domingo, 11 de enero de 2026

"EL BESO". Un cuento de Ángela Carter

Los inviernos del Asia central son sombríos y de un frío penetrante, los veranos sudorosos y malolientes traen mosquitos, cólera y disentería, pero en abril el aire acaricia como el roce de la piel de los muslos y el aroma de todos los árboles floridos impregna el vaho sofocante de las letrinas de la ciudad.

Cada ciudad tiene su propia lógica. Imaginen una ciudad de líneas rectas, geométricas, trazadas con las tizas de colores de un niño, en ocre, en blanco, en terracota pálido. Las galerías bajas y claras de las casas parecen surgir de la tierra blancuzca, rosada, como si hubieran nacido de ella en lugar de haber sido construidas. Todo está cubierto por una capa delgada y arenosa de polvo, parecida al polvillo que dejan las tizas en los dedos.

En contraste con esa palidez descolorida, las superficies iridiscentes de los azulejos de cerámica que cubren los antiguos mausoleos son un embeleso para la vista. Al mirarlo, el azul palpitante del Islam se convierte en verde. Bajo una cúpula bulbosa en la que alternan el lapislázuli y el verde hoja, en una tumba de jade yacen los restos de Tamerlán, el flagelo de Asia. Visitamos una ciudad realmente fabulosa. Estamos en Samarkanda.

La revolución les prometió vestidos de seda a las campesinas de Uzbekistán y al menos ésa fue una promesa que no dejó de cumplir. Las mujeres lucen túnicas de raso liviano, rosa y amarillo, rojo y blanco, negro y blanco, rojo, verde y blanco, con franjas difusas de colores que encandilan como una ilusión óptica, y se adornan con joyas de vidrio rojo.

Da la impresión de que siempre anduvieran con el entrecejo fruncido porque se pintan una gruesa línea negra que cruza las dos cejas sin dejar un espacio en el medio. Se delinean los párpados con kohl. Su aspecto es impresionante. Dividen sus largos cabellos en dos o tres decenas de trenzas arremolinadas. Las jóvenes usan pequeños bonetes de terciopelo bordados con hilos de metal y abalorios. Las mujeres mayores se cubren la cabeza con un par de pañuelos de lana con dibujos de flores, uno ceñido sobre la frente, otro que cae suelto hasta los hombros. Nadie ha usado velo durante sesenta años.

Las mujeres caminan con tanta resolución como si no vivieran en una ciudad imaginaria. No saben que tanto ellas como los hombres cubiertos con turbantes, chaquetas de cuero de oveja y botas son criaturas tan extraordinarias para los extranjeros como un unicornio. Con todo su exotismo deslumbrante e inocente, viven en abierta contradicción con la historia. No saben lo que yo sé acerca de ellas. No saben que esta ciudad no es todo lo que hay en el mundo. Lo único que conocen del mundo es esta ciudad, bella como una ilusión, en la que crecen lirios en las acequias. En el salón de té, un loro verde picotea los barrotes de su jaula de mimbre. CONTINUAR LEYENDO

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