
—Señor Diablo —dijo Pedro—, como vamos a medias, le propongo que todo lo que esté arriba sea suyo y lo que esté bajo la tierra sea mío.
—Acepto —contesté de inmediato el Malo.
Ambos trabajaron intensamente. Y una vez que Pedro terminó la cosecha, para celebrar este acontecimiento preparó unos deliciosos milcaos. En eso estaba cuando llegó el Diablo.
—¿Qué estás haciendo, Pedrito?
—Unos ricos milcaos.
El Diablo observó todo el proceso de elaboración de los milcaos: el rallado de las papas, el amasado y cómo los enterraba en la ceniza caliente para que se cocieran.
Cuando el Diablo probé los milcaos no pudo evitar una exclamación de elogio:
—¡Puchas que están buenos! Yo también haré en mi casa.
Allí intentó asar las hojas de las papas en las cenizas. Cuando las fue a ver se habían transformado en carbón.
Al otro día, el Diablo se encontró con Pedro:
—Me engañaste —fueron sus primeras palabras—. Ahora —agregó— haremos otra sociedad; sembraremos trigo. CONTINUAR LEYENDO
¿Cuántas veces Urdemales y el diablo siembran en sociedad?
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ResponderEliminar¿Este relato es un cuento popular?¿Por qué?
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