domingo, 29 de noviembre de 2015

¿Me ayudas a ser mayor? Un artículo que publiqué en el Diario de La Rioja

¿ME AYUDAS A SER MAYOR?

Hace poco, en uno de mis paseos dominicales por el monte me encontré con un paso en el que tenía que escalar por una roca bastante inclinada, lisa y algo húmeda. Estando en ello se acercaron tres jóvenes y uno de ellos, sin pensárselo dos veces, la subió sin dificultad. Sin decir nada, me fijé en dónde ponía los pies para comenzar mi ascensión cuando, al verme algo dubitativo, me preguntó a ver si quería que me echasen una mano. Sin dudarlo, le contesté que sí. Así que les dejé los bastones con los que me ayudo y superé – conste que sin dificultad– el accidente geográfico. Al llegar arriba y tras darles las gracias, uno de ellos me comentó con gran sinceridad: "Jo, no hay de qué. ¡Ya quisiera yo subir como tú cuando tenga tu edad!" ¡Touché! Que traducido significa que me hizo polvo. Esbocé una sonrisa intentando ocultar mi desazón interior y me acordé del abuelo que aparece en "Pacto de Sangre", ese maravilloso relato de Mario Bendetti. Total que viéndome necesitado de ayuda –de terapia diría– por mi pequeña depresión  llamé a mi hijo Jorge. Y es que para tratar temas de edad avanzada nada mejor que la juventud. Al principio se quedó sorprendido, pero al contárselo vi con mi corazón que sonreía. Me dijo con mucho cariño, que ya sabe lo sensible que soy, que en realidad me habían echado un bonito piropo, y tenía razón; añadiendo que le parecía estupendo que no hubiese rechazado la ayuda, cosa que es frecuente en muchas personas, y más si están como yo en esa edad en que uno ya no sabe ni quiere saber si es mayor o no. La verdad es que al poco de empezar a hablar nos echamos a reír los dos juntos, casi al unísono, y pensé lo bonito que es que se rían contigo, no de ti; pero, sobre todo, que consigan que te rías de ti mismo. Todo esto lo consiguió un joven que con aquellas palabras y risas empezaba a enseñarme a ser mayor.

El resto del camino fui pensando en lo que me había sucedido y me di cuenta de que en esta vida siempre parece que los mayores son los que han de ayudar y guiar a los jóvenes para que alcancen su madurez, olvidando que también son los jóvenes los que nos tienen que ayudar y guiar para que lleguemos a ser mayores con plenitud. Pues anda que no hay abuelas y sobre todo abuelos que han aprendido a ser mayores, que han encontrado sentido a su senectud gracias a sus nietos. También hay muchos nietos a los que los abuelos por educar les han enseñado con su ejemplo hasta a bien morir. ¿Os acordáis, por ejemplo, de “El estanque de los patos pobres” de Fina Casadelrrey? Otra cosa que me llamó la atención, y que ya he significado, es que ese día había aceptado ayuda por dos veces: una sin pedirla, tras un ofrecimiento; la otra con previa petición, que no es cuestión baladí. Y he de confesar que me sentí orgulloso por ambas.

A los pocos días, en una maravillosa tertulia literaria de un 6º de Primaria del IPI, la de Juanjo y Maritxu, en la que estamos leyendo El Quijote, aproveché para contarles este sucedido. Algo que no suelo hacer, ya que este tipo de cosas uno, o no se las cuenta a nadie o, como mucho, a las personas que aprecia y que sabe que a su vez le aprecian. Con ello pretendía que reflexionásemos sobre la ayuda, sobre todo acerca de por qué la rechazamos cuando nos la ofrecen y la necesitamos. Les pregunté a ver qué preferían si ayudar o ser ayudados. Todos contestaron que era mejor ayudar, que ayudando se pasaba mejor que al revés. Comenté entonces que en China el que da las gracias no es el socorrido, sino que el que agradece es el que ayuda a la otra persona por haberle permitido disfrutar ayudándole. Y es que para enseñar y aprender, todos necesitamos ayudarnos mutuamente. Además, hoy en día sabemos fehacientemente que el que ayuda a otro es el que más aprende.

Todo esto lo tenemos que aplicar las personas mayores o las que, permitidme la coquetería, las que nos vamos acercando a ese estar siendo. Por eso hace tiempo que vengo diciendo que cuando una persona empieza a ser mayor ha de hacer, si no lo ha hecho antes, un curso acelerado sobre “cómo disfrutar dejándose ayudar”. Y de la misma forma te pediría a ti, niño, niña, adolescente o joven que estás leyendo o escuchando este texto, –que  leer es escuchar con los ojos–, que me ayudaras a ser mayor porque te necesito tanto como tú me necesitas a mí. En fin, que te rogaría que nos ayudásemos mutuamente porque en eso consiste la solidaridad. Así que, ¿me ayudas a ser mayor?
Miguel Loza Aguirre

18/03/2012

2 comentarios:

  1. ¡Gracias por compartir estas "cosillas" tan tiernas! Nos vienen bien a todos.
    Mª Pía

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