miércoles, 28 de junio de 2023

"LAS BIBLIOTECAS, LUGARES PARA ESCUCHAR, DECIR Y DIALOGAR". Un artículo de Geneviève Patte

La biblioteca es un lugar donde el gesto social de escuchar adquiere su sentido pleno. Con facilidad olvidamos que “decir” sólo adquiere sentido cuando alguien escucha, y que escuchar es una manera de interactuar con otras personas, no simplemente una cuestión de recepción pasiva. Añado, para mí escuchar es tal vez la tarea más interesante del oficio bibliotecario.

Mi deseo de vivir la experiencia de la biblioteca pública para niños y jóvenes nació en la calle. Paseando con un amigo descubría París. Venía de mi provincia, de Poitiers, y todo me parecía interesante. Me encantaba el Barrio Latino, tan lleno de vida. A través de una ventana iluminada presencié una escena que me marcó: un grupo de niños, en una gran sala llena de luz, muy ocupados en sus asuntos. Me sorprendió porque no se parecía a una clase ni a un centro de recreación. No había grupos establecidos y los dos adultos presentes no vigilaban a los niños. Simplemente estaban disponibles para escucharlos y hablar con ellos. Quedé completamente seducida y al día siguiente volví. Quería saber todo sobre este lugar sorprendente. Las dos bibliotecarias, Marguerite Gruny y Mathilde Leriche, se tomaron el tiempo de explicarme en detalle de qué se trataba: ayudar a los niños a vivir personalmente su camino de lector; acompañados y escuchados en la biblioteca, los niños descubrían una vida social inusual. Esto me apasionó y de inmediato tomé la decisión: sería bibliotecaria infantil. Viendo mi entusiasmo, me ofrecieron una larga pasantía. Vi cómo la escucha de unos y otros ocupaba un lugar central en la biblioteca.

Así lo practicamos en La Petite Bibliothèque Ronde, ya no en el centro de París sino en uno de sus suburbios, en Clamart. En los años sesenta, cuando los niños de este barrio popular descubrían la biblioteca, se sorprendían con el recibimiento muy diferente de lo que vivían en las escuelas tradicionales. En la biblioteca, nos dirigíamos a ellos personalmente: eran escuchados y reconocidos en un encuentro personal que los invitaba a expresarse, a decir lo que les gustaba, lo que buscaban, a compartir sus curiosidades. No había tema tabú. Este diálogo nos ayudaba a aconsejarlos eficazmente. Un día, un niño me dijo: “me gusta la biblioteca, porque los bibliotecarios están siempre de pie". Para él eso significaba que estaban disponibles. Los niños estaban en el centro, los bibliotecarios no dudaban en responder en cualquier momento, ya fuera para acompañar a un niño o simplemente para compartir una historia. Lo más importante es que se preocupaban por escucharlos.

Cuando se trataba de ayudarlos a encontrar los libros que les podrían llegar o que les interesaban, la necesidad del diálogo era evidente. Debíamos conocer sus gustos: lo que les apasionaba para así convocar su inteligencia y darles el gusto de conocer. No éramos distribuidores de documentos. No éramos simples cajeras que registraban libros. Para nosotras lo importante era, y sigue siendo, despertar el gusto y el deseo de leer. Ser escuchados era un signo de consideración que los niños apreciaban. Si lo necesitaban, nos acercamos a los estantes de los libros y allí, los aconsejábamos. La delicada y difícil tarea de transmitirles el carácter único de los libros que les estábamos proponiendo era nuestra responsabilidad. Conversar así, tomándonos el tiempo, nos acercaba de manera espléndida a los niños, pero también a las personas que los rodeaban: a los padres, a los abuelos. Charlábamos de manera natural sobre temas o experiencias recientes. Escuchándose unos a otros, surgía una cultura familiar que cada uno disfrutaba. Esta encantadora forma de estar juntos estaba bien presente en la biblioteca. CONTINUAR LEYENDO

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