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miércoles, 19 de julio de 2023

"LA TRISTEZA". Un cuento de Anton Chejov

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces. 

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 17 de marzo de 2022

"LA TRISTEZA". Cuentos de Antón Chéjov y Rosario Barrios Peña, partiendo de otro de Lucía Berlin.

Estando leyendo Punto de vista, un cuento del libro de relatos Manual para mujeres de la limpieza de Lucía Berlin, que comienza:

"Imaginemos Tristeza, el cuento de Chéjov, en primera persona. Un anciano explicándonos que su hijo acaba de morir. Nos sentiríamos turbados, incómodos, incluso aburridos, y reaccionaríamos precisamente como los pasajeros del cochero del relato. La voz imparcial de Chéjov, sin embargo,, imbuye a ese hombre de dignidad. Absorvemos la compasión del autor por él, y nos conmueve en lo más hondo, si no la muerte del hijo, el hecho de que el viejo termine hablando con el caballo.
Creo que en el fondo, es porque somos inseguros.
Quiero decir que si les presentara así a la mujer sobre la que estoy escribiendo...
"Soy una mujer de cincuenta y tantos años, soltera. Trabajo en la consulta de un médico. Vuelvo a casa en autobús. Los sábados voy a la lavandería y luego hago la compra en Lucky's, recogo el Chronicle del domingo y me voy a casa", me dirían: eh, no me agobies.
En cambio, mi historia se abre con: "Cada sábado, después de la lavandería y el supermercado, Henrietta comparaba el Chronicle  del domingo". Ustedes escucharán todos y cada uno de los detalles compulsivos, obsesivos y aburridos de la vida de esta mujer solo porque está escrita en tercera persona. Caramba, pensarán, si el narrador cree que hay algo en esta patética criatura sobre lo que merezca la pena escribir, será que lo hay. Seguiré leyendo, a ver qué pasa."
Pues bien, me ha parecido interesante contrastar lo dicho por la autora con dos cuentos: uno el ya citado de Chéjov, y otro de Rosario Barrios Peña que lleva el mismo título, pero que en este caso está escrito en primera persona. No desvelaré mis conclusiones. Sin embargo os invito a que los leáis y a que, si os apetece, pongáis vuestras opiniones en "comentarios".


LA TRISTEZA
Anton Chéjov

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces. CONTINUAR LEYENDO


LA TRISTEZA
Rosario Barros Peña (España, 1935)
 El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

FIN


martes, 7 de abril de 2020

La muerte de un funcionario público, un cuento de Anton Chejov

El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz…, cuando, de repente… -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de improvisos-, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo…, apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.

Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan…, a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.

-Le he salpicado probablemente -pensó Tcherviakof-; no es mi jefe; pero de todos modos resulta un fastidio…; hay que excusarse.

Tcherviakof tosió, se echó hacia delante y cuchicheó en la oreja del consejero:

-Dispénseme, excelencia, le he salpicado…; fue involuntariamente…

-No es nada…, no es nada…

-¡Por amor de Dios! Dispénseme. Es que yo…; yo no me lo esperaba…

-Esté usted quieto. ¡Déjeme escuchar!

Tcherviakof, avergonzado, sonrió ingenuamente y fijó sus miradas en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: estaba molesto e intranquilo. En el entreacto se acercó a Brischalof, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, murmuró:

-Excelencia, le he salpicado… Hágame el favor de perdonarme… Fue involuntariamente.

-¡No siga usted! Lo he olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo -contestó su excelencia moviendo con impaciencia los hombros. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 12 de noviembre de 2016

Un cuento de Chejov, "Un asesinato", texto del 4º Encuentro de tertulias literarias dialógicas de San Carlos (Brasil). 4º. ENCONTRO DE TERTÚLIAS LITERÁRIAS DIALÓGICAS DE SÃO CARLOS.

Mi buena amiga Vanessa Girotto, con la que tuve la oportunidad de compartir palabras sobre las Tertulias Literarias Dialógicas cuando estuvo por España, ha colocado en facebook esta información sobe el 4º Encuentro de Tertulias Literarias dialógicas de San Carlos, en Brasil. Allí, Niños y adultos compartiendo palabras alrededor del cuento "Un asesinato", de Chéjov.

UN ASESINATO
Anton Chéjov

Es de noche. La criadita Varka, una muchacha de trece años, mece en la cuna al nene y le canturrea:

«Duerme, niño bonito, que viene el coco...»

Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta. Colgados a una cuerda que atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidas por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.

La atmósfera es densa. Huele a piel y a sopa de col.

El niño llora. Está hace tiempo afónico de tanto llorar; pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Parece que su llanto no va a acabar nunca.

Varka tiene un sueño terrible. Sus ojos, a pesar de todos sus esfuerzos, se cierran, y, por más que intenta evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios, y se siente la cara como de madera y la cabeza pequeñita cual la de un alfiler.

«Duerme, niño bonito...», balbucea.

Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanasy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosa. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la musiquita la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir; si se durmiese, los amos le pegarían.

La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos medio cerrados de Varka, en cuyo cerebro semidormido nacen vagos ensueños. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 6 de mayo de 2016

La dama del perrito. Un cuento de Anton Chejov.

Decían que en la avenida apareció una figura nueva: una dama con un perrito. Dmitry Dmitrich Gurov, que ya llevaba dos semanas en Yalta y se había acostumbrado al lugar, empezó, también él, a sentir interés por las caras nuevas. Sentado en el pabellón Vernet, vio pasar por la avenida a una dama joven, rubia, de mediana estatura y tocada con una boina; tras ella corría un blanco perro de pomerania. 
Después la encontraba varias veces por día en el parque de la ciudad y en el jardín público. Paseaba siempre sola, con la misma boina, acompañada por el perrito blanco; nadie sabía quién era y la llamaban simplemente: la dama del perrito. 
«Si está aquí sin marido y sin conocidos -cavilaba Gurov- no estaría de más trabar amistad con ella.»
No había cumplido aún los cuarenta, pero ya tenía una hija de doce años y dos hijos colegiales.
Lo habían casado temprano, cuando cursaba el segundo año de estudios en la universidad, y ahora su mujer parecía mucho mayor que él. Era una mujer alta, de cejas oscuras, erguida, de modales graves y reposados; ella misma solía decir que era una mujer pensante... Leía mucho, escribía cartas con ortografía modernizada y al marido lo llamaba Dimitry en lugar de Dmitry, mientras que éste, para sus adentros, la consideraba estrecha, mediocre y poco elegante; le tenía miedo y sentía pocas ganas de estar en casa. Hacía mucho tiempo ya que la engañaba, lo hacía con frecuencia y por esta causa, probablemente, siempre hablaba mal de las mujeres; cuando se hablaba de ellas en su presencia, solía acotar: -¡Raza inferior! Le parecía que su amarga experiencia le otorgaba suficientes derechos para llamarlas de cualquier manera, a pesar de lo cual, no podía pasar ni dos días sin la «raza inferior». 
La compañía de hombres le resultaba aburrida, no se sentía a gusto con ellos y se volvía parco y frío, mientras que con las mujeres era desenvuelto, sabía de qué hablar y cómo conducirse; hasta le resultaba fácil permanecer callado con ellas. En su físico, en su carácter, en toda su naturaleza había algo atrayente, inasible, algo que predisponía bien a las mujeres hacia él; sabiéndolo, también él se sentía arrastrado hacia ellas por una fuerza desconocida. CONTINUAR LEYENDO EL CUENTO

sábado, 21 de noviembre de 2015

Vanka. Un cuento de Antón Chejof

Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.

Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.

El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 31 de agosto de 2013

Faulkner y Chejov, dos autores clásicos imprescindibles.

 Faulkner y Chejov, dos autores clásicos imprescindibles  Faulkner y Chejov, dos autores clásicos imprescindibles

William Faulkner fue un autor odiado y amado. Ahora que ya no está; que hace 50 años que se fue. Continúa siendo un escritor polémico. Y nos ha dejado obras maravillosas e imprescindibles. Decía de él mismo que era un estudiante perezoso y lento; aunque algunas de sus obras las escribió con tan solo 6 meses de tiempo.
Anton Chejov es uno de los autores rusos más recomendables. Se lo considera el máximo representa de la escuela realista en Rusia y su obra es una de las más importantes de la dramaturgia y la narrativa de la literatura universal. No hay complejidad, o sí pero tan encubierta que parece no existir. Sus descripciones son absolutamente líricas y te permiten acceder al universo íntimo de los personajes con total fluidez.

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Fuente: Poemas del alma