Mostrando entradas con la etiqueta Ana Mª Matute. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Mª Matute. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de enero de 2017

"El año que no llegó". Un cuento de Ana Mª Matute.

El niño debía cumplir un año. Salió a la puerta y miró el borde de las cosas, donde se puso una luz de color distinto a todo. «Voy a cumplir un año, esta noche, a las diez», dijo. La luz se hizo más viva, extendiéndose, llenando la corteza del cielo. El niño tendió los brazos y empezó a andar, torpemente. Tenía, sujeto a cada pie, un saquito de arena dorada. Oyó el grito estridente de los vencejos Subían, como una salpicadura de tinta, hacia aquella luz hermosa. «Voy a cumplir un año, esta noche, a las diez». Pero el grito de los vencejos agujereó la corteza de luz, el color que era distinto a todas las cosas, y aquel año, nuevo, verde, tembloroso, huyó. Escapó por aquel agujero, y no se pudo cumplir.
FIN

domingo, 15 de enero de 2017

"El negrito de los ojos azules". Un cuento de Ana Mª Matute

Una noche nació un niño.
Supieron que era tonto porque no lloraba y estaba negro como el cielo. Lo dejaron en un cesto, y el gato le lamía la cara. Pero, luego, tuvo envidia y le sacó los ojos. Los ojos eran azul oscuro, con muchas cintas encarnadas. Ni siquiera entonces lloró el niño, y todos lo olvidaron.

El niño crecía poco a poco, dentro del cesto, y el gato, que le odiaba, le hacía daño. Mas él no se defendía porque era ciego.
Un día llegó a él un viento muy dulce. Se levantó, y con los brazos extendidos y las manos abiertas, como abanicos, salió por la ventana.
Fuera, el sol ardía. El niño tonto avanzó por entre una hilera de árboles, que olían a verde mojado y dejaban sombra oscura en el suelo. Al entrar en ella, el niño se quedó quieto, como si bebiera música. Y supo que le hacían falta, mucha falta, sus dos ojos azules.
—Eran azules —dijo el niño negro
—. Azules, como chocar de jarros, el silbido del tren, el frío. ¿Dónde estarán mis ojos azules? ¿Quién me devolverá mis ojos azules?
Pero tampoco lloró, y se sentó en el suelo. A esperar, a esperar.
Sonaron el tambor y la pandereta, los cascabeles, el frufrú de las faldas amarillas y el suave rastreo de los pies descalzos. Llegaron dos gitanas, con un oso grande. Pobre oso grande, con la piel agujereada. Las gitanas vieron al niño tonto y negro. Le vieron quieto, las manos en las rodillas, las cuencas de los ojos rojas y frescas, y no le creyeronvivo. Pero el oso, al mirar su cara negra, dejó de bailar. Y se puso a gemir y llorar por él.
Las gitanas hostigaron al animal: le pegaron, y le maldijeron sus palabras de cuchillo. Hasta que sintieron en el espinazo un aliento de brujas y se alejaron, con pies de culebra. Ataron una cuerda al cuello del oso y se lo llevaron a rastras, llenas de polvo.
Cayeron todas las hojas de los árboles, y, en lugar de la sombra, bañó al niño tonto el color rojo y dorado. Los troncos se hicieron negros y muy hermosos. El sol corría carretera adelante cuando apareció, a lo lejos, un perro color canela que no tenía dueño. El niño sintió sus pasos cerca y creyó oír que le daba vueltas a la cola, como un molino. Pensó que estaba contento.
—Dime, perro sin amo, ¿viste mis dos ojos azules?
El perro puso las patas en sus hombros y lamió su cabeza de uvas negras. Luego, lloró largamente, muy largamente. Sus ladridos se iban detrás del sol, ya escondido en el país de las montañas.
Cuando volvió el día, el niño dejó de respirar. El perro, tendido a sus pies toda la noche, derramó dos lágrimas. Tintinearon, como pequeñas campanillas. Acostumbrado a andar en la tierra, con las uñas hizo un hondo agujero que olía a lluvia y a gusanitos partidos, a mariquitas rojas punteadas de negro. Escondió al niño dentro. Bien escondido, para que nadie, ni los ocultos ríos, ni los gnomos, ni las feroces hormigas, le encontraran.
Llegó el tiempo de los aguaceros y del aroma tibio, y florecieron dos miosotis gemelos en la tierra roja del niño tonto y negro.
FIN

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La verdadera historia de "La bella durmiente". Conversación de Ana Mª Matute y Antonio Rodríguez Almodóvar llevada a cabo en la Biblioteca Nacional de España.



Pequeña referencia de Antonio Rodríguez Almodóvar acerca de dos cuentos: "Blancaflor" y su semejanza con "Jasón y el vellocino de oro", y "La bella durmiente"

El retorno de las vacaciones enfrenta al profesorado con las tareas del nuevo curso. En nuestro ámbito, con la muy concreta, y decisiva, de diseñar un buen programa de lecturas, que ayude a los alumnos a adquirir, o a fortalecer, el hábito de meterse en los libros. Primero, por puro placer. Segundo, por todo lo demás. En ese combate desigual con las otras acechanzas de nuestro tiempo -que no hay que nombrar-, siempre es bueno asegurarse de que tal o cual libro responde a expectativas seguras. Y para ello, nada como los clásicos del género. En su afán por renovar la oferta de estos textos, las editoriales se esfuerzan por hacerlos cada vez más atractivos, más didácticos. Toda ayuda es poca.

Así, nos encontramos con una edición de Jasón y el vellocino de oro, en Akal, con abundante aparato de entretenimientos derivados de la portentosa aventura de los Argonautas. Un relato mitológico fundamental en la cultura de Occidente, que en la parte referida a Medea tiene su correlato popular en el cuento de Blancaflor, la hija del diablo. En este sentido, no será ocioso confrontar ambas lecturas, de las que surgirán ricas sugerencias, y no pocas sorpresas. Con este libro, la editorial aumenta su oferta de historias de semejante cariz: la Guerra de Troya, Ulises, Julio César, Lanzarote, Moisés...

En la dirección del diseño como mejora, Edelvives nos trae su colección de clásicos, muy cuidada. Por ejemplo, los Cuentos de Perrault. Textos completos, ilustraciones divertidas, y una muy documentada introducción de Mauro Armiño. El cuento de La bella durmiente del bosque figura con su extraña segunda parte, que algunos editores eliminan imprudentemente. En ella, por chocantes que parezcan las truculentas acciones derivadas de los celos de una suegra edípica -la madre del Príncipe, que quiere comerse a sus nietos y a continuación a su nuera-, cobra pleno sentido la historia. Pues ahí la pasiva y dormilona heroína tiene que espabilar, para salvar a sus hijos, mientras el esposo, como de costumbre, va a la guerra. Otras muchas claves antropológicas y psicológicas están encerradas en esta narración, a la manera en que lo hacen los cuentos, como símbolos dirigidos al inconsciente, donde ejercen su secreta enseñanza.

Precisamente la versión más ligera que hicieron los hermanos Grimm de esta tremenda historia es la que publica Anaya, pero reforzada en sus profundidades -de todos modos llenas de misterios- por las excelentes ilustraciones de Ana Juan, uno de los más firmes valores de la ilustración actual española. Ni que decir tiene que sirve como iniciación a esta historia para los más pequeños, pero que luego deberán abordar el relato completo tal como la escribiera Perrault. Y porque son prácticamente inasequibles las versiones más antiguas del italiano Basile, o recogidas de la tradición medieval en Cataluña, bastante más descarnadas todavía, pero donde se enseña a valorar el papel activo de la heroína, mucho más allá del tópico de la Bella Dormilona, limitada a esperar el beso salvador del Príncipe Azul. Y por no entrar hoy en la versión masculina de este relato, El príncipe durmiente en su lecho, que todavía pudo recoger de la tradición oral uno de los colaboradores de Machado y Álvarez. Otro día, con más tiempo, les hablaré de esta apasionante cuestión.

jueves, 6 de octubre de 2016

Caminos. Un cuento de Ana Mª Matute.

En el pueblo los llamaban les Francisquitos, por alguna extraña razón que ya nadie recordaba, pues él se llamaba Damián y ella Timotea. Se les tenía aprecio y algo de lástima, porque eran buenos, pobres y estaban solos. No tenían hijos, por más que ella subió tres veces a la fuente milagrosa, a beber el agua de la maternidad, e hizo cuatro novenas a la santa con el mismo deseo. Labraban una pequeña tierra, detrás del cementerio viejo, que les daba para vivir, y tenían como única fortuna un hermoso caballo rojo, al que llamaban Crisantemo. Muchas veces, los Francisquitos sonreían mirando a Crisantemo, y se decían:

—Fue una buena compra, Damián.

—Buena de veras —decía él—. Valió la pena el sacrificio. Sabes, mujer, aunque la tierra no dé más que pa mal vivir, el Crisantemo es siempre un tiro cargado. Entiendes lo que quiero decir, ¿no?

—Sé —respondía ella—. Sé muy bien, Damián. Es un empleo que le dimos a los ahorros.

Crisantemo era el fruto de una buena cosecha de centeno. Nunca pudieron ahorrar, hasta entonces. Cierto que apretaron el cinturón y se privaron del vino (y hasta el Damián de su tabaco). Pero se tuvo al Crisantemo, que daba gloria de ver. Nemesio, el juez, que tenían en la aldea por hombre rico —más de cien cabezas de ganado y tierras en Pinares, Huesares y Lombardero—, le dijo, señalando la caballería con el dedo:

—Buen caballo, Francisquito, buen caballo.

Alguna proposición tuvo de compra. Pero, aunque la tentación era fuerte —se presentó un invierno duro, dos años después—, los Francisquitos lo pensaron bien y mejor. Lo hablaron a la noche, ya recogidos los platos, junto a la lumbre. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 28 de septiembre de 2016

De ninguna parte. Un cuento de Ana Mª Matute.

La tarde iba dorando suavemente las paredes del Aula Tres, y de cuando en cuando Tesa echaba un vistazo hacia la ventana, que casi rozaba su pupitre. Allí, casi pegadas a los cristales, asomaban las ramas altas del árbol que Mme. Saint Genis llamaba plátano, y Tesa El Amigo. Si aún quedaba sol, como ocurría aquella tarde de Septiembre, Tesa podía mantener secretas conversaciones con el árbol, y los rayos enviaban mensajes, guiños cómplices a través de las hojas y las ramas. Sobre todo si se trataba, como en aquel momento, de la Clase de Lectura en Voz Alta y tenía como objeto LA LEYENDA DORADA. Aunque Tesa no cumpliría diez años hasta Julio había aprendido bastantes cosas de la vida en general y de la suya en particular. No sólo sabía de árboles y desengaños, sino que había llegado a dominar un lenguaje secreto, interior, que nada tenía que ver con LA LEYENDA DORADA ni con la Clase de Lectura en Voz Alta. Por ejemplo, se podía mantener una larga conversación con El Amigo, si todavía quedaba algo de sol en la tarde otoñal. Y sabía también lo difícil que puede resultar el inicio de una amistad, o dicho más claramente, lo difícil que puede ser encontrar un amigo. Hacía algún tiempo que una cadena de sutiles desencantos, desde el estupor a la decepción, iban enroscándose día a día en el corazón de Tesa. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 24 de septiembre de 2016

"La felicidad". Un cuento de Ana Mª Matute.

Cuando llegó al pueblo, en el auto de línea, era ya anochecido. El regatón de la cuneta brillaba como espolvoreado de estrellas diminutas. Los árboles, desnudos y negros, crecían hacia un cielo gris azulado, transparente.

El auto de línea paraba justamente frente al cuartel de la Guardia Civil. Las puertas y ventanas estaban cerradas. Hacía frío. Solamente una bombilla, sobre la inscripción de la puerta, emanaba un leve resplandor. Un grupo de mujeres, el cartero y un guardia, esperaban la llegada del correo. Al descender notó crujir la escarcha bajo sus zapatos. El frío mordiente se le pegó a la cara.

Mientras bajaban su maleta de la baca, se le acercó un hombre.

—¿Es usted don Lorenzo, el nuevo médico? —le dijo.

Asintió.

—Yo, Atilano Ruigómez, alguacil, para servirle.

Le cogió la maleta y echaron a andar hacia las primeras casas de la aldea. El azul de la noche naciente empapaba las paredes, las piedras, los arracimados tejadillos. Detrás de la aldea se alargaba la llanura, levemente ondulada, con pequeñas luces zigzagueando en la lejanía. A la derecha, la sombra oscura de unos pinares. Atilano Ruigómez iba con paso rápido, junto a él. CONTINUAR LEYENDO


jueves, 22 de septiembre de 2016

El escaparte de la pastelería. Un cuento de Ana María Matute

El escaparate de la pastelería

El niño pequeño, de los pies descalzos y sucios, soñaba todas las noches que entraba dentro del escaparate. Tras el cristal había tartas de manzana, guindas rojas y salsa de caramelo, que brillba. Aquel niño pequeño iba siempre seguido de un perro descolorido, delgado. Un perro de perfil.

Una noche, el niño se levantó con ojos extrañamente abiertos. Los ojos de aquel niño estaban barnizados de almíbar, y su boca tenía dientecillos agudos, ansiosos. Llegó al escaparate y apoyó la frente en el cristal, que estaba frío. Sintió gran desolación en las palmas de las manos. Todo estaba apagado, y nada veía. Pero aquel niño sonámbulo volvió a su choza con las redondas pupilas, de color de miel y azúcar tostado, muy abiertas.

El sol llegó, grande, y el niño lo vio entrar. No podía cerrar los ojos y suspiraba. En aquel momento una señora caritativa asomó la cabeza por la puerta. Traía un cazo lleno de garbanzos que le habían sobrado.

-Yo no tengo a hambre. Yo no tengo hambre –dijo el niño. Y la señora caritativa, escandalizada, se fue a contarlo a todo el mundo. “Yo no tengo hambre”, repitió el niño, interminablemente.

El flaco perrillo se marchó de allí, con el corazón oprimido. Volvió, trayendo en la boca un trozo de escarcha, que brillaba al sol como un gran caramelo. El niño lo chupó durante toda la mañana, sin que se fundiera en su boca fría, con toda la nostalgia.

FIN

El jorobado. Un cuento de Ana Mª Matute.

El jorobado

El niño del guiñol estaba siempre muy triste. Su padre tenía muchas voces, muchos porrazos, muchos gritos distintos, pero el niño estaba triste, con su joroba a cuestas, porque su padre lo escondía dentro de la lona y le traía juguetes y comida cara, en lugar de ponerle una capa roja con cascabeles encima de la corcova, y sacarlo a la boca del teatrito, con una estaca, para que dijera: “¡Toma, Cristobita, toma, toma!”, y que todos se riesen mucho viéndole.

FIN