sábado, 3 de octubre de 2026

"FREAKS". Un cuento de María Fernanda Ampuero

Narra la historia de un niño que sufre el rechazo de su propia familia y decide rescatar a un niño con hidrocefalia explotado en un circo

Mirar el reloj. Ver la manecilla grande girar hasta llegar a las doce. Gritar llegaron las vacaciones. Correr a la camioneta familiar y trepar con cuidado. Esquivar los cocachos de los hermanos. Aguantar que digan marica, mariquita, maricón, maricueco, marinero, mariposa, mariposón, muerdealmohadas, soplanucas, meco, trolo, sopa, badea, puto, desviado, niña, choto, cueco, galleta, loca, hasta que se cansan. Levantar la cara y sentir el viento cambiar, hacerse más puro, más lindo. Oler el mar desde lejos y sonreír. Esquivar nuevos cocachos. Escuchar otra vez lo de por qué eres así, párate como hombre, qué es esa mano. Abrazar a la abuela. Comer el pescado recién muerto con el ojo aún brillante. Correr a la playa. Correr como un perro. Correr y correr con todo lo que dan las piernas. Lanzarse al agua. Dar grititos de alegría. Bañarse en la espuma. Sumergirse a lo más profundo. Aguantar la respiración tanto que parece que el aire ya no es necesario. Bajar y bajar. Tocar las estrellas de mar, los corales, las tortugas marinas que pastan como vaquitas acorazadas. Rogar por un rato más en el agua antes de volver a casa. Resignarse. Secarse. Comer. Hacer la siesta. Despertar colorado de sol y calor. Visitar el pueblo con su circo y su mercado. Entrar a una de las carpas y ver por primera vez al cabezón. Arrugar la nariz del espanto de la mierda. Cubrirse la boca con el pañuelo. Aguantar la náusea que sube el pescado sin digerir hasta el pecho y llena los ojos de lágrimas. Mirar al cabezón, mirarlo bien. Ser mirado por él. Preguntar qué le pasa a ese niño, por qué tienen a ese niño entre los chanchos y la porquería de los chanchos, dónde están los padres de ese niño. Agarrar la mano de mamá con miedo. Bajar los ojos ante la mirada del cabezón. Volver a subirlos para encontrarlo llorando, extendiendo los bracitos a la gente que lo mira. Controlar la arcada cuando un chancho primero olisquea al cabezón y luego se hace caca casi sobre él. Espantar las moscas y los moscardones. Escuchar a mamá decir pobrecito y a papá decir qué bestia y a los hermanos puto asco ese monstruo. Insistir que hay que ayudarlo, llamar a la policía, llevárselo de ahí. Gritar. Entender que nadie, ninguno de los adultos que mira con asco al cabezón y se tapa la nariz con la mano, va a hacer nada. Ocultar las lágrimas al ver que el cabezón, después de llorar y berrear, dormita con su pulgar mugriento metido en la boca. Rabiar por ser demasiado joven para meterse en la porqueriza, levantarlo en brazos, llevárselo primero a bañar y luego a comer. Negarse a irse. Recibir un golpe en el hombro de uno de los hermanos y un empujón del otro. Volver a escuchar durante todo el camino a casa la retahíla que empieza con marica. Soñar que los chanchos se comen al cabezón, que el cabezón muerto le grita que por qué no hizo nada para ayudarlo, que lo persigue por la playa apenas sostenido por esas piernas ridículas al lado del tamaño de su cabeza, un niño cangrejo. Despertar bañado en sudor y temblando. Esquivar a los hermanos que lanzan golpes y preguntan si la niña se asustó por una pesadilla. Verlos hacer una imitación de que ellos creen que es una niña asustada. Callar. Levantarse al amanecer. Ayudar a la abuela con el desayuno. Recoger los huevos a pesar del vendaval de cacareos y plumas de las gallinas. Agradecer las monedas de la abuela. Desayunar mirando a cada uno de los miembros de la familia. Ver el pan desaparecer en segundos en las mandíbulas de sus hermanos. Ver la frente del papá, siempre tan llena de arrugas, detrás del periódico. Ver la forma tan triste con la que mamá sostiene la taza. Devolver la mirada a la abuela que sabe, que entiende, que le dice te quiero sin decir palabra. Correr al pueblo. Buscar al borracho que cuida la entrada del circo. Poner las monedas de la abuela en esa palma mugrienta. Temer a esa sonrisa negra y viciosa, a esa lengua que asoma, a esa mano rápida que lo quiere tocar. Entrar a la porqueriza donde duerme el cabezón. Espantar a los chanchos que se alejan gruñendo. Levantarlo en sus brazos. Sorprenderse de lo que poco que pesa. Acercarlo a su cuerpo. Sonreír. Huir del borracho que le grita que qué hace con el monstruo, que si le quiere hacer alguna cosa tiene que pagar más. Salir otra vez al sol con el cabezón en brazos como una madre orgullosa de su criatura. Alejarse del circo y del borracho que llama a gritos a los otros para que detengan al mariconcito que se está robando al cabezón. Correr hacia el acantilado susurrando que todo va a estar bien, que van a estar bien, que todo eso se va a acabar, lo feo, los chanchos, las miradas asqueadas de la gente, los coscorrones, el miedo. Llegar a la cima con la gente del circo pisándoles los talones, gritando qué haces, maricón estúpido. Mirar al cabezón que sonríe con su boca sin dientes y sus ojitos brillantes de pescado y que le dice sin hablar hermano, hermano. Lanzarse al mar. Sentir que durante la caída las piernas se juntan en una sola y que va creciendo, rápida y violenta, una cola que al chocar con el agua levanta una espuma iridiscente, cegadora de tan hermosa.

FIN

viernes, 2 de octubre de 2026

"EL SILENCIO". Un poema de Claes Andersson

No idealices el silencio
Hablar es oro
En el silencio medran ratas y peste
Mira con qué silencio te devora el tumor
Ahí sobra el diálogo
No creas que el verdugo parlotea con la víctima
No creas que el quiste da los buenos días
No creas que la falta de amor confiesa su carencia
No creas que las balas discuten
¿Crees que la cuerda llora?
¿Crees que los somníferos suspiran?
No creas que el hombre escribe resoluciones
cuando las ratas se le han comido la lengua
¿Crees que las púas de la alambrada sirven como agujas
    de gramófono?
No creas que crece nada en el interior del silencio
excepto el silencio de los silencios


jueves, 1 de octubre de 2026

"LA TUMBA DE ANTÍGONA". Una obra de María Zambrano

Símbolo incuestionable de integridad moral y fuerza vital, Antígona es una de las figuras mitológicas más tratadas en la historia del pensamiento. A ella, escribía María Zambrano (1904-1991) en 1948, «no podemos dejar de oírla», pues «la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida». La pensadora nunca abandonó su interés por esta heroína, cuya trágica historia, narrada por Sófocles en la tragedia homónima, encierra numerosos asuntos que Zambrano trató con hondura a lo largo de su trayectoria intelectual: la estrecha línea fronteriza entre filosofía y literatura, el carácter social y político de la libertad, el uso y abuso del poder, el exilio o el protagonismo de lo femenino.

El interés de María Zambrano por la figura de Antígona acompaña a la autora a lo largo de su trayectoria como escritora. Los motivos del interés de Zambrano por el personaje de Sófocles son diversos, y propia su interpretación de Antígona. En la figura trágica griega ve Zambrano la encarnación de toda una época: la suya propia, reprimida por la guerra civil y el consiguiente exilio. Pero también declara la autora que es esta la tragedia de Sófocles "más cercana a la filosofía", motivo este clave para entender el interés de Zambrano: poesía sí, pero no ajena al conocimiento.

En "La tumba de Antígona" la autora abandona su habitual estilo ensayístico y construye diversas voces para sus personajes de ficción. "La tumba de Antígona" es un texto clave en la trayectoria de Zambrano. Antígona será en esta obra la que hable, pero también la que escuche. Pregunta para saber. Su palabra ilumina, pero también será iluminada en un mundo donde voces y ecos se entrelazan estrechamente.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

"EL TREN HA SILBADO". Un cuento de Luigi Pirandello

Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían.

Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un placer peculiar, utilizando los términos científicos que acababan de aprender de los médicos:

—Frenesí. Frenesí.

—Encefalitis.

—Inflamación de la membrana cerebral.

—Fiebre cerebral.

Y querían parecer preocupados; pero en el fondo estaban tan contentos, saliendo tan saludables de aquel triste manicomio, hacia el azul alegre de la mañana invernal, tras cumplir su deber con la visita.

—¿Se va a morir? ¿Se va a volver loco?

—¡Quién sabe!

—Morir, parece que no…

—Pero, ¿qué dice? ¿Qué dice?

—Siempre lo mismo. Desvaría.

—¡Pobre Belluca!

Y a nadie se le ocurría que, por las muy especiales condiciones de vida que aquel infeliz sufría desde hacía tantos años, su caso podía incluso ser muy normal, y que todo lo que Belluca decía —y que a todos les parecía un delirio, un síntoma del frenesí— podía ser la explicación más sencilla de aquel caso suyo tan natural.

La noche anterior Belluca se había rebelado violentamente contra su jefe y, frente a los ásperos reproches de este, casi se le había lanzado encima, ofreciendo un firme argumento a la suposición de que se tratara de una verdadera alienación mental.

Porque hombre más manso y sumiso, más metódico y paciente que Belluca, no se podría imaginar.

Circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de trabajo. Pobre Belluca: estaba circunscrito dentro de los límites angostos de su árida profesión de contable, sin otra memoria que no fuera la de partidas abiertas, partidas simples o dobles o contrapartidas, deducciones y devoluciones e importes; notas, libros mayores, cartapacios, etcétera. Era un casillero ambulante; o, más bien, un viejo burro que tiraba callado, siempre al mismo paso, siempre por la misma calle, siempre del mismo carro, con sus anteojeras.

Pues bien, a veces ese viejo burro había sido azotado, fustigado sin piedad, por mera diversión, por el gusto de ver si se encabritaba un poco o al menos levantaba un centímetro las orejas gachas, o daba alguna señal de levantar una pata para disparar una coz. ¡Nada! Había soportado azotes injustos y pinchazos crueles sin levantar la voz, siempre sin resollar, como si no lo tocaran, o mejor, como si no los sintiera, acostumbrado desde hacía años a los continuos y solemnes bastonazos de la suerte.

Entonces aquella rebelión era verdaderamente inconcebible, a no ser que fuera efecto de una imprevista alienación mental. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 28 de septiembre de 2026

"SI MAÑANA NO VUELVO". Un poema de 2011 de la activista peruana Cristina Torres Cáceres

"Si mañana no vuelvo
Si mañana no te contesto las llamadas, mamá.
Si no te digo que voy a cenar. Si mañana, mami, no aparece el taxi.
Tal vez estoy envuelta en las sábanas de un hotel,
en una carretera o una bolsa negra. (Mara, Micaela, Majo, Mariana).
Tal vez estoy en una maleta o me perdí en la playa (Emily, Shirley).
No te asustes, mamá, si ves que me apuñalaron (Luz Marina).
No grites cuando veas que me arrastraron (Arlette).
Mamita, no llores si te enteras que me empalaron (Lucía).
Te dirán que fui yo, que no grité, que fue mi ropa, el alcohol en mi sangre.
Te dirán que fue la hora, que estaba sola.
Que mi ex el psicópata tenía motivos, que yo fui infiel, que fui puta.
Te dirán que viví, mamá, que me atreví a volar muy alto en un mundo sin aire.
Te juro, mami, que morí peleando.
Te juro, viejita, que grité tan alto como volé.
Se va a acordar de mí, ma, sabrá que fui yo quién lo jodió
cuando me vea en el rostro de todas las que le van a gritar mi nombre.
Porque sé, mamá, que no vas a parar.
Pero, por lo que más quieras, no ates a mi hermana.
No encierres a mis primas, no prives a tus sobrinas.
No es su culpa, mamá, tampoco fue mía.
Son ellos, siempre serán ellos.
Lucha por sus alas, por las que me cortaron.
Lucha para que sean libres y vuelen más alto que yo.
Pelea para que griten más fuerte que yo.
Que vivan sin miedo, mamá, tal como viví yo.
Mamita, no llores mis cenizas.
Si mañana soy yo, mamá,
si mañana no vuelvo, destrúyelo todo.
Si mañana me toca, quiero ser la última."

Un reciente caso de violencia ha conmocionado a toda Italia, de tal manera que la comunidad ha resucitado un poema elaborado por Cristina Torres Cáceres, una activista peruana que lo publicó el año 2011, devastada por los terribles acontecimientos de violencia contra la mujer en toda América Latina.

domingo, 27 de septiembre de 2026

"PRISIÓN DE ZABALLA: REANUDAMOS LA TERTULIA LITERARIA-CLUB DE LECTURA DIALÓGICA".

El martes pasado, 22 de septiembre, reanudamos la actividad de Tertulias Literarias/Club de Lectura Dialógica en la prisión de Zaballa.

Esta Tertulia o Club viene funcionando sin interrupción desde el año 2000. La comenzamos en la ya desaparecida prisión de Nanclares y la continuamos en la nueva de Zaballa. Por ella han pasado más de 300 internos e internas.

Este curso empezaremos, de momento, 18 personas, hombres y mujeres. El número de participantes oscila entre 15 y 20, ya que a lo largo del curso, debido a la complejidad de la vida penitenciaria, se producen altas y bajas.

En cuanto a las lecturas, el año pasado terminamos leyendo "Retrato de una artista adolescente" de James Joyce y este curso comenzaremos con "Historia de dos ciudades" de Charl Dickens. 

Si queréis poneros en contacto con esta tertulia o recabar más información sobre la misma, podéis enviar un correo a: mikelepa@gmail.com

sábado, 26 de septiembre de 2026

"PAPÁ NOEL DUERME EN CASA". Un cuento de Samanta Schweblin

La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

—Se la enviamos a Papá Noel —y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

—Falta el código postal.

—Pero es para Papá Noel —dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo:

—Sin código postal no sale.

—Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal —dijo papá.

—Sin código postal no sale —dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó al mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Por eso yo estaba preocupado ese día, porque no sabía si la carta le había llegado o no a Papá Noel. Además no podíamos contar con mamá desde hacía casi dos meses, y eso también me preocupaba, porque la que siempre estaba en todo era mamá, y las cosas salían bien entonces. Hasta que dejó de preocuparse, así nomás, de un día para el otro. La vieron unos médicos, papá siempre la acompañaba y yo me quedaba en la casa de Marcela, que es nuestra vecina. Pero mamá no mejoró. Dejó de haber ropa limpia, leche y cereales a la mañana, papá llegaba tarde a los lugares a los que debía llevarme, y después llegaba otra vez tarde para pasarme a buscar. Cuando pedí explicaciones papá dijo que mamá no estaba enferma ni tenía cáncer ni se iba a morir. Que bien podría haber pasado algo así pero él no era hombre de tanta suerte. Marcela me explicó que mamá simplemente había dejado de creer en las cosas, que eso era estar “deprimido”, y te quitaba las ganas de todo, y tardaba en irse. Mamá no iba más a trabajar ni se juntaba con amigas ni hablaba por teléfono con la abuela. Se sentaba con su bata frente al televisor, y hacía zapping toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. Yo era el encargado de darle de comer. Marcela dejaba comida hecha en el freezer con las porciones marcadas. Había que combinarlas. No podía, por ejemplo, darle todo el pastel de papas y después toda la tarta de verdura. La descongelaba en el microondas y se la alcanzaba en una bandeja, con el vaso de agua y los cubiertos. Mamá decía:

—Gracias mi amor, no tomes frío —lo decía sin mirarme, sin perder de vista lo que sucedía en el televisor.

A la salida del colegio me agarraba de la mano de la mamá de Augusto, que era hermosa. Eso funcionaba cuando venía a buscarme papá, pero después, cuando empezó a venir Marcela, a ninguna de las dos parecía gustarle eso, así que esperaba solo debajo del árbol de la esquina. Viniera quien viniera a buscarme, siempre llegaban tarde.

Marcela y papá se hicieron muy amigos, y algunas noches papá se quedaba con ella en la casa de al lado, jugando al póquer, y a mamá y a mí nos costaba dormirnos sin él en la casa. Nos cruzábamos en el baño y entonces mamá decía:

—Cuidado mi amor, no tomes frío —y volvía frente al televisor.

Muchas tardes Marcela estaba en casa, eran las tardes en que cocinaba para nosotros y ordenaba un poco. No sé por qué lo hacía. Supongo que papá le pediría ayuda y como ella era su amiga se sentía en la obligación, porque la verdad es que no se la veía muy contenta. Un par de veces le apagó el televisor a mamá, se sentó frente a ella y le dijo:

—Irene, tenemos que hablar, esto no puede seguir así…

Le decía que tenía que cambiar de actitud, que así no llegaría a ningún lado, que ella ya no podía seguir ocupándose de todo, que tenía que reaccionar y tomar una decisión o terminaría por arruinarnos la vida. Pero mamá nunca contestaba. Y al final Marcela terminaba yéndose con un portazo, y esa noche papá pedía pizza porque no había nada para cenar, y a mí la pizza me encanta. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 25 de septiembre de 2026

"AL ATARDECER". Un poema de Constantino Cavafis

De cualquier forma aquellas cosas no hubieran durado mucho.
La experiencia de los años así lo enseña.
Mas qué bruscamente todo cambió.
Corta fue la hermosa vida.
Pero qué poderosos perfumes,
en qué lechos espléndidos caímos,
a qué placeres dimos nuestros cuerpos.

Un eco de aquellos días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
las cenizas del fuego de nuestra juventud;
en mis manos cogí de nuevo la carta,
y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz.

Y melancólicamente salí al balcón,
salí para distraer mis pensamientos mirando
un poco la ciudad que amo,
un poco del bullicio de sus calles y sus tiendas.

jueves, 24 de septiembre de 2026

"Un estudio sobre la lectura dialógica de "La metamorfosis" en personas con psicosis recibe el reconocimiento Editor's Choice de la APA por su impacto en la salud mental". Universidad de Deusto

Liderado por Aitana Fernández Villardón y Rocío García Carrión (equipo eDucaR-UD), ha sido seleccionado por su relevancia e impacto en la comunidad científica

Las personas que conviven con trastornos mentales graves como la psicosis suelen tener dificultades para comprender su propia salud mental. Esta capacidad de reconocer la condición que se padece, la necesidad de seguir un tratamiento y las implicaciones sociales del diagnóstico se conoce como ‘conciencia de enfermedad’ o insight clínico. La falta o limitación de esta conciencia se asocia frecuentemente con el abandono del tratamiento, un mayor riesgo de recaídas e ingresos hospitalarios recurrentes.

Frente al modelo médico tradicional, centrado principalmente en el diagnóstico y la medicación, la investigación “Fostering Insight Among Individuals With Psychosis Through Dialogic Reading”, liderada por las investigadoras del equipo eDucaR de la Universidad de Deusto, aporta un enfoque innovador y humanizador.

Este trabajo se fundamenta en un modelo dialógico que permite a los participantes articular sus propias voces, reflexionar sobre sus vivencias y construir un significado compartido en un ambiente de profundo respeto e igualdad. Este espacio se concreta a través de la lectura dialógica, en el que se ha debatido La metamorfosis de Franz Kafka actuando como catalizador del diálogo. El estudio demuestra que esta metodología ofrece una alternativa no estigmatizante que ayuda a las personas con psicosis a desarrollar un mayor insight y a comprender sus experiencias desde la agencia y el respeto mutuo.

El trabajo, publicado en la revista científica Psychiatric Rehabilitation Journal, ha sido reconocido con la distinción Editor's Choice de la Asociación Americana de Psicología (APA) por su relevancia e impacto en el ámbito de la salud mental.

23 pacientes, 54 sesiones

El estudio reunió a 23 personas (17 hombres y 6 mujeres) ingresadas en unidades de rehabilitación psiquiátrica de larga estancia en un hospital del norte de España. Todas tenían diagnósticos del espectro de la psicosis (como esquizofrenia o trastorno esquizoafectivo), y 17 de ellas presentaban además patología dual, combinando el trastorno mental con un historial prolongado de adicciones (drogas, alcohol o ludopatía).

Durante cinco meses, divididas en tres grupos, participaron semanalmente en una sesión de aproximadamente 45 minutos, centradas en la lectura de La metamorfosis de Franz Kafka. La obra elegida fue acordada con los propios pacientes por ser un texto con una gran carga metafórica sobre la transformación, el aislamiento social, la alteración de la percepción corporal y la pérdida de identidad.

Reflexión sobre la enfermedad y el consumo de sustancias

Los resultados del estudio revelan que ese espacio seguro permitió a los pacientes desarrollar una mayor conciencia de su enfermedad. Al hablar del personaje de Kafka, pudieron verbalizar por primera vez experiencias traumáticas de sus primeros brotes psicóticos, los momentos de aislamiento o el bloqueo emocional, reflexionando sobre su “etiqueta médica” de su verdadera identidad.

Asimismo, la lectura dialógica ayudó a abordar las consecuencias sociales de la enfermedad. Las personas participantes reflexionaron sobre el estigma que sufren en la sociedad y expresaron un profundo arrepentimiento por el dolor causado a sus familias, reconociendo a su vez la importancia de dejarse ayudar por profesionales.

Una de las aportaciones más relevantes del estudio fue la aparición de pensamientos relacionados con las conductas adictivas. Varias personas identificaron que el consumo de drogas o alcohol actuaba inicialmente como un intento desesperado de afrontar la soledad o la tristeza. Del mismo modo, las reflexiones sobre la adicción al juego mostraron cómo la culpa e incluso la “autodestrucción” alimentaban la conducta compulsiva. El grupo permitió identificar desencadenantes y valorar el apoyo social como escudo ante las recaídas.

Protagonistas de su proceso

La valoración de la actividad por parte de los participantes fue sumamente positiva, llegando a describir la lectura dialógica como "una terapia para su cerebro". Destacaron el ambiente de calma que les permitía expresarse sin ansiedad, la escucha activa y la identificación empática con el resto del grupo. Asimismo, remarcaron la recuperación de su propia agencia, subrayando que en estas sesiones se sintieron los “protagonistas” de su propio proceso, a diferencia de su experiencia en otros entornos terapéuticos más convencionales.

En conclusión, la investigación demuestra que incorporar un entorno dialógico en los procesos de rehabilitación psiquiátrica ofrece un espacio no estigmatizante, seguro y eficaz para devolver la voz, la agencia personal y la autoconciencia a las personas con trastornos mentales graves.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

"LA GANGA". Un cuento de Truman Capote

Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 21 de septiembre de 2026

"FE DE ERRATAS". Un poema de Alejadro Pedregosa seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poema que hoy comparto cierra el libro ‘Lo que sé de Whitney Houston’, escrito por Alejandro Pedregosa. La vida de la cantante que da título a ese hermoso e intenso libro enhebra los poemas que contiene, pero por él transitan también historias (en el fondo la misma historia) de personas que desde distintos sufrimientos llegaron al suicido. Es este un libro de amor (o de amores) y de recuerdos, en primer lugar de la cantante estadounidense, a la que toma como referencia de alguien que sucumbió al dolor de vivir, pero también de todos aquellos que decidieron en algún momento no continuar caminando por la vida. Y es que el suicidio sigue siendo un misterio, un estupor, como lo es siempre el amor y sus encarnaciones. El poema compartido se titula ‘Fe de erratas. Epílogo’ y nos recuerda que, como las que afean las páginas de cualquier libro, existen erratas que malogran vidas. Si siempre desgarra la muerte de la persona a la que se ama, se ensancha la herida si ese final es voluntario, inesperado. (Andrea Villarrubia Delgado)
FE DE ERRATAS
(Epílogo)

Si alguna vez los versos de este libro
alcanzan una vida en tinta y celulosa,
si alguna vez los ojos de un ajeno
se paran a leer con lentitud
las cosas que he pensado tras tu muerte,
conviene se corrijan previamente
unas cuantas erratas que -espinas
en el tallo del rosal-
andan diseminadas por el texto.

Donde dice Newark, por ejemplo,
bien se puede poner Navacerrada,
Pamplona, Panticosa o cualquier sitio
donde sepa una niña con coletas
enterrar sus fantasmas bajo un manto de nieve.
Y, en los versos que tengan la palabra “bañera”,
lo correcto sería escribir “balcón”,
porque ¿quiénes de aquellos que estuvimos
a dos palmos de ti podemos hoy
asomarnos a ese abismo
sin que el vértigo nos tumbe?

Nunca dormiste, claro está,
en el Hotel Beverly Hilton de Los Ángeles,
pero te amé y me amaste en un piso pequeño,
de protección oficial, que daba a la avenida
de las Artes, con el sol declinando
en las últimas tardes de septiembre.

No encontraste el infierno, como Whitney,
en las drogas que batieron la sangre
de nuestra generación
-cocaína y speed, principalmente-,
así que lo correcto sería consignar
en estos versos tu afición al vino tinto
y, en los malos momentos, que los hubo,
su mezcla con maría y Orfidal.

Es verdad que no viste cantar al azulillo,
pero te complacía el trino
meridiano de los mirlos. Y es por eso
que los mirlos se parecen a tu alma:
¿de qué si no su pico anaranjado,
el color de tus labios en los míos?

Y poca cosa más. El resto de detalles
-imprecisiones, mentiras y dudas
ortográficas- queden para los críticos
en boga y correctores de estilo.
Nosotros ya hemos hecho en esta vida
cuanto estuvo en nuestras manos
por ser fieles al hecho de vivir.
Si al cabo no acertamos en las formas,
es porque fuimos en el fondo libres
-libérrimos a veces- y, en lo que toca al amor,
enamorados.

ALEJANDRO PEDREGOSA

domingo, 20 de septiembre de 2026

"LA ÚLTIMA FOTO: LA CAMPAÑA PARA SACAR EL SUICIDIO DEL ARMARIO". Eleonora Giovio, El País

“Yo no lo vi venir a pesar de mirar a mi hijo con el alma”, una madre que perdió a un hijo por suicidio impulsa la iniciativa para reivindicar la importancia de hablar de lo “incómodo y difícil” porque puede salvar vidas


Vicky Nieto tiene 63 años y perdió a su hijo de 24 por suicidio el 13 de enero de 2025. Desde entonces, relata, vive un dolor “devastador, que te atraviesa y es tan terrible que te produce sensaciones físicas que nunca había tenido”, y que ella ha utilizado, asegura, para “convertirlo en algo útil” y para “atravesar” su duelo. Ha creado y buscado ayuda para financiar una campaña de sensibilización que ayude a los demás en sus duelos y que “saque el suicidio del armario”. Se llama La última foto y se presentará este jueves, día mundial de la prevención del suicidio, enfrente del Congreso.

Está protagonizada por personas reales: hombres, mujeres, jóvenes, adultos que se quitaron la vida y recopila sus últimas fotos antes de morir por suicidio. Se les ve sonrientes, serenos, aparentemente normales, bromeando, disfrutando de la cotidianidad. Igual que hacía el hijo de Vicky. “Como madre sientes que tu responsabilidad es cuidar de tus hijos. Para mí la tragedia es pensar que el suicidio es una realidad en tu vida sin que tú lo hayas visto venir. Es el punto en el que me anclo y que más me ha impulsado para hacer esto. Y no, no lo vi venir porque no hubo señales, estaba en el ángulo muerto: como cuando vas en el coche y de pronto aparece una moto y dices ‘Pero ¿dónde estaba? Si no la he visto’. Hay una pregunta horrible que te hace mucha gente desde el cariño, pero con torpeza emocional: ¿Pero tú no viste nada? Y te quieres morir”, cuenta.

Y añade: “No vi nada, no, pese a mirarle con el alma. La realidad a la que te tienes que enfrentar es que tu hijo, lo que más querías en el mundo, dormía en la habitación de al lado, cenabas con él todos los días, le dabas un abrazo por las mañanas y por las noches y le mirabas a los ojos y no lo viste… Ahí estaba él pasando en silencio ese dolor que le llevó a tomar esa decisión y tú no lo viste...”.

Por eso ha invertido todo su tiempo y energía en montar la campaña La última foto. “Para demostrar que no es fácil ver las señales, hay datos que lo demuestran. La mayoría no sabría tampoco reconocer las señales. Hay casos con enfermedades mentales diagnosticadas, claro, pero cuando hablamos de personas que toman esa decisión por un sufrimiento emocional es que hay un problema: así como sabemos detectar el sufrimiento físico, no estamos preparados para identificar el sufrimiento emocional. Alguien puede estar roto por dentro y, sin embargo, seguir sonriendo, estudiando, conduciendo y hasta seguir amando”, explica.

La versión británica de la campaña en Reino Unido, celebra Vicky, tuvo mucha repercusión. Y ella, publicista durante 30 años, les pidió consejos sobre cómo hacer una parecida. En ella se puede leer: “Estas son las últimas imágenes de personas que murieron por suicidio. El suicidio no siempre da señales. El silencio mata. Hablar salva”.

El suicidio es, según la OMS, un problema de salud pública que no depende de una sola causa, sino en el que influyen múltiples factores: sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. La persona que se suicida no quiere acabar con su vida, sino con el sufrimiento que padece. Se estima que hay más de 720.000 suicidios al año en todo el mundo y, según la OMS, por cada suicidio se producen otros 20 intentos que afectan directamente a una media de seis personas del entorno. En España, murieron por suicidio 3.954 personas en 2024 (últimos datos del INE disponibles) son casi once al día. Comunicar ese sufrimiento, coinciden los especialistas, no es fácil. Y, sin embargo, cuando una persona puede hablar de lo que le ocurre sin miedo a ser juzgada o estigmatizada, siente alivio.

Dar el paso no es fácil. Lo corrobora Vicky. “Mi hijo tenía soporte, apoyo, sabía que en casa y con la familia se podía hablar de todo y, sin embargo, decidió ocultar ese sufrimiento de manera premeditada porque una parte de ese sufrimiento tiene que ver con sentirse culpable. Y contarlo agudiza esa culpabilidad. No quieren hacerte preocupar porque piensan que eso va a ser como soltar una bomba atómica en casa. Y ahí entran en ese túnel oscuro que llaman los especialistas, en el que cada vez estás más solo y en el que solo quieres dejar de sufrir”.

Por eso, repite Vicky “hablar salva”. Por eso, insiste, hay que hablar del suicidio, sacarlo del armario. “Los sobrevivientes de suicidio te dicen que pedir ayuda o verbalizar lo que sienten se les hace una montaña. Por eso tenemos que romper ese silencio. Tenemos que aprender a tener conversaciones incómodas, tenemos que aprender también los que estamos al otro lado a tener esas conversaciones y aprender a acompañar hasta que lo incómodo se haga cómodo. No vamos a terminar con el problema del suicidio, claro que no, pero hay un porcentaje de muertes que son evitables. Y para evitarlas tiene que ser más fácil hablar de ello”.

Y subraya: “El otro tema de la campaña es justo ese: quitemosle la carga a la conversación. Consigamos que se pueda hablar de ello”. Lo incómodo, dice, es recibir una llamada en la que te dicen que tu hijo, pareja, hermano se ha suicidado.

La campaña, dirigida por el cineasta Santiago Zannou, ha contado con la ayuda de creativos publicitarios y agencias que se han ido sumando. “Pregunté a Sanidad dónde estaban las campañas de sensibilización de las que el Plan de Prevención del Suicidio 2025-27 destacaba la necesidad [en el artículo 2.1 establece como medida hacer una campaña anual]. Nunca tuve respuesta. Esta que presentamos es la campaña que tendría que haber hecho el Gobierno. La hemos hecho una serie de personas con cero medios y cero presupuesto para demostrar que si se quiere, se puede”. Pues aquí estamos demostrando que si se quiere, se puede".
Si necesita ayuda, tiene pensamientos o ideaciones suicidas puede llamar al 024; al teléfono de la Esperanza (717 003 717) o escribir por WhatsApp al 666 640 665. También ofrece asistencia la Fundación ANAR (900 20 20 10).

sábado, 19 de septiembre de 2026

"DE CÓMO EL DR. JOB PAUPERSUM LE TRAJO ROSAS A SU HIJA". Un cuento de Gustav Meyrink

En el famoso café de lujo “Stefanie” de Munich, y en altas horas de la noche, se hallaba sentado, rígido, con la mirada perdida, un anciano de aspecto por demás singular. La corbata deshilachada y dejada en absoluta libertad, más la frente poderosa que casi le llegaba hasta la nuca, revelaba al hombre docto, al académico de relevancia. Aparte de una barba plateada y rala que parecía escapada de una pléyade de chinches, cuyo extremo inferior cubría aquella parte central del chaleco donde a los grandes pensadores les suele faltar un botón, el anciano caballero poseía muy poco que valiera la pena mencionarse en cuanto a bienes terrenales. Para decirlo con absoluta precisión: nada.

Tanto más vivificante le resultó, por consiguiente, que ese parroquiano de vestimenta tan mundana y lustroso bigote negro que hasta ese momento estuviera sentado junto a la mesa del rincón de enfrente llevándose a la boca de tanto en tanto un trozo de pescado frío, haciendo gala de un delicado manejo del cuchillo (momentos en los cuales resaltaban aún más los destellos que despedía el brillante del tamaño de una guinda que lucía en el meñique elegantemente estirado), y que entre bocado y bocado lo obsequiara con miradas asaz observadoras, se levantara limpiándose a boca, cruzara el local casi vacío, se inclinara cortésmente ante él y preguntara:

-¿Gustaría el caballero jugar una partida de ajedrez?… ¿Digamos, por un marco la partida?

Fantasmagóricas escenas a todo color, referidas al derroche y la opulencia, se fueron sucediendo rápidamente ante los ojos mentales del académico, y mientras su corazón maravillado murmuraba: “A este bruto me lo manda Dios”, sus labios ya le estaban ordenando al camarero que justamente se había acercado para ocasionar, como era su costumbre, una serie de complicadas perturbaciones en el funcionamiento de las bombillas de luz:

-¡Julián, un tablero de ajedrez!

-Si no me equivoco, tengo el honor de conversar con el Dr. Paupersum, ¿no es así? -retomó el diálogo el hombre de mundo.

-Job… este, hm, sí… Job Paupersum -le confirmó distraídamente el académico, pues estaba como hechizado por la monumental esmeralda que bajo el aspecto de una lucecilla de automóvil, pero cumpliendo la función de un alfiler de corbata, adornaba el cuello de su interlocutor.

Fue con la llegada del tablero de ajedrez que se quebró el embrujo y pudo actuar nuevamente con entera libertad; colocó las piezas, fijó con saliva la cabeza de un caballo que estaba floja y reemplazó la torre que faltaba con una cerilla convenientemente doblada, todo en un abrir y cerrar de ojos. A partir de la tercera jugada el hombre de mundo se desprendió de sus binóculos, adoptó una pose por demás pedante y se sumió en hondas cavilaciones CONTINUAR LEYENDO

viernes, 18 de septiembre de 2026

"SOY PLATEADA Y EXACTA. NO TENGO PREJUICIOS ..." Un poema de Sylvia Plath

Soy plateada y exacta. No tengo prejuicios.
Todo lo que veo lo trago de inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.
La mayor parte del tiempo lo paso meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré que 
me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión su verdadero ser.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y el reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y va.
Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.
En mi, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.

jueves, 17 de septiembre de 2026

"DALE MEDIO PAN Y UN LIBRO". Elvira Lindo, El País

De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, ante las amenazas criminales de la IA

Cada vez que algún creador, sea escritor, pintor, cineasta, músico o qué sé yo, declara ante un público, cautivo por la admiración, que los temores que suscita la tecnología de los tecnooligarcas son idénticos a los que provocó en su momento el nacimiento de la imprenta, una estrellita del cielo, ay, pierde su luz. No lo hacen por tranquilizarnos, lo que desean es no ser tildados de vejestorios, y aunque en el fondo de su ser sepan que están diciendo una gran idiotez muy manida, prefieren soltarla a quedar como un hombre o una mujer de otro tiempo. Si se les habla de las pérdidas de trabajos, apelan a la revolución industrial, como si esto no fuera más que otra revolución industrial; si se les enfrenta a la idea de que el hombre podrá ser desterrado de contar historias, actividad esencial que lo distingue, dirán que la IA solo reproducirá las obras imitables por su mediocridad haciendo una criba que solo permitirá crear a los genios. Entiendo que quien defiende esta idea se tiene a sí mismo o a sí misma por uno de esos genios que se salvarán de la hoguera. Si se defiende el pulso del ilustrador o el buen arte del traductor, afirmarán que tanto da si es que el ojo y el oído no reparan en la diferencia. Si se les avisa de que las plataformas ya nos están vendiendo música artificial, responderán con una sonrisa que solo deberemos intranquilizarnos cuando la máquina sepa crear un Bob Dylan. Y a los demás, que les zurzan.

Esta tolerancia sarcástica con el nuevo tsunami se adorna a menudo con palabras de Sócrates, porque se entiende que el rechazo a lo novedoso viene de antiguo. El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse. De nada ha servido que hubiera quien alertara de que la mente humana se volverá perezosa (ahí está el resultado escolar de nuestra infancia) y de que necesitamos la actividad artística aunque no sea para pasar a la historia del arte. García Lorca lo dijo mejor que nadie: “No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las culturales que es lo que los pueblos piden a gritos”. No estoy tan segura de que lo pidamos a gritos como de que lo necesitemos para no convertirnos en esclavos.
Escribía yo el pasado domingo sobre el revelador artículo de Timothy Garton Ash sobre las amenazas criminales de la IA. Esta semana un joven extrabajador de Anthropic ha dimitido alertando de que una acción no regulada de la IA puede acabar con la humanidad antes de 2030. Hay quien cuenta que antes los empollones de Silicon Valley se marchaban con una carta de despedida en la que agradecían la experiencia. El cuento ha cambiado, ahora afirman haber visto el lado oscuro y, asustados, se retiran a la naturaleza y a escribir poesía hasta el fin de los tiempos, atormentados por el monstruo que han contribuido a crear. De manera imperiosa, el ser humano necesita ahora rebelarse, con su voto, con su voz, desprendiéndose de todo rastro de cinismo. Ellos, los poderosos que nos han tomado como rehenes, están preparándose para el fin del mundo. “En un giro extraño del cuento del Viejo Testamento”, avisa Naomi Klein, “estos oligarcas que se han arrogado el papel de Dios, no contentos con construirse el arca, están haciendo lo imposible por provocar el diluvio”.

No, esto no es la irrupción de la imprenta, ni una revolución industrial como aquella. Antes que nada, resistámonos, no adaptemos nuestra mente a la pereza. Si has tenido un hijo, no les entregues su cabeza: pierde el tiempo contándole un cuento. Crea un lector, un soñador, contribuye a crear una sociedad donde no todo esté destinado a ser rentable. Dale medio pan, y un libro. Esa idea simple y subversiva es la que contribuyó a que Lorca fuera tan amado como odiado.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

"CAPERUCITA ROJA EN UNA VERSIÓN POLÍTICAMENTE CORRECTA". Por James Finn Garner, de su libro "Cuentos infantiles políticamente correctos", Barcelona, Circe, 2017

Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta frescay agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era. 

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana. 

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta. 

—Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió. 
—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques. 
Respondió Caperucita: 
—Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino. 

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho. 

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo: 

—Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca. 
—Acércate más, criatura, para que pueda verte —dijo suavemente el lobo desde el lecho. 
—¡Oh! —repuso Caperucita— Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! 
—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida. 
—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva. 
—Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida. 
—Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes! 
Respondió el lobo: 
—Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla. 

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal. 

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar enla cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente. 

—¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita. 

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios. 

—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre? 

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

FIN

martes, 15 de septiembre de 2026

"HOGAR DE ANCIANAS". Un poema de Sylvia Plath

Fragmentadas en negro, como escarabajos,
frágiles como loza antigua ,
un soplo podría romperse en pedazos,
las ancianas se arrastran aquí
para tomar el sol en las rocas o apoyarse
contra la pared
cuyas piedras mantienen un poco de calor.
Las agujas se tejen en un contrapunto de pico de pájaro
a sus voces:
Hijos, hijas, hijas e hijos,
Distantes y fríos como fotos,
Nietos que nadie conoce.
La edad viste el mejor tejido negro,
rojo óxido o verde como los líquenes.

El canto de la lechuza, los viejos fantasmas acuden
para sacarlos del césped.
Desde las camas encajonadas como ataúdes,
las señoras con gorro sonríen.
Y la Muerte, ese buitre calvo,
se cala en los pasillos donde la mecha de la lámpara se
acorta con cada respiración.

lunes, 14 de septiembre de 2026

"ALGUNOS PENSAMIENTOS A PROPÓSITO DE LA LECTURA Y EL INFORME PISA 2025 (Por si ayudan a la reflexión). Juan Mata Anaya

  • Los resultados del Informe PISA 2025 con respecto a la comprensión lectora tienen poco que ver con las leyes educativas, de modo que podríamos ahorrarnos el bochorno de la intemperancia y las banalidades de los políticos y sus improvisados corifeos a la hora de responsabilizar del fracaso a las leyes del contrario.
  • Pensar que la mera redacción de leyes y normas puede transformar el ejercicio de la lectura en los colegios y los institutos es de ilusos, cuando no de irresponsables.
  • Es más que probable que muchos de los que claman estos días contra los malos resultados del Informe PISA ni sean lectores ni les interese lo más mínimo lo que ocurre en los centros escolares. Hacer aspavientos es más fácil que generar pensamientos.
  • Nadie tiene, por mucho que lo pregone, una solución infalible y definitiva para el problema de la lectura, por lo que convendría no incurrir en la mala costumbre de presentarse públicamente como redentor del mundo.
  • Es muy fácil y confortador achacar a los alumnos toda la culpa de sus déficits intelectivos, y en especial de su capacidad de lectura, como si la sociedad en su conjunto no tuviera nada que ver con el asunto. Los adultos son a menudo tan responsables o más de esas carencias.
  • En el aprendizaje de la lectura intervienen múltiples y complejos factores, de manera que resulta estéril centrar las críticas en uno solo de ellos, por lo general el más acorde con los intereses particulares de quienes opinan.
  • El aprendizaje de la lectura no es lineal, ni uniforme, ni evidente, por lo que resulta falaz hablar de alumnas o alumnos en general, como si todos vivieran en la misma familia, en los mismos hogares, en los mismos barrios, en la misma cultura.
  • No todos los alumnos entran en los centros escolares en las mismas condiciones. El aprendizaje de la lectura no es una trayectoria que todos recorren a la par y al mismo ritmo. Para unos es como correr en una llanura, para otros es como escalar una montaña. Las desigualdades cuentan.
  • La familia es un componente fundamental en el aprendizaje y estímulo de la lectura, pero no a todas se les puede pedir el mismo compromiso ni la misma aptitud.
  • La ubicación, el funcionamiento, los objetivos y las experiencias de los centros escolares juegan un papel determinante en el aprendizaje y promoción de la lectura. No es solo una cuestión de métodos o voluntades.
  • La comprensión lectora no es la consecuencia inmediata de aprender a descifrar. Su dominio es progresivo y constante, y promoverlo es tarea de todos los profesores, sin distinción de especialidades académicas. En cualquier caso, merecería la pena reflexionar qué ocurre (o qué no ocurre) para que a lo largo de los 13 años que dura la enseñanza obligatoria en España haya alumnas y alumnos que no aprendan a leer y escribir como debieran.
  • La formación del profesorado en ese campo es muy mejorable, de modo que no podemos dar por sentado que las prácticas docentes en las aulas con respecto a la lectura son todo lo fructíferas que sería de desear.
  • Con respecto a la lectura, la nostalgia no ayuda a entender bien el presente, como tampoco la fatalidad. Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, cualquier tiempo futuro no tiene por qué ser necesariamente tenebroso. Ni todos los adolescentes de antes eran brillantes y maduros, ni los de ahora son cretinos y montaraces.
  • La lectura es una práctica cultural que no depende únicamente de la escuela, sino que implica al conjunto de la sociedad. No se pueden subestimar las bibliotecas públicas, denigrar públicamente el conocimiento y la razón, hacer de los parlamentos sucedáneos de peleas de gallos, menospreciar a quienes se interesan por la literatura o la danza contemporánea... y luego exigir a los adolescentes altos rendimientos en el campo de la lectura.
  • Achacar las carencias de comprensión lectora solo a la omnipresencia de las pantallas es un tanto simplista. No se puede considerar la desatención o el desinterés de los alumnos actuales como una repentina plaga bíblica o una acelerada mutación genética causada por la adicción al móvil. La transformación social y cultural del mundo es tan profunda y acelerada que centrar la causa de los bajos índices de lectura en un hábito reciente dificulta el entendimiento de lo que en realidad está pasando.
  • Merecería la pena equiparar la situación que afecta a la infancia y la adolescencia con la que sufren los adultos y de la que apenas se habla. Las tecnologías de la información y el entretenimiento son inventos de los mayores, para uso predominante de los mayores, para recreo de los mayores, para enriquecimiento de los mayores, de modo que resulta un tanto farisaico fijarse solo en las repercusiones en los menores.
  • No estaría de más preguntarse qué papel juega en estos resultados la creciente crispación social, la desesperanza de los jóvenes, su precario futuro laboral, las frustrantes promesas de la formación académica, la ansiedad ante el porvenir... Aunque lo parezca, los adolescentes no viven ajenos a las incertidumbres del mundo contemporáneo.
  • Todo lo que rodea a niños y adolescentes influye en la percepción del valor de la lectura y el esfuerzo académico. Un vídeo en TikTok prometiendo hacerse rico sin esfuerzo antes de los 18 años puede tener efectos devastadores, puede demoler en unos minutos cientos de horas de esfuerzo docente en favor de los libros y la formación personal.
  • Resulta grotesco que mientras las redes sociales y la conversación pública se llenan de insultos, exabruptos, falacias, bulos, odios y demás lacras se les pida a los adolescentes que lean, mantengan la compostura, se muestren atentos y curiosos, amen el estudio, se entusiasmen con el conocimiento.
  • La estimación social de la lectura es mínima, roza casi el desdén, lo que no impide sin embargo que se exija a los alumnos excelentes resultados en las pruebas de comprensión lectora. Tal vez las evaluaciones del Informe PISA deberían incluir la hipocresía entre sus variables.
  • Convendría no escribir sobre este asunto con brocha gorda de pintor, sino con pincel de calígrafo, y tampoco solo con tinta negra, sino de distintos colores, de ese modo el paisaje quedaría reflejado con mayor precisión.
  • A la hora de analizar los resultados, pero sobre todo la realidad, sería bueno tratar de no confundir verdad, fantasía y deseo. Y, por supuesto, no incurrir en la obtusa tentación de pensar que la culpa de esta situación es de los demás.
  • El diálogo sereno y confiado de la sociedad en su conjunto es el camino más seguro para resolver este problema acuciante, cuya solución no es fácil, ni rápida, ni inequívoca, ni concluyente.

domingo, 13 de septiembre de 2026

"LA SORPRESA". Un cuento de Stig Dagerman

 

Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.

La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.

La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.

La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:

—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?

El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 12 de septiembre de 2026

"NANA DEL ODIO". Un poema de Francisca Aguirre

Hay pocos desperdicios tan oscuros como el odio,
y también hay pocos desperdicios tan inservibles como el odio.
Es uno de esos apestados a los que no se sabe por donde coger.
Mira que le he dado vueltas a esa piltrafa,
con él no hay forma, no hay manera de echarle mano.
Y lo de dormir, eso ni pensarlo.
Es como un mal bicho:
Cuando él se nos acerca ya no hay quien pare.
Y tiene una capacidad, un empuje…
es un desperdicio que mantiene la eterna juventud,
una desapacible juventud que se nutre de la destrucción.
Verdaderamente, toparse con el odio,
mirar de frente a esa alimaña,
me descompone el cuerpo, es decir: el alma.
Pero la música nunca pierde de vista su destino:
hay que encontrar la forma de que el odio se duerma,
hay que encontrar las notas de la nana que logre apaciguar a ese caníbal.
La constancia le puede, el dulce ritmo de la música lo apaga, lo enmudece, lo reduce 
a silencio.
No sé cómo explicar lo amargo que es cantarle a un amasijo descompuesto,
pero sé bien que sólo la piedad del canto puede lograr que semejante fiera duerma.
En fin, no hay que hacerse tampoco alegres ilusiones,
con semejante bicho nada está seguro.
Por mucho que le cantes,
aunque dejes tu vida en el empeño,
la experiencia aconseja ser prudentes, permanecer alerta y bien despiertos.
 
Y confiar en que la música de la piedad sea contagiosa.

jueves, 10 de septiembre de 2026

"LA LITERATURA DESPUES DEL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001: DEL TRAUMA GLOBAL AL CONFLICTO LOCAL". Adriana Kiczkowski (UNED), Theconversation.com

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:
“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.
En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.

En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

"EL ORFANATO". Un cuento de Lula Carson McCullers

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.

Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que Jorge Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Me dijo que si una chica besaba a un chico se convertía en una persona negra y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero solo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.

Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad movediza, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.

—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.

—Si juran que nunca se lo dirán a ningún ser vivo, les enseñaré una cosa.

Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.

—¿Saben qué es esto? —preguntó.

Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:

—¿Qué es?

Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspenso, dijo:

—Es un bebé muerto y escabechado.

El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.

—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.

—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser farmacéutico.

Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:

—¿De quién? ¿El bebé de quién?

—Era huérfano —dijo Hattie.

Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ese, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí… y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle 3.

Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron a la escuela de la calle 17, a la que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.

Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía solo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad, y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.

Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de rayuela dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:

—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.

Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba bombachas marrones de algodón.

FIN