sábado, 6 de junio de 2020

Inventario, un poema de Dorothy Parker

Cuatro son las cosas que conozco y me hacen más sabia:
Pereza, pena, un amigo y un enemigo.

Cuatro son las cosas sin las cuales todo hubiera estado mejor:
amor, curiosidad, pecas, dudas.

Tres son las cosas que nunca lograré:
Envidia, profundidad y suficiente champagne.

Tres son las cosas que tendré hasta la muerte:
Risa y esperanza y un ojo en compota.

miércoles, 3 de junio de 2020

Misantropía, un cuento de Juan José Millás.

En la calle Cartagena, a la altura de Zabaleta, vivía, cuando éramos pequeños, un tipo raro. Los domingos, al ir a misa, nos cruzábamos con él y mi madre censuraba su indumentaria, su barba, su manera de andar, todo, en fin, hasta que mi padre daba el asunto por cerrado con una afirmación misteriosa.

—Es un misántropo.

En las publicaciones a las que teníamos acceso en aquella época venían muchos anuncios de cursos por correspondencia. Yo quería hacer uno de radio porque me parecía emocionante andar tocando todo el día los amperios con la punta del destornillador, no sé, decían que era una cosa con futuro. Así que el porvenir adquirió enseguida la forma de un cuarto de estar con un rincón iluminado por un flexo, donde me pasaba las noches y los días montando y desmontando la realidad con la paciencia de un relojero, mientras mi mujer facturaba los trabajos de reparación y los niños crecían sin catarros. Y como con la cabeza iba muy deprisa, a veces me veía cruzándome con un vecino del barrio que decía a sus hijos:

—Mirad, es técnico de radio.

Pero desde que oí a mi padre que el tipo aquel de los domingos era misántropo, ya solo quise ser eso, misántropo, no me preguntéis por qué. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, creo que se refería a él con un tono escondido de admiración. Los niños tienen una habilidad especial para captar los deseos ocultos de los mayores. A lo mejor, he pensado muchas veces después, mi padre quiso ser misántropo y no le fue posible por las penurias de la época. De hecho, tenía fama de ayudar a todos los vecinos y nos educó para amar al prójimo como a nosotros mismos, etcétera. Pero yo creo que admiraba en secreto al misántropo de la calle Cartagena, al que se le permitía no ir a misa ni saludar a la gente a causa de su condición.

Durante algún tiempo estuve buscando en las publicaciones habituales un curso por correspondencia de misantropía, pero no vi nada, y lo peor es que descuidé mucho la afición a los amperios, con los que podría haberme ganado la vida y el respeto de mi familia mejor que con el trabajo del banco. Pero es que desde que escuché aquella palabra, misántropo, de labios de mi padre, cualquier otra cosa de las que entonces se podía ser me parecía poco. Siempre he pecado de un exceso de ambición. Así que cuando más tarde me enteré por casualidad, o por el diccionario, de que la misantropía consistía en odiar a los hombres, me asombré de no haberme dado cuenta antes de que esa era mi verdadera vocación. Entonces, en lugar de imaginarme yendo a misa con un traje de domingo, me veía atravesando la calle con barba de tres días, los zapatos abiertos por la punta, y una chaqueta dada de sí, mientras los vecinos, al cruzarse conmigo, decían a sus hijos, que eran como los míos en la versión de técnico de radio:

—Mirad, es un misántropo.

Las pretensiones de la juventud no tienen límites, pero la vida nos va obligando a rebajar los planteamientos iniciales, así que luego no odié a mis semejantes tanto como me habría gustado. Además es muy difícil llegar a vivir exclusivamente del rencor, así que me puse a trabajar en un banco, con horario de mañana, para tener toda la tarde para odiar, pero en seguida me casé, vinieron las horas extraordinarias, los hijos, todo eso, en fin, que le impide concentrarse a uno en sus aficiones, y había temporadas en que me pasaba meses sin odiar. A veces, incluso, cuando alguien de mi negociado se casaba o se moría, colaboraba a hacerle un regalo o a comprar una corona de flores. Una vez entregué todo el sueldo del mes a una chica que tenía que abortar en Londres. Pensé que lo hacía por odio al nasciturus, o sea, por misantropía, pero en el fondo sé que lo hice porque estaba enamorado de ella, aunque luego ni siquiera me dio las gracias y se casó con el que la había dejado embarazada. Total que ni técnico de radio ni misántropo. No suelo quejarme, no conduce a nada, pero a veces cuando paso cerca de esa esquina de Cartagena con Zabaleta, siento una devastación enorme, que creo que es la misma que atacaba a mi padre cuando nos llevaba a misa.

Millás, Juan José: La viuda incompetente y otros cuentos. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

«El primer coro de la roca», un poema de T. S. Eliot

Se cíerne el águila en la cumbre del cielo,
El cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
Conocimiento del habla, pero no del silencio;
Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

sábado, 30 de mayo de 2020

Los puentes. Un poema de Dulce María Loynaz

Yo vi un puente cordial tenderse generoso
de una roca erizada a otra erizada roca,
sobre un abismo negro, profundo y misterioso
que se abría en la tierra como una inmensa boca.

Yo vi otro puente bueno unir las dos orillas
de un río turbio y hondo, cuyas aguas cambiantes
arrastraban con furia las frágiles barquillas
que chocaban rompiéndose en las rocas distantes.

Yo vi también tendido otro elevado puente
que casi se ocultaba entre nubes hurañas...
¡Y su dorso armonioso unía triunfalmente,
en un glorioso gesto, dos cumbres de montañas!...

Puentes, puentes cordiales... Vuestra curva atrevida
une rocas, montañas, riberas sin temor...
¡Y que aun sobre el abismo tan hondo de la vida,
para todas las almas no haya un puente de amor...!

jueves, 28 de mayo de 2020

El conductor, un cuento del húngaro István Örkény

József Pereszlényi, desplazador de materiales, se detuvo con su coche Wartburg, matrícula número CO 75–14, junto al quiosco de periódicos de la esquina.

–Deme un Noticias de Budapest.

–Lamentablemente se agotó.

–Deme uno de ayer, entonces.

–También se acabó. Pero casualmente tengo ya uno de mañana.

–¿También ahí aparece la cartelera del cine?

–Eso sale todos los días.

–Entonces deme ese de mañana –dijo el movilizador de materiales.

Se volvió a sentar en su coche y buscó la programación de los cines. Después de un rato encontró una película checoslovaca –Los amores de una rubia– de la que había oído hablar elogiosamente. La proyectaban en el cine Cueva Azul de la calle Stácio, a partir de las cinco y media.

Justo a tiempo. Todavía faltaba un poco. Siguió hojeando el diario del día siguiente. Le llamó la atención una noticia acerca del desplazador de materiales József Pereszlényi, quien, con su coche Wartburg matrícula CO 75–14 se desplazaba en una velocidad mayor a la permitida por la calle Stácio, y no lejos del cine Cueva Azul chocó de frente con un camión. El descuidado conductor murió en el acto.

“¡Quién lo diría”, pensó Pereszlényi.

Miró su reloj. Ya pronto serían las cinco y media. Guardó el periódico en el bolsillo, se puso en marcha a una velocidad mayor de la permitida, y chocó con un camión en la calle Stácio, no lejos del cine Cueva Azul.

Murió en el acto, con el periódico del día siguiente en el bolsillo.

FIN

miércoles, 27 de mayo de 2020

«Meditación en el umbral», un poema de la poeta mexicana Rosario Castellanos.

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar dhttps://i.imgur.com/uLrBm4i.jpg la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Rosario Castellanos

martes, 26 de mayo de 2020

"Contra el atontamiento digital, ¡leamos en voz alta!" Un articulo de Carlos Benito publicado en La Verdad de Murcia.


A los niños y, por qué no, también a adultos: «Es una actividad que nos puede devolver lo que la tecnología nos quita», defiende un nuevo libro. 

... la lectura en voz alta puede aportarnos unos beneficios particularmente valiosos, como antídoto para los efectos nocivos de la sobredosis tecnológica. «Es probablemente la intervención más económica y eficaz que podemos realizar para el bien de nuestra familia», sostiene Meghan Cox Gurdon en 'La magia de leer en voz alta', un libro recién publicado en España por la editorial Urano (de momento, solo en versión digital, ya que la física se ha retrasado por culpa de la pandemia). La ensayista estadounidense, que reseña literatura infantil en 'The Wall Street Journal', ha combinado la evidencia científica con su experiencia como madre de cinco hijos, hasta llegar a la conclusión de que leer en voz alta se ha vuelto una necesidad urgente, a modo de «contrapeso» capaz de «devolvernos lo que la tecnología nos quita». El «momento mágico» de la lectura compartida es un arma contra el déficit de atención, la adicción a las pantallas, el ensimismamiento en burbujas privadas y, en fin, el atontamiento digital.

«Los aparatos electrónicos mejoran nuestra vida y, al mismo tiempo, hacen que nos cueste más concentrarnos y retener lo que hemos visto y oído y, además, que nos resulte alarmantemente fácil estar solo medio presentes incluso con los seres que más amamos. Leer en voz alta no es simplemente un pasatiempo sencillo, agradable y nostálgico que podemos adoptar o dejar sin consecuencias. Tenemos que reconocerlo como el acto tremendamente transformador e incluso contracultural que es», defiende.

En la infancia, los cuentos leídos en voz alta crean y refuerzan conexiones neuronales y fomentan los patrones óptimos para la arquitectura del cerebro. Se convierten así en una inversión para toda la vida: el profesor británico Adam Swift sostiene que la diferencia de oportunidades entre los niños a los que les leen cuentos y los que no tienen esa suerte es «mayor que entre los que van a un colegio privado elitista y los que no». Meghan Cox Gurdon ha recopilado una buena cantidad de estudios que apuntalan esa tesis. Un ejemplo: los niños que no escuchan cuentos en su primera infancia tienden a ir de doce a catorce meses retrasados en el apartado lingüístico. Otro: la competencia lingüística a los 3 años permite pronosticar con precisión el dominio del idioma que se tendrá a los 10, ya que las palabras llaman a las palabras igual que el dinero llama al dinero.