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miércoles, 24 de junio de 2026

"¿NOS DEFINEN LOS LIBROS QUE LEEMOS?: LA IDENTIDAD LECTORA Y LA IDENTIDAD PERSONAL". Alberto Escalante Varona (Universidad de La Rioja), Theconversation.com

En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a opinar. Entrar en las conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos sobre la mesa nuestra ideología, creencias y pensamiento. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la guerra civil española. Mucha gente puede pensar que al hacerlo es porque coincido con la forma que tiene el autor de entender este conflicto, que comparto su ideología. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o, incluso, incorporarlo al mío?
Dos identidades

Entonces, ¿"somos lo que leemos"? Lo complejo es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí reside la confusión: en equiparar “interés” con “ideología”, y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos llegar a pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. A grandes rasgos, es un concepto que se refiere a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como personas. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad lectora deriva de esto. Puede definirse como la forma en la que nos vemos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce leer, y qué valores y usos le asignamos. Y se basa necesariamente en nuestras prácticas. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿En nuestros círculos sociales se aceptan esos libros? ¿Qué parte de esa identidad es privada y cuál proyectamos hacia los demás?

Tenemos que tener en cuenta que leer es una acción consciente: para hacerlo, debemos tener predisposición a coger un libro y dedicarle parte de nuestras horas. En un sentido práctico, leemos aquello en lo que nos interesa emplear nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, la lectura no es solo eso. Implica una curiosidad que determina qué queremos aprender, aunque el tema o el enfoque no encaje con nuestras ideas previas. En ese caso podemos hablar de que tenemos predisposición para coger ese libro, no solo en sentido práctico sino también intelectual.

Igualmente, qué leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará qué piensan otros, cómo reaccionan, cómo actúan. Pero las redes sociales funcionan antes como “cámara de eco” masiva y descontrolada que como vía de acceso a un conocimiento variado y múltiple. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. También los medios de comunicación que consumimos consolidan nuestras ideas, sin darnos opción a que recibamos otros puntos de vista. La “cámara de eco” sustituye a la “burbuja de conocimiento”: no ignoramos involuntariamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Por eso, conviene reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante establecer “qué leemos” o “para qué leemos”?
El autor no es nadie sin el receptor

A partir de los años 60 del siglo XX, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el sentido que los lectores le asignamos, más que el original que le dio su escritor. El escritor Umberto Eco, de hecho, aseguraba que toda obra tiene un “lector modelo”. El autor escribe condicionado por quién va a leer su texto y podrá entenderlo: la literatura se sostiene principalmente sobre interpretaciones externas.

Actualmente, este punto de vista se ha “suavizado” bastante. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se recibe. Pero también que un autor puede escribir con una intención personal, no solo limitado por el contexto y las expectativas. No está tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad lectora establece un “horizonte” de expectativas. El contenido

del texto conectará con ellas y condicionará cómo lo vamos a entender y analizar. No somos agentes “pasivos”, que solo recibimos lo que un autor nos dice. Al contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y qué tiene que ver esto con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. Pero ¿nos interesa solo lo que coincide con nuestro punto de vista, o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se juntan dos perspectivas. La primera, que cuantos más puntos de vista adquiramos, más complejas serán las conexiones que podamos establecer entre ellos. Y la segunda, que esto forma parte de nuestra identidad lectora, basada no tanto en qué queremos leer como en que queremos leer. Confundir esas definiciones limita enormemente la riqueza de esta forma de acceder al conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de leer como acto, no la que podamos tener, o no, con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad lectora

Las cámaras de eco preocupan en diferentes ámbitos: la política, la prensa, el entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por ello se busca fomentar la capacidad de los alumnos de decidir autónomamente qué leer, guiándoles para que compartan sus experiencias lectoras.

El objetivo es que ya desde niños desarrollemos la identidad lectora: leer por ocio se debe mezclar con el análisis de otros textos para que, tras trabajar con lo que nos interese, podamos ir ampliando nuestros intereses hacia nuevos libros.

Y esto también se aplica al público adulto. Varios estudios sostienen que las actitudes y valores se estabilizan en torno a los 18-25 años. Pero eso no significa que la inquietud cultural se estanque. Al contrario, puede mantenerse en el tiempo si seguimos abiertos a conocer otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir ideas y contrastarlas enriquece el aprendizaje, infantil o adulto. Poco podremos avanzar si nuestra propia postura no es crítica, si nos enrocamos en una única visión sobre los temas de los que conversamos, si culturalmente adoptamos bandos, no posiciones fundamentadas. En definitiva, si nuestra identidad lectora solo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a conocer lo nuevo, a mantener la curiosidad intelectual que debe sostener el hábito práctico de leer.

viernes, 12 de junio de 2026

"LEER Y ESCRIBIR PUEDE REDUCIR EL RIESGO DE DEMENCIA EN CASI UN 40%". Andrew Gregory (editor de salud), The Guardian

Las inversiones públicas que amplían el acceso a entornos
enriquecedores como las bibliotecas podrían contribuir a reducir
la incidencia de la demancia, afirmó el autor del estudio

La salud cognitiva en la edad adulta está "fuertemente influenciada" por la exposición permanente a entornos intelectualmente estimulantes, afirman los investigadores.

Leer, escribir y aprender uno o dos idiomas puede reducir el riesgo de padecer demencia en casi un 40%, según un estudio que sugiere que millones de personas podrían prevenir o retrasar la enfermedad.

La demencia es una de las mayores amenazas para la salud mundial. Se prevé que el número de personas que la padecen se triplique hasta superar los 150 millones a nivel mundial para 2050, y los expertos afirman que representa una amenaza grave y en rápido crecimiento para los futuros sistemas de salud y asistencia social en todas las comunidades, países y continentes.

Investigadores estadounidenses descubrieron que realizar actividades intelectualmente estimulantes a lo largo de la vida, como leer, escribir o aprender un nuevo idioma, estaba asociado con un menor riesgo de padecer Alzheimer, la forma más común de demencia, y un deterioro cognitivo más lento.

La autora del estudio, Andrea Zammit, del Centro Médico de la Universidad Rush en Chicago, dijo que el descubrimiento sugiere que la salud cognitiva en la edad adulta está "fuertemente influenciada" por la exposición durante toda la vida a entornos intelectualmente estimulantes.

Nuestros hallazgos son alentadores, ya que sugieren que participar de forma constante en diversas actividades que estimulen la mente a lo largo de la vida puede marcar la diferencia en la cognición. Las inversiones públicas que amplían el acceso a entornos enriquecedores, como bibliotecas y programas de educación temprana diseñados para fomentar el amor por el aprendizaje a lo largo de la vida, pueden ayudar a reducir la incidencia de la demencia.

Los investigadores dieron seguimiento a 1939 personas con una edad promedio de 80 años que no presentaban demencia al inicio del estudio. Se les realizó un seguimiento promedio de ocho años. Los participantes completaron encuestas sobre actividades cognitivas y recursos de aprendizaje durante tres etapas.

El enriquecimiento temprano, antes de los 18 años, incluía la frecuencia con la que se les leía y se les leían libros, el acceso a periódicos y atlas en el hogar y el aprendizaje de un idioma extranjero durante más de cinco años.

El enriquecimiento en la mediana edad incluía el nivel de ingresos a los 40 años, los recursos del hogar como suscripciones a revistas, diccionarios y tarjetas de biblioteca, y la frecuencia de actividades como visitar un museo o una biblioteca. El enriquecimiento en la tercera edad, a partir de una edad promedio de 80 años, incluía la frecuencia de lectura, escritura y juegos, y los ingresos totales provenientes de la seguridad social, la jubilación y otras fuentes.

En total, 551 participantes desarrollaron la enfermedad de Alzheimer y 719 desarrollaron deterioro cognitivo leve (DCL) durante el estudio, que se publicó en Neurology, la revista médica de la Academia Estadounidense de Neurología.

Los investigadores compararon a quienes presentaban el mayor nivel de enriquecimiento cognitivo (el 10 % superior) con quienes presentaban el nivel más bajo (el 10 % inferior). Entre quienes presentaban el nivel más alto, el 21 % desarrolló Alzheimer. Entre quienes presentaban el nivel más bajo, la cifra fue del 34 %.

Después de ajustar factores como la edad, el sexo y la educación, los investigadores encontraron que las puntuaciones más altas en enriquecimiento de la vida estaban asociadas con un riesgo 38% menor de enfermedad de Alzheimer y un riesgo 36% menor de deterioro cognitivo leve (DCL).

Las personas con el mayor enriquecimiento a lo largo de su vida desarrollaron la enfermedad de Alzheimer a una edad promedio de 94 años, en comparación con los 88 años de quienes tenían el nivel más bajo de enriquecimiento, es decir, un retraso de más de cinco años.

Los investigadores descubrieron que las personas con el mayor enriquecimiento a lo largo de su vida desarrollaron deterioro cognitivo leve a una edad promedio de 85 años, en comparación con los 78 años de quienes tenían el nivel más bajo de enriquecimiento, un retraso de siete años.

Los investigadores también analizaron a los participantes que fallecieron durante el estudio y se les realizó una autopsia. El estudio halló que quienes tenían un mayor enriquecimiento vital tenían mejor memoria y habilidades de pensamiento, así como un deterioro más lento antes de morir.

Una limitación fue que los participantes informaron detalles sobre sus experiencias en la primera infancia y la mediana edad más tarde, por lo que podrían no recordar todo con precisión. El estudio tampoco demostró que el aprendizaje permanente reduzca el riesgo de demencia, ya que solo mostró una asociación.

La Dra. Isolde Radford, directora de políticas de Alzheimer's Research UK, que no participó en el estudio, dijo que los hallazgos resaltaron que la demencia no era una parte inevitable del envejecimiento.

“Esta nueva investigación demuestra que mantenerse mentalmente activo a lo largo de la vida puede reducir el riesgo de padecer Alzheimer en casi un 40%”, afirmó. “Esto refuerza lo que ya sabemos sobre las medidas preventivas que las personas pueden tomar para reducir el riesgo de desarrollar demencia”.

viernes, 29 de mayo de 2026

"ESE LIBRO QUE NO ES SUYO; ESE LIBRO QUE ES USTED". José Luis Sastre, El País

Lo que leemos, todos los textos que hemos tenido y tendremos entre manos, nos hace como somos

Ese libro que heredó. Ese libro que no es suyo pero guarda algo de quien lo tuvo. Guarda un olor, o una huella. Quizá una nota al final o un tique del día en que lo compró. A lo mejor una firma. Eso: una firma y una fecha manuscrita en la última página, con muescas en los bordes. Ese libro que no es suyo, pero que usted se quedó furtivamente. Se lo quedó porque, cada vez que lo ve, se acuerda del día en que lo robó, y sonríe. Ese libro que no devuelve porque hay libros rebeldes, y se rebelan.

Ese libro que usted sabe que le deben y que, de vez en vez, reclama. Reclama aunque no le haga falta. Reclama porque lo quiere, consciente de que no volverá. Ese libro de cronopios y de famas. Ese libro de ciencia ficción que ya es real. Ese libro de risa que ya da miedo.

Ese libro cuya primera frase no olvidará nunca. Ese libro del que no hay vuelta atrás. Ese libro que compró sin saber por qué: por la portada, que le llamó la atención. Porque se lo recomendaron. Porque iba a ser para regalar y al final se quedó en casa. Ese libro que compró por impulso, como se compra un suéter o un dulce. Ese libro que compró aunque supiera que no lo iba a leer: ese libro que compró porque no podría leerlo. Somos los libros que hemos leído y los libros que dejamos a medias. Somos también los libros que nos quedarán por leer.

Ese libro que no deja de recomendar o que le han recomendado tanto que ya no quiere leer, porque el gozo está en la expectativa. Ocurre a menudo: que el rigor de la realidad estropea los deseos. Ese libro que subrayó con una fiebre extraña, que no parecía suya. Ese libro que por supuesto subrayó: no se escriben frases memorables para que nadie las destaque por encima de las demás.

Ese libro de ficción con el que se entiende la actualidad. Esa novela que describe las tensiones políticas mejor que los tratados. Ese libro que no pudo dejar de leer o que leyó a escondidas. Ese libro que le hizo ver las cosas de otra manera, o que le indignó sin remedio. Ese libro que regaló a sus hijos para que despertasen a la conciencia del compromiso. Ese libro que le dejaron sus padres o los parientes que le quisieron igual que quieren los padres. Ese libro que cerró con una satisfacción que no se puede comparar con nada.

Ese libro que le escribieron, porque a veces los libros están escritos para nosotros por personas que nunca sabrán de nosotros. Ese libro con el que echó a reír. Con el que viajó. Ese libro que no olvidará. Ese libro que relee. Ese libro que le define. Ese libro que perdió y que extraña: porque se puede echar de menos un libro. Ese libro que siempre quiso escribir. Ese libro, en fin. Ese libro que no es suyo: ese libro que es usted.

domingo, 10 de mayo de 2026

"LIBROS QUE NO VENDEN Y 'LITERATURA EN POTITOS': EL DILEMA DE LA CABEZA VACÍA". Azahara Palomeque, Publico.es

Hace unos días, un estudio de CEGAL, el gremio de libreros, revolucionó el mundo de la cultura con dos estadísticas estremecedoras: por una parte, casi el 50% de los títulos disponibles en las librerías de nuestro país no se vende absolutamente nada; por otra –y esto es aún más alarmante–, la mitad de los hogares tiene menos de 50 volúmenes en sus anaqueles. Se trata de dos fenómenos diferentes que, sin embargo, se encuentran profundamente imbricados por cuanto revelan sobre la era contemporánea: el poco peso de un tejido libresco que, en caso de llegar a las casas, lo hace concentrado en grandes grupos editoriales, a menudo desgajado de complejidad y en bestsellers cuyos autores suelen ser influencers. No se da tanto un descalabro de este sector empresarial en general como un arrollamiento del mercado que frecuentemente ensalza lo mismo y, para más inri, destierra a buena parte de la población, alfabetizada en lo funcional, pero privada del goce de la palabra, pues su artefacto por excelencia, el libro, ha perdido el halo de legitimidad que detentó en otras épocas. La tristeza implícita en este hecho sólo la entenderá, me temo, quien haya leído algo más que el manual de la lavadora.

Paseemos imaginariamente por cualquier feria del libro de una ciudad de provincias: veremos la modesta cola generada por autores de esos que llaman "literarios" (¿de qué otra pasta serán los demás?), junto a la inmensa fila de fieles que esperan pacientemente la firma de algún famoso con decenas de miles de seguidores en redes. En ocasiones puntuales, ambas figuras confluyen en una sola persona; pero la tónica habitual es el brillo de perfiles atractivos que cuentan ya una legión de admiradores a sus espaldas, porque, como Gabriel Rufián, han priorizado llenar TikToks sobre bibliotecas. Que un político de izquierdas efectúe esas declaraciones nos habla de la espectacularización de una función de servicio público subyugada a la captura de votos en vídeos de 7 segundos –método desgraciadamente efectivo–, pero que ese mismo sometimiento a las pantallas se aplique a los escritores, simplemente para poder existir, condensa otra serie de problemas; entre ellos, la degradación de la literatura mediante su presentación efectista, facilitada, normalmente, por una redacción apresurada y desbrozada de originalidad. Por decirlo de otro modo: entre el piso sin libros y la gira del influencer media la preponderancia del entretenimiento sobre formas de cultura que impliquen cualquier esfuerzo cognitivo.

A esto podemos llamarlo contrailustración o idiotización premeditada, por ejemplo. Podemos denominarlo un mundo sin palabras donde el raciocinio encoge como el menú infantil de un restaurante. De hecho, a los ejemplares que surgen de estos fogones yo los he calificado en alguna ocasión como "literatura en potitos": triturada, volverá a nuestros dientes inservibles. Como autora, he intentado siempre no producir estas papillas ya mascadas hechas a base de vocabulario reducido y frases cortas en las cuales, con suerte, aparece algún verbo. Cuando, en ciertas entrevistas, me han preguntado por qué empleo términos singulares, he respondido con otra interrogación: ¿por qué los arquitectos de la Alhambra añadieron la filigrana deslumbrante de su yesería o a qué obedece la selva de arcos bicolores de la Mezquita de Córdoba? Quizá a encumbrar los saberes humanos y dignificar la belleza de su patrimonio. Esa sería, tal vez, la comparación más vistosa para explicar un deterioro intelectual que esconde graves consecuencias: si un joven no lee, o incluso si lee pero el mismo tipo de textos facilones reiteradamente –exponen mis amigos docentes–, tiende a creer que su vida representa el paradigma de lo universal; es decir, que no es un sujeto más dentro de una historia cambiante en la cual se han conquistado y perdido derechos, se ha arrasado con la estabilidad climática y se han enunciado múltiples idiomas, sino un ejemplo vivo, el único, extrapolable a cualquier tiempo y espacio.

¡Qué tragedia haber alcanzado tanta ignorancia! ¡Cuánto narcisismo, aunque ocurra de manera inconsciente! Y si una advierte de lo evidente, no faltarán voces que acusen de elitismo a quien se preocupa por el abandono de una herramienta fundamental en la riqueza mental y el placer estético de los pueblos. Quizá habría que recordar la popularidad de las novelas en folletín que compraban los anarquistas a principios del siglo XX para sentir y organizarse políticamente; las lecturas en voz alta efectuadas en las fábricas por parte de obreros alfabetizados dedicados a educar a sus compañeros; o la cantidad de volúmenes clandestinos que circularon entre la oposición al franquismo a lo largo de décadas. Hoy en día, esa gente que entregó la vida por la palabra escrita tal vez se abriría un Tiktok, bañaría sus millones de visualizaciones en potitos y, quién sabe si, al ir a ofrecérselos a sus hinchas, la mitad de ellos espetaría: ¡no los queremos!, ¡aquí somos famélicos declarados! Pero ya lo decía Antonio Machado: no culpemos al estómago, "el vacío es más bien en la cabez


domingo, 3 de mayo de 2026

"RETIRADO EN LA PAZ DE ESTOS DESIERTOS (elogio de la lectura y la imprenta)". Un poema de Francisco de Quevedo

Nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad


Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.
Francisco de Quevedo

miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.

jueves, 16 de abril de 2026

"ESE OBJETO REPLETO DE PALABRAS". Un artículo de Pilar Adón, Premio Nacional de Narrativa 2023 (El País 23 ABR 2024)

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar el libro en pro de la orgía tecnológica

Una persona que lee libros es una persona sospechosa. Y cuantos más libros lea, más sospechas despertará. Soy consciente de que un texto como este va destinado a incondicionales de la lectura. Simpatizantes y lectores habituales de libros que, como yo, no se sienten sospechosos en su día a día. Pero cambiemos la perspectiva, giremos el punto de vista y centrémonos en la imagen que ofrecemos cuando leemos un libro en el metro, en un avión, por la calle a veces, en una cafetería, rodeados del bullicio habitual, las voces que no paran porque han de anunciarnos la próxima parada, el precio de la consumición, el contenido del audio de WhatsApp que escucha su receptor y de paso todos los que le rodean. ¿No estamos cometiendo un acto de rebeldía que roza la ofensa? ¿No nos estamos declarando habitantes de un mundo aparte? En la conferencia segunda de Elizabeth Costello, de J. M. Coetzee, la protagonista, que es escritora, se embarca en un crucero en el que ha de dar una charla y mezclarse con los pasajeros porque la pagan por eso, y en el transcurso del viaje conoce a otro escritor invitado que explica que cuando alguien empieza a leer ante él es como si levantara un letrero en el que pusiera: “Dejadme en paz. Lo que estoy leyendo es más interesante de lo que puedes ser tú”. Para él el libro actúa como escudo, arma defensiva que, como tal, protege a quien la usa, pero también ataca. Entre otras razones porque el libro es silencio para los demás. Solo le habla a quien lo lee. Y ese momento de intimidad que se produce a plena luz del día, en que un ser humano lector y un objeto repleto de palabras se funden en una única forma, bajo una envoltura invisible que genera una unión que se diría sensual y al tiempo intelectual, sin duda apasionada y profunda, desconcierta por lo inabordable y lo secreto.

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar tal onanismo lector en pro de la orgía tecnológica. Esa evasión en apariencia más directa y espontánea. Más global. Más solidaria y más del ahora, hasta el extremo de que se diría que rejuvenece. Leer es de ancianos; al navegar, en cambio, alzamos el pendón de la eterna juventud. La propia literatura está repleta de ejemplos de lectores aprensivos, decaídos, molestos, cuando no directamente peligrosos. El Casaubon de Middlemarch; Holden Caulfield; la Annie Wilkes, de Misery, por no hablar de nuestro Quijote o del Jorge de Burgos de El nombre de la rosa. En cambio, ahí tenemos esas cándidas imágenes de influencers que brillan, literalmente, mientras nos hablan de lo mucho que viven y disfrutan, animándonos a un deslumbramiento continuo en nuestra libertad de ejercer un scroll infinito.

Sospechosos somos, pues, para los integrados. Pero, manteniendo el tono de ironía, dirijámonos a los apocalípticos y veamos que nada hay nuevo bajo el sol. Leemos en el Eclesiastés: “De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros”. Ninguna de las variadas adicciones atribuidas a los recientes sistemas de captación de atención es novedosa para los lectores de libros. Veamos algunos ejemplos: lo primero que hacemos al levantarnos y lo último que hacemos antes de dormirnos es mirar el móvil, se nos dice, y respondemos: lo mismo que con un libro. La ansiedad que se genera ante lo limitado de nuestra atención frente a tanta información está directamente relacionada con la que nos entra al pensar en la cantidad de libros que hay por leer y la certeza de que no los abarcaremos nunca. La falta de escucha en cenas familiares, encuentros con amigos, cuando se mira el WhatsApp o los privados de Instagram y nos perdemos parte de la conversación ocurre igualmente al comprender de repente alguna trama de la novela que estemos leyendo o escribiendo. Se acusa a los incondicionales de las redes de que lo que acontece en su móvil les resulta más interesante que lo que tienen al lado; nada original, de nuevo: lo que nos cuentan los libros siempre nos ha parecido más fascinante que lo que sucede a diario, e incluso sentimos que conocemos mejor a los personajes clásicos que a muchos de nuestros familiares. Más casos: se advierte del peligro de vivir encerrados en un mundo digital que no es el auténtico y que nos hace perder el contacto con lo que nos rodea. En el caso de los lectores de ficción, podríamos ir incluso más allá: somos conscientes de que los personajes ni siquiera existen. Al menos los titulares con que nos bombardean las redes se refieren a la realidad, están conectados con ella, hablan de seres que no son pura invención. Se nos avisa también del fenómeno de cámara de eco que nos hace encontrar solo contenidos afines a nuestros gustos e ideas, mensajes que nos refuerzan a la vez que nos aíslan gracias al filtro burbuja, que nos sumerge en un bucle de información sesgada, momento en que los lectores de libros pensamos en cómo uno nos lleva a otro y en los muchos que nos perderemos por las tendencias, las apetencias y necesidades del momento, la orientación de los demás.

Ya la propia invención de la imprenta despertó todo tipo de sospechas, por no hablar de ocasiones como la del acceso de las mujeres a una lectura libre sin la supervisión de un hombre que decidiera qué sí y qué no. En cualquier caso, y visto que somos sospechosos desde una perspectiva y desde la contraria, tras este peculiar planteamiento de tesis y antítesis, pasemos a la síntesis: si hay algo que los nuevos sistemas de entretenimiento masivo no pueden ofrecernos es esa facultad del alma, como dice el Diccionario de la Lengua Española, que nos saca de lo inmediato, nos transforma, nos hace empáticos y nos permite realizar las actividades creativas que nos caracterizan como especie: la imaginación. En palabras de Einstein: “La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado y la imaginación da la vuelta al mundo”. Somos seres fabuladores y frente a las imágenes impuestas, que son como la comida rápida, que aplaca el apetito un rato pero no nutre en condiciones, generamos las mentales gracias a una imaginación que se alimenta, como es bien sabido, de lo que hemos leído en los libros. Frente a la tiranía de la inmediatez, el libro aguarda. Frente al entretenimiento digital, que nos cae de arriba abajo, que no pide ni espera nuestra participación, el libro demanda un diálogo constante, una creación mancomunada. Somos los lectores quienes le otorgamos el poder al libro. Así, el autor propone y el lector dispone. El libro es el gran exponente de la tecnología robusta: está hecho para durar, no necesita variaciones, ha demostrado su resistencia frente a todo tipo de modificaciones sociales, políticas, ambientales… No se le puede pedir mayor rendimiento a un dispositivo de tan reducidas dimensiones, que no necesita enchufes ni batería ni pantallas antirreflejantes y que es capaz de trasladarnos a otros universos. Además, goza de autoridad, particularidad nada desdeñable en tiempos de terror a lo falso. Como enunció Pardo Bazán, “queda lo escrito, todo lo demás no queda”.

viernes, 20 de marzo de 2026

"LEER A SOLAS EN UNA HABITACIÓN". Antonio Muñoz Molina, El País

Mientras decenas de millones de niñas no pueden ir a la escuela, en nuestro mundo de desganado cinismo aprender se ve como algo superfluo

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.

martes, 17 de marzo de 2026

"LA MEJOR ES LA ÚNICA BUENA". Antonio Lobo Antunes, El País 22 JUL 2006

Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.

El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir

Aunque piense que está leyendo no está leyendo nada, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida

-Es ésta

me desilusiono

-No es ésta

pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme

-¿Qué interés hay en eso?

-¿A qué te lleva ese discurso?

-Estás equivocado

me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlo, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba

(¿qué mujer?)

junto al lavadero una melodía

(a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente)

que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean piensen

(más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes)

de que no oímos nada.

sábado, 7 de marzo de 2026

"MALALA YOUSAFZAI: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Patricia R. Blanco, El País.

La activista paquistaní visita España en el marco de una campaña internacional para lograr que el “borrado sistemático” de mujeres en Afganistán sea reconocido como crimen de lesa humanidad

Malala no necesita apellido. Basta decir su nombre sin pronunciar Yousafzai para activar imágenes reconocibles: es la niña que desafió a los talibanes en su Pakistán natal, la activista que consagró su vida a la educación de las niñas y que, con 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. Es una “heroína”, una “inspiración”, una persona “predestinada a la grandeza”. Son las etiquetas que enumera con distancia la propia Malala y que describen las expectativas que otros depositaron sobre ella cuando, con 15 años, un talibán le disparó en la cabeza. Lo cuenta en su último libro, Finding My Way (Encontrando mi camino), publicado en octubre. “No puedo escapar de la sensación de que una mano gigante me sacó de una historia y me dejó caer en otra completamente nueva. A los 15 años, no había tenido tiempo de descubrir quién quería ser cuando, de repente, todo el mundo quería decirme quién era”, escribe.

Acaba de visitar Madrid, donde se cumple el guion de esa segunda parte de la historia. No pasará más de 12 horas en España. La agenda es quirúrgica: reuniones institucionales con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y con el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, sin apenas tiempo para los medios de comunicación. La acompaña Sahar Halaimzai, directora ejecutiva de Malala Fund, que interviene cuando la conversación se adentra en los vericuetos del derecho internacional.

El objetivo del viaje de Malala es muy concreto: impulsar un movimiento mundial para que el borrado sistemático de las mujeres en Afganistán sea reconocido y tipificado como “apartheid de género”. El momento es clave, porque Naciones Unidas negocia un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad y codificar “el borrado de las mujeres de la vida pública” permitiría cerrar el vacío legal que hoy deja esos abusos sin una herramienta específica para perseguirlos.

En persona, Malala habla pausadamente y mide cada palabra. Sabe —lo reconoce en el libro— cómo esquivar preguntas que podrían convertir su nombre en un arma arrojadiza. También asume que no puede escapar de las cuestiones sobre su atentado, una parte de su vida que siente “muy lejana” —ahora tiene 28 años— pero que “llena el aire” cada vez que entra en una sala. No evita la política, pero la reconduce y la devuelve siempre a un eje: la educación como fundamento de la igualdad.


domingo, 1 de marzo de 2026

"DESPUÉS DE BORGES: LA LECTURA COMO FELICIDAD LENTA, GENEROSA E INFINITA". Alberto Manguel, El país

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto: “Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges”. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 11 de febrero de 2026

"UNA SENDA ESCONDIDA". Antonio Muñoz Molina, El País

En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad

Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.

Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.

A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.

En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.

Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.

En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.

Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.

viernes, 30 de enero de 2026

"LA LECTURA UN ANTÍDOTO DE LA IA". Gaspard Koenig, El País

Para preservar una sociedad libre y democrática, tenemos que mostrar nuestros libros con orgullo

Si las noticias internacionales en este comienzo de año no les parecen suficientemente apasionantes, les recomiendo que lean el informe anual de la consultora internacional Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026 (Top Risks 2026). En medio de una serie de perspectivas verdaderamente estimulantes, como la revolución política en Estados Unidos, la guerra de Rusia contra la OTAN o la crisis mundial del agua, me ha hecho estremecerme especialmente el riesgo número 8: AI eats its users (“La IA devora a sus usuarios”).

No estamos hablando de una superinteligencia fuera de control, ni siquiera de la destrucción masiva de puestos de trabajo. El peligro que representa el despliegue comercial a gran escala de la inteligencia artificial (IA) es más insidioso. Aunque Eurasia Group subraya los beneficios de la IA para las ciencias y la tecnología, también prevé la mierdificación (término popularizado por el escritor británico Cory Doctorow para referirse al deterioro de la experiencia del usuario en las plataformas de Internet) de la IA generativa.

Aunque ChatGPT es hoy una herramienta relativamente limpia, sin publicidad y que no obliga a crear ninguna cuenta, es inevitable que algún día empiece a monetizar los datos que almacena, como antes lo hicieron Google o YouTube. Los financieros que han alimentado la extravagante valoración de la IA exigirán un retorno de la inversión que, una vez más, pasará por la manipulación de los usuarios, sus deseos y ahora, además, sus pensamientos. Las primeras muestras de integración de la publicidad en las respuestas de los asistentes virtuales son aterradoras: ¿Es posible que, en el futuro, nuestras decisiones más íntimas estén secretamente dirigidas por las multinacionales? En ese caso, desaparecerían por completo las fronteras entre la información objetiva, el sesgo algorítmico y la colocación de productos. Bienvenidos a la privatización de los cerebros.

Aparte del aprovechamiento económico, el ataque afecta a la propia cognición. Coincidiendo con las conclusiones de numerosos estudios de neurociencias, Eurasia Group anticipa “el declive de la humanidad pensante, sensible y social”. El desplome de la capacidad de atención ya explica el deterioro de la capacidad de lectura, escritura y cálculo en todo el mundo occidental. Por primera vez desde la Ilustración, la alfabetización está en retroceso. ¿Cómo podemos pensar que va a sobrevivir el espíritu crítico cuando el pensamiento salta sin cesar de un objeto a otro, excitado, agitado, impotente? ¿Qué forma de deliberación colectiva seguirá siendo posible cuando el que moldee nuestras opiniones sea nuestro mejor amigo virtual? La IA forma unos ciudadanos políticamente dóciles, fáciles de manipular y encerrados en sí mismos. Esta burbuja individualista representa, como adivinó Tocqueville, “una etapa muy peligrosa en la vida de los pueblos democráticos”, atraídos por la tentación de someterse al poder de unos líderes autoritarios que “son los únicos que actúan en medio de la inmovilidad universal”.

Debemos reaccionar de inmediato, ahora que nuestros cerebros no se han atrofiado aún del todo. Mientras los gobernantes occidentales se contentan con estudiar estrategias industriales insignificantes, como si la IA no fuera más que una nueva tendencia que no hay que perderse, el presidente chino, Xi Jinping, de cultura marxista-leninista, parece haberse hecho cargo del peligro y ha calificado los videojuegos de “opio espiritual”, lo mismo que pensaba Marx sobre la religión. A diferencia de Estados Unidos, que abre todas las compuertas de la intoxicación tecnológica, China está elaborando diversas normas para limitar la adicción y controlar los contenidos. ¿Podría Europa trazar una tercera vía entre la alienación capitalista y la represión socialista?

A la espera de una toma de conciencia política, contamos con un antídoto personal de lo más eficaz y al alcance de todos: la lectura. El Instituto Diderot acaba de publicar justo ahora, con el título La lectura en 2050, una conferencia del neurocientífico Michel Desmurget. En ella, en consonancia con sus escritos anteriores, lamenta el descenso general de la lectura —la lectura de libros, que no es lo mismo que la lectura de frases inconexas en una pantalla—: “Si el efecto cognitivo de los cómics y las revistas es prácticamente nulo”, explica, “el efecto de los medios digitales (blogs, redes sociales, SMS) es incluso negativo”. Nuestro cerebro no solo no puede delegar en la máquina la búsqueda de información, sino que necesita asimilar contenidos escritos para que seamos capaces de razonar y pensar por nuestra cuenta. Michel Desmurget destaca las virtudes de la lectura en el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas: el coeficiente intelectual, la concentración, la capacidad de síntesis, la creatividad e incluso el nivel en matemáticas.

Hay que poner fin de una vez por todas a un argumento habitual entre los locos de la informática. A los tecnólatras más o menos expertos les encanta burlarse de Platón porque criticaba la escritura: los filósofos siempre han desconfiado sin más de las nuevas tecnologías, así que ¿por qué no vamos a sustituir hoy el libro por un agente de inteligencia artificial, igual que se sustituyeron las tradiciones orales por el libro? Sin embargo, si leemos atentamente el Fedro de Platón —en vez de pedirle a ChatGPT que nos lo resuma—, veremos que no se dice que la escritura sea una regresión, sino una innovación útil para otros fines, que complementa el arte del diálogo, sin sustituirlo. Las nuevas formas de comunicación deben sumarse a las ya existentes. Y la prueba de que Platón tenía razón es que, a pesar de la imprenta y el libro electrónico, la gente sigue siendo igual de aficionada a las conferencias y las conversaciones.

Para preservar una sociedad libre y democrática, tenemos que mostrar nuestros libros con orgullo. Esta es una batalla política que hay que librar en casa, pero también en el tren y en el café: ¡Que los lectores desafíen a todos los que están absortos en su pantalla!

jueves, 1 de enero de 2026

"SOBRE LA COSIFICACIÓN DE LA LECTURA". Lucía Taboada, elDiario.es

Parece que hemos entrado en la era de la cosificación virtual de los libros. Compartir lo que lees más por estética o marca personal que por puro disfrute. Pero, exhibicionismo literario al margen, me gusta pensar que las redes sociales también pueden elevar el placer de leer

Si no conocíais la existencia de un hombre llamado Thatcher Wine estáis de enhorabuena porque voy a cambiar vuestra vida en este mismo instante. Este señor con nombre de viñedo inglés es un curador profesional de libros para famosos. Traduzco: Thatcher Wine ha ayudado a celebridades como Gwyneth Paltrow a elegir los libros adecuados para su casa e incluso crea sobrecubiertas hechas a medida de los libros para que combinen tonalmente con la paleta de colores del hogar del cliente. Es decir, gracias a Wine un famoso puede tener las obras completas de Tolstoi en las estanterías antes vacías de su salón, y además en un color Pantone específico que combine con el resto de la estancia. “Nos han pedido todo lo imaginable relacionado con la intersección del diseño de interiores y los libros. A veces, nos piden que combinemos los libros con una alfombra o un color Pantone. Hay gente que pasa años eligiendo cada detalle de su casa y ahora pueden llevar ese mismo nivel de detalle a su estantería, lo cual es genial”, contaba en una entrevista.

No solo Wine, también marcas de moda como Prada o Ralph Lauren han comenzado a explotar el potencial económico de los libros organizando eventos literarios con escritores. Y seguramente llevaréis días observando en redes sociales balances personales de las lecturas del año. Gente que dice haberse leído ochenta libros este 2025. Noventa. Cien. Como una subasta de Sotheby's. Parece que hemos entrado en la era de la cosificación virtual de los libros. Los clásicos como una especie de accesorio de moda. David Foster Wallace como un pañuelo al cuello o un sombrero en la cabeza. Los libros como signo de pretensión competitiva. Tal es la magnitud del exhibicionismo literario reciente que ya existe un término para definirlo: lectura performativa, performative reading. No solo consiste en fingir que lees más de lo que en realidad lees, sino en lograr que todos sepan que lees –esto es lo verdaderamente importante-, más por estética o marca personal que por puro disfrute.

Los alardes sobre hábitos de lectura –presuntamente- voraces podrían hacernos creer que las redes sociales están arruinando también el placer de la lectura, pero pienso que, al contrario, pueden elevar el placer de leer. Hay muchos perfiles, clubes de lectura y cuentas que hacen una labor didáctica impresionante. Este mismo año, gracias a la recomendación de Dua Lipa en su podcast, se catapultó en ventas el libro 'La casa de los lamentos' de Helen Garner. Había sido publicado en el año 2018 por Libros del KO, entonces “un estrepitoso fracaso” según la propia editorial que este verano veía cómo las ventas se disparaban. Y, por supuesto, no todo el que comparte sus lecturas en redes sociales lo hace por alardeo o fingimiento intelectual. Al contrario, compartir un buen libro me parece casi que un acto de generosidad. Leer no es una competición, sino una manera de estar menos solos en el mundo, de hecho, la mejor manera posible de estar conectados.

lunes, 20 de octubre de 2025

"DECLIVE DE LA LITERATURA, AMENAZA PARA LA DEMOCRACIA". ANTONIO Scurati, El País

Enrique Flores

La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo

“Es indudable que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no lo hará. Pero quizá su tarea sea aún mayor: consiste en evitar que el mundo se destruya”.

Así se expresaba Albert Camus al recibir el Premio Nobel de Literatura en un discurso que se ha convertido en emblema de compromiso intelectual. Era 1957, y el gran escritor franco-argelino hablaba en nombre de una generación que nació con la Primera Guerra Mundial, entró en la edad adulta con la Segunda y alcanzó más tarde la madurez “en un mundo amenazado por la destrucción nuclear”. Ninguno de nosotros puede imaginar siquiera lo que debe significar vivir a la sombra de esa inmensa devastación y, sin embargo, creo que sería poco honesto negar que muchos de nosotros, pese a haber vivido el más largo período de paz y prosperidad que ha conocido Europa Occidental, exponentes de una generación tan fatua como trágica fue la de Camus, suscribiríamos hoy, con razón o sin ella, su dramática afirmación.

Respecto a la naturaleza del compromiso con el que la literatura debía contribuir a impedir la destrucción, el autor de El extranjero y La peste no tenía dudas: ponerse al servicio de la verdad y de la libertad, rechazar la mentira y resistir a la opresión. Y aquí Camus nos deja atrás porque, en ese sentido —hay que admitirlo con la misma honestidad—, nosotros, en cambio, albergamos muchas dudas. ¿Qué significa servir a la libertad en una época en la que la política soberanista triunfa por doquier reivindicando precisamente de manera obscena la libertad de suprimir y humillar la libertad ajena? ¿Y cómo podemos servir a la verdad en una era de posverdad, cuando no se trata ya de contrarrestar la falsedad, sino de evitar ahogarnos en una avalancha mediática de emotividad, prejuicios e ideología que niega en su propia raíz los hechos objetivos, la ciencia y el conocimiento como fundamento de las creencias colectivas, sustituye el contacto con la realidad por las burbujas informativas de las redes sociales y multiplica exponencialmente noticias falsas e imágenes falsas del mundo hasta el punto de volver la verdad no solo indetectable, sino incluso irrelevante, o mejor aún, impertinente?

No se trata de preguntas retóricas; no hay una respuesta implícita en ellas. Si acaso, suenan a plegarias sin respuesta. Mientras tanto, a medida que las certezas del siglo XX se van entenebreciendo, el nuevo siglo y milenio hacen cada vez más evidente la conexión entre literatura y democracia. Quizá valga la pena reiterarlo.

Es bien sabido que, durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia. Entre las diversas formas de expresión generativa de soberanía popular, quizá el periodismo y la novela se cuenten entre las que han hecho la mayor contribución a ello. El periodismo, porque la opinión pública occidental —que cuestiona y critica el poder— nació a principios de la era moderna del encuentro entre periódicos y cafés, entendidos como lugares de debate público abierto sobre temas de interés colectivo. La novela, porque hereda el aliento de la épica, por más que reemplace la poesía con la prosa, y las espléndidas y memorables hazañas de los héroes con los sucesos cotidianos y oscuros de la gente humilde y común. La novela —el paraíso de los individuos— prospera, por lo tanto, como una forma literaria eminentemente democrática, que afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada, y por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes.

Menos conocido, en cambio, es el hecho de que, en tan solo veinte años de este nuevo siglo, el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario. Y, sin embargo, es una realidad. La neurociencia ha demostrado desde hace tiempo que la lectura rápida de atención superficial y la lectura orientada —las modalidades que la web requiere y promueve— incapacitan, incluso al nivel de los circuitos neuronales, las habilidades de lectura profunda exigidas y cultivadas por textos complejos, ya se trate de novelas literarias, artículos periodísticos de profundización o ensayos científicos. El declive de la capacidad de lectura profunda se ve acompañado por un verdadero declive de las capacidades intelectuales fundamentales: los niños nativos de entornos saturados de información digitalizada al instante, o los adultos con un resurgido analfabetismo funcional, no solo no comprenden ya lo que leen, sino que pierden asimismo las capacidades cognitivas para analizar y seleccionar información, para reflexionar sobre los niveles de significado, para extraer inferencias, concentrarse, sintetizar y recordar, para ejercer el pensamiento crítico. Ya ni siquiera son capaces de empatizar con personajes y autores de narrativas complejas; es decir, ya no son capaces de identificarse con las vidas ajenas.

En definitiva, masas cada vez mayores de contemporáneos nuestros no solo no son aptos ya para las prácticas de lectura que han favorecido en los últimos cinco siglos el desarrollo de la democracia liberal en Occidente, sino que han perdido incluso las facultades mentales que han moldeado el desarrollo intelectual de la especie humana durante los últimos 5.000 años. Atrapados en cámaras de eco donde los algoritmos de los motores de búsqueda solo les proporcionan fragmentos de información que refuerzan opiniones previas, a merced de miedos paranoicos, de creencias irracionales y de emociones evanescentes que los aíslan de perspectivas alternativas, del conocimiento, de la memoria del pasado, de la esperanza en el futuro y, en última instancia, del mundo, los “analfabetos digitales” vegetan, olvidadizos y crédulos, agresivos e ignorantes, oprimidos y opresores, como idiotas cósmicos.

Y no, no es esta una fantasía de un futuro distópico. Es la realidad de nuestro distópico presente. Los resultados de un reciente estudio realizado por la Universidad de Florida y el University College de Londres sobre hábitos de lectura indican que, en los Estados Unidos, el número de personas que dedican parte de su tiempo, aunque sea mínimo, a la lectura, siempre que lo hagan por libre elección y no por motivos de estudio o trabajo, ha disminuido un 40% en 20 años. ¿Es, entonces, casualidad que Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Trump, represente la punta de lanza del vasto movimiento occidental para demoler la democracia liberal?

Esta sí que es una pregunta retórica. La respuesta está implícita e implica un juicio: no, no es casualidad. No es casualidad porque existe un vínculo, causal e histórico, entre el desarrollo de la literatura (en la acepción más amplia del término) y el desarrollo de la democracia. Y también existe un vínculo entre el declive de ambas. Por primera vez desde hace cinco siglos, la base de la pirámide de lectores no está ampliándose, sino reduciéndose. No puede caber ninguna duda de que la capacidad de leer en profundidad ha acompañado, a lo largo de las edades moderna y contemporánea, el advenimiento de una sociedad abierta y de los sistemas democráticos. No es menos indudable que la pérdida de esa capacidad acompaña y contribuye, hoy en día, a su ocaso.

Por lo demás, hace cien años, el auge del fascismo, en Italia y más tarde en Europa, se vio preparado por una astuta, vigorosa y aciaga operación lingüística de brutal simplificación ideológica de la complejidad de la realidad moderna. Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva. De oraciones cortas —sujeto, verbo, objeto directo— siempre precedidas del pronombre “yo”, lo que introdujo la pretendida identificación total entre líder y pueblo, desprovista de cualquier preocupación por la coherencia ontológica con la realidad o por la coherencia cronológica con lo dicho ayer o lo que se diría mañana. Cada frase, un eslogan; cada eslogan, una gota de odio. Era un lenguaje al servicio de una política del miedo, vehículo para una propaganda tan tosca como efectiva: todos los problemas del mundo reducidos a uno solo, ese problema a un enemigo, ese enemigo a un extranjero, ese extranjero a una amenaza existencial y, por lo tanto, susceptible de ser eliminado. Cien años después, el populismo soberanista se hace eco de ello en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Y así, como glosa ante todo esto, para retomar las palabras de Camus, ¿en qué consiste hoy “la misión del escritor”? Sigue consistiendo en servir a la verdad y a la libertad, en resistir a la opresión y en disipar las mentiras. Sabiendo —con melancólica conciencia— que, al hacerlo, el siglo lo condena a dirigirse a una minoría. Una minoría numerosa, no cabe duda, compuesta por millones de personas, no por miles, pero una minoría, al fin y al cabo. Y, además, una minoría en declive. Sin esperanza de convertirse en mayoría. Al comienzo de la era moderna, y durante un largo período de esta, los lectores eran una minoría de privilegiados. Al final, se han convertido en una minoría de derrelictos, abandonados por las despiadadas corrientes —políticas y tecnológicas— de la nueva era.

¿Sugiero entonces una aristocracia de lectores? En absoluto. Confío y creo, más bien, en una democracia de los lectores. Vislumbro un presente, y un futuro próximo, en el que ciudadanos aún capaces de leer con profundidad —y, por tanto, de analizar, discernir, criticar, pensar, incluso de empatizar con los demás, con esa humanidad ajena a la que todo autor siempre dedica y destina su libro—, por más que en minoría, logren, con la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha, salvaguardar la democracia. ¿Puede y debe la democracia ser salvada por una minoría? No lo sé, pero espero que sí.

Me parece un auspicio coherente con el deber que sentía Camus cuando afirmaba que el escritor, por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia porque está al servicio de quienes la padecen. Ya sean estos los últimos lectores de Occidente o incluso los nuevos analfabetos digitales que se engañan a sí mismos pensando que la dominan.





Antonio Scurati es escritor. Su último libro es el ensayo Fascismo y populismo (Debate). Este texto es su el discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid

Traducción de Carlos Gumpert.