravemente enfermo, la persona con gran discapacidad, el que nunca producirá riqueza ni devolverá a la sociedad aquello que consume… Si el criterio supremo fuese únicamente la maximización del resultado, todos ellos quedarían lentamente apartados de la mesa común.

No de golpe, no con una crueldad manifiesta, sino poco a poco, basándonos en argumentos razonables. Así empiezan las peores decadencias morales: cuando el corazón se reviste de matemáticas para justificar su indiferencia.

Una civilización no se define por cómo trata a las mayorías fuertes, sino por cómo protege a quienes no pueden devolver nada a cambio. Ahí es donde un pueblo revela su verdadera estatura moral.

Tú nunca me has dado las gracias por cuidarte, al menos no de la manera en que la gente suele darlas. Lo has hecho de muchas otras formas, pero tampoco las necesitaba, o eso quiero pensar. Ya que hace mucho que comprendí que quien ama de verdad no espera ser recompensado, porque el propio amor ya es su recompensa. Quizá por eso me cuesta tanto entender un mundo que solo sabe medir el valor de las cosas por lo que pueden devolver.

Hay, además, otra verdad que los calculadores del mundo olvidan con frecuencia: el bien jamás termina donde creemos. Un centro que cuida a 300 personas quizá sostiene también a 300 familias. Y esas familias educan a hijos distintos. Y esos hijos crecerán mirando la fragilidad humana no con miedo ni desprecio, sino con compasión. Y esa compasión transformará decisiones futuras, leyes futuras, sociedades futuras. El bien auténtico posee raíces invisibles.

Quien solo ama a la humanidad en abstracto suele terminar olvidando a los hombres reales. Por eso desconfío de quienes hablan constantemente de salvar al mundo, pero son incapaces de detenerse primero ante el sufrimiento del que tienen delante de sus ojos. El verdadero deber moral siempre comienza en casa.

Teresa de Calcuta entendió algo que la gente olvida con frecuencia: cuando una persona encuentra a alguien que sufre, deja de preguntarse cuántos podría haber ayudado y empieza, sencillamente, a cuidar de quien tiene delante.

No te avergüences, por tanto, de luchar por una causa pequeña a los ojos del resto. A menudo son precisamente esas causas las que preservan la mayor grandeza. Porque cuando una sociedad decide que incluso el más vulnerable merece belleza, cuidado, descanso y dignidad, está proclamando algo extraordinario: que la vida humana tiene valor por sí misma y no por su utilidad.

Y esa idea, querido Alvarete, sostiene el mundo mucho más de lo que creemos. Los hombres prácticos te dirán que hay batallas más eficientes. Quizá tengan razón. Pero el alma humana no sobrevive solo de eficiencia. También necesita símbolos. Necesita lugares que nos recuerden que el valor de una vida nunca depende de su utilidad; lugares donde los más frágiles no sean una carga que administrar, sino personas a las que cuidar. No porque vayan a cambiar todas las estadísticas del sufrimiento humano, sino porque impiden que nos acostumbremos a mirar hacia otro lado. Ese es, en el fondo, el sueño de la Casa AVA (centro pionero de ocio y respiro familiar para personas con discapacidad intelectual): no cambiar el mundo entero, sino impedir que una sola familia se sienta olvidada por él. Porque el día en que una sociedad deje de conmoverse ante el dolor concreto de los más frágiles, habrá empezado también a perder lo mejor de sí misma.

Cuida, pues, de esas pocas vidas como si fueran el centro del mundo. Porque para quienes habitan en ellas, lo son.

Te quiero,

Papá

domingo, 9 de agosto de 2026

"MISA DEL GALLO". Un cuento de J. M. Machado de Assís

Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.

La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de esta, me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres.

A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.

¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.

Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 ó 1862. Yo debía de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.

-Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? -me preguntó la madre de Concepción.

-Leer, doña Ignacia.

Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 7 de agosto de 2026

"ÍTACA". Un poema de Francisca Aguirre

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?
¿Quién no conoce su áspero panorama,
el anillo de mar que la comprime,
la austera intimidad que nos impone,
el silencio de suma que nos traza?
Ítaca nos resume como un libro,
nos acompaña hacia nosotros mismos,
nos descubre el sonido de la espera.
Porque la espera suena:
mantiene el eco de voces que se han ido.
Ítaca nos denuncia el latido de la vida,
nos hace cómplices de la distancia,
ciegos vigías de una senda
que se va haciendo sin nosotros,
que no podremos olvidar porque
no existe olvido para la ignorancia.
Es doloroso despertar un día
y contemplar el mar que nos abraza,
que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.
Recordamos los días del vino compartido,
las palabras, no el eco;
las manos, no el diluido gesto.
Veo el mar que me cerca,
el vago azul por el que te has perdido,
compruebo el horizonte con avidez extenuada,
dejo a los ojos un momento
cumplir su hermoso oficio;
luego, vuelvo la espalda
y encamino mis pasos hacia Ítaca.
Francisca Aguirre

jueves, 6 de agosto de 2026

"LA LECTURA COMO REBELIÓN". Juan Gabriel Vásquez El País

Me pregunto si no habrá una relación entre la expulsión de la literatura y el deterioro de nuestras democracias
 
Durante dos meses con algunos días, de finales de febrero a comienzos de mayo, di dos cursos de literatura latinoamericana en la Universidad de Sciences Po, en París. Terminadas las clases, la universidad me pidió que hiciera una breve reflexión pública sobre esa actividad que me sigue pareciendo todo menos normal: la de asistir, a través de las palabras de los otros, al misterio de vidas inventadas.

La petición no me sorprendió, pues recientemente me he dado cuenta de que la misma pregunta que llevo décadas haciéndome —¿por qué leemos ficción?— agobia a muchos por estos días: profesores, gestores culturales, políticos buenos y no tan buenos. En el mundo en que me muevo, la única pregunta más frecuente es la que nos estamos haciendo sobre la salud de nuestras democracias. Y, como yo creo a veces que el lugar de la lectura en nuestras sociedades está cambiando drásticamente, como creo a veces que la lectura de ficción exige de nosotros cosas que ya no estamos dispuestos a darle, como creo a veces que asistimos hoy al cierre de toda una forma de entender el mundo que nació hace cuatro o cinco siglos con cuatro o cinco libros que hoy llamamos novelas, también me pregunto si no habrá una relación entre la lenta expulsión de la literatura a los márgenes de nuestra conciencia y el deterioro de nuestras democracias: de nuestra conversación ciudadana, nuestra vida política y todo aquello de lo que hablamos cuando hablamos de libertad.

Me explico. El lector de ficciones, tal como yo lo entiendo, es un constante insatisfecho. Esta insatisfacción es íntima, pero es también profundamente política. Es íntima porque detrás del vicio de la lectura hay una razón que todo lector serio reconoce desde sus comienzos: la frustración que nos causa tener una sola vida, en el sentido de que la vida se acabe —salvo que uno tenga las consolaciones de la fe, que no es mi caso— con la muerte biológica; pero también por tener una sola vida en el sentido de estar fatalmente encerrados en una sola identidad. Para bien o para mal, algunos no nos resignamos a esta camisa de fuerza; nuestra sed de experiencia, nuestra curiosidad inagotable por lo que son los otros, no se apaga en el curso tacaño de una sola vida: queremos tener más vidas, ser otras personas, y la ficción es, como decía George Eliot, the nearest thing to life, lo más cercano a la vida. No asesinamos como Raskolnikov ni tenemos que lidiar después con la culpa; pero casi. No morimos con el gusto del arsénico en la lengua, como Madame Bovary; pero casi. Y en ese casi se juega todo. Lo que tiene lugar en ese casi es un ensanchamiento de nuestra noción de lo humano, un descubrimiento persistente de todo lo que el ser humano puede contener, de la diversidad vertiginosa y a veces aterradora de lo que somos: lo que somos capaces de pensar y lo que somos capaces de hacer. Los lectores de ficción nos asomamos a los recodos más siniestros de los otros; y, si no nos llenamos de espanto, es porque la lectura nos ha enseñado que en nosotros existen también esos recodos siniestros.

Y la insatisfacción es política porque el lector de ficciones es un rebelde y un disidente, siempre consciente —a veces de maneras dolorosas— de que los ciudadanos vivimos a merced de potentes fuerzas narrativas: fuerzas que son políticas, sí, pero también religiosas o tecnológicas o una mezcla de las tres, y que intentan siempre imponernos su versión de nuestro pasado y nuestro presente de manera que nos puedan conducir hacia su versión preferida de futuro. La literatura es incómoda porque crea disonancias en las verdades oficiales, rompe la unanimidad y provoca grietas en el conformismo, y eso resulta con frecuencia intolerable para los poderes que controlan nuestras sociedades. En otras palabras: si el poder político es la capacidad de imponer un relato a una sociedad en un momento dado, la ficción, que es amoral y revoltosa, que tiene la mala costumbre de proponer otro relato o de cuestionar los valores del relato ortodoxo, acaba siempre por abrir espacios que sólo puedo llamar de resistencia. Y esto es en nuestros días más importante que nunca, pues asistimos, de unos años para acá, a nuevo tipo de autoritarismo que amenaza nuestras libertades de maneras imprevisibles, un autoritarismo difícil de ver y por lo tanto de combatir, pero extremadamente peligroso.

Ustedes imaginan ya a qué me refiero. El éxito económico de las plataformas tecnológicas se basa en su capacidad para secuestrar la atención del usuario y no soltarla, y para ello mienten, manipulan, explotan el odio y el resentimiento y el miedo, todo mediante mecanismos que se inspiran deliberadamente de la ludopatía o la adicción a las drogas. Pues bien, la atención que requiere la lectura de una novela y las condiciones en las que leemos (silencio, lentitud, concentración, la terca voluntad de imaginar al otro) encajan mal con las características dominantes de las nuevas tecnologías: el ruido, la rapidez, la atención fragmentada, la desconfianza narcisista en lo que el otro representa. En el mundo de las nuevas tecnologías, los valores de la lectura de ficción no son sólo rebeldes: son subversivos. En este mundo que nos pide reducir al otro a su identidad fabricada por algoritmos, es subversivo dedicar 20 horas a penetrar hasta los pliegues más profundos de su conciencia; en este mundo que juzga y condena con tanto entusiasmo en los tribunales digitales, es subversivo el intento por comprender las acciones de otro hasta sus últimas ambigüedades, hasta sus últimas contradicciones. A propósito de esto recuerdo a menudo a Milan Kundera cuando habla de la novela como “territorio donde se suspende el juicio moral”. La moral de la novela, dice Kundera, se opone a “la indestructible práctica humana de juzgar de inmediato, sin cesar y a todo al mundo”. El ensayo se escribió en 1993, pero no he encontrado en estos 20 años una mejor definición de lo que son las redes sociales.

Decía Theodor Adorno que el fascismo surge cuando hay una falta de introspección. Dicho de otro modo: es mucho más difícil para un movimiento autoritario seducir a una persona que mira hacia adentro. Pues bien, las nuevas plataformas pretenden privarnos incluso de nuestra vida interior, colonizar nuestra conciencia las 24 horas del día y, por esa vía, avanzar en el proyecto político más pernicioso de nuestro tiempo: el control total del ciudadano, su vigilancia constante y su reducción a una media-voluntad crédula, dependiente, engañada y desorientada, incapaz de distinguir la verdad de la mentira e infinitamente vulnerable a las manipulaciones más grotescas. Contra este proyecto, que tiene el apoyo sin resquicios de fuerzas políticas muy poderosas, ¿qué podemos hacer los individuos?

Como mínimo, conservar la soberanía sobre nuestra atención, que es el patrimonio más precioso del que disponemos: tan precioso, que todos los días se invierten millones de dólares en el intento por dominarla. Leer un libro sin que el libro nos lea a nosotros: he aquí un pequeño —y enorme— acto de resistencia. En esta guerra que se libra por dominar la conciencia de los ciudadanos, en esta guerra invisible que tantos menosprecian o desdeñan porque no ocurre en ninguna parte y no parece tener víctimas, un lector de novelas de papel ejerce un mínimo acto de libertad que también es un acto de insumisión y aun de rebeldía: es, como quería Camus, un hombre que dice no. Y yo creo que nuestras democracias lo necesitan más que nunca.

domingo, 2 de agosto de 2026

"LA PRUEBA DE AMOR". Un cuento de Mary Sheelly

Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.

Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.

Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.

Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 1 de agosto de 2026

"CUESTA DE ATOCHA". Un poema de Joan Margarit

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

jueves, 30 de julio de 2026

"DERECHOS DE LAS ADOLESCENTES Y MIEDO AL DISCURSO XENÓFOBO: EL DEBATE QUE DIVIDE EL RAVAL (BARCELONA). Bábara Ayuso, El País

Lluís Morales y Cristina Baldoví, de la asociación Per elles,
en Barcelona
La denuncia de los educadores sobre las restricciones que sufren las adolescentes de origen migrante ha abierto un debate sobre cómo proteger sus derechos sin estigmatizarlas

“Si algún día estoy sola te llamo por teléfono, pero casi nunca lo estoy”, escribe Riya, y borra el Whatsapp. Tiene 17 años, nació en la India y vive en Barcelona desde los tres. No recuerda cuándo empezó a jugar al ping pong con sus compañeros del centro comunitario, pero sí cuando dejó de hacerlo: al venirle la menstruación. “Les dijeron a mis padres que me habían visto jugar con chicos y mi padre dijo que la gente hablaría de mí y me lo prohibió. Mi madre me dejaba, pero al final tuvo que explicarme que es mejor no ir a jugar y ya”, escribe. Y borra. Riya no es su nombre real y Nusrat tampoco se llama Nusrat. Nació en Bangladesh pero se ha criado en las calles del Raval. Cantaba en el coro, tocaba instrumentos, tenía amigos chicos, iba a las colonias del barrio. “Empezó a cambiar cuando llegué a la ESO. Me lo prohibieron todo”, explica, con un hilo de voz al otro lado del teléfono. “Me aislaron. No me dejaban quedar con nadie fuera del instituto y veía cómo mis amigos hacían planes, quedaban por las tardes. En media hora del recreo no te da tiempo a mantener una amistad”. Karima nació en Marruecos y le arrebataron el fútbol al llegar a la pubertad. Hace dos años, su hermano la agredió y la encerró en casa: “Al final, vinieron los Mossos”.

¿Son sus casos representativos de la realidad de las jóvenes de origen migrante en El Raval? ¿Cuántas viven este tipo de situaciones? ¿Les beneficia que se conozcan sus historias o las estigmatiza más? Es un debate complejo, pero en 2023 casos como el de Nusrat, Karima y Riya llamaron la atención de los educadores del Raval, al notar que niñas provenientes de familias originarias Bangladesh, Pakistán y Marruecos desaparecían de las actividades al llegar a la adolescencia. “Solo pueden salir de casa para ir al instituto. En lo que más se nota es en las actividades de piscina, el ratio era de cinco chicas por cada quince chicos”, explica Cristina Baldoví, una de esas educadoras. Llevaron el asunto a la Mesa Joven del Raval, que coordina a las asociaciones y técnicos municipales, y descubrieron que todos tenían casos parecidos. No había datos para dimensionar el problema, así que se pusieron a categorizarlos: “Abrimos un Excel y en menos de un mes teníamos trescientos casos, situaciones que habíamos visto en primera persona”, explica Lluís Morales, psicólogo y educador desde hace veinte años en el Raval. Despliega el documento y en cada celda, una prohibición sin nombre: “Progenitor no deja ir de colonias a su hija, pero sí al hermano mayor”, “Muchacha de 14 años tiene asumido que su familia le elegirá marido a partir de los 18”.

En el documento sí aparece el centro que registra cada caso. “Nos dijeron que era racismo, que era subjetivo, así que en la siguiente reunión de la Mesa se dejaron de anotar, y ya íbamos por novecientos. Pensamos en cómo hacer algo objetivo con lo que estaba pasando, porque miras los registros por género de las actividades y es apabullante la desaparición de las chicas”, explica Morales. Tanto él como Baldoví denuncian “presiones” para que dejaran el tema. Siguieron. El pasado octubre todo cristalizó en Per Elles, un colectivo para luchar contra esta exclusión, y las farolas del barrio amanecieron con carteles que rezaban: “¿Tú también has querido salir con tus amigas o has querido aprender a nadar y tu familia te ha dicho que no? Escríbenos”. A la presentación acudió la escritora Najat El Hachmi, para la que ese Excel era más que un listado de prohibiciones. Eran sus recuerdos: “Lo que están viviendo es muy traumático; yo también lo viví. Mi hermano mellizo podía ir a las colonias y yo no, por ejemplo. Estas chicas viven como en un régimen de libertad vigilada muy estricta”, dice. El Hachmi ahonda en las contradicciones y conflictos de identidad que esto les genera, porque sienten que “el resto de chicas pueden hacer cosas que a ti te prohíben, y te lo lo prohíben a ti por el origen que tienes”.

Precisamente el miedo a la estigmatización de estos colectivos, y el pavor a que las vivencias de estas adolescentes fomenten aún más los discursos xenófobos, ha provocado que la iniciativa de Per elles despierte más que recelos. “Para mí, es como ver una fotografía de un bosque quemado. Tú puedes mirar esos árboles y empezar a hablar de los incendios, pero si abres la panorámica, ves que solo es un trocito de todo el bosque. No es la realidad de todo lo que está pasando”, explica Mercè Amor. Lleva más de dos décadas como integradora y educadora social en el Raval y su labor con mujeres migrantes y refugiadas en Diàlegs de Dona le ha valido la Medalla de honor de Barcelona. “Esos casos son reales, por supuesto que hay chicas que sufren ese control, pero eso es coger todo lo escandaloso de las comunidades y magnificarlo”, denuncia. Amor pone como ejemplo más representativo el proyecto Prometeus, que acompaña a adolescentes a seguir estudiando y acudir a la universidad, en el que dos de cada tres son mujeres, muchas de origen migrante. Chayma Rachdi trabaja en él y comparte con ellas los orígenes de su familia, pero describe su entorno como mucho menos conservador. Y como Amor, considera que los casos de estas chicas no son la norma. Ella misma no vivió esas prohibiciones, pudo estudiar y ahora se dedica también a la divulgación antirracista: “Por supuesto que hay que visibilizar esta problemática porque está afectando a los derechos vulnerados de las niñas, pero sin criminalizar aún más a la comunidad musulmana o las comunidades migrantes”, dice.

Rachdi y Amor coinciden en que las soluciones tienen que venir por mediar con las familias de las adolescentes y hacerlo de forma adecuada. “Hay que intervenir cuando se producen esas situaciones, pero respetando mucho a la familia para que no se cierren en banda. Explicarles que le están haciendo ningún bien a esa niña que le prohíben la natación, y esa mediación la tiene que hacer gente muy preparada”, dice Amor. Detalla varios casos “de éxito” que ha vivido en la asociación. Rachdi, además apunta a la necesidad de que esas intervenciones las realicen profesionales de las propias comunidades: “Muchas personas racializadas no se sienten cómodas en el psicólogo porque consideran que no van a entender su contexto. Por ejemplo, trabajamos en institutos donde hay muchas chicas racializadas de origen diverso, y el hecho de que yo esté en el equipo les ayuda”, explica.

La familia de Nusrat pasó por una mediación hace unos años. Porque después de prohibirle casi cualquier actividad, todo fue a peor. Estaba en 2º de la ESO. “Yo no quería desperdiciar mi juventud e esa forma, yo ansiaba, necesitaba esa libertad. Me rebelaba, así que los abusos dejaron de ser solo psicológicos. Me golpeaban”, cuenta. Ayudada por Cristina, denunció a Servicios Sociales y sus padres empezaron a ir a una trabajadora social semanalmente. “Después todo mejoró bastante. Dejaron de golpearme y empezaron a dejarme salir de casa y quedar con amigas, ir a los casales de verano. No hablábamos de lo que pasaba en esa mediación, pero es verdad que después de las reuniones me sentí bastante aliviada”, explica. Aún así, Nusrat confiesa que sigue sin sentirse “segura” en casa.

Cecilia Eseverri es socióloga y lleva un año haciendo etnografía en el Raval, conoce bien a las familias de estas chicas: “Ese control familiar nace en muchas ocasiones del miedo. Los jóvenes se adaptan naturalmente a Barcelona, adoptan nuevas pautas culturales, pero las madres y los padres quedan aislados en ese proceso. Y lo que perciben es una sociedad sin reglas en cuanto a las relaciones sexuales, la homosexualidad, la transexualidad… No comprenden”. Eseverri ha documentado casos en los que las mediaciones de trabajadores sociales y psicólogos con los padres han logrado revertir el aislamiento de las chicas. “La sociedad de acogida debe también acercarse a ellos. Necesitan mediadores que les traduzcan la realidad. El problema es que en España este tipo de intervención directa en las familias es aún escasa”, dice.

Cuando nació Per elles y las historias de estas chicas salieron a la luz, el Síndic de Greuges abrió una investigación de oficio hace nueve meses, pero a preguntas de este diario explican que aún están recopilando datos y no prevén tener una solución “en breve”. El Ayuntamiento apunta a la dificultad de dimensionar cuántas adolescentes se encuentran en esta situación para realizar una evaluación. “Todo está en una parálisis, no hay voluntad política de hacer nada. Y mientras se discute si esto fomenta más los discursos de la ultraderecha, las chicas siguen desapareciendo de las actividades”, denuncia Lluis Morales. Todo está igual que cuando Nusrat jugaba al ping pong, Karima al fútbol y Riya cantaba en el coro. Pero ya no juegan.

miércoles, 29 de julio de 2026

"VENDRÁN LAS LLUVIAS SUAVES". Un cuento de Raid Bradbury

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. 

Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevó a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón. CONTINUAR LEYENDO

martes, 28 de julio de 2026

"ORACIÓN". Un poema de Luis García Montero contra la guerra (de Irak)


A vosotros,
que cortáis la manzana de la muerte
con el anonimato de las guerras,
os pido caridad.

Por un Dios en el que jamás he creído.
Por una Justicia de la que desconfío.
Por el orden de un Mundo que no respeto.

Para que renunciéis a vuestra guerra,
yo renuncio a mis dudas,
que son parte de mí como la luz amarga
es parte del otoño.

Y digo Dios, Justicia, Mundo,

y os pido caridad,
y os lo suplico.

lunes, 27 de julio de 2026

"UNA PAELLA EN CHINA". Antonio Muñoz Molina, El País

Nos buscamos a nosotros mismos en las figuras del pasado cuando es la distancia que tenemos con ellos la que nos enseña

La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

¿Es más tolerable un pasado horrendo si se borran de él las palabras infames que se aceptaban con la misma naturalidad que la esclavitud o la extrema segregación? La novela que según Ernest Hemingway era la cima de la literatura americana, Huckleberry Finn, es un retrato del racismo en el que la que en Estados Unidos llaman “the N*** word”, nigger, aparece casi en cada página. La dice el narrador en primera persona, el propio Huck; la dice su padre cruento y borracho, y todos los demás personajes, bondadosos o despreciables; la dice también Jim, el esclavo fugitivo a quien Huck ayuda a escapar. La usaba con frecuencia el autor de la novela, Mark Twain, otro ejemplo de esos autores que cometieron el error de pertenecer a su propia época, y no a la nuestra, aunque hiciera algunos esfuerzos meritorios. Antes que el cónsul Roger Casement, y que Joseph Conrad, Twain denunció el genocidio colonial del rey Leopoldo de Bélgica en el Congo, lo cual sería un síntoma de que aun perteneciendo al vago pasado censurable, tenía algún atisbo de nuestra superioridad moral contemporánea. Pero, desdichadamente, sus opiniones sobre los africanos eran de abierta condescendencia, y en su retrato del esclavo Jim hay bastante de la parodia benévola de La cabaña del tío Tom. Así que una de dos: o corregimos las obras de Twain, de modo que pueda pasar la exigente aduana del tiempo presente, o lo dejamos para siempre en el vertedero inmenso del pasado. También queda la posibilidad de convertirlo en un pintoresco contemporáneo o compatriota nuestro, haciéndolo protagonista de una serie de ficción histórica en la que, conservando su bigotazo y su traje blanco de finales del XIX, utilice palabras como “Black” o “African American” y exprese opiniones avanzadas sobre los derechos civiles, la emancipación de las mujeres, el matrimonio igualitario, la separación de la basura en contenedores diferentes.

Lo inaceptable de toda esta gente del pasado —el de hace un siglo, o hace milenios— es que no sea como nosotros. Ponemos nuestra mejor voluntad en comprenderlos, en una tarea casi de piedad retrospectiva, en resaltar méritos o hallazgos que de algún modo los hacen dignos de ser nuestros predecesores, pero no hay manera. Teletransportamos a Caravaggio queriendo hacerlo uno de los nuestros, y en los periódicos se escriben titulares que lo califican, por ejemplo, del Pasolini o el Mapplethorpe del siglo XVII: pero luego resulta que este presunto bohemio radical y pintor insuperable de los cuerpos masculinos desnudos es sobre todo un maestro de la representación humanizada de las escenas evangélicas, y un creyente literal en el pecado y en la redención, en el cielo y en el infierno, en la compasión cristiana como único remedio contra el espanto de la crueldad.

En nuestro presente, un artista ha de ser transgresor, a pesar de la dificultad de seguir transgrediendo después de más de un siglo de promoción oficial y académica de esa tarea. Caravaggio es nuestro en la medida en que parece que fue gay y homicida: que cometiera el error, tan habitual en la gente del pasado, de ser un creyente angustiado por el temor a las llamas nada simbólicas del infierno, es todo un contratiempo, porque nosotros no sabemos imaginar una conciencia artística empapada de fe religiosa; tampoco comprendemos que un pintor de principios del siglo XVII no tenía nada que ver con esa idea romántica, solitaria y genialoide del artista que se impuso a lo largo del siglo XIX, y llegó a sus extremos más bien paródicos en figuras y figurones del XX, y de lo que va del XXI.

“El presente puede ser muy arrogante”, le dice Alejandro Vergara a Javier Rodríguez Marcos en El País Semanal, en una entrevista que uno imagina muy conversada y caminada por las salas del Prado. Alejandro Vergara es uno de esos expertos supremos en un campo del saber que cultivan un conocimiento sin sombra de pedantería ni de jerga, y una abierta disposición de entusiasmo tan afilada como su sentido crítico, y como su sensibilidad puramente estética. Como Rodríguez Marcos, yo he tenido el privilegio de acompañar a Vergara por su reino encantado del museo, y de aprender observando lo que él indicaba, con la sensación de no haberlo visto hasta entonces, y también con la tranquilidad de no ser apabullado por una erudición que no se recrea en sí misma, sino que establece una comunidad cordial entre quien explica y quien aprende.

Como su especialidad mayor es la obra de Rubens, Vergara no sufre la menor tentación de inventar una contemporaneidad tramposa. A El Bosco se le puede justificar con el dudoso mérito de haberse anticipado al surrealismo; a Goya siempre lo tenemos a mano como predecesor de los fotógrafos de guerra y de la pintura expresionista. La quietud contemplativa de algunas obras de Velázquez nos puede recordar a Hopper; un ascético bodegón de Sánchez Cotán se aproxima a Morandi. A Rubens no hay manera de sacarlo del siglo XVII: como máximo, y a través de su influencia sobre Delacroix, lo podemos trasladar al romanticismo historicista y desmelenado del XIX. Lo que seduce a Alejandro Vergara del arte del pasado es justo lo que lo vuelve inaceptable para la pereza mental contemporánea: su distancia hacia nosotros; la diferencia radical entre aquel mundo y el nuestro, entre el modo en que miraron los cuadros las personas para las que fueron pintados y las miradas del porvenir. Dice Vergara: “Uno de los valores del pasado es que no está cerca de nosotros”. Su familiaridad con Rubens es justo lo que le permite apreciar el abismo social que los habría separado. Rubens era un trepador social empeñado en ganar el reconocimiento de aquellos poderosos para los que trabajaba, como pintor y como diplomático, sabiendo que su oficio manual era una lacra insalvable. Habiéndole dedicado una parte grande de su vida, Vergara sabe que Rubens habría despreciado a una persona como él, y ni lo habría visto, le habría lanzado una moneda desdeñosa. La lejanía temporal, como los viajes a países extranjeros, es una escuela en el aprendizaje de la variedad humana, y en la percepción del misterioso fondo común que nos vuelve inteligibles los unos a los otros, gracias a las artes y al estudio de la historia, a lo largo de los siglos. Ir al pasado en busca de los valores del presente, dice Vergara, “es como viajar a China buscando un restaurante español”. Uno se pregunta qué verán en los cuadros del Museo del Prado esos turistas que vienen del otro lado del mundo en busca de un Starbucks, un McDonald’s, un Domino’s Pizza, un Burger King, un Taco Bell, idénticos a los que disfrutarían sin moverse agotadoramente hasta nuestra esquina tórrida de Europa.

sábado, 25 de julio de 2026

"UNA HISTORIA SIN FINAL". Un cuento de Mark Twain.

Teníamos un juego en el barco que era un buen pasatiempo; por lo general sucedía en la noche, en la sala de fumadores, cuando los hombres se desprendían de la monotonía y el aburrimiento de la jornada. Se trataba de completar historias incompletas. Es decir, alguno contaba una historia completa a excepción del final, y entonces los otros trataban de ofrecer un final según su propia invención. Cuando todos habían tenido su oportunidad, el que había presentado la historia revelaba el desenlace original y cada cual daba su opinión. Algunas veces, los nuevos finales resultaban ser mejores que el original. Pero la historia que exigió el más persistente, resuelto y ambicioso esfuerzo fue una que no tenía final, de tal forma que no había nada con qué comparar los desenlaces recién inventados. Aquel que la contó declaró que podía ofrecer todos los detalles sólo hasta cierto punto, pues eso era todo lo que sabía de la historia. La había leído en un volumen de relatos breves hacía veinticinco años, y lo habían interrumpido antes de llegar al final. Le daría cincuenta dólares a cualquiera que pudiera terminar la historia a satisfacción de un jurado elegido por nosotros mismos. Nombramos el jurado y forcejeamos con la trama. Inventamos múltiples finales, pero el jurado los rechazó todos. El jurado tenía razón. Se trataba de una historia cuyo autor tal vez habría podido completar satisfactoriamente, y si en realidad contó con esa buena fortuna me hubiera gustado conocer cuál fue el final. Cualquiera se dará cuenta que la fuerza de la historia radica en su núcleo, y que aparentemente no hay forma de transferir esa fuerza a la conclusión, donde por supuesto debería estar. En esencia, la historia era como sigue:

John Brown, de treinta y un años, bondadoso, gentil, sugestionable y tímido, vivía en un tranquilo pueblo de Missouri. Era superintendente de la escuela dominical presbiteriana. Se trataba de una humilde distinción; aún así, era la única distinción oficial que tenía, se sentía modestamente orgulloso de ella y se entregaba con devoción a su trabajo y sus intereses. Todos reconocían la extrema bondad de su carácter; de hech o, la gente afirmaba que estaba hecho de buenas intenciones y modestia, que siempre se podía contar con su ayuda cuando resultaba necesario, y también con su modestia, tanto si se necesitaba como si no.

Mary Taylor, de veintitrés años, humilde, dulce, agradable y hermosa tanto por su carácter como por su físico, significaba todo para él. Y él también lo era casi todo para ella. Ella se mostraba vacilante, las esperanzas de él eran altas. La madre de ella se había opuesto desde el principio. Pero ella, también, vacilaba; él podía darse cuenta. La había conmovido el interés afectuoso que él mostró por dos protegidas que ella tenía y por las contribuciones que él había hecho para su sustento. Eran dos hermanas desamparadas y ancianas que vivían en una cabaña de troncos, en un rincón solitario cerca de un cruce de caminos a unas cuatro millas de la granja de la señora Taylor. Una de las hermanas estaba loca, y algunas veces era un poco violenta, aunque no muy a menudo.

Pareció por fin que el tiempo se mostraba propicio para un avance definitivo, y Brown hizo acopio de valor para llevarlo a cabo. Llevaría una contribución el doble de lo usual y se ganaría a la madre; con su oposición anulada, el resto de la conquista sería segura y rápida. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 24 de julio de 2026

Diario de la Educación. Leer en voz alta, herramienta para el fomento de la lectura Mejora el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras. Pero también, y fundamentalmente, actúa en aspectos emocionales relacionados con los libros.

Daniel Pennac ya lo decía en su libro Como una novela. Describía muchos momentos en los que la lectura en voz alta, sobre todo con adolescentes, se convertía en un ritual que podían desarrollar las familias, para aumentar su interés por la lectura, por los libros.

Desde el sistema educativo, también desde las familias, se enseña a las criaturas a leer, y cuando han adquirido los rudimentos más básicos de esta difícil tarea, se les deja a su suerte. Ya no se les lee en voz alta porque ya saben leer. La lectura pasa de ser algo que se comparte en grupo, en familia, en un entorno cálido, a convertirse, en exclusiva, en algo privado.

Pero siempre hay excepciones. Son muchas las asociaciones y grupos de personas las que dedican esfuerzos a la lectura en voz alta.

Una de estas entidades está en Granada y se llama Entrelibros. Es una asociación presidida por Juan Mata, en colaboración con Andrea Villarrubia, la vicepresidenta. Contactamos con los dos vía correo para hablar de la importancia de la lectura en voz alta.

“La lectura en voz alta en los primeros años de vida tiene consecuencias emocionales y cognitivas de extraordinaria importancia”, aseguran. En primer lugar, es el primer acercamiento que tienen niñas y niños a los libros, a través de sus familias, cuando les leen cuentos. También en las escuelas infantiles. Esto hace que las criaturas entiendan “ la lectura como una demostración de cariño y protección”.

“Pero, continúan, además de los aspectos emocionales, de los momentos de intimidad y afecto que se crean entre quienes leen y escuchan, la lectura en voz alta también tiene que ver con aspectos cognitivos, como el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras…”.

La lectura en voz alta, en cualquier caso, no solo tiene importantes consecuencias en los primeros años de vida; también más adelante. Aunque diferentes, claro. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de julio de 2026

"COMO UNA GUERRA". Andrés Sobico y Paula Adamo. Ediciones de la Terraza, 2022. Argentina. LIBRE DESCARGA

"Dedicado a todos esos chicos que estuvieron y a los que, de alguna manera, aún están allá». Con esta dedicatoria entramos a Como una guerra, lo que plantea ya una idea de continuidad que es central en la propuesta del álbum y lo mantiene vigente. Y tanto como para hacer (y valorar y difundir) esta nueva edición, de libre descarga, diez años después de la original con Ediciones Del Eclipse.

Dos niños hablan de una guerra. ¿O son dos? Una la imaginan en blanco y negro y tras la pantalla, como para ver en el cine o leer en un libro. La otra la contó el tío de uno de los niños y no parece de mentiras, pero debe serlo porque suena igualita a la otra, la de las pantallas. ¿Cuál será la original y cuál el reflejo? «Me dijo que había humo y niebla y hielo por todos lados, que no se veía nada, que a él le pegó una bala de refilón en el casco, que por suerte no se agujereó, que si no, no contaba el cuento». ¿El tío, contará la verdad?


miércoles, 22 de julio de 2026

"EL ARTE". Un poema de Elizabeth Bishop

El arte de perder no es difícil adquirirlo.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse, que su pérdida no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta 
el tumulto
de llaves de puertas perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es 
difícil adquirirlo.

Practica entonces perder más aún, 
y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se 
suponía
que viajarías. Nada de esto será 
un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- 
la última, o
penúltima de tres casas que amaba 
se fue.
El arte de perder no es difícil 
adquirirlo.

Perdí dos ciudades, ambas 
adorables. Y, más ampliamente,
algunos sitios de los que era dueña, 
dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue 
un desastre.

-Hasta al perderte a ti (la voz 
bromista, un gesto
de amor) no habré mentido. Es 
evidente que
el arte de perder no es 
demasiado difícil de adquirir
aunque parezca por momentos 
(¡Escríbelo!) un desastre.

martes, 21 de julio de 2026

"LA ESCUELA DONDE LA CONFIANZA CAMBIÓ LAS REGLAS". Nacho Meneses, El País

Una madre inmigrante y su hijo durante una actividad de lectura en familia,
en el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza
El CEIP Ramiro Solans, Premio Escuela del Año 2024, transformó un antiguo colegio gueto después de cambiar una pregunta: dejó de decir a las familias qué necesitaban y empezó a preguntarles qué podía hacer por ellas

En el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza resulta difícil saber dónde termina la escuela y dónde empieza la comunidad. Mientras los niños entran en clase, varias madres magrebíes cruzan el patio para asistir a las clases de español. En otra sala, un grupo de profesoras jubiladas prepara el material con el que enseñan a leer y escribir a mujeres que nunca tuvieron esa oportunidad, ni siquiera en su país ni en su propio idioma. Y unas puertas más allá, las integrantes de Hilvana, el taller de costura alojado en el centro, empiezan la jornada alrededor de sus máquinas de coser. Todo sucede al mismo tiempo y nada parece ajeno a la vida del colegio.

En una de las aulas de Primero, madres y padres comparten una sesión de lectura con sus hijos. Mientras la actividad continúa, Diego Escartín, tutor del curso, señala discretamente a uno de los pocos hombres en el aula. Es el padre de Fátima, de Gambia. Trabaja de noche y, antes incluso de irse a dormir, ha pasado por el colegio para participar en esta actividad con su hija. “Se trata de compartir espacio de aula con las familias y que entren en el aula, que para nosotros es algo fundamental. Aquí ese vínculo es muy importante porque esa confianza es la que ha conseguido que entiendan cada vez más la importancia de la educación para sus hijos e hijas”, explica.

Ese modo de entender la escuela es, precisamente, el que ha llevado al Ramiro Solans a recibir el Premio Escuela del Año 2024 de la Fundación Princesa de Girona. El reconocimiento distingue una transformación educativa y social que ha convertido a un antiguo colegio gueto en un referente para la escuela pública. Pero recorrer sus pasillos durante una mañana invita a pensar que el verdadero cambio no empezó en las aulas, sino en la relación que el centro fue capaz de construir con las familias y con un barrio que durante demasiado tiempo vivió de espaldas a la escuela.

Hace dos décadas, las cifras contaban otra historia. Cuando Rosa Llorente, hoy directora, llegó al Ramiro Solans como orientadora, el fracaso escolar rondaba el 95 %, y los niños, mayoritariamente de etnia gitana, procedían de entornos donde nadie estaba incorporado al mundo laboral: vivían principalmente de las ayudas que recibían, de la recogida de chatarra y de la venta ambulante. Dos décadas después, el colegio acredita tasas de éxito educativo de entre el 70 y el 80 %, el absentismo ha caído del 40 al 4 % y la conflictividad se ha reducido del 45 al 3 %: “Lo fácil era resignarse y buscar justificaciones en el contexto”, recuerda. “Pero nosotros aprendimos a elevar expectativas, a soñar en grande y a creer que era posible”. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 19 de julio de 2026

"EL CASO DEL BOULEVARD BEAUMARCHAIS". Georges Simenon

A las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del abrigo subido, comían un bocadillo.

—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.

Al fondo del vasto pasillo, Martin, en lugar de coger la escalera, empujó una puerta de cristales. Como en todos los locales de la Policía Judicial, la luz estaba mezquinamente distribuida. En medio de esta estancia, que era la antesala de la dirección, se daba aires de superioridad un enorme canapé redondo forrado de terciopelo rojo.

Un hombre estaba sentado en él, con abrigo, con el sombrero en la cabeza. A algunos pasos, dos inspectores, de pie, fumaban cigarrillos, mientras que el viejo ujier cenaba en su jaula de cristal.
Martin llenaba su pipa. En un cuarto de hora estaría en su casa, cenando en familia.

Distraídamente acababa de echar una ojeada hacia aquel lado, porque desde hacía dos días no se hablaba de otra cosa.

—¿Qué tal? —preguntó a media voz a uno de los inspectores.

Y este, suspirando, señaló la segunda puerta, la del despacho de Maigret.

—¿Con quién está?

—Sigue con la cuñada…

El hombre, que oía cuchichear, alzó lentamente la cabeza y lanzó a sus compañeros una mirada triste en la que había como un reproche. Era un personaje delgado, de mala apariencia, de unos cuarenta años, tal vez algo menos, de ojos muy ojerosos, de bigotito moreno.

—Está ahí desde la mañana… —susurró el inspector a Martin.

En aquel momento la puerta de Maigret se abrió. El comisario apareció y, como no cerró tras de sí, se vio el despacho lleno de humo y, en un sillón verde, la silueta de una muy joven mujer rubia.

—¡Lucas!… —llamó Maigret buscándolo con los ojos como alguien que no ve el asunto muy claro—. Corre a traerme unos bocadillos… Pasa por la cervecería y haz que suban unos medios…

Martin aprovechó para estrechar la mano de su colega.

—¿Marcha eso?

Y Maigret, congestionado, presentaba unos ojos brillantes. Se hubiera jurado que hubiese dado cualquier cosa por una bocanada de aire fresco.

—Escucha —murmuró bajando la voz—. Te voy a decir algo bueno… Si no acabo esta noche con esta investigación, abandono… No lo comprendes, ¿verdad?… Pues bien, no puedo vivir más tiempo ahí dentro…

El hombre del canapé, que no podía oír sus palabras, esperaba, temblando, pero el comisario volvió a entrar en su despacho, la puerta se cerró, Martin se alejó, mientras la aguja del reloj avanzaba un nuevo minuto y llegaban hasta allí las voces de los periodistas. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 18 de julio de 2026

"ORACIÓN EN EL MEDITERRÁNEO". Un poema de la poeta portugesa Ana Luísa Amaral

En vez de peces, Señor,
danos paz,
un mar que sea de olas inocentes,
y una vez en la arena
gente que mire con el corazón abierto,
voces que nos acepten

El viaje es tan difícil
que hasta la espuma hiere y hierve,
y es tan alta que ciega
durante la entera travesía

Haz, Señor, que no haya
muertos esta vez,
deja las rocas lejos,
que el viento amaine
y que tu paz por fin
se multiplique

Que después de la balsa
la guerra, la fatiga,
tras los brazos abiertos y sonoros,
haya, Señor,
un poco de pan tierno
y un pescado, tal vez,
del mar

que es también nuestro
 
(Traducción de Marisa Martínez Pérsico)