martes, 12 de enero de 2016

El gato con botas. Un cuento de Chales Perrault (388 aniversario de su nacimiento)

Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 11 de enero de 2016

La bella y la bestia o la herida demasiado grande. Un cuento de Clarice Lispector

Comienza:
Bien, entonces salió del salón de belleza por el ascensor del hotel Copacabana Palace. El chófer no estaba ahí. Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde. Y de repente se acordó: le había dicho al «señor» José que la viniera a recoger a las cinco, no habiendo calculado que no se arreglaría las uñas de los pies ni de las manos, solamente masaje. ¿Qué debía hacer? ¿Tomar un taxi? Pero tenía consigo un billete de quinientos cruceiros y el taxista no tendría cambio. Había traído dinero porque el marido le había dicho que nunca se debe andar sin nada. Se le ocurrió volver al salón de belleza y pedir dinero. Pero... —pero era una tarde de mayo y el aire fresco era una flor abierta con su perfume—. De esta manera pensó que era maravilloso e inusitado permanecer de pie en la calle, con el viento que movía sus cabellos. No se acordaba de cuándo había sido la última vez que había estado sola consigo misma. Tal vez nunca. Siempre estaba ella con otros, y en esos otros ella se reflejaba y los otros se reflejaban en ella. Nada era... era puro —pensó sin entenderse—. Cuando se vio al espejo —la piel trigueña por los baños de sol hacía resaltar las flores doradas cerca del rostro en los cabellos negros—, se contuvo para exclamar un «¡Ah!» —pues ella era una entre cincuenta millones de unidades de gente bonita—. Nunca hubo —en todo el pasado del mundo— alguien que fuera como ella. Y después, en tres trillones de trillones de años, no habría una chica exactamente como ella. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 10 de enero de 2016

Un artículo de María Pía Chiesino al cumplirse 60 años de lapublicación de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Esta semana se cumplen sesenta años de la publicación de Pedro Páramo, una de las más importantes novelas de la literatura latinoamericana del siglo XX. Grande, paradójicamente, a pesar de su brevedad: alrededor de cien páginas. En muchos otros textos de la narrativa del “boom”, aparece el personaje del dictador, o del “poderoso” del pueblo, que marca a fuego la vida de quienes lo rodean y la historia que se relata. Asturias, Roa Bastos, García Márquez, han publicado extensas novelas que han tenido en estos personajes, su figura central.

Rulfo fue mucho más breve, pero trazó su historia de manera tan magistral, que en esas pocas páginas los lectores asistimos a la historia de Pedro Páramo desde su infancia hasta su muerte, ya anciano.

Las voces que narran la historia de Comala nos llegan desde la tumba. Juan Preciado, Dorotea, Eduviges Dyada, Susana San Juan, el propio Pedro, comparten una condición que los iguala: están muertos. Y todos murieron sin el perdón de sus pecados, y son, por lo tanto, almas en pena.

Juan, porque llegó a Comala, sin saber que ya se trataba de un pueblo de fantasmas. Y los demás, porque son feligreses del padre Rentería, que estaba él mismo en pecado, (al decir del cura de Contla), por haber permitido que el poder político destrozara su Iglesia: “Quiero creer que todos siguen siendo creyentes; pero no eres tú el que mantiene su fe; lo hacen por superstición y por miedo”, le dice. Y le prohíbe la administración de los santos óleos.

Comala es entonces, un pueblo condenado, situado “en la mera boca del infierno”, un pueblo lleno de murmullos y de fantasmas en el que nada es lo que parece y en el que manda “un rencor vivo”, Pedro Páramo, que está muerto.

Cuando pensamos en las voces de esos condenados, no podemos dejar de considerar que, aunque están igualados por la muerte, cada uno fue quien fue y ocupó el lugar que le tocó mientras andaba por la tierra. Un lugar signado por la desigualdad. Y esa injusticia que los marcó en la vida, los alcanza también al morir.

Juan no eligió ser hijo natural de Pedro Páramo y que este le negara reconocimiento. María Dyadano eligió que su hermana se suicidara. Susana San Juan no eligió la locura.

En Comala, siempre decide el Poder. El padre Rentería elige no pedir por el alma de Eduviges, porque su hermana no tiene dinero para comprar el perdón. También decide no absolver a Miguel, el único de los numerosos hijos a quien Pedro Páramo decidió dar su apellido. Por último elige irse a la guerra cristera y abandonar a los demás feligreses a su suerte.

Y el otro personaje que elige y decide es Pedro, claro: “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”, afirma, cuando ve que se festeja la muerte de Susana San Juan, la única persona a la que amó en toda su vida.

En esta hermosa y terrible novela, escuchamos las charlas bajo la tierra de estos personajes que nos contagian su melancolía y su asfixia. Lo único que nos alivia por momentos, son los recuerdos de la infancia del protagonista, su único lazo con la felicidad.

A lo largo de esas cien páginas, los lectores seguimos acompañando, como otros lo hicieron hace sesenta años, las voces entrañables de aquellos que, después de la muerte, siguen penando por los pecados de los poderosos.
Fuente: Programa de Bibliotecas para Amar

Forges y los libros


sábado, 9 de enero de 2016

Zygmunt Bauman: “Las redes sociales son una trampa” (Entrevista)

Acaba de cumplir 90 años y de enlazar dos vuelos para llegar desde Inglaterra al debate en que participa en Burgos. Está cansado, lo admite nada más empezar la entrevista, pero se expresa con tanta calma como claridad. Se extiende en cada explicación porque detesta dar respuestas simples a cuestiones complejas. Desde que planteó, en 1999, su idea de la “modernidad líquida” —una etapa en la cual todo lo que era sólido se ha licuado, en la cual “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”—, Zygmunt Bauman es una figura de referencia de la sociología. Su denuncia de la desigualdad creciente, su análisis del descrédito de la política o su visión nada idealista de lo que ha traído la revolución digital lo han convertido también en un faro para el movimiento global de los indignados, a pesar de que no duda en señalarles las debilidades.

Este polaco (Poznan, 1925) era niño cuando su familia, judía, escapó del nazismo a la URSS, y en 1968 tuvo que abandonar su propio país, desposeído de su puesto de profesor y expulsado del Partido Comunista en una purga marcada por el antisemitismo tras la guerra árabe-israelí. Renunció a su nacionalidad, emigró a Tel Aviv y se instaló después en la Universidad de Leeds, que ha acogido la mayor parte de su carrera. Su obra, que arranca en los años sesenta, ha sido reconocida con premios como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2010, junto a su colega Alain Touraine. CONTINUAR LEYENDO
Fuente: Babelia. El País


Amorosa. Un cuento de Guy de Maupassant

Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia. Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuánto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo.

Se sentó, abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la dejó encima de la mesa y empezó una carta:

«Mi adorable Irene: Habrás recibido un recuerdo mío; ahora, solo en mi casa, pensando en ti...»
No pasó adelante; dejando la pluma, se levantó; iba y venía...
Desde marzo tenía una querida, no una querida como las otras, mujer de aventuras, actriz, callejera o mundana; era una mujer a la que había pretendido y logrado con verdadero amor. Él ya no era un joven; pero distando todavía de ser viejo, miraba seriamente las cosas a través de un prisma positivo y práctico.
«Hizo balance» de su pasión, como lo hacía siempre al terminar el año, de sus amistades y de todas las variaciones y sucesos de su existencia. Ya calmado su primer apasionamiento ardoroso, podía examinar con precisión hasta qué punto la quería y cuál podía ser el porvenir de aquellos amores. Descubrió arraigado en su alma un cariño profundo, mezcla de ternura, encanto y agradecimiento, poderosos lazos que sujetan para toda la vida.
Un campanillazo lo hizo estremecer. Dudó. ¿Abriría? Es preciso abrir a un desconocido, que al pasar llama en la noche de Año Nuevo. Cogió una bujía, salió al recibimiento, hizo girar la llave, trajo hacia sí la puerta... y vio en el descansillo a su querida, pálida como un cadáver y apoyando una mano en la pared.  CONTINUAR LEYENDO

La mujer de Lot. Un poema de de Wislawa Szymborska

La mujer de Lot

Dicen que miró hacia atrás por curiosidad.
Pero yo podría haber tenido otras razones aparte de la curiosidad.
Miré hacia atrás por pena de una fuente de plata.
Por distracción mientras me ataba el cordón de mi sandalia.
Para evitar seguir mirando el justo cuello
de Lot, mi esposo.
Por una repentina certidumbre de que si yo hubiera muerto
él ni siquiera habría atenuado su marcha.
Por la desobediencia de los humildes.
Alerta a la persecución.
Repentinamente serena, esperanzada de que Dios hubiera cambiado de parecer.
Nuestras dos hijas ya estaban casi en la cima de la colina.

Sentí la ancianidad dentro de mí. Lejanía.
La futilidad de nuestro vagar. Somnolencia.
Miré hacia atrás mientras dejaba mi atado en el suelo.
Miré hacia atrás por miedo de dónde poner a continuación mi pie.
En mi camino aparecieron serpientes,
arañas, ratas de campo y buitres jóvenes.
Entonces no había justos ni malvados -simplemente todas las criaturas vivientes
reptaban y saltaban en medio de un pánico común.
Miré hacia atrás por soledad.
Por vergüenza de que estaba huyendo.
Por un deseo de gritar, de volver.
Justo cuando una súbita ráfaga de viento
me deshizo el peinado y me levantó mis vestidos.
Tuve la impresión de que lo estaban viendo todo desde las murallas de Sodoma
y estallaban en risas sonoras de vez en cuando.
Miré hacia atrás por rabia
para gozar de su gran ruina
miré hacia atrás por todas las razones que he mencionado.
Miré hacia atrás a pesar de mí misma.
Fue sólo una roca que se desprendió, resonando bajo los pies.
Una repentina grieta que cortó mi camino.
Al borde un hámster correteó parado en sus patas traseras.
Fue entonces que miramos los dos hacia atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
repté y gateé hacia arriba,
hasta que la oscuridad me aplastó desde el cielo,
y con ella, grava ardiente y pájaros muertos.
Por falta de aliento me balanceaba repetidamente.
Si alguien me hubiera visto podría haber pensado que estaba bailando.
No se descarta que mis ojos hayan estado abiertos.
Podría ser que siento mi cara vuelta hacia la ciudad.