lunes, 29 de mayo de 2023

"EL TERROR". Un cuento de Vladimir Nabokov

A veces me ocurría lo siguiente: después de pasar la primera parte de la noche trabajando en mi escritorio, esa parte en que la noche inicia su penoso ascenso, yo salía del trance en el que mi trabajo me había sumergido en el momento preciso en el que la noche alcanzaba su cima y se demoraba vacilante en su cumbre, dispuesta a emprender el descenso hasta el aturdimiento de la aurora; entonces, me levantaba de la silla, aterido y totalmente agotado, y al encender la luz de mi dormitorio me veía de repente en el espejo. Lo que pasaba era lo siguiente: durante el tiempo que había estado absorbido en mi trabajo, me había separado de mí mismo, una sensación semejante a la que se experimenta cuando te encuentras con un íntimo amigo después de años de separación: durante unos pocos momentos vacíos, lúcidos pero también detenidos, le ves bajo una luz totalmente diferente aun cuando te das cuenta de que el hielo de esta anestesia misteriosa se derretirá y la persona a la que miras revivirá, su carne se encenderá cálida, volverá a ocupar su lugar, y te resultará de nuevo tan próxima que ningún esfuerzo de la voluntad podrá hacer que vuelvas a captar aquella primera sensación fugaz de enajenamiento. Así, precisamente así, me sentía yo, contemplando mi figura en el espejo y sin lograr reconocerla como mía. Y cuanto más examinaba mi rostro —esos ojos extraños e inmóviles, el brillo de unos pelillos en la mandíbula, aquella sombra que recorría la nariz—, y cuanto más insistía en decirme a mí mismo: «Ése soy yo, ése es tal y tal», menos claro me parecía por qué aquél tenía que ser «yo», más difícil me resultaba conseguir que el rostro del espejo se fundiera con aquel «yo» cuya identidad no conseguía captar. Cuando hablaba de mis extrañas sensaciones, la gente se limitaba a observar que el camino que yo había emprendido acababa en el manicomio. De hecho, en una o dos ocasiones, ya muy avanzada la noche, me detuve a contemplar mi imagen tanto rato que se apoderó de mí un sentimiento espeluznante y tuve que apagar la luz corriendo. Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras me afeitaba, no se me ocurría en absoluto cuestionar la realidad de mi imagen.

Otra cosa más: por la noche, en la cama, recordaba de repente que era mortal. Lo que ocurría entonces en mi mente era muy parecido a lo que sucede en un gran teatro cuando las luces se apagan de repente y alguien se pone a dar gritos histéricos en la oscuridad de veloces alas, y se le unen otras voces, provocando una tempestad ciega, en la que el trueno negro del pánico crece imparable…, hasta que de pronto vuelven las luces y la representación retoma su curso suavemente. Del mismo modo se asfixiaba mi alma cuando tendido boca arriba, con los ojos completamente abiertos, trataba con todas mis fuerzas de conquistar el miedo, de racionalizar la muerte, de www.lectulandia.com - Página 175 enfrentarme a ella de forma cotidiana, sin apelar a credo o a filosofía alguna. Al final, uno se dice a sí mismo que la muerte está todavía lejos, que habrá tiempo suficiente para razonar sus términos, y, sin embargo, uno sabe que nunca llegará a eso, y, de nuevo, en la oscuridad, en los asientos más baratos, en el teatro privado de uno mismo donde los cálidos pensamientos vivos acerca de las queridas minucias terrenales han desaparecido presas del pánico, se produce un grito de terror que se apaga luego cuando uno se da la vuelta en la cama y se pone a pensar en un asunto distinto. CONTINUAR LEYENDO

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