miércoles, 26 de octubre de 2022

"LA FRONTERA". Un cuento de Marina Elberger

Ir a lo de la bobe Fany con los primos era una fiesta.

Adoraba a la bobe. Adoraba apretar las “bolsitas” de piel que le colgaban de los brazos, aunque a ella no le gustaran. “El salero”, les decía, “cosas de vieja”. Además, me gustaba que se vistiera con pantalón y blusa; no como las abuelas de algunas compañeras del cole, que solo usaban polleras largas o vestidos grises. Ella era coqueta y tenía la mejor colección de aros y collares de perlas de nácar, de caracoles, de ámbar. De cada viaje, traía un collar. Y yo me los probaba todos. Sabía dónde guardaba cada uno: en el cajón de la mesita de luz, en la caja de madera sobre la cómoda o en la bolsa con olor a naftalina del segundo estante del placar.

Adoraba que me contara cuentos cuando me quedaba a dormir, aunque los protagonistas siempre fuéramos mis primos y yo: “Silvita en el zoológico”, “Julito en el botánico”, “Un picnic de primos en Palermo”. Eran aburridísimos, pero me gustaba oír su voz y su español mal pronunciado y sentir el peso de su cuerpo sobre la frazada de lana. Cologín cologado..., decía al final con ge porque la erre no le salía.

Y adoraba sus blintzes de queso, sus varénikes de papa, sus knishes…

En casa yo vivía en penitencia porque según mamá era una nena quilombera, rebelde. Tanta penitencia que ya ni me importaba. Si me dejaban sin tele, me leía por enésima vez las Billiken, revistas que no me quitaban porque eran educativas.

Pero en la casa de la bobe era otra historia. Nos dejaba hacer casi cualquier cosa.

Desde que entrábamos corríamos con los primos por el pasillo, jugábamos al cuarto oscuro, a la mancha, a las escondidas, a la guerra de almohadas. Vaciábamos la alacena entera sobre la mesada para transformar la cocina en el almacén “Las primas”. A Julio, que era el único varón, siempre le tocaba hacer de almacenero. No quedaba claro si era dueño o empleado, pero en el nombre del negocio figurábamos solo nosotras. Éramos las finas vecinas del barrio. Las señoras Silvia, Mabel, Marta, Cristina y Patricia, que íbamos a comprar. Un montón de señoras éramos, pobre Julio. Y todas apuradas, con mucho que hacer y poco tiempo que desperdiciar en la cola. CONTINUAR LEYENDO


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