martes, 5 de diciembre de 2023

"ACERCA DE LAS PRIMERAS LECTURAS". Un artículo de Francisco Leal Quevedo, pediatra y escritor de literatura infantil y juvenil, publicado por la Fundación Cuatrogatos

En mi condición de pediatra y escritor de literatura infantil y juvenil, me ha interesado siempre el inicio lector y las condiciones que lo propician. En muchos aspectos es un misterio el niño que lee, pues son poco conocidas las condiciones previas que lo hacían un terreno fértil para ese encuentro iniciático con el libro. Pero debido a su trascendencia, vale la pena acercarse al proceso. Aquí solo intento contar mi experiencia personal.

He sido lector por cerca de siete décadas. Lector a secas. No quiero endilgarle a esta condición ningún adjetivo pretencioso, no lo necesita. Atravesar el umbral de un libro es para mi sobrecogedor, aunque haya vivido la experiencia miles de veces. Es siempre Otro, con su propio universo, el que aguarda en esas páginas, y en él soy un viajero curioso, explorador indómito.

Amo los libros desde que los conocí a los cinco años. Amor a primera vista, sin duda. En la línea materna había muchos maestros. Aprendí a leer con ellos, como quien pasea confiado por un paraje misterioso. Viví entonces la experiencia de llegar a otra dimensión. La realidad tangible tenía un trasfondo inmenso, oculto hasta ese momento ante mis ojos. Era mágico entrar al ámbito secreto, yo poseía un abracadabra poderoso. Aún, todos los días, es un ritual de vida: me encuentro frente a la cueva y suelto el conjuro. Y la puerta se abre. Hay demasiados tesoros a la vista. Ingreso y me olvido de las horas. Son visitas espontáneas, no estoy obligado a hacerlas por deberes académicos o de oficio. Y recorro los libros a la deriva, como el caminante que va paseando, a su libre albedrío, sin plan previo. Con esa actitud, mi subconsciente encuentra afinidades, vasos comunicantes entre los diversos autores.

De antemano, mi escenario era adverso. Mis padres no eran grandes lectores. No había una gran biblioteca, ni en casa ni en la escuela. Solo algunos libros, dispersos, utilitarios. No me contaban cuentos “clásicos” todas las noches. Las tertulias familiares eran la ocasión de conocer la saga familiar, plagada de arrieros y trotamundos. Esos relatos, descriptivos y picantes, fueron mi inicio literario.

Y a los 11 años ingresé a un severo internado, sin radio ni televisión, pero sí una gran biblioteca. Era mi única ventana al mundo. La zambullida inicial en ese recinto fue una epifanía. Nadie me introducía en un plan lector, el bibliotecólogo era conocedor pero distante, había allí mucho material y un muy activo boca-boca. Ese temprano amor por los libros creció con mis primeras lecturas autónomas y llegó a ser una hoguera voraz con las lecturas de la adolescencia. Fue luego una fragua activa y productiva en la madurez. Ahora tiene la calidez y persistencia del fuego en su postrer rescoldo.CONTINUAR LEYENDO

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