jueves, 9 de junio de 2022

ÚLTIMA TERTULIA DEL CURSO EN PEÑASCAL-KOOPERATIBA

El pasado jueves, 2 de junio, celebramos la última Lectura Dialógica Compartida en Peñascal-Bolueta. 

En este caso el tema sobre el que giró nuestro dialogo fue el del RACISMO. Y los materiales que utilizamos son los que aparecen más abajo. 

La evaluación realizada por las personas participantes, tanto de esta como la de todas las sesiones del curso ha sido muy positiva, por lo que todos y todas estamos muy animados para continuar el curso que viene con nuestras lecturas y diálogos compartidos, e ir asentando la dinámica que hemos venido desarrollando a lo largo de este curso. Es decir, distintos materiales en diferentes formatos que nos permitan, en un primer momento, reflexionar sobre el tema propuesto para, más adelante, dialogar y construir intersubjetivamente una mirada más rica sobre lo que hemos compartido.

Para finalizar quisiera decir que, en ocasiones, el material propuesto no se puede trabajar en una única sesión. Eso no quita para que se trabaje en otros momentos o que, si alguien quiere utlizarlo, pueda seleccionar aquello que más le interese.

Sesión 02/06/2022. RACISMO

Artículo:


Cuentos/Relatos:


Poema:


Viñetas:



miércoles, 8 de junio de 2022

"ME SIRVE Y NO ME SIRVE". Un poema de Mario Benedetti

Me sirve y no me sirve
La esperanza tan dulce,
tan pulida, tan triste,
la promesa tan leve,
no me sirve.
No me sirve tan mansa la esperanza

La rabia tan sumisa,
tan débil, tan humilde,
el furor tan prudente
no me sirve.
No me sirve
Tan sabia tanta rabia.

El grito tan exacto
si el tiempo lo permite,
alarido tan pulcro
no me sirve.
No me sirve tan bueno
Tanto trueno

El coraje tan dócil
la bravura tan chirle,
la intrepidez tan lenta
no me sirve.
No me sirve
tan fría la osadía.

Sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse,
y el corazón alerta sí me sirve.
Me sirve cuando avanza
la confianza.

Me sirve tu mirada
que es generosa y firme,
y tu silencio franco sí me sirve.
Me sirve la medida de tu vida.

Me sirve tu futuro
que es un presente libre,
y tu lucha de siempre
sí me sirve.
Me sirve tu batalla
sin medalla.

Me sirve la modestia
de tu orgullo posible,
y tu mano segura
sí me sirve.
Me sirve tu sendero,
compañero.

martes, 7 de junio de 2022

"OLIKOYE". Un cuento de Chimamanda Ngozi Adichie

La lluvia caía suavemente aquel lunes en que rompí aguas. Pero como estaba habituada a los feroces aguaceros de Lagos, este golpeteo tranquilo me relajaba, llenándome de paz. Mi marido, Omoregie, estaba en el trabajo, por lo que fue mi vecino quien me llevó al hospital, con el vestido ligeramente húmedo y el corazón rebosante de emoción. Mi primer hijo.

El nombre de la enfermera de turno era Hermana Chioma. Se trataba de una mujer con el rostro pétreo que disfrutaba haciendo bromas un poco pesadas. Durante mi último chequeo, yo me había quejado del dolor de espalda a causa de mi estado y su respuesta fue, “¿Y no pensaste en el dolor de espalda cuando disfrutabas?».


Tras revisarme, me dijo que aún era pronto y me sugirió que caminara a lo largo de la sala de espera.

“Debes estar contenta de que el primero sea un niño”, dijo.

“Mientras sea sano”, respondí levantando los hombros.

“Ya sé que es costumbre esperar a que nazca para elegir el nombre, pero estoy segura que ya pensaron alguno”, agregó.

“Lo llamaré Olikoye”

“Oh”, dudó, “no sabia que tu marido era Yoruba”.

“No lo es. Ambos somos Bini”.

“Pero Olikoye es un nombre Yoruba”.

“Así es”.

“¿Y por qué?” preguntó. Mis contracciones aún eran leves. Así que le dije a la Hermana Chioma que se siente para escuchar la historia. CONTINUAR LEYENDO


sábado, 4 de junio de 2022

"LA CONSTRUCCIÓN DE UN SUEÑO". Un poema de Dulce Chacón

Siempre hay tiempo para un sueño.

Siempre es tiempo de dejarse llevar
por una pasión que nos arrastre hacia el deseo.

Siempre es posible encontrar la fuerza
necesaria para alzar el vuelo y dirigirse hacia
lo alto.

Y es allí, y solo allí, en la altura, donde
podemos desplegar nuestras alas en toda su
extensión.

Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos,
en lo más profundo de nuestras inquietudes,
podremos separar los brazos, y volar.

jueves, 2 de junio de 2022

"SI ME LLAMARAS". Un poema de Pedro Salinas

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría;
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
─¡si me llamaras, sí; si me llamaras!─
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas.»

miércoles, 1 de junio de 2022

"JIM". Un cuento de Roberto Bolaño

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim.

Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.