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jueves, 4 de julio de 2024

"EL DERECHO A SER FELIZ". Un gran artículo de Graciela Cabal.

¿Por qué este título? Ocurre que mi idea de felicidad estuvo en mi infancia –y está todavía- absolutamente ligada a la lectura, a los libros. Yo también “me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca”. Y usé –y uso- los libros, la literatura, como huida, como escudo contra los miedos y desconsuelos.

La niña diminuta que se protegía del frío con un pétalo de rosa; las chicas March, regalando su desayuno de Navidad; el barco de polvo de oro de Peter Pan que yo veía, veía, navegar en el cielo cada vez que me asomaba a la ventanita del altillo de mis abuelos… Y después, más tarde, Remedios, la bella, llevada por un viento irreparable entre el blanco aleteo de sábanas con olor a sol… Puertas a un mundo donde todo es posible: muchachas harapientas que se convierten en reinas, sapos que en verdad son príncipes, el vertiginoso espectáculo del universo encerrado en una pequeñísima esfera tornasolada…

Además sucede que, desde hace tiempo, el tema de la felicidad –y no me refiero sólo a la felicidad que pueden proporcionar los libros- me preocupa y hasta me obsesiona. Es decir, lo que me preocupa es la ausencia de felicidad. Y estoy pensando en mi país, y sobre todo en mi ciudad, Buenos Aires. Qué poca felicidad se respira en Buenos Aires. Cuánta desesperanza.

Al hablar de felicidad me refiero a la de todos, pero especialmente a la de los chicos. Al derecho que los chicos tienen a ser felices. Felices porque sí, con esa dicha revientacorazones de la infancia.

Se ha dicho que cuando uno es muy pequeño comparte la felicidad de los animales, que ignoran la muerte.

“En el tiempo que festejaban mi cumpleaños”, dirá Pessoa, “yo era feliz y nadie estaba muerto”. 

El derecho a ser feliz…¿Está escrito ese derecho, bien clarito, en algún lado?

Es cierto que vendría a ser como un resumen de todos los otros derechos. Pero yo, por si acaso, lo preferiría con un número, el 1, y con unas letras grandes y fosforescentes. Para que nadie se haga el distraído. Para que nadie se piense que la felicidad es cosa de ricos (y los ricos son pocos). Y que para los pobres (y los pobres son muchos) la felicidad es un lujo. O un pecado. O algo del más allá. 

“La infancia es el lugar donde suceden todas las cosas, y suceden de una vez y para siempre, decía Cesare Pavese.

Ahora, yo me pregunto: ¿a los chicos, a nuestros chicos, les está sucediendo la felicidad?

Una de las cosas que pasan de una vez y para siempre en la infancia, son los primeros encuentros con los libros. De ahí la importancia de la calidad de esos primeros encuentros, de esas primeras escenas de lectura de las que, con frecuencia, hablan los escritores en sus libros y que suelen ser vividas como verdaderos deslumbramientos gozosos. ¿Acceden los chicos, nuestros chicos, a esa clase de felicidad?

Difícil hablar de la felicidad de los chicos cuando sabemos que, en el mundo, la mayoría de los chicos son pobres y la mayoría de los pobres son chicos. Que las víctimas primeras de cualquier desgracia, natural o inventada por los hombres, son los chicos.

Difícil hablar de la felicidad de los chicos cuando tantos chicos se han quedado sin oreja que los escuche (esa oreja verde y joven de la que hablaba Gianni Rodari) . Y que de tanto no tener ninguna oreja amiga, muchos chicos se han quedado también sin relato (cada vida es un relato), sin palabras. Y qué peligro cuando alguien se queda sin palabras. Porque son las adicciones las que pasan a ocupar el lugar de las palabras (adicto significa: no dicho).

Difícil hablar de la felicidad de los chicos aquí y ahora, frente al escándalo de chicos sin techo, sin comida, sin escuela, sin hospital, sin agua potable. Escándalo y vergüenza de una sociedad que parece estar suicidándose como nación.

Claro que la felicidad de los chicos es cosa de los grandes. ¿Y es posible para un grande con hambre y sin trabajo, y que se esconde porque no ha podido, piensa, proteger a los suyos de tanta desdicha, es posible, digo, enseñarle a un chico a ser feliz? En una sociedad donde no se valore sino lo que puede justificarse desde el punto de vista de la eficacia, “la causa de los niños”, como decía Françoise Dolto, “está tan mal defendida”.

¿Será que Dios se cansó de los hombres? (de los chicos, no: de los chicos nunca se cansa Dios. Y de las mujeres se cansa, pero poco). ¿Será que Dios, que estaba mirando hacia abajo con su catalejo divino para ver cómo andaban las cosas, justo tuvo la ocurrencia de enfocar el país de nosotros y lo que vio lo hizo enojar y nos retiró su amistad? Hace tanto tiempo que no se aparece por acá el arco iris, que es la señal de amistad de Dios, como cualquiera sabe…

No. La culpa de esto no la tiene Dios. Tampoco la tenemos todos, como gustan tranquilizarse algunos. La culpa la tienen los mandamases de turno que mueven las fichas para que cada vez haya menos ricos más ricos y más pobres bien pobres. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 8 de enero de 2017

Fábula sobre la felicidad.

Hace muchísimo tiempo, antes de los primeros días del mundo, cuando el hombre estaba  a punto de aparecer sobre la tierra, los dioses del Olimpo se reunieron en un acto solemne. En aquella reunión decidieron, de común acuerdo, crear a la mujer y al hombre. Y decidieron hacerlo a su imagen y semejanza. Pero un momento antes de darles la vida, un jovenzuelo dios dijo:
Si vamos a hacerlos a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro y una voluntad y una fuerza y una inteligencia iguales a las nuestras. Debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros; de lo contrario, estaríamos creando nuevos dioses. Por eso propongo que les quitemos algo. Pero ¿qué les podemos quitar?
Después de mucho pensar, uno de los dioses dijo:
Ya lo sé! Vamos a quitarles la felicidad y busquemos un sitio donde esconderla para que no la encuentren jamás.
Uno de los dioses propuso:
La esconderemos en la cima del monte más alto del mundo.
Inmediatamente replicó otro de los dioses:
No. Recuerda que les dimos voluntad. Algún día alguien escalará esa montaña y la encontrará. Y desde ese día todos sabrán dónde está.
Después de un rato de silencio otro propuso:
Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar.
Pero otro dios replicó:
Tampoco. Recuerda que les dimos fuerza. Alguna vez alguien construirá un barco para bajar al fondo del mar y entonces la encontrará.
Otro más dijo:
Entonces vamos a esconderla en un planeta lejano de la tierra.
Todos le dijeron:
No. Recuerda que les dimos inteligencia y un día alguien construirá una nave para poder viajar a otros planetas y la descubrirán. Y, ese día, ya todos tendrán la felicidad y serán iguales a nosotros.
El último en hablar fue el dios más anciano, que había escuchado atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses. Rompió el silencio y dijo:
Creo saber dónde poner la felicidad para que nunca la encuentren.
Todos se sorprendieron y le preguntaron:
¿Dónde?
Y contestó el dios más viejo: La esconderemos dentro de ellos mismos. Estarán tan ocupados y preocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán.
Y así fue. Desde entonces, mujeres y hombres se pasan la vida buscando la felicidad sin saber que la llevan dentro.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Felicidad. Un cuento de Katherine Mansfield

A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.

¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer "beodo o trastornado"? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

"No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir -pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón-. Y no lo expresa porque..."

-¡Gracias, Mary! -Entró en el vestíbulo-. ¿Ha vuelto la niñera?

-Sí, señora.

-¿Han traído la fruta?

-Sí, señora; ya está aquí.

-Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos. CONTINUAR LEYENDO EL CUENTO


viernes, 29 de enero de 2016

Leer nos hace más felices.

Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores y, en general, son menos agresivos y más optimistas, según un estudio reciente de la Universidad de Roma III

La lectura nos hace más felices y nos ayuda a afrontar mejor la existencia. Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores, en general son menos agresivos y más optimistas”. Quienes lo dicen son los responsables de un análisis reciente elaborado por la Universidad de Roma III a partir de entrevistas a 1.100 personas. Aplicando índices como el de la medición de la felicidad de Veenhoven y escalas como la Diener para registrar el grado de satisfacción con la vida, los investigadores han llegado a estas conclusiones que demuestran, como dice Nuccio Ordine, autor del manifiesto La utilidad de lo inútil, que “nutrir el espíritu puede ser tan importante como alimentar el cuerpo” y que necesitamos, mucho más de lo que pensamos, esas experiencias y conocimientos que no se traducen en beneficios económicos.

¿Cómo nos sentimos y qué cambios experimentamos cuando nos sumergimos en una historia? ¿Tiene un efecto transformador? ¿Nos hacen ver los protagonistas de las ficciones nuestras contradicciones y deseos? ¿Nos recuerdan cosas esenciales, tal vez olvidadas? CONTINUAR LEYENDO
Fuente: El País

domingo, 21 de junio de 2015

Seis claves para ser feliz, según la Universidad de Harvard

Cada vez parece más claro que la nueva fiebre del oro no tiene que ver con hacerse millonario ni con encontrar la fuente de la eterna juventud. El tesoro más codiciado de nuestros tiempos es atesorar felicidad, un concepto abstracto, subjetivo y difícil de definir, pero que está en boca de todos. Incluso es materia de estudio en la prestigiosaUniversidad de Harvard.

Durante varios años, algunos de los estudiantes de Psicología de esta universidad americana han sido un poco más felices, no solo por estudiar en una de las mejores facultades del mundo, sino porque, de hecho, han aprendido a través de una asignatura. Su profesor, el doctor israelí Tal Ben-Shahar, es experto en Psicología Positiva, una de las corrientes más extendidas y aceptadas en todo el mundo y que él mismo define como “la ciencia de la felicidad”. De hecho, sostiene que la alegría se puede aprender, del mismo modo que uno se instruye para esquiar o a jugar al golf: con técnica y práctica.

Estos son sus seis consejos principales para sentirse afortunado y contento:

1. Perdone sus fracasos. Es más: ¡celébrelos!

2. No dé lo bueno por hecho: agradézcalo.

3. Haga deporte.

4. Simplifique, en el ocio y el trabajo.

5. Aprenda a meditar.

6. Practique una nueva habilidad: la resiliencia.