lunes, 6 de marzo de 2017

Niño tras un cristal. Un pomea de Luís Cernuda.

Al caer la tarde, absorto
tras el cristal, el niño mira
llover. La luz que se ha encendido
en un farol contrasta
la lluvia blanca con el aire oscuro.

La habitación a solas
le envuelve tibiamente,
y el visillo, velando
sobre el cristal, como una nube,
le susurra lunar encantamiento.

El colegio se aleja. Es ahora
la tregua, con el libro
de historias y de estampas
bajo la lámpara, la noche,
el sueño, las horas sin medida.

Vive en el seno de su fuerza tierna,
todavía sin deseo, sin memoria,
el niño, y sin presagio
que afuera el tiempo aguarda
con la vida, al acecho.

En su sombra la perla ya se forma.

domingo, 5 de marzo de 2017

"Mujer y gitana". Un artículo que escribí hace tiempo sobre la condición de la mujer gitana.

Ayer, 3 de marzo, el Boletín de la Fundación Pioneros publicaba un artículo que escribí hace algún tiempo bajo el título: "Mujer y gitana". Todo empezó cuando asistítí a una Jornada que organizaba la Asociación de Mujeres Gitanas "Sim Romí" y que trataba el tema de "Feminismo e Interculturalidad". 


MUJER Y GITANA

Tuve la suerte de participar en las X Jornadas Sim Romi que, bajo el lema “Feminismo e Interculturalidad”, se celebraron en Bilbao organizadas por la Asociación de Mujeres Gitanas del mismo nombre.

Me decidí a ir porque ya hacía algún tiempo que participaba en la Tertulia Literaria Dialógica que había organi­zado dicha asociación. Allí, además de leer a García Lorca y a Shakes­peare, entre otros autores y autoras, había conocido a diferentes mujeres gitanas que, desde un principio, aca­baron con los estereotipos que yo tenía acerca de ellas. Es decir, con esa imagen deformada que nos ha trans­mitido la sociedad a través de diferen­tes mecanismos. Soraya, Rosa, Victo­ria, Dora, Jessi y otras mujeres gitanas participantes de la tertulia me habían mostrado sin tapujos la calidad hu­mana que anidaba en ellas y su re­solución y lucha por conseguir, tanto en el pueblo gitano como en toda la sociedad, una igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Como bien dice Rosa, su presidenta: “Para mejorar el proceso de convivencia se tiene que tra­bajar sobre el conocimiento”. Ella tiene claro que los estereotipos surgen del desconocimiento. “Si no conoces algo te crees lo que te cuentan, sin poder va­lorar si es cierto o falso. Hay que tener en cuenta que para avanzar en el respe­to la base es conocer”. Y eso es lo que yo había aprendido, entre otras cosas, compartiendo palabras con aquellas magníficas personas en la tertulia. 

A pesar de esos avances en mi visión de la mujer gitana, recuerdo que no fue hasta transcurrido algún tiempo de las Jornadas cuando me percaté de que en el cartel de las misma no aparecía la expresión más al uso y que he venido utilizando en esta pequeña carta: MUJER GITANA. Sino que aparecía con la conjunción copulativa “y” en medio de ambas como algo que, a mi entender, mientras enfatizaba el valor de ambas palabras por separado, las de “mujer” y “gitana”, no las separaba, sino que las unía con mucha más fuerza. Así pues, lo que allí aparecía, y lo que yo no había sido capaz de distinguir, era: MUJER Y GITANA. Y es que no es lo mismo, y disculpadme por la lección de gramática, utilizar en nuestro lenguaje la palabra “gitana” como adjetivo o como sustantivo. En MUJER GITANA se restringe el universo conceptual de mujer, ya que al calificarla se acota el significado universal del término. Mientras que en la expresión MUJER Y GITANA, ninguna recorta el significado de la otra, sino que emergen con mayor potencia en un universo de igualdad.

Soy de los que piensan que, frente a los que asignan una única identidad a las personas, somos seres con iden­tidades múltiples y que la identidad, además de tener diferentes rostros, no es algo estático y definitivo, sino que se va construyendo a lo largo del tiempo. Cuando Paulo Freire afir­ma que las personas somos seres de transformación y no de adaptación, entiendo que también se refiere a la gitaneidad como expresión viva de la cultura de un pueblo, es decir, de la forma de entender la vida de esa co­munidad. 

Siempre he pensado que de la misma forma que lo que hoy consideramos tradición nació por de­cisión de una serie de personas en un determinado momento de la historia, también por decisión de otras, pue­de renacer con distintos matices por la voluntad de otras, sin que por eso se pierda la esencia de la comunidad. Esto se refleja en las palabras de Rosa cuando dice que: “Nosotras entende­mos que actualmente la educación es la base principal para conseguir una ca­lidad de vida digna.Es verdad que en el pueblo gitano la educación no se había considerado como un valor, porque la familia era para nosotros la transmisora del conocimiento. Sin embargo la visión sobre la educación se ha ampliado y ahora tiene mucha más importancia. Por ejemplo, anteriormente a las mu­jeres se les había educado para ser las que críen a los menores y a la familia, por roles aprendidos de madres a hijas y eso también está cambiando, siendo cada vez más las mujeres que estu­dian”.

No hay tradición que pueda justifi­car la desigualdad de ningún tipo y menos la que exista entre hombres y mujeres. Pero tampoco podemos afirmar que rompiendo con la tradi­ción y las costumbres de un pueblo se avanza en la igualdad. Por eso, aunque en los últimos años la mujer gitana ha experimentado un gran avance en todas las áreas y cada vez son más gitanas las que acceden a es­tudios superiores y también al mun­do laboral, ese avance no significa que esas mujeres quieran dejar de identificarse con su familia, su pueblo y su cultura. O como bien dice Rosa: “Me siento mujer, y soy consciente de lo que supone ser mujer en una sociedad patriarcal. Y por otro lado, soy gitana y sé que nuestra cultura tiene unos valo­res muy desconocidos para la sociedad como: el sentimiento de pertenencia, nuestra bandera, nuestra lengua, nues­tros días señalados, la unión familiar, el respeto a los mayores... que me enri­quecen como persona y como mujer”.

viernes, 3 de marzo de 2017

"Más fuertes y mejores". Un artículo de Rosa Montero.

En el dolor, en la ansiedad, en las esperas y las desesperaciones, si cuentas con una buena lectura estás al menos en parte protegido
 
 Mientras escribo estas líneas, puedo ver junto a mí los desalentadores montoncitos de libros que se empiezan a acumular, como torres truncadas, en el suelo de mi despacho. Ya no me caben en las baldas y no sé dónde meterlos. Aunque hace ya mucho que perdí el respeto reverencial a los libros y, después de leerlos, suelo desprenderme de la mayoría, la cantidad de volúmenes que tengo crece como la espuma, porque me regalan muchos y, mea culpa, sigo comprando bastantes (menos mal que existen las versiones electrónicas). A veces pienso que se están convirtiendo en una especie de virus invasor y hasta llego a detestarlos durante unos instantes. Luego, claro, se me pasa corriendo. ¿Qué haría yo sin libros? Son y siempre han sido mi mejor amuleto ante los desasosiegos de la vida. En el dolor, en la ansiedad, en las esperas y las desesperaciones, si cuentas con una buena lectura estás al menos en parte protegido. Recuerdo perfectamente las obras que leí en algunos momentos especialmente penosos; en enfermedades propias, por ejemplo, o en esperas hospitalarias de enfermedades ajenas. Son libros que me ayudaron a atravesar esos tiempos oscuros, los estrechos desfiladeros de la vida; a decir verdad, pienso en ellos como si fueran mis amigos.

[...] Siempre me han dado pena las personas que no leen. Y no porque sean más incultas y menos libres, aunque es bastante probable que sea así. No, las compadezco porque creo que viven mucho menos. Leer es entrar en otras existencias, viajar a otros mundos, experimentar otras realidades. Y además, ¡qué inmensa soledad la de quien no lee! Porque la literatura nos une con el resto de los habitantes de este planeta, nos hermana con la humanidad entera, más allá del tiempo y el espacio. Podemos experimentar las mismas emociones que un escritor inglés del siglo XVI o que una autora contemporánea de la remota Nueva Guinea. Y al fundirnos con los demás, al salir de nosotros mismos, salimos también por un instante de nuestra muerte, que nos espera enroscada en la barriga. Leer te hace inmortal. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 2 de marzo de 2017

"Descolonizar la mente". Un interesante libro de Ngũgĩ wa Thiong’o.

Ngũgĩ wa Thiong’o es un autor keniata que ha sabido como pocos otros plasmar la situación de África en tiempos post-coloniales. Descolonizar la mente, uno de sus pocos libros publicados en España junto con El brujo del cuervo, es un ensayo que aborda la presencia de un hombre blanco que obligaba a los universitarios africanos a desdeñar su propia literatura y abrazar a Shakespeare, que convocaba reuniones de literatura africana marginando a quienes se negaban a abandonar sus lenguas locales en lugar del inglés. Ejemplos a los que habría que añadir el hecho de que una sencilla obra de teatro en en kikuyu, idioma natal del autor, fuera excusa suficiente para meter a su autor entre rejas. Fue en 1978, cuando en la prisión Thiong’o escribió su primera obra en kikuyu en un rollo de papel higiénico. ¿Existiran, entonces, los clásicos universales?

Este genial corto muestra que no son las dificultades, sino nuestras reacciones, la causa de los problemas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Libros para la paz (Biblioabrazo)

Anomia, extrañamiento y desarraigo en la literatura del siglo XX. Irene Martínez Sahuqillo. Universidad de Salamanca.

El propósito de este estudio es entender las causas de que fenómenos patológicos como la anomia, el extrañamiento y el desarraigo o «falta de hogar» (homelesness), que han sido abordados por la sociología clásica y moderna, sean también el tema central de muchas obras de la gran literatura del siglo XX, como Kafka, Sartre, Camus, Roth, T. S. Eliot, Hesse, Lawrence, Musil, etc. Se sostiene que los autores literarios, al escribir sobre esta problemática, no están dando únicamente testimonio de una «enfermedad» ligada genéricamente a la condición del hombre en la sociedad moderna, sino que también están reflejando su propia experiencia vital. Se intenta mostrar que el grupo social de los escritores, en tanto que intelectuales y artistas, está especialmente expuesto al síndrome de anomia, extrañamiento y falta de hogar por causas que tienen que ver no sólo con su situación apátrida y desclasada sino también con su propia tarea de productores de valores cualitativos que chocan con la lógica cuantitativa del mercado. De esta manera se pretende contribuir simultáneamente a una sociología de la obra literaria y del grupo social de los creadores literarios.

Fuente: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 84, 223-242.