domingo, 18 de octubre de 2026

"EL RELOJ DE BAGDAD". Un cuento de Cristina Fernández Cubas

Nunca las temí ni nada hicieron ellas por amedrentarme. Estaban ahí, junto a los fogones, confundidas con el crujir de la leña, el sabor a bollos recién horneados, el vaivén de los faldones de las viejas. Nunca las temí, tal vez porque las soñaba pálidas y hermosas, pendientes como nosotros de historias sucedidas en aldeas sin nombre, aguardando el instante oportuno para dejarse oír, para susurrarnos sin palabras: «Estamos aquí, como cada noche». O bien, refugiarse en el silencio denso que anunciaba: «Todo lo que estáis escuchando es cierto. Trágica, dolorosa, dulcemente cierto». Podía ocurrir en cualquier momento. El rumor de las olas tras el temporal, el paso del último mercancías, el trepidar de la loza en la alacena, o la inconfundible voz de Olvido, encerrada en su alquimia de cacerolas y pucheros: Son las ánimas, niña, son las ánimas. Más de una vez, con los ojos entornados, creí en ellas.

¿Cuántos años tendría Olvido en aquel tiempo? Siempre que le preguntaba por su edad la anciana se encogía de hombros, miraba con el rabillo del ojo a Matilde y seguía impasible, desgranando guisantes, zurciendo calcetines, disponiendo las lenteja en pequeños montones, o recordaba, de pronto, la inaplazable necesidad de bajar al sótano a por leña y alimentar la salamandra del último piso. Un día intenté sonsacar a Matilde. «Todos los del mundo», me dijo riendo.

La edad de Matilde, en cambio, jamás despertó mi curiosidad. Era vieja también, andaba encorvada, y los cabellos canos, amarilleados por el agua de colonia, se divertían ribeteando un pequeño moño, apretado como una bola, por el que asomaban horquillas y pasadores. Tenía una pierna renqueante que sabía predecir el tiempo y unas cuantas habilidades más que, con el paso de los años, no logro recordar tan bien como quisiera. Pero, al lado de Olvido, Matilde me parecía muy joven, algo menos sabia y mucho más inexperta, a pesar de que su voz sonara dulce cuando nos mostraba los cristales empañados y nos hacía creer que afuera no estaba el mar, ni la playa, ni la vía del tren, ni tan siquiera el Paseo, sino montes inaccesibles y escarpados por los que correteaban manadas de lobos enfurecidos y hambrientos. Sabíamos -Matilde nos lo había contado muchas veces- que ningún hombre temeroso de Dios debía, en noches como aquéllas, abandonar el calor de su casa. Porque ¿quién, sino un alma pecadora, condenada a vagar entre nosotros, podía atreverse a desafiar tal oscuridad, semejante frío, tan espantosos gemidos procedentes de las entrañas de la tierra? Y entonces Olvido tomaba la palabra. Pausada, segura, sabedora de que a partir de aquel momento nos hacía suyos, que muy pronto la luz del quinqué se concentraría en su rostro y sus arrugas de anciana dejarían paso a la tez sonrosada de una niña, a la temible faz de un sepulturero atormentado por sus recuerdos, a un fraile visionario, tal vez a una monja milagrera... Hasta que unos pasos decididos, o un fino taconeo, anunciaran la llegada de incómodos intrusos. O que ellas, nuestras amigas, indicaran por boca de Olvido que había llegado la hora de descansar, de tomarnos la sopa de sémola o de apagar la luz.

Sí, Matilde, además de su pierna adivina, poseía el don de la dulzura. Pero en aquellos tiempos de entregas sin fisuras yo había tomado el partido de Olvido, u Olvido, quizá, no me había dejado otra opción. «Cuando seas mayor y te cases, me iré a vivir contigo.» Y yo, cobijada en el regazo de mi protectora, no conseguía imaginar cómo sería esa tercera persona dispuesta a compartir nuestras vidas, ni veía motivo suficiente para separarme de mi familia o abandonar, algún día, la casa junto a la playa. Pero Olvido decidía siempre por mí. «El piso será soleado y pequeño, sin escaleras, sótano ni azotea.» Y no me quedaba otro remedio que ensoñado así, con una amplia cocina en la que Olvido trajinara a gusto y una gran mesa de madera con tres sillas, tres vasos y tres platos de porcelana... O, mejor, dos. La compañía del extraño que las previsiones de Olvido me adjudicaban no acababa de encajar en mi nueva cocina. «El cenará más tarde», pensé. Y le saqué la silla a un hipotético comedor que mi fantasía no tenía interés alguno en representarse.

Pero en aquel caluroso domingo de diciembre, en que los niños danzaban en torno al bulto recién llegado, me fijé con detenimiento en el rostro de Olvido y me pareció que no quedaba espacio para una nueva arruga. Se hallaba extrañamente rígida, desatenta a las peticiones de tijeras y cuchillos, ajena al jolgorio que el inesperado regalo había levantado en la antesala. «Todos los años del mundo», recordé, y, por un momento, me invadió la certeza de que la silla que tan ligeramente había desplazado al comedor no era la del supuesto, futuro y desdibujado marido. CONTINUAR LEYENDO

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