domingo, 30 de julio de 2017

Luisa Carnés. "Trece cuentos".

Acabo de leer este libro de cuentos de Luisa Carnés y me ha encantado. Luisa Carnés es otra de las escritoras olvidadas, otra de las "sinsombrero", otra de las que no salió en la foto de la Generación del 27". Y todo eso por ser mujer.

Hace poco se celebrara el 200 aniversario del fallecimiento de Jane Austin, una escritora a la que la mayoría considera como clásica. Esto es algo que siempre me ha llamado la atención: la novela rosa dentro de los clásicos. Claro, que hay una cuestión importante: es inglesa. Y los cánones literarios nunca han dejado de pecar de etnocentrismo. Reconozco el mérito de esta autora por las circunstancias en que tuvo que escribir, fundamentalmente por ser mujer, tal como lo reflejó tan magníficamente Virgnia Woolf en su libro "Una habitación propia".  Sin embargo, a la hora de ponderar las dificultades de una mujer para escribir, Virginia Woolf no tuvo en cuenta la dificultad añadida de, además de ser mujer, la de ser perseguida por sus ideales políticos, como es el caso de Luisa Carnés, amén de otras escritoras republicanas. Y esta distinción no es una cuestión baladí, ya que esa doble marginación, por su género y por sus ideas políticas, va a quedar reflejada en su obra literaria, dotándola de una fuerza y un significado a la que nunca pudo llegar, por ejemplo, Jane Austin.

No quisiera con esta líneas caer en un chauvinismo esclerotizante como el de los cánones literarios de carácter etnocéntrico. Tan sólo quisiera reivindicar figuras que se hacen universales no por donde han nacido, sino por la lucha que han mantenido en diferentes frentes y que ha quedado reflejada en sus obras.

He aquí uno de esos trece relatos:

LA CHIVATA

¿Quién era? No podía ser la madre del niño recién nacido, de aquel niño de piel rosada, llena de arrugas, cuyos puñitos apretados eran los únicos puños que podían cerrarse ante las miradas agudas de las celadoras. No podía ser la madre recién llegada, cuyo hijo acababa casi de abrir los ojos a la luz de aquellas galerías, cuya claridad no descubría graciosos pájaros, ni iluminaba un solo árbol, un árbol siquiera, que pudiera contar el paso de las estaciones con su desgranar de capullos en cada rama o su crujir de hojas secas bajo los invisibles dedos del viento. No podía ser aquella madre nueva, cuyos labios pálidos sellaban el camino de la libertad del marido («Podéis matarme, pero no diré por dónde se fue»). Su cabello apretado en rueda sobre la nuca todavía no encanecía. Sus manos alzaban al hijo para que recibiera el rayo de sol que paseaba despacio, de doce a una, por el patio, para que recibiera el aire delgado que a las oscuras celdas no quería pasar. 

No podía ser tampoco la madre del niño doliente, que no sabía lo que era un caballo, ni menos aún conocía la leche de la vaca mugidora, e ignoraba que dos hileras de casas formaban una calle, y varias casas puestas en rueda forman una plaza. El niño de piernas de alambre, que desconocía otras aves que no fueran aquellas que cruzaban por encima del penal, con un ruido que hacía temblar todos sus pequeños huesos.

No podía ser tampoco la maestra. La maestra no era joven ni bella. Sus manos se habían deformado con ropas ajenas. Había lavado en lavaderos públicos, en pilas frías, por las cuales pasaban ropas de todas partes, pero sobre todo señaladas con un signo (USA) que la maestra conocía muy bien; en lavaderos de hospitales, oscuros, húmedos, acompañada a veces de algún cadáver, en espera de la noche para ser rescatado por la tierra. Así se enclavijaron los dedos de sus manos, mientras los niños españoles no sabían que dos y dos son cuatro. CONTINUAR LEYENDO

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