jueves, 11 de junio de 2020

El pequeño monstruo blanco, un cuento de la escritora inglesa Catherine Crowe (1790-1876).

En el barrio de Marylebone había en otro tiempo una casa habitada por un fantasma muy especial.

El espectro solo aparecía intermitentemente y en épocas muy distanciadas.

En realidad, solamente estaba ocupada la planta baja de la casa, pues los departamentos estaban realquilados como oficinas, cuyo personal se retiraba a las siete u ocho de la tarde.

Un día, un tal señor L…, agente de seguros sobrecargado de trabajo, decidió quedarse hasta altas horas de la noche en su oficina y rogó a su empleado M. B. que permaneciera con él.

Hacia la una de la madrugada se quedaron muy extrañados al oír que alguien llamaba a la puerta. El empleado abrió, pero no había nadie. Al cabo de unos minutos se volvieron a escuchar los golpes, pero esta vez en la ventana, cosa mucho más sorprendente, ya que el despacho estaba situado en un tercer piso y la ventana se encontraba a gran altura sobre un patio estrecho y profundo.

El señor L… fue personalmente a ver lo que ocurría, pero no alcanzó a ver a nadie.

Poco después volvieron a escucharse los golpes, pero esta vez en el interior de la habitación. Se oían dentro de una vitrina cuyos cristales estaban cubiertos por una lustrina verde; allí se guardaban los expedientes.

El señor L… y su empleado no tuvieron que molestarse en abrir la vidriera, ya que se abrió por sí sola y todos los expedientes se desparramaron por la habitación.

Al mismo tiempo los dos aterrorizados hombres vieron una horrible criaturilla correr velozmente a lo largo de las paredes.

Apenas de dos pies de alto, de una blancura enfermiza de criptógama, tenía los brazos y las piernas cubiertos de viruela, esqueléticos, y culminaban en manos y pies enormes; la cabeza, muy grande y peluda, no tenía rostro, aparte de algo semejante a un hocico que surgía del centro de lo que debería ser la cara. El monstruillo blanco dio seis o siete veces la vuelta a la habitación a una velocidad extraordinaria, sin chocar con ningún mueble. Luego se lanzó por la ventana y desapareció.

El señor L… y su empleado decidieron montar guardia durante las noches siguientes, pero la horripilante criatura no volvió a aparecer.

Seis meses después, hacia el anochecer, el empleado se disponía a marcharse, cuando oyó llamar a la puerta, luego a la ventana y casi al mismo tiempo en el armario.

Esta vez el armario permaneció cerrado, pero el pequeño fantasma surgió bruscamente del escritorio y empezó a correr a lo largo de las paredes. El señor B…, aunque asustado, intentó coger al hombrecillo. Al segundo o tercer intento, le puso la mano encima, pero no tocó más que aire, o mejor dicho, «sumergió sus manos en un aire muy frío y de mínima consistencia».

La tercera aparición tuvo lugar algunas semanas más tarde, igualmente a la hora de cerrar la oficina, pero esta vez estaban presentes el señor L…, el empleado B… y un cliente, M. W.

El monstruo fantasma no se había anunciado por la serie de golpes habituales, incluso había cambiado de táctica y se mantenía inmóvil en el ángulo de la chimenea. Únicamente su hocico se movía de un modo repugnante. El señor L… le lanzó un libro, y el monstruillo dio un salto extraordinario y desapareció literalmente en el aire.

Una investigación estableció que, alrededor de treinta años antes, una mujer había muerto al dar a luz, en esa misma casa, a un niño horriblemente deforme que solo vivió unos minutos.

A estos hechos turbulentos por sí mismos, añadiremos otro con cierta reserva, pues hasta tal punto nos desconcierta. Pero a las declaraciones formales de los señores L… y B… se añaden las no menos formales de dos testigos dignos de crédito: el conocido solicitante F… y el inspector de la policía fluvial M…

El señor L… no había escondido estos acontecimientos a los demás inquilinos de la vivienda y empezaron a divulgarse.

A raíz de ello recibió la visita de una tal señora M… que vivía en Bow, miembro de una sociedad de investigaciones físicas, de sólida reputación.

La señora M… afirmó que podía acabar con la siniestra actividad del monstruillo blanco y añadió que no quería recompensa alguna. Aceptó, incluso requirió la presencia de testigos dignos de confianza. Fueron, tal como acabamos de explicarlo, además del señor L… y el señor B…, el solicitante F… y el inspector M…

El día fijado, la señora M… llegó con una enorme cestilla, de la que hizo salir un gato blanco con los ojos rojos. Declaró que era un animal albino y que prestaba importantes servicios para ciertas experiencias ocultas.

El gato empezó de inmediato a dar vueltas a la habitación, oliendo la puerta, la ventana y al fin el armario, por el que se interesó vivamente.

La señora M… rogó a los mencionados señores que no hicieran el menor movimiento, que permanecieran tranquilos; después de esta advertencia abrió el armario.

Al mismo tiempo el gato empezó a correr a lo largo de las paredes a una velocidad inimaginable. Luego, de súbito, se le vio saltar sobre algo invisible y empezar una encarnizada lucha. Todo esto duró dos o tres minutos, que a los presentes les parecieron siglos.

De golpe, los testigos oyeron un furioso gruñido, luego un grito tan horripilante que por poco pierden el sentido.

El gato se tranquilizó inmediatamente, lamió con calma sus patas y se metió otra vez en la cestilla.

—El fantasma —explicó seriamente la señora M…— ha vuelto allí de donde jamás debió salir. Puedo garantizarles que no volverá nunca más.

Dijo la verdad, ni el señor L… ni el señor B… volvieron a ver al monstruillo blanco.

FIN

La mano es la que recuerda. Un poema de José Hierro.


La mano es la que recuerda,
viaja a través de los años,
desemboca en el presente
siempre recordando. 

Apunta, nerviosamente,
lo que vivía olvidado.
la mano de la memoria,
siempre rescatándolo. 

Las fantasmales imágenes
se irán solidificando,
irán diciendo quién eran,
por qué regresaron. 

Por qué eran carne de sueño,
puro material nostálgico.
La mano va rescatándolas
de su limbo mágico.

miércoles, 10 de junio de 2020

Del bestiario mexicano, un minicuento de Alfonso Reyes

I
En el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y viene, y mira de reojo al coyote que se va acercando con un airecillo bondadoso:

—Buenos días, hermano gallo.

—Buenos días, hermano coyote.

—¿Qué haces ahí trepado?

—Ya lo ves, tomando el sol.

—¿Por qué no bajas un rato a “platicar” conmigo?

—No me atrevo, ¡no vaya a pasarme “alguna cosa”!

—¿Qué puede sucederte? Si desconfías de mí, acuérdate de que ya el león, el rey de la selva, acaba de dictar una ley ordenando que ningún animal le haga daño a otro. ¡Anda, baja, no tengas miedo!

—No me atrevo…

—¡Pero si la nueva ley te ampara!

—No creas, hermano: hay cabrones que ni la ley respetan.

II

-¿Adónde con tanta prisa, hermano chango? ¿Por qué corres así?

-Voy a esconderme, hermano tejón.

-¿Por qué?

-El rey de la selva acaba de ordenar que maten a todos los elefantes.

-Sí, ¡pero tú eres mono y no elefante!

-Cierto, pero mientras lo averiguan, me chingan.

(Y siguió corriendo.)

FIN

martes, 9 de junio de 2020

El paso del Norte, un cuento de Juan Rulfo (El llano en llamas).


ME VOY lejos, padre; por eso vengo a darle el aviso.

—¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?

—Me voy pal Norte.

—¿Y allá pos pa qué? ¿No tienes aquí tu negocio? ¿No estás metido en la merca de puercos?

—Estaba. Ora ya no. No deja. La semana pasada no conseguimos pa comer y en la antepasada comimos puros quelites. Hay hambre, padre; usté ni se las huele porque vive bien.

—¿Qué estás ahi diciendo?

—Pos que hay hambre. Usté no lo siente. Usté vende sus cuetes y sus saltapericos y la pólvora y con eso la va pasando. Mientras haiga funciones, le lloverá el dinero; pero uno no, padre. Ya naide cría puercos en este tiempo. Y si los cría pos se los come. Y si los vende, los vende caros. Y no hay dinero pa mercarlos, demás de esto. Se acabó el negocio, padre.

—¿Y qué diablos vas a hacer al Norte?

—Pos a ganar dinero. Ya ve usté, el Carmelo volvió rico, trajo hasta un gramófono y cobra la música a cinco centavos. De a parejo, desde un danzón hasta la Anderson esa que canta canciones tristes; de a todo por igual, y gana su buen dinerito y hasta hacen cola pa oír. Así que usté ve; no hay más que ir y volver. Por eso me voy.

—¿Y ónde vas a guardar a tu mujer con los muchachos?

—Pos por eso vengo a darle el aviso, pa que usté se encargue de ellos.

—¿Y quién crees que soy yo, tu pilmama? Si te vas, pos ahi que Dios se las ajuarié con ellos. Yo ya no estoy pa criar muchachos; con haberte criado a ti y a tu hermana, que en paz descanse, con eso tuve de sobra. De hoy en adelante no quiero tener compromisos. Y como dice el dicho: "Si la campana no repica es porque no tiene badajo."

—No hallo qué decir, padre, hasta lo desconozco. ¿Qué me gané con que usté me criara? puros trabajos. Nomás me trajo al mundo al averíguatelas como puedas. Ni siquiera me enseñó el oficio de cuetero, como pa que no le fuera a hacer a usté la competencia. Me puso unos calzones y una camisa y me echó a los caminos pa que aprendiera a vivir por mi cuenta y ya casi me echaba de su casa con una mano adelante y otra atrás. Mire usté, éste es el resultado: nos estamos muriendo de hambre. La nuera y los nietos y éste su hijo, como quien dice toda su descendencia, estamos ya por parar las patas y caernos bien muertos. Y el coraje que da es que es de hambre. ¿Usté cree que eso es legal y justo?

—Y a mí qué diablos me va o me viene. ¿Pa qué te casaste? Te fuiste de la casa y ni siquiera me pediste el permiso. CONTINUAR LEYENDO

Astrid Lindgren: un nuevo concepto de infancia. Un artículo de Fanuel Hanán Díaz publicado el 08/06/2020 en revistababar.com

Pocos autores en el mundo de los libros para niños han tenido el impacto de Astrid Lindgren. Su célebre personaje Pippi Calzaslargas cumple 75 años, entusiasmando aún con sus peculiares aventuras a lectores de distintas generaciones y culturas. Sus treinta y cuatro libros de narrativa y sus cuarenta y un libros ilustrados han superado los 165 millones de ejemplares vendidos y han dado origen a series televisivas, películas y un amplio abanico de productos en otros formatos (juguetes, canciones, videojuegos). Sin duda, Lindgren es la escritora sueca más leída dentro y fuera de las fronteras de este país nórdico.


Pippi, una niña desgarbada, impulsiva, terriblemente divertida, pelirroja y pecosa, con dos prominentes coletas y un estrafalario atuendo, ha logrado instalarse en el corazón de muchos niños, porque representa genuinos deseos infantiles, como la libertad plena para jugar, el desafío del mundo reglado de los adultos y una visión del entorno con la altura que un niño puede darle. Pippi Calzaslargas, en sueco Pippi Länsgtrump, fue creada a partir de la petición que le hizo su pequeña hija, quien se inventó este nombre para garantizarse nuevos relatos que la animaran durante una aburrida convalecencia. Sin proponérselo, Lindgren estaba abriendo la puerta para la creación de un personaje impetuoso e irreverente, cuya primera historia apareció en 1945. En este contexto histórico, el sentimiento antibelicista abonaba la construcción de un nuevo concepto de infancia y de sujetos más proactivos en la creación de un estado de bienestar social.

De alguna forma, Pippi representa esa infancia empoderada y jubilosa, que desacredita la insensatez del mundo creado por los adultos, con reglas absurdas, un desmedido valor al dinero y pocas opciones para disfrutar de la amistad, el juego, la comida y el entorno natural. A pesar de que hoy día podamos apreciar el perfil contestatario y osado de este personaje, para la época eran inadmisibles e inquietantes muchas de las actitudes de esta niña de ficción que podía sembrar un germen subversivo en los lectores.

En los tres libros que tienen por protagonistas a Pippi y a sus amigos Tommy y Annika, varios episodios consolidan un universo particular para la infancia, con motivos tradicionales de la ficción para niños como el viaje, la isla y la exploración, a los cuales se suman diferentes convenciones del humor, el arquetipo del niño salvaje, una lógica invertida y una relación cercana con el entorno. Pippi posee una fuerza descomunal, de hecho puede levantar un caballo en vilo; mantiene un cofre lleno de monedas de oro, que le permiten comprar cosas sin preocuparse por trabajar, y vive sola en una casa muy pintoresca, ya que su madre ha muerto y su padre, el capitán Calzaslargas, permanece casi todo el tiempo en una remota isla donde es rey de los caníbales. En ella encarnan muchos deseos infantiles, como el hecho de no tener que cumplir un horario, no sufrir preocupaciones para ganarse el sustento y decidir libremente sobre su vestimenta, su dieta y el uso de su tiempo libre.

La infancia se muestra como un territorio supremamente feliz: resulta difícil abandonarlo. Negarse a crecer se instala como una añoranza en los protagonistas, que junto a Pippi piensan que los adultos “tienen que trabajar en cosas aburridas, llevan vestidos ridículos, les salen callos y tienen que pagar recibos”.

A pesar de que Lindgren es ampliamente conocida, por la trilogía de Pippi: Pippi Calzaslargas (1945), Pippi Calzaslargas se embarca (1946) y Pippi Calzaslargas en los mares del sur (1948), la autora sueca escribió otras obras muy potentes, como Los niños de Bullerbyn (1947), Mio, mi pequeño Mio (1954), Los hermanos Corazón de León (1973) y Ronja, la hija del bandolero (1981), que consolidaron la construcción literaria de un tipo de niño decidido, independiente y con un sentido muy claro de la justicia. CONTINUAR LEYENDO


lunes, 8 de junio de 2020

Juan Rulfo. Las sombras y los murmullos del mundo rural mexicano. Un ensayo de Miguel Díez

Me llamo Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno, me apilaron todos los nombres de mis antepasados maternos y paternos como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque siento preferencia por el verbo arracimar me hubiera gustado un nombre más sencillo.

Juan Rulfo (Apulco, Jalisco, 1917-México, D.F., 1986) nació en la casa familiar de la hacienda de Apulco, pequeño lugar dependiente administrativamente de Sayula, donde fue registrado su nacimiento el 16 de mayo de 1917, pero realmente pasó los años decisivos de su niñez en otra población cercana llamada San Gabriel, un pueblo que había sido próspero, pero que, como a tantos otros, lo arruinó la Revolución.

El sur (“Los Bajos”) del estado de Jalisco, al que pertenecen estos lugares de la infancia de Rulfo, estaba en aquel tiempo muy aislado, empobrecido, abandonado y sumido en la anarquía. Cronológicamente hay que situarse a finales de la Revolución mexicana (1910-1920) y en medio de la Rebelión de los Cristeros (1926-1928), la violenta reacción de los sectores católicos tradicionales contra el laicismo revolucionario.

“Rulfo niño vio pasar a los cristeros por las faldas del cerro, y su mamá le tapaba los ojos para que no se le quedara grabado el siniestro monigote de un ahorcado o la marioneta de hilos rotos que los soldados llevan a empujones hasta el paredón de fusilamiento”.

Era raro que no viéramos colgado de los pies algunos de los nuestros en cualquier palo de algún camino. Allí duraban hasta que se hacían viejos y se arriscaban como pellejos sin curtir. Los zopilotes se los comían por dentro, sacándoles las tripas, hasta dejar la pura cáscara. Y como los dejaban en alto, allá se estaban campaneándose al soplo del aire muchos días, a veces meses, a veces ya nada más la pura tilanga de los pantalones bulléndose con el viento como si alguien los hubiera puesto a secar allí.

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sábado, 6 de junio de 2020

Mientas viva, un poema de Blas de Otero

Vuestro odio me inyecta nueva vida.
Vuestro miedo afianza mi sendero.
Vida de muchos puesta en el tablero
de la paz, combatida, defendida.

(Ira y miedo apostaron la partida,
quejándose los dos con el dinero.
Qué hacer, hombre de dios, si hay un ratero
que confunde la Bolsa con la vida).

Vuestro odio me ayuda a rebelarme.
A ver más claro y a pisar más firme.
(Mientras viva, habrá noche y habrá día).

Podrán herirme, pero no dañarme.
Podrán matarme pero no morirme.
Mientras viva la inmensa mayoría.