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viernes, 5 de julio de 2024

Miedo. Un cuento / álbum ilustrado de Gabriela Cabal. Ilustraciones: Nora Hilb.

Había una vez un chico que tenía miedo.

Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.

Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.

Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.

Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico.

Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).

Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:

-iBasta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!

Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:

-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!

El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.

Mucho miedo seguía teniendo ese chico.

Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.

Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro. 

Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.

La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.

-No es de nadie- dijo el chico -¿Lo llevamos?

-No- dijo la mamá.

-Sí- dijo el chico -. Lo llevamos.

En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.

Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.

Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.

FIN

Miedo. Buenos Aires: Sudamericana, 1997.
(Ilust. Nora Hilb, Colección: Los caminadores)

lunes, 8 de mayo de 2023

"EL INVITADO DE DRÁCULA". Un cuento de Bram Stoker

Cuando partí de excursión, Múnich se hallaba iluminado por un sol radiante, y el aire estaba lleno de la alegría de comienzos de estío. El coche se movía ya cuando Herr Delbrück (el propietario del hotel Las Cuatro Estaciones, donde yo me había alojado) corrió hacia mí para desearme un feliz paseo; luego, con la mano en la portezuela, se dirigió al cochero:

—Sobre todo, regresa antes del anochecer. Ahora luce el sol, pero tal vez el viento del norte nos traerá a pesar de todo una tormenta. Claro que es inútil recomendarte prudencia, amigo, puesto que tan bien como yo sabes que esta noche no hay que andar por los caminos. —Sonrió al pronunciar las últimas palabras—. Ja, mein Herr —asintió Johann con expresión de complicidad y llevándose dos dedos a la gorra.

Después, azuzó los caballos a toda velocidad. Cuando nos encontramos ya fuera de la ciudad, le pedí que parase.

—Dime, Johann —le pregunté—, ¿por qué el propietario del hotel se ha referido de forma tan especial a la noche que se avecina?

—Walpurgis Nacht! —respondió el cochero después de santiguarse.

Sacó un reloj del bolsillo, un enorme reloj alemán de plata del grosor de un nabo; lo consultó frunciendo el entrecejo y se encogió de hombros ligeramente, con un movimiento de contrariedad. Comprendí que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra aquel retraso inútil, por lo que volví a dejarme caer en mi asiento. Al instante, el carruaje volvió a ponerse en marcha a toda prisa, como si deseara recobrar el tiempo perdido. De vez en cuando los caballos enderezaban bruscamente la cabeza, relinchando, como si un olor que solo ellos podían percibir les inspirase cierto temor. Cada vez que les veía asustados de ese modo, yo, bastante inquieto también, a mi pesar, contemplaba el paisaje que me rodeaba. El camino se hallaba batido por el viento, ya que desde hacía un buen rato estábamos ascendiendo por una ladera en dirección a una especie de meseta. Poco después distinguí una senda que parecía muy poco frecuentada y que, según creí vislumbrar, descendía hacia un estrecho valle. Sentí un vivo anhelo de seguirla y, aun a riesgo de importunar a Johann, le pedí de nuevo que se detuviese, y cuando frenó le anuncié mis deseos de continuar por aquella senda. Buscando toda clase de pretextos, me contestó que era imposible; y mientras hablaba se persignó varias veces. Despertada de este modo mi curiosidad, le formulé numerosas preguntas, a las que respondió con evasivas, sin dejar de consultar su reloj a cada instante, a guisa de protesta. Por fin, no pude más. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 5 de octubre de 2017

El fumador de pipa. Un cuento fantástico de Martin Armstrong.

Por lo general no me importa caminar bajo la lluvia, pero en aquella ocasión la lluvia era torrencial y aún tenía diez millas que recorrer. Por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del pueblo siguiente, y miré por encima de la cancela del jardín. La casa no tenía un aspecto muy prometedor, pues vi enseguida que estaba vacía. Todas las ventanas estaban cerradas, y no había una sola con persianas ni visillos. Por una de ellas, del piso bajo, vi paredes desnudas, la desnuda repisa de una chimenea y una parrilla vacía. También el jardín estaba descuidado, los lechos de flores llenos de hierbas; apenas se lo habría reconocido como tal jardín de no ser por la cerca, los vestigios de senderos rectos y los arbustos de lilas que estaban en plena flor y que regaban de agua la hierba cada vez que el viento los sacudía.

Es fácil imaginar, pues, que me sorprendiera cuando un hombre salió de entre las lilas y vino hacia mí lentamente por el sendero. Lo sorprendente no era sólo que estuviera allí, sino que paseaba por allí sin objeto, con la cabeza descubierta y sin impermeable, bajo aquella lluvia que empapaba y calaba. Era un hombre más bien gordo y vestido de clérigo, canoso, calvo, bien afeitado, con el aspecto engreído de intensidad excesiva que ve uno en los retratos de William Blake. Advertí en seguida cómo los brazos le colgaban desmayadamente junto a los costados. Sus ropas y –lo que lo hacía aún más extraño– su cara estaban chorreando agua. No parecía notar en absoluto la lluvia. Pero yo sí. Estaba empezando a correrme por el pelo y a bajarme por el cuello, y dije:

Usted perdone, señor, pero ¿puedo pasar a guarecerme?

Se sobresaltó y alzó unos ojos desconcertados que se encontraron con los míos.

–¿Guarecerse?–dijo.

–Sí –respondí yo–, de la lluvia.

–Ah, de la lluvia. Sí señor, no faltaría más. Hágame el favor de pasar.

Abrí la cancela del jardín y lo seguí por un sendero hacia la puerta principal, donde él se hizo a un lado con una leve inclinación para dejarme pasar primero.

–Me temo que no lo encontrará muy acogedor –dijo cuando estábamos ya en la entrada–. No obstante, pase usted, señor; aquí dentro, la primera puerta a la izquierda.

La habitación, que era amplia y con un ventanal saledizo dividido en cinco vidrieras, estaba vacía, con la excepción de una mesa y un banco de madera de pino y una mesa más pequeña en un rincón cerca de la puerta y sobre la que había una lámpara no encendida.

–Hágame el favor de sentarse, señor –dijo, señalando el banco con otra leve inclinación. 

Había una cortesía anticuada en sus modales y en su manera de hablar. Él no se sentó, sino que dio unos pasos hasta el ventanal y se quedó de pie, mirando el jardín chorreante, los brazos aún colgándole ociosamente junto a los costados. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Es posible una cultura sin miedo?. Francisco Mora (Catedrático de Fisiología Humana, Universidad Complutense de Madrid y catedrático adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica, Universidad de Iowa)

Es una indiscutible realidad que estamos viviendo bajo el manto cultural del miedo. El miedo es como un fantasma infiltrado en todos y cada uno de los aconteceres humanos de nuestros días en los que influye. En una sociedad en la que tanto hablamos de esa libertad por la que la humanidad ha luchado desde siempre y en tantos frentes, el miedo, también desde siempre, ha sido el freno oculto y poderoso de esa lucha. También es cierto que cada cultura ha creado sus propios miedos, pues cada cultura ha pintado el miedo con matices diferentes, con lecturas diferentes, con significados diferentes. Por eso es tan amplia y extensa la historia y la cultura del miedo. Y por eso también se ha hablado y escrito tanto sobre el miedo."

[...] Ante este panorama, algo nuevo asoma en nuestro entorno cultural, permitiendo una nueva reflexión; y eso se debe a las ciencias del cerebro. Hoy empezamos a conocer ya los caminos cerebrales, los circuitos neuronales y sus procesos subcelulares y moleculares, a través de los cuales se aprenden y memorizan los miedos. Y también cómo estos pueden ser cambiados y hasta eliminados de nuestros cerebros. El conocimiento nuevo de cómo en el cerebro se construyen los sentimientos y cómo estos son elaborados en parte por modificaciones epigenéticas como resultado de la interacción de los individuos con el mundo humano que les rodea, nos puede llevar a la erradicación de los temores y miedos estériles. De ahí el valor de estos nuevos conocimientos. La neurociencia, la ciencia que estudia el cerebro y cómo funciona, ha brindado una nueva visión del problema, un enfoque diferente que nos puede llevar a un cambio de paradigma con el que poder valorar mejor el papel de esta emoción/sentimiento en las transacciones humanas, y encontrar, quizá, un mundo mejor, con menos sufrimiento.


Nota: Esta cuestión del miedo lo trata en su libro: Francisco Mora. "¿Es posible una cultura sin miedo?" Alianza Editorial. Madrid 2015


viernes, 20 de diciembre de 2013

El espejo de Frankenstein


Estamos habituados a ver monstruos de todas clases. Hoy triunfan los zombis. Varios siglos de literatura, arte y cinematografía nos han acostumbrado a los distintos tipos de criaturas. Ciudades invadidas por alguna clase de virus. Infectados que actúan con rabia animal, con una voracidad impropia. Aunque conserva su anatomía humana, el zombi actual es como un monstruo: tiene los ojos inyectados en sangre, la mirada aviesa, extraviada; tiene una fuerza sobrehumana; tiene, en fin, gran fortaleza, la suficiente como para poder matar o contagiar con una simple mordedura.

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Fuente: anatomiadelahistoria.com