sábado, 30 de abril de 2022

"EL CABALLO DE CARTÓN". Un cuento de Arturo Pérez Reverte.

Es uno de mis más antiguos y tristes recuerdos. Tenía cinco años cuando lo vi en el escaparate de la juguetería junto al equipo de sheriff, el mecano, los juegos reunidos Geyper, el autobús de hojalata con pasajeros pintados en las ventanillas: juguetes que a menudo exigían complicidad y esfuerzo, y de los que no te despegabas hasta los reyes siguientes. Incluso para los niños afortunados –quince años después de la guerra civil no todos lo eran– había sólo uno o dos regalos por cabeza. Y si te portabas mal, carbón. Por lo demás, con imaginación, madera, alambre y latas vacías de conservas se improvisaban los mejores juguetes del mundo. En aquel tiempo, a las criaturas todavía no nos habían vuelto los adultos pequeños gilipollas cibernéticos. Todavía nos dejaban ser niños. Los enanos varones leíamos Hazañas Bélicas, matábamos comanches feroces y utilizábamos porteadores negros en los safaris sin ningún complejo, mientras las niñas eran felices jugando con muñecas, cocinitas y cuentos de la colección Azucena. Tal vez porque los adultos eran más socialmente incorrectos que ahora. Y en algún caso, menos imbéciles.

Pero les hablaba del caballo. En esa época, para un crío de cinco años, un caballo de cartón suponía la gloria. Aquél era un soberbio ejemplar con silla y bridas, las cuatro patas sobre un rectángulo de madera con ruedas; tan hermoso que me quedé pegado al cristal sin que mis abuelos, con quienes paseaba, lograran arrancarme de allí. Me fascinaban sus ojos grandes y oscuros, la boca abierta de la que salía el bocado de madera y tela, la crin y la cola pintadas de un color más claro, los estribos cromados. Era casi tan grande como los caballitos de la feria que cada Navidad se instalaba en el paseo del muelle, frente al puerto. Parecía que era de verdad, y que me esperaba. Cuando consiguieron alejarme del escaparate, corrí a casa y, con la letra experimental de quien llevaba un año haciendo palotes, escribí mi primera carta a los reyes magos.

Yo pertenecía al grupo de los niños con suerte: la madrugada del 6 de enero, el caballo apareció en el balcón. Esa mañana, en la glorieta, monté mi caballo de cartón ante las miradas, que yo creía asombradas, de otros niños que jugaban con sus regalos: triciclos, patinetes, espadas medievales, cascos de marciano, cochecitos con muñeco dentro, o la modesta muñeca de trapo y la más modesta pistola de madera y hojalata con corcho atado con un hilo. Ahora sé que algunas de esas miradas de niños y padres también eran tristes, pero eso entonces no podía imaginarlo; mi caballo era espléndido y en él cabalgaba yo, orgulloso, pistola de vaquero al cinto. Ni cuando, en otros reyes, tuve mi primera caja de soldados, la espada metálica del Cisne Negro, el casco de sargento de marines, la cantimplora de plástico y la ametralladora Thompson, fui tan feliz como aquella mañana apretando las piernas en los flancos de mi hermoso caballo de cartón.

Sólo pude disfrutarlo un día. Por la tarde jugué con él hasta el anochecer, en el balcón, y lo dejé allí, soñando con cabalgarlo de nuevo al día siguiente. Pero aquella noche llovió a cántaros, nadie se acordó del pobre caballo, y por la mañana, cuando abrí los postigos, encontré un amasijo de cartón mojado. Según me contaron más tarde, no lloré: estaba demasiado abrumado para eso. Permanecí inmóvil mirando los restos durante un rato largo, y luego di media vuelta en silencio y volví a mi habitación, donde me tumbé boca abajo en la cama. La verdad es que no recuerdo lágrimas, pero sí una angustiosa certeza de desolación, de desastre irrevocable, de tristeza infinita ante toda aquella felicidad arrebatada por el azar, por la mala suerte, por la imprevisión, por el Destino. Después con los años, he tenido unas cosas y he perdido otras. También, sin importar cuánto gane ahora o cuánto pierda, sé que perderé más, de golpe o poco a poco, hasta que un día acabe perdiéndolo todo. No me hago ilusiones: ya sé que son las reglas. Tengo canas en la barba y fantasmas en la memoria, he visto arder ciudades y bibliotecas, desvanecerse innumerables caballos de cartón propios y ajenos; y en cada ocasión me consoló el recuerdo de aquel despojo mojado. Quizá, después de todo, el niño tuvo mucha suerte esa mañana del 7 de enero de 1956, cuando aprendió, demasiado pronto, que vivimos bajo la lluvia y que los caballos de cartón no son eternos.

FIN

viernes, 29 de abril de 2022

"ASTURIAS". Un poema de Pedro Garfias escrito en 1937 en plena Gerra Civil y que se publicó por vez primera en el exilio dentro en su libro Poesías de la guerra española publicado en México en 1941 por Ediciones Minerva

La Revolución de Asturias, octubre de 1934
Represión de la Revolución de Asturias
Asturias si yo pudiera
si yo supiera cantarte...
Asturias verde de monte
y negra de minerales.

Yo soy un hombre del sur:
polvo, sol, fatiga y hambre,
hambre de paz y horizontes...
¡Hambre!

Bajo la piel resecada,
ríos sólidos de sangre
y el corazón asfixiado
sin venas para aliviarte.

Los ojos, ciegos los ojos
ciegos de tanto mirarte
sin verte, Asturias lejana,
hija de mi misma madre.

Dos veces, dos has tenido
ocasión para jugarte
la vida en una partida
y las dos te la jugaste.

¿Quién derribará ese árbol
de Asturias ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado
con su raíz entrañable.
que corre por toda España
crispándonos de coraje?

Mirad, obreros del mundo
su silueta recortarse
contra ese cielo impasible
vertical, inquebrantable,
firme sobre roca firme
herida, vibra su carne.

Millones de puños gritan
su cólera por los aires,
millones de corazones
golpean contra sus cárceles.

Prepara tu salto último,
lívida muerte cobarde,
prepara tu último salto,
que Asturias está aguardándote,
sola en mitad de la Tierra
hija de mi misma madre.




martes, 26 de abril de 2022

Paco Yunque. Un cuento del escritor peruano César Vallejo.

En un artículo de la revista Ìber Didáctica de las ciencias Sociales, Geografía e Historia (núm.82 - pp. 50-55 - enero 2016) he encontrado un interesante artículo de Sandra Ximena Delgado, Michelle Gautreaux y E. Waine Ross (Universidad de Columbia Británcia. Vancouver/Canadá), titulado "La literatura infantil como herramienta para enseñar cuestiones relativas al poder, la tiranía y la justicia social". En dicho artículo, una de las lecturas que se recomienda para trabajar los temas a los que hacer referencia el título del artículo es la titulada "Paco Yunque", del escritor peruano César Vallejo, que es el cuento que os propongo en esta entrada. Del mismo autor y en esta intencionalidad, destacan: El vencedor y El Tugnsteno. Ambos se pueden encontrar en los enlaces de la parte inferior de esta entrada.

PACO YUNQUE (César Vallejo)

Cuando Paco Yunque y su madre llegaron a la puerta del colegio, los niños estaban jugando en el patio. La madre le dejó y se fue. Paco, paso a paso, fue adelantándose al centro del patio,con su libro primero, su cuaderno y su lápiz. Paco estaba con miedo, porque era la primera vez que veía a un colegio; nunca había visto a tantos niños juntos.

Varios alumnos, pequeños como él, se le acercaron y Paco, cada vez más tímido, se pegó a la pared, y se puso colorado. ¡Qué listos eran todos esos chicos! ¡Qué desenvueltos! Como si estuviesen en su casa. Gritaban. Corrían. Reían hasta reventar. Saltaban. Se daban de puñetazos. Eso era un enredo.

Paco estaba también atolondrado porque en el campo no oyó nunca sonar tantas voces de personas a la vez. En el campo hablaba primero uno, después oro, después otro y después otro. A veces, oyó hablar hasta cuatro o cinco personas juntas. Era su padre, su madre, don José, el cojo Anselmo y la Tomasa. Eso no era ya voz de personas sino otro ruido. Muy diferente. Y ahora sí que esto del colegio era una bulla fuerte, de muchos. Paco estaba asordado.

Un niño rubio y gordo, vestido de blanco, le estaba hablando. Otro niño más chico, medio ronco y con blusa azul, también le hablaba. De diversos grupos se separaban los alumnos y venían a ver a Paco, haciéndole muchas preguntas. Pero Paco no podía oír nada por la gritería de los demás. Un niño trigueño, cara redonda y con una chaqueta verde muy ceñida en la cintura agarró a Paco por un brazo y quiso arrastrarlo. Pero Paco no se dejó. El trigueño volvió a agarrarlo con más fuerza y lo jaló. Paco se pegó más a la pared y se puso más colorado. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 25 de abril de 2022

"UNA SEÑAL OSCURA". Un poema de Santos Domínguez escrito para conmemorar el centenario del genocidio armenio, que se inició el 24 de abril de 1915

Obra del pintor armenio Jean Jansem 
albergada en el Museo del Genocidio Armenio de Erevan.
¿Quién puede asegurar que ha comprendido la sangre?

Novalis
Se notaba en algunos presagios desolados,
en ciertas madrugadas
que la luz invadía con su guadaña blanca
por sorpresa, como arden los campos enemigos,
con cuchillas de fuego y tizones de acero.

Se sabía que una tarde caliente sonarían
las campanas de muerte y el miedo a los olivos
en la noche sin sueño, ni amanecer ni luna,
que bajaría la sangre por las calles en cuesta
como un río sin canciones ni desembocadura.

Se sabía que el silencio sería la voz del pánico,
otra forma de muerte, otro modo del miedo:
el idioma común del muerto y los mortales
y una antigua costumbre de días sin cosecha.

Y la memoria intacta
mandaba con temblor de hoja en otoño,
con números ofidios,
una señal oscura y un soplo de aire helado.


domingo, 24 de abril de 2022

"LA TUMBA". Un poema de la lekeitiarra Miren Agur Meabe

Nací en Bilbao el 5 de junio de 1933y morí en Lekeitio el 28 de enero de 2002,
a la edad de sesenta y nueve años,
bastante joven, en tres meses.
Un cáncer de ovario se me llevó a traición.
Me puse amarilla, la piel me picaba.
Se me infló tanto el hígado
que hubieron de instalarme una sonda bajo el pecho
para expulsar el pus.
Me decían, por calmarme, que las manchas pardas
en el camisón eran de betadine.

Mis mayores valores fueron mi piel fina y mi carácter.
Aprendí a coser y a bordar:
iniciales en sábanas de hilo, vainicas en manteles.
Mi caligrafía era menuda; no obstante, los rabos finales
delataban la discreta energía de mi apellido.
De pequeña fui buena en Matemáticas.
Me enseñaron a imitar a mártires y santos.
Aunque no he sido una experta cocinera,
no tuve rival en croquetas, flanes y bizcochos.
Goberné una tienda de telas, ropa de hogar, varios.

De joven era flaca y plana
(por eso los muchachos no me pedían baile);
pero cuando di a luz mi leche fue abundante
(mis amigas, en cambio, biberón de pelargón).
Me habitué a apretar las piernas hasta el día de mi boda,
y a santiguarme con pasión
al recordar el juramento de Scarlett O’Hara.

Me casé de negro,
con ramo de azahar y mantilla de encaje.
Escogí a un marino;
de poco nos servía el sistema de Ogino.
Cada vez que volvía, nueva luna de miel.
Yo le enviaba al barco fotos dedicadas.
En todas dejó marcas de labios o de lágrimas.
Yo también le quería, con su genio del demonio.
A veces se enfadaba sin motivo, mierda.
Yo le abrazaba cuando se serenaba,
le pedía perdón. Cuánto le rogaba y cuánto lloraba
por él, por mí, sin saber bien la razón.

Mis dos partos me dejaron hemorroides de por vida.
Tuve un hijo; luego una hija.
A mi niño le quise dar lo mejor.
Le costó coger el pulso a sus asuntos. ¿Cómo andará ahora?
A mi niña la crié como se crían los sueños.
Fue fácil, menos cuando perdió un ojo
o en la época de todos sus abortos.
Las dos llorábamos, una a cada lado del teléfono.
Así y todo, pronto hallábamos consuelo,
yo en mis labores, ella en sus cuadernos.

Siempre tuve claros mis principios:
cuidar de los míos, mayores y menores;
cumplir las leyes del cielo y de la tierra;
anteponer la obligación a la devoción.
Las infusiones me ayudaban a dormir;
más adelante necesité pastillas.
¿Cuál es la recompensa de la mujer modelo?
Oro a manos llenas: espuma en las manos,
y, entre esa espuma, astillas.

Ahora estoy a oscuras. Soy un esqueleto
con traje de chaqueta y blusa de raso,
crucecita de madera en el enfaldo,
una rosa de fieltro y una espiga artificial,
los últimos regalos de aquel hospital.
Me taponaron narices y boca con áspero algodón.
Esta hija mía no callaba en los pésames,
por qué tantos detalles, tanta explicación,
siempre tan formal, siempre tan servicial.

Ahí arriba hay ángeles de granito,
lauburus esculpidos, coronas marchitas, ikurriñas.
La lluvia arrastra capullos de flores,
guijarros, siglas doradas, huellas.
Aquí abajo no hay nada.
Echo de menos las charlas con mi amiga,
mi tienda, los ronquidos de mi hombre, a mi hija.
No ver crecer a mi nieto ha sido mi castigo,
no poder oír jamás cómo me nombra «abuela».
A pesar de ello, no me quejo.
Esperando el alba, en paz descanso.

viernes, 22 de abril de 2022

"LA POESÍA". De Liliana Bodoc.

Recuerdo muy bien aquel mundo de agua donde empezó mi vida.

Lo recuerdo porque puedo imaginarlo, porque puedo conjeturarlo.

Ese mundo de agua, redondo y sin fondo, donde adquirí mi forma fue la metáfora primera que conocí.
Y el canal entre mi madre y yo, fue el primer verso.

Porque la poesía es una conjetura acerca de lo inefable. 

Un modo, quizás el único, de acercarse a las quimeras. 

 Recuerdo también el día en que mi madre se quedó parada a mis espaldas, mientras yo subía las escaleras de la mano de una mujer vestida con guardapolvo blanco. 

La mujer me dijo que no llorara, que iba a enseñarme a dibujar la letra m. 

Entonces, llegó de nuevo la poesía. 

Y entendí que el lenguaje puede ser la extensión del regazo materno. 

También recuerdo cuando ocurrió al revés, y fue mi propio vientre una metáfora de agua. 

Puedo recordar cuando yo fui la madre detenida a espaldas de mi niña. 

Aquella vez, regresó la poesía a explicarme los sentidos del tiempo. 

 Hoy recuerdo mi muerte. 

 Puedo recordarla porque puedo imaginarla, puedo conjeturarla. 

Si en ese trance consigo aceptar que es nuestro deber dejar sitio a los otros, entonces la muerte no será más que la mejor metáfora del amor."