domingo, 29 de mayo de 2022

"EL RELOJ". Un cuento de Remedios Zafra

Un despiste o una broma y, en todo caso, el éxodo progresivo de los habitantes de la aldea hicieron de este reloj un reloj atípico, más un cronómetro inútil que el reloj de Ayuntamiento que siempre fue.

Resulta que a alguien se le ocurrió conectar el reloj a una toma de electricidad que no siempre estaba operativa, es decir, que un día sí, otro también, alguien apagaba un interruptor y con él paraba el reloj. Puede que siempre hubiera sido así, que invariablemente desde que existe el reloj, éste hubiera estado conectado a dicha toma, pero en el pueblo no se habían percatado de que eso fuera un problema. De hecho, hasta hace un tiempo la electricidad en los espacios comunes estaba garantizada día y noche.

Todo cambió cuando la aldea empezó a despoblarse. Con poco más de ochenta personas en el pueblo, las horas de energía en calles y zonas comunes se han visto reducidas a apenas algunas por la noche.

María, la alcaldesa, les dice a los vecinos que ella no tiene la culpa, pues el dichoso interruptor no está en la aldea. Insiste en que se encuentra en una pequeña central de suministro de varios municipios de la zona a la que ninguno de ellos tiene acceso.

Tras varias solicitudes a las administraciones competentes requiriendo una solución al problema, los responsables del interruptor dicen a María que tienen la obligación de optimizar su uso y que el número de habitantes no es suficiente para alcanzar el mínimo rentable, resultado del 4 % de la última raíz cuadrada del algoritmo con que distribuyen la energía elevada al cubo. Le indican además que cuentan con el visto bueno de las autoridades de la provincia y de la comunidad. Para colmo le insinúan que si quieren electricidad todo el día "lo mejor es que se vayan" a otro lugar.

María no duerme por las noches rehaciendo esa dichosa cuenta y no entiende por qué algo tan básico como la energía depende de una operación matemática tan complicada. Parece que, de momento, no les queda otra opción que resignarse ya que, por supuesto, no piensan marcharse.

Respecto al reloj, todo esto no sería un problema si éste fuera un reloj pequeñito y privado, pero se trata del reloj del pueblo, algo más que un símbolo, una pieza indispensable para el trabajo en el campo, la referencia del resto de los relojes. Desde que todos recuerdan, sus campanadas han marcado los tiempos de la jornada de trabajo. La acústica de las montañas es buena y las horas, medias y cuartos pueden escucharse incluso en las parcelas del término más alejadas.

Claro, ahora todo es distinto, el tiempo se ha vuelto loco. El reloj no marca las horas del día según lo convencional. Su tiempo es peculiar. Marca sólo y como mucho unas seis horas al día en invierno y unas tres en verano. Ya no suena de día, sólo de noche.

Lo extraño del suceso es que algo también está cambiado en el campo. Simultáneamente, la cosecha ha variado su ciclo. María ha notado que la tierra está ralentizada. La viña familiar que desde pequeña ha visto alternar entre la hoja verde, el fruto y el tronco pelado, pasa ahora más tiempo en cada estado. La uva no llega en septiembre y tarda excesivamente en madurar. CONTINUAR LEYENDO


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