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| Dos alumnos del ciclo de FP Básica en Mantenimiento de Vehículos |
La Formación Profesional de Grado Básico demuestra que otra forma de enseñar puede cambiar la trayectoria de muchos jóvenes que habían roto con el sistema educativo
Algunos adolescentes llegan a la Formación Profesional de Grado Básico después de haber aprendido a ocupar siempre el mismo lugar: el del alumno que suspende, falta a clase o acaba convencido de que estudiar no es para él (o ella). Otros llegan desde mucho más lejos: han cruzado fronteras, apenas hablan español y todavía intentan encontrar su sitio en un país nuevo. A primera vista tienen poco en común, y sin embargo, muchos comparten una misma sensación: la de no sentirse parte de la escuela.
En España son ya más de 84.000 los alumnos que la cursan. Jóvenes que no llegan únicamente con lagunas académicas, sino que también cargan con una relación rota con el aprendizaje. Algunos han pasado años escuchando que no se esfuerzan lo suficiente. Otros simplemente dejaron de entender qué sentido tenía seguir entrando cada mañana en un aula donde solo acumulaban derrotas. Cuando aparecen por primera vez en un ciclo de Grado Básico, el reto ya no consiste solo en enseñarles un oficio o ayudarles a aprobar unas asignaturas. Antes hay una tarea mucho más difícil: conseguir que vuelvan a creer que ese lugar también puede ser para ellos. Esa batalla, coinciden docentes, directores e investigadores, empieza reconstruyendo el vínculo con la escuela.
Eso explica por qué algunos centros están obteniendo resultados que hace apenas unos años parecían improbables. En un contexto en el que poco más de la mitad del alumnado logra completar la FP de Grado Básico (56% entre los estudiantes españoles y 42% entre los inmigrantes), hay institutos que contra todo pronóstico consiguen que muchos continúen hasta titular y den el salto a un grado medio. La pregunta no es qué tienen de extraordinarios esos alumnos.... sino qué hacen de distinto esos centros cuando los reciben.
En el CIFP Tony Gallardo, en Las Palmas de Gran Canaria, la respuesta empezó con una autocrítica. Porque, durante años, habían intentado ayudar a un alumnado que llegaba tras haber fracasado en la ESO... utilizando, en el fondo, las mismas reglas del juego. “Seguíamos haciendo lo que el sistema educativo hacía de manera tradicional”, resume Agar García, su directora. Así que el equipo directivo decidió que el cambio debía empezar por ellos mismos.
Para Mónica Moso, responsable del Centro de Conocimiento e Innovación de CaixaBank Dualiza, ahí está precisamente una de las cuestiones más interesantes: cuando centros con alumnado de perfiles muy similares obtienen resultados tan diferentes, la explicación no puede buscarse únicamente en las características de los estudiantes, sino también en cómo se organiza la respuesta educativa. CONTINUAR LEYENDO
