lunes, 20 de abril de 2020

No se crece sin sufrir. Un artículo de Evelyn Aixalà (20/04/2020) publicado en revistababar.com

El docente y escritor canadiense Perry Nodelman dice que cuando se trata de libros para niños, todos somos censores. Pero ¿qué censuramos, con qué finalidad y en nombre de quién?

Empecemos por la última pregunta. Censuramos en nombre de una noción de infancia que heredamos de la ilustración francesa del siglo XVIII, concretamente de Rousseau y sus principios básicos sobre cómo educar a los niños. Entre sus ideas más influyentes y conocidas está la de que el niño es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que puede llegar a pervertir sus buenas inclinaciones. Por lo tanto, es necesario proteger a la infancia (palabra que proviene del latín infans: el que no habla) de la perversión y del mal para asegurarnos de que cuando hable, lo haga con buenas palabras, muchas de las cuales le van a llegar a través de los cuentos.

En nuestro concepto de infancia también cala hondo el enfoque constructivista de otro suizo, Piaget, quien describe las capacidades que tiene el niño en cada etapa de su proceso evolutivo para razonar sobre el mundo que lo rodea y que, por tanto, como mediadores, nos lleva a preguntarnos qué lenguaje y qué propuestas temáticas está preparado para procesar, muchas veces más basados en prejuicios que en datos empíricos.

Y aquí entra en juego un tercer elemento, los valores, es decir, sobre qué podemos y debemos hablarles. Hemos recorrido un largo camino desde la literatura para el adoctrinamiento de los siglos XVIII y XIX hasta la actual literatura considerada una herramienta para formarnos como ciudadanos críticos a partir del diálogo entre el lector y el texto. Sin embargo, todavía queda mucho didactismo escondido que ve en el libro un instrumento útil para educar, para “abuenizar”, como dice Díaz Ronner, y así huir del conflicto y transferir “los deberes y los principios éticos provenientes del sector hegemónico”, que no es otro que el de los adultos. Amparados en esa finalidad educativa que se le otorga a la literatura, le damos entrada a la fatídica pregunta que atormenta a tantos libreros y bibliotecarios: ¿me recomiendas un libro para?”, o la no menos desafortunada consiga docente que trata de buscar un único significado irrefutable en cada lectura: ¿qué quiso decir el autor? Y entonces los niños tiemblan y se quedan sin palabras porque durante toda la lectura no disfrutaron del libro sino que leyeron para dar respuesta a La Verdad, aquella que incluso el propio autor desconoce. CONTINUAR LEYENDO

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