No hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas
El grupo se había ido ya hacia el aula después de la actividad en la que había participado, pero un par de niñas se quedaron rezagadas, acercándose tímidamente a la maestra, que estaba de baja desde hacía unas semanas y había vuelto al centro para una gestión. Estaban ahí de pie a su lado, sin decir nada. La docente parecía adivinarles el pensamiento: ¿qué? ¿Que cuándo vuelvo? Y las niñas, arrimándose más aún a la mujer, asintieron. En sus rostros se podía leer una expresión de anhelo, casi de súplica. Con el cuerpo y los ojos y ese silencio parecían gritar: ¡queremos que vuelvas ya! Ese afecto genuino y real, tan profundo, solo se tiene a los maestros que establecen un vínculo sólido con los alumnos. Al observar a las niñas me acordé de inmediato del maestro republicano de La lengua de las mariposas, por el que lloré en su día como si hubiera sido el mío. Y un poco lo es, si pensamos en la genealogía de la buena educación, la educación que ve en todos los alumnos a seres humanos que deben recibir la letra no con sangre sino con amor y buen trato, con rigor y disciplina, pero respeto y cariño.
En otro colegio me preguntaron si recordaba mi primer día de colegio y al instante me vino el olor de Eugènia, que nos acogió en su aula de primero de EGB a mi mellizo y a mí, yo con el pelo áspero del río salado del que sacábamos el agua y la piel quemada por el sol rifeño, mi hermano con la cabeza rapada como era costumbre en el campo para evitar piojos y demás parásitos. Éramos unos moritos que venían del fin del mundo, pero Eugènia nos abrazó (o eso recuerdo yo), y ahora siempre que pienso en ella en la nariz se me hace presente esa extraña mezcla de tiza y plátano. Y luego el olor de los libros nuevos, indescifrables entonces. Así que no hay nada más falso que la idea de que los profesionales de la educación son simples trabajadores que van a hacer su jornada como el que va a apretar tuercas o a vender camisetas. Son las personas adultas más importantes en la vida de cualquier niño después de los padres, la segunda figura con la que establecemos vínculos sólidos y de confianza. Y que echamos de menos cuando están de baja o se van a otra escuela. También los echamos de menos cuando el sistema no les deja enseñar en condiciones, con aulas hacinadas, burocracia y sueldos bajos. Por todo esto, no es de extrañar que a las manifestaciones de los docentes se unan personas que no lo son. Defender sus derechos es defender los derechos de nuestros hijos y honrar la memoria de los buenos maestros que tuvimos.

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