jueves, 1 de enero de 1970

"UN PAÍS DE HECHICERAS". Un artículo de Manuel Rivas, El Pais 03 JUL 2016

En España son las mujeres las que están frenando la derrota de la cultura. Donde no están, todo parece un “maldito sitio triste”.

Es difícil, casi inverosímil, imaginarse la historia de Sherezade al revés: un hombre que, para salvar su vida, cuenta cuentos durante mil y una noches a una mujer todopoderosa. Hasta la ninfa y maga Calipso, en la Odisea, renuncia a sus poderes, que son muchos, para liberar de su abrazo enamorado a Ulises y dejarle regresar a Ítaca.

El sultán Shahriar, con el que tiene que vérselas Sherezade, es un cabrón sanguinario, por decirlo de forma educada, que cuenta en su historial con al menos tres mil feminicidios, los de las muchachas vírgenes a las que ordenó decapitar después de tomar posesión. Es el poder absoluto que se realiza en la pulsión destructiva y cuyo mayor goce será destruir al objeto del deseo. No parece ser un poder que se ablande, ni siquiera en el tálamo, ni que vaya a mejorar de humor por unos monólogos del antiguo club persa de la comedia.

Esa ficción cruel tiene un principio de realidad. El telón de fondo de Las mil y una noches es un escenario que se prolonga hasta nuestros días. Allí donde se viola y mata impunemente. Las metamorfosis de ese poder criminal, desde el sultán al último dictador o al capo que negocia con la trata de mujeres, siempre tienen como componente nuclear el machismo y la violencia. Por eso es tan acertada la palabra violación para definir todos sus actos. Se violan los derechos. Se violan los cuerpos y las almas. Se viola el lenguaje. 

Después de vivir dos guerras, de las grandes, Elias Canetti se lamentaba no haber escrito más y más contra el lenguaje bélico: si unas palabras traen la guerra, otras podrían frenarla. Lo extraordinario de la historia de Sherezade, lo que a ella la mantiene viva y reactiva nuestro presente, es la manera en que la boca de la literatura frena la catástrofe. No estamos acostumbrados a que triunfe el activismo del sentir. Pero ocurre. El único patrimonio de Sherezade es la palabra poética, la boca que da a luz un lenguaje que no pretende dominar. Y ese activismo del sentir consigue un primer efecto revolucionario: desequilibra al poder.

Desde el momento en que quiere seguir escuchando, ya no es el mismo. Podría haber cortado de cuajo. Así hizo Stalin con Osip Mandelstam. Ordenó matarlo por un epigrama. Allí donde dice: “Como herraduras forja un decreto tras otro”. También lo desequilibró, pero su reacción fue acallarlo para siempre. Aquí pasó con nuestro mejor poeta: Federico García Lorca. Sherezade, en él, fue violada, asesinada.

Hoy podríamos hablar de una Sherezade colectiva, entendido como un taller que bulle de diversidad. En el ámbito creativo, en España, en Latinoamérica, seguramente en todo el mundo, lo más audaz, lo que abre paso, tiene el sello de Sherezade. En España se han publicado estos días dos antologías poéticas que son marcas del tiempo. Una, (Tras)lúcidas, edición de Marta López Vilar (Bartleby Editores) que incluye 29 autoras y poemas en castellano, gallego, euskera y catalán. La otra, Poesía soy yo, publicada por Visor, que alberga obra de 82 poetas de España y América.

La revolución de Sherezade es un laborioso proceso contra la estupidez, agravada por el “histerismo masculino” que ha dominado en el poder político, religioso y cultural. Marcelino Menéndez Pelayo despachaba así a Emilia Pardo Bazán: “Literata fea con peligro de volverse librepensadora”. Fueron incapaces de ver que era la mejor: el machismo, esa mezcla de grosería y miedo, los cegaba. Y ahora, don Marcelino, la cultura en España es un cultivo de hechiceras, heterodoxas y librepensadoras. Donde no están, todo parece un “maldito sitio triste” con una pantalla donde ver el fútbol, las moscas y los toros.

Para evitar los estragos de la neodepredación, en Europa se lanzó la idea defensiva de la “excepción cultural”. Algunos Gobiernos desarrollaron políticas activas para evitar el desahucio de la cultura de los espacios públicos. Se trató el libro, el teatro, el cine, la música o la danza como bienes necesarios. Aquí, los gobernantes echaron una mano a la cultura, una mano al cuello. Nuestra “excepción cultural” han sido y son las mujeres. Son ellas las que están frenando la derrota de la cultura. ¿Frente a quién? Frente al imperio del Vacío. El poder de la Nada.

¡Qué suerte, don Marcelino, un país de hechiceras!

"BAUTISMO DE FUEGO". Un cuento de Mijaíl Bulgákov

Rápidamente pasaron los días en el hospital de N. y yo comencé poco a poco a acostumbrarme a mi nueva vida.

En las aldeas continuaban agramando el lino, los caminos seguían estando intransitables y a la consulta no venían más de cinco personas cada día. Las noches las tenía completamente libres y las dedicaba a poner en orden la biblioteca, a leer los manuales de cirugía y a tomar té, larga y solitariamente, junto al samovar.

La lluvia caía durante días y noches enteras y las gotas golpeaban inexorablemente el techo; el agua caía con gran fuerza bajo la ventana y resbalaba por el canalón hacia un cubo. El patio estaba cubierto de fango, de niebla, de una negra penumbra en la cual, como manchas opacas y difusas, se iluminaban las ventanas de la casita del enfermero y la lámpara de petróleo del portón.

Una de aquellas noches estaba yo sentado en mi gabinete y estudiaba un atlas de anatomía topográfica. A mi alrededor había un completo silencio, interrumpido de vez en cuando por el roer de los ratones detrás del aparador del comedor.

Estuve leyendo hasta que mis párpados, ya pesados, comenzaron a cerrarse. Finalmente bostecé, dejé a un lado el atlas y decidí acostarme. Me estiré y, saboreando por anticipado un sueño pacífico, acompañado por el ruido y el golpeteo de la lluvia, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí y me acosté.

No había tenido siquiera tiempo de rozar la almohada cuando, delante de mí, en la penumbra soñolienta, apareció el rostro de Ana Prójorova, de diecisiete años, de la aldea Tóropovo. A Ana Prójorova había que extraerle un diente. El enfermero Demián Lukich se deslizó suavemente con unas brillantes tenazas en las manos. Recordé cómo decía "aquesto" en lugar de "esto", llevado por el amor que profesaba al estilo elevado. Sonreí y me quedé dormido.

Sin embargo, no había pasado media hora cuando me desperté de repente, como si me hubieran dado un tirón; me senté y, examinando con temor la oscuridad, me puse a escuchar con atención.

Alguien golpeaba con fuerza e insistencia la puerta exterior y desde un primer momento presentí que aquellos golpes eran de mal agüero.

Llamaban a mi apartamento.

Los golpes cesaron, resonó el cerrojo; se oyó la voz de la cocinera y, en respuesta, una voz poco clara; luego alguien subió por la escalera, provocando chirridos, entró silenciosamente en el gabinete y llamó en mi dormitorio. CONTINUAR LEYENDO

"LEER A SOLAS EN UNA HABITACIÓN". Antonio Muñoz Molina, El País

Mientras decenas de millones de niñas no pueden ir a la escuela, en nuestro mundo de desganado cinismo aprender se ve como algo superfluo

En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.

"NUESTROS SILENCIOS. POR QUÉ CALLAMOS". Laurence Joseph (2026), Barcelona, Gatopardo


Todos cargamos con un repertorio de momentos en que nos mordimos la lengua: palabras que no quisimos pronunciar o que no supimos encontrar, oportunidades perdidas, omisiones, tabús y deseos inconfesados. Ambivalente por naturaleza, el silencio puede ser tanto un refugio como una cárcel. Una elección o una imposición. Abarca todo el arco de la experiencia humana: equivale a contemplación y recogimiento, a misterio y éxtasis, pero también a trauma y vergüenza, a violencia y secretos familiares, a duelo. Solo cuando aprendemos a escuchar lo que callamos, logramos elegir sabiamente lo que decimos, pues «el silencio no es lo contrario de la palabra, sino su condición». Apoyándose en su experiencia como psicoanalista y psicóloga clínica, Laurence Joseph recurre a la mitología, la literatura y la filosofía para trazar la cartografía de nuestros silencios individuales y colectivos, en los cuales podrán reconocerse los lectores de este revelador ensayo.