jueves, 30 de julio de 2026

"DERECHOS DE LAS ADOLESCENTES Y MIEDO AL DISCURSO XENÓFOBO: EL DEBATE QUE DIVIDE EL RAVAL (BARCELONA). Bábara Ayuso, El País

Lluís Morales y Cristina Baldoví, de la asociación Per elles,
en Barcelona
La denuncia de los educadores sobre las restricciones que sufren las adolescentes de origen migrante ha abierto un debate sobre cómo proteger sus derechos sin estigmatizarlas

“Si algún día estoy sola te llamo por teléfono, pero casi nunca lo estoy”, escribe Riya, y borra el Whatsapp. Tiene 17 años, nació en la India y vive en Barcelona desde los tres. No recuerda cuándo empezó a jugar al ping pong con sus compañeros del centro comunitario, pero sí cuando dejó de hacerlo: al venirle la menstruación. “Les dijeron a mis padres que me habían visto jugar con chicos y mi padre dijo que la gente hablaría de mí y me lo prohibió. Mi madre me dejaba, pero al final tuvo que explicarme que es mejor no ir a jugar y ya”, escribe. Y borra. Riya no es su nombre real y Nusrat tampoco se llama Nusrat. Nació en Bangladesh pero se ha criado en las calles del Raval. Cantaba en el coro, tocaba instrumentos, tenía amigos chicos, iba a las colonias del barrio. “Empezó a cambiar cuando llegué a la ESO. Me lo prohibieron todo”, explica, con un hilo de voz al otro lado del teléfono. “Me aislaron. No me dejaban quedar con nadie fuera del instituto y veía cómo mis amigos hacían planes, quedaban por las tardes. En media hora del recreo no te da tiempo a mantener una amistad”. Karima nació en Marruecos y le arrebataron el fútbol al llegar a la pubertad. Hace dos años, su hermano la agredió y la encerró en casa: “Al final, vinieron los Mossos”.

¿Son sus casos representativos de la realidad de las jóvenes de origen migrante en El Raval? ¿Cuántas viven este tipo de situaciones? ¿Les beneficia que se conozcan sus historias o las estigmatiza más? Es un debate complejo, pero en 2023 casos como el de Nusrat, Karima y Riya llamaron la atención de los educadores del Raval, al notar que niñas provenientes de familias originarias Bangladesh, Pakistán y Marruecos desaparecían de las actividades al llegar a la adolescencia. “Solo pueden salir de casa para ir al instituto. En lo que más se nota es en las actividades de piscina, el ratio era de cinco chicas por cada quince chicos”, explica Cristina Baldoví, una de esas educadoras. Llevaron el asunto a la Mesa Joven del Raval, que coordina a las asociaciones y técnicos municipales, y descubrieron que todos tenían casos parecidos. No había datos para dimensionar el problema, así que se pusieron a categorizarlos: “Abrimos un Excel y en menos de un mes teníamos trescientos casos, situaciones que habíamos visto en primera persona”, explica Lluís Morales, psicólogo y educador desde hace veinte años en el Raval. Despliega el documento y en cada celda, una prohibición sin nombre: “Progenitor no deja ir de colonias a su hija, pero sí al hermano mayor”, “Muchacha de 14 años tiene asumido que su familia le elegirá marido a partir de los 18”.

En el documento sí aparece el centro que registra cada caso. “Nos dijeron que era racismo, que era subjetivo, así que en la siguiente reunión de la Mesa se dejaron de anotar, y ya íbamos por novecientos. Pensamos en cómo hacer algo objetivo con lo que estaba pasando, porque miras los registros por género de las actividades y es apabullante la desaparición de las chicas”, explica Morales. Tanto él como Baldoví denuncian “presiones” para que dejaran el tema. Siguieron. El pasado octubre todo cristalizó en Per Elles, un colectivo para luchar contra esta exclusión, y las farolas del barrio amanecieron con carteles que rezaban: “¿Tú también has querido salir con tus amigas o has querido aprender a nadar y tu familia te ha dicho que no? Escríbenos”. A la presentación acudió la escritora Najat El Hachmi, para la que ese Excel era más que un listado de prohibiciones. Eran sus recuerdos: “Lo que están viviendo es muy traumático; yo también lo viví. Mi hermano mellizo podía ir a las colonias y yo no, por ejemplo. Estas chicas viven como en un régimen de libertad vigilada muy estricta”, dice. El Hachmi ahonda en las contradicciones y conflictos de identidad que esto les genera, porque sienten que “el resto de chicas pueden hacer cosas que a ti te prohíben, y te lo lo prohíben a ti por el origen que tienes”.

Precisamente el miedo a la estigmatización de estos colectivos, y el pavor a que las vivencias de estas adolescentes fomenten aún más los discursos xenófobos, ha provocado que la iniciativa de Per elles despierte más que recelos. “Para mí, es como ver una fotografía de un bosque quemado. Tú puedes mirar esos árboles y empezar a hablar de los incendios, pero si abres la panorámica, ves que solo es un trocito de todo el bosque. No es la realidad de todo lo que está pasando”, explica Mercè Amor. Lleva más de dos décadas como integradora y educadora social en el Raval y su labor con mujeres migrantes y refugiadas en Diàlegs de Dona le ha valido la Medalla de honor de Barcelona. “Esos casos son reales, por supuesto que hay chicas que sufren ese control, pero eso es coger todo lo escandaloso de las comunidades y magnificarlo”, denuncia. Amor pone como ejemplo más representativo el proyecto Prometeus, que acompaña a adolescentes a seguir estudiando y acudir a la universidad, en el que dos de cada tres son mujeres, muchas de origen migrante. Chayma Rachdi trabaja en él y comparte con ellas los orígenes de su familia, pero describe su entorno como mucho menos conservador. Y como Amor, considera que los casos de estas chicas no son la norma. Ella misma no vivió esas prohibiciones, pudo estudiar y ahora se dedica también a la divulgación antirracista: “Por supuesto que hay que visibilizar esta problemática porque está afectando a los derechos vulnerados de las niñas, pero sin criminalizar aún más a la comunidad musulmana o las comunidades migrantes”, dice.

Rachdi y Amor coinciden en que las soluciones tienen que venir por mediar con las familias de las adolescentes y hacerlo de forma adecuada. “Hay que intervenir cuando se producen esas situaciones, pero respetando mucho a la familia para que no se cierren en banda. Explicarles que le están haciendo ningún bien a esa niña que le prohíben la natación, y esa mediación la tiene que hacer gente muy preparada”, dice Amor. Detalla varios casos “de éxito” que ha vivido en la asociación. Rachdi, además apunta a la necesidad de que esas intervenciones las realicen profesionales de las propias comunidades: “Muchas personas racializadas no se sienten cómodas en el psicólogo porque consideran que no van a entender su contexto. Por ejemplo, trabajamos en institutos donde hay muchas chicas racializadas de origen diverso, y el hecho de que yo esté en el equipo les ayuda”, explica.

La familia de Nusrat pasó por una mediación hace unos años. Porque después de prohibirle casi cualquier actividad, todo fue a peor. Estaba en 2º de la ESO. “Yo no quería desperdiciar mi juventud e esa forma, yo ansiaba, necesitaba esa libertad. Me rebelaba, así que los abusos dejaron de ser solo psicológicos. Me golpeaban”, cuenta. Ayudada por Cristina, denunció a Servicios Sociales y sus padres empezaron a ir a una trabajadora social semanalmente. “Después todo mejoró bastante. Dejaron de golpearme y empezaron a dejarme salir de casa y quedar con amigas, ir a los casales de verano. No hablábamos de lo que pasaba en esa mediación, pero es verdad que después de las reuniones me sentí bastante aliviada”, explica. Aún así, Nusrat confiesa que sigue sin sentirse “segura” en casa.

Cecilia Eseverri es socióloga y lleva un año haciendo etnografía en el Raval, conoce bien a las familias de estas chicas: “Ese control familiar nace en muchas ocasiones del miedo. Los jóvenes se adaptan naturalmente a Barcelona, adoptan nuevas pautas culturales, pero las madres y los padres quedan aislados en ese proceso. Y lo que perciben es una sociedad sin reglas en cuanto a las relaciones sexuales, la homosexualidad, la transexualidad… No comprenden”. Eseverri ha documentado casos en los que las mediaciones de trabajadores sociales y psicólogos con los padres han logrado revertir el aislamiento de las chicas. “La sociedad de acogida debe también acercarse a ellos. Necesitan mediadores que les traduzcan la realidad. El problema es que en España este tipo de intervención directa en las familias es aún escasa”, dice.

Cuando nació Per elles y las historias de estas chicas salieron a la luz, el Síndic de Greuges abrió una investigación de oficio hace nueve meses, pero a preguntas de este diario explican que aún están recopilando datos y no prevén tener una solución “en breve”. El Ayuntamiento apunta a la dificultad de dimensionar cuántas adolescentes se encuentran en esta situación para realizar una evaluación. “Todo está en una parálisis, no hay voluntad política de hacer nada. Y mientras se discute si esto fomenta más los discursos de la ultraderecha, las chicas siguen desapareciendo de las actividades”, denuncia Lluis Morales. Todo está igual que cuando Nusrat jugaba al ping pong, Karima al fútbol y Riya cantaba en el coro. Pero ya no juegan.

miércoles, 29 de julio de 2026

"VENDRÁN LAS LLUVIAS SUAVES". Un cuento de Raid Bradbury

El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. 

Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevó a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.

"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón. CONTINUAR LEYENDO

martes, 28 de julio de 2026

"ORACIÓN". Un poema de Luis García Montero contra la guerra (de Irak)


A vosotros,
que cortáis la manzana de la muerte
con el anonimato de las guerras,
os pido caridad.

Por un Dios en el que jamás he creído.
Por una Justicia de la que desconfío.
Por el orden de un Mundo que no respeto.

Para que renunciéis a vuestra guerra,
yo renuncio a mis dudas,
que son parte de mí como la luz amarga
es parte del otoño.

Y digo Dios, Justicia, Mundo,

y os pido caridad,
y os lo suplico.

lunes, 27 de julio de 2026

"UNA PAELLA EN CHINA". Antonio Muñoz Molina, El País

Nos buscamos a nosotros mismos en las figuras del pasado cuando es la distancia que tenemos con ellos la que nos enseña

La inmensa mayoría de los escritores, filósofos, artistas, que han vivido a lo largo de la historia creativa del Homo sapiens —en torno a los cuarenta mil años— sufren un defecto irreparable: no son contemporáneos nuestros. Sean cuales sean los talentos que los distinguieron, cometieron el error de no vivir en las primeras décadas del siglo XXI, lo cual los condena al pecado sin perdón del anacronismo, y acumula sobre ellos (y ellas) y sus obras una serie de lacras que proceden todas del mismo origen: no haber alcanzado esa superioridad sobre los valores, los sentimientos, la percepción estética, el lenguaje, que distingue a nuestra época sobre cualquier otra. En un libro abrumador que ha caído en mis manos sobre la luctuosa relación entre la música negra y el sistema penitenciario de EE UU —The Midnight Special— el autor, Colin Asher, que ama esa música con el mismo fervor con que denuncia la injusticia que la persiguió desde sus orígenes, tiene que esforzarse sin embargo en dar todo tipo de explicaciones y pedir disculpas anticipadas por la aparición en su libro de palabras ahora inaceptables, pero que por desgracia fueron comunes en la época y en los ambientes sobre los que escribe, y que por lo tanto no puede ignorar sin falsear la historia.

¿Es más tolerable un pasado horrendo si se borran de él las palabras infames que se aceptaban con la misma naturalidad que la esclavitud o la extrema segregación? La novela que según Ernest Hemingway era la cima de la literatura americana, Huckleberry Finn, es un retrato del racismo en el que la que en Estados Unidos llaman “the N*** word”, nigger, aparece casi en cada página. La dice el narrador en primera persona, el propio Huck; la dice su padre cruento y borracho, y todos los demás personajes, bondadosos o despreciables; la dice también Jim, el esclavo fugitivo a quien Huck ayuda a escapar. La usaba con frecuencia el autor de la novela, Mark Twain, otro ejemplo de esos autores que cometieron el error de pertenecer a su propia época, y no a la nuestra, aunque hiciera algunos esfuerzos meritorios. Antes que el cónsul Roger Casement, y que Joseph Conrad, Twain denunció el genocidio colonial del rey Leopoldo de Bélgica en el Congo, lo cual sería un síntoma de que aun perteneciendo al vago pasado censurable, tenía algún atisbo de nuestra superioridad moral contemporánea. Pero, desdichadamente, sus opiniones sobre los africanos eran de abierta condescendencia, y en su retrato del esclavo Jim hay bastante de la parodia benévola de La cabaña del tío Tom. Así que una de dos: o corregimos las obras de Twain, de modo que pueda pasar la exigente aduana del tiempo presente, o lo dejamos para siempre en el vertedero inmenso del pasado. También queda la posibilidad de convertirlo en un pintoresco contemporáneo o compatriota nuestro, haciéndolo protagonista de una serie de ficción histórica en la que, conservando su bigotazo y su traje blanco de finales del XIX, utilice palabras como “Black” o “African American” y exprese opiniones avanzadas sobre los derechos civiles, la emancipación de las mujeres, el matrimonio igualitario, la separación de la basura en contenedores diferentes.

Lo inaceptable de toda esta gente del pasado —el de hace un siglo, o hace milenios— es que no sea como nosotros. Ponemos nuestra mejor voluntad en comprenderlos, en una tarea casi de piedad retrospectiva, en resaltar méritos o hallazgos que de algún modo los hacen dignos de ser nuestros predecesores, pero no hay manera. Teletransportamos a Caravaggio queriendo hacerlo uno de los nuestros, y en los periódicos se escriben titulares que lo califican, por ejemplo, del Pasolini o el Mapplethorpe del siglo XVII: pero luego resulta que este presunto bohemio radical y pintor insuperable de los cuerpos masculinos desnudos es sobre todo un maestro de la representación humanizada de las escenas evangélicas, y un creyente literal en el pecado y en la redención, en el cielo y en el infierno, en la compasión cristiana como único remedio contra el espanto de la crueldad.

En nuestro presente, un artista ha de ser transgresor, a pesar de la dificultad de seguir transgrediendo después de más de un siglo de promoción oficial y académica de esa tarea. Caravaggio es nuestro en la medida en que parece que fue gay y homicida: que cometiera el error, tan habitual en la gente del pasado, de ser un creyente angustiado por el temor a las llamas nada simbólicas del infierno, es todo un contratiempo, porque nosotros no sabemos imaginar una conciencia artística empapada de fe religiosa; tampoco comprendemos que un pintor de principios del siglo XVII no tenía nada que ver con esa idea romántica, solitaria y genialoide del artista que se impuso a lo largo del siglo XIX, y llegó a sus extremos más bien paródicos en figuras y figurones del XX, y de lo que va del XXI.

“El presente puede ser muy arrogante”, le dice Alejandro Vergara a Javier Rodríguez Marcos en El País Semanal, en una entrevista que uno imagina muy conversada y caminada por las salas del Prado. Alejandro Vergara es uno de esos expertos supremos en un campo del saber que cultivan un conocimiento sin sombra de pedantería ni de jerga, y una abierta disposición de entusiasmo tan afilada como su sentido crítico, y como su sensibilidad puramente estética. Como Rodríguez Marcos, yo he tenido el privilegio de acompañar a Vergara por su reino encantado del museo, y de aprender observando lo que él indicaba, con la sensación de no haberlo visto hasta entonces, y también con la tranquilidad de no ser apabullado por una erudición que no se recrea en sí misma, sino que establece una comunidad cordial entre quien explica y quien aprende.

Como su especialidad mayor es la obra de Rubens, Vergara no sufre la menor tentación de inventar una contemporaneidad tramposa. A El Bosco se le puede justificar con el dudoso mérito de haberse anticipado al surrealismo; a Goya siempre lo tenemos a mano como predecesor de los fotógrafos de guerra y de la pintura expresionista. La quietud contemplativa de algunas obras de Velázquez nos puede recordar a Hopper; un ascético bodegón de Sánchez Cotán se aproxima a Morandi. A Rubens no hay manera de sacarlo del siglo XVII: como máximo, y a través de su influencia sobre Delacroix, lo podemos trasladar al romanticismo historicista y desmelenado del XIX. Lo que seduce a Alejandro Vergara del arte del pasado es justo lo que lo vuelve inaceptable para la pereza mental contemporánea: su distancia hacia nosotros; la diferencia radical entre aquel mundo y el nuestro, entre el modo en que miraron los cuadros las personas para las que fueron pintados y las miradas del porvenir. Dice Vergara: “Uno de los valores del pasado es que no está cerca de nosotros”. Su familiaridad con Rubens es justo lo que le permite apreciar el abismo social que los habría separado. Rubens era un trepador social empeñado en ganar el reconocimiento de aquellos poderosos para los que trabajaba, como pintor y como diplomático, sabiendo que su oficio manual era una lacra insalvable. Habiéndole dedicado una parte grande de su vida, Vergara sabe que Rubens habría despreciado a una persona como él, y ni lo habría visto, le habría lanzado una moneda desdeñosa. La lejanía temporal, como los viajes a países extranjeros, es una escuela en el aprendizaje de la variedad humana, y en la percepción del misterioso fondo común que nos vuelve inteligibles los unos a los otros, gracias a las artes y al estudio de la historia, a lo largo de los siglos. Ir al pasado en busca de los valores del presente, dice Vergara, “es como viajar a China buscando un restaurante español”. Uno se pregunta qué verán en los cuadros del Museo del Prado esos turistas que vienen del otro lado del mundo en busca de un Starbucks, un McDonald’s, un Domino’s Pizza, un Burger King, un Taco Bell, idénticos a los que disfrutarían sin moverse agotadoramente hasta nuestra esquina tórrida de Europa.

sábado, 25 de julio de 2026

"UNA HISTORIA SIN FINAL". Un cuento de Mark Twain.

Teníamos un juego en el barco que era un buen pasatiempo; por lo general sucedía en la noche, en la sala de fumadores, cuando los hombres se desprendían de la monotonía y el aburrimiento de la jornada. Se trataba de completar historias incompletas. Es decir, alguno contaba una historia completa a excepción del final, y entonces los otros trataban de ofrecer un final según su propia invención. Cuando todos habían tenido su oportunidad, el que había presentado la historia revelaba el desenlace original y cada cual daba su opinión. Algunas veces, los nuevos finales resultaban ser mejores que el original. Pero la historia que exigió el más persistente, resuelto y ambicioso esfuerzo fue una que no tenía final, de tal forma que no había nada con qué comparar los desenlaces recién inventados. Aquel que la contó declaró que podía ofrecer todos los detalles sólo hasta cierto punto, pues eso era todo lo que sabía de la historia. La había leído en un volumen de relatos breves hacía veinticinco años, y lo habían interrumpido antes de llegar al final. Le daría cincuenta dólares a cualquiera que pudiera terminar la historia a satisfacción de un jurado elegido por nosotros mismos. Nombramos el jurado y forcejeamos con la trama. Inventamos múltiples finales, pero el jurado los rechazó todos. El jurado tenía razón. Se trataba de una historia cuyo autor tal vez habría podido completar satisfactoriamente, y si en realidad contó con esa buena fortuna me hubiera gustado conocer cuál fue el final. Cualquiera se dará cuenta que la fuerza de la historia radica en su núcleo, y que aparentemente no hay forma de transferir esa fuerza a la conclusión, donde por supuesto debería estar. En esencia, la historia era como sigue:

John Brown, de treinta y un años, bondadoso, gentil, sugestionable y tímido, vivía en un tranquilo pueblo de Missouri. Era superintendente de la escuela dominical presbiteriana. Se trataba de una humilde distinción; aún así, era la única distinción oficial que tenía, se sentía modestamente orgulloso de ella y se entregaba con devoción a su trabajo y sus intereses. Todos reconocían la extrema bondad de su carácter; de hech o, la gente afirmaba que estaba hecho de buenas intenciones y modestia, que siempre se podía contar con su ayuda cuando resultaba necesario, y también con su modestia, tanto si se necesitaba como si no.

Mary Taylor, de veintitrés años, humilde, dulce, agradable y hermosa tanto por su carácter como por su físico, significaba todo para él. Y él también lo era casi todo para ella. Ella se mostraba vacilante, las esperanzas de él eran altas. La madre de ella se había opuesto desde el principio. Pero ella, también, vacilaba; él podía darse cuenta. La había conmovido el interés afectuoso que él mostró por dos protegidas que ella tenía y por las contribuciones que él había hecho para su sustento. Eran dos hermanas desamparadas y ancianas que vivían en una cabaña de troncos, en un rincón solitario cerca de un cruce de caminos a unas cuatro millas de la granja de la señora Taylor. Una de las hermanas estaba loca, y algunas veces era un poco violenta, aunque no muy a menudo.

Pareció por fin que el tiempo se mostraba propicio para un avance definitivo, y Brown hizo acopio de valor para llevarlo a cabo. Llevaría una contribución el doble de lo usual y se ganaría a la madre; con su oposición anulada, el resto de la conquista sería segura y rápida. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 24 de julio de 2026

Diario de la Educación. Leer en voz alta, herramienta para el fomento de la lectura Mejora el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras. Pero también, y fundamentalmente, actúa en aspectos emocionales relacionados con los libros.

Daniel Pennac ya lo decía en su libro Como una novela. Describía muchos momentos en los que la lectura en voz alta, sobre todo con adolescentes, se convertía en un ritual que podían desarrollar las familias, para aumentar su interés por la lectura, por los libros.

Desde el sistema educativo, también desde las familias, se enseña a las criaturas a leer, y cuando han adquirido los rudimentos más básicos de esta difícil tarea, se les deja a su suerte. Ya no se les lee en voz alta porque ya saben leer. La lectura pasa de ser algo que se comparte en grupo, en familia, en un entorno cálido, a convertirse, en exclusiva, en algo privado.

Pero siempre hay excepciones. Son muchas las asociaciones y grupos de personas las que dedican esfuerzos a la lectura en voz alta.

Una de estas entidades está en Granada y se llama Entrelibros. Es una asociación presidida por Juan Mata, en colaboración con Andrea Villarrubia, la vicepresidenta. Contactamos con los dos vía correo para hablar de la importancia de la lectura en voz alta.

“La lectura en voz alta en los primeros años de vida tiene consecuencias emocionales y cognitivas de extraordinaria importancia”, aseguran. En primer lugar, es el primer acercamiento que tienen niñas y niños a los libros, a través de sus familias, cuando les leen cuentos. También en las escuelas infantiles. Esto hace que las criaturas entiendan “ la lectura como una demostración de cariño y protección”.

“Pero, continúan, además de los aspectos emocionales, de los momentos de intimidad y afecto que se crean entre quienes leen y escuchan, la lectura en voz alta también tiene que ver con aspectos cognitivos, como el desarrollo del lenguaje, la formación de imágenes mentales, la capacidad expresiva, la comprensión de las palabras…”.

La lectura en voz alta, en cualquier caso, no solo tiene importantes consecuencias en los primeros años de vida; también más adelante. Aunque diferentes, claro. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 23 de julio de 2026

"COMO UNA GUERRA". Andrés Sobico y Paula Adamo. Ediciones de la Terraza, 2022. Argentina. LIBRE DESCARGA

"Dedicado a todos esos chicos que estuvieron y a los que, de alguna manera, aún están allá». Con esta dedicatoria entramos a Como una guerra, lo que plantea ya una idea de continuidad que es central en la propuesta del álbum y lo mantiene vigente. Y tanto como para hacer (y valorar y difundir) esta nueva edición, de libre descarga, diez años después de la original con Ediciones Del Eclipse.

Dos niños hablan de una guerra. ¿O son dos? Una la imaginan en blanco y negro y tras la pantalla, como para ver en el cine o leer en un libro. La otra la contó el tío de uno de los niños y no parece de mentiras, pero debe serlo porque suena igualita a la otra, la de las pantallas. ¿Cuál será la original y cuál el reflejo? «Me dijo que había humo y niebla y hielo por todos lados, que no se veía nada, que a él le pegó una bala de refilón en el casco, que por suerte no se agujereó, que si no, no contaba el cuento». ¿El tío, contará la verdad?


miércoles, 22 de julio de 2026

"EL ARTE". Un poema de Elizabeth Bishop

El arte de perder no es difícil adquirirlo.
Tantas cosas parecen empeñadas
en perderse, que su pérdida no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta 
el tumulto
de llaves de puertas perdidas, la hora malgastada.
El arte de perder no es 
difícil adquirirlo.

Practica entonces perder más aún, 
y más rápido:
lugares, nombres, y el sitio al que se 
suponía
que viajarías. Nada de esto será 
un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -¡mira!- 
la última, o
penúltima de tres casas que amaba 
se fue.
El arte de perder no es difícil 
adquirirlo.

Perdí dos ciudades, ambas 
adorables. Y, más ampliamente,
algunos sitios de los que era dueña, 
dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue 
un desastre.

-Hasta al perderte a ti (la voz 
bromista, un gesto
de amor) no habré mentido. Es 
evidente que
el arte de perder no es 
demasiado difícil de adquirir
aunque parezca por momentos 
(¡Escríbelo!) un desastre.

martes, 21 de julio de 2026

"LA ESCUELA DONDE LA CONFIANZA CAMBIÓ LAS REGLAS". Nacho Meneses, El País

Una madre inmigrante y su hijo durante una actividad de lectura en familia,
en el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza
El CEIP Ramiro Solans, Premio Escuela del Año 2024, transformó un antiguo colegio gueto después de cambiar una pregunta: dejó de decir a las familias qué necesitaban y empezó a preguntarles qué podía hacer por ellas

En el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza resulta difícil saber dónde termina la escuela y dónde empieza la comunidad. Mientras los niños entran en clase, varias madres magrebíes cruzan el patio para asistir a las clases de español. En otra sala, un grupo de profesoras jubiladas prepara el material con el que enseñan a leer y escribir a mujeres que nunca tuvieron esa oportunidad, ni siquiera en su país ni en su propio idioma. Y unas puertas más allá, las integrantes de Hilvana, el taller de costura alojado en el centro, empiezan la jornada alrededor de sus máquinas de coser. Todo sucede al mismo tiempo y nada parece ajeno a la vida del colegio.

En una de las aulas de Primero, madres y padres comparten una sesión de lectura con sus hijos. Mientras la actividad continúa, Diego Escartín, tutor del curso, señala discretamente a uno de los pocos hombres en el aula. Es el padre de Fátima, de Gambia. Trabaja de noche y, antes incluso de irse a dormir, ha pasado por el colegio para participar en esta actividad con su hija. “Se trata de compartir espacio de aula con las familias y que entren en el aula, que para nosotros es algo fundamental. Aquí ese vínculo es muy importante porque esa confianza es la que ha conseguido que entiendan cada vez más la importancia de la educación para sus hijos e hijas”, explica.

Ese modo de entender la escuela es, precisamente, el que ha llevado al Ramiro Solans a recibir el Premio Escuela del Año 2024 de la Fundación Princesa de Girona. El reconocimiento distingue una transformación educativa y social que ha convertido a un antiguo colegio gueto en un referente para la escuela pública. Pero recorrer sus pasillos durante una mañana invita a pensar que el verdadero cambio no empezó en las aulas, sino en la relación que el centro fue capaz de construir con las familias y con un barrio que durante demasiado tiempo vivió de espaldas a la escuela.

Hace dos décadas, las cifras contaban otra historia. Cuando Rosa Llorente, hoy directora, llegó al Ramiro Solans como orientadora, el fracaso escolar rondaba el 95 %, y los niños, mayoritariamente de etnia gitana, procedían de entornos donde nadie estaba incorporado al mundo laboral: vivían principalmente de las ayudas que recibían, de la recogida de chatarra y de la venta ambulante. Dos décadas después, el colegio acredita tasas de éxito educativo de entre el 70 y el 80 %, el absentismo ha caído del 40 al 4 % y la conflictividad se ha reducido del 45 al 3 %: “Lo fácil era resignarse y buscar justificaciones en el contexto”, recuerda. “Pero nosotros aprendimos a elevar expectativas, a soñar en grande y a creer que era posible”. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 19 de julio de 2026

"EL CASO DEL BOULEVARD BEAUMARCHAIS". Georges Simenon

A las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del abrigo subido, comían un bocadillo.

—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.

Al fondo del vasto pasillo, Martin, en lugar de coger la escalera, empujó una puerta de cristales. Como en todos los locales de la Policía Judicial, la luz estaba mezquinamente distribuida. En medio de esta estancia, que era la antesala de la dirección, se daba aires de superioridad un enorme canapé redondo forrado de terciopelo rojo.

Un hombre estaba sentado en él, con abrigo, con el sombrero en la cabeza. A algunos pasos, dos inspectores, de pie, fumaban cigarrillos, mientras que el viejo ujier cenaba en su jaula de cristal.
Martin llenaba su pipa. En un cuarto de hora estaría en su casa, cenando en familia.

Distraídamente acababa de echar una ojeada hacia aquel lado, porque desde hacía dos días no se hablaba de otra cosa.

—¿Qué tal? —preguntó a media voz a uno de los inspectores.

Y este, suspirando, señaló la segunda puerta, la del despacho de Maigret.

—¿Con quién está?

—Sigue con la cuñada…

El hombre, que oía cuchichear, alzó lentamente la cabeza y lanzó a sus compañeros una mirada triste en la que había como un reproche. Era un personaje delgado, de mala apariencia, de unos cuarenta años, tal vez algo menos, de ojos muy ojerosos, de bigotito moreno.

—Está ahí desde la mañana… —susurró el inspector a Martin.

En aquel momento la puerta de Maigret se abrió. El comisario apareció y, como no cerró tras de sí, se vio el despacho lleno de humo y, en un sillón verde, la silueta de una muy joven mujer rubia.

—¡Lucas!… —llamó Maigret buscándolo con los ojos como alguien que no ve el asunto muy claro—. Corre a traerme unos bocadillos… Pasa por la cervecería y haz que suban unos medios…

Martin aprovechó para estrechar la mano de su colega.

—¿Marcha eso?

Y Maigret, congestionado, presentaba unos ojos brillantes. Se hubiera jurado que hubiese dado cualquier cosa por una bocanada de aire fresco.

—Escucha —murmuró bajando la voz—. Te voy a decir algo bueno… Si no acabo esta noche con esta investigación, abandono… No lo comprendes, ¿verdad?… Pues bien, no puedo vivir más tiempo ahí dentro…

El hombre del canapé, que no podía oír sus palabras, esperaba, temblando, pero el comisario volvió a entrar en su despacho, la puerta se cerró, Martin se alejó, mientras la aguja del reloj avanzaba un nuevo minuto y llegaban hasta allí las voces de los periodistas. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 18 de julio de 2026

"ORACIÓN EN EL MEDITERRÁNEO". Un poema de la poeta portugesa Ana Luísa Amaral

En vez de peces, Señor,
danos paz,
un mar que sea de olas inocentes,
y una vez en la arena
gente que mire con el corazón abierto,
voces que nos acepten

El viaje es tan difícil
que hasta la espuma hiere y hierve,
y es tan alta que ciega
durante la entera travesía

Haz, Señor, que no haya
muertos esta vez,
deja las rocas lejos,
que el viento amaine
y que tu paz por fin
se multiplique

Que después de la balsa
la guerra, la fatiga,
tras los brazos abiertos y sonoros,
haya, Señor,
un poco de pan tierno
y un pescado, tal vez,
del mar

que es también nuestro
 
(Traducción de Marisa Martínez Pérsico)

viernes, 17 de julio de 2026

"ENSEÑAR A LEER CON JUSTICIA SOCIAL: LO QUE LA EVIDENCIA TAMBIÉN MUESTRA. Una réplica al documento ERI-LMIC y las visiones restringidas de la alfabetización.

El informe Enseñanza eficaz de la lectura en países de ingresos bajos y medios: lo que muestra la evidencia (2025), validado por el Global Education Evidence Advisory Panel (GEEAP) y convocado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, de la Commonwealth y de Desarrollo (FCDO), el Banco Mundial y UNICEF, propone un modelo universal de 
enseñanza de la lectura centrado en la Ciencia de la Lectura (CdeL) y la Visión Simple de la Lectura (VSL). El documento reaviva un viejo debate sobre los métodos de enseñanza de la 
lectura, promoviendo nuevamente la enseñanza a partir de letras y sonidos, de manera aislada, como solución universal para la alfabetización inicial.

El ERI-LMIC parte de un dato alarmante: antes de la pandemia, el 57% de los niños y las niñas de 10 años en países de ingresos bajos y medios no podía leer ni comprender un relato simple, condición que denomina "pobreza lectora". A partir de este diagnóstico, el documento propone intervenciones basadas en estudios experimentales y metaanálisis, sin considerar diferencias de contexto, tradiciones pedagógicas, aportaciones regionales, la coexistencia de múltiples lenguas, ni la perspectiva de los propios aprendices. El problema que identificamos no es solo metodológico: es político y epistemológico. El informe, producido y difundido por organismos multilaterales de gran influencia internacional, tiene un fuerte impacto en las políticas educativas de países de ingresos bajos y
medianos. Su visión simplificada de la lectura se basa en lo que denomina genéricamente “la Ciencia de la Lectura”, aunque solo retoma algunas líneas dentro de este campo de investigación. Las propuestas se basan en evidencia procedente únicamente de estudios experimentales de corte cuantitativo. De este modo, se ignoran décadas de investigación cualitativa, antropológica, sociolingüística, psicogenética, histórica y sociocultural que ofrecen una comprensión mucho más amplia, integral y compleja de lo que significa aprender a leer y escribir en distintos contextos.

Nuestro texto surge como una respuesta al ERI-LMIC y presenta una revisión crítica de sus planteamientos a partir de un amplio corpus de investigaciones sobre alfabetización, cultura escrita y aprendizaje de la lectura y la escritura, con el propósito de mostrar la relevancia de este conocimiento para la construcción de políticas educativas, orientaciones pedagógicas y procesos de formación docente. En este sentido, nuestro objetivo es llamar la atención sobre asuntos urgentes que han quedado fuera de la discusión propuesta por el ERI-LMIC: la complejidad de las prácticas letradas, su carácter histórico, social y culturalmente situado, y las desigualdades que atraviesan las experiencias de  alfabetización de amplios sectores de la población. Al recuperar estas dimensiones, nos proponemos contribuir a una discusión más amplia e inclusiva, que reconozca y valore la diversidad de lenguas, recursos comunicativos y prácticas de lectura y escritura presentes en distintos contextos sociales.


miércoles, 15 de julio de 2026

"EL ALIMENTO DE LOS DIOSES". Un cuento de Arthur C. Clarke

Es una mera cuestión de honradez, señor presidente, el advertirle que gran parte de mi testimonio va a ser sumamente desagradable; implica aspectos de la naturaleza humana que muy rara vez han sido discutidos en público, y menos ante una comisión del Congreso. Pero me temo que no tienen más remedio que afrontarlo; hay momentos en que debemos rasgar el velo de la hipocresía, y éste es uno de ellos.

Ustedes y yo, señores, descendemos de una larga estirpe de carnívoros. Veo por sus expresiones que muchos de ustedes desconocen el término. Bueno, no es de extrañar; pertenece a una lengua que cayó en desuso hace uno dos mil años. Tal vez sea mejor que nos dejemos de eufemismos y seamos brutalmente sinceros, aun cuando tenga que emplear expresiones que no se han oído jamás entre gente educada. Pido perdón de antemano a todo aquél a quien pueda ofender.

Hasta hace unos siglos, el alimento predilecto de casi todos los hombres había sido la carne: la carne de animales que se sacrificaban. No pretendo revolverles el estómago; es sencillamente la constatación de un hecho que pueden comprobar en cualquier manual de historia…

Pues claro que sí, señor presidente. Estoy totalmente dispuesto a esperar a que el senador Irving se sienta mejor. Nosotros los profesionales olvidamos a veces las reacciones que pueden experimentar los profanos ante declaraciones de esta naturaleza. Al mismo tiempo debo advertir a la junta que lo que viene a continuación es mucho peor. Si alguno de los presentes es algo delicado, le sugiero que siga el ejemplo del senador, antes de que sea demasiado tarde…

Bueno, pues continúo. Hasta los tiempos modernos, todo el alimento estaba clasificado en dos categorías. La mayor parte se derivaba de las plantas: cereales, frutas, plancton, algas y otras formas de vegetación. Nos es difícil comprender que la inmensa mayoría de nuestros antepasados fueran granjeros y sacaran el alimento de la tierra o del mar mediante técnicas primitivas, a menudo muy penosas, pero ésa es la pura verdad.

El segundo tipo de alimento, si se me permite volver sobre tan desagradable tema, era la carne, obtenida de un número relativamente pequeño de animales. Puede que sus nombres les resulten familiares: vacas, cerdos, ovejas, ballenas. La mayoría de la gente —lamento insistir en esto, pero el hecho está fuera de toda discusión— prefería la carne a cualquier otra clase de alimento, pese a que sólo los más ricos podían satisfacer este apetito. Para la mayor parte de la humanidad, la carne era un bocado exquisito, casi desconocido, en una dieta compuesta en más de un noventa por ciento de verduras. CONTINUAR LEYENDO

martes, 14 de julio de 2026

«FUNERAL BLUES». Un poema de Wystan Hugh Auden

Paren todos los relojes, descuelguen el teléfono,
Eviten que el perro ladre dándole un hueso jugoso,
Silencien los pianos, y con un apagado timbal,
Saquen el ataúd, dejen pasar a los deudos.

Que los aviones nos sobrevuelen en círculos luctuosos
garabateando en el cielo el mensaje Él ha muerto,
Pongan un crespón alrededor de los cuellos blancos de las palomas,
Que los policías de tráfico usen guantes negros de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción;
Creí que el amor sería eterno, pero me equivoqué.

Ya no deseo las estrellas: apáguenlas todas;
Llévense la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y talen los bosques,
Porque ya nada puede volver a ser como antes.

Poema original en inglés:

«Funeral blues»

Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good.

lunes, 13 de julio de 2026

"GUÍA: ¿CÓMO TE HA IDO EL DÍA? GUÍA PARA ABORDAR LA SALUD MENTAL Y EMOCIONAL DE NUESTROS HIJOS E HIJAS". Save the Children


Como madres y como padres nos preocupa, y mucho, la salud de nuestros hijos e hijas. Queremos que crezcan sanos y sanas, por ello, cuidamos su alimentación, le facilitamos que hagan ejercicio, les abrigamos cuando hace frio y les llevamos al médico cuando es necesario. Pero, ¿Estamos cuidando también de su salud emocional y mental?

Cuidar su salud mental y sus necesidades emocionales es tan importante como cuidar su salud física si queremos contribuir a su bienestar y desarrollo adecuado. La infancia y la adolescencia son etapas claves pues determinarán su bienestar en la vida adulta. En estas etapas, es donde se producen muchos cambios a nivel físico, emocionales y hormonal. También es cuando aprenden a tener más autonomía, se producen sus primeras vivencias afectivas-sociales y se forman el concepto sobre si mismas/os y sobre lo que les rodea.

A lo largo de sus vidas, a veces, no podremos evitar que se enfrenten a situaciones difíciles y a que vivan momentos que les pueda afectar a su salud mental y emocional. Por ello, como madres y padres es imprescindible que les ayudemos a desarrollarse adecuadamente, proporcionándoles entornos seguros donde la comunicación, el respeto, la confianza y las relaciones afectivas sean una base sólida. Debemos enseñarles y darles las herramientas necesarias para saber afrontar estas situaciones y a pedir ayuda si lo necesitan.

Con esta guía pretendemos ayudar, de manera sencilla, a padres y madres para que sean capaces de abordar el tema de la salud mental y emocional de sus hijos e hijas. El objetivo es que puedan comprender qué les ocurre y a que dispongan de recursos prácticos que les ayuden a actuar de una forma respetuosa y positiva.

domingo, 12 de julio de 2026

"LUCES ANTIGUAS". Un cuento de Algernon Blackwood

Desde Southwater, donde se apeó del tren, el camino iba derecho hacia poniente. Eso lo sabía; por lo demás, confiaba en la suerte, ya que era uno de esos andariegos impenitentes a los que no les gusta preguntar. Tenía ese instinto, y generalmente le funcionaba bastante bien. «Una milla o así en dirección oeste por el camino arenoso, hasta llegar a un paso de cerca a la derecha; desde ahí cruza a campo traviesa. Verá el edificio rojo justo delante de usted.» Echó una mirada, otra vez, a las instrucciones de la postal, y otra vez trató de descifrar la frase borrada..., en vano. Había sido tachada con tanto cuidado que no quedaba una sola palabra legible. Las frases tachadas en una carta son siempre fascinantes. Se preguntó qué sería lo que había tenido que borrar con tanto cuidado.

La tarde era tormentosa, con un ventarrón que venía aullando del mar y barría los bosques de Sussex. Unas nubes pesadas, de bordes redondos y apelmazados, entrechocaban en los espacios abiertos del cielo azul. A lo lejos, la línea de lomas recorría el horizonte como una ola inminente. Chanctonbury Ring parecía surcar su cresta como un barco veloz con el casco inclinado por el viento de popa. Se quitó el sombrero y avivó el paso, aspirando con placer y satisfacción grandes bocanadas de aire. El camino estaba desierto: no se veían bicicletas, automóviles, o caballos; ni siquiera un carro de mercancías o un simple viandante. De todos modos, no habría preguntado el camino. Con la mirada atenta a la aparición del paso de cerca, caminaba pesadamente, mientras el viento le sacudía la capa contra la cara y rizaba los charcos azules del camino amarillento. Los árboles mostraban el blanco envés de sus hojas. Los helechos, la hierba nueva y alta, se inclinaban en una única dirección. El día estaba lleno de vida, y había animación y movimiento en todas partes. Y para un agrimensor de Croydon recién llegado de su oficina, esto era como unas vacaciones en el mar.

Era un día de aventuras, y su corazón se elevaba para unirse al talante de la Naturaleza. Su paraguas con aro de plata debía haber sido una espada; y sus zapatos marrones, botas altas con espuelas en los talones. ¿Dónde se ocultaba el Castillo encantado y la Princesa de cabellos dorados como el sol? Su caballo...

De repente apareció a la vista el paso de cerca, y se frustró la aventura en embrión. Otra vez volvió a aprisionarle su ropa de diario. Era agrimensor, de edad madura, con un sueldo de tres libras a la semana, y venía de Croydon a estudiar los cambios que un cliente pensaba hacer en un bosque..., algo que proporcionase una mejor vista desde la ventana de su comedor. Al otro lado del campo, a una milla de distancia quizá, vio centellear al sol el rojo edificio, y mientras descansaba un instante en el paso de cerca para recobrar aliento, se puso a observar un bosquecillo de robles y abedules que quedaba a su derecha. «¡Ajá! -se dijo-; así que ésta debe de ser la arboleda que quiere talar para mejorar la perspectiva, ¿eh? Vamos a echarle una ojeada.» Había una valla, desde luego; pero tenía también un sendero tentador. «No soy un intruso -se dijo-: esto forma parte de mi trabajo.» Saltó dificultosamente por encima de la portilla y se internó entre los árboles. Una pequeña vuelta le llevaría al campo otra vez. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 11 de julio de 2026

"DESPUÉS DEL AMOR". Un poema de Miguel Hernández

No pudimos ser. La tierra
no pudo tanto. No somos
cuanto se propuso el sol
en un anhelo remoto.
Un pie se acerca a lo claro.
En lo oscuro insiste el otro.
Porque el amor no es perpetuo
en nadie, ni en mí tampoco.
El odio aguarda su instante
dentro del carbón más hondo.
Rojo es el odio y nutrido.
El amor, pálido y solo.

Cansado de odiar, te amo.
Cansado de amar, te odio.

Llueve tiempo, llueve tiempo.
Y un día triste entre todos,
triste por toda la tierra,
triste desde mí hasta el lobo,
dormimos y despertamos
con un tigre entre los ojos.

Piedras, hombres como piedras,
duros y plenos de encono,
chocan en el aire, donde
chocan las piedras de pronto.

Soledades que hoy rechazan
y ayer juntaban sus rostros.
Soledades que en el beso
guardan el rugido sordo.
Soledades para siempre.
Soledades sin apoyo.

Cuerpos como un mar voraz,
entrechocado, furioso.

Solitariamente atados
por el amor, por el odio,
por las venas surgen hombres,
cruzan las ciudades, torvos.

En el corazón arraiga
solitariamente todo.
Huellas sin compaña quedan
como en el agua, en el fondo.
Sólo una voz, a lo lejos,
siempre a lo lejos la oigo,
acompaña y hace ir
igual que el cuello a los hombros.

Sólo una voz me arrebata
este armazón espinoso
de vello retrocedido
y erizado que me pongo.

Los secos vientos no pueden
secar los mares jugosos.
Y el corazón permanece
fresco en su cárcel de agosto
porque esa voz es el arma
más tierna de los arroyos:

«Miguel: me acuerdo de ti
después del sol y del polvo,
antes de la misma luna,
tumba de un sueño amoroso».

Amor: aleja mi ser
de sus primeros escombros,
y edificándome, dicta
una verdad como un soplo.

Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, todo.

viernes, 10 de julio de 2026

"LA PALABRA JUSTA". Juan José Millás, El País

Manuscrito de la 'Divina Comedia' de Dante Alighieri.
Una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la ‘Divina Comedia’

Si lo piensas, resulta asombroso que con tan solo las 27 letras del abecedario se pueda escribir El Quijote. O el manual de usuario del microondas. O el Código de Tráfico y Seguridad Vial. O la Biblia en verso. Todo el lenguaje está cimentado sobre esa materia prima tan escasa, aunque capaz de combinarse de un modo diabólico. Las letras, por sí solas, no son apenas nada, nada. Pero cuando se juntan, se repiten y ordenan de distintas maneras, el número de posibilidades crece de un modo que desafía a la razón. No todas las combinaciones acaban convirtiéndose en palabras, claro. El idioma condena, selecciona, canoniza, glorifica. Aun así, el resultado es un diccionario de unas 100.000 entradas o, lo que es lo mismo, 100.000 pequeñas unidades de sentido, cada una con su peso, su historia, su carácter. Pero es en el salto de las palabras a la frase donde se abre el precipicio. Si tomamos esas 100.000 palabras y las mezclamos en oraciones de tan solo diez términos, el número de proposiciones posible superaría quizá a la cantidad de átomos que hay en el universo observable. La gramática, lejos de limitar ese potencial, lo organiza y lo hace habitable: nos dice qué combinaciones tienen sentido y, al hacerlo, nos hace libres para explorar todo ese territorio, incluso para transgredirlo.

Y luego está el significado, que es donde las matemáticas se rinden. Porque una misma frase puede ser una descripción, una ironía, una declaración de odio o el primer verso de la Divina Comedia, dependiendo de quién la diga, a quién, y en qué momento. El contexto altera o multiplica el significado de las palabras de un modo que ninguna fórmula es capaz de capturar del todo. Noam Chomsky llamó a esta capacidad de generar expresiones ilimitadas a partir de medios finitos la infinitud discreta. Veintisiete letras y un número infinito de posibilidades. La sensación persistente, sin embargo, es la de no dar nunca con la palabra justa.

miércoles, 8 de julio de 2026

"UN PACTO CON EL DIABLO". Un cuento de Juan José Arreola

En “Un pacto con el diablo”, cuento de Juan José Arreola publicado en el libro “Confabulario” (1952), un hombre llega tarde al cine y le pide a su vecino que le resuma la película que está viendo. El hombre, muy amablemente accede y pone al día al protagonista sobre la historia que se exhibe en pantalla. Esto sirve de excusa para que entre ambos se entable una conversación que adquiere un tono misterioso y a la vez fascinante: ¿qué haría usted si el diablo intentara comprar su alma? Un relato que nos hace cuestionarnos acerca del valor del dinero y el verdadero sentido de la vida. (lecturia.org)

UN PACTO CON EL DIABLO

AUNQUE me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

—Perdone usted —le dije—, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

—Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

—Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

—Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

—¿Siete nomás?

—El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté:

—En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más?

—El diablo.

—¿Cómo es eso? —repliqué sorprendido.

—El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió.

—Entonces el diablo…

—Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted.

Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió:

—Ya llegarás al séptimo año, ya.

Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar:

—Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez?

El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla, donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos, y dijo sin mirarme:

—Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted?

—Siendo así…

—En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza. CONTINUAR LEYENDO

martes, 7 de julio de 2026

"EL LOBO Y EL CORDERO". Un cuento en verso de Jean de la Fontaine seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El poeta, dramaturgo y fabulista francés Jean de La Fontaine publicó ‘Cuentos y relatos en verso’ en tres entregas, la última en 1698. Poco después la Iglesia Católica los incluyó en el Índice de Libros Prohibidos y así continuó hasta su última edición, en 1948. Quizás sea ese hecho, por ridículo que pueda parecer, una señal de cómo fueron recibidas en su día aquellas fábulas en verso, un retrato mordaz de los comportamientos y los vicios de su época a través de los animales. Lo más sorprendente es quizá la vigencia que conservan. Descorazona comprobar que en el poema de hoy, una fábula de lobos y corderos, de poderosos y débiles, se siga reconociendo tanto a personajes del siglo XVII como a otros del presente. Que cada cual ponga rostro y nombre actuales a esos animales de antaño. (Andrea Villarrubia Delgado)

EL LOBO Y EL CORDERO

Que la razón que triunfa es del potente
en esta historia quedará patente.
Bebía un corderito
en las límpidas aguas de una fuente,
cuando se hace presente
un lobo que corría aquel distrito.
-¿Cómo osas enturbiarme la corriente?
-gruñe el lobo, furente-,
No ha de quedar inulto tu delito.
-Ruego a su señoría no se altere;
antes bien considere
que bebo en el regajo
más de cuarenta pasos por debajo,
y, así, es cosa clara
no poder ser que yo se la enturbiara.
-Tú me la enturbias- díjole el mal bicho-.
Y, además, se me ha dicho
que las pasadas yerbas
diciendo ibas de mí cosas acerbas.
-¿Cómo puedo haber sido
si yo aún no había nacido?
Yo mamo aún -el corderito dijo.
-Si tú no fuiste, las diría tu hermano.
-Aún no tiene mi madre otro hijo
-repuso el inocente al tirano.
-Pues alguno será de tus parientes.
Vosotros, los pastores y los perros
nunca cesáis de cometerme yerros.
Tomaré la venganza con mis dientes.
Al punto al bosque se lo lleva preso,
y allí lo traga, sin mediar proceso.

JEAN DE LA FONTAINE. Traducción de Miguel Requena


lunes, 6 de julio de 2026

"EN LA BIBLIOTECA DE MARTÍN CAPARRÓS: “Tras la ELA, proyecto mis libros en la pared y me siento el rey del mundo”. Vivien Doherty Luduvice,Álvaro de la Rúa,Luis Manuel Rivas, El País


Desde hace un tiempo, la biblioteca de Martín Caparros es una pantalla. En su ordenador portátil selecciona sus lecturas y proyecta las páginas en la pared. Páginas que miden dos metros de ancho por uno de alto, que le permiten recostarse en el sofá y sentirse “el rey del mundo” mientras lee. La enfermedad de ELA que padece ha acelerado la digitalización de toda su biblioteca: “Casi no leo en papel. Tendría que sostener el libro y no puedo”. Ahí están todos sus libros. No los tiene contados, pero con un solo dedo mueve el cursor que navega por un scroll infinito que recorre ensayos, biografías o novelas.

Su vida de trotamundos entrometido —o curioso nada más—, hizo que Caparrós nunca fuera de arrastrar libros de un lugar a otro. “Tuve varias bibliotecas, pero cada vez que me fui de uno de los lugares donde vivía, dejaba la mayoría de los libros porque nunca quise viajar con maletas”, explica desde su luminosa casa en Madrid. Ahora, sin embargo, piensa que ”guardar una biblioteca es imaginarse que uno puede vivir su vida de nuevo ligeramente mejor. Es como una especie de optimismo bobo de que todo está ahí para ser hecho nuevamente".

No todo lo que lee lo proyecta cual estreno de cine en sus muros. A veces le basta con hacerlo en las 24 pulgadas de un ordenador instalado en su salón y adaptado para que pueda utilizarlo fácilmente. Ese nuevo formato digital, además, le proporciona otra ventaja: “La de no abrumar a nadie que me visite con los libros que tengo o con lo leído que soy. Viéndome en el ordenador pueden pensar que estoy jugando un videojuego, cuando en realidad estoy leyendo”, bromea, con su habitual sentido del humor, acentuado por ese bigote revolucionario y sus cejas en parábola.

Todavía guarda un único resquicio para algunos libros físicos, regalados por amigos o que le importaron lo suficiente como para conservarlos. Pero, reconoce, “son muy pocos, están en unas cajas del sótano” y no tiene “contacto con ellos”.

Caparrós contó que padecía la enfermedad como mejor sabe, escribiendo un libro de memorias que empieza con la demoledora frase: “Me dijeron que me voy a morir”. Lo hizo en octubre de 2024, con miedo, le dijo a Paco Cerdá en este diario, de “ser para los demás un moribundo”. “Por lo menos mientras no me sienta uno. No quiero esa piedad, ese disimulado espanto, esa tristeza que, imagino, recogeré cuando cuente que ya estoy condenado. Y además decirlo, imagino, lo hará tanto más real, tanto más cierto“, explicó.

Ya entonces acusaba algunos de los síntomas de la enfermedad degenerativa —las debilidad, los problemas motores, la atrofia muscular...— y la silla que lo ayuda a moverse por la vida llevaba tiempo siendo su inevitable compañera: “Ya me cuesta lavarme la cara o llevarme a la boca la comida, subir a la cama es un deporte olímpico, darme media vuelta en ella un buen recuerdo, pero sigo pudiendo escribir”, dijo en aquel momento.

Pero desde entonces no ha dejado de hablar abiertamente de ella. A veces con testimonios personales, otras respondiendo a las preguntas que no dejan de hacerle en las entrevistas, y otras más a través de su cuerpo que sigue paseándose por eventos o firmas de libros. También, como no podía ser de otra forma, con periodismo: en las columnas que escribe en este diario, o con grandes reportajes, como el que publicó en febrero del año pasado El País Semanal, que también sirve como testimonio, sobre la vivencia de pacientes con la enfermedad —unas 4.000 personas en España— y los sanitarios que los cuidan.

También publicó este año sus dos últimos libros, Todo por la patria y Horror en Buenos Aires (Galaxia Gutenberg) y, además de sus columna habituales en el periódico, mantiene desde el inicio del Mundial una correspondencia con su amigo Juan Villoro, que se publica cada día en estas páginas y donde habla, centrándose en los acontecimientos del torneo, de una de sus grandes pasiones: el fútbol.

sábado, 4 de julio de 2026

"LOS TRES ERMITAÑOS". Un cuento de León Tolstoi

El arzobispo de Arkangelsk navegaba hacia el monasterio de Solovki. En el mismo buque iban varios peregrinos al mismo punto para adorar las santas reliquias que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco se deslizaba sin la menor oscilación.

Algunos peregrinos estaban recostados, otros comían; otros, sentados, formando pequeños grupos, conversaban. El arzobispo también subió sobre el puente a pasearse de un extremo a otro. Al acercarse a la proa vio un pequeño grupo de viajeros, y en el centro a un mujik que hablaba señalando un punto del horizonte. Los otros lo escuchaban con atención.

Detúvose el prelado y miró en la dirección que el mujik señalaba y sólo vio el mar, cuya tersa superficie brillaba a los rayos del sol. Acercóse el arzobispo al grupo y aplicó el oído. Al verle, el mujik se quitó el gorro y enmudeció. Los demás, a su ejemplo, se descubrieron respetuosamente ante el prelado.

-No se violenten, hermanos míos -dijo este último-. He venido para oír también lo que contaba el mujik.

-Pues bien: éste nos contaba la historia de los tres ermitaños -dijo un comerciante menos intimidado que los otros del grupo.

-¡Ah!... ¿Qué es lo que cuenta? -preguntó el arzobispo.

Al decir esto se acercó a la borda y se sentó sobre una caja.

-Habla -añadió dirigiéndose al mujik-, también quiero escucharte... ¿Qué señalabas, hijo mío?

-El islote de allá abajo -repuso el mujik, señalando a su derecha un punto en el horizonte-. Precisamente sobre ese islote es donde los ermitaños trabajan por la salvación de sus almas.

-¿Pero dónde está ese islote? -preguntó el arzobispo.

-Dígnese mirar en la dirección de mi mano... ¿Ve usted aquella nubecilla? Pues bien, un poco más abajo, a la izquierda..., esa especie de faja gris.

El arzobispo miraba atentamente y, como el sol hacía brillar el agua, no veía nada por la falta de costumbre.

-No distingo nada -dijo-. Pero ¿quiénes son esos ermitaños y cómo viven?

-Son hombres de Dios -respondió el campesino-. Hace mucho tiempo que oí hablar de ellos, pero nunca tuve ocasión de verlos hasta el verano último.

El pescador volvió a comenzar su relato. Un día que iba de pesca fue arrastrado por el temporal hacia aquel islote desconocido. Por la mañana caminaba cuando distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella un ermitaño, al que siguieron a poco otros dos. Al ver al mujik le dieron de comer, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron a reparar su barca.

-¿Y cómo son? -preguntó el arzobispo.

-Uno de ellos es pequeño, encorvado y viejísimo. Viste una sotana raída y parece tener más de cien años. Los blancos pelos de su barba empiezan a hacerse verdosos. Es sonriente y sereno como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto, lleva un capote desgarrado, y su larga barba gris tiene reflejos amarillos. Es un hombre tan vigoroso, que volvió mi barca boca abajo como si fuera una cáscara de nuez, sin darme tiempo ni a que lo ayudase. También está siempre contento. El tercero es muy alto: su barba, de la blancura del cisne, le llega hasta las rodillas; es hombre melancólico, tiene las cejas erizadas y sólo lleva para cubrir su desnudez un pedazo de tela hecho de corteza trenzada y sujeto a la cintura. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de julio de 2026

"LOS VENCIDOS". Un poema de Angelina Gatell seleccionado y comentado por Andrea Villarrubia Delgado

El pasado lunes se cumplían cien años del nacimiento de la poeta Angelina Gatell. Y quería celebrar el centenario con el poema titulado ‘Los vencidos’, incluido en uno de sus libros más representativos, ‘Las claudicaciones’, publicado en 1969. En una entrevista que le hicieron en 2014, tres años antes de su muerte, confesaba que la historia descrita en el poema era real y ocurrió en el pueblo de Vallès, donde pasó la guerra civil junto a su familia. Aquella tragedia y el exilio interior que luego vivió marcarán su obra poética. En esa misma entrevista afirmaba que “la guerra es lo más bestial que existe, porque llega un momento en que es o tú o yo. Es espantoso, pero es así”. Siempre mantuvo una actitud beligerante contra las opresiones y los abusos, defendió ardorosamente la libertad, dejó testimonio apasionado de lo vivido. Recordar en su centenario a una escritora tan excelente como poco reconocida me parecía un acto de justicia. (Andrea Villarrubia Delgado)

LOS VENCIDOS

(…con los pies rotos
entre polvo y piedra,
por el duro camino catalán,
bajo las balas últimas
caminando,
ay, hermanos valientes,
al destierro.)
PABLO NERUDA


Yo estuve allí también.
Era tan sólo
una mínima hoguera donde ardía,
sin que yo lo supiera,
mi esperanza, mi fe, mi dignidad futura.

Todo fue consumiéndose y consumándose
bajo el crepúsculo de enero,
sobre la tierra helada,
allá, en los campos míos,
entre las viñas que mostraban
sus oscuros muñones como indomables puños.

Los vi pasar ‘con los pies rotos
entre polvo y piedra’.
Nunca he visto otros ojos
más arados por el dolor,
más transitados por la pesadumbre.

Bajo la tarde, hambrientos
de pan, de muerte, de soledad,
fueron pasando.

Los pies
calzados con la sangre
que caía
‘por el duro camino catalán’,
condecorando hermosamente
la tierra aquella donde yo nací
y donde
mi corazón se cubre de hojas verdes
todas las primaveras,
como si fuera un árbol,
una vid,
o acaso
una gota pequeña
de aquella sangre
que iluminó mi patria.

Los vi pasar. Llevaban
apagadas las frentes,
las manos señaladas
por la costumbre del fusil;
sus ojos
eran como náufragos en el crepúsculo
que, cómplice, caía
solapadamente, borrando
los últimos caminos.

Uno de aquellos hombres
-casi blanco el cabello-
tocó con un temblor
mis trenzas,
que fueron en sus manos
como un presentimiento
de cadenas futuras,
y dijo,
con una voz que nunca
podré olvidar:

‘Nina, no´m donaries
un tros, solamente un tros
de pa?

Le di mi pan, las rubias
avellanas del huerto,
el agua…

Le di, definitivamente,
un lugar en mi vida;
un pequeño recinto
donde su voz me dura,
donde sus ojos
hallaron estadía,
donde sus labios
alguna vez me hablan
con nuestro dulce acento inolvidable,
con las bellas palabras
que los vencedores quisieron
borrar…

Y aunque la muerte
rondara sus cabellos,
con aquel mismo gesto largo y torpe
con que él rozó los míos,
y no sé dónde yace
su cuerpo desgarrado
por la derrota,
no he podido olvidar su sombra triste
que cruzó mi niñez
y acuñó en ella, para siempre,
la ira y la impotencia.

Desde aquel día
-25 de enero de 1939-
el pan sabe a vergüenza y a cobarde
consentimiento,
y cuando acerco
un pedazo a mis dientes,
en vez de iluminarse se me tiñen
de un rubor infinito.
Y me acude al recuerdo, inevitablemente,
aquel pan y aquel hombre.

Fueron pasando, uno tras otro, los vencidos
por mis ojos de niña
‘bajo las balas últimas’
que partían
de los avellanos,
de los bosques fríos,
de la tarde…

Los vi pasar -eran los míos-
‘caminando,
ay, hermanos valientes, al destierro’.

ANGELINA GATELL