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jueves, 26 de junio de 2025

"LA CONVERSACIÓN DE LA ESCRITURA". Dalia Alonso. Ethic, 18 JUN 2025

Para Carmen Martín Gaite, la escritura era un sucedáneo de la conversación. Lo cierto es que escribir nos permite charlar con otros mundos, con quienes ya no están y con nosotros mismos.

Preguntarnos para qué y por qué escribimos tiene el mismo sentido que preguntarnos por qué paseamos o por qué escuchamos música. La escritura, como la lectura, pertenece a esa categoría de acciones vitales que, si bien no son imprescindibles para el desarrollo fisiológico de nuestro día a día, sí otorgan a la vida ese fuego que le da sentido. No todo el mundo es escritor, pero todo el mundo escribe: desde un poema en endecasílabos hasta un texto confesional en la app de notas del móvil, pasando por una dedicatoria en una tarjeta o una carta que nunca echaremos al buzón, todos los seres humanos sentimos, con más o menos fortuna, la pulsión de trasladar el pensamiento en palabras.

Para la escritora Carmen Martín Gaite, escribir era sinónimo de conversar. La salmantina, una de las voces más preclaras del siglo XX español, resumió así el hecho literario en una entrevista en el programa A fondo, en abril de 1981: «Escribir es un sucedáneo de la conversación. Si pudiéramos hablar bien con toda la gente que queremos, tal como queremos, con tiempo para disfrutar de ello en un plazo narrativo, en una pausa segura para ser escuchados y escuchar, quizá no escribiríamos».

Resulta premonitoria y paradójica esta afirmación de la escritora, hecha treinta años antes de la aparición en nuestras vidas de la extrema inmediatez. Vivimos en un contexto en el que la escritura es más conversación que nunca, pero en el que el «plazo narrativo» ha desaparecido casi por completo tanto para la conversación en sí misma como para el hecho literario. Escribir ya no es sinónimo de pausa ni de detenimiento. La velocidad que también ha llegado a la industria del libro y al hábito lector va atravesando poco a poco también el hábito del escritor, que se siente presionado a producir libro tras libro para responder a las demandas de un sector cada vez más acelerado.

Con libros que pasan de moda a los tres meses y una conversación literaria que se reduce a una calificación de 1 a 5 estrellas, reclamar espacios en los que se reflexione de manera más sosegada sobre el hecho literario (clubes de lectura, talleres de escritura, tertulias) no es solo un deber, sino también un derecho de nuestro pensamiento. La conversación de la escritura, como la conversación de viva voz, requiere de esa «pausa segura», ese no estar haciendo nada y a la vez estar haciéndolo todo. ¿No se dan las conversaciones más profundas en los lugares más ociosos, cuando, perdida la idea de la producción, nos dejamos llevar? Como afirma Selby Wynn Schwartz al hablar de Virginia Woolf en su novela Después de Safo, «la mitad de la escritura de una novela consiste en mirar por la ventana con una blanda desesperanza y con ociosidad».

La conversación inacabable

Escribir sirve, también, para invocar a los muertos: el poema al fantasma de Cintia del latino Propercio, en el que el amante arrepentido convoca a su amada muerta para que esta pueda reprocharle sus fallos, o algunas de las novelas de la propia Martín Gaite, como Caperucita en Manhattan o Nubosidad variable, dedicadas a su hija fallecida, sirven para que el autor convoque una última vez a esas presencias perdidas y así poder seguir pasando tiempo con ellos. La escritura no es nunca un grito al vacío, aunque lo parezca: cada texto es una llamada al otro, una respuesta a una pregunta que alguien se ha hecho, o una pregunta que otros han de contestar.

Al fin y al cabo, la literatura comienza siendo oral, y las primeras manifestaciones occidentales de la escritura están fuertemente arraigadas a esa oralidad y a esa comunicación fluida entre escrituras. En Grecia, la poesía no se leía a solas, se cantaba en banquetes, y la filosofía se entendía sobre todo como diálogo. El resultado escrito final no era más que una «adaptación» de la conversación real, un testimonio de todo lo tangible de una charla, para que quienes no pudieran acceder a esa conversación al menos tuvieran una muestra de ella. El hecho de que, hoy en día, un diálogo de Platón o la poesía de Safo sigan siendo motivo de artículos en prensa o de libros enteros, no hace más que demostrar la verdad de la afirmación de Martín Gaite: como no podemos conversar con nuestros escritores favoritos como querríamos, les escribimos. A la vez, esas «respuestas» suscitarán respuestas de otros creadores del presente y del futuro, en una conversación inacabable y que va mucho más allá del tiempo y el espacio. La respuesta puede venir de nosotros mismos: puesto que, una vez que hemos escrito una idea, esta deja de ser del todo nuestra, el tiempo nos proporcionará la distancia adecuada para charlar con ese yo pasado que ha quedado grabado en la página.

Quizá, más que por qué escribimos, cabría preguntarse por qué tenemos esa necesidad de conversar. La respuesta quizá está en entender que la humanidad se define por la voluntad de la compañía o, siendo un poco más pesimistas y como afirma Victoria Ocaña, porque «la búsqueda del interlocutor y su consecuente entendimiento es el alivio de nuestro mal endémico: la soledad».

domingo, 19 de junio de 2022

"EL ARTE DE LA CONVERSACIÓN ES FEMINISTA". Violeta Assiego en elDiario.es, 17 de junio de 2022

Asamblea de la comisión de feminismos del movimiento Nuit Debout, en París

Puede ser revolucionario porque tiene que ver con la convivencia y la supervivencia colectiva, porque es al estado de ánimo lo mismo que la respiración a los pulmones. Porque en la conversación, la de verdad, se regenera la vida, la autoestima, la confianza, la esperanza y el apoyo mutuo.

No me deja de sorprender esa gente que empieza a hablar y no para. Gente a la que le interesa poco o nada la conversación que se puede dar con quienes tiene delante y que se ven obligados a escuchar muchas más veces por educación o compromiso que por interés. Es gente que ocupa todo el espacio con su verborrea, sus verdades, sus opiniones y sus anécdotas. Su forma de comunicar podría calificarse de incontinencia verbal, y está muy lejos de ser interpersonal, de ser diálogo, de ser conversación.

Ese tipo de comunicación, que a mi juicio practican principalmente “señores”, va más allá del mansplaining que tan bien explica Rebecca Solnit en su libro “Los hombres me explican cosas”, porque tiene algo de imposición a escuchar, de relación de poder dominante de quien habla sobre quienes escuchan y cómo estos deben callar. Porque, de lo contrario, lo que aparente y falsamente era “una conversación” se convierte en “una incómoda discusión” ya que está en disputa quién es el amo del espacio.

La conversación no es un arma, es un arte. Quizá por eso está en peligro de extinción. El arte de conversar va más allá del arte de hablar, del arte de decir, e incluso de la retórica o de la habilidad de oratoria. Nada tiene que ver con el arte de persuadir. El arte de conversar es feminista, de ello pueden dar fe muchas cocinas y muchos otros lugares comunes donde las mujeres han venido conversando y, en contra de la creencia neoliberal que piensa que conversación está reñida con productividad, seguían produciendo todo aquello que se necesita para sostener la vida. La conversación entre mujeres tiene algo de aquelarre, de emancipación, de libertad... de sororidad. Poco le gustan al patriarcado y sus guardianes las tertulias y los encuentros de mujeres. Es cierto que es en estos donde se han ido, y se van tejiendo, las redes de apoyos, las resistencias cotidianas, la toma de conciencia colectiva de los abusos, las violencias y la subordinación y la fuerza imparable de emancipación de las mujeres y de soberanía sobre sus cuerpos y sus vidas.

En estos tiempos reaccionarios e individualistas que corren, donde la fragilidad emocional y vital es tan palpable y tan evidente en todas las edades pero no en todas las clases sociales, el arte de la conversación puede ser revolucionario porque tiene que ver con la convivencia y la supervivencia colectiva, porque es al estado de ánimo lo mismo que la respiración a los pulmones. Porque en la conversación, la de verdad, se regenera la vida, la autoestima, la confianza, la esperanza y el apoyo mutuo. El arte de la conversación como parte del feminismo, de los cuidados, del tiempo para la escucha, como muestra de estima y respeto, sin estridencias y con una implicación emocional que deje de lado los egos y los miedos.

El arte de conversar de las comadres que hablan de las experiencias cotidianas y desde los afectos. El arte de conversar como motor de cambio y fuerza política como hacen las mujeres de Feminismos de los Sures y Mujeres Supervivientes. Una conversación lejos de la academia y cerca de los problemas de los y las sobrevivientes de todas las crisis. Un feminismo de barrio, comunitario e interseccional que ya está sucediendo y que no se cuenta porque es día a día, día tras día.

El arte de la conversación como conjuro contra esa psicopolítica que describe Byung Chul Han y que hace que la sociedad esté cada vez más cansada, deprimida y sumisa, al tiempo que buscamos refugio en las redes sociales cultivando nuestro ser más narcisista y exhibicionista. El arte de la conversación es nuestro conjuro, nuestra ceremonia de resistencia ante la deshumanización. El arte de la conversación como nuestro ritual de celebración de los afectos en re-existencia. En re-existencia.

viernes, 16 de marzo de 2018

El poder sanador de conversar. Por José A. Posada Villa.

La palabra posee la peculiaridad de liberar el alma. En incontables ocasiones callamos. Por miedo, por creer que de nada sirve decir las cosas, por evitar conflictos, etc

La Encuesta Mundial de Salud Mental de la OMS, la Universidad de Harvard y la Universidad de Michigan, en la cual participa Colombia, muestra que si bien un alto porcentaje de la población ha sufrido alguna vez en la vida trastornos mentales, muchos de estos no son lo tan graves como para requerir tratamiento profesional. Sin embargo, esto no quita la carga de sufrimiento que generan.

Sabemos que los medicamentos pueden cambiar o corregir los desequilibrios en las sustancias químicas cerebrales llamadas neurotransmisores, lo que resulta en disminución de síntomas de depresión, ansiedad, manía, psicosis y otros trastornos mentales. Pero lo interesante es que cada vez hay más evidencias científicas de que conversar también provoca cambios en el cerebro que disminuyen los síntomas, sin los posibles efectos secundarios adversos de los medicamentos. El psicoanálisis ha planteado siempre que los síntomas emocionales no son un “trastorno”; son una verdad silenciada que necesita ser oída y los sentimientos que no tienen palabras se acumulan en la memoria emocional. 

En las últimas décadas, una serie de estudios han evaluado cómo el conversar cambia el cerebro. Con el advenimiento de tecnologías no invasivas como la tomografía por emisión de positrones (PET), la tomografía computarizada de emisión de fotones individuales (SPECT) y la resonancia magnética funcional (FMRI), ahora podemos ver el funcionamiento del cerebro con un riesgo mínimo para el individuo. Estas herramientas nos permiten ver cambios en el flujo sanguíneo, la actividad eléctrica, la química y la estructura cerebral. Ahora también podemos ver lo que está sucediendo dentro del cerebro al examinar qué áreas se ven afectadas durante y después de una conversación y cómo estos cambios conducen a la reducción de síntomas y al mejoramiento general del funcionamiento de las personas. Un estudio hecho en el 2006 con tecnologías de neuroimagen por D. Linden encontró que hablar con una persona puede cambiar el cerebro de maneras similares a los cambios causados ??por los medicamentos.

Pero es importante mirar la trascendencia de las conversaciones significativas fuera del ámbito clínico, en la cotidianidad. Desde joven, cuando iba a misa en un colegio católico, me llamaba la atención cómo empieza el Evangelio de Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Verbo, del latín verbum, que significa palabra.

La palabra posee la peculiaridad de liberar el alma. En incontables ocasiones callamos. Por miedo, por creer que de nada sirve decir las cosas, por evitar conflictos, etc. Las causas por las que guardamos silencio son muy variadas.

Lo que establece la diferencia entre un buen y un mal conversador es el ESCUCHAR. Para saber hablar, primero hay que aprender a escuchar. Y no es lo mismo “oír” que “escuchar”.

Las conversaciones significativas son aquellas en las que nos mostramos auténticos e íntimos, abiertos, escuchamos sin temor ni censura y enfocados intencionalmente en lo que quiere surgir de cada uno de nosotros. Los verdaderos amigos te escuchan. Los demás te oyen. La mejor manera de convertirte en un buen conversador es siendo un buen oyente.

A través del diálogo no se obliga a nadie y se respeta la libertad del otro, es lo más opuesto al fanatismo. El diálogo busca siempre lo universal, lo mejor para todos. Raras veces nos movemos en el campo del diálogo, que es el leguaje del alma, pero sí podemos hablar menos y conversar mejor. Para ello necesitamos aprender a escuchar y a reflexionar sobre lo escuchado, para tener ideas propias y saber qué queremos decir. 

No me cansaré de repetir, una y otra vez, la enorme importancia que tiene hablar para disfrutar de salud mental y mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Si uno está pasando por un momento difícil, hablar con alguien podría sonar como una solución simplista, pero realmente es una de las mejores cosas que se pueden hacer. Decidir con quién quieres hablar es un primer paso importante. Tienes que confiar en esa persona y sentirte cómodo abriéndote a ella. Las posibilidades incluyen amigos cercanos, miembros de la familia, maestros, etc.

Pero, ojo: no confundamos una conversación terapéutica con la psicoterapia. La psicoterapia es un término que se refiere a una variedad de técnicas de tratamiento que se dirigen a ayudar a una persona a identificar y a cambiar emociones, pensamientos, y comportamientos. Las psicoterapias se deben realizar con un profesional de la salud mental adecuadamente capacitado. Aquí no hablamos de reemplazar la psicoterapia, tan necesaria en algunas personas, por la conversación profana. 

Sin embargo, con razón decía Sigmund Freud que “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”, y esto sigue siendo verdad.