jueves, 14 de abril de 2016

El equipaje. Un cuento de Pablo de Santis.

El cuento transcurre en un espacio acotado, un hotel al que suelen concurrir viajantes de comercio. Un lugar de tránsito. Todo hace pensar que el protagonista es un huésped o bien un residente fijo del hotel, y el enigma se centra en la extraña aparición de una valija, sola, en medio de un pasillo, en el ascensor. El personaje se pregunta por la identidad del dueño de la valija, y por las razones que explicarían su inaudita y repentina aparición. Como suele pasar en el fantástico, el personaje se da —y nos da— para su —y nuestra— tranquilidad algunas explicaciones racionales:

Tal vez la había olvidado alguien mucho tiempo atrás, y los muchachos del hotel la habían sacado del sótano para hacer una broma.

La aparición de la valija sin dueño en el pasillo, en el ascensor, se transforma en fuente de desasosiego y temor para el personaje. Decide entonces abrirla. Al revisar el contenido, poco a poco, reconoce sus pertenencias. Entre ellas un frasco azul de veneno y una carta en la que se despide de una mujer. Sin decirlo explícitamente, pero con suficientes indicios, la narración traslada el enigma de la valija y su aparición inaudita hacia la identidad del personaje. La explicación es de índole sobrenatural, ese personaje ya no es de este mundo, pero son los silencios de la narración y la resignificación de los elementos del cuento a partir del desenlace, los que otorgan esa cuota de sorpresa propia del fantástico. Para el lector había cierta seguridad sobre la identidad del protagonista, el problema estaba en otro lado: la valija; pero el relato fluye hacia otros derroteros. La sorpresa del desenlace está en ese cambio súbito de reglas para el lector, donde la seguridad se resquebraja dando lugar a otra cosa. (Marcela Carranza)

El equipaje
Pablo de Santis

Se había acostumbrado al ritmo del hotel. En esa época del año las noches eran tranquilas, porque no había turismo y los viajantes llegaban siempre durante el día. A la mañana, en cambio, prefería refugiarse en una de las habitaciones vacías, para no oír las voces de los clientes, que entre medialuna y medialuna comentaban el estado de los caminos o el éxito de los negocios. Se sentía muy alejado de la vida de los viajantes, siempre en camino, siempre con la ilusión de que en la próxima ciudad, o en el próximo pueblo, los esperaba la suerte que hasta ahora se les había negado. A él ya no le interesaba viajar; quería un lugar donde afincarse. 

Aprovechaba las noches para pasear por el hotel. Recorría los pasillos desiertos, subía y bajaba en el ascensor. Si algún cliente se había mostrado impaciente o maleducado, él se encargaba de perturbar su sueño a través de ligeros golpes a su puerta. 

Pero la tranquilidad se interrumpió cuando apareció la valija. Ya la primera vez que la vio -sola, en medio de un pasillo- le produjo un inexplicable desasosiego. Esa vez pensó que alguien la había dejado olvidada. Dos semanas después volvió a encontrarla, abajo, en el hall, junto a uno de los sillones verdes. Estuvo tentado de abrirla, pero se contuvo. 

Era una valija de cuero, algo ajada. La manija se había roto, y la habían reparado con hilo sisal. No sabía si estaba llena o vacía, porque ni siquiera la había tocado. Como la mayoría de los pasajeros del hotel eran hombres, supuso que era la valija de un hombre. Mientras miraba, por la ventana del hotel, el camino que llevaba a la ciudad, pensaba en la valija. Tal vez la había olvidado alguien mucho tiempo atrás, y los muchachos del hotel la habían sacado del sótano para hacer una broma. No encontraba otra explicación. A veces se sorprendía pensando en el dueño. Le imaginaba una cara, un oficio, algunas circunstancias. Quizás bastaba abrir la valija para saber cómo era. Las cosas que uno pone en una valija son como el resumen de una vida. Ahí está todo lo que uno puede decir de sí mismo. Ahí está todo lo que uno puede esconder. 

Una noche oyó el ascensor que bajaba hacia él. Cuando abrió la puerta, no había nadie, pero allí estaba, por tercera vez, la valija. Volvió a sentir el desasosiego, el temor. Ya era hora de abrirla. No sentía curiosidad; pero quería sacarse de encima el peso de la duda. Soltó las dos trabas y la abrió. 

Revisó con cuidado su contenido, como un empleado de aduana que busca en los repliegues una mercancía prohibida. 

Había una navaja de afeitar, una novela policial, un frasco azul, vacío. Entre la ropa, encontró una bolsita de lavanda. Fue ese olor lo que le hizo recordar. Entonces reconoció la navaja con la que se había afeitado por última vez, la novela que no había terminado de leer, sus tres camisas, que siempre doblaba con esmero. Reconoció su nombre al pie de una carta en la que se despedía de una mujer que ya, por su cuenta, se había despedido. Reconoció el frasco azul, y recordó el sabor del veneno que había tomado de un trago, por motivos que ahora le parecían ajenos. 

Los hoteles son lugares de paso y él necesitaba un lugar definitivo. Salió a la madrugada, a la hora que eligen los viajantes cuando tienen mucho camino por recorrer, Y aunque le pareció que no lo iba a necesitar, llevó consigo el equipaje. 
FIN

(en "Cuentos Fantásticos Misteriosos", Emecé,

compilado por Ana María Shua )


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