martes, 15 de diciembre de 2020

El funeral del escultor un cuento de la escritora estadounidense Willa Cather (1873-1947)

Un grupo de ciudadanos permanecía en el andén de la estación de una pequeña población de Kansas, a la espera de la llegada del tren nocturno, que ya iba con veinte minutos de retraso. La nieve había caído espesa sobre todas las cosas; a la pálida luz de las estrellas, la línea de peñascos al otro lado de los amplios y blancos prados en la parte sur del pueblo creaba suaves curvas de un tono ahumado sobre el cielo despejado. Los hombres del andén se apoyaban primero sobre un pie y luego sobre el otro, con las manos metidas en lo hondo de los bolsillos de sus pantalones, los abrigos abiertos, los hombros apretados por el frío. De vez en cuando miraban hacia el sureste, donde la vía del tren se enrollaba a lo largo de la orilla del río. Conversaban en voz baja y se movían inquietos, inseguros, al parecer, sobre lo que se esperaba de ellos. Todos excepto un hombre del grupo, cuyo aspecto era el de quien sabe exactamente por qué estaba allí, que se mantenía claramente apartado; caminaba hasta el extremo más alejado del andén, regresaba a la puerta de la estación, y luego se paseaba de nuevo junto a la vía, con la barbilla hundida en el alto cuello de su abrigo, sus hombros corpulentos caídos hacia delante, su paso pesado y decidido. Al cabo de un momento, se le acercó un hombre alto, enjuto y canoso, ataviado con un traje desteñido del Grand Army, que se apartó del grupo y avanzó con cierta deferencia con el cuello estirado hacia delante, hasta que su espalda formó el mismo ángulo que una navaja abierta tres cuartas partes.

—Supongo que va a llegar bastante tarde esta noche, Jim —señaló con un falsete chirriante—. ¿Será por la nieve?

—No lo sé —respondió el otro hombre con un matiz de irritación. Habló desde una impresionante catarata de barba roja que se dispersaba espesa y con fiereza en todas direcciones.

El hombre enjuto se cambió el palillo hueco que estaba masticando al otro lado de la boca.

—Es poco probable que alguien del Este venga con el cuerpo, ¿no? —prosiguió con aire reflexivo.

—No lo sé —respondió el otro, con más brusquedad que antes.

—Es una lástima que no perteneciera a ninguna logia ni nada. A mí me gustan los funerales elegantes. Como que son más apropiados para las personas de cierta categoría —prosiguió el hombre enjuto, con cierta licencia zalamera en su estridente voz, mientras colocaba con cuidado su palillo en el bolsillo del chaleco. Siempre llevaba la bandera a los funerales del G.A.R. del pueblo.

El hombre corpulento se giró sobre sus talones sin responder y echó a andar por el andén. El hombre enjuto se fundió de nuevo con el grupo intranquilo.

—Jim está tan hinchado como una garrapata, como siempre —comentó con conmiseración.

Justo entonces, sonó un silbido distante y se oyeron unos pies arrastrándose por el andén. Varios chicos larguiruchos de todas las edades aparecieron de repente, escurridizos como anguilas despertadas por el estruendo de un rayo; algunos venían de la sala de espera, donde habían estado calentándose junto a la estufa roja o adormilados en los bancos de listones; otros se desplegaron desde vagones de equipaje o salieron de vagones expresos. Dos bajaron desde el asiento del conductor de un coche fúnebre que permanecía aparcado junto al andén. Enderezaron sus hombros encorvados y alzaron las cabezas; un destello momentáneo de vivacidad encendió sus ojos aburridos con aquel grito frío y vibrante, la mundial llamada a los hombres. Aquello los despertó como la nota de una trompeta, igual que había despertado muchas veces durante su juventud a aquel hombre que esa noche regresaba a casa.

El expreso nocturno llegó, rojo como un cohete, desde las tierras pantanosas del Este y serpenteó a lo largo de la orilla del río bajó las largas filas de chopos temblorosos que vigilaban los prados. El vapor que escapaba de él se quedaba colgando en montones grises en el cielo pálido y ocultaba la Vía Láctea. Al cabo de un instante, el brillo rojo del faro iluminó la vía cubierta de nieve ante el andén y relució en los negros raíles húmedos. El hombre fornido con la desaliñada barba roja se desplazó con rapidez por el andén hacia el tren que se aproximaba, descubriéndose la cabeza al avanzar. El grupo de hombres tras él dudaron, se observaron los unos a los otros de manera inquisitiva y siguieron con torpeza su ejemplo. El tren se detuvo y la multitud se amontonó junto al vagón justo cuando abrían la puerta. El hombre enjuto con el traje del G.A.R. echó la cabeza hacia delante con curiosidad. El mensajero del tren apareció en la entrada, acompañado por un joven vestido con un largo gabán y un sombrero de viaje. CONTINUAR LEYENDO

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