jueves, 30 de abril de 2026

"TERRORISTAS". Un poema de Wislawa Szymborska

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.

miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.

lunes, 27 de abril de 2026

"LOS HUMANOS PRIMERO". Un cuento de Íñigo Domínguez (El País) que refleja de manera satírica la cuestión de la "Prioridad Nacional"

Tras una invasión marciana, los terrícolas tendrían problemas para explicar qué es un país y por qué algunos son mejores que otros

Un día llegaron los marcianos y dominaron el mundo en cuestión de días. Antes habían estado observándonos para conocer nuestras costumbres y que el primer contacto no fuera problemático. Así que usaron la ley del más fuerte, que les pareció una forma estupenda de arreglar las cosas. No obstante, hubo objeciones y uno de los gobernantes indígenas más llamativos, porque era grandón, naranja y con el pelo rubio, así como los de otros países que decían ser más importantes, por ser más ricos, alegaron que debían respetarse los derechos humanos. Los marcianos se quedaron perplejos. Habían oído hablar de ello, pero desde fuera les había parecido una cuestión menor. Se podía matar a un montón de gente sin mayor problema o incluso hacer desaparecer en una noche una civilización. Además, ellos no eran humanos, no se sentían obligados. Normal que un humano sí, pero ellos no. Entonces estos terrícolas que se habían erigido en portavoces de la humanidad cambiaron de estrategia, precisaron que ellos merecían cierta prioridad, aunque los marcianos no entendían por qué. Los humanos les parecían todos iguales, pero por lo visto entre ellos se distinguían. Contaron que había países y que los suyos en concreto eran distintos y mejores. ¿Países? Es que hemos dividido el suelo con rayas, les explicaron. Los marcianos sacaron sus imágenes de la Tierra captadas desde el espacio profundo, pero no veían nada, y cuando les explicaron que eran líneas imaginarias, no reales, entendieron todavía menos.

Como insistieron tanto, les hicieron caso. Les confiaron las tareas más urgentes, como limpiar los retretes de sus inmensas naves espaciales. “América primero”, dijeron. “Españoles primero”, argumentaron. Pero hubo una fuerte discusión y se replantearon estrategias. Surgieron movimientos contrarios: “América última”, “Españoles al final”. Un nacionalismo al revés. Se indicó la posibilidad de hacerlo por orden alfabético, pero Alemania protestó y se apostó también por el orden alfabético inverso: “Zimbabue primero”. Fue el lema de moda ese verano en Europa y Estados Unidos, con grandes manifestaciones de la ultraderecha.

Los extraterrestres estaban confusos y tras la visita de una delegación de Junts se les acabó la paciencia con los humanos. Decidieron mezclarlos. Si alguien decía: “Es que yo soy austrohúngaro”, le ponían el primero, por pesado. Así que la gente dejó de decirlo. Dejó de haber prioridad nacional, sobre todo desde que las autoridades marcianas les quitaron a todos, no tanto el pasaporte, como la tarjeta de crédito. Habían concluido que ese era el auténtico documento de identidad, pues quien lo tenía viajaba a cualquier país sin problema, era bien recibido y hasta les daban la nacionalidad y se compraban pisos. Es más, hicieron el experimento de coger a un español, un alemán y un francés, como en ciertos relatos orales que habían estudiado, dejarlos caer en el Sáhara y no hubo ninguna diferencia con sus congéneres: los tres se afanaron por salir de allí y llegar como fuera a lugares más agradables.

La población terrestre se vio así ante la evidencia de que eran todos iguales. Surgieron movimientos nacionalistas, pero a escala planetaria: “Prioridad terrícola”, “Humanos primero”. Al cabo de un tiempo los marcianos empezaron a aburrirse. En realidad habían ido de visita, sin pensar en aportar nada a la economía local, ni arraigarse ni nada. Total, que un día se fueron como habían venido, y los humanos volvieron a sus cosas. Bielorrusos, andorranos, todo el mundo corrió a recuperar sus pasaportes. Por fin se restablecieron las prioridades.

domingo, 26 de abril de 2026

"ARMENIA 1915 (MEMORIA)". Un poema de Raúl Quinto sobre el genocicio armenio seleccionaodo y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

Genocidio de Dersim. Crédito: Armenian Genocide Museum-Institute

Cada 24 de abril se conmemora en todo el mundo el Día del genocidio armenio, una de las masacres más terribles y olvidadas del siglo XX, llevada a cabo por el gobierno otomano en 1915 contra los armenios cristianos de su territorio, que sufrieron deportaciones forzadas y un exterminio sistemático de la población hasta alcanzar cifras escalofriantes: casi un millón y medio de víctimas. En la antología ‘Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026’ del poeta Raúl Quinto, publicada hace unos meses, hay un poema dedicado a ese trágico suceso, ‘Armenia 1915 (Memoria)’, que hoy quiero compartir. Con imágenes poderosas, con conmovedora belleza, Raúl Quinto describe el horror, la acumulación de ruinas, el espanto de los supervivientes, la desaparición de la lengua, inútil de pronto para contar lo sucedido. He aquí una de las misiones de la poesía: poner palabras al silencio. (Andrea Villarrubia Delgado)

ARMENIA 1915 (MEMORIA)

Respirar el desierto. Comprobar
de qué manera el cuerpo es una máquina
hecha para el dolor. Escribir
la mirada de Armenia
perdida en el vacío,
la turbia partitura del silencio
arañando sus párpados,
cuando llega la noche
y se abren las compuertas del incendio:
palabras que no dicen, que no son.

Pensar los templos arrasados
en la oración de las cenizas,
el nombre que los ata
deshilvanándose en los labios,
la conciencia del tacto
en las manos
del que abraza la llama;
pensar como en un grito
la palidez de la tormenta,
y dejarse arrastrar
por la fiebre de los hombres

o morir lentamente
del otro lado de esta sangre.
Palabras que no son, que no dicen.

el infierno: San Juan escribe en Patmos
el color de unos ojos reflejados
en la hoja de un cuchillo: el silencio.

El exterminio es una danza hermosa
ofreciendo sus labios.

Amanece.

Los que quedan se miran a los ojos:
otro río de azufre
cruzando el interior de los escombros.
Lo que aún permanece:
la obscena memoria de avanzar
demolición adentro,
lo que persiste entre la sombra:
el camino de hueso: el latido del pozo:
palabras que no dicen, que no son.

RAÚL QUINTO

sábado, 25 de abril de 2026

"LEER ES UN PASATIEMPO... ¿O MUCHO MÁS?". VVAA, Theconversation.com

Hay quienes disfrutan leyendo y quienes prefieren ver series o jugar a videojuegos. Pero ¿es realmente la lectura una alternativa de ocio como otra cualquiera, especialmente cuando pensamos en el ocio juvenil y adolescente? Desde la perspectiva de la neurociencia, la respuesta es clara: leer es mucho más.

No se trata solo de entretenimiento. La lectura destaca por activar procesos cognitivos específicos que, especialmente cuando el cerebro se está desarrollando, pueden marcar diferencias importantes en la edad adulta.

Leer: un reto para el cerebro en construcción

Una de las claves para entender la importancia de la lectura durante la adolescencia es que el cerebro aún está en pleno desarrollo. A lo largo de esta etapa se produce una intensa reorganización de las redes neuronales destinadas a fortalecer el razonamiento, la planificación y el control de la conducta. Una de las estructuras cerebrales clave en este proceso es la corteza prefrontal, una región asociada a las llamadas funciones ejecutivas, responsables de mantener la atención, inhibir las distracciones y controlar el procesamiento de la información. Algunas experiencias durante esta etapa pueden actuar como un catalizador del desarrollo cognitivo, favoreciendo la consolidación de estas capacidades.

Comprender un texto largo exige poner en marcha muchos de los procesos mentales que el cerebro adolescente está afinando: mantener la atención durante un tiempo prolongado, recordar información previa, establecer relaciones entre ideas, realizar predicciones, detectar inconsistencias y construir activamente el significado de la historia. Lejos de ser una actividad pasiva, la lectura implica un esfuerzo cognitivo considerable.

Precisamente por esta exigencia cognitiva, leer no siempre genera un enganche inmediato comparable al de otras actividades más pasivas. Muchas actividades de ocio digital ofrecen recompensas rápidas y cambios constantes de estímulo, mientras que la lectura exige un periodo inicial de concentración e implicación antes de que aparezca la recompensa narrativa.

Lograr el ‘flow’ en la lectura

Sin embargo, cuando la práctica lectora se consolida, ocurre algo interesante: leer empieza a fluir. A medida que se automatizan los procesos de decodificación de palabras, el acceso a su significado y la integración de información necesaria para comprender el texto, disminuye el esfuerzo cognitivo y aumenta la inmersión en la historia. La atención deja entonces de centrarse en descifrar frases y se dirige a la comprensión del mundo narrativo y de los personajes. Es en ese momento cuando aparece lo que muchos lectores describen como el placer de la lectura.

Cuando la lectura es una actividad frecuente, no solo aporta disfrute: también impulsa el desarrollo cognitivo. De hecho, su asociación con el progreso en la adolescencia es especialmente relevante, ya que supera incluso a factores como el nivel educativo de los padres.

Además somos más capaces de comprender los pensamientos y los estados emocionales ajenos y de entender y analizar nuestros propios procesos mentales, evaluar la información y distinguir, por ejemplo, entre argumentos sólidos y débiles. Nuestra capacidad crítica se fortalece, algo que nos protege ante bulos y desinformación.

No todas las formas de ocio activan estos procesos con la misma profundidad.

¿Vale leer cualquier cosa?

La ficción literaria, como las novelas u otros relatos con personajes poco predecibles y situaciones ambiguas, favorece especialmente la comprensión de los estados mentales y emocionales de los demás, al implicar al lector en mundos sociales complejos. Otros textos informativos o de divulgación contribuyen más al desarrollo del razonamiento.

Lo ideal es leer lo que a uno más le guste, aunque cuanta mayor sea la variedad y calidad de los textos, más habilidades diferentes estaremos desarrollando.

Qué hacer si no nos gusta leer

Aun así, la lectura no es algo que resulte igual de apetecible o atractivo a todo el mundo. La investigación en psicología sugiere que, en actividades exigentes, la práctica temprana y frecuente puede ser clave para que termine siendo gratificante. La lectura no es una excepción. Si hemos tenido contacto con la lectura a edades tempranas, es probable que experimentemos sentimientos positivos hacia los libros, mientras que si las experiencias tempranas han sido negativas (hemos leído por obligación cosas que no nos interesaban, o hemos sufrido y nos hemos aburrido leyendo) nuestra motivación será mucho menor.

Por eso es tan importante que en los centros educativos, en las aulas y en los hogares tengamos acceso a todo tipo de libros y podamos elegir qué leer, compartir momentos de lectura o encontrar historias que conecten con nuestros intereses y preocupaciones.

Para quienes sienten que “leer no es lo suyo”, es importante tener en cuenta que la dificultad inicial no indica falta de capacidad, sino que forma parte del proceso. Con la experiencia, la comprensión se vuelve más ágil y la lectura menos exigente, por lo que conviene no abandonar antes de que empiece a resultar atractiva. De hecho, incluso quienes presentan más dificultades lectoras pueden beneficiarse de la lectura.

¿Y si no leemos, no pasa nada?

En última instancia, las trayectorias lectoras, como las propias trayectorias vitales, son diversas, y las habilidades pueden desarrollarse de múltiples formas con el tiempo. Pero no conviene perder de vista lo que está en juego.

Especialmente en la adolescencia, leer no es solo una práctica cultural necesaria, sino también una forma de ejercitar la atención, la imaginación, el razonamiento y el pensamiento complejo en una etapa en la que el cerebro está en plena construcción.

Si no leemos, no solo perdemos un pasatiempo: renunciamos también a una poderosa herramienta para el desarrollo cognitivo y para una formación cultural, crítica y ciudadana plenas.

viernes, 24 de abril de 2026

"LA MUERTE DEL RECUERDO". Un cuento de Carmen de Burgos, Colombine (1867-1932)

Sentado cerca de la lumbre, perezosamente envuelto en su pelliza, el viejo senador contemplaba cómo caía la nieve en el jardín.

Los delicados cristalinos prismáticos venían, en una lluvia de pétalos de jazmín, á cubrir con su blancura la desolada tristeza de loa desnudos troncos, empavesados por la nieve, como si les envolviesen guirnaldas de misteriosas flores nacidas en el aire.

Un criado anunció desde la puerta:

—El señor está servido.

Al mismo tiempo los cristales y el pavimento retemblaban con el rodar silencioso de las ruedas de un coche en el patio.

Perezosamente se rodeó el anciano al cuello la bufanda de piel forrada en seda; se abotonó el

abrigo de arriba á abajo; introdujo en el bolsillo la tabaquera; afianzó sobre la nariz las gafas que ocultaban los hundidos ojos, y después de calarse reposadamente los guantes de piel, tomó el bastón y el sombrero, que le sostenía el ayuda de" cámara, y salió tapándose la boca con el pañuelo, tardo el paso, como si le costase trabajo dejar su gabinete en aquel día de frío.

Un secretario alto, rubio, atildado, de patillas simétricas é irreprochable traje, se inclinó á su paso ceremoniosamente, esperando que el señor se dignase dirigirle la palabra; pero don Juan pasó sin mirarlo.

—¿Deja mandado algo el señor?—preguntó con timidez.

—Nada.

Ya el lacayo sujetaba abierta la portezuela del coche... El secretario volvió á inclinarse con esa rigidez de los aduladores, que parecen tener una articulación más en su espina dorsal para doblar servilmente el cuerpo, y el carruaje partió con el cadencioso trotar de su tronco normando.

Encendió un cigarro don Juan y se arrellanó sobre los almohadones azules, mientras el coche

cruzaba las calles del Caballero de Gracia, de Peligros y Alcalá, para salir al Prado.

Allí lucía con toda su hermosura la nieve. Grupos de chiquillos y mozalbetes corrían sobre ella, ensuciando con los pies su transparencia, contentos y satisfechos los pulmones de respirar aquel aire puro y sereno, cuya ligereza centuplicaba la actividad. Perseguíanse unos á otros arrojándose puñados de nieve, que se deshacía en espuma blanca; rodaban algunos esas enormes bolas, consagradas como imagen de la murmuración y de la calumnia, porque según corren engruesan y se enlodan. Varios artistas improvisados se entretenían en modelar con aquel mármol blando estatuas y caricaturas, con tanto esmero como si algunas horas más tarde su obra no hubiera de convertirse en agua sucia.

Se respiraba la poesía de la blancura de la nieve, cuyo gran encanto consiste en su misma fragilidad, en lo inestable, en lo fantástico, lo ideal de su vida corta… símbolo de lo irrealizable, de lo soñado, de todas las ilusiones que no pueden detenerse.

Había un rayo de envidia en los apagados ojos del viejo senador viendo á los muchachos correr, azotarse, caer y revolcarse sobre aquella alfombra, que se hundía a su peso como mullido vellón de lana, con crujido de cristalinos que se quiebran.

Recordaba en su abrigado coche la época feliz de la infancia, de la adolescencia, cuando medio desnudo y hambriento jugaba entre los copos de nieve en el Retiro o la Moncloa.

¡Cuán lejos estaba aquel tiempo] ¡Era una existencia pasada!

Se recordaba con tristeza: no había nada de común entre él, don Juan, y aquel Juanillo de los primeros años de su vida. ¡Juanillo había muerto! Ni una molécula del cuerpo joven, fuerte, gracioso, quedaba en su pobre, achacosa y vieja armadura. Sólo escasas reminiscencias de la voluntad, de los afectos que el otro sintió vivían aún en éste. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de abril de 2026

"HE ESTADO ENAMORADA MÁS DE UNA VEZ". Un poema de Mary Oliver

He estado enamorada más de una vez,
gracias a Dios. Algunas veces perduró:
activo o no. Algunas veces lo fue todo
aunque efímero, quizá solo una tarde,
pero no por eso menos real.
Se quedan en mi mente esas hermosas personas,
o en todo caso hermosas para mí, que son muchísimas.
Tú y tú y tú, a quienes tuve la fortuna de conocer, o tal vez
me las perdí. Amor, amor, amor, fue el centro de mi vida,
del cual viene, por supuesto, la palabra corazón.
Y he mencionado que algunos fueron hombres
algunas mujeres, y algunos -ahora guarda mi revelación contigo-
fueron árboles. O lugares. O música volando sobre los nombres
de sus creadores. O nubes, o el sol, que fue el primero y el mejor,
el más fiel -ciertamente, quien me miró a los ojos cada mañana
con tanta lealtad. Así me imagino tanto amor del mundo:
su fervor, su brillo, su inocencia, su hambre de darse a sí mismo,
Me imagino que así comenzó.

miércoles, 22 de abril de 2026

"LITERATURA CRUEL PARA TIEMPOS CRUELES". José Ovejero, El País

El escritor estadounidense Cormac McCarthy,
fotografiado en 1992 en El Paso, Texas

En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres

Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.

Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.

Pero es posible que también necesitemos lo contrario, una literatura cruel para tiempos crueles, es decir libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres, que produzcan malestar al quitarnos los asideros a los que nos aferramos en el suelo tambaleante del presente. La réplica obvia a esta propuesta solo en apariencia paradójica sería: el mundo ya duele lo suficiente como para, además, adentrarnos en un arte doloroso; déjame respirar, déjame descansar, déjame, al menos, un espacio donde sentir alivio y el calor del grupo.

Resulta llamativo que, al mismo tiempo que buscamos espacios protegidos para nuestras emociones en distintas formas artísticas, asistamos desde hace años a un proceso en el que lo gore —antes un género de nicho—, se ha extendido en la literatura, el cine y las series, de forma que las vísceras, las violaciones, las torturas y los asesinatos más brutales se han ido convirtiendo en ingredientes habituales de nuestras cenas y sobremesas. Pero se trata en general de una violencia conformista que da al consumidor justo lo que espera: por un lado, un cosquilleo en su sistema nervioso que nunca impulsa a acción alguna y que justifica nuestras respuestas primarias hacia amenazas reales o imaginarias. Por otro, indiferencia frente a las víctimas, convertidas en un elemento más de la diversión.

La crueldad que necesitamos en el arte no es ni la del espectáculo desensibilizador ni la del cortejo sumiso de las certezas que arropan los discursos hegemónicos. Lo que necesitamos es un aparente oxímoron: una crueldad ética, capaz de romper los consensos acomodaticios, narrar a contrapelo no ya del poder, también de la buena conciencia de los lectores y lectoras, desmontar narraciones que apuntalan formas aceptadas de violencia, empujar a ver las sombras que preferiríamos ignorar. Su violencia no fluye necesariamente con la sangre vertida en sus páginas, sino que se agolpa como agresión hacia quien lee. En lugar de darle el espectáculo catártico deseado o la justificación que necesita para sus propias agresiones, frustra una y otra vez sus expectativas.

Hay numerosos ejemplos de “literatura cruel”. Uno muy adecuado ahora que está cobrando fuerza el proyecto de fundar una sociedad en la que se enarbola la libertad como disfraz de la brutalización de las relaciones nacionales e internacionales, es Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, novela salvaje que desmantela la épica fundacional de Estados Unidos, presentando la historia como una sucesión de masacres cometidas por cazadores de cabelleras, y al mismo tiempo derriba las coartadas de todas las formas de épica nacional; los héroes a los que honran las patrias son asesinos, podría ser su inquietante conclusión.

También las novelas de Agota Kristof trabajan con la neutralización de toda forma de empatía e incluso de comprensión: nada hay en el mundo de Claus y Lucas que nos permita cerrar el libro con nuestras convicciones reforzadas. No ayudarnos a aprender, sino a desaprender las falsas verdades que hemos dado por buenas es la tarea de la filosofía según el filósofo Clément Rosset y también podría ser la de la literatura.

Habría sido fácil para Kristof convertir esta trilogía en un alegato contra el maltrato y abuso infantil, o contra el nazismo, o contra el estalinismo, temas que aparecen en la obra. Eso habría permitido al lector dejarse arrastrar por una empatía que lo llevara al puerto seguro de la superioridad moral. Pero Kristof se niega a darnos ese gusto y prefiere empujarnos a la incertidumbre.

Por su lado, Elfriede Jelinek destroza la buena conciencia y las buenas maneras de la sociedad austríaca —¿solo la austríaca?—, cuyo amor a la música y al paisaje se nos presenta como una forma de perversión, como exudado de la rapacidad capitalista. Y aunque quisiéramos solidarizarnos con las mujeres oprimidas y violadas de sus novelas, tampoco ellas son solo víctimas ni practican la sororidad, sino que han aprendido a arrumbar la piedad en un rincón de este mundo despiadado. El feminismo necesario de nuestra época se encuentra en Jelinek con una imagen que nos obliga a huir de cómodas simplificaciones.

Libros como estos no son una exhibición de negro pesimismo: más bien descubrimos en ellos el deseo, imprescindible en estos tiempos siniestros, de derribar las ficciones con las que decoramos nuestras culpas y complicidades inconfesables. Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones familiares y sociales, podemos dar pasos para cambiarla. Lo que parece nihilismo quizá sea lo contrario: una manifestación de fe en la capacidad transformadora que habita en nosotros.

martes, 21 de abril de 2026

"LA SUNAMITA". Un cuento de Inés Arredondo

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.

Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.

Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.

Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.

El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.

–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…

Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…

–Luisa, ¿eres tú?

Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.

–Aquí estoy, tío.

–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.

–No diga eso, pronto se va aliviar.

Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.

–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.

Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 19 de abril de 2026

"EDUCAR EN TIEMPOS DE PANTALLAS Y RESPUESTAS INMEDIATAS: CÓMO ACOMPAÑAR A LOS NIÑOS EN LO QUE LOS PADRES AÚN NO CONTROLAMOS". Victoria Gabaldón, elDiario.es

Patricia Bolinches
Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla

Durante mucho tiempo, el acceso al conocimiento ha estado mediado por las personas adultas del entorno cercano. Padres, madres y docentes explicábamos, filtrábamos, traducíamos el mundo. No siempre bien, no siempre completo, pero desde un lugar reconocible. Hoy, ese esquema se ha movido. Muchas preguntas infantiles ya no pasan por la conversación doméstica: se resuelven en una pantalla. Una criatura puede averiguar quién fue Marie Curie, cómo funciona un volcán o qué es la ansiedad con solo teclear una frase o escuchar una voz que responde sin cansancio ni espera.
A esta convivencia con una fuente de información siempre disponible todavía le estamos poniendo nombre. Sabemos que no se trata de demonizar las pantallas —ese discurso está agotado—, pero tampoco sirve el elogio ingenuo del acceso ilimitado al conocimiento. Estamos ante algo más profundo: la pérdida del monopolio parental sobre el relato. La tecnología no solo informa; interpreta. Ordena, prioriza, decide qué aparece primero y qué se pierde tras dos segundos de scroll. Su autoridad no proviene de su verdad, sino de su disponibilidad y velocidad.

Este cambio no siempre se percibe como una transformación tecnológica, sino como una sensación íntima y, a veces, incómoda: la de no llegar a tiempo. La de descubrir que una conversación importante ya ha empezado sin nosotros. No es una pérdida de autoridad en el sentido clásico, sino un desplazamiento más sutil: seguimos ahí, pero entramos más tarde, cuando el proceso ya está en marcha. En muchos casos, la educación digital ocurre sin gesto humano, sin tono de voz ni matiz emocional.

La alfabetización actual ya no se limita a leer y escribir: incluye aprender a orientarse en medio de flujos de información constantes, contradictorios y, a veces, abrumadores. Niños y adolescentes acceden a contenidos complejos —salud mental, relaciones afectivas, sexualidad, consumo— con una rapidez que ninguna conversación doméstica puede igualar. En muchas casas, los deberes ya no son una mesa despejada, un cuaderno y una pregunta lanzada al aire. Son un ordenador encendido, varias pestañas abiertas, un vídeo explicativo, una consulta a la IA. Hay niños que llegan a casa, encienden la tablet y avanzan solos durante un buen rato. No porque no necesiten ayuda, sino porque han aprendido que el primer paso es buscar. La persona adulta entra después, para revisar, para poner orden, para saber si han entendido lo que acaban de hacer. Otras veces no entra. Y no siempre eso es un problema. Para algunas familias, este modo de trabajar alivia: menos dependencia, más autonomía. Para otras, desconcierta: cuesta saber qué se ha aprendido de verdad, qué se ha copiado, qué se ha entendido a medias. La escena no es idéntica en todas las casas, pero el desplazamiento es común: el aprendizaje empieza sin nosotros, aunque no necesariamente termina sin nosotros.

Todo esto obliga a revisar qué entendemos hoy por educar en casa. Si antes consistía, en gran medida, en transmitir lo que una sabía, ahora implica algo distinto: aprender a acompañar lo que una todavía no sabe. La autoridad basada en el conocimiento se debilita, y la basada en el vínculo gana peso. No porque sepamos menos, sino porque ya no somos los únicos que saben.

Aquí aparece un desajuste generacional que no siempre sabemos nombrar. Muchas personas adultas fuimos educadas para producir verdades: saber era poder y equivocarse era fallar. En cambio, nuestras hijas e hijos crecen en un entorno donde las respuestas abundan y el criterio escasea. Pueden encontrar miles de explicaciones; lo difícil es aprender cuáles merecen confianza.

La crianza en la era digital no consiste en controlarlo todo —eso es imposible— ni en mirar hacia otro lado —eso sí tiene consecuencias—. Quizá la única vía posible sea una más frágil y exigente: la conversación. No como sermón, sino como práctica cotidiana. Si un niño aprende a preguntarse quién publica un vídeo, qué interés hay detrás de un clic o de dónde sale un dato, ya está entrenando el músculo que la inteligencia artificial todavía no tiene: la duda reflexiva.

Para llegar ahí hay que aceptar una verdad incómoda: que la tecnología educa con nosotros. No después, no contra, no a pesar. Está disponible cuando nosotros no estamos disponibles. Es paciente cuando vamos justos de tiempo y no exige reciprocidad emocional. Y eso, en el día a día, pesa. A diferencia de un padre, una pantalla no se frustra. A diferencia de una madre, no siente culpa. Es muy fácil confundir esa disponibilidad constante con la autoridad, pero detrás no hay ética ni biografía, sino patrones estadísticos. La tecnología no educa peor; educa sin cuerpo, sin memoria, sin contradicción. Y criar, como vivir, tiene mucho que ver con aprender a convivir con la contradicción.

En ese escenario, la familia conserva, quizá más que nunca, un papel insustituible. No como fuente principal de datos, sino como espacio donde el dato se vuelve experiencia. Un vídeo explica qué es el bullying; un profesor puede contar cómo fue vivirlo o presenciarlo. Una IA describe la depresión; una madre puede hablar de un día en el que levantarse de la cama resultó imposible. Ese traspaso no se encuentra en un tutorial. El reto no es competir con el algoritmo, sino ocupar el terreno que no puede replicar: el de la vulnerabilidad. El de decir «no sé, pero lo vemos juntos». El de sostener el silencio cuando no existe la respuesta inmediata. Pensar más lento, pero más profundo. Compartir contenidos con nuestras hijas e hijos abre el diálogo. Preguntar qué piensan ellos antes de decir qué pensamos nosotros desarma evidencias prefabricadas.

También conviene asumir que la educación tecnológica no se mide solo en minutos. El problema no es cuestión de tiempo de pantalla, sino de lo que ocurre en ese tiempo. Una hora viendo cómo construir un cohete casero no equivale a una hora deslizando contenido diseñado para retener atención. Igual que no evaluamos la alimentación solo por la cantidad, sino por los nutrientes, la tecnología no debería evaluarse únicamente por duración, sino por calidad.

No hay recetas cerradas; como mucho, una orientación clara: más acompañamiento y menos delegación; más conversación y menos instrucción. La tecnología seguirá ahí, cada vez más integrada. El desafío no es expulsarla, sino domesticarla. Convertirla en herramienta y no en tutor.

Quizá nuestros hijos recuerden menos lo que les explicamos y más la manera en que pensamos junto a ellos. No se trata de transmitir certezas, sino de ofrecer un método para sobrevivir al exceso de ellas. Un algoritmo puede responder en un segundo, pero necesita que alguien —un padre, una madre, una maestra, un adulto que le cuide— enseñe a un niño a preguntarse por qué esa respuesta merece ser creída.

sábado, 18 de abril de 2026

"MUCHACHO OBSESIONADO". Un cuento de Lula Carson McCullers

Hugh fue hasta la esquina de la casa en busca de su madre, pero no estaba en el jardín. A veces salía para hacer como que se ocupaba del arriate con las flores de primavera —carraspiques, minutisas, lobelias (los nombres se los había enseñado ella)—, pero hoy el césped con los arriates de flores de muchos colores estaba vacío bajo el delicado sol vespertino de mediados de abril. Hugh corrió de nuevo hacia la casa, seguido por John. Superaron los escalones de la entrada en dos saltos y la puerta de la calle se cerró con fuerza tras ellos. 

—¡Mamá! —llamó Hugh. 

Fue entonces, ante el silencio pertinaz mientras esperaban en el vestíbulo vacío, de suelo encerado, cuando Hugh sintió que pasaba algo raro. No había fuego en la chimenea del cuarto de estar, y como estaba acostumbrado al parpadeo de la lumbre del hogar durante los meses fríos, la habitación, en aquel primer día de primavera, parecía extrañamente desnuda y triste. Hugh se estremeció primero y luego se alegró de que John estuviera con él. El sol brillaba en un trozo rojo de la alfombra floreada. Rojo brillante, rojo oscuro, rojo muerto: a Hugh le enfermó el repentino recuerdo estremecido de «aquella otra vez». El rojo se oscureció hasta convertirse en negro vertiginoso. 

—¿Te pasa algo, Brown? —preguntó John—. Estás muy pálido. Hugh se repuso y se llevó la mano a la frente. 

—Nada. Volvamos a la cocina. 

—No me puedo quedar más que un minuto —dijo John—. Estoy obligado a vender esas entradas. Tengo que merendar y salir corriendo. 

La cocina, con los impecables paños a cuadros y los cacharros limpios, era en aquel momento la mejor habitación de la casa. Y sobre la mesa esmaltada había una tarta de limón hecha por ella. 

Tranquilizado ante la cocina de todos los días y la tarta, Hugh regresó al vestíbulo y alzó la cabeza para llamar escaleras arriba. 

—¡Madre! ¡Mamá, por favor! 

Tampoco ahora obtuvo respuesta. 

—Mi madre ha hecho la tarta —dijo Hugh. Rápidamente encontró un cuchillo y la cortó, para disipar el sentimiento de terror, cada vez más intenso. 

—¿Crees que la debes cortar, Brown? 

—Por supuesto, Laney. 

Aquella primavera se llamaban por el apellido, a no ser que se les olvidara. A Hugh le parecía deportivo y adulto y en cierto modo espléndido. John le gustaba más que ningún otro de sus condiscípulos. Era dos años mayor y, comparados con él, los otros chicos le parecían un estúpido montón de inútiles. John era el mejor alumno de segundo curso, inteligente pero sin ser el favorito de ningún profesor, y el mejor atleta por añadidura. Hugh estaba en primero y no tenía demasiados amigos; en cierto modo se había apartado de los demás porque tenía muchísimo miedo. 

—Mamá siempre me prepara algo apetitoso para cuando vuelvo de clase. —Colocó una generosa porción de la tarta en un plato para John… para Laney. 

—Está buena de verdad. 

—La tapa es de galletas integrales machacadas, en lugar de la masa normal de las tartas —dijo Hugh—, porque la masa da mucho trabajo. A nosotros nos parece que la masa hecha con galletas integrales es igual de buena. Claro que mi madre podría hacer masa corriente si quisiera. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 17 de abril de 2026

"AMOR ES ...". Un poema de Dulce María Loynaz

Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan…
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces….
Amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…

Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro…

Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen…
¡La esperanza de la estrella!…

Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;
y lo que es más que perdonar,
es comprender…
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar …

¡Amor es resucitar!

jueves, 16 de abril de 2026

"ESE OBJETO REPLETO DE PALABRAS". Un artículo de Pilar Adón, Premio Nacional de Narrativa 2023 (El País 23 ABR 2024)

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar el libro en pro de la orgía tecnológica

Una persona que lee libros es una persona sospechosa. Y cuantos más libros lea, más sospechas despertará. Soy consciente de que un texto como este va destinado a incondicionales de la lectura. Simpatizantes y lectores habituales de libros que, como yo, no se sienten sospechosos en su día a día. Pero cambiemos la perspectiva, giremos el punto de vista y centrémonos en la imagen que ofrecemos cuando leemos un libro en el metro, en un avión, por la calle a veces, en una cafetería, rodeados del bullicio habitual, las voces que no paran porque han de anunciarnos la próxima parada, el precio de la consumición, el contenido del audio de WhatsApp que escucha su receptor y de paso todos los que le rodean. ¿No estamos cometiendo un acto de rebeldía que roza la ofensa? ¿No nos estamos declarando habitantes de un mundo aparte? En la conferencia segunda de Elizabeth Costello, de J. M. Coetzee, la protagonista, que es escritora, se embarca en un crucero en el que ha de dar una charla y mezclarse con los pasajeros porque la pagan por eso, y en el transcurso del viaje conoce a otro escritor invitado que explica que cuando alguien empieza a leer ante él es como si levantara un letrero en el que pusiera: “Dejadme en paz. Lo que estoy leyendo es más interesante de lo que puedes ser tú”. Para él el libro actúa como escudo, arma defensiva que, como tal, protege a quien la usa, pero también ataca. Entre otras razones porque el libro es silencio para los demás. Solo le habla a quien lo lee. Y ese momento de intimidad que se produce a plena luz del día, en que un ser humano lector y un objeto repleto de palabras se funden en una única forma, bajo una envoltura invisible que genera una unión que se diría sensual y al tiempo intelectual, sin duda apasionada y profunda, desconcierta por lo inabordable y lo secreto.

Son muchos los cantos de sirena que incitan a abandonar tal onanismo lector en pro de la orgía tecnológica. Esa evasión en apariencia más directa y espontánea. Más global. Más solidaria y más del ahora, hasta el extremo de que se diría que rejuvenece. Leer es de ancianos; al navegar, en cambio, alzamos el pendón de la eterna juventud. La propia literatura está repleta de ejemplos de lectores aprensivos, decaídos, molestos, cuando no directamente peligrosos. El Casaubon de Middlemarch; Holden Caulfield; la Annie Wilkes, de Misery, por no hablar de nuestro Quijote o del Jorge de Burgos de El nombre de la rosa. En cambio, ahí tenemos esas cándidas imágenes de influencers que brillan, literalmente, mientras nos hablan de lo mucho que viven y disfrutan, animándonos a un deslumbramiento continuo en nuestra libertad de ejercer un scroll infinito.

Sospechosos somos, pues, para los integrados. Pero, manteniendo el tono de ironía, dirijámonos a los apocalípticos y veamos que nada hay nuevo bajo el sol. Leemos en el Eclesiastés: “De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros”. Ninguna de las variadas adicciones atribuidas a los recientes sistemas de captación de atención es novedosa para los lectores de libros. Veamos algunos ejemplos: lo primero que hacemos al levantarnos y lo último que hacemos antes de dormirnos es mirar el móvil, se nos dice, y respondemos: lo mismo que con un libro. La ansiedad que se genera ante lo limitado de nuestra atención frente a tanta información está directamente relacionada con la que nos entra al pensar en la cantidad de libros que hay por leer y la certeza de que no los abarcaremos nunca. La falta de escucha en cenas familiares, encuentros con amigos, cuando se mira el WhatsApp o los privados de Instagram y nos perdemos parte de la conversación ocurre igualmente al comprender de repente alguna trama de la novela que estemos leyendo o escribiendo. Se acusa a los incondicionales de las redes de que lo que acontece en su móvil les resulta más interesante que lo que tienen al lado; nada original, de nuevo: lo que nos cuentan los libros siempre nos ha parecido más fascinante que lo que sucede a diario, e incluso sentimos que conocemos mejor a los personajes clásicos que a muchos de nuestros familiares. Más casos: se advierte del peligro de vivir encerrados en un mundo digital que no es el auténtico y que nos hace perder el contacto con lo que nos rodea. En el caso de los lectores de ficción, podríamos ir incluso más allá: somos conscientes de que los personajes ni siquiera existen. Al menos los titulares con que nos bombardean las redes se refieren a la realidad, están conectados con ella, hablan de seres que no son pura invención. Se nos avisa también del fenómeno de cámara de eco que nos hace encontrar solo contenidos afines a nuestros gustos e ideas, mensajes que nos refuerzan a la vez que nos aíslan gracias al filtro burbuja, que nos sumerge en un bucle de información sesgada, momento en que los lectores de libros pensamos en cómo uno nos lleva a otro y en los muchos que nos perderemos por las tendencias, las apetencias y necesidades del momento, la orientación de los demás.

Ya la propia invención de la imprenta despertó todo tipo de sospechas, por no hablar de ocasiones como la del acceso de las mujeres a una lectura libre sin la supervisión de un hombre que decidiera qué sí y qué no. En cualquier caso, y visto que somos sospechosos desde una perspectiva y desde la contraria, tras este peculiar planteamiento de tesis y antítesis, pasemos a la síntesis: si hay algo que los nuevos sistemas de entretenimiento masivo no pueden ofrecernos es esa facultad del alma, como dice el Diccionario de la Lengua Española, que nos saca de lo inmediato, nos transforma, nos hace empáticos y nos permite realizar las actividades creativas que nos caracterizan como especie: la imaginación. En palabras de Einstein: “La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado y la imaginación da la vuelta al mundo”. Somos seres fabuladores y frente a las imágenes impuestas, que son como la comida rápida, que aplaca el apetito un rato pero no nutre en condiciones, generamos las mentales gracias a una imaginación que se alimenta, como es bien sabido, de lo que hemos leído en los libros. Frente a la tiranía de la inmediatez, el libro aguarda. Frente al entretenimiento digital, que nos cae de arriba abajo, que no pide ni espera nuestra participación, el libro demanda un diálogo constante, una creación mancomunada. Somos los lectores quienes le otorgamos el poder al libro. Así, el autor propone y el lector dispone. El libro es el gran exponente de la tecnología robusta: está hecho para durar, no necesita variaciones, ha demostrado su resistencia frente a todo tipo de modificaciones sociales, políticas, ambientales… No se le puede pedir mayor rendimiento a un dispositivo de tan reducidas dimensiones, que no necesita enchufes ni batería ni pantallas antirreflejantes y que es capaz de trasladarnos a otros universos. Además, goza de autoridad, particularidad nada desdeñable en tiempos de terror a lo falso. Como enunció Pardo Bazán, “queda lo escrito, todo lo demás no queda”.

"SIEMPRE AMANECE (2026)". Un álbum ilustrado (La Maleta Ediciones, León) escrito por Juan Mata e ilustrado por Carolina Luzón



UNA NOCHE, UN CUERPO INDEFENSO,

UNA SOMBRA, UN ABUSO, UN MIEDO,

UN DAÑO IRREPARABLE.

CON GRAN DELICADENA, AUTOR E ILUSTRADORA

PONEN IMÁGENES AL HORROR

DE LA VIOLENCIA SEXUAL

CONTRA LA INFANCIA Y LA ADOLESCENCIA

miércoles, 15 de abril de 2026

"TORQUEMADA EN LA HOGUERA". Una novela corta de Benito Pérez Galdós

Resumen y sinopsis
Benito Pérez Galdós publicaría en 1889 Torquemada en la hoguera, y entre 1893 y 1895 el resto de la serie: Torquemada en la cruz, Torquemada en el purgatorio y Torquemada y San Pedro.
En Torquemada en la hoguera se hace un dibujo preciso del protagonista de la serie, Francisco Torquemada. Es éste un prestamista que ha logrado amasar un interesante capital a base de prestar dinero con usura, exprimiendo sin piedad a los desgraciados que por necesidad caían en sus manos.
Tacaño hasta llegar a la mezquindad, Torquemada sufrirá el duro golpe de ver enfermar a su hijo, un niño prodigio, genio de las matemáticas. En esa crisis, su naturaleza quedará patente. Aconsejado por amigos, trata de humanizarse y congraciarse con Dios, para rogarle que salve a su hijo. Sin embargo, su espíritu de negociante quiere convertir esa operación en un cambalache por el que compra con buenas obras la vida de su hijo.

domingo, 12 de abril de 2026

"ANTE UN ESPEJO". Un poema de Nancy Morejón selccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

En la poesía de la poeta cubana Nancy Morejón aparece de forma constante la cuestión de la negritud, pues ella misma tiene ascendencia africana. Su maestro fue Nicolás Guillén del que tomará inspiración para ahondar en temas relacionados con las raíces, el mestizaje y la esclavitud desde una mirada de mujer y, especialmente, de una mujer negra. He elegido, sin embargo, para este primer domingo de abril el poema ‘Ante un espejo’, que dedica a su amiga y también escritora Sonia Rivera Valdés, y en el que plantea un asunto que atañe a tantas personas en tantos lugares, también en Cuba, como es el del abandono voluntario de la ciudad y el país donde se ha nacido y se ha vivido en busca de nuevos horizontes, nuevos aires que respirar. Una huida que nunca lo es del todo, pues allá donde se vaya, aunque sea muy lejos, siempre estarán presentes los sonidos, las imágenes, los olores de la geografía que se deja atrás. (Andrea Villarrubia Delgado)

ANTE UN ESPEJO

Si decidieras irte de la ciudad,
de tu ciudad,
en busca de nuevos horizontes,
de fortuna
o tal vez de una pasión sin precedentes,
la ciudad, esta ciudad,
aún inconsciente de sus ruinas,
emprenderá tu acecho
siguiéndote los pasos.
Alguna tarde cálida
(tú sobre los puentes
de algún río caudaloso pero ajeno)
nuestra ciudad sepultará,
bajo un aroma extraño,
los años transcurridos
antes y después de Cristo.
No hay otro país, ni otra ciudad posibles.
Cuando haya amanecer, no habrá crepúsculo.
Si los parques florecen
cundidos de tulipanes firmes,
entonces el bulevar trae los olores
de tus seres queridos
y, sobre todo, de tus muertos.
Si decidieras irte,
el puerto y las bahías
y los Jardines de la Reina
te escoltarán con sus vapores.
Recorrerás los mismos pasadizos,
los barrios arcaicos del estruendo
con la indolencia de sus bares;
no valdrá un solo verso de Blaise Cendrars
y hasta los mismos cuartos de tu casa sellada
te cercarán con la angustiosa cadencia del engaño.
A donde quiera que te muevas
escucharás el mismo pregón de la mañana;
te llevará el mismo barco andando por la misma ruta
de los perennes emigrantes.
Nada podrá depositarte en ningún sitio.
Aunque hayas monteado el mundo entero,
de castillo en castillo,
de mercado en mercado,
ésta será la ciudad de todos tus fantasmas.
Habrás desgastado tu vida inútilmente
y cuando ya estés vieja,
ante un espejo como el de Cenicienta,
sonreirás algo triste
y en tus pupilas secas
habrá dos rocas fieles
y una esquina sonora de tu ciudad.

NANCY MOREJÓN

sábado, 11 de abril de 2026

"SABER MIRAR". Luis García Montero, El País

Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando

Mientras paseaba por la ciudad y por sus rencores, Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando. Mirarse mirar, pedir explicaciones a nuestras miradas, un buen consejo en tiempo apremiantes que nos invitan a olvidarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando defendemos ideas que pensamos propias. Es la paradoja de la crispación que pasa de la política a la amistad y del amor a las relaciones sociales. El deseo se convierte en batalla violenta cuando deja de hacerse preguntas. Así que parece oportuno seguir defendiendo la poesía como raíz cultural entre personas que necesitan mirar y mirarse. El corazón y las razones pasan por los ojos, y los ojos nos preguntan quién eres tú mientras nos vemos, qué recuerdas y hasta dónde quieres llegar. Pienso en la poesía como vacuna contra la cursilería irresponsable de los dogmas y el utilitarismo inhumano de las multiplicaciones tecnológicas. Resulta que somos personas.

Acabo de oír el timbre de la calle. Dejo sobre la mesa el libro que estoy leyendo, me acerco a la ventana y descorro un poco la cortina para mirar hacia abajo. Junto a los coches que cruzan, los árboles invernales y la iluminación de los escaparates, veo en el portal a un hombre muy parecido a mí que espera nervioso a que le abran la puerta con un libro en las manos. Parece que quiere entrar en mi casa. De pronto sube los ojos hacia arriba, examina las ventanas de la fachada, y soy yo el que ve la silueta del hombre que mira desde lo alto, detrás de una cortina. El libro que lleva en la mano es el mismo que está sobre la mesa: Duermevela (Pie de página, 2026), un libro de poemas de Abelardo Linares. Editor, librero de viejo, bibliófilo, polemista, pero sobre todo poeta. En tiempo confusos, agradezco la poesía como una invitación a mirarnos mientras estamos mirando. No nos olvidemos de nosotros mismos mientras discutimos con el mundo.

viernes, 10 de abril de 2026

"HALID MAJID EL ACHICHARRADO". Un cuento de Roberto Arlt

Ceremonia de quemar una viuda hinduista con el cuerpo de su esposo fallecido
Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de este:

Enriqueta Dogson era una chiflada.

A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas rojas, pantalones amarillos, una especie de abullonada faldacorsé de color verde y el renegrido cabello suelto sobre los hombros, como los de una mujer desesperada. Su salida fue un éxito. Los perros le ladraban alarmados, y todos los granujillas de las fortificaciones del zoco la seguían en manifestación entusiasta. Los cordeleros, sastrecillos y tintoreros abandonaban estupefactos su trabajo para verla pasar.

El Capitán Silver, que embadurnaba telas de un modo abominable, hizo un retrato de Enriqueta Dogson en esta facha, y para agravar su crimen, situó tras ella dos forajidos ventrudos, cara de luna de betún y labios como rajas de sandía. Semejantes sujetos, vestidos al modo bizantino, podían ser eunucos, verdugos, o sabe Alá qué. Imposible establecer quién era más loco, si el pintor Silver o la millonaria disfrazada.

Enriqueta Dogson envió el retrato al bufete de su padre, en Nueva York. El viejo Dogson, un hombre razonable, se echó a reír a carcajadas al descubrir a su hija empastelada al modo islámico, y dirigiéndose al doctor Fancy le dijo:

-¿De dónde habrá sacado semejante disfraz esta muchacha? Le juro, mi querido doctor, que ni registrando con una linterna todos los países musulmanes descubriremos una sola mujer que se eche a cuestas tal traje. Es absurdo.

Dicho esto, el viejo Dogson meneó la cabeza estupefacto, al tiempo que risueñamente se decía que el disfraz de su hija podía provocar un conflicto internacional. Luego se encogió de hombros. Los hijos servían quizá para eso. Para divertirle a uno con las burradas que perpetraban.

El que no se encogió de hombros fue el anciano Faraj el Bint Abdalla.

Faraj el Bint Abdalla estaba amostazado.

En Tánger no se hacía otra cosa que murmurar el enamoramiento de su hijo Dais con esta extranjera fantasiosa.

Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental. Enriqueta Dogson era consecuente con este punto de vista. Se podían ver fotografías de ella en compañía de Dais el Bint Abdalla. En la orilla del Mediterráneo, sobre las murallas, recostada a lo largo de los antiguos cañones portugueses, con Dais el Bint Abdalla sentado melancólicamente a su lado. También aparecía Enriqueta en el palacio del ex sultán, con el joven Dais a su lado; a la entrada de la mezquita, con el joven Dais sentado a sus pies; en una grada del pórtico, en el zoco, con el joven Dais ofreciéndole un ramo de rosas; bajo un grupo de palmeras, más allá de la “Puerta del Castigo”. Aquello era sencillamente delicioso.

Realmente, al viejo Faraj el Bint Abdalla no le faltaban razones para andar amostazado.

El joven Dais el Bint Abdalla se había ido enamorando. Secretamente pensaba renunciar a la religión musulmana, en cambiar la chilaba, las babuchas y el fez por un correcto traje europeo y un hongo discreto, y abandonar a su familia para ir en seguimiento de Enriqueta Dogson. Tales disparates pensaba muy secretamente y con temor oscuro, porque no había podido olvidar ciertos versículos del Corán que en su infancia le habían valido buenas tandas de palos en la planta de los pies, y el Corán estaba incrustado en su vida, y no dejaba de comprender que estaba acercando su vida a una peligrosa playa ignorada.CONTINUAR LEYENDO

jueves, 9 de abril de 2026

«LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO». Un poema De Antonio Machado musicado por Joan Manuel Serrat

Al fin, una pulmonía
Mató a don Guido, y están
Las campanas todo el día
Doblando por él: ¡din dan!
Murió don Guido, un señor
De mozo muy jaranero,
Muy galán y algo torero;
De viejo, gran rezador.

Dicen que tuvo un serrallo
Este señor de Sevilla;
Que era diestro
En manejar el caballo,
Y un maestro
En refrescar manzanilla.
Cuando mermó su riqueza,
Era su monotonía
Pensar que pensar debía
En asentar la cabeza.

Y asentóla
De una manera española,
Que fue casarse con una
Doncella de gran fortuna;
Y repintar sus blasones,
Hablar de las tradiciones
De su casa,
A escándalos y amoríos
Poner tasa,
Sordina a sus desvaríos.
Gran pagano,
Se hizo hermano
De una santa cofradía;
El Jueves Santo salía,
Llevando un cirio en la mano
-¡Aquel trueno!-,
Vestido de nazareno.

Hoy nos dice la campana
Que han de llevarse mañana
Al buen don Guido, muy serio,
Camino del cementerio.
Buen don Guido, ya eres ido
Y para siempre jamás
Alguien dirá: «¿Qué dejaste?»
Yo pregunto: «¿Qué llevaste
Al mundo donde hoy estás?»

¿Tu amor a los alamares
Y a las sedas y a los oros,
Y a la sangre de los toros
Y al humo de los altares?
Buen don Guido y equipaje,
¡Buen viaje!
El acá
Y el allá,
Caballero,
Se ve en tu rostro marchito,
Lo infinito:
Cero, cero.

¡Oh las enjutas mejillas,
Amarillas,
Y los párpados de cera,
Y la fina calavera
En la almohada del lecho!
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
Sobre el pecho;
Metido en tosco sayal,
Las yertas manos en cruz,
¡Tan formal!
El caballero andaluz.

miércoles, 8 de abril de 2026

"EL ACOSO ESCOLAR NO EMPIEZA EN LA ESCUELA". Kike Esnaola, El País

La sociedad debería preguntarse no solo qué pasa en los colegios, sino qué formas de relación se están normalizando fuera de ellos.

Llevamos varias décadas nombrando, señalando y tratando de abordar el complejo fenómeno del acoso escolar. Campañas de sensibilización, charlas, protocolos de actuación. Sin embargo, cada curso volvemos a ser testigos de historias que muestran que la problemática sigue produciéndose con una intensidad preocupantemente similar. Quizá esto pueda tener que ver con que seguimos abordando el fenómeno desde algunas premisas que generan tranquilidad social, pero que resultan profundamente engañosas.

El acoso escolar no es tan diferente de muchas situaciones de hostigamiento que las personas adultas experimentamos en distintos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo, los grupos de amistad o las relaciones de pareja. La mirada social hacia el acoso escolar sigue estando impregnada de cierto adultocentrismo: tendemos a pensar que “eso del acoso escolar” es algo que ocurre exclusivamente entre niños y adolescentes, sin vincularlo con dinámicas cercanas, familiares e incluso con comportamientos en los que, en determinados momentos, también podemos participar.

Aceptar esta idea resulta incómodo, pero es necesario: las conductas de acoso no pertenecen exclusivamente a una minoría de menores especialmente problemáticos. En determinadas circunstancias, cuando el contexto lo permite o incluso lo premia, las personas podemos participar —de forma activa o pasiva— en dinámicas de exclusión, ridiculización o humillación. A veces ocurre a través de burlas aparentemente inofensivas; otras, mediante silencios que legitiman lo que está sucediendo; y, en ocasiones, mediante la difusión de comentarios o contenidos que refuerzan la estigmatización de alguien en situación de vulnerabilidad.

Sin embargo, nos resulta complicado mirar hacia estos hechos, probablemente porque nos cuesta diferenciar conductas de identidades. Hablamos de “los acosadores” y “las víctimas” como si se tratara de categorías fijas que pertenecen solo a un tipo de personas, cuando en realidad muchas de estas dinámicas son situacionales y relacionales. Esta simplificación nos tranquiliza: si quienes acosan son “otros” —personas claramente diferentes a nosotros o a nuestros hijos—, no necesitamos revisar nuestras propias prácticas ni preguntarnos en qué contextos pueden aparecer determinadas conductas. Sin embargo, reducir el problema a identidades rígidas invisibiliza algo fundamental: una misma persona puede ocupar posiciones distintas en diferentes momentos y grupos, y muchas situaciones de acoso se sostienen precisamente porque quienes participan no se perciben a sí mismos como agresores, sino como parte de una dinámica grupal que consideran normalizada.

No podemos olvidar la dimensión contextual en la que crecen los niños y adolescentes de hoy. En los últimos años estamos asistiendo a la consolidación de estilos de liderazgo político y mediático en los que la humillación pública, la ridiculización o la violencia hacia el adversario se presentan como formas legítimas de relación —un estilo visible, por ejemplo, en figuras como Donald Trump—. Cuando estas formas de interacción se televisan, se viralizan y circulan con escasas consecuencias visibles, el mensaje implícito que reciben quienes están aprendiendo a relacionarse resulta difícil de ignorar. En ese contexto, el acoso escolar deja de ser únicamente un fenómeno que ocurre dentro de la escuela para convertirse también en el reflejo de una cultura relacional más amplia que legitima la dominación simbólica de unas personas sobre otras.

No podemos abordar el acoso en los centros educativos disociando el fenómeno del tejido cultural en el que sucede, olvidando que todas las personas podemos participar en dinámicas abusivas o tratando las conductas como si fueran identidades absolutas. Tampoco deberíamos caer en la trampa de esperar que unas medidas correctivas —sanciones disciplinarias, cambios de grupo, protocolos activados tras el daño— puedan revertir el problema si no se produce un cambio en la forma en que las diferentes partes involucradas nos posicionamos frente a la problemática. Las medidas disciplinarias pueden detener un episodio concreto, pero difícilmente transforman los climas relacionales que lo hacen posible. Reducir el acoso exige algo más incómodo y menos inmediato: revisar los modelos de relación que transmitimos, los mensajes que reforzamos en la vida cotidiana y los espacios en los que, de manera explícita o silenciosa, seguimos enseñando que pertenecer puede depender de señalar a alguien como el que sobra.

Quizá una de las preguntas más necesarias hoy no sea únicamente qué ocurre en los patios escolares, sino qué formas de relación estamos normalizando fuera de ellos. El acoso no empieza el día en que un menor insulta a otro en el aula; empieza mucho antes, en los lugares donde aprendemos quién merece respeto, qué conductas generan reconocimiento y qué silencios permiten que el daño se produzca sin consecuencias.