jueves, 19 de marzo de 2026

"PERDIDOS EN UNA PIRÁMIDE, O LA MALDICIÓN DE LA MOMIA". Un cuento de Louisa May Alcott

I

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—¿Qué son estas cosas, Paul? —preguntó Evelyn, mientras abría una caja de oro deslustrado y examinaba su contenido con curiosidad.

—Son semillas de una planta egipcia desconocida —respondió Forsyth, y una sombra repentina cruzó su rostro moreno, mientras miraba los tres granos escarlatas que yacían en la blanca mano que le había tendido.

—¿Dónde las has conseguido? —preguntó la joven.

—Es una historia extraña que solo te perturbará si te la cuento —dijo Forsyth con una expresión ausente que despertó enormemente la curiosidad de la joven.

—Por favor, cuéntamela. Me gustan las historias extrañas y nunca me alteran. Ah, cuéntamela, tus historias siempre son tan interesantes —exclamó, levantando la mirada con una combinación tan seductora de súplica y mandato en su encantador rostro, que era imposible negarse.

—Te arrepentirás, y quizá yo también; te lo advierto de antemano: se augura un mal destino para quien posee esas misteriosas semillas —dijo Forsyth sonriendo, mientras fruncía las cejas y miraba a la joven con una mirada cariñosa, pero también premonitoria.

—Continúa, no le temo a esas bonitas semillas —respondió ella con un gesto imperioso.

—Oír es obedecer. Déjame recapitular los hechos y luego comenzaré —respondió Forsyth, paseándose de un lado a otro con la mirada ausente de quien rememora el pasado.

Evelyn lo observó un momento y luego volvió a su trabajo, o más bien a su juego, una actividad que parecía ajustarse a la perfección a la vivaz criatura, a medio camino entre niña y mujer.

—Mientras estaba en Egipto —empezó a decir Forsyth lentamente—, un día fui con mi guía y el profesor Niles a explorar las pirámides de Keops. Niles era un apasionado de las antigüedades de todo tipo y, en su fervor, se olvidaba del tiempo, del peligro y del cansancio. Recorrimos los estrechos pasadizos, ahogados por el polvo y el aire viciado, mientras leíamos inscripciones en las paredes, tropezábamos con ataúdes destrozados o nos encontrábamos cara a cara con algún espécimen arrugado, encaramado como un duende en los pequeños estantes donde, durante siglos, se habían guardado los cadáveres. Tras unas horas, estaba desesperadamente cansado y rogué al profesor que volviéramos. Pero él estaba empeñado en explorar ciertos lugares y no desistió. Como solo teníamos un guía, me vi obligado a quedarme, pero Jumal, mi criado, al ver lo cansado que estaba, nos propuso que descansáramos en uno de los pasillos más amplios mientras él iba a buscar otro guía para Niles. Aceptamos y, tras asegurarnos de que estaríamos perfectamente a salvo si no abandonábamos el lugar, Jumal se marchó prometiendo volver rápidamente. El profesor se sentó a tomar notas de sus investigaciones y yo, tras estirarme sobre la suave arena, me quedé dormido. CONTINUAR LEYENDO

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