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miércoles, 29 de abril de 2026

"PLATERO, LOS PEDAGOGOS Y Y0". Sergio del Molino, El País

Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos

Me esfuerzo mucho por no rebozarme en el catastrofismo, reniego de los apocalípticos y discuto con quienes proclaman que los chavales tienen la comprensión lectora de una ameba y pronto serán incapaces de leer un párrafo sin sufrir un ictus. Abogo por su inteligencia en todos los foros, e invito a profesores y alumnos, cuando acudo a los institutos a dar la paliza, a explorar la complejidad, a escuchar la música poética, a dejarse seducir por los misterios del lenguaje, a gozar de lo que no se comprende al primer vistazo, de la ambigüedad y de lo gris. Lo intento, pero la realidad no me lo pone fácil.

Mi hijo de 13 me anuncia la lectura obligatoria para el último trimestre en clase de lengua: Platero y yo. Albricias, qué bien. Por primera vez no proponen un relato de superación, una fábula de autoayuda o una lectura infantil contemporánea llena de valores. Pero ojo, que no es el Platero y yo de Juan Ramón. Lo que entra en el examen es una versión adaptada. ¿Adaptada a qué?, pregunto. A los niños, dicen. ¡Pero si es un libro infantil! Ya se escribió para niños. Para niños de verdad, no medio señores preadolescentes como mi hijo, que ya dejó atrás las ediciones infantiles.

Hay doctores pedagogos y filólogos cretinos convencidos de que los niños españoles de 2026 son mucho más tontos que los de 1914, año de publicación del cuento de Juan Ramón. Si en 1914 los niños acariciaban a Platero con sus manos desnudas y constataban que el asno se diría todo de algodón y parecía no tener huesos, los de 2026 contemplan al animal desde una distancia de seguridad, y si lo tocan, lo hacen con guantes, no se les vaya a contagiar una enfermedad literaria o sientan algún sentimiento que los perturbe y los lleve de cabeza al psicólogo.Así se agrandan las brechas, así se dinamita la función igualadora y cívica de la escuela. Mi hijo, que tiene varias ediciones de Platero y yo en casa, leerá la prosa original y se beneficiará de su riqueza, pero la mayoría de sus compañeros se conformará con un resumen aséptico, paternalista, profiláctico, desnatado e inane. Renunciar a la complejidad solo perjudica a quienes no pueden pagársela, y la escuela democrática tiene la obligación de ofrecer caminos complejos a todos, no de allanar lo que ya estaba allanado. Dándoles potitos de Platero y yo desarmamos a quienes nacieron con menos armas. No creo que los niños de 2026 sean más tontos que los de 1914, pero acabarán siéndolo a fuerza de tratarlos como a tales.

miércoles, 22 de abril de 2026

"LITERATURA CRUEL PARA TIEMPOS CRUELES". José Ovejero, El País

El escritor estadounidense Cormac McCarthy,
fotografiado en 1992 en El Paso, Texas

En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres

Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.

Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.

Pero es posible que también necesitemos lo contrario, una literatura cruel para tiempos crueles, es decir libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres, que produzcan malestar al quitarnos los asideros a los que nos aferramos en el suelo tambaleante del presente. La réplica obvia a esta propuesta solo en apariencia paradójica sería: el mundo ya duele lo suficiente como para, además, adentrarnos en un arte doloroso; déjame respirar, déjame descansar, déjame, al menos, un espacio donde sentir alivio y el calor del grupo.

Resulta llamativo que, al mismo tiempo que buscamos espacios protegidos para nuestras emociones en distintas formas artísticas, asistamos desde hace años a un proceso en el que lo gore —antes un género de nicho—, se ha extendido en la literatura, el cine y las series, de forma que las vísceras, las violaciones, las torturas y los asesinatos más brutales se han ido convirtiendo en ingredientes habituales de nuestras cenas y sobremesas. Pero se trata en general de una violencia conformista que da al consumidor justo lo que espera: por un lado, un cosquilleo en su sistema nervioso que nunca impulsa a acción alguna y que justifica nuestras respuestas primarias hacia amenazas reales o imaginarias. Por otro, indiferencia frente a las víctimas, convertidas en un elemento más de la diversión.

La crueldad que necesitamos en el arte no es ni la del espectáculo desensibilizador ni la del cortejo sumiso de las certezas que arropan los discursos hegemónicos. Lo que necesitamos es un aparente oxímoron: una crueldad ética, capaz de romper los consensos acomodaticios, narrar a contrapelo no ya del poder, también de la buena conciencia de los lectores y lectoras, desmontar narraciones que apuntalan formas aceptadas de violencia, empujar a ver las sombras que preferiríamos ignorar. Su violencia no fluye necesariamente con la sangre vertida en sus páginas, sino que se agolpa como agresión hacia quien lee. En lugar de darle el espectáculo catártico deseado o la justificación que necesita para sus propias agresiones, frustra una y otra vez sus expectativas.

Hay numerosos ejemplos de “literatura cruel”. Uno muy adecuado ahora que está cobrando fuerza el proyecto de fundar una sociedad en la que se enarbola la libertad como disfraz de la brutalización de las relaciones nacionales e internacionales, es Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, novela salvaje que desmantela la épica fundacional de Estados Unidos, presentando la historia como una sucesión de masacres cometidas por cazadores de cabelleras, y al mismo tiempo derriba las coartadas de todas las formas de épica nacional; los héroes a los que honran las patrias son asesinos, podría ser su inquietante conclusión.

También las novelas de Agota Kristof trabajan con la neutralización de toda forma de empatía e incluso de comprensión: nada hay en el mundo de Claus y Lucas que nos permita cerrar el libro con nuestras convicciones reforzadas. No ayudarnos a aprender, sino a desaprender las falsas verdades que hemos dado por buenas es la tarea de la filosofía según el filósofo Clément Rosset y también podría ser la de la literatura.

Habría sido fácil para Kristof convertir esta trilogía en un alegato contra el maltrato y abuso infantil, o contra el nazismo, o contra el estalinismo, temas que aparecen en la obra. Eso habría permitido al lector dejarse arrastrar por una empatía que lo llevara al puerto seguro de la superioridad moral. Pero Kristof se niega a darnos ese gusto y prefiere empujarnos a la incertidumbre.

Por su lado, Elfriede Jelinek destroza la buena conciencia y las buenas maneras de la sociedad austríaca —¿solo la austríaca?—, cuyo amor a la música y al paisaje se nos presenta como una forma de perversión, como exudado de la rapacidad capitalista. Y aunque quisiéramos solidarizarnos con las mujeres oprimidas y violadas de sus novelas, tampoco ellas son solo víctimas ni practican la sororidad, sino que han aprendido a arrumbar la piedad en un rincón de este mundo despiadado. El feminismo necesario de nuestra época se encuentra en Jelinek con una imagen que nos obliga a huir de cómodas simplificaciones.

Libros como estos no son una exhibición de negro pesimismo: más bien descubrimos en ellos el deseo, imprescindible en estos tiempos siniestros, de derribar las ficciones con las que decoramos nuestras culpas y complicidades inconfesables. Solo mirando de frente la realidad, en particular la que no queremos ver en nosotros mismos y en nuestras relaciones familiares y sociales, podemos dar pasos para cambiarla. Lo que parece nihilismo quizá sea lo contrario: una manifestación de fe en la capacidad transformadora que habita en nosotros.

sábado, 11 de abril de 2026

"SABER MIRAR". Luis García Montero, El País

Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando

Mientras paseaba por la ciudad y por sus rencores, Baudelaire nos enseñó que el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando. Mirarse mirar, pedir explicaciones a nuestras miradas, un buen consejo en tiempo apremiantes que nos invitan a olvidarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando defendemos ideas que pensamos propias. Es la paradoja de la crispación que pasa de la política a la amistad y del amor a las relaciones sociales. El deseo se convierte en batalla violenta cuando deja de hacerse preguntas. Así que parece oportuno seguir defendiendo la poesía como raíz cultural entre personas que necesitan mirar y mirarse. El corazón y las razones pasan por los ojos, y los ojos nos preguntan quién eres tú mientras nos vemos, qué recuerdas y hasta dónde quieres llegar. Pienso en la poesía como vacuna contra la cursilería irresponsable de los dogmas y el utilitarismo inhumano de las multiplicaciones tecnológicas. Resulta que somos personas.

Acabo de oír el timbre de la calle. Dejo sobre la mesa el libro que estoy leyendo, me acerco a la ventana y descorro un poco la cortina para mirar hacia abajo. Junto a los coches que cruzan, los árboles invernales y la iluminación de los escaparates, veo en el portal a un hombre muy parecido a mí que espera nervioso a que le abran la puerta con un libro en las manos. Parece que quiere entrar en mi casa. De pronto sube los ojos hacia arriba, examina las ventanas de la fachada, y soy yo el que ve la silueta del hombre que mira desde lo alto, detrás de una cortina. El libro que lleva en la mano es el mismo que está sobre la mesa: Duermevela (Pie de página, 2026), un libro de poemas de Abelardo Linares. Editor, librero de viejo, bibliófilo, polemista, pero sobre todo poeta. En tiempo confusos, agradezco la poesía como una invitación a mirarnos mientras estamos mirando. No nos olvidemos de nosotros mismos mientras discutimos con el mundo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"VÍVERES". Luis García Montero, El País

La literatura es parte de las provisiones imprescindibles para afrontar un invierno tan duro como este

La sabiduría de almacenar provisiones supone un modo de luchar por la vida. Como los inviernos y sus fríos pueden endurecer la caza diaria, nos conviene un respaldo de vituallas en la cocina. Luis Landero sabe que la literatura es una buena provisión. Cuando uno de nuestros inviernos provocó una nevada arrogante a la que llamamos Filomena, Landero recordó que Boccaccio, en el siglo XIV, había salvado de la peste bubónica a unos jóvenes de Florencia. El Decamerón salió de la despensa literaria para dar pie al Coloquio de invierno (Tusquets, 2026), libro que reúne en un hotel rural a siete personajes dispuestos a sobrevivir. Las historias de sus vidas son tan importantes como los víveres de los hoteleros para darle sentido a la experiencia. Contar, escuchar, conocer, reconocer, nos hace humanos más allá de la animalidad de la caza diaria y de las agitaciones de la naturaleza.

Landero es un maestro en el arte de crear personajes. Sabe que la literatura forma parte de nuestros víveres. El temporal de hoy se llama individualismo, prisa, móviles, desinformación, distancia. Todas las nuevas estrategias de comunicación nos conducen al aislamiento, borran las conversaciones familiares, las citas tranquilas, los encuentros que no sean aluviones de tratos fugaces. Como creador de personajes, Landero sabe que, si queremos reconocernos, además de buscar nuestros ojos en el espejo, necesitamos escuchar a los demás, formar parte del coloquio cervantino de los perros, comprender la vida que ladra o murmura en cada palabra. Contar nuestra vida nos hace dueños de nosotros mismos, sobre todo cuando comprendemos que alguien nos oye, porque nosotros también necesitamos oír a los demás. Historias laborales, amorosas, recuerdos de familia, naufragios y deseos se apoyan en la mesa y pronuncian nuestro nombre. La literatura forma parte imprescindible de nuestros víveres en este invierno duro que quiere congelarnos.

viernes, 23 de enero de 2026

"LA PRIMER PERSONA QUE FIRMÓ UNA OBRA LITERARIA FUE UNA MUJER: ENHEDUANNA. Zaradat Domínguez Galván, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Theconversation.es 4 ENE 2026

Cuando preguntamos quién fue el primer autor literario de la historia, muchos piensan en Homero. La imagen del poeta ciego de la Antigua Grecia suele ocupar el podio de la tradición literaria occidental.

Pero lo cierto es que debemos mirar mucho más atrás, más allá de Grecia, más allá incluso del alfabeto, y dirigir nuestros ojos hacia el origen mismo de la escritura: la antigua Mesopotamia. Allí, hace más de 4 000 años, una mujer firmó su obra con su propio nombre: Enheduanna.

¿Quién fue Enheduanna?

Enheduanna vivió alrededor del año 2 300 a. e. c., en la ciudad de Ur, lo que hoy es el sur de Irak. Su figura destaca por varios motivos: fue suma sacerdotisa del dios lunar Nanna, lo cual le confirió un gran poder político y religioso. Además, fue hija del rey Sargón de Akkad, fundador del primer imperio mesopotámico, y, sobre todo, autora de una obra literaria de profundo contenido teológico, político y poético.

“Enheduanna” no era su identificación personal, sino un título religioso que podría traducirse como “alta sacerdotisa, ornamento del cielo”. Su verdadero nombre sigue siendo un misterio. Lo que no se discute es su impacto: Enheduanna escribió, firmó y dejó constancia de su autoría, lo que la convierte en la primera persona, hombre o mujer, que conocemos por haber hecho esto.

Escritura, poder y espiritualidad

La escritura cuneiforme ya existía desde mediados del cuarto milenio antes de nuestra era. Había surgido como una herramienta administrativa, útil para llevar registros económicos, controlar impuestos o contabilizar ganado. Sin embargo, hacia la época de Enheduanna, había empezado a emplearse también para expresar ideas religiosas, filosóficas y estéticas. Era un arte sagrado, vinculado a la diosa Nisaba, patrona de los escribas, el grano y el conocimiento.

En este contexto, la figura de esta autora es especialmente reveladora. Su obra combina una profunda devoción religiosa con un mensaje político claro. Su poesía se enmarca en una estrategia imperial: legitimar la dominación de Akkad sobre las ciudades sumerias mediante un lenguaje común, una fe compartida y un discurso teológico unificado.

Una obra de alto vuelo

De Enheduanna se conservan varias composiciones, entre las que destacan:

  • Exaltación de Inanna: un largo himno en el que ensalza a la diosa del amor y la guerra, Inanna, pidiéndole ayuda en tiempos de exilio. Se considera su obra más personal y poderosa.
  • Los himnos del templo: un conjunto de 42 himnos dedicados a distintos templos y divinidades de Sumer. Aquí, Enheduanna construye un mapa espiritual del territorio, exaltando la conexión entre religión y poder político.
  • Otros himnos fragmentarios, entre ellos uno dedicado a su dios Nanna.
Estos ejemplos no son simples textos religiosos: están estructurados con gran sofisticación, cargados de simbolismo, emoción y visión política. En ellos, Enheduanna aparece como mediadora entre dioses y humanos; entre su padre, el emperador, y las ciudades conquistadas.

¿Por qué no la conocemos?

Resulta chocante que Enheduanna no figure en los manuales escolares ni en la mayoría de cursos universitarios de literatura. Pocas personas fuera de los estudios de historia antigua o de género han oído hablar de ella.

Es lícito preguntarse si el olvido de Enheduanna responde a una invisibilización sistémica de las mujeres en la historia cultural. Como apunta la historiadora del arte Ana Valtierra Lacalle, durante siglos se ha negado la presencia de mujeres escribas o artistas en la Antigüedad, a pesar de las evidencias arqueológicas que prueban que sabían leer, escribir y administrar recursos.

Enheduanna no fue una anomalía aislada: su existencia demuestra que las mujeres participaron activamente en el desarrollo de la civilización mesopotámica, tanto en la esfera religiosa como intelectual. El hecho de que ella fuera la primera persona en firmar un texto con su nombre debería tener el lugar que merece en la historia de la humanidad.

Enheduanna representa no solo un hito literario, sino también un símbolo poderoso de la capacidad de las mujeres para crear, pensar y liderar desde el origen mismo de la cultura escrita. Su voz resuena desde las tablillas de arcilla con una fuerza que atraviesa los milenios, puesto que con ella la historia comienza no solo con palabras, sino con una voz, con una experiencia subjetiva y con una conciencia autorreflexiva del acto de escribir que no debería pasar desapercibida.

domingo, 9 de noviembre de 2025

"LOLITA FUE VIOLADA: CÓMO SE LEE A NABOKOV 70 AÑOS DESPUÉS". Mar Padilla, El País

El clásico de Vladimir Nabokov narra la historia de un hombre que abusa repetidamente de una niña huérfana de 12 años. Durante años, no todo el mundo lo vio así. La literatura sobre abusos de hoy centra su mirada en las víctimas

Es un caso extraordinario de ficción enmendando a la realidad. En la novela Lolita, que en octubre cumplió 70 años, la perorata del personaje inventado Humbert Humbert (HH) alcanza a convencer a los autores de la Real Academia de la Lengua —personas de carne y hueso— para incluir la definición de lolita como “adolescente seductora y provocativa”.

Pero esa es una definición que hubiera impactado al autor del libro, Vladimir Nabokov. En diversas ocasiones, el escritor ruso-estadounidense intentó aclarar que HH era un pederasta con ínfulas de escritor que intenta disfrazar su atroz delito con un manto de amor fou, y del que Dolores Haze (Lolita) es su víctima muda. Pero ya era tarde. La mirada de HH sobre su objeto de deseo resultó tan persuasiva que por décadas engatusó a millones de lectores con su argumento de que es un hombre perdido en manos de una nínfula.

En su primera lectura de Lolita, la psicoanalista y escritora Lola López Mondéjar “compró” esa interpretación. “Muchas veces leemos bajo el foco del imaginario cultural. En tiempos de extrema libertad sexual, se creyó el cuento de la historia de amor, la versión del propio Humbert”, reflexiona al teléfono. Décadas después, comprendió que la novela narra la historia de un hombre que viola repetidamente a una niña huérfana de 12 años, que “confiesa” a un juez que su comportamiento está motivado por un amor descontrolado. Por eso en 2016 López Mondéjar escribió Cada noche, cada noche (Siruela) —el título hace referencia al párrafo de Lolita que explicita que Dolores “sollozaba cada noche, cada noche”, cuando el abusador se finge dormido—, una novela que da voz a la niña, una chiquilla que, haciendo uso del último resquicio de libertad, le niega su amor al omnipresente narrador, su padrastro-perpetrador, uno de los personajes más escalofriantes de la historia de la literatura.

El secreto y el silencio

“En el imaginario colectivo ella es un ángel lúbrico, pero en la novela de Nabokov Lolita solo tiene 12 años. ¿Por qué el cliché sigue cargando sobre la víctima el peso de la provocación?”, cuestiona Isabel Navarro, escritora y periodista en su taller El síndrome de Lolita. Cómo romper el silencio con la escritura.

Es una pregunta que nos enfrenta a un problema sistémico, que contiene multitudes: una de cada diez mujeres ha sido abusada sexualmente —en diferentes grados y tipologías— por un adulto en su infancia.

En latín, infante significa el que no habla, y el silencio y el secreto es clave en la violencia sexual contra menores. Al vivir una situación así, hablar no es fácil, porque el trauma, explica López Mondéjar, produce disociación, fragmentación, para defenderse de la experiencia dolorosa, y a menudo lleva al mutismo y al olvido.

Pero narrar lo ocurrido es algo parecido a romper una maldición, según Navarro, y ese cambio de perspectiva en el relato del abuso se refleja en libros como La familia grande, de Camille Kouchner; Viaje al este, de Christine Angot; El consentimiento, de Vanessa Springora; La cronología del agua, de Lidia Yuknavitch; Por qué volvías cada verano, Belén López Peiró, o Triste tigre, de Neige Sinno.

Para Navarro, este estallido literario es consecuencia del MeToo, que ha cambiado muchas cosas, porque empuja a compartir historias. Ese “yo también” lleva el problema (de los abusos) de las conversaciones privadas a lo público, y de ahí a la literatura, señala.

En este nuevo paisaje literario, la novela de Nabokov es el cliché desafiado. Por un lado el silencio de Lolita en la novela se rompe, pero sobre todo su lectura cosificadora y culpabilizadora se impugna. La lectura cosificadora y culpabilizadora que ha hecho la sociedad, incluidas instituciones como la RAE, denuncia Navarro.

En el caso de la escritora francesa Neige Sinno, sus años vividos en México y los Encuentros de mujeres que luchan, de Chiapas, le permitieron dimensionar en qué medida su experiencia de la violencia era parte de una vivencia colectiva. Y solo pudo empezar a escribir Triste tigre cuando encontró el tono particular de la voz que cuenta la historia, como explica por correo electrónico: “En realidad, hay dentro de cada persona una multiplicidad de voces y el tono, el registro, el ritmo de un narrador, aunque sea autobiográfico, resultan de una elección, una decisión. Se trata de una composición, de una elaboración consciente”. Esta voz no es la de la niña abusada, es la voz de una mujer que contempla su pasado desde cierta distancia y a través de varios filtros, usando su experiencia de lectora como herramienta para explorar, narrar y pensar.

Pensar el tabú

Leer y escribir sobre el delito sufrido puede proporcionar alivio. Se siente que lo que has vivido no es excepcional, que es importante y ofrece cierto consuelo, sostiene Navarro: “Supone un efecto movilizador, de compañía”.

Pero un libro no puede con todo. Tras publicar Triste tigre, Sinno no se plantea su impacto en términos terapéuticos, sino más bien como un logro artístico y político. Llegar al final de un desafío tan ambicioso, encontrar un equilibrio sutil en medio del caos, es empoderador. “Tengo la sensación de que la libertad formal de mis últimos dos libros es el resultado de una vida de búsqueda, como al final de las películas de samuráis en que los años de entrenamiento y estudio de repente toman sentido al momento de librar el verdadero combate (que nunca es lo que uno se espera, claro, sino algo distinto, algo inesperado y más difícil)”, señala.

Lolita representa el poder de la escritura, un relato de tinieblas —también de algunas risas heladas— que narra uno de los peores crímenes. Es una experiencia intelectual, y también vital. “Las mujeres sabemos muy bien de lo que habla”, reflexiona Silvia Sesé, directora de Anagrama, “de esas miradas, esos acercamientos. También es una novela sobre la educación machista, sobre la hipersexualización, sobre el abuso de poder”.

Pero parece que el tabú en nuestra cultura no es la violencia sexual en sí, sino pensar sobre ella. Los estudios de la antropóloga francesa Dorothée Dussy inciden en la idea de que los abusos sexuales a menores son la máxima forma de dominación, la exacerbación del androcentrismo que aún rige nuestra sociedad. “Es el anhelo de los hombres del poder absoluto, de que no haya cuestionamiento a su deseo, de que no haya alteridad”, según López Mondéjar.

Es una violencia sistémica que no solo afecta a las niñas. En Habla, memoria, narrando algunos episodios de su niñez, Nabokov hace referencia a su tío Ruka, que cuando él era pequeño lo sentaba en su regazo y lo acariciaba en contra de su voluntad. De joven, Nabokov fue consultor de jugadas de ajedrez en los periódicos y con Lolita confirma sus dotes de estratega ajedrecista. Al fin y al cabo, la novela es una trama hecha de tácticas disfrazadas, de movimientos casi imperceptibles y de silencios. Una trama no tan alejada de la tenebrosa maquinación que se da en la patología de las agresiones sexuales a menores.

lunes, 20 de octubre de 2025

"DECLIVE DE LA LITERATURA, AMENAZA PARA LA DEMOCRACIA". ANTONIO Scurati, El País

Enrique Flores

La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo

“Es indudable que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no lo hará. Pero quizá su tarea sea aún mayor: consiste en evitar que el mundo se destruya”.

Así se expresaba Albert Camus al recibir el Premio Nobel de Literatura en un discurso que se ha convertido en emblema de compromiso intelectual. Era 1957, y el gran escritor franco-argelino hablaba en nombre de una generación que nació con la Primera Guerra Mundial, entró en la edad adulta con la Segunda y alcanzó más tarde la madurez “en un mundo amenazado por la destrucción nuclear”. Ninguno de nosotros puede imaginar siquiera lo que debe significar vivir a la sombra de esa inmensa devastación y, sin embargo, creo que sería poco honesto negar que muchos de nosotros, pese a haber vivido el más largo período de paz y prosperidad que ha conocido Europa Occidental, exponentes de una generación tan fatua como trágica fue la de Camus, suscribiríamos hoy, con razón o sin ella, su dramática afirmación.

Respecto a la naturaleza del compromiso con el que la literatura debía contribuir a impedir la destrucción, el autor de El extranjero y La peste no tenía dudas: ponerse al servicio de la verdad y de la libertad, rechazar la mentira y resistir a la opresión. Y aquí Camus nos deja atrás porque, en ese sentido —hay que admitirlo con la misma honestidad—, nosotros, en cambio, albergamos muchas dudas. ¿Qué significa servir a la libertad en una época en la que la política soberanista triunfa por doquier reivindicando precisamente de manera obscena la libertad de suprimir y humillar la libertad ajena? ¿Y cómo podemos servir a la verdad en una era de posverdad, cuando no se trata ya de contrarrestar la falsedad, sino de evitar ahogarnos en una avalancha mediática de emotividad, prejuicios e ideología que niega en su propia raíz los hechos objetivos, la ciencia y el conocimiento como fundamento de las creencias colectivas, sustituye el contacto con la realidad por las burbujas informativas de las redes sociales y multiplica exponencialmente noticias falsas e imágenes falsas del mundo hasta el punto de volver la verdad no solo indetectable, sino incluso irrelevante, o mejor aún, impertinente?

No se trata de preguntas retóricas; no hay una respuesta implícita en ellas. Si acaso, suenan a plegarias sin respuesta. Mientras tanto, a medida que las certezas del siglo XX se van entenebreciendo, el nuevo siglo y milenio hacen cada vez más evidente la conexión entre literatura y democracia. Quizá valga la pena reiterarlo.

Es bien sabido que, durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia. Entre las diversas formas de expresión generativa de soberanía popular, quizá el periodismo y la novela se cuenten entre las que han hecho la mayor contribución a ello. El periodismo, porque la opinión pública occidental —que cuestiona y critica el poder— nació a principios de la era moderna del encuentro entre periódicos y cafés, entendidos como lugares de debate público abierto sobre temas de interés colectivo. La novela, porque hereda el aliento de la épica, por más que reemplace la poesía con la prosa, y las espléndidas y memorables hazañas de los héroes con los sucesos cotidianos y oscuros de la gente humilde y común. La novela —el paraíso de los individuos— prospera, por lo tanto, como una forma literaria eminentemente democrática, que afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada, y por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes.

Menos conocido, en cambio, es el hecho de que, en tan solo veinte años de este nuevo siglo, el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario. Y, sin embargo, es una realidad. La neurociencia ha demostrado desde hace tiempo que la lectura rápida de atención superficial y la lectura orientada —las modalidades que la web requiere y promueve— incapacitan, incluso al nivel de los circuitos neuronales, las habilidades de lectura profunda exigidas y cultivadas por textos complejos, ya se trate de novelas literarias, artículos periodísticos de profundización o ensayos científicos. El declive de la capacidad de lectura profunda se ve acompañado por un verdadero declive de las capacidades intelectuales fundamentales: los niños nativos de entornos saturados de información digitalizada al instante, o los adultos con un resurgido analfabetismo funcional, no solo no comprenden ya lo que leen, sino que pierden asimismo las capacidades cognitivas para analizar y seleccionar información, para reflexionar sobre los niveles de significado, para extraer inferencias, concentrarse, sintetizar y recordar, para ejercer el pensamiento crítico. Ya ni siquiera son capaces de empatizar con personajes y autores de narrativas complejas; es decir, ya no son capaces de identificarse con las vidas ajenas.

En definitiva, masas cada vez mayores de contemporáneos nuestros no solo no son aptos ya para las prácticas de lectura que han favorecido en los últimos cinco siglos el desarrollo de la democracia liberal en Occidente, sino que han perdido incluso las facultades mentales que han moldeado el desarrollo intelectual de la especie humana durante los últimos 5.000 años. Atrapados en cámaras de eco donde los algoritmos de los motores de búsqueda solo les proporcionan fragmentos de información que refuerzan opiniones previas, a merced de miedos paranoicos, de creencias irracionales y de emociones evanescentes que los aíslan de perspectivas alternativas, del conocimiento, de la memoria del pasado, de la esperanza en el futuro y, en última instancia, del mundo, los “analfabetos digitales” vegetan, olvidadizos y crédulos, agresivos e ignorantes, oprimidos y opresores, como idiotas cósmicos.

Y no, no es esta una fantasía de un futuro distópico. Es la realidad de nuestro distópico presente. Los resultados de un reciente estudio realizado por la Universidad de Florida y el University College de Londres sobre hábitos de lectura indican que, en los Estados Unidos, el número de personas que dedican parte de su tiempo, aunque sea mínimo, a la lectura, siempre que lo hagan por libre elección y no por motivos de estudio o trabajo, ha disminuido un 40% en 20 años. ¿Es, entonces, casualidad que Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Trump, represente la punta de lanza del vasto movimiento occidental para demoler la democracia liberal?

Esta sí que es una pregunta retórica. La respuesta está implícita e implica un juicio: no, no es casualidad. No es casualidad porque existe un vínculo, causal e histórico, entre el desarrollo de la literatura (en la acepción más amplia del término) y el desarrollo de la democracia. Y también existe un vínculo entre el declive de ambas. Por primera vez desde hace cinco siglos, la base de la pirámide de lectores no está ampliándose, sino reduciéndose. No puede caber ninguna duda de que la capacidad de leer en profundidad ha acompañado, a lo largo de las edades moderna y contemporánea, el advenimiento de una sociedad abierta y de los sistemas democráticos. No es menos indudable que la pérdida de esa capacidad acompaña y contribuye, hoy en día, a su ocaso.

Por lo demás, hace cien años, el auge del fascismo, en Italia y más tarde en Europa, se vio preparado por una astuta, vigorosa y aciaga operación lingüística de brutal simplificación ideológica de la complejidad de la realidad moderna. Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva. De oraciones cortas —sujeto, verbo, objeto directo— siempre precedidas del pronombre “yo”, lo que introdujo la pretendida identificación total entre líder y pueblo, desprovista de cualquier preocupación por la coherencia ontológica con la realidad o por la coherencia cronológica con lo dicho ayer o lo que se diría mañana. Cada frase, un eslogan; cada eslogan, una gota de odio. Era un lenguaje al servicio de una política del miedo, vehículo para una propaganda tan tosca como efectiva: todos los problemas del mundo reducidos a uno solo, ese problema a un enemigo, ese enemigo a un extranjero, ese extranjero a una amenaza existencial y, por lo tanto, susceptible de ser eliminado. Cien años después, el populismo soberanista se hace eco de ello en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Y así, como glosa ante todo esto, para retomar las palabras de Camus, ¿en qué consiste hoy “la misión del escritor”? Sigue consistiendo en servir a la verdad y a la libertad, en resistir a la opresión y en disipar las mentiras. Sabiendo —con melancólica conciencia— que, al hacerlo, el siglo lo condena a dirigirse a una minoría. Una minoría numerosa, no cabe duda, compuesta por millones de personas, no por miles, pero una minoría, al fin y al cabo. Y, además, una minoría en declive. Sin esperanza de convertirse en mayoría. Al comienzo de la era moderna, y durante un largo período de esta, los lectores eran una minoría de privilegiados. Al final, se han convertido en una minoría de derrelictos, abandonados por las despiadadas corrientes —políticas y tecnológicas— de la nueva era.

¿Sugiero entonces una aristocracia de lectores? En absoluto. Confío y creo, más bien, en una democracia de los lectores. Vislumbro un presente, y un futuro próximo, en el que ciudadanos aún capaces de leer con profundidad —y, por tanto, de analizar, discernir, criticar, pensar, incluso de empatizar con los demás, con esa humanidad ajena a la que todo autor siempre dedica y destina su libro—, por más que en minoría, logren, con la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha, salvaguardar la democracia. ¿Puede y debe la democracia ser salvada por una minoría? No lo sé, pero espero que sí.

Me parece un auspicio coherente con el deber que sentía Camus cuando afirmaba que el escritor, por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia porque está al servicio de quienes la padecen. Ya sean estos los últimos lectores de Occidente o incluso los nuevos analfabetos digitales que se engañan a sí mismos pensando que la dominan.





Antonio Scurati es escritor. Su último libro es el ensayo Fascismo y populismo (Debate). Este texto es su el discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid

Traducción de Carlos Gumpert.

jueves, 2 de octubre de 2025

"LOS LIBROS QUE HEMOS LEÍDO". José Luis Sastre, El País

Leí los clásicos y leo las novedades por curiosidad, por gusto y para sentir que son posibles otros veranos

Leí a Julio Cortázar para aprender a leer, y para aprender a escribir. Para sentir como no había sentido antes que se podía subir y bajar por un relato e ir y volver y disfrutarlo igual que si todas aquellas cosas de la ficción fueran algo físico y real, porque desde luego lo eran. Leí a Leila Guerriero para darme cuenta de que no valía la pena escribir después de eso o que, si lo intentaba, las palabras jamás se me ordenarían de una manera parecida.

Leí los clásicos y leo las novedades por curiosidad, por gusto y para sentir que son posibles otros veranos o que mis veranos se alargan, porque el que lee sabe que siempre es verano y que todo es posible. Leí a Vicent Andrés Estellés y a Joan Fuster para tener conciencia de la identidad y de la importancia de ser de pueblo y de reivindicarlo. Les leo para no olvidarme y, mientras, busco entre novelas y cuentos el sentido de un mundo que se ha vuelto inexplicable.

Leí a Albert Camus porque yo creí que escribía del tiempo que le tocó vivir a él, en la Resistencia y al final de la Segunda Guerra Mundial, en la denuncia de las atrocidades de las dictaduras más allá de su signo. Lo leo aún porque en sus libros hay un sentido del deber y de la justicia, una exigencia moral y, por encima de lo demás, el valor de la condición humana, que está al margen y por encima de las ideologías. Por eso aquellos textos, escritos cuando el mundo estuvo al borde de un colapso sin remedio, me hacen tanta falta todavía: porque aprendí la importancia de la denuncia y a no callar ante lo injusto.

Es de allí, de aquellas crónicas viejas tan modernas, de donde obtengo las herramientas para mirar mejor el mundo y para mirarlo con memoria. Donde aprendí a decir que no porque ese era el requisito de un hombre rebelde: el que aprende a decir que no. Por eso leo, en fin: para que no se apaguen las luces. Para que sea aún posible la fraternidad del verano por mucho que amenacen el frío y la oscuridad.

miércoles, 28 de mayo de 2025

Cynthia Rimsky: «No entiendo por qué pedirle a la literatura que tenga un mensaje». Mariana Toro Nader, Ethic, 4 MAR 2025

«Para alguien que aprecia el arte, la confusión no es alarmante». Hablemos de esa pulsión explicativa que hay muchas veces en las artes, no solo plásticas, sino también en la literatura, ese imperativo de que siempre hay que entender. Pero el protagonista dice que Clara, desde el primer día, le prohibió comprender sus obras…

Ha sido curioso porque todo lo que está en la novela es lo que ha pasado después con su recepción. Me ha impresionado mucho que a la gente le gusta la novela, pero la termina y se preguntan de qué se trata. El problema de los reseñistas es entender de qué se trata. Han empezado a decir que va del arte, del amor. Y la novela va ni del arte ni del amor. Yo trabajo con las formas, que creo que es el trabajo del arte: no qué contar, sino cómo contar. Y justamente lo que me interesaba era meterme en el tema que tú dices, en la tensión que hay de que hoy en día todo necesita tener explicación. Es impresionante: si no le buscas una explicación, no existe la novela. Y eso es lo que ha ido pasando con Clara y confusa, que, como no tiene explicación, se crea una gran confusión… Uno escribe como lee: yo leo totalmente metida en el libro, y cuando termino no me pregunto qué significado tiene el libro, simplemente lo siento, me pongo a pensar, me remueve. Los libros buenos me dejan pensando en la vida, no en el libro, no tratando de buscar cuál es el sentido. En este libro, mi idea formal era aprovechar la estructura clásica de las novelas, una cosa lineal, una historia que contar, pero explotarla por dentro, que nada de eso sirviera para encontrarle un sentido o una interpretación. Lo ideal sería que, en vez de seguir buscando explicaciones, la gente se rindiera a lo que sintió con la novela.

La filósofa Claire Marin dice que le gustaría que su libro tuviera una especie de acordeón con los apuntes sueltos que se le habían ocurrido anárquicamente y a los que luego se les dio un sentido lineal para que hicieran parte del libro. Porque ella afirma que el pensamiento se lleva mal con la linealidad. Y yo pensaba con Clara y confusa, y también con Poste restante, en esa desarticulación de la racionalidad, de que no necesariamente primero va esto y luego esto otro, y no por eso uno se está perdiendo algo…

Claro, claro. Es curioso cómo en la novela se ha anquilosado una forma de comprender lineal y lógica. Sin embargo, en el cine, gracias al montaje, tú aceptas que primero aparezca el ojo y después aparezca un cuchillo y lo demás te lo imaginas. Ahora tengo la sensación de que se quiere domesticar a la literatura. «Tráigala acá a un lugar seguro, la controlamos porque sabemos lo que dice, le decimos a usted lo que usted piensa». Pero, si uno piensa, el lenguaje todavía es un misterio; en el fondo, la literatura es algo indescifrable. Los cabalistas medievales dicen que la interpretación es un trabajo muy largo que va de arriba de lo más superficial a lo más hondo. El problema parte de la escuela, que te enseñan a leer con «identifique protagonista, antagonista, conflicto principal, conflicto secundario, líneas de motivación, personajes, características psicológicas»… Yo aprendí a leer así, es tremendo, y sufrí mucho. Pero el pensamiento no funciona así. Cuando uno está pensando, salta de una cosa a otra, no tiene algo lógico. Entonces, uno podría decir que es una novela hiperrealista [risas], porque en el fondo reproduce los mecanismos de cómo realmente pensamos y no cómo tratamos de domesticar lo que pensamos.

El narrador en un punto dice: «Estoy tan lejos de la fiesta del pastelito como de entender el comportamiento humano». Y sí, al final jamás se va a entender qué es exactamente el amor, ni vamos a tener nunca claro qué siente el otro por nosotros, porque es otro y no te le puedes meter en la cabeza. Y a lo mejor si pudieras tampoco estaría del todo claro…

Y además que tú tampoco estás clara cuando empiezas a entender al otro. Eso también te desfigura a ti. No hay ninguna posibilidad de ese rostro a rostro, solo de contacto. Desde El futuro es un lugar extraño, lo que me interesa es la idea del contacto, de llegar al momento de estar ahí, que tú sientas que él está en la fiesta, crear un mundo en el cual tú puedas vivir, crear un tiempo especial, que era como leía en la infancia… Yo leía básicamente para escaparme de mis padres, de sus ideas, de todo eso que tenían programado para que yo fuera. Pescaba un libro y era la forma de escapar. Vivía lo que vivía la heroína y a partir de ahí me contaba mi propia historia. Volvía a tomar el libro cuando necesitaba insumo para seguir imaginando. Los libros son como ventanas para mí, más que historias cerradas. Son como huecos por donde tú te puedes escapar.

Porque cuando todo es borroso, cuando algo no es nítido, da lugar para la imaginación. Cuando no queda todo a, b, c, d, sino que tienes que meterte y que tu propio pensamiento se vaya de forma anárquica a otros lugares…

Ah, ¿te pasó? Bueno, eso es. [Risas] No entiendo por qué pedirle a la literatura que tenga un mensaje. Creo que esto viene de una manera de leer de la academia norteamericana que es como encasillar. Raúl Ruiz habla de que el problema del cine es que estamos en una manera yanqui de ver los conflictos: siempre hay un personaje que quiere decidir entre el bien y el mal. Y en la literatura también estamos siendo bombardeados con un formateo que no quiere que nada ni nadie se les escape. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 22 de mayo de 2025

"MUJERES EN LA LITERATURA: ¿SER O NO SER (SOLTERA)? Carmen Gómez Galisteo, Profesora ayudante doctora del dto. de Filologías extranjeras y sus lingüísticas, UNED, theconversation.com - 20 mayo 2025

En ‘Mujercitas’, Jo se enfrenta a un dilema cuando
su mejor amigo, Laurie, le pide matrimonio.
El 11 de noviembre, por obra y gracia de una archiconocida plataforma de comercio online china, se ha convertido en el Día del Soltero. Se presenta como una alternativa a San Valentín para caer en una vorágine febril de compras antes de los descuentos del Black Friday y las compras navideñas.

Y es que la cifra de solteros no es baladí. En EE. UU. según datos de 2023, el 29 % de los hogares están compuestos por una sola persona. Más de la mitad de los de la Unión Europea son unipersonales, y en España, en 2024 uno de cada cuatro hogares pertenecía a solteros.

En 2015 Kate Bolick publicó el libro Solterona: la construcción de una vida propia. En él reivindicaba la opción de permanecer sin pareja buscando inspiración en las escritoras Charlotte Perkins Gilman (que se casó dos veces pero denunció las miserias del matrimonio en El papel pintado amarillo), Edna St. Vincent Millay (también casada durante 26 años, aunque ella y su marido tuvieron numerosas relaciones extramatrimoniales) y Edith Wharton (que se divorció tras 28 años de matrimonio).

Recientemente se han viralizado en TikTok vídeos de mujeres muy felices de estar casadas y ser esposas tradicionales. Esta corriente antifeminista parece declarar que la mejor manera de que una mujer se sienta realizada es dedicándose en cuerpo y alma a su marido (no sabemos qué hará él para autorrealizarse, pero no parece que sea atender hasta los más mínimos deseos de su esposa).

Como contrapeso, se han viralizado también defensas de la soltería.

Allá cada cual para elegir el estilo de vida que le haga más feliz. Pero este contexto sirve de excusa para volver la vista atrás, hacia Augusta Jane Evans, una escritora americana del siglo XIX que, aunque defendió la soltería en su novela Macaria (1864), refleja la complejidad del debate. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 18 de abril de 2025

"NECESIDAD DE LA LITERATURA". Emiliio Lledó, El País 21 DIC 2002

Emiliio Lledó

Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos. Ambas actitudes son, sin embargo, formas de libertad. Y la libertad no admite conformismo alguno. Vivir, para los humanos, sobre todo en nuestros tiempos, ha sido siempre una sucesión de conformidades, de aceptaciones y sumisiones. Aceptamos el lenguaje; aceptamos, con él, sentidos, referencias y todo ese monótono universo de ecos que los medios de transmisión de imágenes, sonidos y letras codifican y propagan. Esta abundancia de comunicaciones ofrece, sin duda, una extraordinaria posibilidad de enriquecimiento, de amplitud y libertad; pero también, por los intereses políticos que las dominan y orientan, pueden hacer que la inteligencia resbale por significaciones y perspectivas, para embotarse y enajenarse. Porque los cauces por los que confluyen las imágenes y las palabras nos conforman a sus semejanzas -a las determinadas semejanzas que nos agobian- y nos hacen conformistas. Ser conformista supongo que debe querer decir algo así como conformarse con lo que hay e, incluso, aceptar que "no hay quien dé más". Pero conformarse añade también otro matiz. Conformarse es perder, en parte, la forma propia, para sumirse, liquidarse, en la ajena. Y esa pérdida de la propia forma, si es que la tenemos, si es que, como decía el filósofo, "hemos llegado a construir nuestra propia estatua", es pérdida de ser, pérdida de la sustancia que nos pertenece o nos debiera pertenecer, para derramarla hacia cauces ajenos.

A veces esta pérdida de sustancia tiene origen en la opacidad de cada consciencia individual, donde sólo el lenguaje interior con el que acompañamos a cada uno de los instantes de la vida presta la suficiente luz para reconocernos y explicarnos. Pero este lenguaje que nos constituye y nos conforma, en una época tan abundante de monótonos mensajes y tan retumbante de comunicaciones, puede, efectivamente, conformarnos con desvirtuadas virtualidades que colaboran al creciente oscurecimiento de la consciencia. Y esa falta de luz es, al mismo tiempo, falta de libertad. Tal vez, por las resonancias marxistas -hoy tan olvidadas-, apenas utilizamos el concepto de "alineación" (entfremdung) para expresar un constante fenómeno de la cultura contemporánea.

Esa excesiva información que los medios de comunicación nos ofrecen, a través de sus distintos lenguajes, colabora, muchas veces, a encastillarnos en un reducto donde emergen nuestros miedos, nuestras alimentadas obsesiones; donde aparecen también los "imaginarios" con los que esos medios elaboran la sustancia de la realidad en los derroteros de intereses económicos: intereses de poder. Nunca ha sido más arrolladora la maquinaria para crear alienación, para aniquilar. Alienación quiso decir, en toda la historia del idealismo alemán, desde Guillermo de Humboldt, la disolución del vigor intelectual y sentimental de la cultura en un conglomerado de tensiones, obsesiones, ideas y realidades insustanciales que nos vacían y cosifican.

Nos convertimos así en pequeños bloques ideológicos o, mejor dicho, en insignificantes maquinarias a las que incorporamos, como si realmente fuesen estímulos mentales, una serie de estereotipos virtuales sin idealidad y libertad. Lenguajes falsos, pues, que nos llenan con la terrible lógica de la falsedad. Porque esa lógica se hace de los retazos que sostienen pasiones egoístas, soluciones incompletas a los problemas de la vida y de la sociedad. Una lógica de la incoherencia que, sin embargo, cohesionamos con los quebrados fragmentos de la "publicidad" política e ideológica que nos sirven, efectivamente, para la total enajenación. Todo esto nos conduce a un hecho fundamental de la sociedad de nuestros días. Los individuos que componen esa sociedad no pueden ser personas, seres autónomos y reales, si no tienen posibilidad de desarrollar su propio pensamiento por muy modesto que sea. Un pensamiento que sólo se nutre de libertad. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 16 de marzo de 2025

"LOS SUEÑOS SIEMPRE HAN FORMADO PARTE DE LA LITERATURA". José Daniel Martínez (Universidad de Murcia) en The Conversation ES

Una de las páginas del manuscrito de Alicia
en el país de las maravillas
 de Lewis Carroll en 1864

 “Creí escuchar una voz que me decía: Macbeth, tú no puedes dormir, porque has asesinado al sueño. Perder el sueño, que desteje la intrincada trama del dolor, el sueño, descanso de toda fatiga: el alimento más dulce que se sirve a la mesa de la vida”.

Es curioso citar al personaje de la tragedia de Shakespeare, que ha perdido la capacidad de soñar, justo cuando vamos a hablar de quienes sí sueñan en los libros. Pero precisamente esa incapacidad lo define: deja claro quién es, qué ha hecho y por qué tiene que pagar.

Macbeth no puede probar “el alimento más dulce que se sirve a la mesa de la vida”, pero muchos otros personajes lo han hecho.

La literatura onírica, es decir, aquella que apela a los sueños para desarrollar parte de su trama, nos ha acompañado desde siempre. De hecho, los eventos asociados con el sueño literario han sido el foco de mi estudio. A lo largo de la historia, los sueños han servido como premoniciones, justificaciones e incluso como espacios de exploración de la realidad y la imaginación.

Premoniciones en la literatura onírica

Desde tiempos antiguos, la interpretación de los sueños se considera un proceso divino, otorgando a la experiencia onírica un carácter sagrado y profético.

Tanto en los relatos épicos como en las escrituras sagradas, los sueños han sido representados como mensajes de los dioses para advertir o guiar a los mortales. Este aura premonitoria ha marcado profundamente la literatura.

Uno de los ejemplos más antiguos de este fenómeno aparece en la épica de Homero, La Odisea. Penélope, esposa de Ulises, espera el regreso de su marido mientras es pretendida por numerosos hombres. Y de repente un sueño premonitorio le anticipa su vuelta. Lo interesante es que esta experiencia no le sucede necesariamente cuando está dormida, sino despierta. Así, con ese conocimiento, Penélope se convierte en un símbolo de paciencia, astucia e inteligencia, en la viva imagen de la representación de la espera para reunirse con su amado.

En contraste, los sueños se presentan en la Biblia como visiones divinas enviadas durante el sueño real. Un ejemplo claro es la historia de Daniel y Nabucodonosor. El rey babilónico es incapaz de interpretar sus propias visiones. Así que Daniel actúa como el oráculo que descifra sus sueños, vislumbrando el futuro del reino y salvándose de la condena al demostrar su utilidad.

Este patrón se repite en diversas tradiciones literarias: los sueños como presagios de eventos que están por ocurrir, ya sea en la vida de los personajes o en el destino de naciones enteras.

El sueño como herramienta de absolución

Además de ser una fuente de premoniciones, la literatura onírica ha sido utilizada como un recurso para exculpar personajes e incluso a los propios autores. A través del sueño, es posible presentar eventos que de otra manera serían inadmisibles en un contexto social o moral.

Dante Alighieri, en La Divina Comedia, utiliza este recurso para sortear la censura. Su descenso al Infierno es presentado como una experiencia onírica, permitiéndole abordar temas sensibles sin temor a represalias. Gracias a este artificio, Dante puede detallar castigos atroces, criticar a figuras religiosas e incluir a personajes históricos en su relato sin que sus palabras sean interpretadas como una afrenta directa.

Esta estrategia narrativa no solo funciona como una vía de protección para el autor, sino que también refleja una perspectiva teológica. La doctrina católica exculpa los pecados ocurridos durante el sueño, pues se considera que el ser humano no tiene control sobre lo que sueña. En este sentido, el mundo onírico se convierte en un espacio sin consecuencias morales, un territorio donde los personajes pueden actuar sin ser juzgados.

Dante, al relatar su viaje en sueños al Infierno, no solo explora su desviación del camino recto, sino que también emplea el sueño como un escudo narrativo. Gracias a esta perspectiva, el lector puede sumergirse en su visión sin cuestionar demasiado la veracidad de los eventos.

La frontera difusa entre sueño y alucinación

Dentro del vasto campo de la literatura onírica, hay casos donde los sueños se entrelazan con la alucinación, generando narrativas más complejas y desafiantes. Ejemplos emblemáticos de esta fusión son Peter Pan y Alicia en el país de las maravillas.

En Peter Pan, J.M. Barrie transporta a sus lectores a la mágica Tierra de Nunca Jamás, donde los niños nunca crecen. La historia juega constantemente con la percepción de la realidad: ¿es la aventura de Wendy y sus hermanos un sueño o una experiencia real? Al final, la duda persiste, reforzando la idea de que la imaginación infantil y el sueño son casi indistinguibles.

Por otro lado, Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, sumerge al lector en un universo caótico donde la lógica convencional se quiebra. Todo el relato se presenta como una ensoñación de Alicia, pero las reglas del mundo onírico se mezclan con las de la alucinación, creando una experiencia literaria única. La obra desafía al lector a cuestionar qué es real y qué es producto de la mente de la protagonista.

Ambas historias exploran la naturaleza efímera del sueño y su capacidad para desdibujar los límites entre lo tangible y lo imaginario. Más que simples relatos de fantasía, estas obras son reflexiones sobre la mente humana, la percepción de la realidad y la influencia del subconsciente en nuestra experiencia.

A lo largo de la historia, la literatura onírica ha servido como un reflejo de la humanidad, explorando sus miedos, creencias y deseos más profundos. Desde los sueños premonitorios de la antigüedad hasta los relatos que desafían la realidad, el sueño ha sido un recurso narrativo esencial.

A medida que la literatura evoluciona, el papel del sueño continúa expandiéndose, reafirmando su importancia como una herramienta capaz de dar forma a nuestras historias y a nuestra comprensión del mundo.

jueves, 2 de enero de 2025

"LA AVENTURA DE UN LECTOR". Un cuento de Italo Calvino

En el cabo la carretera del litoral pasaba por la parte más alta; abajo, en el fondo del acantilado y todo alrededor, el mar se extendía hasta el horizonte alto y esfumado. También el sol estaba en todas partes, como si el cielo y el mar fueran dos lentes de aumento. Allá abajo, contra la melladura irregular de los escollos del cabo, el agua batía tranquila, sin espuma. Amedeo Oliva bajó por una rampa de peldaños empinados con la bicicleta al hombro y la dejó en un lugar a la sombra, después de poner la cadena antirrobo. Siguió bajando la escalerilla entre desmoronamientos de tierra amarilla y seca y agaves suspendidos en el vacío, e iba buscando con la mirada el pliegue rocoso más cómodo para tenderse. Llevaba bajo el brazo una toalla enrollada y en medio de la toalla, el bañador y un libro.

El cabo era un lugar solitario: unos pocos grupos de bañistas se zambullían o tomaban el sol escondidos unos de otros por las anfractuosidades del terreno. Entre dos rocas que lo ocultaban a la vista, Amedeo se desvistió, se puso el bañador y empezó a saltar de una cresta a otra de los escollos. Atravesó así, brincando con sus piernas flacas, la mitad de la escollera, por momentos volando casi sobre las narices de parejas de bañistas semiocultas, tendidas sobre toallas de baño. Después de un bloque de arenisca, de superficie porosa e irregular, empezaban los escollos lisos, de contornos redondeados; Amedeo se quitó las sandalias y llevándolas en la mano siguió corriendo descalzo, con la seguridad del que sabe calcular a ojo las distancias entre roca y roca y tiene unos pies cuyas plantas no le temen a nada. Llegó a un lugar donde la pared rocosa caía a pico sobre el mar: la pared estaba atravesada a media altura por una especie de escalón. Allí Amedeo se detuvo. Sobre un saliente plano acomodó su ropa bien doblada, y encima puso las sandalias con la suela hacia arriba, para que una ráfaga de viento no se lo llevara todo (en realidad apenas soplaba una ligerísima brisa del mar, pero ese gesto de precaución debía de ser habitual en él). Llevaba consigo una bolsita que era un cojín de goma; sopló hasta inflarlo, lo apoyó en un punto, y desde allí hacia abajo, en un tramo del borde rocoso en ligero descenso, tendió la toalla. Se dejó caer boca arriba y ya abría con las manos el libro en la página señalada. Así pasó largo rato tendido en la roca, bajo el sol que reververaba por todas partes, la piel seca (tenía el bronceado opaco, irregular, de quien toma el sol sin método pero es resistente a las quemaduras), apoyó en el cojín de goma la cabeza cubierta con una gorra de tela blanca, mojada (sí: había bajado hasta un escollo al nivel del agua para empaparla), inmóvil, solo los ojos (invisibles detrás de las gafas oscuras) seguían por las líneas blancas y negras el caballo de Fabrizio del Dongo. A sus pies se abría una pequeña cala de agua verdeazul, transparente casi hasta el fondo. Los escollos, según la exposición, eran de un blanco calcinado o estaban cubiertos de algas. En el fondo había una playita de guijarros. Cada tanto Amedeo alzaba los ojos hacia el espectáculo circundante, los posaba en un centelleo de la superficie y en la marcha oblicua de un cangrejo; después volvía absorto a la página donde Raskolnikof contaba los peldaños que lo separaban de la puerta de la vieja o Lucien de Rubempré, antes de meter la cabeza en el nudo corredizo, contemplaba las torres y los techos de la Conciergerie.

Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas. Novelas del siglo XIX, ante todo, pero también memorias y biógrafías y así sucesivamente hasta llegar a las novelas policíacas y a la ciencia ficción, que no desdeñaba pero que le daban menos satisfacción aunque solo fuera porque eran libritos breves: a Amedeo le gustaban los volúmenes gruesos y sentía al abordarlos el placer físico que da hacer frente a un gran esfuerzo. Sopesarlos en la mano, apretados, espesos, sólidos, observar con un poco de aprensión el número de páginas, la vastedad de los capítulos; después entrar en ellos: un poco reticente al principio, sin ganas de hacer el primer esfuerzo de recordar los nombres, de seguir el hilo de la historia; después confiar en ellos, deslizándose por los renglones, atravesando el enrejado de la página uniforme, y más allá de los caracteres de plomo aparecía entonces la llama y el fuego de la batalla y la bala que silbando en el cielo caía a los pies del príncipe Adrei, ahora es la tienda atestada de estampas, de estatuas y Frédéric Moreau palpitante hacía su aparición en casa de los Arnoux. Más allá de la superficie de la página se entraba en un mundo en el que la vida, antes era más vida que la de aquí, de este lado: como la superficie del mar que nos separa del mundo azul y verde, grietas hasta perderse de vista, extensiones de fina arena ondulada, seres mitad animales mitad plantas. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 13 de junio de 2024

"REIVINDICACIÓN DE LA MUJER DESEANTE: CÓMO LAS ESCRITORAS ESTÁN CAMBIANDO LA MIRADA SOBRE EL SEXO". María Ovelar. El País 26 MAY 2024

Juarez Casanova
El bum de la literatura sobre el deseo da forma a una revolución en marcha

No solo estamos rediseñando nuestro pacto social entre mujeres y hombres en lo público y lo doméstico. Con la ficción, las autoras lo cuestionan, y espolean el cambio. Quizá una de las temáticas donde más se evidencia esta subversión del orden es en la literatura sobre el deseo. Debuts como Lo que hay, de Sara Torres, o La seducción, su esperada segunda novela (lanzada el 4 de abril); óperas primas como Tener la carne, de Carla Nyman, donde lo sexual roza lo escatológico; premios como el de Tusquets a Mira a esa chica (Cristina Pérez Araujo) sobre el consentimiento; el I Premio Lumen de novela a Leticia Martín por Vladimir, una Lolita al revés; Tres maneras de decir adiós, de Clara Obligado… Son decenas las autoras que reflexionan sobre el placer. En el sexo pesan siglos de roles y prejuicios, lógico que sea también en este terreno donde las mujeres luchen por redefinirse y desmontar el canon. El placer permite indagar en la identidad.

Novelas, relatos, poemas y ensayos contemporáneos invitan a repensar el gozo a través de la forma y el fondo: un ritmo que imita el orgasmo femenino, verbos y sujetos que convierten a la mujer en agente, neologismos líricos que se esfuerzan por capturar el goce femenino, una subversión de los roles… “En el momento en que es ella la que desea —y no solo la deseada— y la que escribe —y no solo la descrita—, es normal que las escenas de sexo se vean modificadas. La mujer solía estar a expensas de lo que quisiera el varón; su deseo había sido condenado. Transmitir deseo sexual explícito a una mujer era una ofensa; ahora, es halagador. No hemos cambiado solo nosotras, ha cambiado todo”, opina Marta Jiménez Serrano (1990, Madrid), cuyo último libro, No todo el mundo (Sexto Piso), ofrece un caleidoscopio en 14 relatos de voces que gozan y sufren en el amor.

La periodista Lisa Taddeo ya lo dejó claro en el libro de no ficción Tres mujeres (Principal de los Libros), donde consignaba los testimonios reales de tres estadounidenses en torno al deseo: que las mujeres conecten con su erótica, que se pregunten qué quieren en el sexo y lo materialicen es sinónimo de autoestima. Marina Esborraz demuestra en el ensayo El deseo en femenino (Letras del Sur), donde analiza el goce de las mujeres a través de personajes de ficción, que a los movimientos feministas han correspondido protagonistas con actitudes más liberadas en el sexo. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 12 de mayo de 2024

""QUIÉN VIVIRÁ DENTRO DE LOS LIBROS?" Un artículo de Leonardo Padura, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015 (El País 14 ABR 2024)

MARTÍN ELFMAN
José Saramago creía que los escritores vivían dentro de sus libros. El premio Nobel portugués pensaba que, al tomar un libro en nuestras manos, debíamos pasar el dedo por el lomo con un gesto cómplice y luego abrirlo con cuidado, pues entre esas páginas impresas vivía el creador, con toda su sensibilidad, su inteligencia, acompañado por cada uno de los grandes y sutiles ingredientes que hacen que ese objeto, muchas veces maravilloso, esa obra concebida por su morador, sea única e irrepetible. Jugando con una concepción animista, Saramago aseguraba que en los estantes de su biblioteca vivía gente.

Un siglo y medio antes, Gustave Flaubert había sido atacado por los críticos de su momento pues había escogido como heroína de su novela Madame Bovary a una mujer adúltera. En su defensa, Flaubert argumentó que, a través de sus personajes, él “solo quería llegar al alma de las cosas”.

Más recientemente, Eugenio Fuentes, reflexionando sobre novelas, nos ha recordado que este “prodigioso género literario (…) desde el siglo XIX nos ha dicho de todas las formas posibles, en todos los lugares, de qué materia estamos hechos y ha mostrado, mejor que ningún otro (discurso), la infinita variedad de motivos, pasiones, grandezas, debilidades, humillaciones, ofensas, amores, odios de un millón de personajes, las pasiones que todo el mundo conoce y ha sentido”.

Como simple y común lector siempre sufro una sensación agobiante, que me agrede sin piedad, cuando entro en una biblioteca o en una librería bien surtida. Y es la incontestable certeza de que el tiempo de la vida no me alcanzará para conocer a tantas de las gentes que viven dentro de esos libros y merecerían que los conociera, y poder asomarme al vislumbre del alma de tantas cosas, a las pasiones de ese millón de personajes.

Y es que la experiencia de la lectura —y eso lo sabemos todos— es única e irrepetible no solo como placer estético o medio de aprendizaje, no solo como forma de apropiación de historias, personajes, de adquirir información de todo tipo, sino como medio para, conociendo a otros, conocernos mejor a nosotros mismos. Para vivir otras vidas.

Los escritores que habitan dentro de los libros dejan en esas páginas encuadernadas unas formas de ver la vida, de interpretar la realidad, que suelen ser el fruto de una necesidad expresiva y, también, de un deseo de comunicarnos una peculiar visión de un mundo. Y, si de literatura artística se trata, debe resultar un empeño por atrapar la densidad inconmensurable de los entresijos de la condición humana y, por añadidura, con la intención de manifestarlo con belleza. Tal vez por eso fue que Hemingway solía repetir que escribir (literatura), y hacerlo bien, nunca ha sido fácil. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 21 de abril de 2024

"LOS PAÍSES IMAGINADOS. La realidad está enferma y necesitamos el elixir de la literatura". Un artículo de Gustavo Martín Garzo (El País, 17 ENE 2013)

La atención a lo real, dice Hannah Arendt, es una forma de virtud. Pero ¿qué es lo real, a qué nos obliga esa atención? ¿Tiene sentido en los tiempos que corren contar, por ejemplo, un cuento de fantasmas, hablar de anillos que dan la invisibilidad, de miembros que siguen viviendo separados de sus cuerpos, de amantes que, como en la bella película Sueño de amor eterno,se encuentran en sus sueños? ¿De qué nos sirve escuchar historias así? Aún más, ¿prestarles atención no es una forma de evitar nuestro compromiso con una realidad que no deja de reclamarnos? El mundo se ha vuelto tan doloroso y sus problemas tan acuciantes que nos parece que esas historias, por muy bellas que puedan parecer, poco o nada tienen que decirnos.

Tenemos hambre de realidad porque todo se ha vuelto extraño e irreal. Por eso pedimos a los libros que nos hablen del mundo en que vivimos y nos ayuden a entenderlo. Sin embargo, más allá de los problemas concretos que nos acosan, y que tienen que ver con las injusticias y los abusos que se comenten cada día, los hombres y mujeres actuales siguen asistiendo al nacimiento de los niños, se pierden en los laberintos del amor, visitan en sueños lugares incompresibles, conversan en secreto con los muertos, se sienten interrogados por la mirada de los animales. ¿Por qué los libros no deberían hablar de todo esto? "Sabes tanto de mí y no me comprendes, escribe Antonio Porchia. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada".

El hombre vive en la materia y necesita la ciencia para comprenderla y la técnica para transformarla; pero vive también entre representaciones y para comprenderse a sí mismo y a los demás necesita historias que le pongan en contacto con lo más oculto y postergado de sí mismo. Todo es doble en nuestro corazón. Vivimos entre la razón y la locura, entre el principio del placer y el principio de realidad, entre el mundo del doctor Jekyll y el de mister Hyde, que no tiene por qué ser necesariamente un malvado. Mister Hyde representa lo excéntrico, lo que no cabe en el mundo real. La literatura debe hablarnos del doctor Jekyll y del mundo que le rodea, pero sería incompleta si no lo hiciera a la vez de mister Hyde, de su deambular en la noche, de sus extravagancias y, por qué no, de sus ocultas delicadezas. De esos otros que también somos y de los asuntos peligrosos en que tantas veces andamos metidos. CONTINUAR LEYENDO