viernes, 31 de marzo de 2023

"GARBANCITO Y EL BUEY". Un cuento popular italiano recopilado por Italo Calvino.

Había un hojalatero que no tenía hijos. Un día su mujer estaba sola en la casa y hacía hervir unos garbanzos. Pasó una mendiga y pidió una escudilla de garbanzos como limosna.
—No es que a nosotros nos sobren los garbanzos —dijo la mujer del hojalatero—, pero donde comen dos también comen tres: aquí tiene una escudilla y apenas los garbanzos estén cocidos, le doy un cucharón lleno.
—¡Por fin encontré un alma bondadosa! —dijo la mendiga—. Mire: yo soy un hada y quiero premiarla por su generosidad. ¡Pídame lo que quiera!
—¿Qué puedo pedirle? —dijo la mujer—. El único disgusto que tengo es el de no tener hijos.
—Si no es más que eso —dijo el hada, golpeando las manos—, ¡que los garbanzos en la olla se le vuelvan hijos!
El fuego se apagó, y de la olla, como garbanzos que hierven, saltaron afuera cien niños, pequeños como granitos de garbanzos y empezaron a gritar: —¡Mamá, tengo hambre! ¡Mamá, tengo sed! ¡Mamá, álzame en brazos!—, y a desparramarse por los cajones, las hornallas, los tarros. La mujer, asustada, se agarró la cabeza: —¿Y cómo hago ahora para sacarle el hambre a todas estas criaturas? ¡Pobre de mí! ¡Lindo premio que me dio! ¡Si antes, sin hijos, estaba triste, ahora que tengo cien estoy desesperada!
—Yo creí hacerla feliz —dijo el hada—, pero si no es así, ¡que sus hijitos vuelvan a ser garbanzos! —y golpeó otra vez las manos.
Las vocecitas no se oyeron más y en lugar de los hijitos había sólo muchos garbanzos desparramados por la cocina. La mujer, ayudada por el hada, los recogió y volvió a ponerlos en la olla; eran noventa y nueve.
—¡Qué raro! —dijo el hada—, hubiera jurado que eran cien.

Después el hada comió su escudilla de sopa, saludo y se fue. 


miércoles, 29 de marzo de 2023

REVISTA CATALEJOS. VOL. 8, NÚM. 15 (diciembre 2022 - junio 2023). “Ni manto ni neblinas. Representaciones de Malvinas a cuarenta años de la guerra”

En este número, en el marco del cuadragésimo aniversario de la guerra de Malvinas (abril – junio de 1982), presentamos el dossier 15 coordinado por Federico Lorenz, “Ni manto ni neblinas. Representaciones de Malvinas a cuarenta años de la guerra”, a quien agradecemos tan inmenso trabajo. A lo largo de sus páginas, investigadoras e investigadores abordan las diversas representaciones de la experiencia histórica que fue la guerra y la posguerra.


ENFOQUES: DOSSIER.

Ni manto ni neblinas. Representaciones de Malvinas a cuarenta años de la guerra. Federico Lorenz PDF 7-11

Malvinas y literatura: hacia una pedagogía popular de la memoria. Julieta Daniela Celuci PDF 12-24

Testimonio y documentación en ficciones de Malvinas
Elisa Filippi, Florencia Chiaretta. PDF 25-39

Del maravilloso al terror. El cuento de hadas en Las Islas, de Carlos Gamerro Laura Destéfanis PDF 40-56

El motivo del “Viaje a Malvinas” en la literatura juvenil argentina. Marta Elena Castellino PDF 57-76

Los Cuentos argentinos con Malvinas para jóvenes (1984) de Susana Gesumaría y Aarón Cupit: los primeros relatos sobre la guerra de Malvinas en la literatura juvenil Flavia Lorena Martinez PDF 77-95

La guerra de Malvinas en imágenes para el aula Florencia Bottazzi PDF 96-122

Pedagogía de la memoria y Malvinas: abordaje desde la literatura Silvina Barroso, Anahí Cristina Asquinyer, Cristina Andrea Giacobone PDF 123-141

Crónica y la malvinización de la derrota. El Mundial de Inglaterra 1966 como vehículo de reivindicación soberana Carlos Sebastián Ciccone PDF 142-167

El Colegio Ward de Morón en una encrucijada. Entre la pax orbis y la guerra de Malvinas. Una aproximación desde sus memorias y fuentes documentales (1982) Sebastián Federico Paris PDF 168-187

Samuel Fisher Lafone. Un vínculo entre las Malvinas y el resto del continente Yliana Rodríguez PDF
188-200

El viaje de Daniel Lamb a bordo del Breakwater (1830-1831): Un relato lobero de Patagonia y Malvinas Sofía Haller PDF 201-222

TRAVESÍAS: ARTÍCULOS.

Lectura literaria en pantallas: posibilidades y prácticas en las aulas Lucia Godoy PDF 223-247

LEVEN ANCLAS: PROPUESTAS DE INTERVENCIÓN.

Historias "secundarias" de Malvinas Florencia Ayelén Suriani, Pablo Javier Melara, Luisina Palomba
PDF 248-258

MIRADAS: ENTREVISTAS.

Entrevista a Elizabeth Jelin
Laura Rafaela García
PDF
259-263

HOJA DE RUTA: RESEÑAS TEÓRICAS.

Hojas de Ruta: Reseñas Teóricas Silvia Camuña, Ricardo Kaliman, María Belén Salgado, Lucrecia López, Cecilia Bajour PDF 264-291

EN LA MIRA: RESEÑAS LITERARIAS.

En la mira: Reseñas literarias Francisco Aiello, Romina Colussi, María Victoria Islas, Enzo Menestrina, María Elisa Santillán, Maria José Troglia, Lucía Belén Couso PDF 292-337

martes, 28 de marzo de 2023

"VIENTOS DEL PUEBLO". Un poema de Miguel Hernández, muerto (asesinado?) en las cárceles franquistas



VIENTOS DEL PUEBLO. Miguel Hernández

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


lunes, 27 de marzo de 2023

"ESA BOCA". Un cuento de Mario Benedetti

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: «¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?». A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas». En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. «¿Y si me fuera cuando empieza ese número?». «Bueno», contestó el padre, «así, sí».

La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron —ahora sí— los payasos.

Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquéllas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.

Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?».

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

domingo, 26 de marzo de 2023

"LA LUCHA DE UNA MUJER DE 100 AÑOS CONTRA LA CENSURA DE LIBROS EN FLORIDA".

Grace Linn dice que solo está haciendo lo que su primer esposo, quien murió luchando en la Segunda Guerra Mundial, estaba haciendo: luchar por la libertad.

La voz más convincente contra la prohibición de libros en Florida estaba sentada en su andador mientras se dirigía a las 500 personas en la reunión de esta semana de la Junta Escolar del Condado de Martin.

“Soy Grace Linn”, dijo. “Tengo cien años de edad. Estoy aquí para protestar por la política de prohibición de libros del distrito escolar. Mi esposo, Robert Nicoll, murió en acción en la Segunda Guerra Mundial a una edad muy temprana. Tenía solo 26 años, defendiendo nuestra democracia, Constitución y libertades”.

La unidad de su esposo había estado proporcionando municiones a la Resistencia francesa cuando fue bombardeada y ametrallada por aviones nazis el Día de la Decoración de 1944, ocho días antes de la invasión de Normandía. Ella tenía siete meses de embarazo cuando él fue inicialmente declarado desaparecido en combate. Un telegrama informando que había sido declarado muerto le fue entregado en el hospital tres días después del nacimiento de su hija, Nicci. Más tarde, Linn recibió una foto que su esposo había traído consigo a Europa, pero sus restos nunca se recuperaron.

“Una de las libertades que los nazis aplastaron fue la libertad de leer los libros que prohibieron”, dijo en la reunión de la junta escolar. “Detuvieron la prensa libre y prohibieron y quemaron libros. La libertad de leer, que está protegida por la Primera Enmienda, es nuestro derecho y deber esencial de nuestra democracia. Aun así, está continuamente bajo el ataque de grupos públicos y privados que creen que tienen la verdad”.

Un hombre que estaba detrás de ella sostenía una colcha bordeada con el amarillo autobús escolar, cuyos cuadrados estaban llenos de títulos de libros que iban desde Amado de Toni Morrison hasta El hombre invisible de Ralph Ellison, Lolita de Vladimir Nabokov y 1984 de George Orwell .

“En respuesta a la prohibición de libros en todo nuestro país y el condado de Martin el año pasado, cuando tenía 99 años, creé esta colcha”, continuó. “Para recordarnos a todos que estos pocos de tantos libros que están prohibidos o dirigidos deben mostrarse y protegerse con orgullo y leerse, si así lo desea”.

Dejó en claro que, en su opinión, lo que Florida ha estado intentando bajo el gobernador Ron DeSantis es la peligrosa agitación de un mal similar al que su esposo se dispuso a combatir.

“Prohibir libros y quemar libros es lo mismo. Ambos se hacen por la misma razón. Miedo al conocimiento. El miedo no es libertad. El miedo no es libertad. El miedo es control. Mi marido murió como padre de la libertad. Soy una madre de la libertad. Los libros prohibidos deben exhibirse con orgullo y protegerse de juntas escolares como esta. Muchas gracias." CONTINUAR LEYENDO Y ACCEDER AL ARTÍCULO DE DAILY BEAST

NOTA: En el vídeo que aparece en el artículo  se puede ver (a partir del minuto 53:30) la intervención de Grace Linn ante la Junta Escolar del Condado de Martin.

sábado, 25 de marzo de 2023

Diez razones para escribir para los niños. Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Liteatura de 1978.

El gran autor Isaac Bashevis Singer, ganador del Premio Nobel de Liteatura, aseguraba que tenía más de 500 razones para escribir para los niños. Pero, para ganar tiempo, decidió limitarse a enumerar estas diez:
  1. Los niños leen libros y no críticas de libros. Los críticos les importan un pepino.
  2. Los niños no leen para encontrar su identidad.
  3. No leen para liberarse de un complejo de culpa, para satisfacer su ansia de rebelión ni para deshacerse del sentimiento de alienación.
  4. Los niños no hacen uso de la psicología.
  5. Aborrecen la sociología.
  6. No intentan siquiera comprender a Kafka.
  7. Siguen creyendo en el Bien, en la familia, en los ángeles, en los demonios, en brujas, en los diablos burlones, en la lógica, en la claridad, en los signos de puntuación y en muchas otras cosas comprensibles.
  8. Les gusta leer relatos interesantes y no comentarios, ni guías o notas que acompañan a textos.
  9. Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente sin sentimiento de culpa o temor a la autoridad.
  10. No esperan de su escritor preferido que salve la humanidad. Por más jóvenes que sean, ya han comprendido que él no está en condiciones de hacerlo. Solamente los adultos tienen ilusiones tan infantiles.
Fuente: Fundación Cuatrogatos

viernes, 24 de marzo de 2023

" La nieve de Chelm". Un cuento infantil del Premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer.

Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que había caído allí. Sellaron el barril para que la luna no se escapara. Cuando a la mañana destaparon el barril y comprobaron que la luna ya no estaba allí, los aldeanos concluyeron que había sido robada. Llamaron a la policía, y, cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.

De todos los tontos de Chelm, los más famosos eran los siete ancianos. Como eran los tontos más rematados y más viejos, gobernaban en Chelm. De tanto pensar, tenían las barbas blancas y las frentes muy anchas.

Una vez, durante toda una noche de Hannukkah, la nieve no cesó de caer. Cubrió todo Chelm como un manto de plata. La luna brilló, las estrellas titilaron, y la nieve relució como perlas y diamantes.

Esa noche los siete ancianos estaban sentados y reflexionando, mientras arrugaban sus frentes. La aldea necesitaba dinero, y no sabían cómo obtenerlo. De repente, el más anciano de ellos, Groham el Gran Tonto, exclamó:

–¡La nieve es plata!

–¡Veo perlas en la nieve! –gritó otro.

–¡Y yo veo diamantes! –agregó un tercero.

Para los ancianos de Chelm estaba claro que había caído un tesoro del cielo.

Pero pronto comenzaron a preocuparse. A la gente de Chelm le gustaba caminar, y ciertamente terminarían por pisotear el tesoro. ¿Qué se podía hacer? El tonto Tudras tuvo una idea.

–Enviemos un mensajero que golpee en todas las ventanas y comunique a todos que deben permanecer en sus casas hasta que se hayan recogido la plata, las perlas y los diamantes.

Durante un rato los ancianos quedaron satisfechos. Se restregaron las manos y aprobaron la astuta idea. Pero entonces Lekisch el memo hizo notar con aflicción:

–El mensajero mismo pisoteará el tesoro.

Los ancianos comprendieron que Lekisch tenía razón, y otra vez arrugaron las frentes en un esfuerzo por solucionar el problema.

–¡Ya lo tengo! –exclamó Shmerel el Buey.

–Dinos, dinos –rogaron los ancianos.

–El mensajero no debe ir a pie. Debe ser transportado sobre una mesa, para que sus pies no toquen la preciosa nieve.

Todos quedaron encantados con la solución de Shmerel el Buey, y los ancianos, batiendo palmas, admiraron su sabiduría.

Los ancianos enviaron inmediatamente a alguien a la cocina a buscar a Gimpel, el chico de los recados, y lo pusieron sobre una mesa. Y ahora ¿quién habría de transportar la mesa? Fue una suerte que en la cocina estuvieran Treitle el cocinero, Berel el pelador de patatas, Yukel el mezclador de ensaladas, y Yontel, que cuidaba a la cabra de la comunidad. Se les ordenó a los cuatro que llevaran la mesa en la que Gimpel se había puesto de pie. Cada uno sostuvo una pata. Arriba estaba Gimpel con un martillo de madera, para golpear en las ventanas de los aldeanos. Entonces salieron.

En cada ventana Gimpel golpeaba y decía:

–Nadie debe salir de casa esta noche. Ha caído un tesoro del cielo y está prohibido pisarlo.

La gente de Chelm obedeció a los ancianos y permaneció en sus casas durante toda la noche. Entretanto los propios ancianos se sentaron, tratando de imaginar cómo harían mejor uso del tesoro, una vez que lo recogieran.

El tonto Tudras propuso que lo vendieran y compraran una gansa que pusiera huevos de oro. Así la comunidad tendría unos ingresos fijos. Lekisch el memo tuvo otra idea. ¿Por qué no comprar anteojos que hicieran parecer más grandes todas las cosas a los habitantes de Chelm? Las casas, las calles y las tiendas parecerían más grandes, y desde luego, si Chelm parecía más grande, pues entonces sería más grande. Ya no sería una aldea, sino una gran ciudad.

Surgieron otras ideas igualmente ingeniosas. Pero mientras los ancianos sopesaban sus diversos planes, llegó la mañana y brilló el sol. Miraron por la ventana y, caramba, vieron que la nieve había sido pisoteada. Las pesadas botas de los porteadores de la mesa habían destruido el tesoro.

Los ancianos de Chelm se acariciaron sus blancas barbas y admitieron que habían cometido un error. ¿Quizás, razonaron, otras cuatro personas debían haber llevado a los cuatro hombres que llevaron la mesa en la que estaba Gimpel, el chico de los recados?

Tras largas deliberaciones los ancianos decidieron que, si durante el próximo Hannukkah llegaba a caer otro tesoro del cielo, eso era exactamente lo que habrían de hacer.

Aunque los aldeanos se quedaron sin tesoro, estaban llenos de esperanzas para el año siguiente y elogiaron a los ancianos, con quienes sabían que se podía contar para encontrar una solución, por muy difícil que fuera el problema.

Fuente: narrativabreve.com