“Conocí a la mujer de mi vida antes de que nacieras. Tu hermano era pequeño entonces”. Eso dijo mi padre. Contuvo sin garbo la tos y engulló la saliva que obstruía su gañote. “Apenas cruzamos palabra el primer día. Pero nos encariñamos luego hasta el punto de enfermarnos si nos alejábamos”.
“¿Y qué sucedió?”, pregunté con más compasión que interés, acomodándole la cabeza en los almohadones y ayudándolo a enderezarse en el lecho hospitalario. “Tu madre lo notó enseguida y me desanimó. La gente con hijos no debe divorciarse, me dijo. Tenía razón. Las felicidades se baten a duelo y una de ellas debe morir. En mi caso, el matrimonio y la paternidad aniquilaron la felicidad que ofrecía la mujer de mi vida: le hice caso a tu madre y nunca volví a verla”.
Dijo esto y se abandonó a la inconsciencia. Estaba pálido y mal rasurado. Me aseguré de que el suero fluyera a sus arterías y el oxígeno a sus pulmones y salí de la habitación. No me enamoran los hospitales. Tampoco acostumbro dedicar pensamientos a palabras como felicidad.
Mi madre merodeaba por la cafetería. Levantó las cejas al verme, preguntándome por la salud del marido, aunque sin vocalizarlo. Eso jamás. “Me contó lo de la mujer de su vida. Al menos esa historia no la había oído antes”, le dije. Ante ella, solía escenificar un papel de fastidio permanente por todo lo que tuviera que ver con mi padre. Esa farsa me había evitado las largas charlas de desengaño dedicadas a mi hermano. Reconocí desde pequeño que mi padre era la mierda más repulsiva del planeta. ¿Para qué rebatir una idea tan útil a la convivencia familiar?
Mi hermano vino a relevarme por la noche, en cuanto lo dejaron salir del trabajo. Llegó preparado para una velada de amor filial: un libro, ropa cómoda, revistas viejas para tener a mano si nuestro padre era atacado por el insomnio. “Pasó un día pésimo. Me contó tres veces la misma historia y no me reconoció durante parte de la mañana. Deberías pedir que lo seden”, recomendé, aunque sabía que no aceptaría mi consejo. Esperaba beberle palabras de sabiduría incluso en el lecho de muerte. Su elusiva muerte, hay que decir. “No pasarán más de quince días”, había pronosticado el médico cuando ordenó la hospitalización. Pero tres semanas habían llegado y marchado sin que los pulmones de mi padre dejaran de cumplir su labor.
Desayuné con mi madre en la cafetería del hospital antes de relevar a mi hermano. Parecía irritada. No puso atención a lo que narré mientras tomaba el pan con café —anécdotas sin interés sobre enfermeras y médicos—. “Ahora es irreversible y debería decirles todo”, dijo, repentina, cuando apuraba el cigarro final. “Lo de tu padre entonces. Y lo mío entonces. Sobre todo lo mío”.
Presentí confesiones. Pero ya había desperdiciado mis vacaciones encerrado allí y no deseaba convertirme ahora en recipiente de su culpa. “Habla con Pablo. Le diré que baje. Estoy retrasado y querrá desayunar”, pretexté antes de meterme al elevador y evadirme de los blancos dedos de mi madre, que me llamaban.
A mi hermano le ordené que la viera en la cafetería. Le costó trabajo soltarle la mano a nuestro padre, que resollaba como un tren expreso. “Cuídalo”, susurró mientras recogía sus revistas. Revisé las cánulas del suero y el oxígeno y me eché a dormir. Y lo hice hasta que alguien me despertó sin delicadeza. Una enfermera de pechos grandes como panes. “Su madre tuvo un colapso. Debe ir a urgencias”.
Apenas entendí la noticia mientras nos abríamos paso hacia allá. Eludimos mujeres con pañales adultos bajo las batas y ancianos cerúleos y frágiles que aparecían por decenas a nuestro paso, como un ballet decadente y espantoso. Mi hermano lloraba, agazapado en la entrada de un quirófano. Una enfermera lo reconfortaba ofreciéndole una píldora calmante.
“Estaba mal desde que mi padre fue desahuciado”. Eso expliqué al director del hospital, en su oficina, mientras firmábamos los papeles que autorizaban cremar los restos.
No era el momento para preguntar a mi hermano si había llegado a confesarle algo antes de morir. La mesera de la cafetería, cuando me servía el desayuno del día siguiente, refirió que mi madre, instalada en una mesa del rincón desde nuestra llegada al hospital, gastaba el día en murmurar y fumar, corroída por alguna idea perversa, recurrente. Omití otras indagaciones.
Mi padre murió días después. Fue sepultado junto a mi madre, en la cripta familiar. Su lápida decía: “Fueron felices y dieron felicidad”. Pienso que mi hermano la compró escrita. Espero que a buen precio.
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