jueves, 30 de junio de 2022

"LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO". Un cuento de la autora argentina Mariana Enríquez

La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.
Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos, y si ella lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo. Incluso había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya conocían el método y no querían el beso de esa cara horrible.
La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo.
Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía. Pedía para sus gastos, para el alquiler, la comida —nadie le daba trabajo con la cara así, ni siquiera en puestos donde no hiciera falta verla—. Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada.
—Y le creyeron —sonreía la chica del subte con su boca sin labios, su boca de reptil—. Hasta mi papá le creyó.
Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.
Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.
A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero ella había introducido la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo, volvían con su madre del cine —una excursión rara, casi nunca salían juntas—. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó, agradeció y se bajó en la estación siguiente. No le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes. Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse —aunque el vagón se sacudía como siempre—, y le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo no bien las puertas se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida —correr le daba tos—, y su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón; se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años que no la veía tan feliz. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 29 de junio de 2022

"11 ENSAYOS PARA DISFRUTAR MÁS DE LA LECTURA".

Para todos los amantes del placer de la lectura, leer sobre libros y aprender a leer mejor es un deleite.

  1. EL INFINITO EN UN JUNCO, de Irene Vallejo.
  2. LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO. LECTURA Y CONDICIÓN HUMANA, de Joan-Carles Mélich.
  3. LEER CONTRA LA NADA, de Antonio Basanta.
  4. MANIFIESTO DE LA LECTURA, de Irene Vallejo.
  5. LA FURIA DE LA LECTURA, de Joaquín Rodríguez.
  6. ELOGIO DE LA FRAGILIDAD, de Gustavo Martín Garzi.
  7. CONTRA LA LECTURA, de Mikita Brottman.
  8. LEER ES UN RIESGO, de Alfonso Berardinelli.
  9. LEER COMO UN PROFESOR, de Thomas C. Foster.
  10. YONQUIS DE LAS LETRAS, de Jorge Comensal.
  11. COMO UNA NOVELA, de Daniel Pennac.

Fuente: elplacerdelalectura.com

domingo, 26 de junio de 2022

¿QUÉ ES VIVIR Y QUÉ ES MORIR? Por Charlotte Delbo

He vuelto.
¿No sabíais,
vosotros,
que de allí se vuelve?
Se vuelve de allí,
e incluso de más lejos.
Vuelvo de otro mundo
a este mundo
del que no había salido
y no sé
cuál es el verdadero
decidme, ¿he vuelto
del otro mundo?
Para mí
aún estoy allí
y muero
allí
cada día un poco más
vuelvo a morir
la muerte de todos los que han muerto
y ya no sé si el verdadero
es el mundo de aquí
o el mundo de allí
ahora
ya no sé
cuándo sueño
y cuándo
no sueño.

Charlotte Delbo, Un conocimiento inútil (trad. De María teresa de los Ríos), Turpial, Madrid, 2004, pp. 159-160.

Estas palabras pertenecen a uno de los poemas de la escritora francesa Charlotte Delbo. Nació en Francia, en Vigneux-sur-Seine (1913), y murió en París (1985). Regresó a Francia desde Sudamérica, donde formaba parte de una compañía teatral, para unirse a la Resistencia. Fue detenida y, tras un tiempo en prisión, enviada a Auschwitz y después a Ravensbruck. Con ella marcharon 230 personas más; sólo volvieron 49. En Le convoi du 24 janvier dejó constancia de 229 de ellas. Su marido, involucrado también en la Resistencia, fue fusilado; Charlotte pudo despedirse de él.

jueves, 23 de junio de 2022

"ÁLBUM, LECTURA Y CONVERSACIÓN LITERARIA:UNA INVITACIÓN A PENSAR LOS MODOS DE ENTRADA A LA LITERATURA. Martina Fittipaldi. En Catalejos. Revista sobre lectura, formación de lectores y literatura para niños, 14 (7), pp. 5 – 19.

Han pasado ya varias décadas desde que el libro álbum2 pasó de ser un gran desconocido, estudiado únicamente por especialistas del campo, a entrar en las escuelas, en las bibliotecas y en muchos otros entornos educativos y de dinamización cultural. El desarrollo de la producción de este tipo de libros, su difusión y su ingreso tanto en ámbitos de educación formal como no formal nos llevan a considerarlo como un producto editorial ya instalado en diversos ámbitos de nuestra sociedad.

En el campo de la investigación, desde finales de los años 70 hasta nuestros días, los estudios sobre el álbum (Colomer, Kümmerling-Meibauer y Silva-Díaz, 2010; Kümmerling-Meibauer, 2017; Muñoz-Tebar y Silva-Díaz, 1999, entre otros) han ido surgiendo desde disciplinas diversas y han ido perfilando no solo las características y la historia de este objeto cultural, hijo de la postmodernidad (Bosch, 2015; Duran, 2007; Van der Linden, 2015), sino también las potencialidades que parece tener para el desarrollo de los aprendizajes literarios y de las competencias multimodales de quienes leen (Arizpe y Styles, 2004; Arizpe et al., 2008; Evans, 2015; Pantaleo, 2016; Silva-Díaz, 2005).

Si reflexionamos en torno a los atributos que hacen del álbum una producción especialmente  cautivadora para propiciar lecturas compartidas y entablar conversaciones literarias3, podríamos mencionar en primera instancia su capacidad de condensación que, como en la poesía, posibilita  adentrarse en la complejidad en un espacio poco extenso. La condensación, entonces, está vinculada con la brevedad, otra de las características que permite a este tipo de libro ser leído de manera íntegra en los pautados tiempos de las instituciones educativas. La complejidad, por otra parte, se evidencia en los diversos niveles de sentido que ofrece el vínculo entre los lenguajes con los que se construye y, en especial, en el uso narrativo y poético que se hace de las imágenes.

Otro de los rasgos que caracteriza al libro álbum es su capacidad de experimentación: si observamos la etimología del término, álbum proviene del latín albus (blanco) y es por lo tanto un “libro en blanco” (Van der Linden, 2015) que se presenta como un gran ámbito de experimentación para todos los agentes implicados en su producción y en su lectura. La libertad constituye entonces una de las cartas de identidad del libro álbum, que va de la mano de su apertura al juego, a la sorpresa, al hecho de dejar descolocado al que está del otro lado o invitarlo a actuar de manera distinta, a adoptar una “actitud de lector”, como diría Montes (2006). Los álbumes ofrecen así experiencias de lectura muy diversas, promueven la participación de quienes leen y su implicación en la construcción de sentidos. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 22 de junio de 2022

"7314". Un cuento de Remedios Zafra

Prohíbe sus sueños de ser agricultora, pero las negativas no bastan y Manuela persiste. La niña piensa que algún día el padre recapacitará mientras que el padre piensa que algún día recapacitará la hija.

Cansados ambos de la terquedad respectiva del otro deciden visitar, cada uno por su lado, a la directora de la escuela y al Juez de Paz para rogarles que convenzan al padre y a la hija, en cada caso. En uno y otro sitio les informan que eso no es cosa de autoridades. La directora le dice a la niña que es muy chica para tomar esa decisión y el Juez indica al hombre que ése es asunto para resolver en casa.

Con más años de experiencia en esto de resistir, el padre no cede y finalmente Manuela sucumbe a su voluntad. Al día siguiente se marchará a la ciudad y comenzará sus estudios en el instituto.

Aquella mañana de su lápiz sale un escrito roto que maldice la obstinación del hombre que quiso que ella fuera hombre -pues sólo así toleraría que se dedicara al campo-. Un rencor que duraría apenas una docena de crepúsculos.

Su padre, de arrugas inmutable, suspira aliviado y se dice: "Lo mejor es que se vaya". Una lágrima nace de su ojo. Como una duda. Una lágrima que se siembra en la tierra en ese instante. Un año después, él.

Siete mil trescientos catorce amaneceres más tarde, Manuela se ha salido con la suya y se ha convertido en la pionera de la agricultura ecológica del olivar en la comarca.

Como cada semana, Manuela escribe una carta que entierra después bajo un olivo. En el papel dice lo siguiente:

"Sé que te hubiera gustado que te gustara mi afición por el campo. Lo sé, pero no te gustaba. Quizá porque las prohibiciones son el mayor incentivo para los inconformistas no te gustaban otras muchas cosas... Creíste que yo pensaba lo mismo. Esa no era mi razón. A mí me gustaba, realmente.

El tiempo hizo el resto, terminó cediendo a fuerza de resistir y aquí estoy.

No creas que me cansé. Hoy sigo tan decidida como siempre en esto del campo. Sin embargo, cada vez lo miro más y lo pienso menos. Nadie soportaría tomarse el trabajo tan en serio siempre. Me convertiría en alguien malo, alguien a quien temer, si no disfrutara, si en ocasiones no jugara a mirarlo y a voltearlo como hacen los niños con los objetos que les gustan. CONTINUAR LEYENDO

martes, 21 de junio de 2022

"SOLA NO ESTÁS". Un poema de Ángeles Mora


No es cuestión de palabras,
es un rumor de fondo
queriendo aparecer.

Se entrecruzan las voces
como peces revueltos
dentro del pecho. Duelen,
hacen daño.

Fuera cantan los pájaros
y tú cierras los ojos.

Engaña la quietud del momento.
Pero a ti no te ciega
esta postal de vida retirada.

Sola no estás, el pensamiento
no deja de latir, da golpes, bulle,
igual que si la tierra se moviera.

Tú eres la tierra que se mueve,
que tiembla con el fuego de otra música.

No estás sola.

El río de la historia sobreviene.
Un murmullo se acerca.
Has de saber qué dicen esas voces
que ya no se conforman,
mujeres que callaron tanto tiempo,
razones que traen luz:
para nunca estar solas.

lunes, 20 de junio de 2022

"LA MURALLA". Un álbum ilustrado escrito por Sandra Siemens. Premio El Barco de Vapor.

 



¿Quiénes son los otros? ¿Son tan peligrosos, malos y horribles como cree el rey Froilán? La muralla que protege su reino es ya tan alta y extensa que lo mantiene solo, alejado de todo. ¡Pero aún sigue teniendo miedo!