domingo, 8 de noviembre de 2015

Los pigmeos. Un cuento de Nathaniel Hawthorne

En aquellos tiempos, cuando el mundo estaba lleno de portentos y maravillas, había un gigante llamado Anteo, y un pueblo, o mejor dicho un Estado, de hasta un millón de ciudadanos chiquirritines, del tamaño de un palmo y que se llamaban Pigmeos. Este gigante, y estos pigmeos, h ijos todos de la misma madre, nuestra abuela Tierra, vivían juntos y en santa paz como buenos hermanos, muy lejos, lejísimos de nosotros, allá en el centro tórrido del África. Y como los pigmeos eran tan diminutos, y había tan dilatados desiertos de arena, y tan escarpadas y ásperas montañas entre ellos y el resto de la especie humana, y entonces no se conocían carreteras ni telégrafos, apenas se sabía de ellos por los cuentos de algún viajero que se aventuraba cada siglo hasta la comarca que habitaban. Por lo que hace al gigante, su estatura colosal podía divisarse a cinco leguas; distancia respetable que aconsejaban la perspectiva y la prudencia al propio tiempo. 

En cambio, si la nación pigmea producía, pongo por caso, un ciudadano de seis u ocho pulgadas, desde luego se le clasificaba entre los hombres más grandes que se hubieran conocido, y así era cosa digna de ver y por extremo interesante sus pueblos, y las calles que los cruzaban, anchas de dos a tres palmos, y formadas de edificios casi tan altos como sombrereras. Eso sí, el palacio real tendría las proporciones de mi mesa de escribir, y se alzaba orgulloso en una plaza que fácilmente habría podido entoldarse un día de procesión con la sábana de mi cama. En cuanto a la catedral, obra maestra de un atrevido y famoso arquitecto, era casi tan elevada como un armario ropero y tan grande como mi alcoba, habiendo acumulado en este espacio el arte, la piedad y la magnificencia de los pigmeos cuanto es posible imaginar para ornato de un templo. Los materiales empleados en todas las construcciones referidas no consistían, sin embargo, en piedra y madera, sino en una especie de argamasa muy parecida a la que fabrican ciertos pájaros, con fragmentos de paja, de pluma, de cascara de huevo y otras cosas reunidas mediante tierra arcillosa a manera de mortero; y es lo cierto que, después de bien secas con el sol y el aire se antojaban y eran, en efecto, tan elegantes, cómodas y sólidas cual pudiera desearlas un pigmeo. CONTINUAR LEYENDO

Fuente: "Leer es mi cuento". Ministerio de Cultura y de Educación de Colombia

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