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martes, 10 de mayo de 2016

Sarrasine. Un cuento de Honoré de Balzac

En el artículo de Roland Barthes: "Escribir la lectura", el autor toma como referencia Sarrasine, de Honoré de Balzac. 

"Así que he tomado un texto corto (cosa necesaria, dado el carácter minucioso de la empresa), Sarrasine, de Balzac, una novela poco conocida (¿acaso no es Balzac, por definición, "el inagotable", aquel del que nunca lo ha leído uno todo, salvo en el caso de una vocación exegética?), y me he dedicado a detenerme constantemente durante la lectura de ese texto."

SARRASINE 
Honoré de Balzac

Me había sumido en una profunda ensoñación de los que se apoderan de todo, incluso un hombre frívolo, el torbellino más tumultuosos de los partidos. Acaba de golpear la medianoche, el reloj de Bourdon-Elysée. Sentado en el ático de una ventana y se escondió debajo de los pliegues de una cortina ondulante de damasco, pude contemplar en el hogar, el jardín del palacio, donde estaba pasando la noche. Los árboles, imperfectamente cubierto de nieve, estaba en otra cosa en el fondo formado por un cielo cubierto de gris, la luna pone un tono blanquecino. Cubierto y en medio de este ambiente excepcional, espectros parecía mal envuelto en sus hojas, gran imagen de la famosa danza de los muertos. Luego, volviéndose hacia el lado contrario, podría ver la danza de los vivos. Una espléndida sala, las paredes cubiertas con tapices de oro y plata, lámparas de araña deslumbrante, que brilla en la cascada de luces. Pululaban alrededor, estremecidos y bailó, como las polillas, las mujeres más bellas de París, los más ricos, más aristocráticos, brillante, pomposo, una orgía de diamantes, flores en la cabeza, el pecho, el pelo, que se cultiva en los vestidos, o coronas de flores a los pies. Fueron ligera emoción de la alegría, la lujuria pasos, que ruede el encaje y muselina rubias alrededor de sus flancos delicados. Algunos parece más viva brillaban aquí y allá, eclipsó las luces, el fuego de los diamantes y animó a los corazones más ardientes. Sorprendido él era también signos de cabeza importante para los amantes y las actitudes negativas hacia sus maridos. El estruendo de las voces de los jugadores, cada golpe inesperado, la reunión de oro mezclado con la música, el murmullo de las conversaciones. Para finalizar este aturdimiento de la multitud rompió por todo el mundo pueden ofrecer tentaciones, una máquina de vapor de los perfumes y la embriaguez general, trabajó en el entontecidas imaginación. Por lo tanto, a mi derecha, la imagen oscura y silenciosa de la muerte, a la izquierda de la vida bacanal decente aquí, la naturaleza fría, triste, lleno de dolor; allí, los hombres poseídos de alegría. Yo, en la frontera de estos dos cuadros tan dispares que una y mil veces repetido en diferentes formas, hacen de París la ciudad más divertida del mundo, mientras que el más filosófico, moral era un macedonio, la mitad fúnebre feliz, la mitad. Con el pie izquierdo, pegó en el travesaño y el pensamiento del otro atrapado en un ataúd. Una de mis piernas, de hecho, fue congelado por una de esas corrientes de aire fresco que la mitad del cuerpo, mientras que otro sentido el calor húmedo de los salones, los accidentes son frecuentes en un baile. - Hay mucho que el señor de Lanty posee este palacio? CONTINUAR LEYENDO

sábado, 19 de diciembre de 2015

El grande de España. Un cuento de Honoré de Balzac

En el momento de la expedición emprendida en 1823-4 por el rey Luis XVIII para salvar a Fernando VII del régimen constitucional, yo me encontraba por casualidad en Tours, camino de España. La víspera de mi marcha, fui al baile en casa de una de las mujeres más amables de esta ciudad en la que, como es sabido, se divertían más que en ninguna otra capital de provincia; y poco antes del souper, pues se soupe aún en Tours, me uní a un grupo de tertulianos en medio del cual, un señor que me resultaba desconocido, contaba una aventura.

El orador, llegado muy tarde al baile, había cenado, según creo, en casa del recaudador general. Al entrar se había incorporado a una mesa de écarté; luego, tras haber pasado varias veces, para alegría de sus contrincantes cuyo equipo perdía, se había levantado, vencido por un subteniente de carabineros; y, para consolarse, había participado en una conversación sobre España, tema habitual de mil disertaciones.

Durante el relato, examiné con un interés involuntario el rostro y la persona del narrador. Era uno de esos seres de mil rostros que se parecen a tantos tipos que el observador queda indeciso, y no sabe si tiene que incluirlos entre las personas de genio modestas o entre los intrigantes subalternos. En primer lugar, estaba condecorado con la cinta roja; pero ese símbolo demasiado prodigado, ya no prejuzga nada a favor de nadie; tenía una chaqueta verde, y a mí no me gustan las chaquetas verdes en un baile, cuando la moda aconseja a todo el mundo llevar traje negro; además llevaba pequeñas hebillas metálicas en los zapatos, en lugar de lazos de seda; su pantalón era de un casimir horriblemente desgastado, y su corbata estaba mal puesta; en definitiva, vi que no le daba demasiada importancia al atuendo ¡podía ser un artista!

Sus gestos y su voz tenían un no sé qué vulgar, y su rostro, presa de los rubores que el trabajo de la digestión le imprimía, no realzaba por ningún rasgo sobresaliente el conjunto de su persona; tenía la frente despejada y poco cabello en la cabeza. De acuerdo con todos esos diagnósticos, dudaba en hacer de él un consejero de prefectura, o un antiguo comisario de guerra; pero, al verlo posar la mano sobre la manga de su vecino de manera magistral, lo incluí en la categoría de los escribanos, los burócratas y sus compinches. Finalmente estuve completamente convencido de mi observación cuando noté que sólo era escuchado por su historia; ninguno de los oyentes le concedía esa atención sumisa y esas miradas complacientes que son privilegio de las personas muy consideradas. No sé si pueden imaginarse al hombre, llenándose la nariz con tomas de rapé, hablando con la rapidez de las personas con prisa por terminar su discurso por miedo a que se les abandone; por lo demás, expresándose con gran facilidad, contando bien las cosas, dibujando de un trazo, y jovial como un bufón de regimiento. Para evitarles el tedio de las digresiones, me permito trasvasar su historia a un estilo narrativo y añadirle ese toque didáctico necesario a los relatos que, de la charla informal pasan al estado tipográfico. CONTINUAR LEYENDO

martes, 15 de septiembre de 2015

La obra maestra desconocida. Un cuento (novela o relato corto) de Balzac


A finales del año 1612, en una fría mañana de diciembre, un joven, pobremente vestido, paseaba ante la puerta de una casa situada en la Rue des Grands-Augustins, en París. Tras haber caminado harto tiempo por esta calle, con la indecisión de un enamorado que no osa presentarse ante su primera amante, por más accesible que ella sea, acabó por franquear el umbral de aquella puerta y preguntó si el maestro Françoise Porbus estaba en casa. Ante la respuesta afirmativa que le dio una vieja ocupada en barrer el vestíbulo, el joven subió lentamente los peldaños, deteniéndose en cada escalón, cual un cortesano inexperto, inquieto por el recibimiento que el rey va a dispensarle. Al llegar al final de la escalera de caracol, permaneció un momento en el rellano, perplejo ante el aldabón grotesco que ornaba la puerta del taller donde, sin lugar a duda, trabajaba el pintor de Enrique IV que María de Médicis había abandonado por Rubens. El joven experimentaba esa profunda sensación que ha debido de hacer vibrar el corazón de los grandes artistas cuando, en el apogeo de su juventud y de su amor por el arte, se han acercado a un hombre genial o a alguna obra maestra. Existe en todos los sentimientos humanos una flor primitiva, engendrada por un noble entusiasmo, que va marchitándose poco a poco hasta que la felicidad no es ya sino un recuerdo, y la gloria una mentira. Entre estas frágiles emociones, nada se parece más al amor que la joven pasión de un artista que inicia el delicioso suplicio de su destino de gloria y de infortunio; pasión llena de audacia y de timidez, de creencias vagas y de desalientos concretos. Quien, ligero de bolsa, de genio naciente, no haya palpitado con vehemencia al presentarse ante un maestro siempre carecerá de una cuerda en el corazón, de un toque indefinible en el pincel, de sentimiento en la obra, de verdadera expresión poética. Aquellos fanfarrones que, pagados de sí mismos, creen demasiado pronto en el porvenir, no son gentes de talento sino para los necios. A este respecto, el joven desconocido parecía tener verdadero mérito, si el talento debe ser medido por esa timidez inicial, por ese pudor indefinible que los destinados a la gloria saben perder en el ejercicio de su arte, como las mujeres bellas pierden el suyo en el juego de la coquetería. El hábito del triunfo atenúa la duda y el pudor es, tal vez, una duda. CONTINUAR LEYENDO