sábado, 22 de agosto de 2026

"CON MEDALLAS, CON GOULASH, CON UN ATENUADO CLAMOR DE ALAS". Un cuento de Liliana Heker

Irene vestía unas agraciadas babuchas de seda y caminaba por Glencairn Street dentro de un aura de irrealidad. No era una sensación infrecuente: podía mirar cualquier día desde su balcón y descubrir una cúpula como recién brotada de la tierra o entrar en el subte e ir advirtiendo en sus circunstanciales compañeros de vagón una comicidad de pesadilla. El mundo en general le resultaba un lugar bastante raro y estar en una ciudad desconocida agravaba las cosas. Sin contar con que, además, esta vez no tenía una idea muy clara de a dónde iba. Eliseo Kasap le había anotado la dirección en un papelito pero no le había dicho, o ella no le había prestado la suficiente atención, para qué debía ir a esa casa, si es que se trataba de una casa.

Desde la llegada de Irene a Toronto, tres días atrás, Eliseo había puesto verdadero empeño en hacer de ella un ser sociable y de alto interés público, la había acarreado de acá para allá, le había presentado a personas al parecer primordiales para su porvenir y la había instruido sobre cómo-comportarse-en-Acaecimientos-Internacionales, de modo que, si él le había recalcado que de ninguna manera debía faltar a este suceso en Gleincarn Street… Ahí estaba ella, aterrada pero obediente, ataviada con sedas y oropéndolas y mirando una por una las fachadas con la esperanza de que el número anotado no existiera y entonces no le quedase más remedio que errar hasta la muerte bajo esos árboles rojos sin necesidad de andar diciéndole a todo el mundo que se sentía very glad of meeting you, cosa que de ninguna manera era cierta ya que meeting gente en general implicaba para Irene un esfuerzo pocas veces justificado, y ni hablar de cuando el incidente sucedía en inglés, ahí a duras penas conseguía hacerse entender, y la expresión “hacerse entender” era excesiva ya que eso que a veces (en su casa y a solas) sospechaba que la constituía —eso al parecer so wonderful que alguien o algo había tomado la decisión de arrearla desde el lejano sur y alojarla en una habitación ungida de oro y perlas solo para que, encaramada a un escenario desmesurado, leyera una paginita en lengua salvaje (oh, how beatiful it sounds) dejándole la tarea de leer el cuento completo a su empecinado traductor Eliseo, sociable, encantador, convencido de que esto que a ella le pasaba era lo más natural, qué menos, Irene, pero que ahora no estaba, ay mamá, la había dejado solita su alma rastreando en esta hermosa calle arbolada una casa que deseaba fervorosamente no encontrar—, eso que a veces (pero no ahora) ella creía que la constituía, de ningún modo habría podido hacerlo entender en un idioma que siempre le había resultado brutalmente no familiar. CONTINUAR LEYENDO

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