sábado, 31 de mayo de 2025

"NADIE QUIERE A LOS FILÓSOFOS". La sociedad debería convertir el pensamiento y la literatura en grandes aliados del progreso. Jordi Llovet. (El País 24 ABR 2016)

La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.

En 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".

Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.

Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.

No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.

A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.

Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.

Jordi Llovet es catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.

viernes, 30 de mayo de 2025

"MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y LA MUERTE". Un cuento de César Vallejo

Jarales estadizos de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mucho grano que en él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Espera. No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!

Por allí mi caballo avanzaba. A los once años de ausencia, acercábame por fin aquel día a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más entero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas riendas asidas, por las orejas atentas del cuadrúpedo y volviendo por el golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi madre que, muerta dos años antes, ya no habría de aguardar ahora el retorno del hijo descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas de la tarde limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo comenzaba a agitarme en nostálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí, siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.

Con ella había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff… También fue en julio, cerca de la fiesta de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repentino maguey de un meandro:

—Señora… ¡Cuidado!…

Y mi pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanzada ¡ay!, del arzón a las piedras del sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me decían qué la había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba ya por mi madre.

Pero ahora lloraba más, recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y me hacía más cariño y también me daba más bizcochos de bajo de sus almohadones y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya solo la hallaría muerta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio.

Mi madre había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte recibila en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían emprendido viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en remotísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas ardientes y desconocidas.

Mi animal resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo, cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya horizontal. Y todavía, hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se veía el panteón retallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; y yo ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.

A la aldea llegué con la noche. Doblé la última esquina, y, al entrar a la calle en que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puerta. Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio miedo. También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro. Particular revuelo de nervios secó mis lagrimales. Avancé. Saltó del poyo mi hermano mayor, Ángel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía que había venido de la hacienda, por causa de negocios. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 29 de mayo de 2025

"TÚ, CUYA MANO..." de Agustín García Calvo, en Canciones y Soliloquios (Lucina, 1976)

Tú, cuya mano me ha bañado
de un fuego transparente las espaldas,
cuyos ojos en claros naufragios hundieron
algunos principios elementales de mi alma,
tú eres mi patria.

Tú, que no tienes apellido,
que no sé si eres pájaro o si alcándara,
que de todos tus brazos las letras de plomo
cayéndose han ido, como si fueran nueces vanas,
tú eres mis padres
y mi patria.

Tú, que ni tú te acuerdas dónde
tendiste a orear las nubes blancas,
que de tantos amores que tienes confundes
el nombre de todos los días de cada semana,
tú eres mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú, que tan dulcemente besas
que el cielo bocabajo se volcaba,
y que no se sabía de quién ya la lengua,
de quién la saliva, de puro sabrosa y templada,
tú eres mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Tú, que apacientas calaveras
por las praderas de la verde África
y a los rojos leones les echas de pasto
las rosas de leche de luna de Nuruquimagua,
tú eres mi ejército
y mis leyes
y mi Dios
y mis padres
y mi patria.

Eres mi ejército y mis leyes
y mi Dios y mis padres y mi patria,
y el ejército y Dios y las leyes y todas
las patrias y padres se creen que tú no eres nada:
que no eres nada.

Agustín García Calvo, en Canciones y Soliloquios (Lucina, 1976)

miércoles, 28 de mayo de 2025

Cynthia Rimsky: «No entiendo por qué pedirle a la literatura que tenga un mensaje». Mariana Toro Nader, Ethic, 4 MAR 2025

«Para alguien que aprecia el arte, la confusión no es alarmante». Hablemos de esa pulsión explicativa que hay muchas veces en las artes, no solo plásticas, sino también en la literatura, ese imperativo de que siempre hay que entender. Pero el protagonista dice que Clara, desde el primer día, le prohibió comprender sus obras…

Ha sido curioso porque todo lo que está en la novela es lo que ha pasado después con su recepción. Me ha impresionado mucho que a la gente le gusta la novela, pero la termina y se preguntan de qué se trata. El problema de los reseñistas es entender de qué se trata. Han empezado a decir que va del arte, del amor. Y la novela va ni del arte ni del amor. Yo trabajo con las formas, que creo que es el trabajo del arte: no qué contar, sino cómo contar. Y justamente lo que me interesaba era meterme en el tema que tú dices, en la tensión que hay de que hoy en día todo necesita tener explicación. Es impresionante: si no le buscas una explicación, no existe la novela. Y eso es lo que ha ido pasando con Clara y confusa, que, como no tiene explicación, se crea una gran confusión… Uno escribe como lee: yo leo totalmente metida en el libro, y cuando termino no me pregunto qué significado tiene el libro, simplemente lo siento, me pongo a pensar, me remueve. Los libros buenos me dejan pensando en la vida, no en el libro, no tratando de buscar cuál es el sentido. En este libro, mi idea formal era aprovechar la estructura clásica de las novelas, una cosa lineal, una historia que contar, pero explotarla por dentro, que nada de eso sirviera para encontrarle un sentido o una interpretación. Lo ideal sería que, en vez de seguir buscando explicaciones, la gente se rindiera a lo que sintió con la novela.

La filósofa Claire Marin dice que le gustaría que su libro tuviera una especie de acordeón con los apuntes sueltos que se le habían ocurrido anárquicamente y a los que luego se les dio un sentido lineal para que hicieran parte del libro. Porque ella afirma que el pensamiento se lleva mal con la linealidad. Y yo pensaba con Clara y confusa, y también con Poste restante, en esa desarticulación de la racionalidad, de que no necesariamente primero va esto y luego esto otro, y no por eso uno se está perdiendo algo…

Claro, claro. Es curioso cómo en la novela se ha anquilosado una forma de comprender lineal y lógica. Sin embargo, en el cine, gracias al montaje, tú aceptas que primero aparezca el ojo y después aparezca un cuchillo y lo demás te lo imaginas. Ahora tengo la sensación de que se quiere domesticar a la literatura. «Tráigala acá a un lugar seguro, la controlamos porque sabemos lo que dice, le decimos a usted lo que usted piensa». Pero, si uno piensa, el lenguaje todavía es un misterio; en el fondo, la literatura es algo indescifrable. Los cabalistas medievales dicen que la interpretación es un trabajo muy largo que va de arriba de lo más superficial a lo más hondo. El problema parte de la escuela, que te enseñan a leer con «identifique protagonista, antagonista, conflicto principal, conflicto secundario, líneas de motivación, personajes, características psicológicas»… Yo aprendí a leer así, es tremendo, y sufrí mucho. Pero el pensamiento no funciona así. Cuando uno está pensando, salta de una cosa a otra, no tiene algo lógico. Entonces, uno podría decir que es una novela hiperrealista [risas], porque en el fondo reproduce los mecanismos de cómo realmente pensamos y no cómo tratamos de domesticar lo que pensamos.

El narrador en un punto dice: «Estoy tan lejos de la fiesta del pastelito como de entender el comportamiento humano». Y sí, al final jamás se va a entender qué es exactamente el amor, ni vamos a tener nunca claro qué siente el otro por nosotros, porque es otro y no te le puedes meter en la cabeza. Y a lo mejor si pudieras tampoco estaría del todo claro…

Y además que tú tampoco estás clara cuando empiezas a entender al otro. Eso también te desfigura a ti. No hay ninguna posibilidad de ese rostro a rostro, solo de contacto. Desde El futuro es un lugar extraño, lo que me interesa es la idea del contacto, de llegar al momento de estar ahí, que tú sientas que él está en la fiesta, crear un mundo en el cual tú puedas vivir, crear un tiempo especial, que era como leía en la infancia… Yo leía básicamente para escaparme de mis padres, de sus ideas, de todo eso que tenían programado para que yo fuera. Pescaba un libro y era la forma de escapar. Vivía lo que vivía la heroína y a partir de ahí me contaba mi propia historia. Volvía a tomar el libro cuando necesitaba insumo para seguir imaginando. Los libros son como ventanas para mí, más que historias cerradas. Son como huecos por donde tú te puedes escapar.

Porque cuando todo es borroso, cuando algo no es nítido, da lugar para la imaginación. Cuando no queda todo a, b, c, d, sino que tienes que meterte y que tu propio pensamiento se vaya de forma anárquica a otros lugares…

Ah, ¿te pasó? Bueno, eso es. [Risas] No entiendo por qué pedirle a la literatura que tenga un mensaje. Creo que esto viene de una manera de leer de la academia norteamericana que es como encasillar. Raúl Ruiz habla de que el problema del cine es que estamos en una manera yanqui de ver los conflictos: siempre hay un personaje que quiere decidir entre el bien y el mal. Y en la literatura también estamos siendo bombardeados con un formateo que no quiere que nada ni nadie se les escape. CONTINUAR LEYENDO

martes, 27 de mayo de 2025

"EL NOMBRE MÁS CORTO". Un minicuento de Laura Devetach

Cierta vez, en cierto país, hubo un gran concurso. Consistía en premiar a la persona que tuviera el nombre más corto.

Se presentó muchísima gente. El que estaba a punto de ganar era un señor llamado O.

Todo el mundo ya empezaba a gritar ¡Viva, viva!, cuando todo quedó interrumpido porque se había presentado Casio reclamando el premio.

Él era Casi-o. 

Ya empezaban a gritar de nuevo ¡Viva, viva!, cuando llegó alguien que decía tener el nombre más corto que Casio.

Se llamaba Nicasio, o sea, ni-casi-o. Y ganó Nicasio.

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lunes, 26 de mayo de 2025

"LOS TRABAJOS SIN HÉRCULES: VII. LIMPIAR LOS ESTABLOS DE AUGÍAS. I". Un poema de Mayte Gómez Molina

I.

Todo el mundo que conozco
es alcohólico en distintos tiempos verbales

Es una posibilidad
ya agotada o futura

Tenemos que beber para soportar
hacer lo que no nos gusta
pero también
lo que nos gusta
Tenemos que beber
para volver al cuerpo
que sigue en el metro volviendo del trabajo,
atrapado en una de esas líneas circulares
donde la gente se duerme y no la despierta nadie

Castigo mitológico:
vas a beber y a no saciarte nunca
Porque eres un cántaro lleno de grietas
que intentas rellenar con evasiones aprendidas
en algunas películas
cuando todavía no sabías distinguir
la realidad de una fotografía


domingo, 25 de mayo de 2025

"EL CLUB DE LECTURA". Irene Vallejo, Milenio 21 MAY 2025

Los clubes de lectura resisten el vértigo digital, creando comunidad, reflexión y nuevas formas de imaginar el futuro

En nuestros tiempos acelerados, todavía sobreviven rituales lentos. Pienso en esa gente original que acaba sus tareas y se dedica a leer, prescindiendo del vértigo tentador de las redes sociales, la hipnosis de las pantallas, los anestesiantes píxeles de colores. Algunas de esas personas asombrosas encuentran a otros adictos a la imaginación y organizan juntos un club de lectura. Como ellos, en siglos de ritmo más pausado, al acabar el día, las familias buscaban la lumbre de las hogueras y de las historias.

Tenemos noticia de un club de lectura ya en el siglo XV. Lo cuenta una curiosa crónica titulada “El Evangelio de las Ruecas”. Describe seis veladas en las que varias vecinas de una localidad francesa se reúnen en un lugar y hora convenidos, equipadas con husos, lino y libros. Leen pasajes sobre amoríos, matrimonios y costumbres, y charlan con la picardía y los conocimientos ancestrales de los que se sienten depositarias. Mientras hablan y ríen, tejen con hábiles dedos, como si fueran conscientes de que todo texto es un tejido. Interrumpen, comentan, plantean objeciones, explican sus opiniones, imaginan una realidad distinta. También hoy, pequeños grupos de soñadores imaginan el futuro al calor de los libros, convirtiendo la literatura en conversación, amistad y hallazgo. Saben que, hablando sobre otros mundos posibles, comprendemos mejor el nuestro.