domingo, 17 de mayo de 2026

"LOS COBARDES". Un poema de Miguel Hernández

Hombres veo que de hombres
sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.

En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.
Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.

Solos se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros, lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.

Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.

sábado, 16 de mayo de 2026

"POR QUÉ SABER ESCUCHAR ES LA HABILIDAD DEMOCRÁTICA MÁS IMPORTANTE EN LA ERA DIGITAL". Sara Kells, IE University. Theconversation.com 7 mayo 2026

En una conversación típica de hoy en día, no es difícil darse cuenta de cuándo alguien ha dejado de escuchar. Su atención se desvía, su respuesta llega demasiado rápido o su mirada se dirige hacia alguna pantalla. La conversación continúa, pero ya se ha perdido algo esencial. Hablamos más que nunca a través de plataformas, dispositivos y espacios digitales, pero ¿nos estamos escuchando realmente unos a otros?

El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Las cuestiones sobre quién puede hablar, qué debe regularse y si la libertad de expresión está amenazada dominan las discusiones sobre la vida digital. Se trata, sin duda, de preocupaciones importantes, pero se basan en una suposición que rara vez examinamos: que ser escuchado es una consecuencia natural de hablar.

El valor para hablar con sinceridad

Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas en igual medida: el derecho a hablar y el valor para hablar con sinceridad.

Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque en el ágora simplemente se daba por sentado: una audiencia dispuesta a recibir genuinamente lo que se decía.

Hablar y escuchar no son preocupaciones rivales. Son dos caras de la misma práctica cívica, y no se puede defender una sin prestar atención a la otra. Hoy en día, hemos invertido una enorme energía en proteger y ampliar el derecho a hablar. Sin embargo, hemos prestado mucha menos atención a lo que ocurre en el lado receptor.

Escuchamos para responder en lugar de para comprender

Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia de hablar, ni equivale a oír palabras a medida que pasan. Escuchar bien es comprometerse con lo que dice otra persona como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.

Los filósofos llaman a esto “asimilación”: la disposición a recibir con precisión lo que alguien ha dicho antes de reaccionar ante ello. En la práctica, esto significa interiorizar un argumento el tiempo suficiente para comprenderlo genuinamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo. Significa distinguir lo que una persona realmente ha afirmado de lo que hemos supuesto que quería decir. Significa tratar a la persona que habla como un participante en un intercambio compartido, no como un obstáculo que hay que superar.

Esto es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder en lugar de para comprender. Buscamos el momento en que podamos rebatir, el punto débil del argumento, la oportunidad para exponer nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Es esperar.

La distinción es de enorme importancia en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se enfrentan a caricaturas de opiniones contrarias en lugar de a las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido. El desacuerdo se convierte en una actuación. La discusión se convierte en teatro. Y la posibilidad de una persuasión genuina, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que otra persona ha dicho, desaparece silenciosamente.

Los entornos digitales dificultan la escucha

Las plataformas que ahora albergan la mayor parte de nuestra conversación pública no se diseñaron pensando en la escucha. Se diseñaron para la participación, que es algo muy diferente.

La participación, tal y como la miden las principales plataformas de redes sociales, significa clics compartidos, reacciones y tiempo dedicado. El contenido que despierta emociones fuertes –especialmente la indignación, la ira y la alarma moral– suele obtener buenos resultados según estas métricas. El contenido que invita a una reflexión cuidadosa, en cambio, no suele hacerlo.

El resultado es un entorno informativo que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para la escucha genuina: rápida, declarativa, cargada de emoción y diseñada para provocar una reacción en lugar de suscitar una respuesta.

A esto se suma la forma en que los algoritmos nos presentan el contenido. Rara vez nos encontramos con argumentos en su forma completa, formulados por las personas que los sostienen, en el contexto en el que se presentaron. En cambio, solemos encontrarnos con fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo seleccionados precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, se nos está entrenando para interactuar con caricaturas. Y las caricaturas no requieren escucha. Solo requieren una reacción.

Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente habla constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una esfera en la que se acumula la frustración, se endurecen las posiciones y cada vez resulta más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. No se trata simplemente de un problema tecnológico. Es un problema cívico. Y exige una respuesta cívica.

Cómo enseñar (y practicar) la escucha

La buena noticia es que la escucha, a diferencia del diseño algorítmico, es algo sobre lo que podemos influir directamente. Es una habilidad, y las habilidades se pueden enseñar.

En el ámbito educativo, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen la comprensión de forma deliberada. Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que se pida a los estudiantes que reformulen el argumento de un compañero hasta que este quede satisfecho antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un entorno en el que la participación equitativa es una expectativa estructural más que una idea de último momento, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para comprender en lugar de para ganar.

La misma lógica se aplica más allá del debate en vivo. Se puede pedir a los estudiantes que escuchen un pódcast, vean un vídeo o lean un artículo con una tarea en mente: ¿puedes explicar su argumento de forma imparcial antes de decidir si estás de acuerdo con él?

No se trata simplemente de ejercicios de clase: son ensayos para la vida democrática.

Estos hábitos también se pueden cultivar fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que nos provoque, hagamos una pausa lo suficientemente larga como para preguntarnos si hemos entendido el argumento real. Antes de criticar una postura, reformulémosla en términos que su defensor reconocería. Separemos lo que una persona ha dicho de nuestras suposiciones sobre por qué lo ha dicho. Se trata de pequeños ajustes, pero si se practican de forma constante, cambian la calidad del intercambio.

Una democracia que únicamente enseña a la gente a hablar libremente solo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario: era un lugar de intercambio. Recuperar ese espíritu, en las aulas, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora habitamos juntos, comienza con la habilidad más silenciosa y exigente de aprender a escuchar de verdad.

viernes, 15 de mayo de 2026

"MOZART, Y BRAHMS Y CORELLI", Un cuento de Almudena Grandes

 

—Esto es lo único glorioso, lo único heroico, lo único digno que hemos hecho los españoles en toda la puta historia, fijaos en lo que os digo, lo único, esto y la defensa de Madrid, punto final. Todo lo demás, una basura. Acordaos bien cuando os enseñen política en el instituto ese al que vais.

—Adolfo…

—¿Qué?

—Que nosotros no damos política —y Miguel, que le había conocido antes que los demás y era quien tenía más confianza con él, se echaba a reír—. Eso es de tu época, macho…

—¡De mi época, de mi época! —y por un instante, Adolfo dejaba de mirar a Fernanda para volcar sobre nosotros el azul purísimo de sus ojos—. ¿Qué pasa, que no os enseñan la Constitución a vosotros?

—Sí, eso sí —a Miguel no le quedaba más remedio que admitirlo—. Pero no es lo mismo.

—¿Qué no es lo mismo? Hala, vete, chaval, que a cualquier cosa la llaman Constitución después de la del 31, ¡no te jode!

Adolfo, que tenía la edad de mi padre, unos cuarenta y muchos, quizás cincuenta y pocos años, era el único hombre que venía andando a la Casa de Campo para ver a la reina. El único, porque Basi, un viejecillo inofensivo que andaba tan encorvado como si siempre estuviera buscando algo que se le acabara de caer al suelo, no era un hombre para ellas, y nosotros tampoco, la verdad. Ramón había cumplido diecisiete años en enero, pero Miguel y yo seguíamos teniendo dieciséis y ni siquiera nos dejaban entrar en todos los bares. Menos mal que en la loma donde Adolfo había instalado su observatorio, nadie, ni siquiera la policía municipal, que solía venir de visita un par de veces al día, parecía interesado en pedirnos el carnet, o el horario de esas clases que nos fumábamos para ir a ver a la reina.

—¡Fernanda, guapa!

Adolfo chillaba con todas sus fuerzas y ella, después de abrir la puerta, a punto de entrar en el coche del que nunca sería su último cliente, levantaba la cabeza, nos buscaba con los ojos y sonreía.

—¡Qué buena estás, Fernanda, cojones, pero qué buena estás, joder!

Eso le decía, y se quedaba corto, porque la reina era mucho más que una tía buena, aunque yo tampoco podría explicar muy bien qué era exactamente. Sólo sé que el día que la vi, sentí lo mismo que la primera vez que escuché con atención, con oído de músico y no de pasajero de ascensor, Las cuatro estaciones de Vivaldi, la misma mezcla de alegría y de asombro y de placer y de inquietud y de soledad y de envidia y de espanto que me inspiró esa música perfecta. Porque Fernanda también era perfecta, y más que eso. Fernanda era música. CONTINUAR LEYENDO

"EN SUIZA" Un poema de Manuel Altolaguirre seleccionado y comentado por Andrea Villrrubia Delgado

Manuel Altolaguirre y Concha Méndez
La trayectoria del poeta Manuel Altolaguirre va unida a su vocación inicial como impresor y editor. Junto al también poeta Emilio Prados, ambos oriundos de la ciudad de Málaga, fundaron en 1925 la imprenta Sur y poco después, en el año 1926 (se cumple este año el centenario) la revista ‘Litoral’, en la que aparecieron poemas de la mayor parte de los miembros de la Generación del 27, en la que se encuadran ambos poetas. Quiero recordar unas palabras de Manuel Altolaguirre sobre la imprenta que tanto quería: “Nuestra imprenta tenía forma de barco, con sus barandas, salvavidas, faroles, vigas de azul y blanco, cartas marinas, caja de galletas y vino para los naufragios”. El poema que hoy comparto se titula ‘En Suiza’ y está dedicado a la que era su mujer en aquellos momentos, la poeta Concha Méndez, y que pertenece al libro ‘Soledades juntas’ publicado en el año 1931. Un poema de amor en el que el blanco paisaje que se extiende ante su vista le trae a la memoria los hermosos ojos de la persona amada y ausente, con el deseo latente de ser él también el centro de un recuerdo formado lejos de allí, frente a otro paisaje más cálido y luminoso. (Andrea Villarrubia Delgado)

EN SUIZA

A C.M.

Si estuvieses aquí,
frente a este mundo
de silencio y blancura,
después de recorrer con la mirada
las bajas nubes y las altas nieves,
el resumen gozoso del paisaje
encontraría en tus ojos.

Pero tu ausencia es ciega.
Los ojos que recuerdo al recordarte
a otros lugares miran.
Ni presienten ni ven esta hermosura.
Los hondos ríos, el lago, las montañas,
el clarísimo frío de mi frente,
distintos son del fuego de tus labios,
de tus ojos, del mar, de tus llanuras.

Si yo pudiera a tu recuerdo darle
vida, o si pudiera, al menos,
convertirme en un recuerdo tuyo,
viviendo sólo donde tú me pienses.
Si fuera el cuerpo lo invisible
y el alma lo real,
me verías siempre,
y esta luz, este cielo, estos declives,
serían un blanco sueño.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"QUÉ SON LAS EVIDENCIAS CIENTÍFICAS EN EDUCACIÓN (Y POR QUÉ NO SON RECETAS UNIVERSALES). Diego Ardura y Arturo Galán (UNED), Theconversation.com

Durante casi 1 500 años, la ciencia, con honrosas excepciones, dio por hecho que el universo se organizaba en torno al planeta Tierra. La razón, más allá de dogmas, fue que el modelo geocéntrico funcionaba para explicar fenómenos naturales como los eclipses o las estaciones. Descubrimientos posteriores demostraron la falsedad de este modelo y la necesidad de proponer otro.

Este no es más que un ejemplo de que la ciencia no es un conjunto de verdades absolutas, sino una sucesión de modelos provisionales que nos ayudan a entender la naturaleza con las observaciones empíricas disponibles en cada momento.

Estos modelos surgen de lo que llamamos evidencias científicas, que se pueden entender como datos, pruebas o resultados, obtenidos mediante investigación, observación y experimentación, que apoyan o refutan una hipótesis.
Las evidencias en educación

Aunque la provisionalidad de los conocimientos científicos afecta a todas las ciencias, la dimensión y alcance de las evidencias que se generan mediante la aplicación del método científico dependen fuertemente del área de conocimiento. Para que la educación basada en evidencias no se convierta en una moda más, conviene aprender a utilizarla.

A priori, debemos tener en cuenta dos cuestiones esenciales a la hora de interpretar los resultados que se derivan de la investigación educativa: su naturaleza probabilística y su dependencia contextual.

En primer lugar, en el contexto de las ciencias sociales y, en concreto de la educación, las evidencias científicas se enmarcan en una aproximación probabilística en lugar de determinista. Esto quiere decir que podemos establecer la probabilidad de que se produzca un fenómeno o una relación, pero no afirmar rotundamente su ocurrencia en todos los casos.
Cuestiones de probabilidad, no certeza

Por ejemplo, según el sistema estatal de indicadores de la educación en España (2023), la titulación de la madre afecta se asocia a la probabilidad de que sus hijos e hijas abandonen sus estudios. Según este informe, la probabilidad de abandono prematuro de los estudios es diez veces mayor en el caso de jóvenes cuya madre tiene estudios primarios o inferiores, que en aquellos cuyas madres tienen una titulación superior.

Esto no implica que una niña cuya madre tiene estudios primarios acabe abandonando prematuramente el sistema educativo, sino que tendrá una probabilidad mayor de hacerlo. Es interesante detenerse en este ejemplo, pues también nos da una idea de la provisionalidad de los resultados de la investigación que comentábamos anteriormente, ya que, aunque este efecto persiste, se ha visto atenuado en los últimos años en comparación con décadas anteriores.
Dependencia del contexto

Además de su naturaleza probabilística, las evidencias educativas presentan otra característica clave: su fuerte dependencia del contexto. De ahí que no sea posible el establecimiento de reglas generales más allá de las tendencias que se observan en los estudios que se realizan: lo que se demuestra que funciona en un contexto determinado, puede no funcionar en otro.

Por esta razón, cuando leemos evidencias científicas en educación, es crucial comprender la descripción del contexto en el que se realiza la investigación de modo que podamos interpretar el alcance de las evidencias que genera.
Estudios primarios y metanálisis

La investigación empírica en educación se recoge principalmente en lo que llamamos estudios primarios. Estos, por lo general, presentan evidencias que, como indicábamos antes, se circunscriben a un determinado contexto. Por ejemplo, una investigación puede realizarse con alumnado universitario y esto limitará el horizonte de aplicación de sus resultados a estudiantes de esta etapa. Por tanto, no podríamos extrapolar las conclusiones de este estudio a alumnado de etapas educativas anteriores.

Complementariamente a los estudios primarios, se realizan trabajos de síntesis. Entre ellos, los estudios llamados de metanálisis son particularmente relevantes. Estos trabajos buscan la agregación de los resultados obtenidos en investigaciones sobre un mismo tema. La idea es encontrar promedios de los efectos reportados en los estudios primarios y la consecuencia es que aumenta la robustez de las conclusiones, ya que estas dependen de un conjunto de trabajos y no solo de uno.

Este tipo de trabajos permite, además, evaluar críticamente los estudios primarios. Por ejemplo, en un metanálisis del profesor Samuel Parra se concluye que para obtener resultados generalizables sobre los efectos del método Montessori es necesario abordar estudios con mayor rigor metodológico que los que hay publicados hasta la fecha.
Traer las evidencias a la práctica

En la comunidad científica, existe cada vez más un esfuerzo deliberado en la producción de estudios metanalíticos como los referidos anteriormente, que permitan generar evidencias sólidas que las personas que están en la práctica educativa puedan tener en cuenta para diseñar la enseñanza. Aunque hay muchos ejemplos, podríamos destacar los trabajos del profesor Samuel Parra o la profesora Marta Ferrero.

También cada vez más docentes de distintas etapas se interesan por el uso de evidencias en educación. Algunos ejemplos destacados son Albert Reverter, maestro e impulsor del blog El McGuffin Educativo, o Héctor Ruiz Martín, que trabajan para tender puentes entre las evidencias científicas y la práctica docente

En definitiva, en un contexto educativo cada vez más complejo, la educación basada en evidencias no consiste en buscar recetas universales, sino en tomar decisiones informadas, críticas y contextualizadas. Las evidencias no sustituyen al juicio profesional docente, pero sí pueden hacerlo más sólido.

martes, 12 de mayo de 2026

"LA SEÑORA M.". Un cuento del noruego Kjell Askildsen

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del departamento y deja la compra en la entrada; es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.

Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el sofá. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que solo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena; solo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina.

-Por si la necesita -dijo-. Y se marchó.

Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije:

-Qué buena persona es usted.

-Bueno, bueno -dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda.

-Esto le irá bien -dijo, y añadió-: Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad.

Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.

La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije:

-Ahora estoy bien, gracias a usted.

-Bueno, no se ponga solemne -me interrumpió-, todo ha ido perfectamente.

En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo.

-Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera -contestó-, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo.

Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir:

-Me temo que piensa demasiado bien de mí.

-Oh, no -contestó-, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo.

Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije:

-Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?

-Ah, sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla.

A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también.

-Supongo que usted también es así -dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano.

Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y djo:

-Justo lo que me figuraba: debería usted haber muerto hace mucho tiempo.

FIN

lunes, 11 de mayo de 2026

"UMBRÍO POR LA PENA, CASI BRUNO". Un poema de Miguel Hernández

 

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

domingo, 10 de mayo de 2026

"LIBROS QUE NO VENDEN Y 'LITERATURA EN POTITOS': EL DILEMA DE LA CABEZA VACÍA". Azahara Palomeque, Publico.es

Hace unos días, un estudio de CEGAL, el gremio de libreros, revolucionó el mundo de la cultura con dos estadísticas estremecedoras: por una parte, casi el 50% de los títulos disponibles en las librerías de nuestro país no se vende absolutamente nada; por otra –y esto es aún más alarmante–, la mitad de los hogares tiene menos de 50 volúmenes en sus anaqueles. Se trata de dos fenómenos diferentes que, sin embargo, se encuentran profundamente imbricados por cuanto revelan sobre la era contemporánea: el poco peso de un tejido libresco que, en caso de llegar a las casas, lo hace concentrado en grandes grupos editoriales, a menudo desgajado de complejidad y en bestsellers cuyos autores suelen ser influencers. No se da tanto un descalabro de este sector empresarial en general como un arrollamiento del mercado que frecuentemente ensalza lo mismo y, para más inri, destierra a buena parte de la población, alfabetizada en lo funcional, pero privada del goce de la palabra, pues su artefacto por excelencia, el libro, ha perdido el halo de legitimidad que detentó en otras épocas. La tristeza implícita en este hecho sólo la entenderá, me temo, quien haya leído algo más que el manual de la lavadora.

Paseemos imaginariamente por cualquier feria del libro de una ciudad de provincias: veremos la modesta cola generada por autores de esos que llaman "literarios" (¿de qué otra pasta serán los demás?), junto a la inmensa fila de fieles que esperan pacientemente la firma de algún famoso con decenas de miles de seguidores en redes. En ocasiones puntuales, ambas figuras confluyen en una sola persona; pero la tónica habitual es el brillo de perfiles atractivos que cuentan ya una legión de admiradores a sus espaldas, porque, como Gabriel Rufián, han priorizado llenar TikToks sobre bibliotecas. Que un político de izquierdas efectúe esas declaraciones nos habla de la espectacularización de una función de servicio público subyugada a la captura de votos en vídeos de 7 segundos –método desgraciadamente efectivo–, pero que ese mismo sometimiento a las pantallas se aplique a los escritores, simplemente para poder existir, condensa otra serie de problemas; entre ellos, la degradación de la literatura mediante su presentación efectista, facilitada, normalmente, por una redacción apresurada y desbrozada de originalidad. Por decirlo de otro modo: entre el piso sin libros y la gira del influencer media la preponderancia del entretenimiento sobre formas de cultura que impliquen cualquier esfuerzo cognitivo.

A esto podemos llamarlo contrailustración o idiotización premeditada, por ejemplo. Podemos denominarlo un mundo sin palabras donde el raciocinio encoge como el menú infantil de un restaurante. De hecho, a los ejemplares que surgen de estos fogones yo los he calificado en alguna ocasión como "literatura en potitos": triturada, volverá a nuestros dientes inservibles. Como autora, he intentado siempre no producir estas papillas ya mascadas hechas a base de vocabulario reducido y frases cortas en las cuales, con suerte, aparece algún verbo. Cuando, en ciertas entrevistas, me han preguntado por qué empleo términos singulares, he respondido con otra interrogación: ¿por qué los arquitectos de la Alhambra añadieron la filigrana deslumbrante de su yesería o a qué obedece la selva de arcos bicolores de la Mezquita de Córdoba? Quizá a encumbrar los saberes humanos y dignificar la belleza de su patrimonio. Esa sería, tal vez, la comparación más vistosa para explicar un deterioro intelectual que esconde graves consecuencias: si un joven no lee, o incluso si lee pero el mismo tipo de textos facilones reiteradamente –exponen mis amigos docentes–, tiende a creer que su vida representa el paradigma de lo universal; es decir, que no es un sujeto más dentro de una historia cambiante en la cual se han conquistado y perdido derechos, se ha arrasado con la estabilidad climática y se han enunciado múltiples idiomas, sino un ejemplo vivo, el único, extrapolable a cualquier tiempo y espacio.

¡Qué tragedia haber alcanzado tanta ignorancia! ¡Cuánto narcisismo, aunque ocurra de manera inconsciente! Y si una advierte de lo evidente, no faltarán voces que acusen de elitismo a quien se preocupa por el abandono de una herramienta fundamental en la riqueza mental y el placer estético de los pueblos. Quizá habría que recordar la popularidad de las novelas en folletín que compraban los anarquistas a principios del siglo XX para sentir y organizarse políticamente; las lecturas en voz alta efectuadas en las fábricas por parte de obreros alfabetizados dedicados a educar a sus compañeros; o la cantidad de volúmenes clandestinos que circularon entre la oposición al franquismo a lo largo de décadas. Hoy en día, esa gente que entregó la vida por la palabra escrita tal vez se abriría un Tiktok, bañaría sus millones de visualizaciones en potitos y, quién sabe si, al ir a ofrecérselos a sus hinchas, la mitad de ellos espetaría: ¡no los queremos!, ¡aquí somos famélicos declarados! Pero ya lo decía Antonio Machado: no culpemos al estómago, "el vacío es más bien en la cabez


sábado, 9 de mayo de 2026

"GRITO HACIA ROMA". Un poema de Federico García Lorca

El poema es una dura crítica a la corrupción y la falta de empatía de la jerarquía eclesiástica en Roma, en contraste con el sufrimiento de los pobres.

Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
Peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren
Y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.

Porque ya no hay quien reparte el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elegantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.

Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.

Pero el viejo de las manos traslucidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los
directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

viernes, 8 de mayo de 2026

"UN SILENCIO LLENO DE MURMULLOS". Gioconda Belli (2026), Barcelona, Seix Barral


Valeria hizo grandes sacrificios como protagonista activa de los cambios políticos de su país, Nicaragua. Tras su muerte en Madrid, en plena soledad, le corresponde a su hija Penélope viajar a España y ocuparse de sus bienes materiales. Rodeada de las pertenencias de una madre que siempre sintió ausente, Penélope resolverá incógnitas inesperadas y conocerá la apasionante vida de una mujer marcada por triunfos y derrotas, la clandestinidad y las vicisitudes del amor.

Un silencio lleno de murmullos es una emocionante novela sobre la zozobra de los secretos familiares y sobre los costes personales del compromiso político para una madre y su hija.

Exiliada en Madrid desde 2022, Belli ha escrito esta novela desde su propia experiencia como madre y como militante que ha vivido el auge y la caída del sueño revolucionario.

«Los hijos de quienes nos involucramos en la revolución sufrían una suerte de abandono. El de los padres se aceptaba. Otra cosa pasaba con las madres. Esa ausencia materna cargaba a ambas partes con un nivel de reproche y culpabilidad muy doloroso. He pensado en mis hijas escribiendo esta novela», Gioconda Belli.

AQUÍ RESALTO ALGUNOS PÁRRAFOS QUE ME HAN CAUTIVADO

Me asombra la impavidez con que uno asiste al espectáculo de la desgracia ajena, por mucha conmiseración que sienta. Se me ocurre que existe una química cerebral que nos provee de mecanismos de defensa que permiten a tantos existir al margen de los males de otros. Solo cuando uno está en medio de desgracias, lamenta la indiferencia del mundo. Página 29

La vejez es como una guerra de baja intensidad donde el ejército enemigo que es el tiempo va conquistando áreas del cuerpo. Página 78

La piel absorbe el miedo. Éste se queda a vivir bajo los poros como una alergia latente que despierta al rozarse con cualquier otro miedo. Página 92

Por andar protegida te perdés de la vida, hija, de la rabia, la euforia, el amor imposible o el que dura dos días pero te deja memorias para meses o para toda la vida. No solo se aprende de lo que sale bien; se aprende también de lo que sale mal, de las metidas de pata, de la melancolía y del mal de amores.» Página 102

Este cuaderno es el resultado de mi vida después de Alberto. Su muerte me dejó desolada. No hay sentimiento más terrible que ése, vivir porque sí, porque aún se respira y el corazón late: porque el tiempo sigue su curso sin importarle que las horas se queden vacías. Página 124

La idea de la revolución necesitaba una revolución interior, personal, que no se dio. A fin de cuentas, éramos hijos de una dictadura, llevábamos esa herencia en la sangre y fue apareciendo. En la lucha salió lo mejor de nosotros, pero el poder corroe las buenas intenciones. Página 147

Agradecimientos
Dedico también esta historia a los soñadores, los Sísifos que han visto cómo la roca que han subido se ha desplomado una y otra vez. Los animo a no dejar de soñar. Esas rocas seguirán desplomándose, pero no por eso es menos válido el esfuerzo por seguir intentando llegar a la cima. Página 242

"LOS DOS SASTRES". Cuento anónimo europeo

Dos sastres trabajaban el uno frente al otro desde hacía muchos años. Cortaban y cosían incansablemente, hablando de vez en cuando de distintas cosas.

Uno dijo al otro:

-¿Irás de vacaciones este año?

-No -contestó el segundo tras un momento de reflexión.

Regresaron a su silencio. Más tarde, el segundo sastre dijo de repente:

-Fui de vacaciones hace veinte años.

-¿Fuiste de vacaciones hace veinte años? -preguntó el primero, muy sorprendido.

-Sí.

Entonces el primer sastre, que no recordaba ninguna ausencia de su compañero, le dijo:

-¿Y adónde fuiste?

-A la India.

-¿A la India?

-Sí. Fui a cazar el tigre de Bengala.

-¿Fuiste a cazar el tigre de Bengala? ¿Tú?

Los dos hombres habían dejado de trabajar y se miraban. El segundo sastre, que parecía muy tranquilo, retomó la palabra para contar lo siguiente:

-Partí al alba sobre un magnífico elefante que un gran príncipe me había prestado. Armado con cuatro fusiles de culatas de plata y acompañado por una escolta de ojeadores, me aventuré en una montaña solitaria. De repente un tigre enorme se levantó rugiendo frente a mi montura, el tigre más grande que nunca se había visto en aquella región de Bengala. Mi elefante, asustado, se tiró para atrás, me caí en unos matorrales espinosos y el tigre se me echó encima y me devoró.

-¿Te devoró? -preguntó el primer sastre, que había estado escuchando estupefacto.

-Me devoró… por completo, hasta el último pedazo de carne.

-Pero bueno, ¿qué me cuentas? ¡Ningún tigre te devoró! ¡Sigues vivo!

Entonces el segundo sastre retomó el hilo, retomó la aguja y le dijo al primero:

-¿A esto le llamas vida?

FIN

jueves, 7 de mayo de 2026

"ATRÉVETE Y SUCEDERÁ". Un poema de Ana Rossetti, seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Ana Rossetti

El poema que hoy comparto, ‘Atrévete y sucederá’, escrito por la poeta Ana Rossetti, lo leí el pasado jueves en un encuentro con jóvenes en el IES Salduba de San Pedro de Alcántara, instituto en el que pasé seis maravillosos años de mi vida profesional y personal. Todos los años realizo allí una lectura de poemas que siempre suscitan conversaciones muy serias sobre asuntos que a los adolescentes les preocupan. Estos encuentros me gustan mucho porque corroboran su necesidad de hablar con adultos que sepan escucharlos y acoger sus pensamientos y sus emociones. Leí el poema de Ana Rossetti por comprobar cómo podía ser recibido por jóvenes antes de publicarlo hoy. Y funcionó muy bien, lo que confirma que la mejor poesía contemporánea puede llegar hasta ellos e interpelarlos. Se trata, como pide el poema, de alentar su imaginación, a la par que la nuestra, para idear mundos mejores, en los que prevalezcan la justicia, la esperanza y la bondad. (Andrea Villarrubia Delgado)

ATRÉVETE Y SUCEDERÁ

Imagina la oscuridad.
El horror dispara sus minutos a la velocidad de la metralla.
Las sirenas crecen como aullidos de chacales,
los gemidos retumban entre los escombros, clavan sus esquirlas.
Imagina tus lágrimas como bayonetas,
desahuciadas de todo consuelo, de toda piedad.
Refugios rebosando de miedo, temblando de miedo
mientras los cadáveres elevan sus montañas,
mientras los bombarderos gotean constelaciones en las aceras.
Imagina el aire entrándote, invadiéndote de muerte.
Se pulverizan árboles y bibliotecas;
se desgarran cuerpos y muros,
se mutilan recuerdos y palabras;
se siembran minas, terrores y esqueletos de pájaros.
Imagina la orfandad de las cosas. El llanto de las cosas.
Imagina cómo los héroes se envuelven en capas escarlatas.
Cómo los verdugos despliegan alfombras escarlatas.
Cómo las víctimas se ahogan en manantiales escarlatas.
Y cómo el espanto, la venganza y el odio
ganan batallas en tu corazón sobrecogido.
Estás en medio del recinto inexpugnable del pánico.
Y eres tú quien orquesta los crímenes.
Porque has sido tú.
Tú, que eres capaz de imaginar,
de sentir todo lo que imaginas,
de fabricar todo lo que sientes,
de construir realidades con los sueños
quién ha dado vida al horror.
Por eso, atrévete a cambiar la estructura
del mundo
y donde dices temor di esperanza
porque las lágrimas también son de alegría.
Porque la sangre también es nacimiento.
Porque la belleza también es sobrecogedora
y el amor un potente estallido.
Por eso, atrévete.
Apacigua tu mente,
ilumina tus ojos,
imagina justicia.
Imagina consuelo.
Imagina bondad.

ANA ROSSETTI

miércoles, 6 de mayo de 2026

"LA BUENA EDUCACIÓN". Laura Hojman, elDiario.es

Entender que el mundo no es una prolongación de tu realidad, que no está hecho a tu medida, que hay familias distintas, casas distintas, entornos socio económicos diversos

Hace unos días escuché al director de cine Victor García León en el podcast La cena de los idiotés plantear el siguiente dilema. Supongamos que eres una persona de izquierdas, tienes un hijo y quieres lo mejor para él. A los seis años tienes que mandarlo al colegio y entonces qué haces: ¿Eliges un colegio privado, dándole todas las herramientas posibles para trabajar en un mundo hostil, o le metes en el cole público de barrio y te fías de su talento y capacidad para sobrevivir en un mundo hostil?

El planteamiento me chirrió tanto que pensé que no podía ser, que quizá era un fragmento descontextualizado. Tuve que escucharlo varias veces para comprobar que sí, que Víctor García León, hijo, por cierto, de dos referentes culturales de la izquierda, la cantautora Rosa León y el director y guionista, Jose Luis García Sánchez, estaba diciendo lo que estaba diciendo.

No se trataba del dilema, elegir entre la pública y la privada, allá cada uno, por supuesto, sino de la afirmación que llevaba implícita el planteamiento: que la educación pública no da las mejores herramientas, que si hablamos de calidad educativa, el colegio privado es la mejor opción y que si mandas a tus hijos a la pública, tendrás que confiar en la suerte o en sus habilidades innatas para que sepan arreglárselas en el mundo.

Me da la sensación de que tal desprecio hacia la educación pública procede de un profundo desconocimiento de la misma.

He estudiado toda mi vida en la pública y no lo cambiaría por nada del mundo, por eso, cuando escucho que no ofrece “las mejores herramientas”, no puedo evitar preguntarme de qué estamos hablando exactamente. ¿Cuáles son esas herramientas? ¿Qué entendemos por una buena educación?

Si entendemos la escuela como una fábrica de futuros líderes del mercado laboral, como espacio que multiplica sus posibilidades de éxito económico, como un networking temprano para niños de seis años destinados a alcanzar el éxito profesional, puedo ver la lógica, pero no la comparto. Y sinceramente, me horroriza.

La educación primaria no es, o no debería ser, la antesala del mercado laboral. La escuela es el primer lugar donde uno se encuentra con el mundo fuera de casa, donde empieza a hacerse preguntas y a construir una mirada propia. Donde adquiere una cultura y también un modo de situarse ante la vida. Y en este aprendizaje hay algo mucho más valioso que instalaciones deportivas de primera o metodologías ultramodernas: la convivencia con otros que no se parecen a ti.

Entender que el mundo no es una prolongación de tu realidad, que no está hecho a tu medida, que hay familias distintas, casas distintas, entornos socio económicos diversos. Pero que dentro de ese micromundo, que es el colegio público, todos sois iguales y tenéis los mismos derechos.

Leía unas palabras de la también cineasta Lucrecia Martel que me parecieron de lo más reveladoras: “Cuando una familia decide frente dos posibilidades, entre la escuela pública y la privada ¿Qué es lo que se privilegia eligiendo la privada? Una futura red de contactos. No se privilegia qué va a aprender el chico sino a quien va a conocer. Uno sabe que a ese hijito lo va a sumergir en una red que le va a permitir resolver muchas cosas en la vida. Ese colegio al que asistí, que fue bastante inútil para mí en cuanto a formación, me permite, en dos o tres llamadas, conseguir un abogado, un juez, un notario. La educación genera una complicidad de clase que permite no ver el mundo.”

Quizá, la buena educación, las mejores herramientas, no sean solo las que nos permitan acceder a una posición acomodada, resolver cosas con dos o tres llamadas, sino las que nos enseñen a mirar el mundo con toda su complejidad y a no vivir en una burbuja, las que nos impulsen a cuestionarlo, y si es posible, transformarlo.

lunes, 4 de mayo de 2026

"EL GRAN ARQUERO O EL ARQUERO INFALIBLE". Cuento popular

Había una vez un rey que disfrutaba muchísimo de la caza del jabalí. Una vez por semana, en compañía de sus amigos más cercanos y del mejor de sus arqueros, salía de palacio y se internaba en el bosque a la búsqueda de los peligrosos animales que, ciertamente, eran una complicación para todos los granjeros y agricultores del reino. La emoción de la aventura se complementaba así con el servicio que se le prestaba a los súbditos al librarlos de sus peores enemigos, depredadores y asesinos.

Un día, mientras perseguía a un grupo de jabalíes que asolaban la región más occidental de su reino, se internó con sus compañeros en un bosque que nunca había recorrido. No era demasiado diferente de otros bosques excepto por el hecho de que en casi cada árbol del pequeño bosque estaba dibujado un rudimentario blanco de tiro. Tres círculos concéntricos de cal más un relleno y pequeño redondel blanco en el centro. Al rey no le llamaban la atención los círculos pintados en los troncos, pero sí le sorprendió ver que en el mismísimo centro de cada blanco había una flecha clavada.

Treinta o cuarenta troncos daban fe de la certeza de los flechazos, cada árbol con un blanco, cada blanco con una flecha, cada flecha en el centro justo del objetivo. Flechas que siempre lucían los mismos colores en sus plumas. Flechas iguales, disparadas posiblemente por el mismo arquero.

El rey preguntó a alguno de los guías por el autor de esos precisos blancos, pero nadie supo contestar.

– Un arquero así sería la mejor garantía de la seguridad del rey, comentó alguien.

– Con un guardaespaldas capaz de acertar cuarenta sobre cuarenta yo iría a cazar leones con una aguja…, rió otro.

– Ojalá sea solamente uno, dijo el arquero real, porque si no, nos quedaríamos todos sin trabajo.

El rey asintió y, rascándose la barbilla, mandó llamar al jefe de sus sirvientes y le dijo:

– Quiero a ese arquero en mi palacio mañana a la tarde. Convéncelo de que me vea, ordénale que venga, o tráelo con la guardia, ¿está claro?

– Sí, majestad, dijo el otro. Y cogiendo un caballo se dirigió al pueblo a buscar al arquero infalible.

Al día siguiente, un paje golpeó en la puerta de la alcoba real para decirle al soberano que su sirviente había llegado y pedía ver al rey.

El monarca se vistió presuroso y salió entusiasmado al encuentro del visitante.

Al llegar al salón de recepción solamente vio junto a su emisario a un jovencito de unos quince o dieciséis años, que sostenía displicentemente un pequeño arco en la mano.

– ¿Quién es este joven?, preguntó el rey.

– Es el joven que me pediste que trajera, dijo el sirviente, el que disparó las flechas del bosque.

– ¿Es verdad? ¿Tú disparaste esas flechas? Ten cuidado con las mentiras, podrían costarte la cabeza…

El joven bajó la mirada y balbuceando de miedo contestó:

– Sí, es verdad, yo las disparé.

– ¿Todas?, preguntó el rey.

– Cada una de ellas, dijo el joven.

– ¿Quién te enseñó a disparar con el arco?, preguntó el monarca.

– Mi padre, contestó el arquero.

– Y él, ¿dónde está?, preguntó todavía el rey.

– Murió hace seis meses, dijo con dolor el adolescente.

No tenemos al maestro, pero tenemos a su mejor alumno, pensó el rey.

– ¿Cuál es la técnica?, preguntó el rey.

– ¿Técnica?, repitió el joven.

– La manera de conseguir una flecha en el centro exacto de cada blanco, le aclaró el rey.

– Muy fácil, dijo el muchacho, yo disparo la flecha al árbol y, después, pinto los círculos a su alrededor.

"CUENTOS FILOSÓFICOS DEL MUNDO ENTERO". Jean-Claude Carrière

Relatos tradicionales de los cinco continentes, de Camerún a España pasando por India, Japón y el shtetl, contienen respuestas y preguntas para casi todo: también para la política

El emperador estaba preocupado por la cantidad de robos que se producían en el palacio. Sus consejeros le recomendaron elevar la altura de las murallas. En cambio, Nasreddin, nuestro héroe, le aconsejó que las bajara un poco más. Los ladrones ya estaban dentro: había que facilitar su salida. Esta historia es de otro libro, pero encajaría en los maravillosos relatos reunidos por el guionista, novelista y ensayista Jean-Claude Carrière (1931-2021), originalmente titulados El círculo de los mentirosos y reimpresos ahora como Pequeños cuentos filosóficos (en Lumen ambas ocasiones).

Los cuentos, tomados de tradiciones de los cinco continentes, de Camerún a España pasando por India, Japón y el shtetl, contienen respuestas y preguntas para casi todo: también la política. Figura en la colección El ladrón de oro, narrado originalmente por Lie Tseu y protagonizado por un hombre que roba en el mercado delante de todos. Cuando le preguntan por qué ha cometido su delito en público no habla de una sensación de impunidad, sino de que en ese momento solo veía el oro. Otros cuentos casi parecen describir la opinión pública, las predicciones y la falsificación. En El gran arquero, el emperador de Japón viaja a provincias y ve una flecha clavada en el centro de la diana. Quiere conocer al arquero, pero le dicen que es el tonto del pueblo. Le sorprende su puntería “casi divina” y le responden que es sencillo: “Primero tira la flecha y después dibuja la diana a su alrededor”. En El cambio de las aguas una maldición estipula que un día toda el agua de la tierra desaparecerá, y será sustituida por otra que volverá loco a quien la beba. Solo un hombre hace caso a la advertencia y acumula reservas. Cuando llega el día, la tierra se seca y él vive con su agua. Llueve, se llenan los ríos, vuelve con los demás y no entiende nada: han olvidado todo y solo dicen disparates. El hombre intenta convencerles, pero no lo consigue. Finalmente, decide beber el agua que toma el resto: entonces, cuenta el guionista de Valmont, El fantasma de la libertad o El artista y la modelo, “incluso olvidó el lugar donde guardaba su provisión de agua, y los otros lo tuvieron por un loco, que milagrosamente, había recuperado la razón”.

Otra historia que Carrière toma de la tradición china podría recordar la actual excusa para seguir sin presentar los presupuestos. Un hombre camina lentamente bajo la lluvia y un transeúnte apresurado le pregunta por qué no anda más deprisa. “También llueve delante”, contesta el hombre. (Daniel Gascón, El País)

domingo, 3 de mayo de 2026

"RETIRADO EN LA PAZ DE ESTOS DESIERTOS (elogio de la lectura y la imprenta)". Un poema de Francisco de Quevedo

Nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad


Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.
Francisco de Quevedo

sábado, 2 de mayo de 2026

"¿DE VERDAD HOY TODO ES NEURODIVERGENCIA?". Olga Carmona (Psicóloga clínica), El País

Ante el volumen de vídeos en redes sociales que diagnostican desde autismo hasta TDAH en menos de un minuto, conviene recordar que las etiquetas no siempre son inocuas

En los últimos años, la salud mental ha saltado del ámbito clínico a las conversaciones cotidianas y, sobre todo, a las redes sociales. TikTok, Instagram y YouTube se han convertido en una nueva fuente de “evaluación psicológica”, donde los diagnósticos se explican en vídeos de 30 segundos y la palabra neurodivergente aparece como etiqueta bajo miles de contenidos. El fenómeno tiene una cara positiva: la información llega a mucha gente que antes no tenía acceso a ella. Pero también una consecuencia preocupante: el autodiagnóstico indiscriminado y el uso inflacionario de etiquetas psicológicas que han perdido, en algunos casos, su verdadero significado.

Mateo, de 15 años, llegó a una consulta convencido de que tenía TDAH. Había visto varios vídeos donde se describían señales como “cambiar de interés rápido”, “aburrirse en clase” o “tener la cabeza llena de ideas”.

—Lo tengo clarísimo, soy neurodivergente —dijo en la primera sesión.

Tras una evaluación completa, se descubrió que no tenía un trastorno atencional, sino un nivel de ansiedad elevado, presión académica y un ritmo de sueño desordenado. Lo que había interpretado como un diagnóstico era, en realidad, una mezcla de estrés y sobrecarga emocional.

La palabra neurodivergente nació dentro de los movimientos de neurodiversidad para visibilizar a personas con autismo, TDAH, dislexia, discalculia y otros perfiles neurológicos distintos. Hoy, sin embargo, se ha extendido hasta convertirse en un paraguas donde cabe casi todo: “Soy neurodivergente porque soy muy sensible”. “Creo que soy neurodivergente porque me abruman las multitudes”. “Me cuesta concentrarme, seguro que soy TDAH”. En redes sociales, el hashtag #neurodivergente tiene millones de publicaciones. El problema no es el término en sí, sino su uso como etiqueta identitaria sin evaluación ni contexto.

Marina, de 32 años, estaba convencida de que era autista. Había encajado en todos los vídeos que veía: introversión, incomodidad social, gusto por la rutina, dificultad para improvisar. Pero en su historia clínica había algo que no aparecía en los vídeos: una infancia marcada por críticas constantes y un entorno rígido donde mostrar emociones era percibido como debilidad.

La evaluación confirmó que no era autismo, sino ansiedad social y un estilo de personalidad introvertido que durante años había confundido con algo más.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué hoy todo es neurodivergencia? La cara oculta del fenómeno es que se banalizan los diagnósticos complejos. Muchos rasgos descritos como “señales de TDAH” o “indicios de autismo” son, en realidad, experiencias comunes bajo estrés. Por otro lado, también se invisibiliza a quienes sí necesitan apoyos: si toda diferencia se convierte en neurodivergencia, los perfiles que requieren intervención específica quedan diluidos. Todo ello deriva en que se crean unas identidades rígidas porque, mientras para algunas personas, la etiqueta funciona como alivio; para otras, se convierte en una jaula: “No puedo cambiar, es que soy así”. Por último, de esta manera se saturan los servicios educativos y sanitarios. La demanda de “diagnósticos exprés” crece, incluso cuando no corresponden clínicamente.

El hecho de que ocurra especialmente en adolescentes se debe a que son precisamente ellos los que tienen una mayor necesidad de identificarse con algo. Las etiquetas dan pertenencia y sensación de explicación. A ello se suma la exposición constante a contenido psicológico en redes y a un malestar emocional real y poco acompañado. Además, en las redes se cae en contenido que abusa de un lenguaje psicológico superficial, y al contacto con adultos que también se autodiagnostican, reforzando el modelo.

En la actualidad, la frase “creo que soy neurodivergente” es para muchos adolescentes lo que hace décadas era “soy raro” o “soy diferente”. La etiqueta tranquiliza… pero no siempre aclara.


¿Cómo reconducir el discurso sin invalidar la diversidad?
— Enseñar a diferenciar rasgos de diagnósticos: ser sensible, intenso o introvertido no es una condición neurológica.

— Promover valoraciones profesionales completas: una evaluación bien hecha no solo nombra, sino que comprende numerosas historias, contextos y necesidades.

— Recuperar el valor del matiz: no todo lo que duele es un trastorno. No toda diferencia es neurodivergencia.

— Educar en gestión emocional y pensamiento crítico.

— El interés por la neurodiversidad es positivo. Comprendernos es necesario y nombrarnos puede ser útil, pero solo si las palabras mantienen su sentido y no se utilizan como atajos emocionales. La diversidad humana es real, rica y compleja. No cabe en diagnósticos reducidos a vídeos de un minuto.

viernes, 1 de mayo de 2026

"ASNOS ESTÚPIDOS". Un cuento de Isaac Asimov

Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados.

En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa un año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron- lo conozco.

Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.

Escribió, pues: La Tierra.

-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero.

-De ningún modo, señor -respondió el mensajero.

-Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.

-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.

Naron se quedó atónito.

-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?

-Todavía no, señor.

-Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones?

-En su propio planeta, señor.

Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:

-¿En su propio planeta?

-Si, señor.

Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos! -murmuró.

FIN

jueves, 30 de abril de 2026

"TERRORISTAS". Un poema de Wislawa Szymborska

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.

miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.