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sábado, 12 de septiembre de 2026

"NANA DEL ODIO". Un poema de Francisca Aguirre

Hay pocos desperdicios tan oscuros como el odio,
y también hay pocos desperdicios tan inservibles como el odio.
Es uno de esos apestados a los que no se sabe por donde coger.
Mira que le he dado vueltas a esa piltrafa,
con él no hay forma, no hay manera de echarle mano.
Y lo de dormir, eso ni pensarlo.
Es como un mal bicho:
Cuando él se nos acerca ya no hay quien pare.
Y tiene una capacidad, un empuje…
es un desperdicio que mantiene la eterna juventud,
una desapacible juventud que se nutre de la destrucción.
Verdaderamente, toparse con el odio,
mirar de frente a esa alimaña,
me descompone el cuerpo, es decir: el alma.
Pero la música nunca pierde de vista su destino:
hay que encontrar la forma de que el odio se duerma,
hay que encontrar las notas de la nana que logre apaciguar a ese caníbal.
La constancia le puede, el dulce ritmo de la música lo apaga, lo enmudece, lo reduce 
a silencio.
No sé cómo explicar lo amargo que es cantarle a un amasijo descompuesto,
pero sé bien que sólo la piedad del canto puede lograr que semejante fiera duerma.
En fin, no hay que hacerse tampoco alegres ilusiones,
con semejante bicho nada está seguro.
Por mucho que le cantes,
aunque dejes tu vida en el empeño,
la experiencia aconseja ser prudentes, permanecer alerta y bien despiertos.
 
Y confiar en que la música de la piedad sea contagiosa.

viernes, 21 de agosto de 2026

"ODIO". Un poema de José Emilio Pacheco.

Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra.

No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todo 
excepto contra el odio. En los edificios, vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no 
pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.

El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos 
artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.

O-d-i-o. La d son las fauces que devoran el planeta. La i, la espada y la flecha que los aniquilan. 
La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro
cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.

miércoles, 27 de mayo de 2026

"EL ODIO". Un poema de Wislawa Szymborska

Ved cuan activo está
y qué bien se conserva
el odio en nuestro siglo.
Con qué ligereza salva obstáculos,
y qué fácil le resulta saltar sobre su presa.
No es como los otros sentimientos.
Más viejo y, a la vez, más joven.
Por sí mismo genera la causa
de su despertar a la vida.
Duerme a veces, pero jamás con un sueño eterno.
Y el insomnio no le resta fuerzas, se las da.
Buenas son las religiones,
con tal de estar en la línea de salida.
Buenas son las patrias,
con tal de lanzarse a la carrera.
Al principio, incluso la justicia funciona.
Después correrá solo.
El odio. El odio.
La faz se le retuerce en una mueca
de amoroso éxtasis.
¡Qué anemia y apatía
la de los otros sentimientos!
¿Desde cuándo la fraternidad
arrastra multitudes?
¿Ha llegado alguna vez la compasión
primera a la meta?
¿A cuántos voluntarios seduce la duda?
El odio sí seduce, ¡y cómo!, es perro viejo.
Avispado, listo, trabajador.
¡Cuántos cantares ha compuesto!
¡Cuántas páginas de la historia ha numerado!
¡Cuántas alfombras humanas ha desplegado,
en cuántas plazas, en cuántos estadios!
No nos engañemos:
sabe crear belleza.
Espléndidos son sus incendios en la negra noche.
Soberbias las humaredas de sus explosiones al alba.
Imposible negar el patetismo de sus ruinas
ni el humor chabacano
de la única columna que queda en pie.
Es maestro del contraste
entre silencio y estruendo,
entre sangre roja y nieve blanca.
Y nunca jamás se cansa
del leitmotiv del verdugo pulcro
sobre la inmunda víctima.
Siempre dispuesto a nuevas tareas.
Si es necesario esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene los ojos de lince del francotirador
y mira el futuro con denuedo.
Él, sólo él.

jueves, 2 de abril de 2026

"CUANDO EL ODIO SE DISFRAZA DE BROMA". Nacho Meneses, El País

Docentes, psicólogos y activistas exploran cómo abordar en las aulas los discursos de odio, desde memes y vídeos virales hasta rap, grafitis o teatro. La idea de fondo es clara: menos sermones y más preguntas

El silencio no dura mucho. Al principio hay risas incómodas, miradas cruzadas y algún comentario en voz baja que intenta rebajar la tensión. En el escenario, Pamela Palenciano cuenta su historia sin adornos —violencia, control, miedo— mientras en las primeras filas algunos chicos se remueven en el asiento y otros directamente se ríen, como si así pudieran mantener la distancia.

“Hay chicos que llegan muy a la defensiva, incluso con rechazo, como diciendo ‘a ver qué nos va a contar esta’… pero luego, cuando termina, se acercan, te piden perdón o te dicen que no lo habían visto así. Ahí es cuando ves que algo se ha movido”, cuenta Palenciano, activista y creadora del monólogo No solo duelen los golpes, que lleva más de dos décadas recorriendo institutos y auditorios de toda España.

Ese “algo” que se mueve no es fácil de definir, pero sí de reconocer: es el momento en que un discurso aprendido —una broma, un comentario, una idea repetida sin pensar— deja de funcionar en automático y empieza a incomodar. Lo interesante es que ese gesto, aparentemente mínimo, conecta con una preocupación mucho más amplia que atraviesa hoy a la sociedad y que distintas instituciones llevan tiempo señalando. Organismos como la UNESCO o el Consejo de Europa han alertado en los últimos años del aumento de los discursos de odio, especialmente en entornos digitales, y de la necesidad de abordarlos de forma explícita desde la educación. No solo como un problema de convivencia, sino como una cuestión democrática.

“Lo que vemos en las aulas no es un fenómeno aislado ni exclusivo de los jóvenes. Tiene mucho que ver con lo que está pasando fuera”, resume Stribor Kuric, profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y antiguo investigador del Centro Reina Sofía de FAD Juventud. En ese “fuera” conviven la polarización política, la circulación constante de contenidos en redes sociales (donde estos discursos no solo se difunden, sino que encuentran espacios de refuerzo y validación) y una progresiva legitimación de mensajes que hace unos años quedaban relegados a los márgenes.

Los adolescentes, señalan los expertos, no solo están expuestos a ese entorno, sino que aprenden a moverse en él con naturalidad, adaptando sus códigos y reproduciendo —a veces sin cuestionarlos— los lenguajes que encuentran. Ese entorno digital no solo condiciona lo que se dice, sino también cómo se dice.

Cuando el odio se disfraza de broma

Los discursos de odio entre adolescentes rara vez se presentan como tales. No llegan en forma de consignas explícitas ni de mensajes abiertamente agresivos, sino envueltos en códigos que circulan con facilidad: memes, vídeos, chistes que se repiten sin pensarse demasiado y que, precisamente por eso, pasan desapercibidas. En ese terreno ambiguo —entre lo que hace gracia y lo que incomoda— es donde muchas veces se normalizan.

“Los memes son un caballo de Troya”, afirma Noemí Laforgue, investigadora del Grupo INTER de la UNED, que ha trabajado este tema junto a Alberto Izquierdo con alumnado de secundaria. En su experiencia, el humor no actúa como un elemento neutral, sino como una vía de entrada que permite que determinados estereotipos y formas de violencia simbólica se instalen sin generar rechazo inmediato.

“Todo se justifica con el ‘es broma’, el ‘no es para tanto’... Y ahí es donde se va normalizando”, apunta Palenciano, que lleva años observando ese mismo mecanismo en sus encuentros con adolescentes. La risa, en ese contexto, no es un elemento neutro, sino una forma de marcar el límite entre lo que se considera inaceptable y lo que puede decirse sin consecuencias aparentes. Y ese límite, como muestran distintas investigaciones y experiencias educativas, no se construye tanto desde la intención individual como desde el trabajo colectivo.

“El odio muchas veces no nace del odio, sino del miedo. Miedo a no encajar, a no ser aceptado o a quedarse fuera del grupo”, explica Javier Urra, psicólogo y primer defensor del menor en la Comunidad de Madrid. “Y la presión del grupo es brutal: cuesta mucho llevar la contraria, y es más fácil repetir lo que dicen los demás que quedarse fuera”. En la adolescencia, esa necesidad de pertenencia pesa lo suficiente como para que reír un chiste, compartir un meme o repetir una idea no implique necesariamente una adhesión consciente, sino más bien una forma de no desentonar. “Si tú entras en un aula diciendo ‘esto está mal’, probablemente no consigas que cambien de opinión. Lo que necesitas es que se pregunten por qué piensan así”, añade Urra. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 11 de marzo de 2022

«EN EL LUGAR DEL ODIO». Un poema de Antonio Colinas ante el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid

Acaso lo más duro y lo más cruel
no sea el abrir violentamente
lo negro en lo blanco:
en la armonía el caos,
en ojos inocentes un cuchillo de ira,
en los labios más tiernos de juventud
la muerte.
Acaso lo más duro sea el odio:
ese odio que establece diferencias,
ese odio que se mama en pecho de odio,
ese odio que se enseña y que se aprende,
que enarbola banderas como pústulas
y que niega brutalmente el amor.
¿Hasta cuándo en el mundo la dualidad más cruel,
la ausencia de armonía?
No me interesa tu patria, dador de males,
eterno sembrador de odios diferentes.
Sabemos que, como primavera temprana,
como ojo inocente, como labio muy tierno,
nunca cesa la esperanza de germinar: lo hace
con mayor rapidez que las mareas de sangre.

Este jueves de marzo no llovía
lluvia de odio:
llovían manos mansas,
que a todo y hacia todos se tendían,
suavemente,
como marea de música,
sólo para sanar, para sanarnos.
Por nada cambiaremos esa lluvia de manos.
Eran manos de fuego de un amor
que no quema.
Eran manos que dan y nunca niegan
la palabra, la idea.
Marea del amor, más poderosa
que el odio que se mama y que se escupe,
que la sangre violada.

Muchacha muerta que en la fotografía
levantas dulcemente tu rostro hacia el cielo,
muchacho muerto que pones tu oído en la tierra
como para escuchar sólo música:
estáis, en realidad, durmiendo, durmiendo.
No turbéis más sueño.
No turbéis más sus sueños.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

"Odio". Un artículo de Rosa Montero publicado en el País el 10 de septiembre de 2017.

Cuando supe que habían matado a Younes me alegré. Pero inmediatamente sentí la desesperanza de haberme llegado a alegrar por una muerte violenta.

A LOS HUMANOS nos es muy fácil odiar. Amar se nos da bastante mal (amar sin posesividad, sin idealizaciones ni decepciones, sin celos, equívocos, exigencias, egoísmos), pero lo que es odiar todos lo hacemos divinamente. Los psicólogos saben que el odio es una respuesta irracional y primaria ante la frustración; cuando algo duele, algo angustia, algo nos estropea la vida, se nos dispara el odio y nos alivia. Es un automatismo, como cuando tenemos una herida en la boca y la lengua no deja de arrimarse a ella. Reconozcámoslo: en ese golpe primero de odio ciego y caliente hay placer. O, por lo menos, consuelo. Esa pulsión inmediata intenta dar salida a una emoción intensa con la que no sabemos qué hacer. Y, cuanto más inermes nos sintamos ante esa emoción, ante esa frustración, más arderá nuestra inquina.

Escribo todo esto, claro, porque ahora estamos emborrachados de odio. De un odio cada vez más febril y crecedero. Desde el atentado de las Torres Gemelas, que inauguró un nuevo terrorismo en Occidente, han pasado casi 20 años, y las repetidas masacres han ido consiguiendo lo que los terroristas pretenden, su mejor baza para triunfar: azuzar el odio indiscriminado contra el islam. En España, por ejemplo, hemos pasado de 49 incidentes de islamofobia en 2014 a 573 en 2016 (un incremento de más del 500%). Pero estos datos empalidecen ante la brutal ola de odio que ahora estamos viviendo tras lo de Cataluña: chicas apaleadas por llevar el pañuelo, un niño musulmán pateado por un energúmeno… Brama todo Occidente ansioso de sangre, sin duda amparado y espoleado en su furia racista por el ejemplo nefasto de los Trump (nunca pensé que volvería a citar al Ku Klux Klan en un artículo: los creía tan extintos como los diplodocus). Da igual que el 90% de los muertos por el terrorismo fundamentalista sean musulmanes y en países islámicos; da igual que los musulmanes de Occidente lo condenen (esas pobres madres de los terroristas muertos manifestándose en Ripoll me han roto el corazón). El odio no escucha y no ve; ignora sistemáticamente todo lo que no va de acuerdo con sus prejuicios.Me temo que es imposible evitar por completo el odio, que está en la misma base de lo que somos. Pero sí podemos y debemos evitar quedarnos apresados por él, eternizarnos y embrutecernos en el ritual del aborrecimiento. Como ya hemos dicho que produce placer, un placer arcaico y bárbaro, hay personas que lo siguen alimentando, exactamente igual que los drogadictos, hasta llegar a depender de su odio por completo y hacerlo la base de su identidad. Hasta definirse por el adversario al que odian. Como los Capuleto y los Montesco. Como el Ku Klux Klan o como los nazis. La historia del progreso social, de la civilidad y la democracia pasa precisamente por enfriar ese odio, por controlar de manera racional y con ayuda de las leyes esas emociones elementales y atroces.

Es difícil luchar contra esta marea venenosa. Confieso que cuando supe que habían matado a Younes me alegré. En primer lugar, por el alivio de haber acabado con ese peligro; pero supongo que también por el impulso de odio, por la venganza. E inmediatamente sentí cierto asco y la desesperanza de haberme llegado a alegrar por la muerte violenta de una persona de 22 años. Lo dijo hace 15 días Carlos Yárnoz en EL PAÍS en su magnífico artículo Tirar a matar: seis presuntos terroristas han fallecido por disparos de los Mossos y hasta el texto de Yárnoz nadie lo había resaltado. Nadie se inquietó. Nadie se preguntó si no podrían haber disparado a las piernas, como en Finlandia. Y lo peor es que estoy segura de que a la inmensa mayoría se le pasó la idea por la cabeza: pero optamos por ignorar la lucecita de alarma porque lo que queremos no es vencerlos, sino exterminarlos. Sí, es muy difícil luchar contra el odio, pero no tenemos más remedio que hacerlo si queremos mantener nuestra integridad. Y es que, en efecto, estamos en guerra y la estamos perdiendo, pero no por lo que dicen algunos que reclaman una respuesta más violenta, sino porque corremos el riesgo de convertirnos en unos tipos tan despreciables y tan llenos de odio como los terroristas.

martes, 12 de septiembre de 2017

"Contra el odio". Un magnífico libro de Carolin Emcke (Taurus, 2017, Barcelona).

Acabo de leer este libro y me ha encantado. La temática sobre la que gira el texto es la del odio, algo que se deja ver claramente en la frase que aparece en la portada y con la que se pone de manifiesto la intención de la autora:"No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice."

 A través de sus páginas Carolin Emcke va diseccionando el sentimiento del odio. Analiza su origen, sus causas y sus efectos. A través de tres capítulos: Visible-Invisible; Homogéneo-Natural-Puro; y Elogio de lo Impuro, van quedando al descubierto sus raíces y manifestaciones. Odio a la diferencia, a lo distinto, a lo impuro... Odio que no nace espontaneamente, que es preciso cultivar con esmero para que produzca sus frutos. Odio que puede tener una dimensión política, religiosa o social. Desde el odio por el origen, hasta el odio por no seguir los patrones "naturales" de género. 

Carolin nos habla del discurso del odio desde la derecha, de la intolerancia a la pluralidad de familias, del miedo a la llegada de refugiados... Significando que hoy en día, en un espacio público cada vez más polarizado, se está imponiendo una línea de persamiento que solo permite dudar de las opciones ajenas, nunca de las propias. Ante este planteamiento dogmático, la autora contrapone un elogio comprometido de lo diverso, de lo "impuro". La respuesta a nuestros problemas acutales, comenta, no puede quedar relegada sencillamente a los políticos, ya que todos somos responsables de luchar contra las formas cotidianas de desprecio y denigración. La democracia solo será posible si tenemos el valor de enfrentarnos al odio.

Así comienza el libro: "A veces me pregunto si debería envidiarlos. A veces me pregunto cómo son capaces de algo así: de sentir ese odio. Cómo pueden estar tan seguros. Porque quienes odian deben sentir eso: seguridad. De lo contrario, no hablarían así, no harían tanto daño, no matarían de esa manera. De lo contrario, no podrían humillar, despreciar ni atacar a otros de ese modo. Tienen que estar seguros. No albergar la más mínima duda. Si se duda del odio, no es posible odiar. Sí dudaran, no podrían estar furiosos. Odiar requiere una certeza absoluta. El más mínimo "tal vez" sería molesto. Cualquier "puede que" socavaría el odio y consumiría una energía que lo que pretende es, precisamente, ser canalizada."

Y termina:  "En "La condición humana" Hannah Arendt escribe que "el poder es siempre un poder potencial y no una intercambiable, mensurable y confiable entidad como la fuerza". Esta también sería la definición más acertada y más hermosa de un nosotros en una sociedad abierta y democrática: este nosotros es siempre un potencial y no algo inmutable, medible, fiable. Nadie define el "nosotros" en solitario. Este surge cuando las personas actúan juntas y desaparece cuando se dividen. Alzarse contra el odio y encontrarse en un nosotros para hablar y actuar juntos sería una forma valiente, constructiva y sutil de poder." -