martes, 28 de septiembre de 2021

"Un Quijote vino a verme". Conferencia de Gonzalo Moure leída el 23 de julio de 2021 en el marco de la Feria Nacional del Libro de León, en Guanajuato, México.

Comienzo a escribir estas palabras con la misma idea con la que he escrito la mayoría de mis pequeños libros; es decir, con el compromiso conmigo mismo de no pronunciarla si al escribirla no descubro algo nuevo o, al menos, puedo intentar descubrirlo con todos ustedes. En otras palabras, no escribir por lo que ya sé, sino escribir para saber lo que aún no sé, o intuir algo que aún no sé; para que al menos intuyamos juntos, el oyente y yo, algo nuevo. Y si no lo consigo, si acabo de escribirla sin encontrar ese algo que me despierte, que nos despierte a todos, dejarla, incluso borrarla y volver a intentarlo, porque ¿qué aportaría entonces, si ya he ido contando en muchas ocasiones lo que ya sé y lo que otros saben, sin que a nadie pareciera importarle demasiado? ¿Para qué les haría perder cuarenta y cinco minutos a todos ustedes si yo fuera el primero en tener la sensación de irlos a perder, por no hablar del tiempo usado para escribirla, que es mucho más que una hora? Decía Isak Dinesen que escribía cada día sin esperanza, pero sin desesperanza. Yo matizaría su confesión; la matizo, y digo que escribo ahora desesperanzado y con esperanza. Desesperanzado porque lo que yo encuentre en este tiempo tampoco será importante. Poco o nada. Tomo una cita de T.S. Eliot usada por Carlo Frabetti en su libro El tigre de Tarzán: “No dejaremos de explorar y al final de nuestra búsqueda llegaremos al punto de partida y conoceremos el lugar por primera vez”. Pero esperanzado porque tal vez avance un centímetro, qué se yo, en un átomo de pensamiento nuevo. Como el preso que trata de limar los barrotes con un cepillo de dientes afilado sabiendo lo inútil de su empresa, pero con la esperanza de alcanzar algún día el horizonte, de salir de la celda. Un milímetro arrancado al hierro del barrote tras el que espera la libertad no es la libertad, hay que admitirlo, pero conduce hacia ella, por más despacio que sea. 

Eso, la libertad, me recuerda que contaba no hace mucho a un grupo de escolares españoles algo que se me ocurrió mientras hablaba con ellos de la importancia de la lectura para poder conocer al otro, para poder saber lo que hay en cada camino, tras cada puerta y cada ventana, porque no otra cosa son los libros: caminos, puertas y ventanas para “ser el otro”, aunque sea durante la lectura, y para, por fin, poder elegir el futuro y conquistar el presente: para ser libre. Era la historia de un potro que pasaba sus tristes días encerrado en una cuadra con otros caballos. Salía una hora o dos al día para obedecer a un tipo de dos pies que se montaba en él y le obligaba a hacer lo que él quería hacer. Que lo castigaba y golpeaba con una fusta y unas espuelas si no lo hacía, y si lo hacía también. Pero un día una puerta se quedó abierta y el potro salió de la cuadra al amanecer. Encontró un punto débil, o más bajo, en la valla que rodeaba las cuadras y la saltó sin dificultad. Probaba por primera vez en su vida algo parecido a la libertad, una sensación que dormía en el fondo de su memoria genética desde los tiempos en los que los caballos vivían en la Tierra sin más límite que la amenaza de los depredadores, antes de que apareciera el bípedo que lo domó y le privó de la libertad. El potro trotó por los campos cercanos hasta que encontró otro cercado en el que pastaba o dormitaba una yegua joven, una potrilla baya de aroma arrebatador. Se acercó a la valla y la llamó. Se olieron uno al otro, relincharon, hasta que el potro le enseñó a saltar la valla. La yegüita lo intentó varias veces, y al fin lo consiguió. Y entonces los dos, felices, sintiendo un millón de nuevas emociones, trotaron por los prados hasta llegar a una playa. En ella vivieron algo parecido a la aventura y al amor. Galoparon por la orilla, levantaron nubes de espuma con sus cascos, se rascaron mutuamente la cruz y el cuello con sus dientes, unieron sus ollares para exhalar y aspirar sus olores más profundos e íntimos. Fueron felices aquellas horas, hasta que llegaron los humanos buscándolos. Espantados, los caballos trataron de huir, pero fue inútil. Al final los acorralaron, los lazaron, los separaron, les gritaron, golpearon y castigaron, y los llevaron a cada uno de vuelta hasta su cercado, donde fueron atados, y de nuevo esclavizados.CONTINUAR LEYENDO

Fuente: Fundación Cuatrogatos


No hay comentarios:

Publicar un comentario