domingo, 8 de noviembre de 2020

Te amo con un amor inalterable, un poema de Ibn Hazm (994-1064)

Te amo con un amor inalterable,
mientras tantos amores humanos no son más que espejismos.
Te consagro un amor puro y sin mácula:
en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor;
fuera de él no te pido nada.
Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad
serán para mí como motas de polvo y los habitantes del país, insectos.

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Abu Muhammad Ali Ibn Hazm (أبو محمد علي بن احمد بن سعيد بن حزم) nació en Córdoba, Al-Andalus (actual Andalucía), el 7 de noviembre de 994. Su familia era originaria de la kûra de Lebla (actual provincia de Huelva).

Filósofo, polígrafo, teólogo, historiador, narrador y poeta hispano-árabe, hijo de un alto funcionario de Almanzor, fue visir del califa Abderramán V.
Participó en las guerras que dieron fin al califato Omeya, por lo que fue encarcelado; al quedar en libertad sufrió un breve destierro, tras lo que abandonó la política, dedicándose sólo a escribir y a sus estudios de teología y derecho, abandonó el rito Malequí y adoptó el rito Zaharí.
Debió exiliarse en diferentes taifas de Al Andalus tras la crisis del califato, exilio que le llevó a recorrer varias taifas, entre ellas Sevilla, invitado por Al Mutamid y la taifa de Mallorca.

La célebre quema pública de sus libros en Sevilla le inspiró un conocido poema que dice:

«Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quien es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso,
y en mi tumba será enterrado luego.»

jueves, 5 de noviembre de 2020

Tres cartas de Teddy. Un cuento de Elizabeth Silance Ballard.

La maestra de niños y niñas, obra de Morgan Weistling.
Aquella mañana la señorita Thompson fue consciente de que había mentido a sus alumnos. Les había dicho que ella les quería a todos por igual pero, acto seguido se había fijado en Teddy, sentado en la última fila, y se había dado cuenta de la falsedad de sus palabras.

La señorita Thompson había estado observando a Teddy el curso anterior y se había dado cuenta que no se relacionaba bien con sus compañeros y que tanto su ropa como él parecían necesitar un buen baño. Además el niño acostumbraba a comportarse de manera bastante desagradable con sus profesores. Llego un momento en que la señorita Thompson disfrutaba realmente corrigiendo los deberes de Teddy y llenando su cuaderno de grandes cruces rojas y bajas puntuaciones. Sin duda era lo que merecía por su dejadez y falta de esfuerzo.

En aquel colegio era obligatorio que cada maestro se encargara de revisar los expedientes de los alumnos al inicio de curso, sin embargo la señorita Thompson fue relegando el de Teddy hasta dejarlo para el final. Sin embargo al llegarle su turno, la profesora se encontró con una sorpresa. La profesora de primer curso había anotado en el expediente del chico: “Teddy es un chico brillante, de risa fácil. Hace sus trabajos pulcramente y tiene buenos modales. Es una delicia tenerle en clase.” Tras el desconcierto inicial, la señorita Thompson continúo leyendo las observaciones de los otros maestros. La profesora de segundo había anotado, “Teddy es un alumno excelente y muy apreciado por sus compañeros, pero tiene problemas en seguir el ritmo porque su madre está aquejada de una enfermedad terminal y su vida en casa no debe ser muy fácil.” Por su parte el maestro de tercero había añadido: “La muerte de su madre ha sido un duro golpe para él. Hace lo que puede pero su padre no parece tomar mucho interés, sin no se toman pronto cartas en el asunto, el ambiente de casa acabará afectándole irremediablemente.”. Su profesora de cuarto curso había anotado: “Teddy se muestra encerrado en sí mismo y no tiene interés por la escuela. No tiene demasiados amigos y, a veces, se duerme en clase.”

Avergonzada de sí misma, la señorita Thompson cerró el expediente del muchacho. Días después, por Navidad, aún se sintió peor cuando todos los niños le regalaron algunos detalles envueltos en brillantes papeles de colores. Teddy le llevó un paquete toscamente envuelto en una bolsa de la tienda de comestibles. En su interior había una pulsera a la que faltaban algunas piedras de plástico y una botella de perfume medio vacía. La señorita Thompson había abierto los regalos en presencia de la clase, y todos rieron mientras enseñaba los de Teddy. Sin embargo las risas se acallaron cuando la señorita Thompson decidió ponerse aquella pulsera alabando lo preciosa que le parecía, al tiempo que se ponía unas gotas de perfume en la muñeca. Teddy fue el último en salir aquel día y antes de irse se acercó a la señorita Thompson y le dijo: “Señorita, hoy huele usted como solía oler mi mamá.”

Aquel día la señorita Thompson quedó sola en la clase, llorando, por más de una hora. Aquel día decidió que dejaría de enseñar lectura escritura o cálculo. A partir de ahora se dedicaría a educar niños. Comenzó a prestar especial atención a Teddy y, a medida que iba trabajando con él, la mente del niño parecía volver a la vida. Cuánto más cariño le ofrecía ella, más deprisa aprendía él. Al final del curso, Teddy estaba ya entre los más destacados de la clase. Esos días, la señorita Thompson recordó su “mentira” de principio de curso. No era cierto que los “quisiera a todos por igual”. Teddy se había convertido en uno de sus alumnos preferidos.

Un año después la maestra encontró una nota que Teddy le había dejado por debajo de su puerta. En ella Teddy le decía que había sido la mejor maestra que había tenido nunca.

Pasaron seis años sin noticias de Teddy. La señorita Thompson cambió de colegio y de ciudad, hasta que un día recibió una carta de Teddy. Le escribía para contarle que había finalizado la enseñanza superior y para decirle que, continuaba siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Unos años más tarde recibió de nuevo una carta. El niño le contaba como, a pesar de las dificultades había seguido estudiando y que pronto se graduaría en la universidad con excelentes calificaciones. En aquella carta tampoco se había olvidado de recordarle que era la mejor maestra. Cuatro años después, en una nueva carta, Teddy relataba a la señorita Thompson como había decidido seguir estudiando un poco más tras licenciarse. Esta vez la carta la firmaba el doctor Theodore F. Stoddard, para la mejor maestra del mundo.

Aquella misma primavera, la señorita Thompson recibió una carta más. En ella Teddy le informaba del fallecimiento de su padre unos años atrás y de su próxima boda con la mujer de sus sueños. En ella le explicaba que nada le haría más feliz que ella ocupara el lugar de su madre en la ceremonia.

Por supuesto la señorita Thompson aceptó y acudió a la ceremonia con el brazalete de piedras falsas que Teddy le regalará en el colegio y, perfumada con el mismo perfume de su madre. Tras abrazarse, Teddy le susurró al oído: “Gracias, señorita Thompson, por haber creído en mí. Gracias por haberme hecho sentir importante, por haberme demostrado que podía cambiar.”

Visiblemente emocionada, la señorita Thompson le susurró: “Te equivocas, Teddy, fue al revés. Fuiste tú el que me enseñó que yo podía cambiar. Hasta que te conocí, yo no sabía lo que era enseñar.”

martes, 3 de noviembre de 2020

Los cuentos de Charles Perrault, ¿cuentos maravillosos o documentos históricos? Un artículo de Susana Navone publicado en Imaginaria, revista sobre literatura infantil y juvenil.

Texto de la ponencia presentada por la autora en el II Congreso Internacional de Literatura para Niños “Producción, Edición y Circulación” (Buenos Aires, agosto de 2010). Imaginaria agradece su gentileza y autorización para publicarla en estas páginas.

Charles Perrault vivió entre 1628 y 1703, en pleno siglo de Luis XIV. Fue contemporáneo de Molière, Racine y La Fontaine. Miembro de la Academia Francesa, así como de las Academias de Pintura, de Escultura y de Ciencia, tuvo los cargos de Canciller de la Academia de Letras y Controlador general de los edificios y jardines de Francia. Habitaba una casa con acceso a los jardines del Palacio Real y tenía, además, un gabinete en la casa de su protector, Colbert, el primer ministro, y una cámara en Versalles. Desde joven se dedicó a escribir. Escribió libros en verso, sátiras, libros de arte y de caza, biografías de hombres ilustres, obras de tema mitológico. La obra por la cual fue famoso en su época es Paralelos, una serie de volúmenes en los que trata de demostrar la superioridad de los modernos sobre los antiguos. Hizo traducciones del latín y escribió sus memorias. Sin embargo, pasó a la posteridad por un librito de cuentos, escrito ya pasados los sesenta años, que ni siquiera se molestó en firmar.

Los tres primeros cuentos de Perrault son relatos en verso: “La paciencia de Griselda”, “Los deseos ridículos” y “Piel de Asno”. A partir de 1691 comenzaron a aparecer en periódicos y en antologías hasta que en 1694 estos tres relatos fueron publicados en un solo volumen en La Haya por Adrián Moetjens. Poco después, hubo una reedición acompañada de un prefacio. Los cuentos en verso no se volvieron a publicar hasta el año 1781 en que aparecieron junto a los cuentos en prosa.

Se conserva un manuscrito de 1695 con cinco cuentos en prosa: “La Bella Durmiente del bosque”, “Caperucita Roja”, “Barba Azul”, “El gato con botas” y “Las hadas”. La obra lleva por título Cuentos de Mamá Oca. Dos años después, en 1697, el editor Barbin publicó un libro con el título de Historias o Cuentos del tiempo pasado con moralejas. Tenía ocho cuentos en prosa, los cinco que estaban en el manuscrito de 1695 más otros tres: “Cenicienta”, “Riquete el del copete” y “Pulgarcito”.

Los cuentos de Perrault, en el momento en que fueron escritos, tenían un doble destinatario: las personas concurrentes a la corte de Versalles y los niños. La moda de los cuentos de hadas entre la gente de la clase alta había empezado unos años antes, en 1685, con la condesa d’Aulnoy. Testimonios de la época prueban que los cinco cuentos en prosa que figuran en el manuscrito de 1695 fueron leídos en voz alta y discutidos en las reuniones literarias cortesanas. Ahora bien, el mismo autor, en el prefacio a la cuarta edición de los tres cuentos en verso de 1694, indica que su obra está dedicada a los niños: 

“Por más frívolas y bizarras que sean estas fábulas en sus aventuras, es seguro que despiertan en los niños el deseo de parecerse a aquellos que ven arribar a un final feliz y al mismo tiempo el temor a las desgracias en que caen los malvados a causa de su maldad. ¿No es acaso elogiable de parte de los padres y las madres, que cuando sus niños no son todavía capaces de paladear las verdades sólidas y desnudas de todo encanto, se las hagan amar y, si se me permite decirlo, se las hagan tragar envueltas en relatos agradables y proporcionados a la debilidad de su edad?” 



lunes, 2 de noviembre de 2020

El rey de los topos y su hija. Un cuento ilustrado de Alejandro Dumas.

En las afueras de un pueblito de Hungría, tan pequeño que su nombre ni siquiera aparece en el mapa, había una casita en la que vivía una pobre viuda con su hijo. 

La viuda se llamaba Madeleine, y su hijo Joseph.

Un pequeño huerto, tras el cual había un campo, era toda su riqueza. 

Trabajaban en él con tenacidad, y vendiendo frutas y cosechando trigo se ganaban la vida, aunque pobremente, es cierto. Pero ninguno de los dos tenía otra ambición que disfrutar aquello que les fue concedido por la parsimoniosa bondad del Señor. 

Joseph siempre había sido un buen hijo, un muchacho piadoso. Amaba a su madre, la cuidaba en su vejez y nunca la había hecho sufrir, al menos no de manera deliberada. Así llegó a la edad de veinte años.

Era un joven apuesto de 1,62 metros, bien distribuidos a lo largo de su mediana estatura, con un hermoso pelo rubio y rizado, tal y como aquel con el que los iluminadores del siglo XVI dotaban a los ángeles en los misales. Tenía los ojos muy rasgados, tan azules como el cielo, los dientes blancos y una tez que, a través de su bronceado, reflejaba la frescura y la salud de la juventud.

Joseph siempre había sido festivo y alegre. El domingo, después de vísperas, era el primero en salir corriendo tras los violinistas, y una vez daban la señal para que el baile empezara, no abandonaba el lugar hasta que el último músico pasaba el arco sobre las cuerdas de su violín.

El resto de la semana era totalmente diferente. El pueblo no conocía un hombre más trabajador que él: labraba el campo, araba el huerto, injertaba árboles y podaba los rosales; pues, gracias a la manera en que organizaba sus cosas, tenía tiempo para todo, y en medio de los perales, manzanos y melocotoneros, había también lugar para las flores.

A menudo su madre quería ayudarle, aunque solo fuese quitando la maleza de los caminos o los parterres. Pero él, riendo, le quitaba el azadón de las manos y le decía:

–Madre, cuando usted se tomó la molestia de tener un hijo tan grande y robusto como yo, hizo la promesa a Dios de que una vez ese niño tuviera veinte años, usted podría descansar. Ya tengo veinte años, así que descanse. Y si no quiere dejarme solo, pues mucho mejor. Siéntese allí, que el solo hecho de verla me dará ánimos. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 1 de noviembre de 2020

Autopsicografía, un poema de Fernando Pessoa


El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,
a leer sus lectores vienen,
no los dos que él ha tenido,
sino sólo el que no tienen.

Y así en la vida se mete,
distrayendo a la razón,
y gira, el tren de juguete
que se llama corazón.