miércoles, 22 de abril de 2020

"Mejor callarse, solo un poco", un precioso y profundo artículo de la escritora Hélène Gestern publicado en El País


Batas blancas colgadas de una calle de París, este martes,
en señal de solidaridad con el personal sanitario. REUTERS

El confinamiento no me ha afectado como escritora, sino como ser humano. No ha cincelado mi alma artística ni despertado la menor inspiración en mí. Más bien ha suscitado el deseo de seguir viviendo como vivía antes


En los días que siguieron al anuncio del confinamiento, recibí numerosas llamadas de editoriales extranjeras que habían tenido la amabilidad de traducir mis obras, o de conocidos que me proponían redactar un escrito, o grabar un vídeo sobre el confinamiento. También me escribieron muchos amigos, que terminaban sus mensajes con la esperanza, impregnada de nuevo de una inmensa amabilidad, de que lo “aprovechara para escribir un buen libro” o “hallara la inspiración” (o “el tiempo”) para escribir. En una asociación de la que soy miembro, un debate entre varios animó las discusiones por correo electrónico durante los primeros días: ¿a favor o en contra de los diarios del confinamiento? Algunos grandes medios de comunicación habían encargado a Leila Slimani o a Marie Darrieussecq que escribieran uno, lo que por otra parte había suscitado el sarcasmo, o declaraciones odiosas. La misma asociación había decidido abrir un blog para que sus miembros pudieran expresarse. Por último, una investigadora de mi universidad se dirigió a los estudiantes, en el marco de un estudio de psicología social que había decidido realizar sobre el asunto, invitándoles a llevar su diario del confinamiento.

En resumidas cuentas, la escritura como remedio, como medicamento, como terapia soberana contra el mal del confinamiento.

Al cabo de los días me invadió una irritación sorda. Entendámonos, no iba dirigida contra nadie. Todas estas iniciativas son sinceras, generosas, benevolentes, por retomar una palabra que se ha utilizado a menudo estos últimos años, pero que durante estos días adquiere otra connotación. No las juzgo, no las desapruebo, también tengo en cuenta la cordialidad o la confianza en el otro que las sustenta. Sencillamente, me inspiraron una violenta sensación de discordancia. Con el paso de los días, me preguntaba cuál era su razón de ser, porque si hay algo cierto, es que el confinamiento nos deja tiempo para la introspección.

Creo que lo primero que me sorprendió fue esta extraña imagen que devuelve el escritor. El escritor más fuerte que nada. La escritura más fuerte que la muerte. La escritura alada y victoriosa que triunfa sobre la hidra del confinamiento.

En mi caso, la receta milagrosa no funcionó. La escritora resultó ser una mujer corriente, preocupada por su familia, por sus parientes frágiles, por sus amigos enfermos de coronavirus. Descubrió, como todos los demás, durante su primera salida, con una estupefacción llena de tristeza, que la ciudad estaba desierta, que en algunos estantes de los supermercados, donde nos cruzamos con sospecha y enmascarados como gánsteres, durante las dos primeras semanas faltaban los productos de primera necesidad. La escritora, y seguramente no fue la única, intentó calcular la tasa exacta de mortalidad por neumonía, se preguntó si las personas a las que quería o conocía morirían, si ella misma enfermaría, en una ciudad con los hospitales saturados, en la que el cielo, desde luego, vibra con el canto de los pájaros, pero también lleva tres semanas zumbando con el infernal ballet de los helicópteros que trasladan a los enfermos. La escritora sintió que se le partía el corazón al ver en un medio de comunicación digital una foto de “su” estación, “su” tren de alta velocidad, el de París, el del trabajo, el de las visitas al editor, a los amigos, el de las vacaciones, transformado en una ambulancia rodante para transportar personas al borde de la muerte cuyas vidas colgaban del hilo de un respirador. Esta es una de las imágenes más tristes que he visto nunca, la de esta inversión infernal de las fuerzas de la vida y la muerte, que nos asalta estos días con toda su dureza. CONTINUAR LEYENDO

Hélène Gestern es escritora francesa, autora de la novela El olor del bosque (Periférica y Errata Naturae).

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