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| Javier Olivares |
Racismo, angustia laboral, amor y violencia policial se cruzan en este cuento de la directora y guionista que refleja las contradicciones y el drama de la era de las redadas del ICE
Mariela conocía el peso exacto de un mango maduro sin mirarlo. Lo sabía por cómo cedía bajo el pulgar, por el olor dulzón que escapaba cerca del tallo. El hombre de la chaqueta de cuero siempre llegaba a las 8.47, nunca antes de las 8.45, nunca después de las 8.50. Ella ya tenía la bolsa lista.
Cuando lo veía acercarse entre la gente, Mariela levantaba apenas la barbilla. No era exactamente una sonrisa. Era algo más pequeño. Un reconocimiento. Un “buenosdíascómoleva” que no espera respuesta. El hombre hacía lo mismo, un movimiento casi invisible con la cabeza. Luego sacaba la billetera.
—Cinco —decía él.
—Cinco —confirmaba ella.
A veces sacaba un billete de 10 y le decía que se quedara con el cambio. Otras veces traía seis dólares y se los daba con otro pequeño gesto de la cabeza. Mariela nunca le preguntó su nombre. Él nunca preguntó el de ella.
***
Amir había nacido en Jackson Heights, en el mismo hospital donde su madre trabajaba limpiando los quirófanos. Su padre conducía un taxi y hablaba urdu solo cuando rezaba. En la casa se hablaba inglés. Siempre inglés. Su hermana mayor había aprendido urdu de todos modos, escuchando a escondidas las conversaciones de las amigas de su madre en la cocina. Amir no. Amir había aprendido las reglas.
En la escuela secundaria, después del 11 de septiembre, un chico le había preguntado si su familia conocía a Bin Laden. Amir había contestado: “Mi familia es de Pakistán. Bin Laden era de Arabia Saudí. Es como preguntar si tú conoces a alguien de Iowa porque eres blanco”.
El chico no volvió a molestarlo.
Su padre le había dicho: “Estudia. Trabaja duro. Sigue las reglas. Nunca les des una razón para que renieguen de ti”.
Amir estudió Administración Pública en Baruch. Solicitó trabajo en el Departamento de Seguridad Nacional. Pasó todos los exámenes. Cuando le llegó la oferta del ICE, su madre lloró en la cocina. Su padre le estrechó la mano.
—Buen sueldo —dijo su padre—. Beneficios. Pensión.
—Sí —dijo Amir.Su hermana vivía con otra mujer en Williamsburg y no fue a la cena de celebración. Le mandó un mensaje esa noche: “No puedo creer que hagas esto”. Amir no respondió. Bloqueó su número tres semanas después, cuando ella le mandó un artículo sobre una redada en la que habían separado a una mujer de su bebé de seis meses. CONTINUAR LEYENDO

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