jueves, 2 de abril de 2026

"CUANDO EL ODIO SE DISFRAZA DE BROMA". Nacho Meneses, El País

Docentes, psicólogos y activistas exploran cómo abordar en las aulas los discursos de odio, desde memes y vídeos virales hasta rap, grafitis o teatro. La idea de fondo es clara: menos sermones y más preguntas

El silencio no dura mucho. Al principio hay risas incómodas, miradas cruzadas y algún comentario en voz baja que intenta rebajar la tensión. En el escenario, Pamela Palenciano cuenta su historia sin adornos —violencia, control, miedo— mientras en las primeras filas algunos chicos se remueven en el asiento y otros directamente se ríen, como si así pudieran mantener la distancia.

“Hay chicos que llegan muy a la defensiva, incluso con rechazo, como diciendo ‘a ver qué nos va a contar esta’… pero luego, cuando termina, se acercan, te piden perdón o te dicen que no lo habían visto así. Ahí es cuando ves que algo se ha movido”, cuenta Palenciano, activista y creadora del monólogo No solo duelen los golpes, que lleva más de dos décadas recorriendo institutos y auditorios de toda España.

Ese “algo” que se mueve no es fácil de definir, pero sí de reconocer: es el momento en que un discurso aprendido —una broma, un comentario, una idea repetida sin pensar— deja de funcionar en automático y empieza a incomodar. Lo interesante es que ese gesto, aparentemente mínimo, conecta con una preocupación mucho más amplia que atraviesa hoy a la sociedad y que distintas instituciones llevan tiempo señalando. Organismos como la UNESCO o el Consejo de Europa han alertado en los últimos años del aumento de los discursos de odio, especialmente en entornos digitales, y de la necesidad de abordarlos de forma explícita desde la educación. No solo como un problema de convivencia, sino como una cuestión democrática.

“Lo que vemos en las aulas no es un fenómeno aislado ni exclusivo de los jóvenes. Tiene mucho que ver con lo que está pasando fuera”, resume Stribor Kuric, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y antiguo investigador del Centro Reina Sofía de FAD Juventud. En ese “fuera” conviven la polarización política, la circulación constante de contenidos en redes sociales (donde estos discursos no solo se difunden, sino que encuentran espacios de refuerzo y validación) y una progresiva legitimación de mensajes que hace unos años quedaban relegados a los márgenes.

Los adolescentes, señalan los expertos, no solo están expuestos a ese entorno, sino que aprenden a moverse en él con naturalidad, adaptando sus códigos y reproduciendo —a veces sin cuestionarlos— los lenguajes que encuentran. Ese entorno digital no solo condiciona lo que se dice, sino también cómo se dice.

Cuando el odio se disfraza de broma

Los discursos de odio entre adolescentes rara vez se presentan como tales. No llegan en forma de consignas explícitas ni de mensajes abiertamente agresivos, sino envueltos en códigos que circulan con facilidad: memes, vídeos, chistes que se repiten sin pensarse demasiado y que, precisamente por eso, pasan desapercibidas. En ese terreno ambiguo —entre lo que hace gracia y lo que incomoda— es donde muchas veces se normalizan.

“Los memes son un caballo de Troya”, afirma Noemí Laforgue, investigadora del Grupo INTER de la UNED, que ha trabajado este tema junto a Alberto Izquierdo con alumnado de secundaria. En su experiencia, el humor no actúa como un elemento neutral, sino como una vía de entrada que permite que determinados estereotipos y formas de violencia simbólica se instalen sin generar rechazo inmediato.

“Todo se justifica con el ‘es broma’, el ‘no es para tanto’... Y ahí es donde se va normalizando”, apunta Palenciano, que lleva años observando ese mismo mecanismo en sus encuentros con adolescentes. La risa, en ese contexto, no es un elemento neutro, sino una forma de marcar el límite entre lo que se considera inaceptable y lo que puede decirse sin consecuencias aparentes. Y ese límite, como muestran distintas investigaciones y experiencias educativas, no se construye tanto desde la intención individual como desde el trabajo colectivo.

“El odio muchas veces no nace del odio, sino del miedo. Miedo a no encajar, a no ser aceptado o a quedarse fuera del grupo”, explica Javier Urra, psicólogo y primer defensor del menor en la Comunidad de Madrid. “Y la presión del grupo es brutal: cuesta mucho llevar la contraria, y es más fácil repetir lo que dicen los demás que quedarse fuera”. En la adolescencia, esa necesidad de pertenencia pesa lo suficiente como para que reír un chiste, compartir un meme o repetir una idea no implique necesariamente una adhesión consciente, sino más bien una forma de no desentonar. “Si tú entras en un aula diciendo ‘esto está mal’, probablemente no consigas que cambien de opinión. Lo que necesitas es que se pregunten por qué piensan así”, añade Urra. CONTINUAR LEYENDO

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